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ITALIA-ESPAÑA
EX-LIBRIS
M. A. BUCHANAN
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PRESENTED TO
THE LIBRARY
BY
PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN
OF THE
DEPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH
1906-1946
LA ESPAÑA MODERNA
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•i
AÑO 14. NUM, 163.
LA
ESPAÑA MODERNA
'O
I>li*eotor*: JOSÉ r>E IL.AZA.FtO
JULIO, 1902
MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE lOAMOR MORENO
Blasco de Garay, núm. g.— TeU/tno 3,020,
W^
Para la reproducción de los artícu-
los comprendidos en el presente tomo,
es indispensable el permiso del Direc-
tor de La España Moderna.
A?
BLOQUEADOS POR LA NIEVE
NOVELA
(conclusión)
El brío con que los expedicionarios, precedidos por Clinch,
se dirigieron hacia donde había sonado el disparo, no dejaba á
Hale tiempo para reflexionar. Tenía una vaga idea de gritar
como los otros, de rajar con las espuelas los ijares del caba-
llo, impulsado por un ardor insensato; pero su pensamiento no
iba más allá. Clinch y Rawlins, que iban delante por el angos-
to camino, le quitaban la vista. Solamente una vez se aprove-
chó de una parada repentina en aquella desenfrenada carrera
para preguntar lo que ocurría.
— |Se ha perdido la pista!... ¡No! ¡Aquí está — exclamó el
mozo, — y Clinch, dando la voz, se lanzó hacia adelante; los ca-
ballos jadeaban, y la pendiente se hacía cada vez mayor.
Hale, que logró coordinar sus ideas, comprendió que en
las condiciones en que se encontraban no podían sostener la lu-
cha ni siquiera con un solo hombre resuelto, emboscado en la
maleza, ó que les sorprendiera en el estrecho sendero por donde
no podían pasar sino de uno en uno; pero al cabo de algunos
instantes, tuvo el secreto de tanta prisa y de tanto ardor. Con
Tin ronco grito de triunfo, Clinch acababa de desembocar en
LA ESPAÑA MODERNA
Tin vasto claro; pero el grito se trotó en seguida en una impre-
cación furiosa.
Los jinetes se encontraban enfrente de una tormenta de
nieve, el camino desaparecía ante sus ojos asombrados, y la
pista que habían seguido tan de cerca se borraba bajo la blan-
ca sábana. Se quedaron silenciosos y aterrados, sin brújula, á
orillas de un mar inmenso que carecía de toda huella humana.
— Con perdón, señor — dijo el mozo de cuadra dirigiéndo-
se á sus compañeros, — mi opinión es que si no tienen ustedes á
mano una compañía de zapadores para sacarles del paso, lo
mejor será que se dirijan en busca de cena y cama y dejen en
paz á los ladrones. Perdonen, pero yo soy quien responde de
los caballos al patrón, y no es este el momento de meterse en
aventuras. Estamos á seis millas del relevo á vuelo de pájaro.
— En tal caso, volvamos á tomar el sendero — dijo Chinch
haciendo volver grupas á su caballo. '
— Perdone usted, coronel — replicó el mozo echando mano
á las riendas del caballo de Clinch; — pero al deshacer lo anda-
do, no lograremos más que volver á la carretera, nos alejare-
mos tres millas más todavía de la cuadra, y lo que es peor,
cuando lleguemos al camino, encontraremos más nieve que
aquí: lo más cierto será tomar por la cresta, y apretando
bien, podremos pasar antes de ser bloqueados. Y con perdón,
señor, por ahí es por donde yo me voy.
No había tiempo para discutir. El suelo se espesaba sen-
siblemente bajo los pies. El brazo de Hale, pegado al costado
por un canalón de nieve, se entumecía; las siluetas de los otros
se hacían informes y monstruosas. Ya no eran copos, sino pe-
lotas de nieve lo que caía. Los jinetes, ante aquel desastre,
parecían haberse olvidado del objeto de su empresa y no con-
servar nada del ardoroso entusiasmo ni del ciego furor que les
había impulsado. Siguieron al mozo que marchaba ya, acep-
tando maquinalmente aquel nuevo jefe que prometía un refu-
gio contra el frío y el hambre.
No llevaban mucho tiempo de marcha, cuando observaron
BLOQUEADOS POR LA NIEVE
que la tormenta cambiaba de carácter. El cambio les pareció
al pronto de un feliz augurio. La nieve se hacía más menuda
y menos pesada, y la que ya había caído se endurecía y cru-
jía bajo los cascos de los caballos; pero en cambio se había le-
vantado un viento glacial , y los copos ametrallaban como
granizo los rostros de los jinetes. Sin embargo, éstos avanza-
ban con mayor facilidad, y su ardor se reanimaba bajo el do-
ble estimulante del frío y de la carrera, cuando su guía se de-
tuvo bruscamente.
— No es posible, compañeros, hay que renunciar; no es una
tormenta, sino un temporal, y hay para días. Aunque pudié-
ramos franquear la cresta, nos veríamos bloqueados en la
cañada.
El mozo decía la verdad. Contrariados en extremo los ex-
pedicionarios, se dieron cuenta de que la nieve no había dis-
minuido realmente en cantidad y que los finos átomos tamiza-
dos rellenaban rápidamente las desigualdades del terreno. Mi-
raban con ansiedad al que se había constituido en jefe suyo.
— Hay que marchar adelante — dijo Clinch — y alcanzar el
i)Osque antes de que sea demasiado tarde.
No sin grandes esfuerzos consiguieron alcanzarle, y vieron
que la bajada era demasiado abrupta para intentarla con sus
caballos. Silenciosos y penetrados del peligro caminaban, ex-
puestos al asalto de la nieve y obligados á cada instante á
tirar de las riendas para evitar el ser arrojados por las ráfagas
al precipicio; al cabo de media hora el palafrenero echó j)ie á
tierra é invitó á los demás á hacer lo mismo y á prepararse
para el descenso. Cuando llegó el turno á Hale, no pudo me-
nos de retroceder á la vista de la tarea que le incumbía. La
senda, si tal podía llamarse, no le pareció otra cosa que el
surco trazado por el tronco de un árbol derribado y lanzado
de intento ó casualmente por la rápida pendiente. A veces
aquella pista no tenía sino un pie de ancho, otras desaparecía
bajo las ramas y maleza desgajadas. Peligrosa para un pea-
tón, parecía impracticable para un caballo. Sin embargo,
8 LA ESPAÑA MODERNA
Hale se disponía á dar el primer paso, cuando Clinch le tocó
en un brazo:
— Póngase usted el último, puesto que es usted el único
extranjero — dijo con tono amistoso. — Espere á que le demos
la señal desde abajo.
— Pero ¿y si prefiero compartir sus riesgos? — replicó Hale
con altivez.
— Como usted guste — contestó Clinch tranquilamente. —
Solamente que, sabiendo que no es usted práctico en estas co-
sas, había pensado que no tendría usted empeño en saltar por
encima de la roca sobre nuestras cabezas, ó borrar la pista
con un alud de escombros; pongamos que no he dicho nada.
— Esperaré — dijo Hale á media voz.
Aquella lección le fue provechosa, le dio que pensar, le
ocupó suficientemente la imaginación para distraerle del ho-
rror de aquella bajada espantosa y permitirle entregarse ma-
quinalmente á la sagacidad de su caballo, el cual, por un ma-
ravilloso instinto, ponía los pies en las huellas del animal que
le precedía; de suerte que antes de que se hubiera dado cuen-
ta, se encontró en medio de sus compañeros en el camino más
ancho que pasaba por el fondo del abismo.
La imposibilidad de llegar á la casa de postas por las altu-
ras era un hecho comprobado; les quedaba el recurso de bajar
toda la montaña, hasta el campamento más cercano, ó viva-
quear en los bosques colindantes. El palafrenero por segunda
vez tomó el papel de consejero.
— Perdonen, señores — dijo, — pero las bestias que ven us-
tedes aquí tienen ya bastante por el momento, y no darán
más paseos hoy. La carretera se encuentra á un tiro de fusil
todo lo más, y yo esperaré aquí el paso de la diligencia. Se
verá obligada á detenerse á causa de la nieve, y yo habré
cumplido con mi deber cuando haya entregado los caballos al
mayoral.
— Pero ¿y si la diligencia, advertida del bloqueo, se decide
á quedarse en la posta del valle?
BLOQUEADOS POR LA NIEVE
— De todos modos habré cumplido con mi deber — replicó
el mozo con tono decidido. — Los que tienen caballos propios
pueden bacer lo que gusten.
Como esta declaración se dirigía directamente á Hale, éste
se apresuró á anunciar que no pensaba separarse de sus com-
pañeros.
— Ya que no pueda volver á la meseta de las Águilas —
añadió — no quiero alejarme de ella sino lo menos posible. Su-
pongo que uno de mis hombres que debía separarse en el rele-
vo, estará informado de la causa de mi ausencia y del lugar en
que me encuentro.
— ¿Uno de los hombres de usted? — exclamó Rawlins. —
¿Qué nos cuenta usted, compañero? Solamente un pájaro po-
dría venir hoy desde las Águilas, y á condición de ser un
águila también. Entre su casa y la cumbre hay á esta hora
diez pies de nieve, sin contar los barrancos del desfiladero.
Hale comprendió que E,awlins no mentía. En cualquier otra
ocasión aquel nuevo contratiempo, aquel cataclismo del que no
tenía precedentes, le hubiera afectado profundamente; pero en
las actuales circunstancias le produjo una impresión mediana;
hasta experimentó un indefinible alivio. Su mujer, su cuñada,
su suegra, estaban en seguridad; esto le bastaba. El saber las
prisioneras momentáneamente, en la imposibilidad de mezclar-
se con sus asuntos propios, prestaba, en su situación, un sabor
más picante al interés á la vez atractivo y perturbador que
su vida súbitamente aventurera comenzaba á inspirarle.
El palafrenero, que se había ensimismado en un examen
contemplativo de la vertiginosa senda por la que acababa de
bajar, lanzó de pronto una alegre exclamación golpeándose
las caderas.
— ¡Que la fiebre me ahogue — dijo — si no es esto el res-
halón de Hennicker! Recuerdo que se encuentra por estos si-
tios.
Eawlins explicó en breves palabras á Hale que se llamaba
el resbalón á un surco trazado por ei transporte de fardos
10 LA ESPAÑA MODERNA
demasiado pesados para llevarse por senderos ordinarios.
— Y en tal caso — continuó diciendo el mozo de cuadra —
nos encontramos muy cerca de su casa, á una milla poco más
ó menos. ¿Quieren ustedes que la busquemos?
Con un movimiento común en todos, se volvieron hacia
Hale, considerándole con aire de duda.
— ¿Quién es Hennicker? — preguntó él al observar aquellas
miradas.
El palafrenero vaciló y consultó á sus compañeros con una
ojeada.
— Hay gentes — dijo por fin, como tomando una decisión
— que dicen que Hennicker no vale mucho más que la caza que
perseguimos; solamente que tales gentes no lo dicen delante
de Hennicker. Cenvendría no dejarle sospechar lo que nos ha
traído por aquí.
— Por lo que me concierne — dijo Hale arrogantemente, —
no haré ningún misterio de ello.
—No está demostrado— replicó insidiosamente Eawlins —
que Hennicker esté al tanto de este último robo en particular.
Hablamos solamente de la reputación en general. Si á usted
le parece oportuno discutir la cosa con él, hágalo; tal vez ser-
virá para añadir un atractivo más á nuestra situación.
— Hale quiere decir que no sería leal aprovecharnos de lo
que pudiéramos descubrir en .casa de Hennicker, como arma
ofensiva contra los que perseguimos— dijo Clinch. — Así es
como yo lo entiendo.
— Exactamente — se apresuró á responder Hale. — No era
precisamente aquél el pensamiento de Hale; pero aceptó, sin
embargo, la interpretación ofrecida.
—Y después de todo — continuó diciendo Clinch,— Hen-
nicker no se chupa el dedo. Es bastante avispado para darse
pronto cuenta de lo que venimos á hacer por aquí; así, pues,
no habrá misterios ni tapujos.
—Entonces nos decidimos por Hennicker— dijo el palafre-
nero viéndose apoyado.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 11
— ¡Vaya por Hennicker! ¡enséñanos el camino! ¡Adelante,
marchen!
El palafrenero montó á caballo, y los demás siguieron su
ejemplo. El sendero, que no tardó en ensancliarse, comenzaba
á presentar algunos indicios de una Habitación próxima, y
pronto los jinetes desembocaron en un claro formado por una
especie de terraplén natural que recordaba imperfectamente
la conformación de la meseta de las Águilas. Pero no se veían
ni prados ni campos cultivados; algunas hectáreas apenas des-
montadas habían sido sustraídas al bosque por el hacha y por
el fuego, y, por todas partes, los troncos cortados á raíz del
suelo acusaban los rudos esfuerzos de un cultivo difícil y pe-
rentorio. Dos ó tres construcciones de madera sin pulimentar
reunidas por la misma cerca ocupaban el centro. Algunos pe-
rros se pusieron á ladrar; pero, aparte de esto, nadie dio se-
ñales de vida á la llegada de los expedicionarios.
— Apostemos que no está Hennicker, porque si no, ya hace
tiempo que estaría al acecho — dijo el palafrenero echando pie
á tierra y yendo á llamar á la puerta de entrada.
Al cabo de un momento se oyó una voz de mujer ininteli-
gible para los otros jinetes, pero que parecía entablar un in-
terminable coloquio con su compañero. Este, que no había lo-
grado que le abrieran, les dijo al fin:
— Parece que hay que entrar por la cocina. No quiere
abrir esta puer'ta á causa del viento.
Dejando los caballos bajo un cobertizo que servía de cua-
dra, los viajeros penetraron en una cocina, la atravesaron y
llegaron á una vasta habitación cuadrada llena del humo acre
que despedía la leña verde que se quemaba en el hogar. Puer-
tas y ventanas estaban herméticamente cerradas, pero el aire
penetraba en la chimenea con repentinas y violentas ráfagas.
A pesar de la asfixiante humareda, la cálida temperatura de
la sala reconfortó á los viajeros entumecidos. Algunas sillas
de paja, dos mesas, un aparador y una mecedora constituían
el mueblaje. Hale se dejó caer en una silla, y abandonándose
12 LA ESPAÑA MODERNA
al bienestar material que experimentaba, al cansancio que
adormecía sus instintos, paseó perezosamente sus miradas por
los objetos que le rodeaban y fijó por fin sus ojos maquinal-
mente en el ama de la casa, que conversaba en un rincón de
la sala con sus compañeros.
Era una mujer alta, escuálida y ajada; pero sus cabellos,
no obstante la aparente edad de aquélla, eran todavía negros
y abundantes, y viva y penetrante su mirada. El palafrenero
acababa de explicarle por qué se encontraban allí los expedi-
cionarios, con las reservas que la prudencia le sugería.
— Con quien hay que entendérselas es con Zenobia — dijo
ella con tono de mal humor, — A mí me tiene todo sin cuidado.
Ella conoce á Hennicker, le entiende perfectamente, y si quie-
re recibir á todos estos vagabundos, allá ella. ¡Zenobia, Zeno-
bia! ¿vienes ó no? — exclamó alzando la voz.
Una esbelta y hermosa muchacha apareció en el dintel de
la puerta de una habitación inmediata.
— ¿Qué hay, madre? — preguntó con indiferencia.
La vieja le explicó, en pocas palabras precisas y nada ha-
lagüeñas, de qué se trataba, y le designó los intrusos.
— El padre no está — dijo la muchacha con tono de duda —
y no sé... ¡Hola, Dick! ¡eres tú! — exclamó de repente, recono-
ciendo al palafrenero.
Avanzó tranquilamente con una gracia natural y un poco
salvaje que le prestaba algo de la ninfa, hasta bajo los plie-
gues estrechos y mezquinos de la tenue falda pegada á sus
miembros cuyos contornos acusaba. El aspecto de la joven no
desagradó á Hale.
— Bastante, madre — dijo ella despidiendo á la vieja con un
ligero signo de cabeza. — Voy á arreglar esto con Dick.
Una vez fuera su madre, Zenobia se apoyó en el respaldo
de una silla y contempló con calma y suprema indiferencia la
profunda admiración expresada en la mirada del palafre-
nero.
— ¿A qué vienen todas esas tonterías? — dijo ella dirigién-
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 13
dose á Dick. — ¿Crees que me vas á hacer tragar toda esa bur-
da historia de caza? ¿Cazar, eh? ¿Quieres que te diga lo que
queríais cazar? A Jorge Lee y á los suyos, desde una hora an-
tes de ser de día. Les habéis perseguido en la cresta del Norte
hasta que la tormenta os ha cerrado el paso. Habéis gritado y
vociferado y galopado por los caminos como una banda de
comanches, y habéis revuelto la sangre á las mujeres de diez
millas á la redonda. Eso es lo que tú llamas cazar. Y por últi-
mo, os habéis colado aquí para preservar los pellejos de los
caballos de la compañía. ¡Valiente caza la tuya!
Con asombro de Hale, una carcajada general acogió la re-
lación. Se esforzó en compartir la hilaridad de sus compañe-
ros, pero sin conseguirlo. Aquella apreciación brutal de su
expedición, aquel resultado grotesco de su entusiasmo y de su
abnegación por austeros principios, le causaban un penoso
embarazo y le humillaban profundamente; el sentimiento de
que los ojos oscuros de la joven se fijaban en él curiosamente,,
aumentaba su malestar y su irritación.
Zenobia se echó á reir también y se sentó ante el fuego.
— A estas horas, Jorge Lee se fuma tranquilamente un
buen cigarro en un gran café de Sacramento — dijo la joven
extendiendo sus pies hacia los tizones, y simulando con sus
dedos largos y afilados el ademán de un fumador al encender
un cigarro. Desgraciadamente aquella pantomima ponía asi-
mismo en relieve la poca limpieza de la mano.
— ¡Cogidos! — exclamó Rawlins en cuanto hubieron cesado
las risas para ceder el puesto á una silenciosa admiración ha-
cia la joven, de la que ésta se mostraba por completo indife-
rente.— Nos has cogido, Zenobia. ¡Qué diablo! Me olvidaba de
que eres amiga de Jorge.
— Lo único que digo es que Jorge es un gran hombre.
— Antes te las entendías con él á las mil maravillas, ¿eh? —
añadió Rav^lins riendo.
— Sí, en otros tiempos, cuando el padre era del oficio — re-
plicó ella con suprema franqueza, sin preocuparse de lo que
14 LA ESPAÑA MODERNA
podía haber de deshonroso para ella en semejante alusión á
una asociación infamante. El mismo Hale, fascinado por tal
ingenuidad inconsciente, se olvidó de formalizarse.
Al poco tiempo Zenobia se levantó, fué al aparador y sacó
vasos y una botella de whisky. Después comenzó á servir á
sus huéspedes; todos se levantaron mientras ella escanciaba, y
cuando llegó el turno á Hale, los ojos de éste se encontraron
con los de la joven, y al leer en ellos una especie de curiosidad
satisfactoria, se ruborizó como un colegial aquel marido de
treinta y cinco años.
Con aquel ofrecimiento espontáneo desapareció toda vio-
lencia, y el grupo se estrechó al amor de la lumbre. Zenobia
se puso á mirar el fuego en actitud pensativa, y después de
Tin rato, dijo como hablándose á sí misma:
— Cuando digo que Jorge Lee es un hombre, un gran hom-
bre, es porque le conozco. ¿Cuándo le han visto cometer una
acción baja? ¿Ha quitado nunca nada á nadie que sea más po-
bre que él? Cuando trabaja lo hace contra Bancos y Compa-
ñías, que no tienen escrúpulos en desnudar á los que se fían
de ellos. Y nadie habla de dar caza á semejantes estableci-
mientos. Y además, ¿se embolsa Jorge todo el dinero? Desde
luego que no. Lo reparte con los amigos que le ayudan á dar
el golpe, y esos se encargan bonitamente de que ruede. No
tiene Jorge palacios en Fresno, ni caballos de carrera. Pon-
dría la mano en el fuego porque ninguno hubiera querido
montar el caballo que llevara esta noche. Y todo el peligro es
para él. Apostaría cualquier cosa á que todos sus hombres es-
taban en salvo cuando os dio las buenas noches.
— Confiese usted, sin embargo, que no se le va poco dinero
en el juego, Zenobia — dijo Clinch riendo. — La prueba es que
en la última semana, sin ir más lejos, perdió 5.000 dollars que
le ganó el juez Kelley.
— Bueno, ¿y qué? No se dice que el juez se los haya de-
vuelto, ni tampoco que los haya entregado al sitio de donde
procedían. En cambio se dice que también usted le ganó una
. BLOQUEADOS POR LA NIEVE 15
bonita suma. Probablemente se disponía usted á darle caza
para devolvérsela.
Todos se rieron mirando á Clincli. Este iba á replicar,
cuando la joven le interrumpió bruscamente:
— Puesto que son ustedes tan aficionados á la caza, ¿por
qué no la emprenden con pájaros más gordos? Tras de Jim
Harkins, por ejemplo. En este caso, seré yo de la partida.
— ¡Harkins! — exclamaron á un tiempo Clinch y Hale.
— Justo, Jim Harkins. ¿Le conocen ustedes?
— Uno de mis amigos le conoce — respondió Clincb sonrien-
do.— Pero no le importe á usted.
— ¿Y" usted? — preguntó Zenobia dirigiéndose á Hale.
— Creo que ha sido mi banquero — respondió de una mane-
ra evasiva. — No le conozco personalmente.
— Entonces trate usted de atraparle antes de que le atrape
á usted.
— ¿Qué ha hecho, Zenobia? — preguntó Rawiins muy satis-
fecho del giro que tomaba la conversación.
— ¿Qué ha hecho?... Si lo dijera, tal vez se molestaría... —
contestó, indicando á Hale.
— La ruego que no se preocupe usted de mí — se apresuró
aquél á decir.
— Bueno — dijo Zenobia. — Tal vez conocerán ustedes á Ned
Falkner, de la mina Excelsior...
— ¡Ya lo creo! Falkner es el intendente — dijo Eawlins; —
un buen muchacho, incapaz desuna acción indigna.
— ¡Choca! — dijo Zenobia alargando su mano. Rawlins la
estrechó con efusión, y la joven continuó: — Ya no salen mu-
chos como Falkner; se ha roto el molde. Escuchen ustedes:
Ned puso todo su dinero, toda su fuerza y todo su ingenio en
esa mina, la cual era para él su familia, su amada, todo.
Cuando otros muchachos de su edad se iban á correrla á Fres-
no y se trataban á cuerpo de rey, Ned se quedaba en la mina.
«Esperad, decía, esperad á que la mina dé rendimientos, á
que produzca en grande, y entonces...» Logró que sus amigo
16 LA ESPAÑA MODERNA
pusieran en el negó ció hasta la última camisa, porque los mucha-
chos querían á Ned y se hubieran echado al fuego por él. Por su-
puesto, que esos todavía le siguen queriendo del mismo modo.
— Eso es verdad — dijeron simultáneamente Clinch y E-aw-
lins, — y Falkner lo merece.
—Pero — dijo Zenobia — la mina no producía tan pronto
como él había esperado, y todos se empobrecían cada vez más;
pues la mina se lo tragaba todo, excepto el valor y la espe-
ranza. Entonces fae cuando ese tunante de Harkins olfateó
la presa y cayó sobre Ned. Le ofreció fundar una compañía
de la que sería él el Director, si Ned le entregaba sus plenos
poderes. En cuanto tuvo el negocio en el bolsillo, declaró que
necesitaba medio millón de dollars para los trabajos, y solici-
tó la entrega de 200 dollars por acción. Esto no era nada para
los pájaros gordos que pagan ó fingen pagar; era la ruina para
las pobres gentes que apenas ganan á fuerza de sudores lo su-
ficiente para no morirse de hambre. Como no podían pagar,
se vieron obligados á entregar sus acciones por un pedazo de
pan. Ned hizo cuanto pudo para ayudarles á salir á flote él
mismo, tomando á préstamo sobre sus acciones; pero el con-
denado de Harkins se enteró, ó hizo correr la voz de que la
mina era una engañifa y que se iba á retirar de la dirección:
las acciones perdieron todo valor. Ned no pudo conseguir un
sólo dollar. Entonces la nueva compañía rescató todo el papel
de Falkner, y le dejó en el arroyo con sus amigos. Ned no
quiso quedarse para ver la ruina que había ocasionado, y des-
apareció. En cuanto al canalla de Harkins, después de despo-
jar á todo el mundo, ha sabido encontrar el dinero, ha pagado
el medio millón, y acaba de levantarse del juego con 100.000
dollars de beneficio. Este dinero,* el dinero de Ned lo ha envia-
do á Sacramento, no atreviéndose á llevarlo él mismo, el cobar-
dón, y ha dejado el país. Sabe que hay personas que han ju-
rado matarle. Ya ven ustedes que, si siguen con ganas de ca-
zar, tienen ahí una buena fiera, sin necesidad de andar por la
nieve.
BLOQUEADOS POR LA NIKVE 17
— ¿Pero por qué no hacer que intervenga la ley para re-
cuperar esa suma? — dijo Hale con calurosa indignación. — Eso
es un robo tan infame como...
Se detuvo al mirar á Zenobia.
— ¿Como el de esta noche, no es eso? ¿Es eso lo que quiere
usted decir? Pues bien, yo digo que es mil veces peor. Los la-
drones no se han hecho pasar como amigos; además, arriesgan
la piel. En cuanto á la ley, ¡bah! no puede hacer nada.
— Es una cuestión de azar — manifestó Clinch. — Con mayor
facilidad se recuperaría una suma perdida contra el tramposo
que hubiera señalado las cartas. Falkner debería disparar so-
bre Harkins en cuanto lo viera, es lo más cuerdo.
— Existe, además, la ley de Lynch, la mejor — apuntó
Rawlins.
— Realmente — añadió Hale después de reflexionar — que
tal vez sería preciso obligar á un hombre de la especie de Har-
kins á que devolviera su ganancia mal adquirida, mediante
una poderosa presión física. Como lo que se trata es del dine-
ro, pienso que si pudiera ser recobrado por medio de amena-
zas, hasta por las vías de hecho, pero sin efusión de sangre,
se lograría igualmente el resultado. Admito que en caso de re-
sistencia ó de represalias, podría llegar á ser necesario el pa-
sar á mayores.
Sin darse cuenta. Hale había caído en su dicción senten-
ciosa y pedantesca, y tal vez aguijoneado por los brillantes
ojos de Zenobia, puso involuntariamente en sus palabras más
énfasis aún que de ordinario. Su declaración fue acogida por
un silencio glacial. Los asistentes se miraban con aire de duda
ligeramente irónica. De repente Zenobia se levantó, se acercó
á él y le dijo:
— ¡Choque usted!
Hale estrechó calurosamente aquella mano, y movido por
un nuevo sentimiento, se la llevó á sus labios y depositó un
respetuoso beso sobre la punta de unos dedos que le parecie-
ron limpísimos.
E. M.— Julio J902. 2
18 LA ESPAÍÍA MODERNA
— Eso es hablar — dijo la joven sin desconcertarse en lo
más mínimo por aquel acto de cortesanía. — Y no es usted el
primero que sea de ese parecer.
— ¿Quién es el otro? — preguntó Hale sonriendo.
— Jorge Lee — contestó ella.
VI
Las interjecciones y las risas provocadas por aquel nom-
bre así lanzado, fueron interrumpidas por los ladridos de los
perros. Zenobia se dirigió con paso perezoso hacia la ventana;
Hale prefirió no profundizar ciertas reflexiones sugeridas por
la comparación, y se alegró del incidente que venía á dis-
traerlas.
— ¡Por vida de...! — exclamó la joven. — Es ese condenado
de Jim que nos trae todo el personal déla diligencia. El coche
se habrá quedado empotrado en la nieve sin poder subir al re-
levo. Pero que venga. Le diré lo que conviene.
La negativa inhospitalaria de Zenobia no pudo sostenerse
contra las humildes explicaciones de Jim que manifestó que el
mismo Hennicker, en el relevo del valle, le había autorizado
para que llevara los viajeros á su rancho, en previsión de lo
que acababa de suceder.
— ¡Cualquiera entiende al padre! — gruñó ella sordamente.
— ¡Encerrarnos toda una semana con estos tales! Un día suel-
ta los perros sobre el primero que se presenta, otro nos envía
á toda la diligencia. Después de todo, la barraca es suya, que
se las arreglen; pero no seré yo quien les sirva.
Y salió bruscamente, cerrando tras sí la puerta.
Los recién llegados no ofrecían nada que pudiera desar-
mar las prevenciones suscitadas contra ellos, ni nada que pro-
metiera añadir atractivos á la reunión. Sus maneras torpes,
arrogantes y agresivas, el descontento que demostraban, hi-
cieron que les mirasen con malos ojos aquellos que, establecí-
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 19
dos antes, experimentaban ya el antagonismo latente del pro-
pietario por el intruso. El que parecía ser el personaje más
importante de la banda, era también el más insoportable. De
un aspecto vulgar y pretencioso, hablaba en voz muy alta y
con ademanes enojosos. Se sentó en una silla y pidió inmedia-
tamente de beber.
— Tendrá usted que servirse á sí mismo — dijo fríamente
E.awlins al ver que la orden quedaba sin efecto. — No hay más
que dos mujeres en la casa y tienen ya las manos llenas.
— Esto es de una gran grosería — dijo el extranjero alzan-
do la voz. — Hennicker hará muy bien en mostrarse sumiso, si
no quiere que le sienten las costuras. No vale más que muchos
otros diablos á quienes yo se las he sentado.
— Eso habría que decírselo en su cara — replicó E,awlins
con el mismo tono glacial. — Tal vez le contestaría á usted lo
conveniente. ¡Es tan suave, tan acomodaticio, tan buen mu-
chacho ese Hennicker! ¿No es verdad. Coronel Cliuch?
La mención fortuita de este nombre produjo el efecto que
esperaba sin duda Rawlins. El extranjero miró con atención
al Coronel, que, sordo en apariencia al diálogo, entornaba
beatíficamente sus ojos grises y fríos, mirando á la llama.
Cambiando de modales, el recién llegado se dirigió sin más
objeciones á la botella de whisky, y se sirvió y sirvió á sus
compañeros. Animado por la bebida, se acercó á la chimenea.
— Coronel — dijo afectando una gran desenvoltura, — pro-
bablemente habrá usted oído hablar de un robo esta última
noche.
Sin alzar los ojos, Clinch respondió con una breve afir-
mación:
— Precisamente me trae este asunto. Yengo á abrir una
información en nombre de la compañía.
— ¿Ha perdido mucho la compañía?
— No tanto como pudiera creerse. Ese majadero de Har-
kins puso en un pliego 100.000 dollars en billetes de Banco, y
se lo confió á un amigo, Bill Guthrie, el cual debía hallar en
20 LA ESPAÑA MODERNA
el Último momento entre los viajeros un hombre de confianza
ó incapaz de despertar sospechas para transportar el dinero á
Fresno. Harkins no se fiaba del arca de la diligencia. ¡Ja, jal
La afectada risa del extranjero sonó peor aún por el mu-
tismo absoluto con que fue acogida. Rawlins miraba á Clinch^
y Hale se sentía extraordinariamente molesto; pero el Coro-
nel, sin apartar los ojos del fuego, se limitó á decir con ne-
gligencia:
— ¿No ha retenido usted por casualidad el nombre de ese
viajero?
— No lo he podido averiguar. Naturalmente, en cuanto
Guthrie se enteró de los términos en que se hablaba de ese
particular, no ha querido decir su nombre hasta enterarse
mejor.
— ¿Y en qué términos se habla de ese... particular? — pre-
guntó Clinch con indiferencia.
— ¿Qué diablo quiere usted que se diga de un hombre que^
sin la menor resistencia, entrega semejante suma en cuanto se
la piden, como si fuera un cigarrillo? Figúrese usted que los
salteadores, según parece, no eran más que tres, mientras que
los viajeros, además del cochero y el postillón, eran seis, todos
armados. ¡Seis hombres desbalijados por tres! ¡Pobrecillos!...
Por supuesto, que se han hecho justicia, porque dicen que,
bajo pretexto de correr tras los ladrones, han desaparecido
completamente corridos.
El orador se echó á reir despreciativamente, y sus cinco
acólitos, agrupados en el fondo de la sala, le imitaron ruido-
samente.
Hale, olvidándose de que aquel hombre no hacía más que
expresar en sustancia la misma censura y las mismas críticas
que formulara él ocho horas antes respecto de sus compañeros
de camino, iba á levantarse, con las mejillas encendidas, para
protestar contra aquellas apreciaciones insultantes, cuando
una mirada de Clinch le dejó inmóvil en su asiento. Aquella
mirada cruel é imperativa parecía mandar; Hale creyó ver
BLOQUEADOS POR LA líIEVE 21
lucir en el fondo de aquellas pupilas grises, fijas é implacables,
un pensamiento de muerte, y su propia cólera se calmó como
por encanto ante la revelación de una intensidad de furor in-
■esperada; hasta experimentó una vaga é involuntaria compa-
sión hacia el desgraciado que acababa de provocarla tan in-
conscientemente, fíawlins, que sin duda había recibido la
misma consigna silenciosa, no se movió.
— Pero no hemos dicho aún nuestra última palabra — aña-
<lió el extranjero corriendo á su pérdida. — Yo he redactado
una relación que pondrá en claro el incidente. Ya es tiempo
de que cambien las cosas. Hasta aquí han sido los viajeros los
que han vociferado contra las compañías y sus empleados;
quiero que hoy sean las compañías las que protesten de viaje-
ros de esa especie. ¿Quiere usted que le lea mi pequeño infor-
me? Tiene bastante miga para que les agrade á esos diablos
de periodistas.
— jY cómo no! — exclamó el Coronel.
Así animado, el orador tosió, y tomó la actitud á la vez
modesta y pretenciosa de los autores que se leen á sí mismos,
mientras que sus cinco amigos, ya puestos al corriente de la
lucubración, hicieron círculo, preparando una sonrisa de or-
denanza.
— He titulado esto: Los viajeros pusilánimes. Un título que
promete, ¿eh? Comienzo: «Se ha averiguado que el resultado
»del último ataque perpetrado contra la diligencia cerca del
•puerto, es debido á la pusilanimidad, por no servirme de otra
• expresión más fuerte»; — se detuvo y, mirando á Clinch, aña-
dió á manera de explicación: «Ya verá usted á dónde voy á
parar», y continuó su lectura: «á la pusilanimidad délos mis-
amos viajeros. Se ha averiguado que* tres hombres han desba-
»lijado á seis, sin que se haya disparado ni un solo tiro, ni
»haya habido la menor resistencia. No recriminamos cierta-
»mente el valor bien probado de lubaBill, el mayoral, ni la san-
»gre fría y la prudencia de Bracy Tibbett, el bravo é inteli-
• gente postillón, los cuales han confesado que se quedaron
22 LA espa:&a moderna
^petrificados por el asombro ante el espectáculo de la sumisión
»bíblica y de la dulzura de corderos desplegadas por los pasa-
ajeros del interior. Se añaden anécdotas que serían cómicas si
»no fueran repugnantes: se ha visto á hombres hechos, de ro-
»dillas en la carretera, ofreciendo despojarse enteramente para
»salvar la vida, y á un viajero acurrucado bajo el asiento al que
»hubo que sacar tirándole de los faldones; se habla de sumas
»locas, de promesas serviles á cambio de la inmunidad conce-
»dida á sus miserables pellejos, y de otros episodios que exci-
»tan la hilaridad general; pero poseemos hechos que podrían
»provocar acusaciones más graves. Uno de los viajeros, pre-
» tendiendo rivalizar clandestinamente con los privilegios de la
» compañía, llevaba, según dicen, una fuerte suma en la dili-
«gencia.» Todo esto tiene bastante pimienta, ¿no es verdad?
Pues todavía hay más.
— ¡Vaya si tiene pimienta! — dijo Clinch tranquilamente.
— «Sin embargo — continuó leyendo el extranjero, — «todo
»este asunto tan desdichado está envuelto en el misterio. La
«presencia de Jackson N. Stanner — soy yo, — agente secreta
* contratado especialmente por la compañía, y de sus acólitos,
»en el lugar del atentado, nos garantiza que el misterio no
» tardará en aclararse.» He escrito esto para complacer á la
compañía — dijo modestamente. — A estos señores de la segu-
ridad es á quienes debemos los detalles que acabo de leer.
— Lo que pretende usted probar con ese artículo, si he
comprendido bien — dijo Clinch levantándose, pero continuan-
do mirando al fuego, — es que tres hombres no pueden acorra-
lar á seis, á menos que éstos no sean cobardes ó cómplices.
¿Es eso?
— Perfectamente, lo he dicho y lo sostengo — respondió
Stanner. — Usted juzgará si no tengo razón.
— Opino que no la tiene usted — replicó fríamente el Coronel.
Y sin levantar los ojos se dirigió á la puerta por la que
había salido Zenobia, la cerró con llave y se guardó ésta en el
bolsillo. A E-awlins y Hale les palpitaba el corazón; los otros
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 23
espectadores de la escena seguían los movimientos de Clinch
con burlona curiosidad. El Coronel, después de haber hecho
la misma operación con la segunda puerta, volvió hacíala
chimenea. Por primera vez levantó sus párpados. El hombre,
que vio la fijeza de aquella mirada, retrocedió espantado.
— Yo soy — dijo entonces Clinch con lentitud y subrayando
cada una de sus palabras, — yo soy el hombre que entregó los
billetes á los bandidos. Soy uno de los tres viajeros escarneci-
dos en la relación de usted; estos señores son los otros dos.
Usted no cree que tres hombres puedan acorralar á seis. Sea,
yo le demostraré cómo sucede eso; más aún, yo le haré ver
cómo lo logra un hombre solo, porque, ¡por Dios vivo, si no
me entrega usted ese infame papel, disparo sobre usted á boca
de jarro! Necesito ese papel antes de haber contado diez, y si
cualquiera de ustedes se menea, son hombres muertos el que
tal haga y usted el primero. ^
Antes de que Clinch hubiera acabado de hablar, Hale y
Rawlins se habían levantado, y de comiin acuerdo sacaron y
amartillaron los revólvers. Hale no hubiera podido decir por
qué, pero apuntaba á uno de los hombres de Stanner, y sentía
instintivamente que al menor movimiento agresivo de aquél
hubiera hecho fuego. No razonaba ya, sabía solamente que, en
caso de pelea, procuraría matar á su adversario y tal vez á
otros más.
— ¡Uno! — dijo Clinch levantando su arma. — ¡Dos, tres!
— Coronel, escuche usted. Le juro que no sabía que era us-
ted. Cuando le digo... — balbuceó Stanner con el rostro lívido
y sin atreverse á mirar á sus compañeros, aterrorizados.
— ¡Cuatro, cinco, seis!
— ¡Deténgase... ahí va!
Cogió el manuscrito y lo arrojó al suelo.
— Recójale y tráigamelo. ¡Siete, ocho!
Stanner se adelantó, cogió el papel y se lo tendió á Clinch
completamente trastornado. Después, tranquilizado á medias,
dijo afectando reir:
24 LA espaSía moderna
— ¡Bah! no era más que una broma, una simple broma...
— Me alegro mucho saberlo; pero como esa broma está aquí
en blanco y negro, va usted á rectificarla de la misma manera.
Siéntese, tome esa pluma, ahí hay tinta, y escriba lo que le
dicte. ¡Vamos! «Declaro estar convencido de que la relación
» arriba escrita es una vil calumnia contra la reputación de
»Ringwood Clinch, Roberto E.awlins y John Hale, viajeros
^aludidos, á quienes pido humildemente perdón.» Está bien;
firme usted. ¡Firme, le digo! Ahora, que sus hombres firmen á
continuación.
Los agentes obedecieron sin hacerse rogar. Uno de ellos,
sin embargo, afectando tratar la cosa á la ligera, propuso
echar una ronda.
— Perdone — dijo Clinch fríamente. — Esta casa es demasia-
do pequeña para contener á ese hombre y á mí, y como este
documento me llama á la estación del Gato Salvaje, partiré al
punto y sin beber.
Sacó las llaves de su bolsillo, las volvió á poner en las ce-
rraduras, tomó un abrigo y se preparó á salir.
E-avsrlins se dispuso á seguirle; Hale vacilaba. Los aconteci-
mientos que desde hacía una hora se sucedían con tanta rapi-
dez, no le dejaban tiempo para reflexionar; sin embargo, co-
menzaba á dudar seriamente de la legalidad del último acto
del que había sido espectador constante y pasi cómplice, sin
dejar de reconocer que tenía su razón de ser en una especie de
justicia personal; sentía que si volviera á presentarse el caso
obraría del mismo modo. Pero un secreto presentimiento le
advertía que, mientras se asociara con Clinch y E-aw^lins, se
encontraría mezclado á semejantes complicaciones; por otra
parte, ¿no acababan de renunciar radicalmente al objeto que
se habían propuesto? ¿No acababan de suscitar un nuevo inte-
rés y de promover un conflicto á los que estaban autorizados
legalmente para realizar su misión? Todo conspiraba á apar-
tarle de sus compañeros, salvo el temor de que esta deserción
en semejantes momentos no fuese contraria al honor, y tal vez
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 25
á la creciente simpatía que aquellos le inspiraban. Se dijo, sin
embargo, que acababa de probar suficientemente sus condi-
ciones, que no sería de ninguna utilidad práctica en la estación
del Gato Salvaje, y que al ir allí se alejaría aún más de la me-
seta de las Águilas; además se sentía invadido por una necesi-
dad de acción y de independencia.
— Me quedo aquí — dijo por fin al Coronel, — á menos, sin
embargo, que no me necesite usted.
Clinch miró de una manera significativa á los agentes, y
después afectuosamente á Hale.
— Esté usted alerta — dijo á media voz; — un hombre preve-
nido vale por diez; sobre todo, de esta especie. De todos mo-
dos es gallardo lo que usted hace.
Luego se dirigió á Stanner, y añadió en alta voz:
— Me llevo este papel. Si tiene usted que decirme algo más
adelante, ya sabe usted dónde enconti:arme, á menos que no
quiera usted decírmelo en seguida, ahí fuera.
— Lo demás concierne á la compañía y no á mí — dijo Stan-
ner tomando un aire oficial.
Hala acompañó á Clinch y E/awlins hasta la cuadra. El
palafrenero Dick, que había marchado en socorro de la dili-
gencia, no había vuelto aún.
— No quisiera d ejar á cualquiera en su piel de usted en
medio de esos bergantes — dijo Clinch sacudiendo fuertemente
la mano de -Hale, — y no le dejaría á usted, si no supiera que
puedo apostar todo mi montón por su juego d^ usted con los
ojos cerrados. Es usted de los míos, compañero. Querer que-
darse solo aquí, es gallardo. No me era usted muy simpático
al principio, no se lo oculto; pero ahora, cuando necesite us-
ted de un amigo, llame á Eingvood Clinch; es de usted. No
tengo más que decir.
— Hablado por dos — dijo Rawlins tendiendo la mano á
Hale con igual franqueza, y añadió: — Cuente usted con Zeno-
bia para que le avise si ocurriera algo de particular; velará
por usted. Hasta la vista, y buena suerte.
26 LA espaSa moderna
Hale, inclinado al pronto á rebelarse contra el papel dd
protectora asignado á la hija de Hennicker, concluyó por ha-
llar cierta dulzura en aquel lazo misterioso que se establecía
entre él y la salvaje criatura, cuya belleza y cuyo extraño en-
canto le habían atraído de un modo tan singular. Cuando
volvió á la sala, los agentes, que hablaban entre sí, se calla-
ron repentinamente. No intentó romper el silencio, y se sentó
tranquilamente cerca del faega. Stanner no tardó en acercar-
se, y se plantó ante la chimenea en actitud familiar.
— Ese diablo de Coronel — dijo en tono de chanza — so albo-
rota eai cuanto tiene en el estómago más de lo preciso. Y esto
le sucede después de la tercera ó cuarta ronda. Tiene mal vino
Clinch.
— Comprenda usted, Sr. Stanner — dijo Hale con su tono
preciso y acompasado, — que toda alusión poco cortés al señor
Clinch, mi amigo, es no solamente de muy mal gusto en au-
sencia suya, sino también insultante para mí. Si pretende us-
ted insinuar que el Coronel estaba ebrio, debo manifestarle
que está usted equivocado, y debo añadir que las opiniones
que ha expresado refiriéndose á usted son las mías. Me parece
igualmente que ha dado pruebas de buen criterio prefiriendo
sustraerse á la compañía de usted, y tenga presente que si las
circunstancias que me retienen aquí me condenan á sufrir la
presencia de usted, pongo por condición que me dispense de
todo coloquio.
Estas palabras, pronunciadas con un exceso de precisión y
dignidad, produjeron sobre los asistentes mayor efecto aún
que las amenazas de Clinch. El silencio reclamado por Hale
le fue otorgado sin la menor réplica. Los agentes se retiraron
á un rincón y cuchichearon entre sí. Hale, con los ojos fijos en
los tizones, se entregó á profundas meditaciones.
De repente alzó los ojos y yíó que la puerta que daba á la
cocina se meneaba dulcemente. Una ó dos veces durante su
algarada con Stanner le había parecido observar la misma
maniobra, la cual tenía sin duda por objeto llamar su atención
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 27
sin despertar la de los otros. No tardó en entreabrirse la puer-
ta, dejando pasar el bonito rostro de Zenobia, la cual le hizo
una seña, llamándole. Hale se levantó sin precipitación, tomó
con indiferencia su sombrero, como si quisiera pasearse, y
pasó á la cocina en el momento en que la joven se deslizaba
sin ruido en la cuadra. Subió ella los primeros peldaños de
una escalera que conducía á un granero, y á mitad de camino
se detuvo ante una puerta baja y precedió á Hale en un cuar-
tucho muy reducido. A la luz de un farol vio Hale que aquel
cuarto, aunque pobremente amueblado, acusaba, por ciertos
detalles, la presencia y el gusto de una mujer. Zenobia ofreció
á su huésped la única silla que allí había, le indicó que toma-
ra asiento, y ella se sentó en la cama. Sus facciones parecían
agitadas por una emoción reciente y sus ojos brillaban como
empañados por las lágrimas; pero la linterna, cuyos rayos
iluminaban de lleno el rostro de la joven, descubrió la causa
de su agitación: ¡no podía tenerse de risa!
— He pensado — dijo ella por fin — que debía usted aburrirse
mucho á solas con Stanner y su gente, sobre todo después del
sermón que les ha echado usted, y me he dicho que estaría-
mos mejor aquí para charlar un rato. Mi madre y yo le hemos
oído desde la cocina. ¡Bueno ha estado usted! Mi madre creía
que hablaba usted en una lengua extranjera; 3^0 no podía te-
nerme de risa. ¡Qué palabras, qué frases! La verdad es que les
ha encajado usted toda la Gramática y todo el Diccionario...
Se detuvo por un nuevo acceso de risa, y después añadió:
— Sobre todo algunas frases me hacían muchísima gracia;
por ejemplo, cuando decía usted: «Las circunstancias, que me
hacen aquí la Pascua...»
— ¡Ah!, perdone — exclamó Hale, — yo no he dicho eso.
— Y después: «Condenado á sufrir su presencia, en vez de
echarles á puntapiés.» Y luego: «No me maree con su conver-
sación, que no vale una patata», ó algo parecido. El Coronel
con sus palabras gordas no le llega á usted á la suela del za-
pato. Stanner estaba verde.
28 LA espaS'A moderna
— ¿Se está usted burlando de mí? — dijo Hale, sin saber á
punto fijo si le molestaba ó le complacía divertir tanto á la
hermosa joven.
— En ese caso — replicó ella ingenuamente, — sería yo la
única quG se atreviera. Clineh dice á quien quiera oirle que su
comportamiento de usted cuando la disputa y su resolución de
quedarse aquí, valen por todos los juramentos de él. Mi madre
me está siempre chillando por mis maneras; pero, á pesar de
todo, cuando encuentro un hombre, que es un hombre, le re-
conozco.
Esta vez Hale se entregó dulcemente al encanto de aquel
homenaje espontáneo, tanto más halagador cuanto que era,
por decirlo así, inconsciente; pero embarazado por la mirada
escrutadora de Zenobia, dijo cambiando de tema:
— ¿Tiene usted que subir siempre á aquí por la cuadra?
■^Sí. Hay una escala que conduce al cuarto de mi madre —
respondió señalando una trampa, — pero el otro camino es más
cómodo y está más cerca de los caballos cuando hay que salir
pronto.
Aquella alusión directa, corroborada por las observaciones
que Hale había tenido ya ocasión de hacer acerca de la insta-
lación de la casa, no le dejaba ninguna duda; había sido cons-
truida teniendo presente las invasiones rápidas y las huidas
fáciles. Esto le hizo reflexionar. Zenobia, que adivinó una parte
de los pensamientos de aquél, añadió con decisión:
— Preciso es estar en condiciones de acudir prontamente
cuando un oso ó una pantera llegan en busca del ganado; hay
que montar á caballo sin perder un minuto.
— ¿Es decir, que usted... f
— ¿Qué quiere usted que haga? Cuando el padre está fuera,
le sustituyo, y elegido este cuarto.
Hale siguió la mirada de Zenobia, que se había fijado ma-
quinalmente en una vestimenta híbrida, semi-manta, semi-
amazona, colgada de un clavo.
— Más de una vez he estado levantada, vestida y montada
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 29
en «Resina», cinco minutos después de haber oído el primer
balido.
Hale la contemplaba con asombro. Ella no tenía nada de
masculino ni de marimacho; ni siquiera tenía la robusta con-
firmación física, inseparable, según él, de tan viril audacia; al
contrario, pálida, esbelta, le parecía esencialmente mujer, de
alma y cuerpo. Sin preocuparse por las insistentes é investi-
gadoras miradas de que era objeto, Zenobia hizo una seña á
Hale para qae se acercase, y fijando en él sus oscuros ojos,
dijo de pronto:
— ¿Por qué se le ha ocurrido á usted esa caza de hombres?
Semejante pregunta hecha á quemarropa desconcertó á
Hale; experimentó la necesidad de disculparse, pero sus expli-
caciones, que para él mismo eran insuficientes y confusas, eran
evidentemente ininteligibles para la hija de Hennicker. Esta
añadió después de una pausa:
— ¿Usted no tiene nada contra Jorge?
— Yo no conozco á Jorge — respondió él sonriendo, — persi-
go únicamente al bandido.
— Pues él es el bandido.
— Quiero decir que combato un principio integralmente
peligroso.
— Y Jorge es el principal, los otros no harían nada si él no
los mandase — dijo Zenobia ingenuamente, — y tal vez tenga
usted razón, es muy peligroso.
Hale comprendió la inutilidad de continuar, y dejó caer el
diálogo. Ella dijo después:
— ¿Por qué se ha quedado usted en vez de marchar con el
Coronel? Sin duda ha sido por algo más que por cerrar el pico
á Stanner. ¿Por qué ha sido?
La proximidad de la hermosa joven, el encanto de sus fa-
miliares confidencias, la elocuencia de sus ojos negros, las se-
ducciones de la soledad, inspiraron á Hale una respuesta ga-
lante; pero pensando con mayor cordura, las mismas razones
la detuvieron en los labios.
30 LA espa:ña moderna
— No lo sé — dijo con torpeza.
— Yo sí lo sé. Es porque tampoco le agradan Clinch y
üawlins. No son de su clase de usted.
Cogido de improviso por aquella declaración neta y positi-
va, Hale se refugió en el único pretexto que creyó deber ocul-
tar, y dijo en voz baja sonriendo un poco:
— Pongamos que haya sido por quedarme al lado de usted.
— Tampoco soy yo de su clase — respondió ella al punto.
Después se calló, y al cabo de un momento se puso á escu-
char.
— Están muy callados — dijo. — ¿Qué pasará?
Creyendo que la joven le intimaba de una manera indirecta
á que la dejase ya. Hale se levantó; pero Zenobia pasó rápida-
mente ante él, abrió la puerta y miró hacia la cuadra.
— ¡Justo! — dijo ella. — Estaba segura. No están los caballos.
Han levantado el campo.
Hale no respondió. Acababa de ocurrírsele la idea de mar-
charse de la misma manera. ¿Era una advertencia respecto de
que era bueno seguir semejante idea? Indeciso aún, seguía con
los ojos á la joven que comenzaba á bajar la escalera, indi-
cándole que le siguiera. Cuando llegaron juntos á la sala baja,
la encontraron como se esperaba, completamente desierta.
— Supongo que no seré yo quien les haya hecho huir —
dijo él mirando el turbado rostro de su compañera.
Esta no contestó, y miró por la ventana; parecía preocu-
pada, inquieta.
— ¡Tanto peor! — exclamó por fin ella con un ligero ademán
de desafío. — ¡Me es igual! ¡Madre! — gritó en seguida en otro
tono. — Stanner se ha lanzado con su rebaño, pero el extranje-
ro dice que se queda.
VII
Ocho días habían transcurrido en la meseta de las Águilas,
días unos sombríos por la lluvia, otros luminosos por el sol.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 31
Aquella tarde dos personas se encaminaban lentamente
hacia la casa, sin preocuparse de su^ situación, como quienes
vuelven de un paseo agradable. La señorita de Scott, acompa-
ñada de Falkner, mostraba en su indumentaria un regreso
hacia las exigencias de la moda 3^ las obligaciones mundanas,
y esto, cosa extraña, en los mismos momentos en que se encon-
traba completamente emancipada de semejante tiranía á causa
de su aislamiento. No tan sólo había prescindido de su blanca
falda, concesión práctica á la invasión de un invierno prema-
turo, sino que había sacado una gorrita con'plumas y un man-
guito de marta que usaba en Boston. También Falkner había
trocado su sombrero y su pintoresca manta mejicana por un
gabán y una gorra de piel pertenecientes al cuñado de Kate,
y que ésta le hizo adoptar.
— No le pido á usted — decía Kate con su juicioso aspecto —
que renuncie por completo á su manta; la llevará usted los
días de lluvia, cuando, reintegrado entre los suyos, venga us-
ted alguna vez á pasar la velada con nosotros. Pero convenga
en que semejante indumentaria es demasiado llamativa, y
sobre todo demasiado teatral, para ser llevada en pleno sol por
los caminos, salvo al frente de una procesión de circo de feria.
— ¿Qué mal hay en vestirse de una manera que el pueblo ha
consagrado como la más apropiada á las exigencias y las con-
veniencias del país? — replicó Falkner sin dejarse desconcertar.
— Pero usted no pertenece á esa clase de gentes — repuso
impaciente la joven, — y ahí está la diferencia. Usted no se les
parece, no obra usted como ellos: de suerte que su traje y su
manera de ser son tan irreconciliables, que le dan un aspecto
extraño.
— Y tener un aspecto extraño es censurable en su mundo
de usted — dijo Falkner con amargura.
— Siempre es censurable el aparecer lo que uno no es — re-
plicó la joven. — Usted es, según me lo ha dicho, un inspector
de minas; es inútil, por lo tanto, que le tomen por un bandido
español, gracias á su manta. Le aseguro que si yo me hubiera
32 LA ESPAÑA MODERNA
encontrado en la diligencia y le hubiese visto aparecer vesti-
do así en la portezuela, le hubiera entregado mi reloj y mi
bolsa sin la menor resistencia... ¡Ah! se enfada usted— añadió
la joven con una risa fingida que disimulaba una inquietud
real. — ¿Quiere usted que le diga que me habría despojado con
alegría en favor de un bandido tan novelesco, y que, para
conformarse á la leyenda del país, me hubiera apeado para
bailar un bolero con usted en la carretera? Pues bien — dijo
ella, tras una pausa preñada de tempestades, — pongamos que
es lo que he querido decir.
Falkner marchaba un poco delante, con la vista fija en la
lejana cordillera. Se detuvo de pronto, y mirando á Kate, dijo
bruscamente:
— Sí, se hubiera usted tomado tiempo para observar aten-
tamente al salteador, á fin de identificarle mejor el día que
cayera en poder de la policía. Como su hermano, se hubiera
usted sacrificado gustosa en interés de la civilización y del
orden.
La boca y los ojos de la joven expresaron tan enérgica ne-
gativa, que, no por ser muda, hubiera dejado de convencer á
un hombre rnenos preocupado que fiu acompañante. Viendo
que se callaba, Kate Lundió ambas manos en el manguito, se
lo llevó á la boca, se encogió ligeramente de hombros, veló
sus ojos con sus largas pestañas y apresuró el paso.
— Es penoso — dijo ella en otro tono — el que no podamos
proveer á nuestra miserable existencia sin despojar á los-
otros, sin arrebatarles la vida.
Falkner se estremeció.
— Es verdaderamente desconsolador — añadió ella, — pero
tengo que recordar á usted que no ha cazado usted nada to-
davía para la cena de nuestro enfermo. Mire usted; allí me
parece ver una liebre. ¡Qué lástima que haya traído usted esa.
carabina, en vez de un fusil de dos cañones!
— He escogido esta arma para la defensiva.
— ¡Ah! ¿y los cartuchos no son más que para el ataque?
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 33
Falkner la contempló un instante, después se echó rápida-
mente el arma á la cara, en el momento en que la liebre huía
por un campo, á cien metros de distancia. Kate creía ya al
animal en seguridad cuando sonó el tiro; la liebre dio un salto
y cayó inmóvil. Kate miró al cazador con franca admiración.
— ¿Está bien muerta? — preguntó ella en voz baja.
— Ni siquiera se ha enterado de lo que la mataba.
— Tiene usted razón. Esto me parece menos brutal que
tirar con cartuchos, que no siempre matan; me horroriza lo
que se llama la caza y el «sport», pero un tiro como éste...
me parece...
— ¿Qué, señorita?
— Más caballero.
Levantó su fina cabeza, se puso su enguantada mano sobre
ios ojos, á manera de pantalla, y mirando al cielo azul, añadió
con alguna vacilación:
— ¿Se podría?... ¿podría usted?, pero no, es inútil...
— ¿Qué quiere usted decir? — preguntó Falkner sonriendo.
— Nada, nada.
— Sí, tiene usted una idea — insistió el joven, volviendo á
cargar su carabina.
— Pues bien, me prometió usted el otro día una pluma de
águila para mi gorra, ¿no es aquello un águila?
— Me parece que no es más que un halcón.
— Me bastaría. Tire usted.
Sus ojos brillaban. Falkner apartó los suyos, sin dejar de
sonreír, y apuntó con irritante lentitud.
— ¿Está usted segura de no preferir el águila? — preguntó
afectadamente.
— Completamente segura. Dése usted prisa.
Falkner no se apresuraba, pero de pronto se oyó la detona-
ción; el ave agitó el aire con las alas, giró un instante, des-
pués cayó perpendicularmente á una distancia que demostra-
ba la destreza del tirador. Falkner se adelantó y no tardó en
volver y trayendo en la mano un ala desplegada.
E. U.—Julio 1902. 3
34 LA ilspaña moderna
— Escoja usted la pluma que le agrade — dijo alegremeute.
— ¿Está usted seguro también en esta ocasión de que el po-
bre halcón no ha sufrido?
— La bala le ha llevado la cabeza.
— Y además, la caída hubiera bastado para matarle — dijo
Kate sin más remordimientos. — Gracias. Le tendrán á usted
por un tirador de primer orden, ¿no es verdad?
— ¿En dónde? ¿quiénes?
— Pues todos los que le conozcan: sus parientes, sus ami-
gos, las hermanas de éstos...
Jorge tira mejor que yo, tiene más práctica; le he visto ha-
cer con una pistola lo que yo acabo de hacer con una carabina,
no á la misma distancia, por supuesto; pero un tiro más difícil.
Kate no contestó, pero su rostro indicaba claramente que
nada podía á sus ojos aventajar en destreza y habilidad á lo
que acababa de presenciar. Falkner recogió la liebre, y los dos
jóvenes se dirigieron á la casa.
— ¿Se acuerda usted — dijo Kate de pronto — del día en que
llegó? Nos encontramos aquí, y usted me indicó el abrigado
promontorio en que se refugiaban de la nieve unos pobres
animales.
— Sí — dijo Falkner, — su número ha disminuido. Tal vez te-
nía usted razón. Se han devorado entre sí, á menos que no ha-
yan conseguido escaparse. Pensemos que esta última hipóte-
sis es la verdadera.
— Yo los cuento todos los días con mis gemelos. No hay
más que cuatro, ün oso, esa especie de gato grande al que
llama usted león de California, un lobo y un animal que debe
ser una ardilla.
— ¡Qué lástima que no sean todos de la misma raza!
— ¿Por qué?
— A fin de que ninguna desemejanza envenene el placer de
encontrarse juntos.
— Al contrario. Debe ser horriblemente aburrido el estar
encerrado únicamente con sus semejantes.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 35
— ¿Cree usted en serio, señorita, que sería posible vivir en
buena inteligencia, que reinase la felicidad entre seres de na-
turaleza y costumbres completamente opuestas?
— Creo — respondió Kate — que el oso y el león encuentran
muy divertidos al lobo y á la ardilla, y que éstos...
— ¿Qué? — preguntó con viveza Falkner.
— Que éstos tendrían mejor opinión de los otros si los co-
nocieran mejor...
Los paseantes acababan de llegar al pórtico de la casa. Por
un motivo que no se confesó á sí misma, Kate no se dirigió
directamente á la habitación en la que dejó á su bermana y al
herido — ya suficientemente adelantado en la convalecencia
para pasar los días en un diván cerca de la ventana del salón,
— sino que se apresuró á dirigirse á su cuarto. Si tal maniobra
tenía por único objeto evitar á su hermana, era supórflua, por-
que Josefina, al ver llegar á Kate, dejó precipitadamente á
Jorge y tomó la escalera antes que la joven. Falkner hubiera
preferido igualmente la soledad: pero Lee, el único de los
cuatro que conservaba su libertad de espíritu, le llamó y le
obligó á presentarse en la puerta, con la liebre y el ala del
halcón en mano. Lee miró atentamente el ala con afectado
terror.
— En caso de necesidad, me será posible comerla — dijo — y
pudiera ser que fuese el bocado más delicado del ave; la liebre
calmará probablemente el hambre de esas señoras; pero, mi
palabra de honor, no sabía que estuviéramos reducidos á tan
duro extremo. ¡Tres horas y media de caza para traer una lie-
bre y un ala de ave de rapiña, es espantoso!
Después de comprobar que su amigo estaba solo, Falkner
depositó el botín en el vestíbulo y volvió rápidamente al lado
del diván.
— Escúchame, Jorge; debemos — yo debo abandonar esta
casa sin más demoras. No me detengas. Me es imposible so-
• portar más tiempo semejante estado de cosas.
— Ni yo tampoco, mientras esa puerta esté abierta de par
36 LA ESPAÑA MODERNA
en par. Ciérrala y cuéntame tu historia antes de que vuelva,
la señora de Hale. ¿Has encontrado por casualidad una salida?
— No, no es eso de lo que se trata.
— Me parece, sin embargo, que si piensas en marciiar, ese
es el punto esencial. Entonces es que has pedido la mano de
la bostonianita y que ella ha encontrado el paso arriesgado
con un conocimiento de ocho días apenas.
— Cállate, yo...
— Vaya, vaya, si no lo has hecho estás en camino de ha^
cerlo; pero no te lo aconsejo, al menos por ahora.
— Jorge, yo no puedo vivir esta vida de perpetua mentira^
— Entendámonos. Ignoro cómo mientes, tú, cuando es-
tás solo. Si escoltas á la pequeña recitándole salmos ó contán-
dole tus clases de catecismo en la parroquia, ó si te presentas
como un Creso venido para comprar la meseta é instalar en
ella un casino de verano, confieso que esto pasa un poco de los
límites y que sería preferible mentir de otra manera. Pero,
por otro lado, no veo la imperiosa necesidad de armar aquí un
jollín del infierno, ni de pedir á gritos la sangre de Harkins,
ni siquiera de contar tu paquete de billetes en la falda de la
hermosa Kate para dar pruebas de veracidad y candor. Debe
haber un justo medio.
—Jorge, tú que estás en tan buenos términos con la seño-
ra de Hale y su madre, ¿no podrías, no querrías decírsela
todo? Es decir, presentar las cosas á tu manera; de ti lo escu-
charían todo, lo creerían todo...
— ¡Tantas gracias! ¿Y si me repugnase á mí también eí
mentir?
— ¡Oh! Ya sabes lo que quier® decir. Tienes una manera
tan original de decir las cosas, de hacer que parezca natural
lo que no lo es.
— Sea; pero si yo consiento, ¿estás dispuesto átodo?
Falkner guardó silencio; después, tras un minuto de refle-
xión, respondió:
— ¡Sí! porque todo es preferible á esta incertidumbre.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 37
— No soy de tu opinión. ¿Consentirías también que estas
mujeres te perdonasen?
— ¿Qué quieres decir?
— Esto. Su perdón sería la cosa peor que pudiera suceder-
nos, querido Ned... Un instante... Vete á ver si alguien nos
oye; la señora de Hale tiene el paso de un ángel y la obicui-
dad de una gata. Bueno, Ned, yo no tengo la pretensión de
^star enamorado, y si lo estuviera aquí de alguien, no me val-
dría ciertamente de la debilidad y de la soledad de una mujer
para contarle cualquier historia sospechosa sobre mi pasado.
No sería jugar una partida igual. Harto sabes que ella no te
pondría á la puerta.
— No — dijo Falkner poniéndose colorado, — pero yo esta-
ría dispuesto á marcharme al punto, y esto me serviría de ex-
ousa.
— ¿Marchar, por dónde? Absorbido como estás por esa jo-
ven, ni siquiera has sabido encontrar el camino por el cual ha
pasado Manuel con su con plice. ¿Pretendes acampar en el
prado y contemplarla cuando ella abra la ventana?
— Como tú coqueteas en regla con la señora de Hale, te
imaginas...
— Querido, el simple hecho de la existencia de un marido
establece que 3^0 no pueda casarme con su mujer; estamos,
pues, ella y yo bajo un pie perfectamente análogo y bien es-
tablecido. Nada de lo que pudiera ella un día saber de mí^ jus-
tificaría ni agravaría su coquetería de hoy. ¿Puedes decir otro
tanto de tus relaciones con la linda puritana?
— Nunca me has recomendado que huya de su compañía,
al contrario.
— Yo quería verte sacar el mejor partido posible de la si-
tuación en que la casualidad nos ha colocado; podías mostrar-
te amable y cortés con ella, precisamente porque no tenías de-
recho á ir más adelante...
— En una palabra, que me atribuías tu sequedad de cora-
zón y tu egoísmo.
38 LA ESPAÑA MODERÍÍA
— ¡Ned!
Falkner.se volvió bruscamente.
— Perdóname, Jorge — dijo. — Soy un loco y un ingrato.
Lee no respondió desde luego, pero cogió y estrechó la
mano que su amigo le tendía con efusión.
— Prométeme — dijo con gravedad — que no dirás nada á
ninguna de las liermanas. Te lo pido en nombre de tu propia
interés y en el de la joven más bien que en el mío. Si, por el
contrario, te impulsa á hablar un novelesco sentimiento de-
honor, acuérdate de que habrás precipitado acontecimientos
que, si permaneces fiel á ese mismo sentimiento de honor, te
separarán para siempre de la que amas.
— No te comprendo.
— No importa — replicó Lee volviendo de pronto á su audaz
y loco buen humor. — He dicho. ¡El jefe imberbe de las Sierras
ha hablado! Que el Rostro Pálido de bigotes negros medite
sobre las palabras de aquél, y tenga cuidado con lo que dice
al Agua Charlatana de Cochituata. ¡Ea! déjame.
Sin embargo, en cuanto se marchó su compañero desapa-
reció la sonrisa de Lee. Permaneció inmóvil, abismado en
sombríos pensamientos, y ni siquiera oyó el ligero roce de una^
falda que, de ordinario, llamaba desde lejos la atención de su
oído atento. Al salir por fin de su ensueño mediante un esfuer-
zo violento, exhaló el largo é inconsciente suspiro de un hom-
bre que se cree al abrigo de toda observación, y se estremeció
al oir la risa de Josefina, á la que no había visto entrar.
— ¡Dios mío! ¡qué sentimental está usted hoy! Se diría que
sale usted de un novelesco coloquio con un antiguo amor.
Desde que estoy en California no he oído nada tan antiguo en
el mundo ni tan conservador como ese suspiro. Se dice que en
este país no creen ustedes en el pasado.
Afortunadamente el rostro de Lee estaba colocadoi* entre
la luz y la joven, de suerte que ésta no pudo leer en aquél una
sorda irritación que la hubiera inquietado. Quedaba, sin em-
bargo, bastante turbación y disonancia en la actitud de Lee
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 39
para herir las delicadezas de sa interlocutora, la cual se acer-
có más y dijo con cierta timidez y ternura:
— ¿Está usted peor, Sr. Lee? — le dijo. — ¿Se encuentra us-
ted fatigado?
— ¿Gomo podría estarlo con una pierna, si no muerta, mo-
mificada cuando menos por un aparato? — exclamó él con una
amargura que ella no le conocía.
— ¿Quiere usted que deshaga el vendaje? — preguntó Jose-
fina.— Tal vez esté demasiado apretado. No hay nada tan pe-
noso como la sensación de estar estrechamente ligado.
El ligero contacto de la mano blanca colocada sobre el
vendaje que cubría e] miembro herido, la gracia acariciadora
y tierna del dulce rostro inclinado, el vago perfume que ema-
naba de la joven, disiparon las últimas nubes sobre la frente
de Jorge. Brilló una llama en sus ojos azules.
' — Pudiera ser que yo fuese intolerante con todo lazo — dijo
mirándola ardientemente.
Que hubiera comprendido ó no el sentido oculto de aque-
llas palabras, Josefina se vio obligada á aceptar el desafío de
aquella mirada; se apartó un poco y dijo poniéndose encar-
nada:
— Temo que haya recibido usted malas noticias.
— ¿A. qué llama usted malas noticias? — preguntó Lee sin
apartar los ojos de Josefina.
— Todo lo que fuera un obstáculo para su convalecencia ó
viniese á romper nuestro círculo de familia. Pero, dígame us-
ted, ¿hay algo de nuevo? ¿Se ha encontrado una senda? Ayer
mismo me decía el señor Falkner que la nieve había comen-
zado de nuevo en el desfiladero. ¿Ha visto hoy algo?
Estaba deliciosa, transfigurada por la emoción encantado-
ra, juvenil y extraña que animaba la frialdad á veces irritan-
te de sus facciones correctas. Lee la contemplaba, bebiendo
su belleza con la mirada y embriagándose con su gracia como
con los picantes olores de una flor de los trópicos.
— ¿Por qué me mira usted así, señor Lee? — preguntó ella
40 LA ESPAÑA MODERNA
sonriendo. — No lo niegue. Su amigo le ha comunicado á usted
algo importante.
— Pues bien, sí; Ned ha hecho un descubrimiento que yo
no sospechaba.
— ¿Y qué, le contraría á usted?
— -Muchísimo.
— ¿Es un secreto?
—No.
— Entonces nos lo dirá usted á la hora de comer.
— Si se lo digo á usted, ha de ser ahora mismo — dijo el jo-
ven echando una ojeada á la puerta.
— Haga usted lo que guste — respondió fríamente Josefina.
Parece que se trata de un misterio, por lo que veo.
Vaciló, y después añadió:
— Kate está arreglándose; tiene para rato.
— Tanto mejor. Me temo, señora, que Ned ha pagado mal
la hospitalidad y las bondades de ustedes. Se ha enamorado
de su hermana de usted.
— ¡Imposible! No la conoce sino desde hace ocho días.
— No puedo opinar como usted respecto del lapso de tiem-
po necesario para apreciar y amar á una mujer. Creo que esto
puede suceder perfectamente en siete días y cuatro horas, la
duración exacta de nuestra estancia en esta casa.
— Tal vez; pero como Kate estaba ausente cuando ustedes
llegaron, hay que deducir por lo menos una hora de semejan-
te cálculo.
— Ned efectuará esa sustracción si gusta; yo no rebajaré
ni un segundo.
— ¿Pero no se engaña usted respecto de los sentimientos de
su amigo? — se apresuró á añadir Josefina. — Seguramente él no
ha dicho nada á mi hermana.
— Es que todavía le queda una chispa de razón y de honor,
y para conservarla intacta quiere dejar á ustedes.
—Pero eso sería sencillamente absurdo.
— ¿Lo cree usted? — preguntó Jorge mirándola con fijeza.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 41
— ¿Por qué no?— preguntó ella á su vez, confasa y rubo-
rizada.
— Voy á decírselo á usted — replicó el joven bajando la voz
con una intensidad de pasión que no se hubiera sospechado en
aquella naturaleza á la vez tan joven y tan frivola. — Figúrese
usted, señora, un hombre cuya existencia entera se hubiese
deslizado entre alternativas de miserias y de luchas, de som-
brías aventuras y más sombríos excesos, que no hubiera cono-
cido otras distracciones sino el juego y el desorden; un hom-
bre á quien las palabras de familia y de hogar doméstico no
sugirieran más ideas que la de servidumbre, molicie, ó — lo
que es peor aún — que no hubiese encontrado abnegación y
amistad sino en el compañero que se batiera á su lado á la
hora del peligro, ó que compartiera sus privaciones en los
momentos de miseria. Imagínese usted, si puede, á ese hombre
transportado como por milagro á una atmósfera d& blancura,
de gracia y de paz, rodeado de las elegancias de una vida
más elevada, que ni en sueños se atrevía á entrever, admitido
en la intimidad de una mujer hermosa y pura, incapaz de con-
cebir que hubiera en el mundo seres perdidos como él; y des-
pués imagínese usted á ese hombre amando á esa mujer. ¿No
piensa usted que el primer efecto de ese amor sería revelarle
su propia indignidad y mostrarle el infranqueable abismo que
le separa de ella? ¿No cree usted que preferiría el dolor de la
huida á la vergüenza de su desprecio el día en que ella supie-
ra la verdad, ó á la piedad que le inspirara el sacrificio del
perdón?
— ¿Pero es todo eso el Sr. Falkner? — preguntó la joven
conmovida y palpitante.
— ¿El? ¡En manera alguna! Se lo juro — respondió Lee con
un brusco cambio de tono.— Pero un hombre siente así
cuando ama.
— ¡Ah! ¿De veras? Entonces su amigo debía encargarle á
usted para que abogara por su causa cerca de Kate — dijo Jo-
sefina con risa forzada.
42 LA ESPAÑA MODERNA
— Tengo necesidad yo mismo de todo lo que poseo de elo-
cuencia y de persuasión — dijo audazmente el joven.
Josefina se levantó sin alejarse todavía.
— Me parece que baja Kate — dijo. — Sí, es ella — añadió pre-
cipitadamente bajándose para recoger el cesto de labor que
acababa de escaparse de sus dedos bajo la ardiente presión de
las manos de Jorge.
Kate, que entraba efectivamente, se apresuró á correr en
ayuda de su hermana para recoger el cesto. Lee, desde su
diván, se pnso á deplorar la imposibilidad en que se encontra-
ba de ayudarlas.
— Es mi mala estrella — dijo á Kate, pero mirando á Jose-
fina.— Tengo, á lo que parece, el triste don de revolucionar el
orden existente sin tener la facultad de restablecerle ó susti-
tuirle por un estado de cosas mejor. ¿Pero qué quiere usted
que haga? Estoy dispuesto á tener enmarañadas madejas ó á
devanar innumerables ovillos. Hasta llegaré á perdonar á Ned
por haber pasado toda la tarde con usted y no haberme traído
para la cena sino un ala de halcón.
— Yo soy la única culpable — se apresuró á decir Kate con
pronto disimulo. — El Sr. Falkner se ocupaba en buscar caza
para usted cuando le llamó para rogarle que tirase sobre ese
pájaro; quería una pluma para mi tocado, y convendrá usted
en que el ala es encantadora.
— Por desgracia, lo que es únicamente bello no es comesti-
ble— replicó Lee gravemente. — Pongámonos en lo peor, y
apuesto á que en los momentos de la carencia absoluta me
preferirá usted con mucho á Ned y á sus largos bigotes, sen-
cillamente porque estoy atado por una pata á este sillón y en-
gordado como un pato de Estrasburgo.
Sin embargo, aquella charla no pareció divertir á la joven,
porque no tardó en abandonar al paciente bajo pretexto de ir
á buscar á su hermana, que se había ya deslizado sin ruido
fuera del salón. Aquella noche, durante la comida, parecía
pesar sobre las señoras y Falkner, por primera vez desde su
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 43
reclusión forzada, un inexplicable malestar y una vaga inquie-
tud. El último afectaba dirigirse únicamente á la señora de
Scott, y Josefina prodigaba excepcionales caricias y atencio-
nes inusitadas á su pequeñuela Mimi, la cual, movida por
las ocultas inspiraciones de la infancia, se obstinaba en poner
á Lee, al que quería mucho, de por medio en los cariños ma-
ternales, y la solicitud con que Jorge se prestaba á las manio-
bras de la niña aumentaba el visible embarazo de Josefina.
La velada fue corta; todos se retiraron temprano. Kate
pasó una noche agitada, y en sus intervalos de insomnio com-
prendió, por el rumor de voces ahogadas que llegaban del
cuarto de los dos amigos, que tampoco éstos dormían.
Una mañana de claro sol y brisa suave no consiguió disi-
par la violencia de aquellas nuevas relaciones entre los habi-
tantes de la meseta. Ofreció á Falkner la ocasión para salir de
la casa al amanecer y proporcionó á Jorge un pretexto para
aventurarse solo en el terrado con ayuda de una muleta im-
provisada. Josefina declaró que tenía tareas domésticas atra-
sadas, y Kate, para evitar el encontrarse con Falkner, decidió
no salir para acompañar á su hermana. Sin embargo, las dos
jóvenes se abstuvieron de hablar como de ordinario de sus
huéspedes. Únicamente una vez se atrevió Josefina á decir con
indiferencia:
— ¿Te has enfadado con Falkner, Kate?
— ¡Qué idea! — respondió con viveza la joven. — ¿Por qué
me preguntas eso?
— Me pareció ayer pensativo y hoy no le has ofrecido
acompañarle.
— Debe estar harto de mi compañía — contestó Kate afec-
tando indiferencia. — Pero tendría razón al sentirse molesto
por las incesantes burlas de Lee respecto de la caza de ayer,
y sin duda hoy querrá ser más afortunado. Lee podrá ser muy
gracioso, pero me parece que no tiene corazón.
— ¡Corazón! — exclamó Josefina. — Bien se ve que no le co-
noces.
44 LA ESPAÑA MODERNA
En contra de las previsiones de Kate, Falkner volvió á los
pocos momentos y ayudó al convaleciente á hacer más prue-
bas de resistencia por el terrado.
— M una mujer sería capaz de una afección tan desintere-
sada— dijo de repente Josefina contemplando á los paseantes.
— Nunca vi nada semejante á la abnegación recíproca de esos
dos seres. Míralos, Kate.
— Yo no veo sino una sensiblería novelesca — dijo Kate. —
Por lo demás, sospecho que la influencia de Lee sobre ese jo-
ven es perjudicial.
— Al contrario, la influencia de Lee es la que suaviza el
genio del otro — respondió con vehemencia Josefina.
— ¡Sea! — replicó Kate, — pero te aconsejo que no perma-
nezcas más tiempo en esta ventana contemplándolos; conclui-
rán por creer que no puedes perderlos de vista ni un intante.
Y después de esta salida, Kate se marchó precipitadamen-
te de la habitación de su hermana.
Aquella noche, mientras comían, la pequeña de Josefina, ex-
trañada de la seriedad que reinaba, la interpretó á su manera:
— ¿Querríais marcharos y dejar á mamá y á tía Kate? —
preguntó ansiosamente durante un prolongado silencio.
— Si no me moviera de aquí — dijo Lee — no podría ir á
buscarte la hermosa nieve rosa que te enseñó el otro día en el
piso del monte.
— ¿Qué es lo que significa esa nieve maravillosa, Mimi, y
por qué molestas al Sr. Lee? — preguntó Josefina.
— Mamá, es la nieve de las hadas. El Sr. Lee me ha dicho
que si puede coger una poquita, se tiene todo lo que se de-
sea. ¿Verdad que es muy bonito?
Al día siguiente por la mañana, á los primeros albores de
la aurora, la nieve rosa brillaba ya en las altas cimas, mien-
tras que el valle permanecía aún envuelto en las sombras gri-
ses de la noche. Mimi, su madre y su tía dormían todavía; pero
Jorge, acompañado de Falkner, estaba ya, en camino. Los dos
amigos hacían galopar á sus caballos sobre el suelo endurecido.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 45
YIII
Kate se levantó temprano, pero antes lo hizo su hermanáis
pues en el momento de ir á salir de su cuarto se encontró á
Josefina ya vestida, extraordinariamente pálida y con una
carta en la mano.
— ¿Qué hay? — exclamó Kate con ansiedad, y palideciendo
por un secreto presentimiento.
— Se han marchado antes de ser de día. Aquí tienes lo que
han dejado.
Tendió á su hermana la carta abierta. Kate la recorrió rá-
pidamente, y leyó en voz baja:
«Cuando reciban ustedes estas líneas, ya no estaremos
»aquí. Ned ha encontrado una salida practicable, y hemos re-
» suelto aprovecharla. Ayer por la noche nos faltó el valor
»para decírselo á ustedes; hoy por la mañana, somos demasia-
»do cobardes para esperarlas y despedirnos. Marchamos como
»hemos venido, sin prevenir, pero no sin pena. Encontrarán
»un paquete y una carta en nuestra habitación; sírvanse en-
»tregárselo3 á Hale cuando vuelva. Contienen no solamente
>-una débil prueba de nuestro reconocimiento por sus bonda-
»des y cariñosa hospitalidad, sino también la causa indirecta
»que nos ha procurado gozar los encantos de su compañía.
» Guárdenlos ustedes en lugar seguro, hasta que puedan po-
»nerlos en manos del destinatario. Besamos los pies de su ma-
»dre. Ned quería decir algo más, pero el tiempo apremia y no
»le permito sino besar á Mimi, á la que dirán que vamos á
» buscar la nieve rosa.
Jorge Lee.»
— No estaba en condiciones de ponerse en camino— dijo
tristemente Josefina, — y Dios sabe si ese camino de qu&
habla es verdaderamente practicable.
46 LA ESPAÑA MODEENA
— Lo era antes de ayer — dijo Kate; — lo encontró y lo re-
corrí sin obstáculos hasta el castañar.
— ¡Entonces eres tú la que ha hablado! — exclamó Josefina
con acento de amarga queja.
— ¡Yo! — respondió Kate indignada. — ¡Dios mío, no!
Se calló; todo el alcance de aquella enérgica negativa lo
leía en los ojos húmedos de su hermana, y se avergonzó, vol-
viendo la cabeza. Josefina la abrazó tiernamente, y dijo:
— Nos tratan como á niñitas, querida. Ya tomaremos el
desquite más tarde ó más temprano. Créeme, esa carta y ese
paquete dirigidos á John, significan algo; pronto lo sabremos.
¿Qué puede haber en esa carta? ¿Cuál puede ser el contenido
de ese paquete?
— Sin duda alguna guasa de Lee — replicó Kate sordamen-
te.— Es capaz de considerar todo esto como una broma, de fe-
licitarse por la buena jugada que nos ha hecho viniendo á ins-
talarse en esta casa.
— ¡Con su pierna rota!... ¡Oh! Kate, eres injusta con él
como lo has sido con su amigo.
— Voy á arreglar el cuarto de mi cuñado — dijo Kate de
pronto disponiéndose á salir. — John puede llegar de un mo-
mento á otro. ¿Vienes á ayudarme?
— Ahora no; iré en seguida — respondió Josefina no sin
cierta vacilación.
La mañana pareció interminable á las dos hermanas; tra-
taron de engañar su enojo. discutiendo las razones de marcha
tan repentina con su madre, la cual, más 'conmovida que sus
hijas, les pintaba con negros colores las consecuencias de tan
imprudente determinación; ella veía á los dos amigos perdidos
en la nieve, sin aguardiente, sin sales aromáticas, privados de
mantas de abrigo y nutritivas gelatinas, cuando un furioso
ladrido de Spot hizo estremecer á las tres mujeres. Se miraron
suspensas.
— Son ellos que vuelven — murmuró Josefina corriendo ala
ventana.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 47
Un jinete avanzaba hacia la casa, pero no era ni Lee, ni
Falkner, ni siquiera Hale, sino un extranjero.
— Tal vez nos traiga noticias — dijo con viveza la señora
de Scott.
El extranjero que acababa de ser introducido en el salón
pareció muy desconcertado al no encontrarse allí más que con
mujeres.
— Venía por John Hale — dijo.
— No ha regresado — contestó Josefina.
— Esto era para sabido... Sin embargo, ha tenido tiempo
para volver — replicó el extranjero.
— Sin duda mi marido no ha podido atravesar el puerto.
Se dice que el camino está bloqueado.
— Ya no lo está. Por él he venido yo esta mañana.
— ¿No ha encontrado usted... por casualidad... á alguien en
el camino? — preguntó Josefina con visible ansiedad.
— A nadie.
Siguió un silencio á esta respuesta. El visitante observó
que había desaparecido todo el interés que despertara su visi-
ta, y su embarazo aumentó. Intentó, sin embargo, con un
violento esfuerzo reanudar el diálogo.
— ¿Apostamos á que no saben ustedes lo que ha detenido á
Hale? — preguntó á todo evento.
— Sí, lo sabemos; el ataque á la diligencia.
— ¡Está bueno! Si yo hubiera sabido que estaban ustedes
al corriente, pardiez, me hubiese quedado en casa. Me he
puesto en camino para anunciárselo. Porque, ven ustedes,
John Hale había despachado un hombre con un billete expli-
cando la cosa; pero los bandidos han caído sobre él y le han
dejado por muerto en el camino.
— Sí, ¿y después? — dijo Josefina con impaciencia.
— Afortunadamente el hombre no estaba muerto, recobró
el conocimiento y se arrastró á la maleza en donde yo le en-
contré; entonces, ven ustedes, lo llevó á mi casa.
— ¡A su casa de usted! — exclamó Josefina estupefacta.
48 LA ESPAÑA MODERNA
— Pardiez, sí — replicó el hombre. — Yo soy Thompson, del
desfiladero de Thompson; no es muy hermosa mi casa, pero
tal corneo es, allí transportó al particular. Como no ha podido
encontrar la carta de su marido, hay que creer que los bandi-
dos le registraron y se la quitaron; así, pues, en cuanto esa
condenada de nieve lo ha permitido, he corrido hacia aquí
para contarles la aventura.
— ¿Dice usted que... el Sr. Lee ha estado en su casa de
usted? — exclamó Josefina. — ¿Que está allí todavía?
— ¡Cómo! Yo no he dicho eso, yo digo que Bilson ha sido
atacado y herido por Lee, y que yo...
— Sí, sí, perfectamente, Josefina — dijo Kate con voz rápi-
da y sofocada por la emoción interponiéndose súbitamente en-
tre Thompson y su hermana, pero volviendo hacia ésta un
rostro pálido y unos ojos que la ordenaban callarse. — Sin
duda, ¿no te acuerdas de lo que contaban los chinos? Solamen-
te que estaba muy confuso. Continúe usted, señor, se lo ruego
— añadió la joven procurando serenarse; — decía usted que el
mensajero de mi hermano fue herido por... Lee...
— Ayudado por otro tunante llamado Falkner. Sí, eso es,
pardiez.
— Gracias, su historia está de acuerdo con la que ya cono-
cíamos. Pero usted ha dado una larga caminata, Sr. Thomp-
son; permita que le ofrezca una copa de whisky en el come-
dor. Por aquí, hágame el favor.
Ya era tiempo de que saliese el extranjero. Josefina veía
danzar las paredes á su alrededor, y se dejó caer en una silla
con un sollozo nervioso. La señora de Scott, que no se había
movido de su sitio, miraba angustiosamente á la puerta, espe-
rando anhelante el regreso de Kate. d
Se oyeron al fin en el vestíbulo los pasos de Thompson,
que se marchaba, y Kate volvió á la sala, pálida, pero re-
suelta.
— ¡Y bien! — exclamaron á un mismo tiempo Josefina y su
madre.
BLOQUEADOS POR LA ÍÍIEVE 49
— Pues bien — respondió gravemente la joven, — los dos
hombres que lian... cogido el billete de John á su mensajero
son, á no dudarlo, Falkner y Lee.
- ¿Estás segura?... — dijo la señora de Scott.
— Es imposible el error.
— ¡Entonces! — dijo triunfalmente la buena señora con una
irrefutable lógica de mujer, — entonces nada me hará creer
que no son completatiienfe inocentes.
Esta conclusión suprema, esta soberana expresión de sus
secretas y comunes creencias, reunió á las tres mujeres en una
conmovedora y tierna comunión. Vertieron algunas lágrimas
y cambiaron algunas caricias.
— ¿Se puede imaginar — repuso la señora de Scott, después
de un prolongado silencio — lo que ese pobre muchacho ha de-
bido sufrir para..., para... haber hecho eso á Bilson, porque
así es como se llama ese individuo, no es verdad? Sería tal vez
oportuno mandar á saber de él y enviarle caldos y gallinas.
Hay que tener siempre caridad, hijas mías, y tratar de obrar
en justicia, porque aun cuando haya herido al Sr. Lee y le
haya obligado, por decirlo así, á tirar sobre él, obedecía tal
vez á un sentimiento erróneo deh deber. Además, este proce-
der de nuestra parte servirá á disipar las sospechas.
■ — ¡Y pensar — murmuró Josefina — cuál ha debido ser su
angustia durante su estancia aquí, esperando ver entrar á
John de un momento á otro! Sin embargo, se mostraban
siempre contentos, siempre alegres.
— Estoy persuadida — dijo la madre — de que si se hubiesen
quedado un día más, nos lo hubieran confesado todo.
Las dos hermanas se callaron. Kate pensaba en las signifi-
cativas palabras de Falkner cuando volvieron de su último
paseo; Josefina recordaba el sombrío cuadro trazado por Lee,
y reconocía ahora en él el propio retrato del joven. De pronto
se estremeció.
— John no puede tardar — dijo sordamente. — ¿Qué le dire-
mos? ¿Y ese paquete, esa carta?
E. M.— Julio 1902. 4
50 LA ESPAÑA MODERNA
— No te apresures por el momento á decirle nada — dijo la
madre con dulce autoridad. — Es una contrariedad que Thomp-
son liaj-a venido precisamente hoy, pero no estamos obliga-
dos á tenerlo en cuenta ni á haber comprendido todo lo que
nos ha contado sobre el mensajero de John; nada nos obliga á
buscar la relación que pueda existir entre lo que ha dicho y
nuestros comensales. Además, aunque no nos hubiesen traído
la carta de tu marido, estoy segura de que los hubiera recibi-
do de la misma manera; es, por lo tanto, superfluo insistir so-
bre este incidente, ó mencionarlo siquiera. Es sumamente sen-
cillo lo que ha pasado: hemos recogido á dos viajeros sin am-
paro, esto es todo. John — añadió la suegra de Hale — no tiene
ninguna necesidad de saber más. En cuanto á la carta y al
paquete, reñexionaremos. Sin duda el último contiene algún
presente destinado á reconocer la hospitalidad recibida. Sería
casi indelicado mostrar demasiada prisa en examinarlo.
Al día siguiente las tres mujeres vieron llegar á John,- en
unión de otros jinetes. John parecía otro en su aspecto, según
opinión de su familia, y á medida que avanzaba, la señora de
Hale se decía con estupor que la actitud de su marido, su
manera de llevar el sombrero, carecían de la corrección acos-
tumbrada, y que cabalgaba con una desenvoltura á la vez atre-
vida y descuidada. I^a extrañó mucho, y su inconsciente irri-
tación aúfaentó cuando observó que en vez de la acogida
ceremoniosa, cortés y casi solemne que dispensaba de ordina-
rio á las mujeres de su hogar, ostentaba una familiaridad me-
dio brusca, medio torpe, que jamás le había visto. Con el
mismo tono presentó Hale á sus compañeros Clinch y Hawlins
á su mujer, y ésta, sin saber si alegrarse ú ofenderse de aque-
lla infracción en las formalidades de sus relaciones diarias, se
felicitaba, sin embargo, de la presencia de los forasteros, que
retardaría la hora temida de las confidencias conyugales.
— Honradísimo con conocer á usted, señora — dijo el Coro-
nel Clinch, recordando de repente una antigua galantería, he-
redada sin duda de algún antiguo antepasado hugonote. — El
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 51
juez, mi amigo (y su ademán demostraba que era Hale á
-quien .designaba con aquel título improvisado), el juez debe
ser más estoico que un ciudadano romano, para abandonar
una familia como la suya^ una morada como ésta, á la sola
Toz del deber público. ¿Tengo razón, RaAvlins?
— ¡Ya lo creo! — exclamó enérgicamente aquél, que com-
partía la admiración de su mirada entre Kate y Josefina.
— ¿Y ese deber era muy severo ó muy imperioso? — pregun-
tó Josefina sin alzarlos ojos hacia su marido.
— ¿A quién se lo dice usted, señora? — exclamó Clinch sen-
tándose en una butaca con un aplomo que, aun cuando fami-
liar, no tenía nada de descortés. — Hace ocho días que estamos
metidos en esta empresa, y hasta ahora no hemos chocado sino
con la policía de seguridad. En cambio, las mejores gentes con
que hemos tropezado son los amigos del hombre á quien per-
seguimos, lo que hace que en este doble punto de vista haya-
mos cambiado nuestras baterías. El juez y yo conveníamos
hace un momento en que si tuviéramos que estrechar con agra-
do algunas manos, serían las de Ned Falkner y de Jorge Lee.
— Los dos jefes de ja banda de ladrones que han atacado y
desbalijado la diligencia — añadió Hale con el tono doctoral
con que se complacía en explicar y precisar los hechos.
Las tres mujeres se miraron con una muda acción de gra-
cias en sus ojos elocuentes. Sin comprender todo lo que el Co-
ronel acababa de decir, veían bien que* aquellos á quienes re-
cogieran estaban en adelaníe al abrigo de toda persecución.
— Sí, señoras — añadió el Coronel, inspirado por los hermo-
sos ojos que se fijaban en él con marcada benevolencia. Así es.
Cierto que no nos hemos apuntado todavía como salteadores
de caminos; pero, mi palabra de honor, que si se presentara
el caso en cuestión, obraríamos de la misma manera.
Después, con la fraseología florida é hiperbólica del hom-
bre acostumbrado á la tribuna política, Clinch refirió el ataque
. de la diligencia y el papel que en él había desempeñado. Insis-
tió sobre el engaño y la mala fe que habían impulsado, sin
LA ESPAÑA MODERKA
duda alguna, á Falkner á tomar ^posesión de su bien bajo la.
egida de Lee, mediante un acto de violencia. Añadió que des-
pués, en la estación del Gato Salvaje, había sabido que Har-
kins se había fugado, que se había entablado contra él la ac-
ción judicial por la compañía de las minas de Excelsior, y que
el procurador había decretado el secuestro de todos los bienes.
y efectos del delincuente.
Clinch terminó diciendo:
— Todavía no se ha probado nada, pero yo estoy comple-
tamente seguro de lo que ha ocurrido. Lee, que es un antiguo
compañero de Ned, ha preparado el golpe para servirle, y
Falkner se ha largado con ese dinero que en el fondo es suyo.
Por mi parte me alegro mucho; no puedo alabarme de haber
contribuido en gran cosa á semejante resultado, si no es po-
niéndome delante de los policíacos é indicándoles una falsa pis-
ta. Mi excelente amigo, el juez, no puede quejarse; no ha teni-
do mala mano en esta partida y no ha calvecido de triunfos,
porque mientras estaba aún en casa de Hennicker requebran-
do á su bonita hija para sacar la verdad, Stanner volvió al lu-
gar con una especie de- comité de vigilancia formado por los
pasajeros de la diligencia, y por hacer mal, sencillamente, ha
tratado de incendiar el inmueble de Hennicker. Entonces nues-
tro bravo juez ha tomado cartas en el asunto y ha desbarata-
do el juego de su adversario, que no ha pedido el desquite.
— Stanner lo tomaba desde muy alto, convenga usted en
ello, y merecía una lección — dijo Hale ligeramente desconcer-^
tado por la primer mirada directa que su mujer le dirigía, y vol-
viendo instintivamente á sus antiguos modales. — Y bien pensa-
do, los procedimientos de esa clase son más injustificados toda-
vía que el robo á mano airada, perpetrado por Falkner y Lee.
Stanner, amparándose con los augustos nombres de la ley y del
orden, satisfacía un rencor personal, mientras que si se puede
formular una opinión sobre los hechos que después he conocido,
el acto criminal que queríamos castigar no es, á lo 'sumo, sino-
una manera audaz é irregular de recobrar el bien robado.
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 53
— No dudo, John, que todo lo que has hecho esté bien he-
<jho — dijo Josefina fríamente, — aunque no entienda nada de
-ello. Pero supongo que estos señores almorzarán con nosotros,
y mientras tanto espero que me perdonarán si les dejo. Esta-
mos muy m'al de servicio en estos momentos; Manuel ha se-
guido el ejemplo del amo, y se ha puesto en persecución de
-alguien ó de algo.
Las tres mujeres se retiraron, y en cuanto estuvieron so-
las, dijo Kate con firmeza:
— Siendo así las cosas, ¿no vale más decir ahora toda la
verdad?
— De ninguna manera — replicó perentoriamente la señora
-de Scott. — ¿Creéis que ellos se apresurarán á decirnos toda la
verdad? ¿Quiénes son esos... Hennicker? ¿Dónde han pasado
■estos ocho días?
— ¿Y habéis observado el sombrero de John cuando ha en-
trado?— preguntó Josefina irónicamente, — ¿y ese vulgar apodo
del Juez con que le han bautizado?
— Jamás hemos visto nada tan desagradable como la odio-
sa familiaridad de ese Cliucli — añadió desdeñosamente Kate.
— I Qué contraste con los modales de Falkner!
Durante el almuerzo las tres santas mujeres, encastilladas
«n su posición inexpugnable, consiguieron fácilmente con su
actitud reducir á Hale y á sus dos amigos á una sumisión llena
de apología, mezclada á un vago arrepentimiento. Pero el
triunfo dé las primeras fue de corta duración, porque antes de
terminar el almuerzo vino á interrumpirle el ruido de caba-
llos, seguido de repetidos golpes en la puerta. Inmediatamen-
te Stanner entró con decisión en el comedor. Hale se levantó
con un gesto de cólera.
— Creí — dijo con despreciativa altivez — haberle manifesta-.
do de una manera bastante terminante que no deseaba su
compañía, y me asombra la audacia que demuestra usted al
presentarse en mi casa, sobre todo después...
— ¿Después del susto que le dieron los policías en casa de
54 LA ESPAÑA MODERNA
Hennicker, cuando hacía usted el amor á la hermosa Zenobia y.
no es verdad? — exclamó insolentemente Stanner. — Vaya, no
me haga usted responsable de ese asunto. Hoy vengo con una.
misión, misión legal, ¿comprende usted? Si necesita usted ga~
rantías, se le darán. Usted no ha visto una orden de deten-
ción y...
— Lo que yo veo — exclamó Hale furioso — es que está usted
aquí, y si no se marcha...
— ¡Poco á poco! ¡Tened cuidado! — dijo Stanner alzando la.
voz para hacerse oir de los cinco hombres de su escolta esta-
cionados en el vestíbulo. — Aquí no puede usted atropellarnos,.
Coronel Clinch, á menos que no prescinda usted del Estado de
California. He aquí lo que me trae. Un mestizo mejicano, lla-
mado Manuel, que ha sido detenido, ha declarado, bajo jura-
mento, que vio á Jorge Lee y á Eduardo Faikoer en esta casa,
la noche siguiente al robo de la diligencia. Afirma además
que los dos bandidos se encontraban aquí como en su casa, y
juzgando por la ayuda que hasta aquí nos ha prestado usted,,
me hace creer que el prisionero ha dicho la verdad.
— ¡Es una infame mentira! — exclamó Hale fuera de si.
— Podría ser que fuera verdad — dijo dulcemente la señora
de Scott poniéndose en pie. — Escucha, John. Un hombre gra-
vemente herido, conducido por un amigo suyo, vino á pedir
un refugio en tu casa contra la nieve y el frío. La madre de
tu mujer hubiera juzgado una indignidad el no recibirlos. El
herido ha marchado en cuanto ha podido moverse, dejanda
una carta para ti, en la cual, seguramente, dirá si es él el que
buscan estos agentes.
— Gracias, mamá — dijo Hale estrechando afectuosamente
la mano de su suegra. — Diga usted también á estos hombres-
que el marido de su hija de usted hubiera obrado de la misma,
manera, y que es, por lo tanto, inútil abrir esa carta, ni rete-
ner por más tiempo al Sr. Stanner.
— Exijo yo que se lea delante de estos sefiores — dijo de re-
pente Josefina, recobrando á la vez su energía y su valor. —
BLOQUEADOS POR LA NIEVE OO
Síganme ustedes, les ruego — añadió con un tono que no ad-
mitía réplica, precediéndoles en la escalera.
Cuando estuvieron todos reunidos en el cuarto de Hale,
vieron colocados en una mesa un paquetito y una carta. Sfcan-
ner, aturdido al pronto por el giro que tomaba la entrevista,
devoró el paquete con los ojos.
Josefina entregó la carta á su marido; reinaba un silencio
de plomo. Hale leyó lo que sigue:
«John Hale:
» Usted se ha constituido voluntariamente en instrumento
»de la justicia para perseguirnos; nosotros teníamos derecho
»al campo abierto, á la lucha leal. Usted nos lo ha negado.
»Una casualidad nos ha traído á su casa de usted, al seno de
»su familia; aquí combatíamos con armas iguales y hemos
»sido lealmente vencidos. Le dejamos los billetes de Banco
«quitados al Coronel Clinch en la diligencia de las Sierras,
«dinero que antes fue robado por Harkins á cuarenta y cuatro
«accionistas de ¡las minas de Excelsior. ISTo nos incumbe á nos-
» otros decir á usted el uso que debe hacer de esa suma; pero
»si no se ha cansado usted de caminar por la vía de esa justi-
»cia que le ha lanzado sobre nuestras huellas, tal vez vuelva
»á.su legítimo propietario.
«Dejamos también á usted otro recuerdo, que le probará
«que al njezclarnos en sus asuntos hemos tenido la suerte de
«prestarle un ligero servicio, servicio, por lo demás, tan pu-
«ramente accidental, como nuestra presencia en esta casa.
«Encontrará usted en un rincón del armario de su cuarto un
«par de botas, quitadas de los felones pies de Manuel, su cria-
»do, el cual, figurándose que sus amas estaban solas y sin pro-
«tector, penetró en la casa con un cómplice, en la noche del
«21 del corriente, y se vio descubierto, castigado y expulsado
«por los muy humildes servidores de usted
«JoRG-E Lee y Eduakdo Falkner.»
La voz d<5 Hale tembló y sus labios palidecieron al leer las
últimas líneas; se volvió hacia su mujer con un brusco rao vi-
56 LA ESPAÑA MODERNA
miento de espanto y de protección. Kate se dirigió precipita-
damente al armario, y aparecieron las botas.
— ¡Ya sospecliábamos que había ocurrido algo extraño
aquella noche! — exclamaron las señoras de Hale y de Scott.
— Todo eso está muy bien — dijo Stanner, adelantándose
hacia la mesa. — Jorge Lee puede decir lo que guste. Lo impor-
tante es que estén aquí los billetes. Sírvase entregármelos.
— Un momento — dijo Hale con sangre fría. — Este paque-
te, si no me engaño, pertenece al Coronel Clincli, ¿no es así?
— Exactamente — replicó Clinch.
— Así, pues, tómelo usted — dijo Hale, entregándole el pa-
quete. — La primera restitución le corresponde á usted por dere-
cho, pero estoy seguro de que los deseos de Lee serán ejecuta-
dos al pie de la letra por usted como lo hubieran sido por mí.
— Permita, permita — exclamó Stanner, interponiéndose
furiosamente. — Tengo una orden que me autoriza á apoderar-
me de ese paquete allí donde se encuentre. Les intimo á que
no se opongan á ello.
— Señor Stanner — dijo Clinch fríamente, — hay aquí seño-
ras. Si persiste usted en reclamar este paquete, las rogaré que
se retiren, porque, siento manifestárselo, me encuentro para
resistir un segundo ataque en mejores condiciones que cuando
el primero. La orden de usted es en nombre de la Compañía
de Mensajerías, ¿no es así? Pues bien, está anulad^ en virtud
del proceso instituido anteayer y del secuestro dictado sobre
los bienes del estafador Harkins, que ha desaparecido. Hubie-
ra sido prudente consultar con el juez acerca de los poderes
de usted antes de presentarse aquí, Sr. Stanner.
Stanner vio el lazo en que había caído; pero haciendo un
alarde de audacia ante las sonrisas burlonas de sus hombres,
respondió insolentemente, volviendo la espalda:
— ¡Aún no he dicho mi última palabra, se lo prevengo!
— ¿De veras? — exclamó Clinch con ironía. — ¿Me hará us-
ted, por fin, el honor de...?
— En adelante tratará usted con los hombres de ley de la
BLOQUEADOS POR LA NIEVE 67
Oompañía — dijo Sfcanner sin recoger el desafío, y salió preci-
pitadamente, seguido de sus testaferros.
— Así, pues, señora — dijo el Coronel á la señora de Scott,
— ha albergado usted durante toda una semana á un bandido.
Digo intencionadamente un bandido, porque sería injusto ca-
lificar así á mi joven amigo Falkner por esa única aventura.
Si se lia dejado arrastrar á ese ataque armado, es que obraba
bajo una fuerte provocación y á instigación de Lee, un amigo,
un camarada, al cual se habrá dirigido en su desesperación.
Kate dirigió una mirada significativa y victoriosa á su her-
mana, que bajó los ojos. Conmovida y arrepentida, la joven
preguntó dulcemente:
— ¿Ese Lee, es en realidad un... bandido?
— Jorge Lee — contestó Clinch con su tono de tribuno, — se-
ñorita, es un bandido si usted quiere, pero no un bandido vul-
gar. Pertenece, señoras, á una de las familias más antiguas de
Maryland. No se ha mezclado jamás sino en empresas de gran
calibre y tiene educación. Las mujeres y los niños le adoran;
puede alabarse de no haber hecho llorar nunca á la belleza ni
escandalizado á la inocencia. Me atrevo á decir que es así como
lo han juzgado ustedes.
— Lo declaro en alta voz j contra todos — dijo la señora de
Scott. — Jorge Lee es un caballero.
— Su única falta, si lo es — añadió pensativamente Clinch, —
es su audacia en el juego, y esto no afea á un hombre distin-
guido. Jorge se entrega al gran juego, al juego brillante, des-
lumbrador, pero, que me perdone el decirlo, al juego incierto.
No le he ocultado mi opinión; este es el único punto en el cual
no nos entendíamos.
— ¿Le conoce usted? — preguntó Josefina dirigiendo una
dulce mirada al Coronel.
— Tengo ese gusto, señora.
— ¿Corresponde su exterior á semejante semblanza, queri-
da Josefina? — preguntó Hale con su tono correcto. — ¿Com-
prendes lo que quiero decir?
58 LA ESPAÑA MODERNA
— Me ha parecido sencillo y natural — respondió Josefina
con una ligera contracción de sus labios. — No lleva sus panta-
lones remangados cuando está con mujeres, como los llevas tú
en este momento; no entró en mi casa con el sombrero puesto
como lo hiciste tú esta mañana; si lo hubiera intentado, pro-
bablemente le hubiese negado la entrada.
— Coronel, ¿va usted á entregar ese paquete al Sr. Falkner
en persona? — se apresuró á preguntar la señora de Scott cor-
tando aquel diálogo.
— Lo depositaré en las oficinas de la compañía de Excel-
sior - contestó Clinch; — pero prevendré á Ned.
— Entonces — :5epuso la señora — ¿tendrá usted la bondad de
encargarse de un mensaje para él?
— A sus órdenes, señora.
— Yo se lo agradeceré á usted mucho, Coronel — dijo con
calor Hale
Aquel mensaje hizo que seis meses después volviese Eduar-
do Falkner, Intendente de las minas de Excelsior, á la meseta
de las Águilas. Como en otro tiempo Kate y él, de pie en el
terrado, contemplaban. juntos las lejanas vertientes revestidas
de lujuriante vegetación. El joven dijo de repente:
— Todo está como el día en que vi esta casa por primera
vez; nada ha cambiado, á no ser, sin embargo, su hermana
de usted.
— No la sienta nada bien este sitio — respondió tristemente
la joven. — Tanto es así, que mi cuñado ha resuelto dejar las
Águilas antes de que comience el invierno.
— ¡Qué lástima!— exclamó Falkner. — Las últimas palabras
que Jorge me dirigió al marchar para reunirse con su primo
en el ejército de Rappahannock fueron éstas: «Si no me ma-
tan, Ned, espero encontrarme algún día en las Águilas, aso-
mado á la ventana con la señora de Hale y verte regresar á la
casa con Kate.»
Bret Harte.
POETAS AMERICANOS
SU RSU M
Musa del ideal, fúlgida y bella,
Que dejas al pasar, como un meteoro,
Todo el fulgor de la primera estrella,
Todas las notas de las arpas de oro.
Tú^ la paloma blanca del Carmelo,
La hermosa como Venus Citerea.
¡Deja que rasgue de la farsa el velo,
Deja surgir con libertad la idea!
¡Deja que llegue á mí, deja que al alma
Suba la inspiración, germen fecundo.
Como el dorado polen de la palma.
Como el ardiente soldé un nuevo mundo!
Quiero pulsar la cítara vibrante.
La que fustigue al universo entero,
La que pulsaba en los infiernos Dante,
Y en la cuna de Sócrates, Homero.
¡Quiero pulsar la que sin tregua impere,
La que es del numen vigorosa arteria,
Porque jamás la poesía muere
Como el himno sin voz de la materia!
60 LA ESPAÑA MODERNA
Ella es la vena azul que se dilata
Y bajo el bosque secular murmura,
Como la luz de la mañana, grata,
Como la luz de la mañana, pura.
Ella, el astro, la espuma y el celaje^,
El águila caudal de inmenso vuelo,
Midiendo lo grandioso del paisaje
Bajo el cerúleo pabellón del cielo.
¡Eva gentil que arrulladora pasa
Al través de las noches y los días.
Como un querub, cuya flotante gasa
Sembrando fuera besos y armonías!
¡Oh, nunca corazón, necios ardores
Te lleven á buscarla torpemente.
Donde imita sus fatuos resplandores
Todo lo vil que prostituye y miente!
Búscala en el azul del firmamento,
En el brillante cáliz de las rosas.
En los mundos de luz del pensamiento,
Y en las noches del genio, misteriosas.
Y luego de laurel orla su frente;
Con redes de azahar deten su vuelo,
¡Que al fin es ella, para el estro ardiente.
La escala de Jacob que lleva al cielo!
Eugenio C. Noe,
Uruguayo.
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES
Casi todos los años, cuando se aproxima el mes de Noviem-
bre, acostumbro hacer una excursión á los cementerios públi-
cos de Madrid para visitar, en memoria de los muertos amados
de mi propia sangre que duermen lejos de esta población don-
de vivo hace cuarenta años, los amigos muertos que aquí des-
cansan en sus solitarias tumbas. El año último preferí á los
cementerios abiertos, los que por disposiciones gubernativas
se han cerrado desde hace algunos años. ¡Que impresiones re-
cibí en ellos!
En su mayor número, al estrago de la muerte se junta el
estrago del abandono y de las ruinas, que cada año son ma-
yores.
Comuniqué estas impresiones con mi antiguo amigo, casi
condiscípulo, el Conde de las Almenas, y ambos discurrimos que
había que hacer algo para salvar de su pérdida inminente las
reliquias venerandas de tantos hombres ilustres que mañana
acaso buscará la historia. Escribir algunos artículos de perió-
dico no era bastante palanca para obtener ninguna resolución
eficaz. Nos pareció que había que hacer más práctica la inicia-
tiva, é ignorantes él y yo de los proyectos que estos últimos
días han tenido realización en el traslado de las cenizas de Es-
pronceda, Larra y Rosales desde San Nicolás y San Martín al
62 LA ESPAÑA MODERNA
sarcófago que se les ha dispuesto en San Justo, los dos pensa-
mos en la necesidad de la creación de un Pmiteón Nacional de
hombres ilustres; que esta proposición debía ser llevada al Par-
lamento redactada en un proyecto de ley, y que el preámbulo
que le precediese correspondiera á la importancia de lo que se
deseaba. Este proyecto había de ser llevado por él al Senado,
puesto que yo no he tenido jamás asiento en ninguna de las
Cámaras legislativas, y mi muerto amigo ¡Dios se lo pague!
teniendo de mis humildes talentos idea muy superior de la que
merecen, se empeñó en que yo fuera quien redactase el esbozo
de este documento, sin perjuicio de amoldarlo después á las exi-
gencias prácticas del plan que nos proponíamos llevar á cabo.
Indudablemente, después de terminados mis borradores y
puestos en su poder, ó debió informarse de lo que mi ilustre
amigo el Sr. Núñez de Arce al cabo ha logrado poner en eje-
cución, ó pensó oportuno dilatar la corrección y presentación
de la proposición de ley para más adelante. La muerte le sor-
prendió teniendo toda su gestión paralizada y en su carpeta
mis borradores, y ahora que en la Sacramental de San Justo
la obra del Sr. Núñez de Arce se ha inaugurado, mediante el
favor del señor Marqués del Llano de San Javier, que ha
tenido la bondad de atender la reclamación de mis cuartillas
que guardaba su señor padre, devolviéndomelas, no 6reo inútil
darlas á la estampa en la forma en que en Noviembre último
las redacté, pues, en mi entender^ el problema fundamental
que en ellas se trata no está todavía definitivamente resuelto,
á pesar de la plausible creación del Panteón de San Justo.
He aquí ahora nuestro proyecto:
II
EXPOSICIÓN DE MOTIVOS
«Las efemérides venturosas, así de la Monarquía española
como de todos los demás Estados que se rigen por este género
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 63
de instituciones, de tiempo inmemorial y con uniforme espíri-
tu, han sido celebradas, no sólo con el aparato de las fiestas
que patentizan la identidad de sentimientos de los pueblos y
de los Monarcas en ciertos momentos de júbilo y de esperan-
zas comunes, sino con otros actos de conmemoración perma-
nente que confirmen el recuerdo perenne de aquellas festivi-
dades.
Hace más de un siglo que España no goza de una manera
normal el momento solemne de la sucesión de la Corona, la
institución secular sustantiva que entraña, á través de los si-
glos 3^ entre las diversas vicisitudes del tiempo, nuestro modo
político de ser. La sucesión de Carlos IV fue resultado triste y
oneroso de un motín cívico-militar, seguido de un conato de
destronamiento de la dinastía española, de una guerra desola-
dora de emancipación ó independencia, de un duro ostracismo
y de una penosa cautividad. La sucesión de Fernando VII en-
cendió una guerra de derecho cuyos sangrientos chispazos y
cuya terca obstinación no se han extinguido todavía. La su-
cesión de Isabel II, que silenciosa observa desde extranjero te-
rritorio los accidentados sucesos que han venido sobre la patria
desde su tumultuosa caída, fue la primera consecuencia de una
revolución, que aunque no cebada en los trágicos episodios de
otras revoluciones que las últimas generaciones han presen-
ciado en otras partes, al fin produjo una interrupción prolon-
gada en la vida pública de España, ensayos de exóticas insti-
tuciones, hondas discordias y guerras populares, una nueva
renuncia de derechos bajo el yugo del destierro, peligrosos
destellos de una anarquía disolvente y la reanudación al cabo
de la historia nacional por todos ambicionada, en medio de
un ejército en campaña.
Hecha felizmente la concordia civil, todavía España tuvo
la desventura de tener que apurar la última copa de tantas
amargas libaciones, viendo desaparecer temprana y prematu-
ramente la bizarra y juvenil figura del Rey Don Alfonso XII,
en quien tantas nobles esperanzas de resurrección la patria
64 LA ESPAÑA MODERNA
había depositado, dejando en la incertidumbre el dado de
nuestros destinos, pues el que había de heredar su derecho so-
berano no había nacido, y la dirección suprema de nuestra
suerte de todas maneras quedaba entregada á la larga aunque
sabia tutela de la maternidad y del solio.
El plazo legalmente establecido en nuestra ley fundamen-
tal está inmediato á su término. La mayoría del E-ey Don Al-
fonso XIII*dentro de breves meses ha de ser declarada consti-
tucionalmente, y para solemnizar un suceso tan deseado y tan
venturoso, y para que su recuerdo quede indisolublemente
unido á una obra cuya eficacia perenne se confunda con la
historia y las glorias de la patria, me ha de permitir el Sena-
do me atreva á proponer á su resolución un proyecto que, va-
rias veces intentado en el siglo precedente bajo la inspiración
momentánea de los fanatismos de parcialidad, debe revestir
ahora, si el Senado lo gradúa digno de su consideración, eco
simpático de remuneraciones nacionales, no á los que viven^
sino á los que murieron con la aureola de grandes servicios^
de grandes posiciones y de grandes talentos, con los que de-
terminaron el archivo de nuestra historia con caracteres inde-
lebles de una gloria inmortal. Tal es el objeto de la fundaciÓBL
de un Panteón Nacional de españoles ilustres.
Circunstancias especiales que después han de ser manifes-
tadas, dan al pensamiento que tengo el honor de traer á la.
consideración del Senado el carácter de posibilidad, oportuni-
dad, facilidad y conveniencia que ha de presidir á su realiza-
ción.
Los legisladores que en 1837 expidieron los decretos-ley de
6 y 10 de Noviembre del año referido para la creación de este
Panteón Ng^cional; el Ministro de Fomento, que en 1869 expi-
dió el decreto de 31 de Mayo y autorizó los actos, después
frustrados, que fueron su consecuencia, obedeciendo en una y
otra disposición á miras realmente estrechas y ocasionales, y
sin tiempo ni estudio bastante para dar una solución consis-
tente á los planes, que ya el espíritu de partido, ya el ansia
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 65
de la imitación, les sugirieron, trataron de realizar una em-
presa que no es viable sino por medios prácticos de ejecu-
ción que previamente aseguren su consistencia.
Los legisladores de 1837 decretaban el establecimiento, en
lo que fue y es en la actualidad monumental iglesia de San
Francisco el Grande, y á la sazón se hallaba en punible aban-
dono, de un Panteón Nacional, al cual mandaron se traslada-
ran con la mayor pompa posible los restos de los españoles
ilustres á quienes, cincuenta años, al menos, después de muer-
tos, considerasen las Cortes dignos de aquel bonor. El Sr. Ruiz
Zorrilla, Ministro de Fomento en el Gobierno del Poder Eje-
cutivo, que creó la revolución de 1868, decretó en 31 de Mayo
del año posterior que, en solemnidad de haberse proclamado
la Constitución de 1869, el día 6 de Junio siguiente hubiese de
inaugurarse en la misma iglesia de San Francisco el Grande,
rehabilitada para el culto, el Panteón Nacional creado por la
ley de 1837, para lo que hizo traer á Madrid, depositándolos
interinamente en los altares de la antigua basílica de Atocha,
los restos de algunos de nuestros grandes soldados, estadistas,
hombres de saber y de ingenio y lumbreras de las artes, arran-
cados de los panteones seculares donde dormían el sueño eter-
no de la muerte, y á donde, frustrada también aquella tenta-
tiva, fueron devueltos de nuevo. Mas los legisladores de 1837
no abrigaban otra mira que exaltar el recuerdo de los que en
las luchas alternativas de la revolución política habían sido
víctimas de los furores de la reacción de 1823, y el Ministro
de Fomento del Gobierno del Poder Ejecutivo en 1869, aun-
que en realidad corrigió el estrecho pensamiento de sus ante-
cesores de la segunda época constitucional, abarcando el con-
junto de todos los hombres ilustres y memorables de nuestra
historia, no sólo dejó claramente ver que su proyecto, que
arrancaba de los ejemplos observados en Inglaterra en la Aba-
día de "Westminster, en la iglesia de Santa Croce y en Francia
ante el frontón de Santa Genoveva, implícitamente acusaba á
las instituciones que la revolución había derrocado de cierto
E. U.~ Julio 1902. 5
66 LA ESPAÑA MODERNA
olvido hacia los que habían sido en los siglos anteriores las pa-
lancas poderosas de nuestra grandeza y de nuestros presti-
gios, sino el deseo utópico de un despertar nacional, para el
que indudablemente no habían sido bien escogidos los nortes
de indeficiente eficacia. De cualquier manera, ni los legisla-
dores de 1837, ni el Ministro de Fomento de 1869, que arbi-
tró algunos medios para los meros aunque aparatosos preli-
minares de la obra que, al parecer, se proponía realizar, pro-
veyeron á la solidez de lo que se proponían creaar, ni funda-
ron recursos prácticos para su consolidación, dejando en la
vaguedad de lo indeterminado la ruina inmediata del propósi-
to que perseguían.
Por las circunstancias especiales á que antes se hizo refe-
rencia, existe planteado en estos momentos un conflicto, cuya
solución satisfactoria, por tantos deseada, es por graves impo-
sibilidades materiales difícil, al parecer, de obtener, y que en
el proyecto que se somete á la consideración del Senado puede
hallar á la vez la ejecución eficaz apetecida. El régimen de las
sepulturas en España, á través de los siglos, ha pasado por
multitud de vicisitudes de que todavía la historia no ha hecho,
con el debido detenimiento, un ilustrado análisis. Constan, sin
■embargo, en nuestra documentación diplomática de los siglos
medios los precedentes del hecho, y constan en los monumen-
tos de nuestras viejas legislaciones las determinaciones del
derecho, por medio de cuyos elocuentes testimonios se sabe
que, desde los principios de la remota Monarquía leonesa y
desde la cuna nacional de las montañas de Asturias, las pri-
meras generaciones que formaron el embrión de nuestra na-
cionalidad heredaron de sus abuelos los godos y sostuvieron
por algunos siglos los cementerios civiles públicos y los ce-
menterios privados, hasta que al advenimiento del célebre
monje de Cluny, Don Bernardo, y su erección para la silla
primada de Toledo para él fundada por el Papa San Grego-
rio VII el Magno, después que el líey de Castilla y de León
Alfonso VI conquistó de la coyunda mahometana la antigua
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 67
capital del imperio gótico, el referido primado, en acción con-
corde con el Cardenal Ricardo, legado del gran Pontífice, y
con el poder Real, no sólo trajo á España los ritos de la Igle-
sia romana, varió los nombres godos de las personas por los
nombres latinos de los primeros mártires, hizo la reforma de
la escritura visigótica por la francesa, ó ingirió las primeras
modificaciones fundamentales en los cuerpos del derecho, arre-
glados hasta entonces por la tradición y las costumbres á la
lege^ á la consuetudÍ7ie y al foro gótico; sino que introdujo los
enterramientos, ya generales, ya privilegiados, en las iglesias
y al pie de los muros exteriores de los templos, creando un
orden de costumbres y un orden de derecho que fue observado
por la piedad de los pueblos en nuestra Península, como en
casi toda la Europa cristiana, á pesar de que el canónico lo
contradijo, desde los últimos años del siglo xi hasta los últi-
mos años del siglo xviii.
Hasta después de la primera mitad de este último siglo se
desconocieron enteramente las leyes de la policía sanitaria
que advirtieran la maléfica influencia que en la salud general
podían y habían de ejercer aquellos focos de fetidez y de co-
rrupción dentro de las poblaciones, á pesar de que sus efectos
infecciosos debieron ser notados en toda ocasión de epidemias.
Bajo el reinado de Fernando VI y bajo el Ministerio del ilus-
tre Marqués de la Ensenada se concibieron eu Madrid las pri-
meras ideas acerca de la traslación de los cementerios á para-
jes aislados y ventilados fuera de las cercas de los pueblos, no
3Ólo por las observaciones hechas en la última pestilencia, sino
á consecuencia de las quejas que elevaron al Municipio de la
•capital los que habitaban en las inmediaciones del camposan-
to de la Buena Dicha, cuyo hospital todavía existe en el casco
de la población, y los de las inmediaciones de las iglesias pa-
rroquiales de San Sebastián y de San Martín, que enterraban
de continuo en los muros y suelos de sus templos, en sus bó-
vedas, pozos y pudrideros, y en sus cementerios adjuntos.
Oomo, á pesar de todo, estos lugares eran demasiado reduci-
68 LA ESPA]&A MODERNA
dos para el número excesivo Je cadáveres que en ellos había^
que soterrar, con excesiva frecuencia, para habilitar nuevos
enterramientos, se practicaban las llamadas mondas ^ que con-
sistíarx en la extracción de los huesos de las sepulturas, mu-
chas veces sin estar del todo desnudos de las carnes que los
habían cubierto en vida, los cuales se transportaban en carros
á los campos baldíos próximos á la villa, donde eran arrojados
y abandonados. El Procurador general del Ayuntamiento de
Madrid, D. Antonio Gaspar de Pinedo, denunció en 17 de
Enero de 1751 la última monda que se había efectuado, y cu-
yos despojos se descargaron, los de San Sebastián en las cer-
canías de la ermita de Nuestra Señora de la Cabeza, los de
San Crines en el paseo nuevo junto á la ermita de -San Anto-
nio de la Florida, y los de San Martín en la bajada de los ca-
ños del Peral. En 2 de Marzo siguiente el Ayuntamiento acor-
dó que se obligara á las fábricas de las iglesias á disponer un
lugar fuera de las tapias de la villa para formar el depósito
de sus osarios. Púsose la resolución en conocimiento del señor
Cardenal Infante, Arzobispo de Toledo y de Sevilla, para que
se procediera en cordial concordancia entre las dos potesta-
des, eclesiástica y civil. Después de un expediente de larga
tramitación, ai cabo, en 19 de Julio de 1761, reinando ya Car-
los III y con el nuevo impulso del Consejo de Castilla, que
tomó parte en el asunto, el Ayuntamiento adquirió, entre las
puertas de Toledo y de Embajadores, un terreno próximo á la
huerta llamada de Bayo; los arquitectos municipales levanta-
ron un plano, y plano y escrituras fueron graciosamente ce-
didas al cabildo de señores curas y beneficiados de Madrid;
mas habiendo éstos mostrado una repugnancia invencible á
aprobar por medio de aquel acto la primera velada tentativa
de la secularización de la muerte, á pesar de los avances que
ya hacían los afanes por mejorar las condiciones higiénicas
de los pueblos, el terreno se vendió de nuevo, viendo su inuti-
lidad, por acuerdo de 22 de Agosto de 1762.
Las generaciones de aquel tiempo no concedían á los des-
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 69
pojos de los que habían conquistado por sus servicios ó por
sus talentos los prestigios de la gran personalidad que los in-
dividualiza en el palenque de la historia, el culto que después
de la revolución de 1789 se apoderó en Europa de todos los es-
píritus y que han exaltado después hasta la deificación las au-
ras triunfadoras de la moderna democracia. Los grandes mo-
numentos de la muerte sólo se alzaron desde los siglos medios
' y hasta entonces dentro de las capillas, muros y naves de las
Iglesias, al corto número de los que alcanzaron en el medio so-
cial en que vivieron un grado máximo de opulencia. La multi-
tud heroica de las armas, del saber, de la virtud, de la inteli-
gencia y de la inspiración, si á la vez no se hallaba dotada de
los grandes desahogos de la fortuna, no tenía derecho más que
á una tumba temporal, si no caía en la confusión del hoyo co-
mún; y así en nuestro tiempo inútilmente empleó hace pocos
■años toda su docta y activa diligencia el ilustre Marqués de Mo-
lins, por encargo especial de la Real Academia Española^ para
investigar dónde se hallaba la sepultura de Miguel de Cervantes
Saavedra, con tenerse datos ciertos de que había sido enterra-
do en la Iglesia del Convento de las Trinitarias. Probable-
mente la monda impía que algunos años después de su muerte
obligaría á despejar el suelo de aquel templo para que reci-
biera temporalmente nuevos cadáveres, arrastró sus huesos ya
desconocidos al abandono miserando del campo erial. Con los
huesos de Miguel de Cervantes se perdieron en aquélla y en
la posterior centuria, con escasísimas excepciones, los restos
venerandos de todos los españoles insignes de nuestro siglo de
oro de las armas, de la política y de las letras.
Bien que desde la iniciativa del Marqués de la Ensenada
no dejaron los poderes civiles de laborar sobre la necesidad
de sacar los cementerios públicos del casco de las poblaciones,
hasta los últimos años del Ministerio del Conde de Florida-
blanca, bajo el reinado de Carlos III, no se tomaron determi-
naciones legislativas conformes con las tendencias sanitarias
de los adelantos de la ciencia, aunque en la Real cédula de 3
70 LA ESPAÑA MODERNA
de Abril de 1787, en que abiertamente se compelía á la cons-
trucción forzosa de cementerios públicos fuera del radio de las
poblaciones y en^sitios aislados y ventilados á costa de los^
caudales de las fábricas de las Iglesias, de los partícipes de
diezmos y aun también de los fondos públicos municipales, el
pretexto jurídico era^el restablecimiento de la disciplina de la
Iglesia, según lo dispuesto en el ritual romano y en la ley XI,
título XIII, partida I del Código aún yivo de Don AlfonsO'
-el Sabio. Este¡^documento legal era el fruto de la doctrina sen-
tada por el Consejo de Castilla en el Memorial ajustado que
con motivo de una Real orden de 24 de Mayo de 1781 había
redactado, al informar sobre el expediente segundo á que diá
lugar la materia relativa al establecimiento general de cemen-
terios ventilados. No obstante el espíritu siempre reacio, siem-
pre rebelde que nos caracteriza, obstruyendo con deliberadas
lentitudes la ejecución de lo mandado, y aun de lo que poste-
riormente se legisló sobre el mismo asunto por medio de otra
Real cédula de 15 de Noviembre de 1796 y de la Real orden
de 9 de Abril de 1799, fue dilatando, de consulta en consulta
y de dificultad en dificultad, la medida que impulsaba la re-
acción civil administrativa que comenzaba á transformar en to-
dos los órdenes de la jurisprudencia política los moldes decré-
pitos del pasado, basta que en 1804 una nueva circular del
Consejo, fechada el 24 de Abril, dirigióse resueltamente á re-
mover todos los obstáculos, y en su virtud, con los fondos exis-
tentes en la Tesorería de la municipalidad de Madrid, los ad-
ministrados por el Cardenal Arzobispo de Toledo y otros pro-
porcionados por el Colector general de Expolios y vacantes,
y por varias parroquias de la capital, comenzó la construcción
del primer cementerio general que tuvo esta corte en terrenos
adquiridos fuera de la entonces llamada Puerta de Fuenca-
rral. La insuficiencia de medios, aun con tan multiplicados
arbitrios, no arredró ya al poder decidido del Ministro de Car-
los IV, Príncipe de la Paz, que tomó sobre sí el empeño de^
dotar á todas las poblaciones de España de esta mejora, y,.
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 71
bajo su iniciativa y á su imitación, se invitó al vencidario de
Madrid á contribuir con sus óbolos á la realización de la obra
comenzada, siendo muchas las personas generosas que, sin in-
terés alguno, ofrecieron cantidades considerables al Ministro
del Real consejo, D. Antonio Ignacio de Cortabarría, en quien
se había delegado la comisión ejecutiva de aquellas obras, sin
más garantías que las escrituras de préstamo que se formali-
zaron hasta 1806, con la promesa de la devolución de aquellas
sumas cuando los productos del cementerio lo permitieran,
como, en efecto, después de 1831 y á instancias del célebre
Ministro de Fernando VII, D. Judas Tadeo de Calomarde,
fueron devueltas en la cifra de 426.060 reales á que había as-
cendido aquella deuda de honor.
El pensamiento de que en el Ayuntamiento de Madrid fue
en 1804 el primer impulsor el Regidor propietario D. Santiago
de Guzmán y Villoría, y en que con el mayor celo se interesa-
ron D. Pedro de Ceballos y el Conde de Montarco, contenía
el propósito de la construcción simultánea de cuatro cemente-
rios en los cuatro puntos cardinales de las afueras de la capi-
tal, que llevarían los nombres de San Carlos, San Luis, San
Fernando y San Antonio, de los del Rey Carlos IV, la Reina
María Luisa y los Príncipes de Asturias, recién casados, Don
Fernando VII y Doña María Antonia de Ñapóles. Los planos
se habían levantado tomando por modelo el cementerio públi-
co de Turín, situado alas márgenes delPo. Pero la eterna pe-
nuria que desde el tiempo de los godos es en España el vil pre-
texto que sirve de disculpa al espíritu reacio y rebelde que nos
hace ir á la zaga de todo el mundo en cuanto implica los pro-
gresos del movimiento de la civilización, limitó por entonces
toda la empresa al cementerio general del Norte, y aun así sus
obras se vieron interrumpidas al estallar los sucesos de 1808.
Sin tantos escrúpulos ni vacilaciones, el Gobierno de hecho
que formó en Madrid la Monarquía intrusa del Rey José Na-
poleón, por su Ministerio del Interior se expidió el 4 de Marzo
de 1809 un Real decreto sobre policía de depósitos de cadáve-
LA ESPAi^A MODERNA
res y enterramientos, y ordenando proceder á la construcción
inmediata de dos cementerios generales, uno al Norte y otro
al Sur de la villa. Se establecieron carros para la conducción
de los muertos; se prohibieron los entierros públicos, las mi-
sas de cuerpo presente y la exposición de los cadáveres en las
iglesias; se limitaron las horas de los entierros á las dos pri-
meras del día y á las dos últimas de la tarde, y se arbitró la
insuficiencia de fondos para las obras, con el trabajo forzado
délos reclusos de los presidios. A la Marquesa de San Vicen-
te se le ocuparon las tierras del Mayorazgo de Vargas que po-
seía frente á la puerta de Toledo, entre los caminos de Getafe
y Carabanchel, denominados de Opañol; al arquitecto D. Juan
Antonio Cuervo se le mandó levantar el plano de la construc-
ción, y desde luego comenzaron en este cementerio los sepelios
de los que morían ^n los hospitales civiles y militares, además
de los particulares cuyas familias lo solicitaban. En 1812 fue-
ron apercibidos severamente el Vicario eclesiástico y los curas
de Madrid por el mismo Ministro del Interior, por haberse
dado sepultura á algunos cadáveres en sus respectivas parro-
quias, y á la Junta de Sanidad se encargó toda la policía de
la muerte, emanando de aquel Cuerpo facultativo las disposi-
ciones que en 1813 hicieron más severas las prohibiciones so-
bre depósitos de cadáveres ni en sus casas, iglesias, bóvedas,
capillas y ermita s, ni más que en los cementerios públicos fuera
de poblados, así como las órdenes para que los entierros se
efectuasen desde las casas mortuorias sin hacer pasar los
muertos por las parroquias. Es de notar que en este mismo
año de 1813, después que los franceses del Rey José Napoleón
abandonaron definitivamente á Madrid, los Alcaldes constitu-
cionales que vinieron á representar al Gobierno de la Regen-
cia establecido en Cádiz, Marqués de Iturbieta y Conde de
Villapaterna, por medio de un bando publicado el 30 de Di-
ciembre, confirmaron en todas sus partes estas disposiciones,
y que después de la restauración del Rey Fernando VII y del
sistema absoluto de su Gobierno tradicional, habiendo solici-
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 73
tado en 21 de Agosto de 1815 D. Florencio Lozano, Mayor-
domo de fábrica de la Iglesia parroquial de San GrinéSj el resta-
blecimiento de la costumbre que existía en Marzo de 1808 de
enterrar en las bóvedas de las iglesias, y que se permitiera á
dicha parroquia construir una nueva para este fin, le fue de-
negada absolutamente su pretensión.
Concorde procuró estar el poder civil con la autoridad ecle-
siástica en el régimen moral y económico de los nuevos esta-
blecimientos mortuorios; pero aunque á la Iglesia no se le
privó en ellos ni de su intervención religiosa ni de sus oven-
ciones, en nombre de los derechos exclusivos de la Iglesia los
individuos q ue formaban las asociaciones piadosas de su dis-
ciplina interior, llamadas Cofradías Sacramentales^ desde que
la Monarquía intrusa que se ingirió en el país en 1808 tomó
sus disposiciones dictatoriales sobre el régimen, la policía y la
administración de los cementerios públicos, de los depósitos
de cadáveres y de los entierros, procuraron, dentro de las dis-
posiciones generales relativas á la sanidad y la higiene, eman-
ciparse de la imposición tiránica que se establecía, aunque
ajustándose en su pensamiento á la garantía de las nuevas le-
yes. Se impetraron y se obtuvieron las autorizaciones necesa-
rias para la construcción de cementerios particulares ventila-
dos é higiénicos fuera del radio de la población, y con estas
licencias de una y otra autoridad, la Real Archicofradía Sa-
cramental de San Pedro y San Andrés procedió á construir un
cementerio para sus asociados, del lado allá del río Manzana-
res, en los terrenos altos occidentales, lindantes con la ermita
que en 1528 había fundado la Emperatriz Doña Isabel en honor
del campesino San Isidro, al lado de la fuente inmemorial que
lleva su nombre, en acción de gracias por haber sanado be-
biendo sus aguas de las enfermedades que habían padecido el
Emperador, su esposo Carlos V, y su hijo el Rey Don Feli-
pe II. El cementerio de esta Sacramental fue construido ó
inaugurado en 1811, con tanta alegría y aceptación de todas
las clases sociales de Madrid, que inmediatamente se hicieron
74 LA ESPAÑA MODERNA
trasladar á sus nichos y panteones los restos de la Duquesa de-
Alba, Doña María Teresa Cayetana de Silva, que había muer-
to el 23 de Julio de 1802, y los del insigne estadista D. Pedro
Rodríguez de Campomanes, primer Conde de Campomanes,,
que de setenta y nueve años había fallecido también el 3 de
Febrero del mismo año de 1802.
No se ha de hacer aquí al Senado una relación minuciosa
de las vicisitudes por que ha atravesado la historia de la muer-
te y de la sepultura en Madrid durante los accidentados suce-
sos en que todo el siglo xix próximo pasado ha transcurrido;,
pero es preciso puntualizar bien estos antecedentes como pre-
misas indispensables en que ha de apoyarse el proyecto que se
somete á su consideración. Los fundamentos de derecho que
en 1811 se otorgaron á la Real Archicofradía sacramental de
San Isidro para construir el cementerio particular que aún lleva
su nombre, apoyaron á las archicofradías adscritas á las parro-
quias de San Sebastián y de San Nicolás y de la Pasión para
llevar á cabo en 1824 la edificación de los que se construye-
ron en la Puerta de Atocha; para los de San Ginés y San Luis
en 1844; en 1847 para el de San Justo y Pastor; en 1848 para,
el de San Martín y San Ildefonso y el Patriarcal de la Congre-
gación del Santísimo Cristo de la Obediencia y hermandad del
Real Palacio; en 1852 para el de San Lorenzo, y en otras fechas^
que no hay para qué acumular prolijamente para los demás
que, abiertos aún ó cerrados, contienen desde las de su aper-
tura, á los fines de su establecimiento, el depósito sagrado de
tantos miles de restos humanos, queridos siempre para sus fa-
milias; los panteones perpetuos donde los padres ansiaron dor-
mir el sueño eterno al lado de sus hijos y los esposos junto al
de sus amadas esposas, y donde no sólo esta piedad tan respe-
table, sino el honor mismo de la patria, se aventuraron á em-
plear sumas cuantiosas para hacer imperecederos, juntamente
con las ofrendas de los afectos inextinguibles, los nobles holo-
caustos de la gratitud nacional en pro de muchos hombres
insignes, cuyas reliquias se guardaron en magníficos monu-
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 75
mentó sá fin de aumentar el tesoro testimonial de nuestra his-
toria y fomentar el estímulo de la virtud y del mérito en los
espíritus imbuidos del rayo sublime de la fe de la patria.
Una población como Madrid, que en poco más de medio
siglo ha triplicado el número de sus habitantes y en todo su
circuito extendido enormemente su urbanización, desde que
desaparecieron las viejas cercas que la contenían, á pesar de
haberse ido enriqueciendo con multiplicados asilos de la muer-
te, ya públicos, ya particulares, al Norte, al Sur y á la parte
occidental de su antigua planta, tuvo que sentir imperiosa-
mente dos grandes necesidades. Fue la una, la de hacer des-
aparecer algunos de sus cementerios y sacramentales, porque
la población que por todas partes pronunciaba la progresiva
extensión de sus términos, había rebasado y envuelto entre
sus nuevas edificaciones y calles los que se les habían fijado
antes de construirlos, habiendo incurrido la administración
pública que autorizó su sucesivo establecimiento en la impre-
visión del fenómeno que con creciente actividad cada día se
verifica con una especie de obsesión vertiginosa. La presencia
de estos focos de putrefacción en medio de la población nueva,
contradecía no sólo las leyes sustantivas de la sanidad y la hi-
giene, sino hasta al respeto moral de que los asilos de la muer-
te deben estar rodeados siempre. Todavía en los cementerios
cerrados del Norte y del Sur, repugna el espectáculo de las
nuevas edificaciones sobre los muros mismos en que están ado-
sados los ruinosos nichos y panteones que encierran aún restos
humanos. Todavía ante la población que siempre crece por los
caminos que se desarrollan del lado allá del Manzanares hace
contristar el ánimo la profanación casi continua que de fuera
llega á interrumpir el sagrado silencio de los cementerios pró-
ximos, á los que cada día aquélla se acerca más y los acosa. A
la necesidad que de estos hechos se imponía, acudió insufi-
ciente é imperfectamente el Real decreto de 7 de Agosto
de 1884, que, cerrando el voluminoso expediente que se formó
desde 1876, mandó clausurar los cementerios del Norte y del
76 LA ESPAÑA MODERNA
Sur, y cuya escasa providencia, á pesar de los dilatados trá-
mites seguidos desde la fecha indicada, dejó pendiente el con-
flicto que se ha de exponer más adelante al Senado.
La otra necesidad que se derivaba de muchas causas y
muy varias y complejas, fue la de concentrar en pocos de es-
tos establecimientos la acumulación de los depósitos de la
MLuerte, en condiciones técnicas adecuadas al importante fin
que desempeñan. Los antiguos cementerios y Sacramentales,
ante el crecimiento pasmoso de la población que argüía el cre-
cimiento pasmoso de la mortalidad, tuvieron que romper sus
muros primitivos y demandar á la continua nuevas autoriza-
ciones para dilatar sus perímetros. Ilustres escritores, entre
los que se destacan los nombres de D. E-amón de Mesonero
Romanos y D. Pascual Madoz, habían procurado remover la
opinión en pro de la reforma del régimen y construcción de los
cementerios. Una comisión de Regidores del Auntamiento de
Madrid, compuesta de los Sres. Estrada, Sanz, Gruevara, No-
cedal, Bermúdez y Corradi, bajo la propuesta de los señores
Olózaga, Caballero y Ferrer, quedó encargada en 21 de Enero
de 1840 de buscar en los contornos de Madrid, en unión con
los arquitectos D. Juan Francisco Rodrigo y D. Juan Pedro
Ayegui un lugar apropiado, que la Comisión estimó pudiera
fijarse en el titulado Campo de Guardias, en los altos de Cham-
berí y á la izquierda del camino de Alcalá, para construir un
cementerio único que reuniera las condiciones y circunstancias
que se echaban de menos en los que existían á la sazón. En-
tonces se creía que bastaba para este fin un terreno que mi-
diera veinte fanegas. Nada por entonces se hizo, y en 1847
elevaron á la Municipalidad una instancia para construir por
su cuenta y para su beneficio este gran cementerio entre las
Puertas de Alcalá y la de Recoletos ilustres profesores de la
ciencia médica, D. Matías Nieto Serrano, D. José Simón, don
Elias Polin y D. Joaquín Marracin y Soto. Mesonero Roma-
nos, á cuyo informe remitió el Ayuntamiento su instancia,
dictaminó desfavorablemente, pues los cementerios no se ha-
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 77
bían concedido más que á las Sacramentales y Cofradías reli-
giosas, aplicando sus productos á las fábricas de las Iglesias y
gastos del culto, j el Ayuntamiento se conformó con este pa-
recer. En 1856 continuaban las cosas del mismo modo. La po-
blación de Madrid, según el Censo del Jefe de la sección de
Estadística, D. Luis Piernas, había crecido hasta el número
de 206.714 habitantes (48.935 vecinos), y las defunciones anua-
les se elevaban á 7.428. Entonces se presentaron simultánea-
mente dos licitadores particulares solicitando, D. Francisco de
Asís Soler y consocios la construcción de un cementerio gene-
ral sobre cuyo emplazamiento y condiciones no presentaba
proyectos concluidos, y D. Antonio Pirala y D. Juan de xigui-
lar y Amato la misma construcción en grandes dimensiones,
en un lugar comprendido entre los caminos de Extremadura y
Carabancheles, para la que presentaron bien estudiadas Memo-
rias económicas y facultativas con sus planos. Una y otra pro-
posición ñieron desestimadas al cabo, y por Real orden de 18
de Julio del año referido se previno al Ayuntamiento no diese
CLirso á ninguna instancia de esta especie.
La idea, entretanto, siempre trabajaba en el ánimo de la
Administración pública y de la Corporación municipal, y en
1858 saltó la primera chispa ejecutiva de la fundación de una
gran Necrópolis, conforme á las exigencias de la población
progresiva de Madrid. En 29 de Abril del mismo año, para
estudiar y proponer las bases de su construcción, formóse una
Comisión compuesta del Duque de Tamames, los Marqueses de
Benamejí de Sistallo y del Moral, los Sres. Moreno Elorza,
Ortega, Lletget, González xlcevedo y López y los arquitectos
D. Juan Bautista Peyronet y D. Juan José Sánchez Pescador,
a la que se unio en persona el Visitador Eclesiástico D. Julián
de Pando. Pidiéronse informes técnicos sobre más de cincuen-
ta Necrópolis existentes en las principales ciudades de toda
Europa, de las dos Américas anglosajona é ibérica y hasta al
Japón, así como á Barcelona, Sevilla y las principales ciuda-
des de España, y en 1865 ya estaban tomados los acuerdos para
78 LA ESPAÑA MODERNA
crear el Cementerio general de grandes dimensiones que el
Municipio había de construir á sus expensas. No es necesario
culpar á los accidentes remorosos de nuestros sucesos políticos
de las largas inconcebibles que en España se dan de ordinario
á la ejecución activa de todo proyecto que entrañe una mejora
real. Siempre enredados en las obstrucciones de una inextrica-
ble tramitación, cuando sonó la hora de la revolución de 1868
nada práctico se había realizado y los decretos de Noviembre
de aquel año sobre incautación de los Cementerios generales
y concediendo á Madrid en los altos de la Moncloa terrenos
para la formación de la Necrópolis suspirada, puede decirse
que no fueron más que, como otros muchos, mandatos sobre
el papel.
Hasta la feliz restauración del Rey Don Alfonso XII al
solio secular de sus mayores, no volvió á removerse en 1876
por el Regidor de Madrid, D. José Díaz Benito, la cuestión
de los cementerios; y formado un expediente de clausura para
el General del Norte, y los de San Ginés j San Luis y la Pa-
triarcal, Díaz Benito propuso la creación de dos grandes Ne-
crópolis, lo que estimuló al Ayuntamiento, en 17 de Agosto
de 187T, á publicar y abrir un concurso público sobre proyec-
tos de Necrópolis, al que los arquitectos D. Fernando Arbós
y D. José Urioste concurrieron victoriosamente con la Memo-
ria de la Necrópolis del Este, que fue premiada é impresa en
1879. La presentación de esta Memoria^ que en la materia
facultativa y técnica nada dejaba que desear, resolvió al cabo
á nuestra apática Administración á salir de las fatigosas re-
moras de cuarenta y cuatro años de vacilación y dilaciones.
Juntamente con la apertura de la Necrópolis proyectada por
los Sres. Arbós y Urioste, y con el mandato al Ayuntamiento
de Madrid para que procediera á adquirir al Poniente de la
villa y al otro lado del río un nuevo terreno para la construc-
ción de un segundo cementerio general denominado del Oes-
te, se expidió la "E-eal orden del Ministerio de la Gobernación
de 7 de Agosto de 1884 para la clausura definitiva de los ce-
PANTEÓÍf NACIONAL DE ESPAISTOLES ILUSTRES 79
menterios generales del Sur y del Norte, del Provincial y de
las Sacramentales de San Martín, Patriarcal, San Ginés, San
Luis, San Sebastián y San Nicolás. Pero de las disposiciones
de esta B,eal orden surgió inmediatamente el conflicto que an-
tes se anunció al Senado, que todavía subsiste con caracteres
de máxima gravedad y en cuya solución satisfactoria se ha
de hallar una base sólida de ejecución para el proyecto de
Panteón Nacional que aquí se propone.
La Real orden del Ministerio de la Gobernación de 7 de
Agosto de 1884 reconociendo en la autoridad civil, como
guardadora suprema de los intereses de la salubridad de las
poblaciones, el derecho para dictar medidas acerca de las con-
diciones que han de tener los cementerios, dio por deslinda-
das las atribuciones entre la potestad civil y la eclesiástica,
siempre en esta materia tan concordemente unidas, garanti-
zando la una la salud de los vivos y conservando la otra la
facultad de las preces del culto en pro de los que traspasan
las fronteras de la vida. Mas al sostener así los derechos de la
Iglesia y el respeto debido á los ministros de la religión y
.asumir para sí todas las demás resposabilidades bajo el celo
de los deberes que la observancia de los principios de la hi-
giene pública le imponía, no pudiendo el Ministerio de la Go-
bernación desatender el derecho de propiedad sobre las tum-
bas, adquirido á perpetuidad por algunas familias que, en los
cementerios clausurados, con justos títulos, consentidos por
las leyes, se habían preparado panteones donde reposar eter-
namente al lado de los que amaron en la vida ó habían erigido
costosos monumentos á la memoria de sus finados, protestan-
do previamente contra el derecho por parte de los interesados
á toda reclamación, sólo por condescendencia, conmiseración
ó tímido respeto á los sentimientos de la familia, se limitó á
conceder en el nuevo cementerio una superficie igual á la que
se tenía adquirida en los antiguos, para trasladar á ella, mas á
costa de los interesados, los monumentos dé los que lo desea-
ran, sin imponerles por esta traslación ningún nuevo grava-
80 LA ESPAÑA MODERNA
men. Los restos de los que así no lo practicasen, por esta Real
orden, habrían de ser levantados en montón algún día para ser
soterrados en un osario común. Trataron posteriormente las
Sacramentales de averiguar si, para cumplir con las obliga-
ciones que habían contraído con los propietarios legales de las
tumbas, teñirían derecho á alguna indemnización; mas por
el Tribunal de lo Contencioso Administrativo se les contestó
en sentencia de 6 de Julio de 1889 que no tenían derecho, por
consecuencia de la Real orden de 1884, á indemnización al-
guna.
El resultado de aquella disposición gubernativa, que tan-
tos derechos legítimoá arbitrariamente ha lastimado, es que,
á pesar de haber transcurrido diecisiete años desde la clausura
de los antiguos cementerios del Sur y del Norte, es escasísimo
el número de traslaciones de restos para que se ha pedido li-
cencia; que el objeto de la E,eal orden y de la creación de la
Necrópolis existente, que era despejar de asilos de la muerte
los lugares en que aún subsisten y que el desarrollo creciente
de la población no sólo arrolla, sino que hasta los invade,
dando el repugnante espectáculo de las codicias de la vida en-
tre la inercia y fetidez de los sepulcros, no se ha cumplido;
que algunos de aquellos cementerios, como el de San Ginés^
es objeto de asaltos y profanaciones continuas; que otros,
como el de la Patriarcal, se hallan en inminente ruina; que la
falta de reparaciones amenaza con idénticos estragos á los de
San Sebastián y San Nicolás, y que, aunque las quejas pro-
ducidas por esta situación de las cosas movió á la Administra-
ción pública á dictar las Reales órdenes de 29 y 31 de Agosta
de 1899, por las que se preceptuaba al Ayuntamiento de Ma-
drid que acelerase el proyecto de emplazamiento y construc-
ción de la Necrópolis del Oeste, que hiciese fijar por medio de
la Gaceta un plazo prudencial para que las familias' de los in-
humados en los cementerios clausurados trasladasen sus sepul-
turas á la nueva Necrópolis, que no existe todavía, conminán-
dolas con que, transcurrido dicho plazo, la traslación se hará
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 81
en la forma tumultuaria que j2ü se ha descrito, y que todo
esto se Yerifique con la mayor urgencia posible, el conflicto
se hace cada vez más intenso y apremiante, porque en reali-
dad, con los expedientes relatados, no se ve el medio de que
pueda llegarse á ningún término de equidad.
Sin que haya aquí el propósito de pronunciar ningún gé-
nero de censuras contra las arbitrariedades, las imprevisiones
y las insuficiencias de la pública Administración, así en las
disposiciones que promulga como en los medios desmayados
que emplea para su ejecución, bien que á las prerrogativas de
los Cuerpos legislativos incumbe en toda ocasión el deber de
compeler á los Poderes administrativos á la reparación de las
lesiones de derecho que ocasionen con sus mandatos; ofrece la
cuestión que se somete á la consideración del Senado otro as-
pecto de eminente importancia, que es el que se relaciona con
el objeto de la proposición que se ilustra. Mientras la sepultu-
ra de los cadáveres se llevó á cabo en las capillas, en los mu-
ros, en las naves, en los suelos, en las bóvedas de las iglesias,
en sus pórticos, en sus atrios y en sus cementerios adjuntos,
vióse ya que la frecuencia de las llamadas mondas hizo con-
ducir al abandono del erial los restos venerandos del ma^^or
número, de casi la totalidad de los hombres insignes cuyos
nombres forman el Diccionario histórico biográfico de las glo-
rias de la patria en sus doce siglos de existencia nacional. Ni
aun gran parte de los monumentos sepulcrales que á algunos
se erigieron en capillas aisladas y monasterios, han podido
salvarse de la cruel devastación de las revoluciones del si-
glo XIX, y no sólo nuestros Museos, sino los de Londres, París
y otras partes, se adornan con los vestigios de aquellos pro-
digios del arte que envolvieron muchas sepulturas de nuestros
antepasados, en aquellos tiempos, por desgracia remotos, en
que en España flameaban siempre espléndidas las antorchas
de la fe en Dios y de la fe en la Patria. Desde el último tercio
del siglo XVI se abrieron los registros demográficos parroquia-
les, y en los obituarios de Madrid por centenares se consignan
E. U.— Julio 1902. 6
82 LA espa:ña moderna
los enterramientos de las figuras insignes de nuestra historia
en todo género de fundaciones piadosas y eclesiásticas, desde
el noble caballero de la corte de Enrique IV, Euy González
de Clavijo, enterrado en San Francisco, y la famosa Latina
Isabel Galindo, que parecía yacer en la Concepción Jerónima,
hasta el gran poeta, historiador y diplomático D. Diego Hur-
tado de Mendoza, que fue enterrado en San Justo, y el inge-
nio feliz de Miguel de Cervantes, sepultado en las Trinitarias.
Nuestros artilleros en San Bernardo no han logrado dar con
la tumba de su esclarecido maestro Julio César Ferrufino; el
teatro aún busca en San Sebastián á Luis Vélez de Guevara,
en las Carmelitas á D. Gabriel Bocángel Unzueta, y en San
Martín á D. José de Cañizares; la poesía sabe que Vicente Es-
pinel se enterró en la bóveda de San Andrés, Pedro de Padilla
en el Carmen Calzado, y en San Juan Luis Tribaldos de To-
ledo; la historia y la heráldica buscan en vano á Luis Cabrera
de Córdova en San Martín, á D. Carlos Coloma en San Ber-
nardo, á Pedro de Valencia en Doña María de Aragón, en el
Carmen á D. Tomás Tamayo de Vargas, en el Noviciado á
D. Alonso Núñez de Castro, y en Monserrat á D. Luis de Sa-
lazar y Castro. La capilla mayor de Santiago encerró las en-
trañas del Cardenal Granvela, San Francisco el Grande el
cuerpo del Licenciado Gasea, Virrey del Perú, Antón Martín
al portugués D. Juan de Matos Fragoso, los Carmelitas Des-
calzos al Presidente de Castilla D. Juan de Chumacero, el
Campo de la Buena Dicha al primer Director de la Academia
de la Historia D. Agustín Montiano y Luyando, San Felipe el
Real al P. Enrique Flórez y al P. Martín Sarmiento, y Nues-
tra Señora de la Valvanera al sabio é inmortal marino D. Jor-
ge Juan. ¿Dónde fueron tantos despojos venerandos? Siendo
Obispo de Madrid-Alcalá el Senador Cardenal Sancha, nombró
una comisión compuesta del Marqués de Cubas, del actual
Obispo de Palencia y del erudito literato D. Juan Pérez de
Guzmán, para que entre los escombros del monasterio de la
Concepción Jerónima que caía al peso de la piqueta por las
PANTEÓN NACIONAL DE ESPA:^OLES ILUSTRES 83
necesidades de la urbanización del antiguo Madrid, explora-
sen los restos de hombres ilustres que en sus muros y en sus
suelos se encontrasen. ¡Sólo pareció momificado el cadáver del
Licenciado Luis Muñoz, muerto en 1643, y que ocupa un lu-
gar muy secundario en nuestra Minerva española!
Se abrieron los cementerios civiles y las multiplicadas sa-
cramentales, y aunque en aquéllos y aun en éstas se repitie-
ron las mondas de las antiguas sepulturas de las iglesias, justo
es consignar que nunca como ahora, así en las sacramentales
clausuradas como en las que subsisten más ó menos amenaza-
das de correr con el tiempo la misma suerte, se ha conservado
mayor número de personajes de gran nota en todas las esferas
eminentes de la vida nacional en disposición de ser traslada-
dos donde su asilo definitivo forme, aunque tarde, el Panteón
glorioso de los que ilustraron la patria con sus acciones bene-
méritas, con sus servicios altamente calificados y con las an-
torchas perennes de su genio, de su saber 3^ de sus produccio-
nes. A la procesión solemne con que el 6 de Junio de 1869
fueron conducidos desde la basílica de Atocha á la grandiosa
rotonda de San Francisco el Grande los restos que se habían
hecho llegar á Madrid desde diversas provincias para inaugu-
rar con ellos el Panteón Nacional decretado el 31 de Mayo
anterior, sólo se pudo hacer concurrir los de Juan de Mena,
el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, el médico y
botánico Laguna, el fundador de la poesía lírica castellana
moderna Garcilaso de la Vega, y el fundador de la poesía
épica castellana D. Alonso de Ercilla, el sabio investigador
de la Historia Ambrosio de Morales, el Justicia de Aragón
D. Juan de Lanuza, el gran dramaturgo del siglo xvii D. Pe-
dro Calderón de la Barca, el genial filósofo y poeta D. Fran-
cisco de Que vedo Villegas, los grandes estadistas de Fernan-
do VI y de Carlos III Marqués de la Ensenada y Conde de
Aranda, los arquitectos insignes de los reinados de Carlos III
j Carlos IV D. Ventura Rodríguez y D. Juan de Villanueva,
y el heroico General de la Armada española D. Federico Gra-
84 LA ESPAÑA MODERNA
vina, á quien estuvo confiado el mando superior de nuestra
escuadra en la rota funeral de Trafalgar. Otros muchos restos
de hombres insignes fueron buscados con frustrada ansiedad,.
como hace poco se han buscado sin éxito los de nuestro escla-
recido maestro del arte pictórico Diego Velázquez de Silva.
Y aunque puede argüirse que el honor que á la patria corres-
ponde consagrar á sus memorias, en parte lo indemnizan los
públicos monumentos que sin cesar se les erigen, no sólo en
Madrid, sino en muchos pueblos de la Monarquía, principal-
mente en los que les dieron cuna, no hay más que recordar qué-
gustosos sacrificios repetidas veces se han impuesto, ya el Es-
lado, ya las corrientes de la opinión por medio de suscripcio-
nes nacionales, ora para rescatar de suelo extranjero y asilar-
los bajo espléndidas edificaciones y estatuas restos como los
de Groya, Moratín, Meléndez Yaldés y Valdegamas, ora para
levantar soberbio mausoleo al Tirteo español D. Manuel José
Quintana, como el que ya se desmorona en los abandonados
patios de la Patriarcal, ora para reunir los de otros hombres
señalados que trabajaron tenazmente en un designio patrióti-
co común, como los de Muñoz Torrero, Arguelles, Mendizábaly
Calatrava y Olózaga, que se cobijan bajo otra mole monumen-
tal de piedra adornada de preciosas estatuas en los patios
abandonados de la clausurada sacramental de San Sebastián.
Estos testimonios y muchos otros que no es dable acumular
aquí, demuestran que este culto de la muerte hacia los que die-
ron á la patria nombre, fuerzas, prestigios inmortales, forma
parte de esa religión de donde brotan la fe y las energías deí
alma nacional.
Si verdaderamente más que difícil, habría de ser empeño-
imposible de realizar la tarea de inquirir y recolectar el cau-
dal inmenso de nuestra historia de doce siglos en los restos dis-
persos ó perdidos de los millares de figuras salientes que la
condecoran; si aun en la jurisdicción de tiempos que no están
muy lejanos, esta misma labor se hace no menos imposible por
las causas que antes se han expuesto, la ocasión que se nos
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 85
presenta con la tercera evolución que en poco tiempo se rea-
liza en el régimen de los cementerios, sírvanos para salvar de
una pérdida eterna los restos que aún conservan esos depósi-
tos de la muerte, y-a en ruinas, y próximos á desaparecer del
todo y en los que palpitan como vivos la mayor parte de los
nombres esclarecidos que dieron al siglo de nuestra indepen-
dencia, de nuestra revolución jurídica y de nuestra transfor-
mación social, el ardiente matiz de sus luchas y conquistas.
Ya antes se dijo que en los patios primitivos de San Isidro se
halla el nicho en que descansa Campomanes; en el mismo pa-
tio está Toreno, el historiador sublime de la Guerra de la In-
dependencia y de la Revolución de España; allí se hallan dos
víctimas ilustres de nuestras discusiones políticas y de nues-
tras guerras civiles, el Greneral Quesada, Marqués de Monea-
yo, y el General Diego de León, Conde de Belascoain. D. José
y D. Federico de Madrazo representan las ramas caudales de
ui]a gloriosa dinastía de artistas; la gloriosa Regencia de Cá-
diz tiene allí á uno de sus Presidentes, D. Ignacio de la Pe-
zuela. Las guerras de emancipación de América allí ofrecen
á la historia los nombres del General D. Pablo Morillo, Conde
de Cartagena; del General D. Francisco Xavier Yenegas,
Marqués de la Reunión de Nueva España, y del General de la
Armada D. Juan Ruiz de Apodaca, Conde de Venadito. Hay
nombres humildes á quienes no puede negárseles el honor del
monumento, tales son: el de D.* Andrea Isabel Tintero, fun-
dadora de la capilla de la Soledad, vulgarmente llamada déla
Paloma, y el de D. Bernardo Conde, último Director de la
Real fábrica de loza de S. M., llamada del Buen Retiro.
Pero la Sacramental de San Isidro aún está en pie, y hay
que referirse á los cementerios en ruina que van en breve pla-
zo á desaparecer. El Congreso de los Diputados costeó en las
Sacramentales del Sur los panteones donde descansan sus
ilustres Presidentes Castro y Orozco, Marqués de Gerona y
Martínez de la Rosa, fundador del régimen representativo en
España, y cuyo nombre sólo bosqueja una época. De esta épo-
86 LA ESPAÑA MODERNA
ca son brillantes destellos allí, apagados por la muerte, Es-
pronceda, Larra, Antera y Joaquina Baus, Carlos Latorre,
Carnerero, el escultor Piquer, los dos ilustres artilleros de la
guerra de la Independencia Navarro Sangran y García de
Loigorry, jefes y compañeros de los heroicos Daoiz y Ye-
larde y el primero fundador del Museo del arma; hacendis-
tas de Fernando VII como D. José de Canga-Arguelles; Mi-
nistros como González Salmón, Martínez Yillela, D. Eva-
risto Pérez de Castro, D. Cirilo Alvarez Martínez. Allí es-
tán periodistas y escritores como Luis Rivera, Ángel Iznardi,
Agustín Bonnat, Luis Eguilaz, Eduardo González Pedroso;
eruditos como D. Tomás Sancha; artistas como Joaquín
Arjona, D. Francisco Salas, Carolina Civili, Eduardo de Za-
macois; hombres públicos como D. Pablo Avecilla, D. Mel-
chor Ordóñez; Generales de la Independencia como el Conde
de Cervellón; de las luchas políticas como D. José Fulgosio;
de las escuadras del mar como D. Juan María Villavicencio y
D. Francisco Xavier de Ulloa, y entre un gran número de pa-
tricios señalados y de grandes de la Corona tres generaciones
consecutivas de Duques de Medinaceli.
Si se visitan los cementerios del Norte, en San Martín, el
mejor cuidado de todos, casi reciben á la entrada los tres mo-
numentos de piedra que se levantan: uno al Duque d© Sevi-
llano, D. Juan de Mata Sevillano y Freiré, ilustre hacendista;
otro, con estatua yacente de mármol, al Conde de Quinto, y
otro á la familia del Virre^^ del Perú D. Joaquín de la Pezuela,
que en la defensa de las colonias de la patria en el Perú con-
quistó heroicamente el título de Marqués de Viluma. El ge-
neralato de grandes recuerdos allí abunda con nombres coma
los de D. Dionisio Capaz, el Barón deMeer, D. Manuel Llan-
der, Bassecout, Enrique O'Donnell, el Conde de Almildez de
Toledo, Orive, Milans del Boch, el Marqués de Torrelavega.
Y en confusión que no hay que clasificar aquí, figuras como
las de D. Juan Gualberto González, D. José de Peña Aguayo,
D. Fermín de la Puente Apezechea, D. Frutos Saavedra M©-
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 87
neses, D. Antonio Aparicio Guijarro, D. Mateo Seoane, don
Lucio del Valle, el maestro de música de la Reina Doña Isa-
bel II D. Pedro Albéniz, Eduardo Rosales, Francisco Zea,
D. Cayetano Alberto de la Barrera; los periodistas D. Tomás
Pérez Anguita, D. José Lorenzo de Figueroa, D. Vicente Ro-
dríguez Varo. Y todavía en otro orden de servicios sociales el
Dr. D. Santiago Ortega Cañamero, fundador del Cuerpo fa-
cultativo de beneficencia municipal de Madrid; D. Lavinio
Stuyck, el último Director de la antigua fábrica de tapices;
el calígrafo D. José Francisco de Iturzaeta, último maestro de
la caligrafía española, y otros que no hay medios de mencio-
nar sin caer en la prolijidad. Por último, y para terminar, el
que pasa por la Patriarcal, á pesar de las prohibiciones que
impiden su entrada en aquel vasto campo en que cada día cre-
cen las profanaciones y las ruinas, no sólo llora ante el aban-
donado monumento nacional á Quintana: el nicho del Duque
de San Miguel, los de la familia Ferrant, el del inolvidable
Guelbenzu y el del inolvidable Gaztambide, toda la genera-
ción de los Escosuras, toda la de los Anduaga, Ribot y Fron-
trerí, los, Bretón de los Herreros, los que amó el preclaro Mar-
qués de Salamanca, los héroes de África como el primer Mar-
qués de Benzú, el laborioso Caravantes, llaman tanto sobre sí
la atención que reclaman de la gratitud nacional como el Mar-
qués de Saint-Simon en el Cementerio General del Norte, Leo-
nardo de Alenza en San Luis y centenares de otros nombres
ilustres en todos los demás.
La importancia de la administración pública, no ya para
salvar estos restos venerandos de la confusión y de la disper-
sión que les amenaza, sino hasta de una simple traslación de
todos los que contienen los cementerios y Sacramentales que
han de desaparecer enteramente, se pone de manifiesto sólo
con observar que, á pesar de las bases con que se procedió á la
construcción de la Necrópolis del Este y del espíritu con que
se redactó la Real orden del Ministerio de la Gobernación que
dispuso la clausura, y de las posteriores sobre la perentorie-
88 LA ESPAÑA MODERNA
dad de que esos restos humanos se extraigan de los lugares en
que descansan y dejen de perjudicar á la higiene de la pobla-
ción viva que se les echa encima, van transcurridos diez y siete
años sin haber pasado de las disposiciones pasivas sobre el
papel. Los arquitectos que proyectaron el plan á que se ha
ajustado la construcción de la Necrópolis del Este, natural-
mente, tuvieron que ocuparse de la preparación de un osario,
en las condiciones generales que los adelantos de la ciencia es-
tablecen para estos indispensables ministerios de la mansión
de la muerte; pero al formar su plan lo acomodaron á la eco-
nomía general de la construcción que meditaban, sin arbitrar
nada para el depósito numeroso de los despojos que habían de
arrojar los cementerios que iban á desaparecer. No tiene Ma-
drid, como tiene París, aquellas catacumbas de la Tombe-
Issoire, que, destinadas desde 1787 á estos depósitos colecti-
cios, pueden ser distribuidos con un orden admirable, recibién-
dolos sin cesar en cantidades abrumadoras, sin que falte jamás
el espacio para alojarlos. Pero aquí no hay lugar idóneo para
estos depósitos, y cuando las quejas que se han hecho llegar á
los más altos peldaños de la pública administración ha compe-
lido á las disposiciones platónicas de 1899, el Ministerio de la
G-obernación ha tenido que instar al Ayuntamiento de Madrid
para que proceda á plantear y acelerar las obras de la aún no
nacida Necrópolis del Oeste, á fin de que en él se arbitre este
ministerio, porque en el del Este no sólo se han rebasado todos
los cálculos en sus diez y siete años de existencia, sino que ya
es preciso pensar en dilataciones y ensanches nuevos , porque
con haber parecido su proyección tan espaciosa, ya no basta á
las exigencias de la realidad.
En la Necrópolis del Este, desde 1884= van hechas sobre
252.600 inhumaciones. En el proyecto de los arquitectos Arbós
y Urioste sólo se hizo cabida para 67.701 enterramientos en
todo género de sepulturas, y ya van hechas más de 80.000
extracciones de cadáveres para dejar lugar á los que sin cesar
demandan inhumación, existiendo en esto un conflicto real tan
PANTEÓN NACIONAL DE ESPANTÓLES ILUSTRES 89
grave como el de la ruina creciente de los cementerios clausu-
rados y la imposibilidad de hacer el traslado de los despojos
mortales que contienen. No hay que decir al Senado que en las
mondas de los 80.000 cadáveres extraídos de las sepulturas de
la Necrópolis del Este hay que reconocer que pueden ya haber
sido arrastrados á la confusión del tumulto restos de algunos
hombres esclarecidos con quienes la fortuna no fue tan esplén-
dida como el talento; y que habiendo muerto muchos hasta
en la indigencia, sus sepulturas no fueron individualizadas al
ser sus cadáveres inhumados, ni con ellos se cumplió el pensa-
miento de los autores del proyecto de la Necrópolis, que pen-
saron consagrar una parte de ©1 á recibir tales cenizas. De
modo que si en la incesante rotación de la vida, en algún
tiempo, las obras que dejaron reclamar la atenta predilección
de otras generaciones, y deificando sus memorias el culto que
se les dispense inspira el deseo de investigar el lugar y la exis-
tencia de sus restos, volverán á repetirse, en las imprevisiones
de nuestro carácter, las vanas tentativas hechas para hallar
las sepulturas de Miguel de Cervantes Saavedra, de Isabel Ga-
lludo la latina y de Diego Velázquez de Silva.
La creación del Panteón Nacional que se propone al Sena-
do, pudiendo resolver toda esta inmensa complejidad de cues-
tiones, me anima á presentar á su consideración la proposición
del siguiente
PROYECTO DE LEY.
Artículo 1.° Para solemnizar la declaración feliz de la ma-
yor edad del Rey Don Alfonso XIII se crea un Panteón Nacio-
nal de Españoles Ilustres.
Este Panteón Nacional deberá construirse en paraje dis-
tante de los límites urbanos de Madrid y á donde la población
jamás pueda llegar, quedando prohibida desde el momento de
su instalación oficial la construcción de ningún edificio par-
ticular en el radio de 1.500 metros de su cerca.
90 LA ESPAÑA MODERNA
Art. 2.^ En el momento en que las Cortes aprueben y la
Corona sancione este proyecto de ley, se formará una Comi-
sión directiva y ejecutiva de la construcción del Panteón Na-
cional de Españoles Ilustres, compuesta del primer Vicepresi-
dente del Senado y un Senador delegado más, de los cuales el
uno ha de serlo Senador por derecho propio y el otro electivo;
del primei Vicepresidente y de un Diputado á Cortes delegada
para esta Comisión, del Reverendo señor Obispo de Madrid-
Alcalá, del Subsecretario del Ministerio de la Cober nación, del
Gobernador civil y Alcalde de Madrid, de dos individuos de
cada una de las Reales Academias Española, de la Historia,
de Ciencias naturales, físicas y exactas, de Ciencias Morales y
Políticas, de Bellas Artes de San Fernando, de Medicina y de
Jurisprudencia; de otros dos individuos del Ateneo de Madrid^
de la Sociedad de Escritores y Artistas, del Círculo de las Be-
llas Artes, de la Asociación de la Prensa y del Círculo Militar,
y finalmente, de dos señores curas párrocos de Madrid.
La Presidencia de esta Comisión corresponderá al Vice-
presidente de mayor edad entre los del Senado y el Congreso,
y habrá cuatro Secretarios: el primero, Académico de la His-
toria; el segundo, del Ateneo de Madrid; el tercero, entre la
Delegación de señores Párrocos, y el cuarto, de la Asociación
de la Prensa.
Art. 3.** La Comisión Directiva y Ejecutiva de la construc-
ción del Panteón Nacional de Españoles Hustres procederá in-
mediatamente á concordar entre las autoridades eclesiásticas
y civiles que intervienen en la constitución de los cementerios
clausurados y las Necrópolis de jMadrid la forma en que el
Ayuntamiento de la villa ha de incautarse de las Sacramenta-
les clausuradas, de los terrenos que ocupan, de los archivos
que posean y de todos los instrumentos que existen respecto á
los contratos hechos para la propiedad de las tumbas que en
los mismos se encuentren ocupadas, ya temporalmente, ya á
título de perpetuidad.
El Ayuntamiento de Madrid se encargará inmediatamente,
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 91
después de la incautación, de la guarda y conservación de los
cementerios y de sus tumbas y de la documentación de sus ar-
chivos, procurando que se mantengan en orden para poder
atender en el acto á todo género de reclamaciones de las fami-
lias interesadas en las sepulturas, cuyos derechos han de ser
reconocidos.
Art. 4.° La Comisión Directiva y Ejecutiva de la construc-
ción del Panteón Nacional de Españoles Ilustres concordará
con el Ayuntamiento de Madrid la forma de embeber en un
sólo proyecto la construcción del Panteón Nacional y la de la
segunda Necrópolis, hasta ahora no comenzada y denominada
del Oeste, con la condición precisa de reconocer en ellas los
derechos que asisten á las Archicofradías sacramentales, á las
que debidamente se les autorizó para establecer los cemente-
rios que se les han clausurado, para poder continuar en el te-
rreno que á cada uno se le fije los objetos de su instituto res-
pecto á sus mayordomos y congregantes, pudiendo trasladar á
ellos los monumentos, panteones y demás sepulturas perpe-
tuas que en sus respectivas Sacramentales existen, conservan-
do á las familias interesadas los derechos que habían adquiri-
do y haciéndose la traslación á costa del valor de los terrenos
que ocupan los cementerios clausurados, cuyos remanentes se
destinarán á los gastos de la obra general del Panteón Na-
cional.
Art. 5.° Para el costo de esta obra se permitirá al Ayun-
tamiento de Madrid: primero, la aplicación íntegra del presu-
puesto íntegro de la proyectada Necrópolis del Oeste; segun-
do, la aplicación de los remanentes, si los hubiere, de la venta
de los terrenos de los antiguos cementerios generales, del pro-
vincial y de las Sacramentales incautadas; tercero, el levanta-
miento de un empréstito en las condiciones que más favorez-
can los intereses del Municipio, cuyos intereses se han de pa-
gar, así como la amortización de sus acciones por sorteos anua-
les, de los productos del mismo Panteón. Este empréstito reci-
birá la garantía del Estado.
92 LA ESPAÑA MODERNA
Art. 6.° El Panteón Nacional se lia de construir en el lu-
gar denominado Cerro de los Angeles, término de Gretafe y
punto céntrico geográfico del territorio peninsular de la Mo-
narquía española, debiendo el Ayuntamiento de Madrid comi-
sionar inmediatamente á los arquitectos municipales para
pasar á dicho lugar, con el objeto de estudiar la topografía
del terreno, la disposición de las partes en que ha de dividir-
se, la extensión que se necesita para todo el plan de la obra_,
los medios de practicar las vías más expeditas que á él han de
conducir y el mejor sistema que se ha de adoptar para la ex-
pedición de los trenes funerarios, su abastecimiento de aguas
y todos los demás complicados servicios que han de correspon-
der á un establecimiento que, además del objetivo fundamen-
tal que lo crea, ha de satisfacer las crecientes exigencias que
en Madrid tiene el problema de la mortalidad y de la sepultu-
ra, que ya no cumple enteramente, como era lícito esperar, la
nueva Necrópolis de los campos de Valdemoro, ni aun los pro-
yectos de la del Oeste, que permanecen sin hacer.
Los arquitectos comisionados por el Ayuntamiento de Ma-
drid para este estudio, deberán presentar en el menor plazo
posible el plano de la ejecución, la Memoria facultativa que lo
desenvuelva y los cálculos económicos del costo, á fin de que
la inauguración de las obras puedan corresponder al día de la
declaración de la mayor edad de S. M. el Rey D. Alfonso XIII,
en conmemoración de cuyo fausto suceso ha de realizarse este
proyecto.
Art. 7."^ El Panteón Nacional ha de constar: 1.'' De una ca-
pilla monumental central, bajo la advocación de Nuestra Se-
ñora de los Angeles, para que en ella se conserve así el hermo-
so título que de tiempo inmemorial lleva la que ahora existe en
aquel sitio, como para que se mantenga en él el patronato que
esta inviolable devoción ejerce sobre la villa inmediata de (xe-
tafe, á cuyo término pertenece. 2.° De los patios superiores que
han de constituir el verdadero Panteón Nacional, destinados
exclusivamente á la sepultura de notorias ilustraciones del
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAÑOLES ILUSTRES 93
país, debiéndose consagrar el primero á los Obispos de Madrid-
Alcalá y á las del orden eclesiástico; el segundo á las de la
grandeza, títulos de Castilla y nobleza colegiada; el tercero á
los individuos del Ejército y Marina, á cuyo enterramiento en
diclio lugar no sólo tendrán derecho los que se hallen en Ios-
más altos grados de la milicia, sino los subalternos que hayan
ganado la Cruz de San Fernando, que se hayan distinguido
por inventos y adelantos especiales, y los que hayan produci-
do obras técnicas ó históricas dignas de perpetua memoria; el
cuarto, á todas las demás notabilidades del orden civil. 3.^ Lo&
patios inferiores, descendiendo siempre desde la cima del cerro
á sus faldas, se compartirán entre el Cementerio municipal
que ha de sustituir al proyectado con el nombre del Oeste, con
todas las divisiones que tiene la Necrópolis municipal del Este^
los terrenos que se destinen á las Congregaciones Sacramen-
tales á las que pertenecían los cementerios del Sur y del Norte
de Madrid que han de desaparecer absolutamente y á los que
se han de trasladar las sepulturas perpetuas que en la actua-
lidad existen en ellos, y finalmente, un extenso osario con ca-
pacidad suficiente para el ministerio importante que debe
desempeñar.
La red de comunicación que ha de establecerse entre unas
y otras partes, por medio de vías expeditas adornadas con ár-
boles propios de la naturaleza de estos parajes y platabandas-
y marcos de fiores adornadas, así como las que se han de es-
tablecer en el servicio interior de cada uno de estos compar-
timentos, deberán ser objeto de estudio especial, no sólo para
denotar estas divisiones, sino para que todas confluyan en de-
rredor de la capilla central, pues el Monumento Nacional de
la muerte consagrado á los Españoles Ilustres, no puede ser
sino esencialmente un Cementerio católico.
Art. 8.^ El orden de los monumentos, panteones y sepul-
turas monumentales que á costa de las familias de los muertos
hayan de erigirse, ya en campo abierto, ya en capillas aisladas,
ya en los muros interiores de la capilla común, será objeto de
94 LA ESPAÑA MODERNA
las determinaciones reglamentarias que establezca la Comisión
Directiva y Ejecutiva de la construcción del Panteón Nacional,
así como toda la reglamentación de su policía y de su economía.
En este último sentido, en el Panteón Nacional de Espa-
ñoles Ilustres solamente serán gratuitas las inhumaciones de
las notabilidades, de cualquier esfera que sean, que mueran en
' la pobreza.
Art. 9.^ Del registro mortuorio de los españoles ilustres
que sean enterrados en el Panteón Nacional, se dará cuenta
certificada por partidas de una en una á la E,eal Academia de
la Historia, y ésta las conservará en expedientes organizados
por orden alfabético, á los que se unirán cuantos antecedentes
biográficos el celo de tan benemérito Cuerpo se pueda propor-
cionar, á fin de formar un fondo opulento de noticias testifica-
les que sirvan de base al Diccionario general de laÍDÍografía
española cuando las atareadas ocupaciones de la Academia le
permitan acometer el inventario general de las glorias espa-
ñolas de que se carece todavía.
Art. 10. Una subcomisión de la Comisión Directiva y Eje-
cutiva de la construcción del Panteón Nacional pasará perso-
nalmente á reconocer todos los cementerios abiertos y clausu-
rados que existen en Madrid, así como las iglesias en que toda-
vía se conserven sepulturas monumentales de pasados siglos.
Esta subcomisión abrirá un expediente descriptivo á cada uno
de los sepulcros y enterramientos que conserven restos huma-
nos de españoles ilustres, y en los cementerios que han de des-
aparecer y en los que en lo sucesivo desaparezcan, recogerá
todos los vestigios artísticos que no puedan ser trasladados á
sus nuevas tumbas, formándose con ellos, y con las inscripcio-
nes funerarias que lo merezcan, una sección especial en el Mu-
seo Arqueológico Nacional, cuyo Director debe unir uno ó
más empleados de dicho establecimiento y pertenecientes al
Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólo-
gos, que ilustren con sus conocimientos y ayuden con sus tra-
bajos los de la referida subcomisión.
PANTEÓN NACIONAL DE ESPAf^OLES ILUSTRES 95
Art. 11 y último. Antes de disolverse la Comisión Direc-
tora y Ejecutiva de la construcción del Panteón Nacional de
Españoles Ilustres ha de dar por acabados todos los trabajos
de reglamentación, administración y economía á que se haya
de ajustar la existencia de este establecimiento, procurando
en todas sus determinaciones concordar siempre los intereses
de la potestad civil con la eclesiástica, los privativos del Pan-
teón Nacional con los particulares de la Necrópolis Municipal,
y los de éstas con las de las Congregaciones sacramentales,
cuyos derechos no caduquen.
La Comisión Directiva y Ejecutiva no cesará en sus fun-
ciones, hasta tanto que las obras y servicios totales del Pan-
teón Nacional estén completamente terminados y se haya
inaugurado activamente su importante Ministerio.
Madrid... de... de 1901.
Las siete firmas que debe llevar esta proposición ó proyec-
to de ley, son:
Como autor El Conde de las Almenas.
El Cardenal Sancha, Arzobispo
de Toledo.
' mayor.
El Conde de Cheste, Capitán Ge-
neral del Ejército, Director de
Dos grandes \ la Academia Española.
El Duque de Santo Mauro, ex-
Alcalde de Madrid.
I D. Francisco Fernández y Gon-
I zález, Rector de la Univer-
.f, .^ I sidad Central. — De la Real
Dos escritores <
\ Academia de la Historia.
Dos prelados ,^ ^
' El Obispo de Sion, Procapellán
El Marqués de Valdeiglesias, Di-
rector de La Época.
/
96 LA ESPAÑA MODERNA
III
El manuscrito trascrito es el original que en su poder con-
servaba el Conde de las Almenas, y que su hijo, el Marqués
del Llano de San Javier, á mis instancias, ha tenido la bon-
dad de devolverme. Aunque en San Justo se haya inaugurado
un conato de Panteón Nacional de Españoles Ilustres; aunque
á él se hayan trasladado en las fiestas de la mayor edad del
líey D. Alfonso XIII las cenizas de tres insignes varones de
la Minerva y del Arte español, los de Espronceda, Larra y
Eosales, creo que el Panteón no está fundado de una manera
definitiva y creo que las ideas expuestas pueden, para crearlo
con la importancia que demanda, servir de alguna utilidad.
Juan Pérez de Guzmán.
LA DEVASTACli EN EL SUR DE ÁFRICA
Si la guerra, como afirmaba el clásico soldado de nuestro
E-enacimiento, fue siempre «estrago, riguridad y muerte», la
lucha anglo-boer aventaja en rigor y ruina á las más asolad o -
ras de la Historia. La devastación del Palatinado; las corre-
rías de los Mariscales del primer Imperio, modelo en punto á
destruir y garbear, según prueban con pasmoso descaro los
papeles de la rica literatura napoleónica... son floreos y ha-
zañas livianas cotejadas con el arrasamiento sistemático y la
violencia carnicera que se han empleado para domeñar dos pe-
queñas E-epúblicas que ansiaban gozar de vida independiente,
y cuya población, con respecto á la que ampara la bandera
británica, está en la desproporción inmensa de 1 : 10.000.
Maravilla, en verdad, cómo raza tan diestra en los negocios
públicos, cual la inglesa, con personal de Vélite^ política y so-
cial cano y sagaz, ha podido caer en el pozo sin fin de esa lu-
cha que tanto ha mermado su concepto de pueblo heraldo de
derecho y del sentimiento á lo Arnold, y que tan al vivo ha
herido sus más vitales intereses. Sólo se explica, á nuestro
ver, tan raro caso, por aquella embriaguez de gloria y de po-
derío que á las veces domina á las naciones, cual ocurrió á la
España del siglo xvi, que perdió la noción de sus destinos co-
rriendo por Europa y por las Indias cegada por el centelleo
de las picas y de los arcabuces de sus tercios, y como en tiem-
E. U.— Julio 1902. 7
98 LA ESPAÑA MODERNA
pos más cercanos aconteció á la Francia napoleónica, justa-
mente enloquecida por el genio de su Titán y la brava destre-
za de sus tenientes y legionarios.
De esa suerte también, el imperialismo creciente durante
el largo reinado de Victoria ha trastornado el juicio de gentes
tan prácticas y sesudas como las de Grran Bretaña, llevando
sus apóstoles insaciables y briosos á la política metropolitana
por rumbos distintos á aquellos por donde en días no muy le-
janos la llevase con gloria, abundancia y respeto general, el
espíritu levantado del liberalismo gladstoniano. Por eso, los
pseudo-estadistas que manipulan los negocios públicos en los
Consejos reales y sus devotos ilusionistas del rabioso «jingoís-
mo», han pretendido realizar el milagro de que los errores de
la dirección y las codicias desenfrenadas de una tendencia gu-
bernamental, pudieran ser enmendadas por las armas, aplas-
tando una raza vigorosa, benemérita de la civilización, cuyos
hechos relampaguearán siempre con brillo que no igualarán,
■ciertamente, ni la opulencia ni los elementos amasados por el
poder más fabuloso que ha conocido el mundo.
Caminando por el despeñadero de sus codicias de dominio,
los pueblos, como los individuos, se precipitan, amontonando
errores y pecados sin tasa, ayudados por elementos que cons-
piran en su daño. Así, Inglaterra, por virtud de sus fáciles
triunfos de toda hora en África y en Asia, contra aschantis,
afghanes y matabeles, creyó empresa fácil la conquista de los
Estados boers; fiada en la fortaleza increíble de su nota de
<3ombate, abandonó sus Instituciones militares terrestres; hin-
•chada por sus tesoros de toda clase, no reparó en sacrificios
ni en avasallamientos. Y el producto de los errores de su polí-
tica, de los desequilibrios de sus fuerzas marciales, de sus pre-
cipitaciones y flaquezas de todo orden, ha sido esa lucha de cer-
ca de tres años, con unos pobres granjeros celosos de su vida
nómada y feliz, abandonados á sus flacos recursos materiales,
creyentes iluminados que pelean con la Biblia por consejera y
■el Maüsser y el Lee-Metford como garantía de sus triunfos.
DEVASTACIÓN EN" EL SUR DE ÁFRICA 99
El patriotismo viril de Inglaterra, herido por los desastres
inacabables en el Tugela y en el Modder, en el Orange y en
©1 Vaal, suplió con facilidades y medios algunas de las defi-
ciencias de la dirección; mas no pudo crear Instituciones,
fuerza generadora, manantiales del poderío de un pueblo,
porque estas cosas vienen á ser como los bosques seculares
■cuyas encinas y cuyos pinos robustos y enhiestos, son la obra
de los años y no pueden improvisarse con derroches de oro ni
de entusiasmo. Y como no le fue posible crear Instituciones,
pese á sus ansias y á su vigor, tampoco alcanzó en el teatro
déla guerra más éxitos que aquellos derivados de la despro-
porción de elementos y de tal cual descuido ú obcecación de
sus adversarios. Pero al advertir los pobres burghers la ava-
lancha «innúmera como las arenas del desierto» que lord E,o-
berts llevara para aplastarles, con toda la balumba de máqui-
nas y engeños de destrucción, que puede suponerse en nación
tan próspera como Grran Bretaña, apelaron á la guerra de los
débiles, á la lucha nacional, ardiente, dura, ardidosa, lleván-
dola con una gallardía y un tesón tan admirables, que será
siempre el modelo en que se inspirarán cuantos poderes teman
el aplastamiento por colosos desenfrenados. Y los De Wet, los
Delarey, los Botha, los Kruitriniger, los Beyers, los Malán,
realizaron la epopeya que un siglo atrás, en lucha fiera con el
primer Capitán de la humanidad, trazaran en las estepas y en
los riscos de la Península los Mina, los Sánchez y los Empe-
cinado.
Nerviosa y molesta la Metrópoli, ó por lo menos aquella
parte bullidora del imperialismo dominante, pidió rigores y
durezas para cortar una guerra que ha costado á Gran Bretaña
más de lo que gastase en sus campañas contra Napoleón. La
flaqueza de la política y su ceguera conspiraron para llevar la
desolación y la ruina á dos pueblos antes dichosos, extreman-
do el rigor á tal punto, que la cristiandad generosa y no pica-
da de las demasías «jingoístas», contando en ella la masa sana
•ó imparcial de la noble Inglaterra, se levantó en unánime pro-
100 LA ESPAÑA MODERNA
testa elocuente, briosa y estéril que contrastó ciertamente con
la reserva y pasividad de los Estados oficiales, respetuosos
ante el orgullo británico, que sustentaba intacto y con talante
poco tranquilizador las escuadras que llevan su gloria y su ri-
queza por todas las aguas del planeta.
Un resumen documentado de la lucha cruenta y salvaje,
tan triste para los que vejan como para quienes sufren, va á
probar la impotencia de las armas británicas, á las que el es-
tadista encomendó la solución de un problema, que es absurdo
en política, á saber: la conquista de un pueblo viril mediante
la guerra de fuego... Absurdo que se transformó en principio
cierto por la pasividad de los poderes constituidos, quienes,
pese á la opinión universal, amadora del heroísmo legendario
y caballeresco, toleraron la estrangulación lenta ó implacable
de un puñado de titanes que ha tenido á raya al ejército más
nutrido y mejor dotado que Gran Bretaña levantara en el cur-
so de su existencia brillante y dominadora.
La leyenda negra, formada por la pasión de unos y por la
codicia oculta del coloso norteamericano, en torno á la políti-
ca militar del General Weyler en Cuba, se ha transformado
en obra de previsión y de mansa filantropía ante los desmanes
del mando inglés en Sur de África. El Comité londinense déla
Paz, en su valientísima campaña contra el sangriento descaro
del «jingoísmo», publicó documentos tan sabrosos como el ti-
tulado «Weylerismo sin los motivos de Weyler», en el que se
leía: «El General español procuró pacificar la isla de Cuba por
análogos procedimientos á los que em.plean nuestras columnas;
y de tal modo se escandalizó la conciencia universal, que los
americanos pusieron término á la tiranía. Pero el General es-
pañol tenía en su abono varias disculpas que ni lord Roberts
ni el General Kitchener pueden alegar. Los cubanos eran in-
DEVASTACIÓN EN EL SUH DE ÁFRICA 101
surrectos que habían cometido horribles excesos, robado y
asesinado durante años, y habían reducido á la miseria á los
habitantes pacíficos del país. En el Transvaal y en el Orange,
sólo por una perversión del sentido, así jurídico como moral,
puede calificarse de insurrectos á los burghers. Sin entrar en
consideraciones acerca de la razón ó sinrazón que fue causa
del conflicto, sin ocuparnos tampoco do los manejos diplomá-
ticos de Mr. Chamberlain, es incuestionable que los boers es-
tán peleando en defensa de su propio país y de una causa que
ellos estiman justa. Además, han combatido y combaten con
tan gallardo espíritu humanitario, que sirven de admiración al
mundo civilizado.»
Cierto corresponsal del Manchester Guardián^ que iba con
la columna Mahón en la fácil marcha triunfal de Kimberley á
Bloemfontein (1), escribía con sincero pesar... «El camino que
recorremos es una verdadera desolación; las casas, las hacien-
das, todo ha sido, además de saqueado, destruido de una ma-
nera salvaje: sólo en diez millas hemos quemado seis granjas.
Yo he visto quemar las fincas, los muebles, los víveres, las
camas de los niños y hasta los armarios en que guardaban la
ropa... Y al ver á aquellos desgraciados seres sin pan y sin
abrigo, mi corazón sintió repugnancia y vergüenza...»
Hemos traído esas referencias particulares tomándolas de
las mil y una dadas á conocer por escritores ingleses, para que
se discurra acerca de los documentos que vamos á extractar,
tomándolos de los libros azules presentados al Parlamento
«por mandato de Su Majestad». '^
Antes de que las falanges numerosísimas de Lord Roberts
iniciasen su marcha á Bloemfontein, los Presidentes Kruger
(1) El dato se refiere ó las operaciones realizadas por el Generalísimo
lord Roberts, que dieron por resultado la capitulación del General Croaje
en los vados del Modder en Febrero de 1900. Aún, pues, no había comen-
zado la guerra nacional ó de guerrillas; con la que el mando inglés quiso
cohonestar, más tarde, su conducta.
102 LA ESPAÑA MODERNA
y Steyjn dirigían el siguiente documento al Comandante en
Jefe británico :
«Sabemos por muchos conductos que las
Núm. 1. — Bloem- ^ ^
foutein, 3 de Fe- tropas británicas, faltando á los usos establecí-
brero de 1900.
dos para la guerra, lian destruido , incendián-
dolas ó volándolas con dinamita, las casas y fincas de labor, de-
vastando las granjas y los enseres que en ellas había. Con tales
procedimientos dejan con frecuencia sin alimento y sin abrigo
á mujeres y niños indefensos. Tales cosas suceden no sólo en
los lugares donde los cafres obran impulsados por oficiales in-
gleses, sino también en la Colonia del Cabo y en el Estado li-
bre, donde bandidos de raza blanca salen del teatro de la gue~
rra con la deliberada evidente intención de asolarlo y des-
truirlo todo, sin razón alguna que pueda justificarlo dentro^
de los usos de la guerra, ni sirva en ningiín concepto para fa-
vorecer ni apoyar las operaciones.
Nosotros protestamos encarecida y enérgicamente contra
semejantes actos. — Firmado.»
A lo cual contestó Lord Roberts desde la ciudad del Caba
con el despacho:
<<E.ecibo el atento telegrama de Vuestro Ho-
Núm. 2.-5 Febrero ^ °
de 1900. ñor en que acusan á las tropas británicas de la.
destrucción de propiedades, en contra de los usos establecidos
para la guerra regular, y de bandidaje y destrucción. Estos
cargos se hacen en términos generales y abstractos, no men-
cionando ningún caso particular, ni dando pruebas que lo evi-
dencien. He visto en la Prensa las mismas denuncias, pero en
ningún caso que haya llegado á mis noticias, se han concreta-
do ni probado.
Las tropas británicas han recibido las más severas instruc-
ciones para respetar las propiedades particulares, en tanto que
esto sea compatible con la realización de las operaciones mili-
tares. Todo atropello ó perjuicio que sin necesidad se cause á
los habitantes pacíficos, es contrario á las tradiciones inglesas^.
y si fuera necesario, serían rigurosamente castigados por mí.
DEVASTACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 103
Deploro que Vuestro Honor se haya hecho eco de la falsa
afirmación de que los cafres han sido impulsados y alentados
por oficiales ingleses para cometer depredaciones. En el único
caso en que los indígenas subditos de S. M. han cometido
atropellos, lo hicieron obrando en contra de las instrucciones
del oficial inglés que había en las inmediaciones, cuyas ope-
raciones desconcertaron por completo. Las mujeres y los ni-
ños hechos prisioneros por los indígenas fueron reintegrados á
sus hogares por la intervención del mismo oficial.
Siento decir á Vuestro Honor que las fuerzas republicanas
son las que en algunos casos han procedido en la guerra con-
tra los usos establecidos entre pueblos civilizados. Me refiero
especialmente á la expulsión de los subditos leales de S. M. de
sus respectivos hogares, en los distritos invadidos de la Colo-
nia del Cabo, por el hecho de negarse á las exigencias del in-
vasor. Resulta bárbara la tentativa de forzar á los hombres á
que obren en contra de su propio soberano y de su país, ame-
nazándoles con la expatriación y con la expulsión. Hombres,
mujeres y niños han tenido que abandonar sus hogares, obli-
gados por tales procedimientos, y muchos de aquellos que an-
teponían medios para vivir holgadamente, están hoy á merced
de la caridad.
Que la guerra cause perjuicios y penalidades á los habitan-
tes pacíficos, es una cosa inevitable; pero tanto el deseo del
Gobierno de S. M. como el propio mío, es proceder en forma
que resulte el menor daño posible á los habitantes pacíficos y
, á las propiedades particulares; y espero que Vuestro Honor
impondrá su autoridad para conseguir que por su parte se pro-
ceda de igual modo. — Firmado.»
Todavía en vísperas de abandonar la Ciudad del Cabo, de-
cía el Generalísimo á ambos Presidentes, á la sazón en Bloem-
fontein, lo que reza el documento
Núm. 3.-12 Febre- Como Continuación á mi telegrama del 5 de
rodé 1900. ^g^^ ^^^^ -j^q de llamar la atención de Vuestro
Honor acerca de la innecesaria destrucción de propiedades
iOl LA ESPAÑA MODERNA
realizada por las fuerzas boers en el Natal. Dichas fuerzas, no
sólo han utilizado á su placer el ganado y otras propiedades
de los hacendados sin pagarles, sino que han destruido com-
pletamente todo lo que contenían las granjas y casas de la-
branza. Como ejemplo puedo citar la finca «Longwood», pro-
piedad de Mr. Theodore "Wood, inmediata á Springfield. Hago
notar cuan distinta es la conducta de las tropas inglesas. Se
me ha informado de Modder E,iver, que las fincas que se hallan
dentro del área actual del campo británico nunca han sido
ocupadas ni molestados sus habitantes, y que sus casas, jar-
dines y cosechas han sido en absoluto respetadas.»
%
Luego de posesionarse de Bloemfontein, lord E»oberts,
aparte otras medidas, manifestaba á los Presidentes de las dos
E-epúbiicas lo siguiente:
C. 1575. En 26 de Marzo, y en nombre del Gobierno de S. M., publi-
qué la siguiente jiroclama:
Núm. 4.-13 Mayo «Por la presente se hace saber, que toda
^® ^^^' persona que dentro de los territorios de la Re-
pública sud-africana ó el Estado libre de Orange, cometiera,
autorizara, aconsejara, ayudara ó concurriera á la destrucción
ó daño de las propiedades públicas ó particulares, no justifica-
dos como de necesidad para la guerra, dentro de los usos es-
tablecidos por la civilización, serán responsables con sus per-
sonas y bienes de los mencionados hechos de destrucción ó
daños. — Lord Roberts.»
Por su parte, los boers replicaron con los siguientes docu-
mentos:
Núm. 5.-16 Mayo «Eli contestacióu al telegrama de S. E. con
^® ^^^' el texto de su proclama de 26 de Marzo, deseo
hacer constar que yo, durante la guerra y antes de ahora, he
tomado enérgicas medidas para impedir que se destruyeran,
perjudicaran ó tomaran las propiedades y mercancías públicas
y particulares, y que he castigado á cuantos han faltado á di-
DKVA.STACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 105
chas Órdenes. Pero hasta ahora, no he visto que S. E. ha^^-a
impuesto castigo á persona alguna, á pesar de mis protestas.
B-epetidas veces hemos notificado á S. E. la comisión de los
hechos punibles de referencia, peío S. E. ha rehusado perso-
nalmente el ordenar se hicieran averiguaciones. Por el con-
trario, sus tropas continúan cometiendo las mayores barbari-
dades; por ejemplo, hace algunos días, el Gobierno de la Re-
pública recibió el siguiente informe oficial acerca de lo hecho
por sus tropas en la frontera occidental:
«Es terrible la forma en que las tropas están asolando las
propiedades en el distrito de Vryburg. Los enfermos han sido
sacados de sus casas y abandonados en el campo, mientras
eran quemadas sus fincas y sus muebles. Degollaron las ove-
jas, fusilaron el ganado y lo destruyeron todo. El enemigo
está procediendo tan bárbaramente, que ha llegado al extre-
mo de exhumar un cadáver recién enterrado y tirarlo en el
campo.» El G-obierno declara responsables de tan criminales
hechos á las tropas y oficiales que los han cometido, y si Su
Excelencia no los castiga, el Gobierno le declara asimismo
responsable, y como á tal juzgará á S. E. — Comandante Ge-
neral, Luis Botha.»
Núm. 6.— 18 Marzo C. 1.684. «En coutestación al telegrama de
^®^^^' Vuestro Honor, de 16 del corriente, he de con-
testarle, como he hecho siempre á sus telegramas referentes á
supuestos desmanes cometidos por las tropas inglesas, mani-
festándole que la queja debe ser presentada cuando ocurra el
hecho, al mismo jefe militar del campo y sobre el terreno. Sin
embargo, he hecho indagaciones en todos los casos de que me
ha dado noticia, y he encontrado que carecen de fundamento.
Estoy seguro de que su queja de ahora es igualmente infun-
dada; pero no obstante, las he cursado al General Hunter, que
es el que manda el distrito á que se refiere. Como el distrito de
Yryburg forma parte de los dominios de S. M., yo soy el úni-
co responsable al Gobierno de la Reina del comportamiento de
mis tropas en aquel distrito. — Roherts.»
106 LA ESPAÑA MODERííA
Núm. 7.-19 Mayo El telegrama de S. E., C. 1.676, es justicia.
^^1^°^* hecha al honorable Presidente del Estado li-
bré de Orange. Tengo el honor de contestar á la proclama
de V. E., de 26 de Marzo, cuyo texto he anotado. Confío en
que aquellas de sus tropas que hayan obrado ú obren en lo
sucesivo en contra de la proclama de referencia, serán severa-
mente castigadas. Para su informe, me permito noticiarle que
las siguientes haciendas y otras, han sido destruidas por las
tropas á su mando: Perzikfontein, de la propiedad del coman-
dante P. Fourü; Paardekraal, perteneciente á P. Fourü (me-
nor); y Lecuw Kop, hacienda de Christián Bichter, todas en el
distrito de Bloemfontein; délas demás haciendas, S. E. tendrá
conocimiento. — El Jefe Comandante, C. de Wet.
C. 1.737. Al telegrama de Vuestro Honor, de 19 del corriente.
Núm 8 ^^ tomado amplias medidas para asegurar
20 Mayo 1800. la protccción de las propiedades públicas y par-
ticulares, por las tropas á mi mando. En Perzikfontein se que-
maron los almacenes de forraje para evitar que cayesen en
manos de las partidas de merodeadores que infestan el distri-
to, pero no se tocó á la casa ni se le hizo daño alguno.
Las haciendas de Paardekraal y Leeuw Kop fueron des-
truidas por orden mía, en vista de que no obstante enarbolar
bandera blanca en las casas, se hacía fuego á mis tropas des-
de la finca; otras dos haciendas, cerca de Kroonstadt, han
sido también destruidas de mi orden y por análogas razones,
y continuaré castigando tales casos de traición con la destruc-
ción de las haciendas en que ocurran. — Róberts.
Excelencia: Con gran disgusto mío tengo que
Núm. 9.-4 Julio. ,... ,.o(t-» r^ ' ' ^
dirigirme nuevamente a o. .hj., reliriendome
á la innecesaria y punible destrucción de las propiedades par-
ticulares y daños causados en las mismas, y al mismo tiempo
al inhumano tratamiento y aun atropellos cometidos por las
tropas de S. M. británica eli la E-epública sud-africana y en
las personas de mujeres y niños indefensos.
DEVASTACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 107
Constantemente estoy recibiendo quejas de que las vivien-
das y hogares son saqueados, y en algunos casos totalmente
destruidos, quitando á las mujeres y niños las provisiones que
tenían para su alimento, y viéndose, por tanto, obligados és-
tos á vivir errantes, sin abrigo y hambrientos. Para citar al-
gunos de estos casos en concreto, he de decirle: que acaba de
llegar á mi conocimiento, bajo declaración jurada, que la casa
del oficial de caballería (Field-Cornet) S. Buys, en la hacien-
da que tiene en el distrito deLeeuwspricet, en Middelburgo, ha
sido quemada y destruida el 20 de Junio último. A su esposa,
que se hallaba en la casa, sólo se le dieron cinco minutos de
tiempo para sacar sus trajes y camas, y después de sacados se
los quitaron. Las provisiones, el azúcar, etc., todo se lo arre-
bataron; de modo que, tanto ella como sus niños, se quedaron
sin alimento y sin ropas para la siguiente noche; después la
exigieron la llave de la caja de caudales, y cuando la hubo en-
tregado, la amenazaron con una espada para que diese el di-
nero. Todo el metálico que había en la casa, así como los pa-
peles y documentos que existían en la caja, fueron robados, y
lo que no pudieron llevarse fue destruido. La casa del hijo de
este oficial fue también destruida, arrancadas las puertas y
ventanas, etc.
Se me ha informado también que mis propiedades en la
hacienda de Varkenspriut, distrito de Standeston, así como
la casa del oficial Badenhorst en la inmediata hacienda, han
sido totalmente arrasadas, y que el ganado que no se llevaron
fue muerto y abandonado en el campo. En comprobación exis-
te la declaración jurada de la señora Hendridck Badenhorst,
que depone como testigo presencial.
No puedo creer que tales impiedades y barbaridades se co-
metan con el consentimiento de S. E., y, por tanto, creo en
mí un sagrado deber protestar muy enérgicamente contra
esas destrucciones y ansias miserables de bajas venganzas,
que son enteramente contrarias á la guerra civilizada.
Confío en que S. E. tomará las medidas necesarias para
108 LA ESPAÑA MODEUNA
castigar á los autores de semejantes hechos, 3^ en interés de
la humanidad, pido á S. E. que use de todo el poder de su
autoridad para poner fin á la devastación que están realizando
las tropas á su mando. — Luis Botha.
Núm. 10. Excelencia: Con verdadero sentimiento de
10 Julio 1900. gran indignación, me entero cada día de la cri-
minal devastación de las propiedades que está realizando en
este Estado el ejército á su mando. Las casas y otras propie-
dades son destruidas y quemadas, fundándose para hacerlo en
todo género de excusas y pretextos; las mujeres y los niños
indefensos son tratados con escarnio y denuestos y lanzados
de sus casas, dejándolos á la intemperie, sin más abrigo que
el cielo. Con tales procedimientos se les causan sufrimientos
tan grandes como innecesarios. Entre otros muchos casos
puedo citar los siguientes:
Inmediaciones de Lindley: haciendas de Hermanns Pieter-
se, Jacobus Pieterse, Cristian HattinghjE-oclolf Jourie, Adrián
Cilliers, Daniel Momberg y Gert. Rantensbach.
Inmediaciones de Heilbron: las de Hendrik Meyer, Mathys
Lourens y Jan V'oslov.
Todo lo que pertenecía á dichas personas ha sido quemado
y destruido.
La esposa del general Roux fue lanzada de la granja que
habitaba en Senekal; la del general J. Gr. Luyt, tratada gro-
seramente en Heilbron, y la del comandante P. H. deVilliers,
echada sucesivamente de dos casas en Ficksburg. Tengo cono-
cimiento de otros muchos casos, pero para mi propósito no es
necesario enviar á S. E. una lista completa de todos ellos.
Confío que, en nombre de nuestra común civilización y
humanidad, S. E. habrá castigado á los culpables ó impedirá
que, en lo sucesivo, se perpetren semejantes hechos.
No obstante, si las tropas bajo el mando de S. E. conti-
núan asolando el país de una manera tan contraria á los prin-
cipios de la guerra civilizada, me veré obligado, aun cuando
sea en contra de mis propios sentimientos, á tomar represalias
DEVASTACIÓN EX EL SUR DE ÁFIilCA 109
en las casas y propiedades de los subditos ingleses que hay en
el Estado libre de Orange, así como en las de aquellos que ra-
dican en la. Colonia del Cabo, procediendo en forma que pon-
ga cofco á tantas atrocidades.
Inspirado en el deseo de proseguir esta infortunada lucha
en los términos que dicta la humanidad, me siento impulsada
á escribir á S. E. esta carta, confiando en que la recibirá é
interpretará con el mismo espíritu con que está escrita.
Con el más grande respeto, tengo el honor de quedar su
más obediente servidor. — C. R. De Wett.
Desde la capital de la E-epública sud-africana, y mientras
procuraba el generalísimo asegurar su línea de comunicacio-
nes y de avituallamiento con los puertos de la Colonia del
Cabo, sostenía con los Jefes boers la siguiente corresponden-
cia, cuya atenta lectura exime de todo comentario:
Cuar'lel general del Ejército del Sur de África, Pretoria 28 Julio 1900.
Vuestro Honor: En contestación á su carta
de 4 de Julio de 1900, he de decirle que he reci-
bido informes de todos los oficiales generales que tenían man-
do de tropas en las inmediaciones de Pienaars Poort en 17 de
Junio, y de las averiguaciones por ellos practicadas, con refe-
rencia á los particulares de su comunicación, aparece que es
materialmente imposible que los ultrajes que Vuestro Honor
denuncia pudieran haberse cometido por las tropas á mi man-
do. La hacienda de Elandshoek está situada dos millas más
allá de la línea ocupada por nuestros puestos avanzados, y
hasta una semana después de la referida fecha no fue visitada
dicha finca por patrullas de nuestro ejército, á tal extremo,,
que nuestros soldados ignoraban que existiera. En 17 de Julio,
el oficial comandante en Pienaars Poort montó el piquete á
las cuatro de la tarde, y entre esta hora y las once de la ma-
ñana del 18 nadie pasó por Poort. Del piquete no se separó ni
un solo hombre hasta las once de la noche, en que salió una
patrulla, que se incorporó media hora después. Es increíble
lio LA ESPAÑA MODEENA
que los soldados abandonaran su puesto con solo el propósito
de arriesgarse á ser muertos, no sólo por las patrullas de
Vuestro Honor, sino por nuestros mismos piquetes. Además
he de hacer notar á Vuestro Honor que la hacienda Elands-
hoek ha sido visitada con frecuencia por patrullas mandadas
por oficiales, desde el 24 al 30 de Junio, y que nadie se ha
quejado á dichos oficiales del supuesto ultraje; y que al venir
á Pretoria, para su propia seguridad, la señora Badenhorst y
su padre tampoco han hecho reclamación ni expuesto queja
alguna.
Todavía no he recibido contestación del Oficial general
Comandante de Standerton, acerca de la destrucción de las
haciendas de Vuestro Honor y las colindantes. Espero que los
informes comprueben que no hay fundamento para la queja,
porque he dado las más enérgicas órdenes para que sólo en
determinados casos, cuando sean cortadas las vías férreas ó
las líneas telegráficas, ó nuestras tropas sean hostilizadas des-
de las fincas y haciendas, se proceda á destruirlas, pero nunca
en los demás casos. Me consta que hasta el 4 de Julio, fecha
de vuestra carta, no había tropas nuestras en el distrito de
Middelburgo.
Me repito sinceramente vuestro, — Eoherts^ Feld-Mariscal
Comandante en Jefe, Sur de África.
Al Comandante general Luis Botha:
Cuartel general del Ejército del Sur de África, Pretoria 3 Agosto 1900.
Vuestro Honor: Por conducto del Greneral
Núm. 12.
Sir A. Hunter, he recibido hoy su carta, fechada
el 10 de Julio de 1900.
Como Vuestro Honor sabe perfectamente, desde que las
tropas británicas de mi mando penetraron en el país, se han
tenido siempre las mayores consideraciones á los habitantes
de todas clases de la colonia del río Orange.
Posteriormente, muchos de mis soldados han sido fusilados
desde las casas de las haciendas, sobre las que se había enar-
DEVASTACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 111
bolado bandera blanca; se han cortado las vías férreas y tele-
gráficas y se han destrozado los trenes. En su consecuencia,
yo he creído necesario, después de avisar á Vuestro Honor,
tomar las medidas conducentes, y que están sancionadas por
las costumbres de la guerra, para poner fin á estos hechos y
otros semejantes, y he quemado las casas de las haciendas en
las cuales ó en cuyas inmediaciones se han perpetrado los re-
feridos hechos; y esto continuaré haciendo siempre que consi-
dere que el caso lo exige.
Por tanto, si las mujeres y los niños han quedado sin casa
y sin hogar, culpa es de los burghers á su mando; pero Vues-
tro Honor ha sido mal informado, cuando se le ha dicho que
se ha maltratado á esa pobre gente, siendo así que siempre, é
invariablemente, se ha hecho cuanto es posible para disminuir
los perjuicios é incomodidades anexos á tales despojos.
El remedio está en las propias manos de Vuestro Honor.
La destrucción de la propiedad es para mí detestable, y me
sentiré grandemente complacido cuando la cooperación de
Vuestro Honor en el particular haga innecesario tal proce-
dimiento , — Eoberts .
Cuartel general del Ejército del Sur de África, Pretoria 5 Agosto 1900.
Vuestro Honor: En contestación á su carta
Núm. 13.
del 4 de Julio, le incluyo un extracto de una
carta de Sir Redvers Buller, en que manifiesta las razones
que tuvo para quemar las fincas de Varkenspriut y otras del
distrito de Standerton. Aun cuando soy enteramente opuesto
á que se causen sufrimientos innecesarios á sus burghers, y
más aún á que se inflijan á mujeres y niños, no puedo evitarlo,
desde el momento en que las tropas de Vuestro Honor, ó sus
hombres, se sirven de dichas fincas como base para realizar
correrías contra las líneas férreas, y como parapetos protec-
tores para hacer fuego desde ellas á nuestras patrullas y par-
tidas poco numerosas. — Eoherts.
112 LA espa:&a moderna
Extracto de un informe de Sir Bedvers Buller, General Comandante de
las fuerzas que operan en el Natal, fechado el 24 de Jidio de 1900.
Secretario militar: No tene^o noticia al2:una
Núm. 14. n 1 T
de los necnos que se afirma naber ocurrido en la
finca de S. Buys. En los Estados de Zandfontein y Varkens-
priut, fueron destruidas por mi orden las siguientes hacien-
das, pertenecientes á
1. Sra. Dick Badenhorst, Zandfontein.
2. A. Vessels, Zandfontein.
3. J. Hans Badenhorst, «Kopje Allein».
4. Lewis Botha, Varkenspriut.
5. Sres. Cloete, «Kopje Allein».
6. A. J. Badenhorst (abandonada).
Las razones que expreso á continuación, me indujeron á
dar la orden de referencia.
A mi entrada en el Transvaal publiqué la proclama A para
que fuese ampliamente distribuida en todos los puntos que re-
corría en mi marcha. Desde Volksrust hasta llegar á Sander-
ton, marchamos sin encontrar resistencia alguna; poco des-
pués de nuestra llegada á dicho punto, nos cortaron varias
noches las líneas telegráficas, y se hicieron tentativas para
causar averías en la línea militar, colocando en ella cartuchos
de dinamita con falminantes. Estas tentativas se hicieron en
el campo más próximo á las haciendas indicadas. En su vista,
ordené redoblar la vigilancia, y se comprobó que dichos aten-
tados no se cometían por fuerzas regulares, sino por bandidos
errantes que encontraban abrigo durante la noche en las refe-
ridas casas que he destruido, sirviéndose de ellas para asesinar
á nuestras patrullas y causar averías en la línea. Después me
he enterado con evidencia, que los perpetradores de tales he-
chos venían de Varkenspriut, y regresaban después de haber-
los cometido. Ordenó que se llevasen personalmente á cada
casa, y que se hiciese saber á todos los arrendatarios y cria-
dos, que no se permitía prestar amparo á las mencionadas de-
DEVASTACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 113
predaciones; y que los que viviendo bajo nuestra protección
consintiesen la entrada en sus casas á semejantes hombres, su-
frirían las consecuencias y sus fincas serían quemadas. Esta
advertencia surtió algún efecto durante uno ó dos días, pero
el 1.® y 2 de Julio volvieron á cometerse los mismos hechos;
y el 7 de Julio, teniendo prueba plena de que las casas de re-
ferencia servían de abrigo á personas que nos eran hostiles, y
que, sin embargo, no pertenecían á fuerza organizada, y en
el hecho obraban como bandidos, ordene la destrucción de las
fincas.
Las mujeres y los niños que las ocupaban fueron traslada-
dos á otros puntos con las menores molestias posibles.
PEOCLAMA (A)
Las tropas de la Reina Victoria se hallan re-
corriendo el Transvaal. Su Majestad no hace la
guerra á los individuos del país; por el contrario, desea evi-
tarles en lo posible los horrores de la guerra. La lucha es en-
tre Inglaterra y el Gobierno, no con el pueblo del Transvaal.
Contando con que éste permanezca neutral, nada se hará
que pueda perjudicar á los que habitan en las inmediaciones
de las líneas de marcha; se les dará toda la protección que sea
posible, y si fuese necesario ocupar algunas de sus propieda-
des, se les pagará por ellas.
Pero al mismo tiempo, aquellos que residan en la proximi-
dad de las referidas líneas, están obligados á respetar y man-
tener su neutralidad, y serán responsables con sus personas y
propiedades, de cualquier avería ó daño que se haga en las
vías férreas ó líneas telegráficas, así como de las violencias
que se ejerzan sobre cualquier individuo de las faerzas britá-
nicas en las cercanías de sus casas. — (Publicado por Sir Red-
vers Buller.)
E. M..— Julio 1902. 8
114 LA ESPAÜTA MODERNA
Campamento del Comandante general^ 15 Agosto 1900.
Excelepcia: Como resultado de las informa-
Núm.16. . , T , 1
Clones por mi dispuestas, puedo asegurar que es
un heclio, demostrado por la fe de declaraciones juradas, que
las familias bien acomodadas que vivían en las fincas del cam-
po han sido arrojadas de sus casas, y sus propiedades han sido
confiscadas ó destruidas. En todos los casos sus tropas se han
apoderado de los vehículos de transporte, de manera que, á
veces, ha sucedido que las mujeres con sus niños, privados en
tal forma de sus propiedades, tuvieron que andar muchas mi-
llas para encontrar alimento, abrigo y la protección de los
burghers. No puedo menos de llamar su atención, manifestán-
dole que lo que hacen las tropas al mando de S. E. es entera-
mente contrario á los principios de la guerra civilizada.
Le hago saber los referidos hechos porque no puedo creer
que obedezcan á instrucciones de S. E., y como, sin embargo,
se realizan por las tropas á sus órdenes y supremo mando,
confío en que S. E. hará 'que cesen esos hechos atroces y esos
actos de barbarie.
Es de notar que siempre que capturamos á pequeños gru-
pos de vuestras tropas, por la comisión de los hechos mencio-
nados, alegan que son exploradores; pero, en realidad, no son
otra cosa que hombres esparcidos en grupos, que se separan
del grueso de la fuerza para merodear y robar; y no puede
exigirse ni esperarse que cuando se consigue captura á seme-
jantes bandidos, se les trate como á prisioneros de guerra.
Con respecto al informe de Sir E.edvers Buller, niego ro-
tundamente que fuerza alguna de nuestros burghers se oculte
ni se haya ocultado en las cercas que menciona; y por tanto,
únicamente comprendo que la destrucción de dichas casas ha
obedecido á un espíritu de venganza, toda vez que mis coman-
dos estaban situados al Nordeste de la vía férrea, y las casas
destruidas radican todas al Sudeste de la misma.
DEVA8T ACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA 115
__ 1
La casa del Comandante Buys, á la que me refería en mi
carta del 4 de Julio último, se hallaba situada en el distrito del
Heildelberg, y no en el Middelberg, como, según parece, cree
Su Excelencia. Esta arbitraria destrucción de fincas continúa
todavía, y yo tengo que protestar de nuevo y enérgicamente,
como lo hago.
Al mismo tiempo, pongo en conocimiento de S. E. que en
ia actualidad se están bombardeando fincas en las que sólo
hay mujeres y niños.
Luis Botha.
Cuartel general del Ejército del Sur de África; Pretoria, 23 de Agos-
to de 1900.
Señor:
Núm. 17.
Vuestro Honor me manifiesta que familias bien acomoda-
das, que vivían en sus fincas y que no nos eran hostiles, han
«ido expulsadas de sus casas y que se las han quitado ó des-
truido sus propiedades. Esto es perfectamente exacto, pero no
en la forma y sentido que implica su carta. Los burghers, que
no son hostiles al Grobierno británico y que desean someterse
á mi autoridad, han sido desposeídos de sus propiedades por
los comandos boers y amenazados de muerte si rehusaban to-
mar las armas en contra de las fuerzas británicas. La afirma-
ción de Vuestro Honor al sostener que un juramento solemne
de neutralidad, prestado voluntariamente por los burghers,
para que no se les moleste y puedan tranquilamente ocuparse
de las labores de sus granjas, es nulo y de ningún valor, por
la razón de que no lo hayáis consentido ni aprobado, es una
afirmación que no puede admitirse. Yo castigaré á los que
violen su juramento y confiscaré sus propiedades, fundándo-
me en que á ningún burgher se ha forzado á que preste jura-
mento contra su voluntad.
Roherts.
116 LA ESPAÑA MODERNA
Señor: Tengo el gnsto de dar noticia á Vues-
tro Honor de los hechos realizados por dos parti-
das boers, relativamente pequeñas , que se ocultan en las fin-
cas inmediatas á nuestras líneas de comunicación, y desde
ellas hacen salidas para causar desperfectos y averías en los
rails, inutilizando la vía y poniendo en peligro las vidas d©
los pasajeros que van cn los trenes, y que pueden ó no ser mi-
litares.
Al referirme á este caso, lo hago porque fuera del distrito
ocupado por el ejército al mando* personal de Vuestro Honor,
no existe cuerpo alguno de tropas boers ni en el Transvaal ni
en la colonia del Río Orange; y la guerra ha degenerado en
operaciones llevadas á cabo por fuerzas irregulares de guerri-
llas irresponsables. Esto ha de ser tan ruinoso para el país, y
tan deplorable desde todos los puntos de vista, que me creo
obligado á hacer cuanto me sea posible para impedirlo.
En su consecuencia, he dado órdenes para que se quemen
y destruyan las fincas inmediatas á todo lugar en que se rea-
licen atentados contra las líneas y trenes, y que de todas las
fincas que radiquen en un radio de 10 millas de los indicados
puntos, se extraigan y retiren los útiles y existencias que en
ellas pueda haber.
Eoiei'ts.
A su Honor, el Comandante general Luis Botha,
Campamento del Comandante general, 5 Septiembre 1900.
A Su Excelencia el Feld-Mariscal Lord Roberts.
Excelencia: En contestación á su carta, fecha
Kúm. 19. '
2 del corriente, he de decidirle lo que sigue:
1. Dado el que nuestra fuerza total es muy pequeña en
comparación á la suya, no es natural que se exija ni se es-
pere encontrar en el campo grandes comandos de los nues-
tros, y en su consecuencia, todo cranto hagamos en la gue-
rra tiene que ser forzosamente realizado por partidas poco
DEVASTACIÓN EN EL SUR DE ÁFRICA ^ 117
nnmerosas; y más aún, nos vemos obligados á fraccionar
nuestros comandos para que puedan así combatir con las pa-
trullas de ladrones que, bajo el mando de S. E., merodean por
todas partes y se llevan el ganado y las provisiones de diver-
sas fincas y granjas.
2. En cuanto á la afirmación de S. E., de que no existen
más fuerzas regulares boers que las que se hallan bajo mi
mando personal, la niego en absoluto, por cuanto nuestro ejér-
cito existe hoy subdividido en comandos y tal como existía al
principio de la guerra, con arreglo á las costumbres y leyes
del país.
3. Con referencia al párrafo 3 de su carta, he de decirle
que nos consta que actos de barbarie análogos á los que señala
se están cometiendo por las tropas al mando de S. E., y no
sólo en las inmediaciones de las vías férreas ni de sus líneas de
marcha; no sólo son las casas y fincas las que se queman y vue-
lan con dinamita, sino que las indefensas mujeres y niños son
lanzados de ellas y se les roba cuanto tienen para alimentarse
y cubrirse, sin que exista razón alguna para tales acciones.
Luis Botha,
Cuartel general del Ejército del Sur de África, 7 Septiembre de 1900.
«Vuestro Honor:
Kúm. 20.
Nuevamente llamo la atención de Vuestro Honor hacia los
párrafos 2 y 5 de mi carta fecha 2 de Septiembre, en los que
manifestaba que, excepto en el distrito ocupado por el Ejérci-
to, bajo el mando personal de Vuestro Honor, la guerra está
degenerando y ha degenerado en operaciones realizadas, en
forma irregular, por pequeñas partidas, y en muchos casos
por grupos insignificantes de hombres aislados. Vuestro Ho-
nor mismo declara que sus comandos tienen que fraccionarse,
y yo estoy convencido que, excepción hecha de ese distrito,
118 LA ESPAÍ^A MODERNA
que cada día va siendo más limitado, la influencia de Vuestro
Honor es muy pequeña ó no existe.
Faltaría á mi deber con el Gobierno de S. M. y con el Ejér-
cito de S. M. en el Sur de África si me descuidara en el empleo
de todos los medios de que puedo disponer para poner fin á se-
mejante guerra. Las medidas que me veo obligado á poner en
práctica son las que las costumbres de la guerra prescriben
para estos casos; son ruinosas para el país, implican grandes
sufrimientos para los compatriotas de Vuestro Honor, y yo
siento mucho decirle que dichas medidas serán cada vez más
rigurosas.
Roberts.
A Su Honor el Comandante general Luis Botha.
Warmbaths, 17 Octubre 1900.
A S. E. el Feld-Mariscal Lord Roberts (en Pretoria).
Excelencia: Siento decirle que los bárbaros
hechos realizados por las tropas de su mando,
tales como la destrucción y voladura de los hogares y el robo
de las provisiones y del alimento de las familias de los bur-
ghers que están combatiendo, de cuyos ¡hechos ya antes he
protestado, no sólo se realizan con la aprobación de Su Exce-
lencia, sino que obedecen á sus especiales instrucciones. Este
espíritu de venganza contra los burghers , que no hacen otra
cosa que cumplir con su deber, de acuerdo con la ley, podrá
ser considerado por S. E. como procedimiento de guerra civi-
lizado; pero yo ni lo comprendo así, ni puedo comprenderlo. Yo
me siento impulsado á decir á S. E. que pienso continuar la
guerra en la forma humanitaria en que hasta ahora la he he-
cho; pero si los actos de S. E. me obligaran á tomar represa-
lias, la responsabilidad sería única y exclusivamente de Su
Excelencia.
Luis BotTia.
DEVASTÁGIÓIf EK EL SUR DE ÁFRICA 119
Cuartel general del Ejército^ Pretoria 22 Octubre 1900,
Vuestro Honor: Con referencia á la afirma-
ción de Vuestro Honor, respecto al estado de
organización que en la actualidad tienen las fuerzas burghers,
he de manifestarle que sus tácticas no son las que se usan ni
practican por fuerzas organizadas, sino que han degenerado á
los procedimientos de una guerra de guerrillas, la que me veré
obligado á terminar por los métodos excepcionales que las na-
ciones civilizadas han considerado de necesidad aplicar en todo
tiempo y en circunstancias análogas.
Róberts^
Feld-Mariscal Comandante en Jef«
de las faerzas británicas en el Sur de África.
A Su Honor el Comandante general Luis Botha.
José Ibáñez Marín.
{Continuará.)
MEMORIASIDE UNA DAMA DEL SIGLO XIY Y XV
(DE 1363 Á 1412)
DOÑA LEONOR LÚPEZ DE CÓRDOBA
COMENTADAS AHOBA Y PROSEGUIDAS
Doña Leonor López de Córdoba, hija del Maestre de Cala-
trava y Alcántara Don Martín López de Córdoba, dictó una
Memoria de los sucesos de su desdichada vida. Memoria que
se conservaba en el convento de San Pablo en la ciudad de
Córdoba, perteneciente á la Orden de Predicadores. Allí ha
permanecido inédita hasta los modernos tiempos.
Conoció muy bien este escrito Fray Juan de Ostos, pues lo
cita en su Vida y milagros del beato Fray Alvaro de Córdoba^
hijo del Real Convento de San Pablo (Córdoba, 1687), y lo
cita reiteradamente y con este encomio: «papel verdadero,
cierto y seguro que no ha llegado á noticia de muchos y se
guarda en el archivo de los Henestrosas de Córdoba», y aún,
para darle más testimonio de validez, lo llama «relación jura-
da que de su adversa fortuna hizo Doña Leonor».
En 1875, por Febrero, ocupábame en comentar esta Me-
moria, como lo anunció en mi libro Sobre el censor epistolario
del bachiller Fernán Gómez de Cibdareal, impreso en Sevilla el
mismo año, como se ve en su prólogo de 3 de Febrero.
Anticipóseme el Sr. D. José María Montoto, estimable
historiador de Don Pedro I de Castilla, y en Julio siguiente dio
á pública luz en el Ateneo, periódico literario de aquella ciu-
MEMOEIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 121
dad entonces, la relación de Doña Leonor, con algunas obser-
vaciones muy discretas.
No dejó de continuar mis estudios sobre aquel documento
de no menos importancia histórica que literaria. Y como la
Memoria de Doña Leonor, aunque tan sucinta, exige tantas y
tantas comprobaciones de personas y hechos, me he visto
obligado, por las circunstancias difíciles de no hallar medios
para saber dónde verificarlas, á dejar que corriesen tiempos
en que el acaso ó la indicación de algún erudito me diesen luz
para satisfacer mi vehemente deseo.
El señor Marqués de la Fuensanta del Valle publicó de nue-
vo en este tiempo la relación de Doña Leonor en la Colección
de documentos para la Historia de España, que tan loable-
mente prosiguieron hasta su muerte los Sres. D. Mariano de
Zabalburu y D. José Sancho Rayón para la ilustración patria;
pero el Marqués no la comentó.
Considero el escrito de esa dama digno de aprecio sumo.
No puede hallarse mayor sublimidad en más sencillo lengua-
je. Es la sincera expresión de la verdad y del sentimiento. Po-
seía Doña Leonor gran elocuencia, y lo ignoraba. ¡Qué viveza
en unos pasajes! ¡Cuánta melancolía en lo más! ¡Y qué pintu-
ras tan conmovedoras y terribles!
El rápido coloquio entre su padre, yendo al suplicio, al
encontrarse con el célebre Beltrán Duguesclín, puede servir
de modelo de concisión histórica. No sé con qué comparar el
cuadro patético de la muerte de sus hermanos presos y veja-
dos tan cruelmente en las Atarazanas de Sevilla, de orden d©
Don Enrique II. ¿Y aquella descripción de los sufrimientos mo-
rales de Doña Leonor en casa de sus parientas en Córdoba? La
descripción de la muerte de su hijo en medio de la peste, el
sacrificio de ella por gratitud á un antiguo y leal servidor de
su padre y la escena del entierro de aquél, iguala en grandeza
al mejor pasaje épico de Grecia.
Aumenta á mis ojos el mérito del escrito ser todo obra de
un talento natural y en un idioma imperfecto aún. El alma
122 LA E8PA]&A MODERNA
apasionada de esa mujer, y el recuerdo de sucesos tan tre-
mendos, y aquellas avenidas y tempestades de tribulaciones,
saben despertar el interés en los ánimos de los lectores, que
imaginan verlos en aquel instante. Está de más decir que en
la narración se admira á la dama española de ese tiempo,
que inspirada en su fe religiosa, templa sus intensísimos do-
lores con los consuelos de su ilimitada esperanza en Dios y
con sus perseverantes ruegos.
En una nación como la nuestra, en que tan pocas memorias
personales existen, llama más y más la estima de los entendidos
la presente obrita y por ser del siglo en que quedó trazada.
Creo que debió escribirse en los postreros años de su vida,
con el designio de que se custodiase en el convento dondo
erigió capilla para los restos de su padre y ella; pero preveni-
da por la muerte, no logró ponerle término, cual anhelaba,
para que la posteridad conservase la memoria de los acaeci-
mientos de su muy trabajosa existencia en lo más y de sus
fugitivas prosperidades, que con contratiempos hacían á veces
penosa, la felicidad misma.
Aparece, pues, incompleto el escrito., por dejarnos en la
completa ignorancia de ellas. Mas he hallado en libros de
autores y en apuntamientos de su edad algunas noticias, sufi-
cientes á esclarecer en mucho la vida de Doña Leonor.
Desde luego en la ordenación de ellas no se encontrará el
encanto de aquel estilo fácilmente narratorio de doña Leonor,
semejante al de una persona que está en familiaridad hablan-
do de cuanto le ha sucedido. En verdad debió ser así, pues
esa señora dictó á un escribidor (1) ó escribano su relación
jurada. Mas se suple la disonancia que pudiera tener la diver-
sidad del lenguaje de aquel siglo al del presente, con trasla-
dar íntegros bastantes párrafos de autores sus contemporá-
neos; vindícase de algunos juicios adversos á esta señora en
el subsiguiente estudio, para que pensamientos tales contra la
(1) Abí se úecia antiguamente en Córdoba.
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV T XV 123
verdad y la justicia queden lejos de nosotros y de la posteri-
dad, para que en ella se afirme la perpetuidad de su claro
nombre. Lo creo así y así lo escribo.
Terminará mi estudio en un juicio del verdadero carácter
de esta dama. Y si bien niaguno, por sabio y experimentado
que sea, puede venir en conocimiento exacto de nuestros pen-
samientos y del motivo de nuestras acciones sino imperfecta-
mente, hablando en modo general, los hechos de Doña Leonor
llevan en sí una claridad tan suprema, que sin recelo de en-
gaño nos llevan á la evidencia de sus altas virtudes.
Podría decirse que pues Doña Leonor mandó ó hizo es-
cribir esta relación, el mérito de ella se debería al que la puso
en estilo; pero en la carta al Rey, que se halla en la Eneida
romanzada (1) de Don Enrique de Villena, trátase así á los Es-
cribanos de Cámara de su tiempo, y con especialidad á uno de
Córdoba, lamentándose de la mengua que esso había en Cas-
tilla, «encomendando el fazer de las coronicas á homes legos,
ayunos de sciencia, ignorantes la lengua latina, que non vie-
ron otras, sino las dellos ordenar, por cuanto en tiempo del
dicho Don Enrique esto escribió, poco sabía quien había cargo
de ordenar estas coronicas... y había dello cargo un escribano
que estaba en Córdoba, y dábanle cien maravedís cada día...
todos ignorantes latín, y por eso los llaman romancistas,.,
como si ordenasen procesos non curando del orden artificial
que guarnesce mucho las obras». Esta noticia excluye la opi-
nión que pudiera tenerse, si quier impensadamente, de que
una obra de tan delicado modo escrita fuese por uno de estos
hombres.
(1) Ms. eu la Bib. Colombina.
124 LA ESPAÑA MODERNA
PAETE PRIMERA
VIDA DE DOÑA LEONOS LÓPEZ DE CÓRDOBA, ESOfilTA POB ELLA
MISMA
1. En el nombre de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, tres personas y un solo Dios verdadero en Trinidad, al
cual sea dada gloria á el Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
ansí como era en el comienzo, ansí es agora y por el siglo de
los siglos. Amén. En el nombre del qual sobredicho Señor y
y de la Virgen Santa María su Madre y Señora y abogada de
los pecadores y á honra y ensalzamiento de todos los ángeles
ó Santos y Santas de la corte del cielo, Amón.=Por ende,
sepan cuantos estas escripturas vieren, como yo Doña Leonor
López de Córdoba, fija de mi Señor el Maestre Don Martin
López de Córdoba é Doña Sancha Carrillo, a quien dó Dios
gloria y paraíso, Jueo por esta significanza de gg , en que yo
adoro como todo esto que aquí es escripto es verdad, que lo
vi ó pasó por mí; y escríbelo á honra y alabanza de mi Señor
Jesu Christo é de la Virgen Santa María su madre que lo pa-
rió; porque todas las criaturas que estuvieren en tribulación
sean ciertas; que yo espero en su misericprdia, que si se enco-
miendan de corazón á la Virgen Santa María, que ella las con-
solará y acorrerá como consoló á mí, y porque quien lo oyere
sepa la relación de todos mis hechos ó milagros que la Virgen
Santa María me mostró; y es mi intención que quede por me-
moria, mandólo escribir así como vedes.
2. Y'ansí que yo soy fija del dicho Maestre, que fué de Ca-
latrava en el tiempo del Señor Rey Don Pedro, y el dicho Se-
ñor Rey le hizo merced de darle la encomienda de Alcántara,
que es en la cibdad de Sevilla; y luego le hizo Maestre de Al-
cántara y á la postre de Calatrava. Y el dicho Maestre, mi
padre, era descendiente de la casa de Aguilar y sobrino de
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 125
Don Juan Manuel, fijo de una sobrina suya, fija de un her-
mano. Y subió á tan grande estado, como se bailará en las
Coroninas de España. E como dicho tengo soy fija de Doña
Sancha Carrillo, sobrina ó criada del Señor Rey Don Alfonso,
de muy esclarecida memoria, que Dios dé santo paraíso, pa-
dre del dicho Señor Rey Don Pedro; y mi madre falleció muy
temprano.
COMENTAEIO
1 y 2. Don Martín López de Córdoba intitulábase Fre}^ Martín Lopez^
por la gracia de Dios y por la merced del Rey, Maestre de la Caballería
déla Ordeu de Calatrava é Camarero mayor del Rey é Sr. Mayordomo
Mayor é Adelantado Mayor del Reino de Murcia (era de 1405, año 1367).
Este caballero era hijo de Don Lope Alfonso de Córdoba, hijo tercera
de Alonso Fernández de Córdoba, Adelantado Mayor de la Frontera, hijo
de Fernán Núñez de Temes, conquistador de la ciudad de Córdoba, y de
Doña Teresa Ximénez de Góngora, su mujer, progenitores de toda la
gran casa de Córdoba. (Ms. de la Biblioteca Colombina. — Genealogía de
los Barradas, tomo 123, varios en folio.)
En el citado libro se lee que el Don Martín fue Comendador de las ca-
sas de Sevilla en la orden de Calatrava, Maestre de ella y de la de Alcán-
tara, embajador de Don Pedro en Inglaterra, y su Copero mayor: se
llama también en él á su esposa Doña Sancha Alfonso de Valenzuela (1).
Doña Leonor le da el nombre de Sayicha Carrillo. Quizás tuviera ambos^
apellidos y prefiriera el uso de uno de ellos en razón de alguna herencia
que á eso la obligase.
Don Martín fue «el mayor privado que tuvo el Rey Don Pedro». [Li-
najes de Córdoba, por los hermanos Morales. Ms.)
En 1358 ejercía el cargo; de camarero del Rey. Abrazóse con el Infante
Don Juan en Bilbao, para que no pudiese lleg*arse á Don Pedro, y el ba-
llestero Juan Diente dio al Infante con la maza en la cabeza.
En 1360, de orden de Don Pedro, prendió, siendo camarero mayor, á
Gutierre Fernández de Toledo, le hizo entregarle los castillos y alcázar
de Molina y le mandó cortar la cabeza.
En 3362 puso en prisión al Rey Bermejo y su acompañamiento. Apa-
rece más adelante en esto año como Repostero mayor.
(1) En el Ms. del libro de las Bienandanzas (Biblioteca Colombina) se
lee en una nota nuirginal de otra letra: «Don Martín López de Córdoba
fue casado con Doña Sancha Alfonso de Valenzuela, hermana del Comen-
dador Martín Sánchez de Valenzuela, Señor de Valenzuela.»
126 LA ESPAÑA MODERNA
Ea 1366 era Maestre de Alcántara y en 1367 de Calatrava.
En este último año quedó de Capitán Majov en Córdoba. No cumplió
la orden del Rey, reducida á que hiciese dar muerte á varios caballeros
cordobeses. Encargó Don Pedro á un freile de la Orden que, cautelosa-
mente, lo prendiese. Don Martín pasó áMartos, receloso del Rey, pero ig-
norante de quien trataba de entregarlo. En la fortaleza de Martos quedó
preso. Era muy amigo del Rey de Granada é impetró su favor, y el moro
envió á Don Pedro mensajeros para que le intimasen que pusiese inme-
diatamente en libertad al Maestre, ó, caso contrario, que él acudiría con
fuerzas á hacerlo. Temió Don Pedro el poder del Rey moro. Reconcilióse
con Don Martín, y éste le fue tan leal como refieren las historias y la vida
de su hija (1).
La frase que Dios dé santo paraíso^ al tratarse de una persona difun-
ta, no era peculiar de Doña Leonor, sino comunísima en aquel siglo.
Muy bien recuerdo que en la carta de fundación del convento de Santa
Inés de Sevilla por la famosa Doña María Fernández Coronel, viuda de
Don Juan de la Cerda, se dice (á 10 de Setiembre, era del 414 año de
1376): «E esta dote é donación les hago para que rueguen á Dios por la
vida é salud del Rey, que mantenga Dios, é por el alma del Rey Don Al-
fonso, que dé Dios paraíso.*
TEXTO
3. Y así me casó mi padre de siete años con Ruy Gutié-
rrez de Henestrosa, hijo de Juan Fernandez de Henestrosa,
Camarero Mayor del Señor Rey Don Pedro y Su Canciller
Mayor del Sello de la puridad y Mayordomo Mayor de la
Rey na Doña Blanca, su mujer, el cual casó con Doña María
de Haro, Señora de Haro y los Cameros. Y á mi marido que-
dáronle muchos bienes de su padre y muchos lugares: y al-
canzaba trescientos de á caballo suyos é cuarenta madejas de
aljófar tan grueso como garbanzos, ó quinientos moros ó mo-
ras, y dos mil marcos de plata en bajilla; y las joyas y preseas
(1) Avala escribe que se dijo que Don Martín, viendo los males de la
patria, había dicho á algunos caballeros de Córdoba que, para su remedio,
lo mejor era que Don Pedro estuviese en Toledo y que se casase con al-
guna noble mujer para conseguir herederos, y que el Príncipe de Gales
gobernase en Castilla, León, etc., y el Don Martín en Andalucía. «Empe-
ro, si esto fue n.bi ó non, non se sabe, salvo que algunos caballeros de
Córdoba dijero^i al Rey Don Enrique después que Don Martín López fa-
blara con ellos todo esto.» (Son palabras de Ayala.)
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 127
de su casa no las pudieron escribir en dos pliegos de papel. Y
esto le cupo del dicho su padre y madre; porque otro fijo y he-
redero no tenían. A mí me dio mi padre veinte mil doblas en
casamiento.
4. Y residíamos en Carmena con las ñjas del Señor Rey
Don Pedro, y yo, é mis cuñados, maridos demis hermanas, y un
hermano mío, que se llamaba Don Lope López de Córdoba
Carrillo. Llamábanse mis cuñados Fernán E-odriguez de Aza,
Señor de Aza é Villalobos, ó el otro Ruy García de Aza, el
otro Lope E-odriguez de Aza, que eran fijos de Alvaro Rodrí-
guez de Aza é de Doña Constanza de Villalobos.
5. Y fué ansí: que cuando el Señor Rey Don Pedro quedó
cercado en Montiel de su hermano el Señor Rey Don Enrique
y mi Padre bajó al Andalucía á llevar gente para socorrerlo;
y llevándola, halló que era muerto á manos de su hermano. Y
vista esta desgracia, tomó el camino para Carmena, donde es-
taban las señoras Infantas, fijas del Señor Rey Don Pedro y
parientastan cercanas de mi marido y mías por mi madre. Y
el Señor Rey Don Enrique, viéndose Rey de Castilla, se vino
á Sevilla y puso cerco á Carmena. Y como es villa tan fuerte,
estuvo muchos meses cercada.
6. Y acaso habiendo salido mi padre fuera de ella j sa-
biéndolo los del Real del Rey, como era salido de la dicha villa,
ofreciéronse doce caballeros á escalar la villa; y subidos á ella
á la muralla, fueron presos; y luego fue 'avisado mi padre del
tal hecho y vino luego, y por el atrevimiento les mandó cortar
las cabezas.
7. Y el Señor Rey Don Enrique, visto este fecho y que no
podía por fuerzas de armas entrarla á satisfacerse de este hecho ,
mandó al Condestable de Castilla tratase de medios con mi pa-
dre. Y los medios que mi padre trató fueron dos: el uno, que
las Señoras Infantas las habían de poner libres á ellas y á sus
tesoros en Inglaterra, antes que él entregase la dicha villa al
Rey. Y ansí fue hecho, porque mandó á unos escuderos, deu-
dos suyos naturales de Córdoba y de su apellido, que fuesen
128 LA ESPAÑA MODERNA
con ellas, y la demás gente que le pareció. El otro capítulo
fue que él y sus hijos y valedores y los que habían asistido por
su orden en aquella villa, fuesen perdonados del Rey, y dados
por leales á ellos y á sus haciendas; y así se le dio firmado del
dicho Condestable, en nombre del Rey.
8. Y hecho este partido, entregó la villa al dicho Condes-
table en nombre del Rey; y de allí fueron él y sus hijos y la
demás gente á besar la mano del Rey. Y el Señor Rey Don
Enrique mandólos prender y poner en las Atarazanas de Sevi-
lla; y el dicho Condestable, visto que el Señor Rey Don En-
rique no le había cumplido la palabra que él había dado en su
nombre al dicho Maestre, se salió de su Corte y nunca más
volvió á ella.
OOMENTAEIO
3. Juan Fernández de Henestrosa era tío carnal de Doña María de Pa-
dilla. Alcanzó todo valimiento con Don Pedro. Murió en la derrota del
Val de Araviana el año de lb59, peleando contra el Conde Don Enrique
y Don Tello y varios caballeros aragoneses. Pedro López de Avala lo elo-
gia repetidamente como «buen caballero é cuerdo é mesurado y de ver-
dad». No es extraño que habiendo gozado tanto poderío, muriese en la
mayor riqueza. Del casamiento de Doña Leonor se hablará en el co-
mentario del párrafo 15.
4 5, 6 y 7. Hasta ahora se había creído y cree que las tres hijas de
Doña María de Padilla y Don Pedro (Doña Beatriz, Doña Constanza y
Doña Isabel) no se hallaban en España cuando la muerte de su padre.
LÓPEZ DE Ayala en su Crónica, dice que Don Pedro al volver á España
con el socorro del Piincipe de Gales para recuperar la corona, dejó en
Bayona por manera de arrehenes á sus tres hijas que llamaban Infantas.
Doña Leonor López de Córdoba asegura que de Carmona fueron lle-
vadas éstas en salvo á Inglaterra por la capitulación de su padre" el
Maestre. No puede ponerse duda en esta noticia de una persona testiga
de los hechos.
Se comprende el error. En López de Ayala leemos lo de haber queda-
do las hijas del Rey en poder de los ingleses: nada nos dice de su regreso;
y luego en la Crónica de Enrique II, nos habla de ellas y de sus casa-
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL. SIGLO XIV Y XV 129
roientos, también en Inglaterra. De aquí se ha deducido que no salieron
de su condición de rehenes mientras vivió el padre.
Pero con presencia de lo escrito por Doña Leonor, observamos que
LÓPEZ DB Ayala, en el cap. XXIII del año XIX del reinado de Don Pedro,
habla por última vez del Principe de Gales y de las pagas de sus huestes
y deudas del Monarca español. Por el cronista no se sabe cuándo regresó
el Principe á Inglaterra, ni del fin que habieron sus conciertos con Don
Pedro. O López de Ayala no se acordó de escribir estos sucesos, ó esta
parte de su Crónica se ha perdido.
En el período de 1367 á 1369, debieron pasar á España las hijas de Don
Pedro. La causa de éste hallábase perdida, y en Inglaterra sin duda con-
sideraron inútiles aquellos rehenes, á menos que el padre no procurase la
restitución de las hijas por medio de algunos donativos ó presentes.
Con respecto á la falta de cumplimiento de la capitulación, el mismo
Ayala, apesar de ser tan adicto á Don Enrique, no pudo menos de es-
cribir: «Algunos que amaban el servicio del Rey, especialmente Don
Ferrand Orfores, Maestre de Santiago, fue muy quejado é non le plogo,
por cuanto el Rey le mandara que asegurase de muerte al dicho Don Mar-
tin Lopezy é quejóse mucho dello al Rey; pero non le pudo aprovechar al
dicho Martin López que non muriese». Tal se lee en la Crónica de Don
Enrique II.
En la de las Tres Ordenes y Cahallerias de Santiago, Calatrava y Al-
cántara, por el Licenciado Fray Francisco de Rades y Andrada (Tole-
do, 1592), dice que los dosMaestres de Calatrava (Don Martín López y Don
Pedro Muñiz de Godo.v) pelearon delante de Carmena, y que Don Mar-
tín López de Córdoba fue preso en ella y degollado en Sevilla. Esta noti-
cia de la prisión en una batalla, no concuerda con lo que aseguran todos
los autores contemporáneos.
A pesíir de lo dicho por Ayala, Doña Leonor López de Córdoba y Lope
García de Salazar, el Padre Fray Francisco Salvador Bjiptistade Areliano,
en las Antigüedades y excelencias de la villa de Carmona (Sevilla, 1628),
impugna á Mariana, y dice que los de Carmona fueron vencidos en bata-
lla, como lo dice el Licenciado Argote de Molina en el capítulo 12 de sus
Noblezas de Jaén.
Ortiz de Zúñiga, en sus Alíales de Sevilla, dice que Don Martín López
entregóse, capitulando el seguro, de su vida con el Maestre de Santiago
Don Fernando Osores, que no quiso guardar el Rey.
Vienen á aumentar toda esta confusión que hay entre los autores que
de la rendición de Carmona escriben, las Memorias de Doña Leonor Ló-
pez, las cuales no hablan de que su padre capitulara con el Maestre de San-
tiago Don Fernando Osores, ni con el de Calatrava Don Pedro Muñiz de
E. U.— Julio 1902, 9
130 LA ESPAÑA MODERNA
Godoy, sino con él Condestable de Cafitüla, á quien mandó Don Enrique
que tratase de ello con Don Martín López, convencido de lo difícil de la
toma de aquella fortaleza por medio de las armas.
No existía entonces la dig-nidad de Condestable en Castilla, pues fue
creada por Don Juan I, según el unánime sentir de los historiadores.
Obtuvo la Condestablía primeramente en 1382, Don Alonso de Aragón,
Marqués do Villena, Conde de Denia y de Ribagorza, hijo del Infante
Don Pedro y nieto de Don Jaime II de Aragón.
En la minoridad de Enrique III consiguió esta dignidad Don Pedro
Enríquez de Castilla, Conde de Trastamara, hijo de Don Fadrique, Maes-
tre de Santiago y nieto del Rey Don Alonso XL
Por muerte de Don Pedro, ó en castigo de sus ambiciones y descon-
ciertos, en el reinado de Enrique III, se dio la Condestablía al famoso Ruy
López Dávalos.
Pudo Doña Leonor referirse á alguno de estos personajes, especial-
mente al hijo de Don Fadrique, como sobrino carnal de Don Enrique II,
enviado al campo que sitiaba á Carmona con el fin especial de convenir
con Don Martín López, bajo el seguro de la real palabra, la reducción de
los que se mantenían leales á la memoria de Don Pedro. Escritas las Me-
morias áf^, la hija del Maestre de Calatrava, veintinueve años después del
suceso, nada tiene de extraño que al citar al personaje, recordase el car-
go por el que últimamente era conocido, sin cuidarse de sien aquella
ocasión ejercía tal dignidad. El Sr. Montero ha observado que de este
modo Doña Leonor llamó Alcaide de los donceles á Martín Fernández,
que no lo fue hasta el reinado de Enrique III, como cita Don Diego Fer-
nández de Córdoba, á quien denomina Mariscal.
Don Juan de Ostos, en la Vida del I^eato Fray Alvaro de Córdoba
(1687), escribe: «Ya sé que el Padre Mariana... discurre en otra forma so-
bre la ida de la hijas del Rey I on Pedro á tierra de Inglaterra; mas yo
sigo la relación jurada que hizo Doña Leonor López de Córdoba, hija del
Maestre, de su adversa fortuna, papel verdadero cierto y seguro... á que
se añade el parecer cosa dura, lajena de razón y contra toda política, que
para seguridacMe unas capitulaciones entregase un Rey sus propias hi-
jas, echándolas de su palacio y reino.»
Resulta, pues, que hay diversas opiniones sobre lo acaecido en la rendi-
ción de Carmona, y que la de D(.ña Leonor es una de tantas, pero con más
motivo de vero; imilitud por referir un suceso como testigo y de mayor fe.
Nada contradice que hubiesednrante el largo asedio de Carmona algún
combate que probaron con los sitiadores los sitiados, sin que el adverso
suceso de una salida exploradora influyese para la capitulación inmediata.
DoRMER, en sus Enmiendas á las Crónicas de Avala, opina que el
MEMORIAS DE UNA DAMA DBL SIGLO XIV Y XV 131
Maestre de Santiago «debió ser Don Fernán Asores (sic), que fue Comen-
dador Mayor de León, ó Don Pero Fernández Cabeza de Vaca».
Habla Doña Leonor también de sus cuñados, maridos de sus herma-
nas, Fernán Rodríguez de Aza, Señor de Aza y Villalobos, y Lope Rodrí-
guez de Aza, hijos de Alvaro Rodríguez de Aza y de Doña Constanza de
Villalobos.
El Sr. Montoto ha notado que esto no concuerda con lo que Sal azar
DE Mendoza escribió eu su libro de las Dignidades, puesto que dice que
Doña Constanza fue mujer de Don Fernando y no de Don Alvar. El dis-
tinguido crítico sevillano creyó que el error no estaba en la ilustre dama,
autora de las Memorias, sino en Salazar de Mendoza, infiriéndolo sola-
mente de otra equivocación de este erudito en caso análogo, y sospe-
chando que se había confundido.
Felizmente acredita la verdad de Doña Leonor, Don José de Pellicer
Y TovAii en su libro Justificación de la Grandeza de los Zúñigas (Ma-
drid, 1688), cuando dice que Don Alvaro Rodríguez de Aza «casó con
Doña Constanza de Villalobos, hermana de Doña Marquesa de Villalobos,
hijas las dos de Don Gil de Villalobos y Doña María Díaz de Haro, su
mujer... «Salazar de Mendoza en el libro 3.** y capítulo 10 de las Digni-
dades, equivoca este casamiento y dice que Doña Constanza fue mujer
de Don Fernán Rodríguez de Aza, y no fue sino su madre. Cita para prue-
ba dos epitafios que están en el Monasterio de San Pablo de Valladolid en
la capilla de Juan Rodríguez de Aza, su nieto... Por ellos mismos convSta
lo contrario de lo que afirma». Uno de estos epitafios es como sigue:
«Aquí yace Juan Rodríguez de Aza, Rico-ome, Guarda mayor del Rey
Don Enrique, hijo del noble Rey Don Juan, el quai Juan Rodríguez fue
hijo de Fernán Rodríguez de Aza y de Madama Ales de Chifert, y nieto
de Alvar Rodríguez de Aza y Doña Constanza de Villalobos, qzie perdie-
ron sus heredamientos por seruir al Rey Don Pedro.*
De esta manera se comprueba la verdad con que D.^ Leonor escribía.
El Fernán Rodríguez de Aza, casado con Madama Ales de Chifert, de
quien nació el Juan Rodríguez, debió ser viudo de esta señora cuando
contrajo matrimonio con la hija de Don Martín López de Córdoba.
Más adelante dice Doña Leonor que eran cinco hermanos los hijos de
Alvar Rodríguez de Aza, y que todos murieron infelizmente.
El Padre Fray Juan Salvador Bautista Arellano, en sus Antigüe-
dades y Excelencias de Carmona (Sevilla, 1628), dice que el Rey Don
Enrique, que se mostraba agravado por la muerte de los suyos, quemó
los papeles y noblezas de los vecinos en la plaza pública dejándolos po-
bres y afligidos, pues sus bienes se repartieron entre particulares y con-
ventos de religiosos.
132 LA ESPAJSrA MODERNA
TEXTO
9. Y el Señor Rey mandó que le cortasen la cabeza á mi
padre en la plaza de San Francisco, de Sevilla, y que le fue-
sen confiscados sus bienes y los de su yerno, valedores y
eriados.
10. Y yóndole á cortar la cabeza encontró con Mosen Bel-
trán de Clequin, caballero francés, que fue el caballero que el
Rey Don Pedro se había fiado del que lo pornía en salvo, es-
tando cercado en el castillo de Montiel; y no cumpliendo lo qu©
le prometió, antes le entregó al Rey Don Enrique para que lo
matase; y como encontró á el Maestre, díjole: Señor Maestre,
¿no os decía yo que vuestras andanzas habían deparar en esto?
Y él respondió: Más vale morir como leal^ como yo lo he hecho,
que no vivir como vos.
COMENTARIO
9. Ayala dice: «E por cuanto el Rey le había sentenciado é otros! por
lasaña que había del especialmente por la muerte que ficiera de aquéllos
omes de armas, sus criados del Re}', que habían sido por él escala en
Carmona, fizólos matar en Sevilla á él é á Marcos Fernández.» Otra n»,-
rración, citada por Llaguno, cuenta que en 12 de Junio arrastraron á
Martin López por toda Sevilla é le cortaron los pies y las manos en la
plaza de San Francisco y le quemaron. Creo que esto último debe refe-
rirse, si acaso, solamente, á las manos y pies, puesto que la piedad filial
hizo trasladar los huesos del Maestre, como se verá adelante, á sepultura
honorífica en Córdoba. Lo que parece más verosímil es que su escribien-
te puso quemaron en vez de degollaron. Marcos Fernández de Cacares,
Canciller del Sello de la puridad del Rey Don Pedro, recibió idéntico cas-
tio-o. Consta que Pedro López de Ayala no dejó escrito el género de
muerte que sufrió López de Córdoba. García de Salazar, en su Historia
de las Bienandanzas ¿fortunas^ hablando del Maestre y de Fernández,
dice: <E como quier que (Don Enrique) los tomó sobre seg-uro, hizolos de-
gollar diciendo que antes mataron ellos á aquellos cuarenta escuderos su-
yos teniéndolos segurados y en su poder».
DoRMER, en la Enmiendas y Advertencias á las crónicas de Ayala, ci-
tando el compendio, afirma que quemaron al Maestre. Pudo ser que la
MEMORIAS DS UNA DAMA DEL SIGLO XIV T XV 133
renganza de Don Enrique, con nombre de castigo, se cumpliese así; pero
de seguro Don Martín no murió en hoguera. Por aquellos tiempos se que-
maba también, arrojando al condenado en una caldera de líquido hirvien-
do. Pero hay que creer con preferencia á Doña Leonor. Asegura que el
padre pereció degollado.
10. LoPB García dejSalazar refiere puntualmente la traición de Mosen
Beltrán Duguesclín, cosa que escribió con disculpas Lólbz de Átala.
Véauselas palabras de aquel historiador: «E reyéndose afincado (Don Pe-
dro en Montiel) porque no tenía viandas ni socorro de alguna parte, hubo
su habla con Mosen Beltrán de Claquin, Condestable de Francia, prome-
tiéndole muchas villas é dineros é otras dádivas, porque le sacase de
aquella villa é le pusiese en salvo de noche; y concertado con él, hubo de
hablar con el Rey Don Enrique para le vender por aquel precio mesmo
que el Rey Don Pedro le daba. E sacólo de noche sobre su fe y homenaje
y traxole á su tienda de noche, encima de su caballo ó unas corazas ver-
des'vestidas; ó llegando á la tienda, hízole descalvagar contra su volun-
tad, diciendo que luego le llevaría en salvo, y con esto hízole saber al
Rey Don Enrique, el qual vino armado de todas armas.»
Así se escribía pasado un siglo del suceso. Ayala, queriendo honrar á
Don Enrique y á Mosen Beltrán de un modo en que no pudiera ponerse la
nota de traición, escribió que el primero ofreció al segundo lo mismo que
le había prometido Don Pedro; y esto sin pedirlo el caballero francés.
Asegura que éste dudó en entregar ó no á Don Pedro; pero que sus parien-
tes vencieron con su consejo larepugaaucia que tenía. García de Salazar
viene á confirmar el juicio que el desventurado Maestre D. Martín Lópea
de Córdoba hizo de D. Beltrán al mismo, cuando éste lo vio arrastrado
por las calles de Sevilla, camino del suplicio. «Este Mossen Beltrán (escri-
be) era nativo é natural de Bretaña y hombre de poca manera. Y aunque
él era de buen linaje, de los della, y por proeza de armas fue nombrado
caballero é rico é presciado en la Corona de Francia é fue Condestable é
Gobernador della, empero todas sus proezas que alcanzó hasta aquel día,
le fueron é son é serán retraydas, porque á tan grande trayción, é sobre
su fee vendió é hizo matar á tan alto ó iioble rrey é principe, de lo qual
todo aquel algo que por ello rescibió lo hubo de dejar acá, é dello no lle-
vó sino la infamia, é sin ello é con ella pasó deste mundo.»
TEXTO
11. Y estuvimos los demás que quedamos presos nue\r©
aüos, hasta que el Señor Rey Don Enrique falleció; y nuestros
maridos tenían sesenta libras de hierro cada uno en los pies.
134 LA ESPAÑA MODERNA
Y mi hermano D. Lope López tenía una cadena encima de los
hierros, en que había setenta eslabones. El era niño de treca
años, la más hermosa criatura que había en el mundo. E á mi
marido, en especial, poníanlo en el algibe de la hambre, ó te-
níanlo seis ó siete días que nunca comía ni bebía, porque era
primo de las señoras Infantas, hijas del Señor Rey Don Pedro.
12. En esto vino una pestilencia ó murieron todos, mis
dos hermanos ó mis cuñados ó trece caballeros de la casa de
mi padre. E Sancho Miñez de Villendra, su camarero mayor,
decía á mí y á mis hermanos: «Hijos de mi Señor, rogad á
Dios que os viva yo, que si yo os vivo, nunca moriréis po-
bres.» E plugo á Dios que murió el tercero día sin hablar.
13. E á todos los sacaban á desherrar al desherradero ^
como moros después de muertos. El triste de mi hermano don
Lope López pidió al Alcaide que nos tenía, que le dijese á
Gonzalo Ruiz Dolante, que nos hacía mucha caridad ó mucha
honra por amor de Dios: «Señor Alcaide, sea agora vuesa
merced que me tirase estos hierros antes que salga mi ánima
é que no me sacasen al desherradero.» E él díjole: — «¿Cómo?
¿Como á moro?» — «Si en mí fuese, yo lo faría.» Y en esto sa-
lió su ánima en mis manos, que había él un año más que yo-
E sacáronlo en una tabla al desherradero, como á moro; ó en-
terráronlo con mis hermanos ó con mis hermanas é con mi»
cuñados en San Francisco de Sevilla. E mis cuñados traían
sendos collares de oro á la garganta, que eran cinco hermanos^
ó se pusieron aquellos collares en Santa María de Guadalupe,
ó prometieron no quitárselos hasta que todos cinco se los ti-
rasen á Santa María, que por sus pecados el uno murió en Se-
villa y el otro en Lisbona y el otro en Inglaterra. E así mu-
rieron derramados, ó se mandaron enterrar con sus collares de
oro; ó los frailes con la codicia, después de enterrados, le quita-
ron el collar. Y no quedaron en la Atarazana de la casa de mi
Señor el Maestre sino mi marido y yo.
MEMORIAS DE TJKA DAMA DEL. SIGLO XIV Y XV 135
COMENTABIO
11. Las Atarazanas servían de prisión: en ellas fue atormentado hasta
morir el tesorero del Rey, Samuel el Lev!. El Rey Bermejo y los caballe-
ros que con él mandó prender Don Pedro, y otros moros que con ellos ve-
nían, quedaron en las Atarazanas hasta en número de trescientos: por
último, la primer vez que Don Enrique se apoderó de Sevilla, en sus gue-
rras con Don Pedro, puso en libertad á los que gemían en ese edificio es-
perando de un día á otro la muerte por la saña del Rey. Don Enrique
también enviaba á las Atarazanas sus prisioneros, como se ve en las pre-
sentes Memorias. Don Juan I hizo lo mismo con el Almirante de Portugal
y los suyos, vencidos junto al río Odiel.
En las Cortes de Toro, era de 1407, decía Don Enrique «que por cuan-
to en aquel tiempo de aquel tirano se usaba, más por poderío que por de-
recho, prender á los vecinos y moradores desa cibdad y de sus términos
los tenedores de las mis Atarazanas, sin los llevar ante el Juez, y los te-
nían presos, diciendo que les debían algunas cosas... en lo que los veci-
nos recibían grande ag-ravio y sin razón y que eso mismo face el tenedor
de nuestro Alcázar...»; le habían pedido que esto no siguiese adelante: y
«si algunas deudas debiesen á nos y á los tenederos de las dichas Atara-
zanas y Alcázar, y á otros qualesquier, por que deben ser presos, que no
sean presos en las dichas Tarazanas y Alcázar y que sean llamados ante
los Alcaldes de la ciudad y oigan éstos las razones, y si han de ser presos,
que lo sean en las prisiones del Concejo». Asi lo mandó el Rey, pero que
esto no se entendía con los menestrales que pertenecen á la Tarazana,
porque corresponde el conocimiento á Gonzalo Riiiz Bolante. Según re-
sulta de las mismas Ordenanzas de Sevilla, había 400 ministros oficiales
francos para las Atarazanas y 36 para los Alcázares. El Atarazana era cár-
cel de los Jurados en caso de cometer delito.
El autor de la vida de Don Alonso explica como éste se salvó de pade-
cer con sus hermanos en las Atarazanas de Sevilla. «Quedó la educación
y crian/a del niño Don Alvaro á cargo de su tía, hermana de su madre
Doña María Gómez Carrillo, Señora propietaria de Villaquirán, Balzones,
Reverge, Villacisa y otros lugares, que casó con Don Gonzalo Fernández
de Córdoba cuarto Señor de esta casa, porque fué amantísima de sus so-
brinos... y por este medio fué Dios servido de librar al Señor de los que
padecen después sus hermanos en Sevilla.» Esta noticia hubo de Don
José Pellicer de Tovar.
Fué Don Alvaro gran predicador y en los mismos tiempos que San
136 LA ESi'AÑA MODERITA
Viceníe Ferrer, con quien contribuyó para que Don Fcrn.a.iíIo ¿e Ante*
quera fuese rey de Aragón.
12. La pestilencia de que habla aquí Doña Leonor debió ser reducida
á las Atarazanas, traída quizás por algunos cautivos moros que en elU
se encerraron. Ortiz de Zúñiga. sólo habla de tres pestes de gran mortan-
dad; la primera en 1351, la segunda en 1362 y la tercera en 1383.
Parece cosa providencial que de allí donde salió el Rey Bermejo para
el suplicio con otros de los suyos, interviniendo en todo lo de la prisión y
muerte, tenida por injusta y de orden de Don Pe.lro I. Don Martín López
de Ayala allí padeció igualmente en carcelería, y do allí fué á la muerto
en público cadalso, y allí mismo sufrieron sus hijos, y algunos espiraron.
13. Según Ortiz de ZúFiiga, en Octubre de 1373 fue nombrado Alcaide
de los Alcázares y Atarazanas de Sevilla Fernán González, su criado y
vasallo, cargo que había tenido su padre, Gonzalo Núñez. Gonzalo Ruiz
Volante, era Veinticuatro en 1370, al tenor de lo que el mismo Ortiz de
Zúñiga dejó escrito. Al tratar del año de 1401 y fábrica de la catedral,
habla también de Ruiz González Volante, Ca.uón\go, hijo de GonzaloRuvK
Volante, tenedor de las Atarazanas, y WmosiiQiYO mayor del Rey Don Alon-
so el último.
El mismo Ortiz de Zúñiga, cuando escribió de la muerte de este Rey,
llama á Gonzalo Ruiz Volante muy gran caballero y muy señalado en
las armas, y dice que <p<>r su mano corrían las grandes obras de caridad
del Hospital y Cofradía de Nuestra Señora del Pilar».
Así se comprueba la veracidad y gratitud de Doña Leonor cuando re-
fiere que Gonzalo Ruiz Volante hacía á aquella desdichada familia mucha
caridad é mucha honra por amor de Dios.
En las Ordenanzas de Sevilla se encuentran leyes de Don Enrique he-
chas en las Cortes de Toro, era de 1409, y pertenecientes á aquella ciu-
dad. En una leemos que Gonzalo Ruiz Volante tomaba diezmo del carbón
como Tenedor ó Alcaide de las Atarazanas. A la petición contraria que
se hizo al Rey, respondió éste: «Tenemos por bien y es la nuestra merced
que en este año que lo lleven el dicho diezmo del carbón, por cuando es
menester para reparar las nuestras galeas; pero que es nuestra merced
que dende adelante que lo non lleven, ni lo tomen, ni ge lo oonsintades
tomar.»
TEXTO
14. Y en esto murió el muy alto y muy esclarecido señor
Bey Don Enrique, de muy santa y esclarecida memoria, y
mandó en su testamento que nos sacasen de la prisión ó nos
MEMORIAS DS UNA DAí.TA Tí^x. SIGLO XIV Y X, 137
tornasen todo lo nuestro; óy > quodó en casa de mi señora tía
Doña María Grarcía Carril) j ó mi marido faé á demandar sus
bienes, ó los que los tenían preciáronlo poco, porque no tenía
estado ni manera para 1( s poder demandar; é los derechos ya
sabéis, como dependen á los lugiires que han con que se de-
mandar; ó así perdióse mi maridr é anduvo siete años por el
mundo como desventura.lo y nunca halló pariente ni amigo
que bien le hiciese ni hubiese piedad de él. E á cabo de siete
años, estando yo en casa de mi señora mi tía Doña María Grar-
cía Carrillo, dijeron á mi mari.lo, cue estaba en Badajoz con
su tío Lope Fernández de PadiLa, en la guerra de Portugal,
que yo estaba muy bien andante, que me habían hecho mu-
cho bien mis parientes, cabalgó encima de su muía, que valía
muy pocos dineros, ó lo que traía vestido no valía treinta ma-
ravedís, y entróse por la puerta de mi sonora mi tía.
COMENTAEIO
14. Murió Don Enrique á 30 de Mayo de 1379. En su testamento fecho
en Burgos el antecedente día, dispuso: «Otrosí: por cuanto nos tenemos
cargo sobre nuestra ánima de algunos logares é bienes que tomamos á
algunas personas del nuestro señorío, mandamos é tenemos por bien que
todos aquellos que fuere fallado por verdad que les nos tomamos é man-
damos tomar sin razón é sin derecho, que les sean tornados á quien fue-
ron tomados ó á sus herederos, que les sea fecha enmienda por ello. Es-
pecialmente nos recordamos que tomamos algunos logares á Doña Juana
de Castro, é á Men Rodríguez de Bena vides, é á Doña María, hija de Don
Alonso Fernández Coronel, etc.»
Al morir, estando presente el Obispo de Sigüenza y otros caballeros,
se expresó así: «Decid al Infante Don Juan, mi fijo, que yo mando que
todos los presos cristiano^t que sean en el mi regno, ingleses ó portugue-
ies é de otra nación, que todos sean sueltos.»
Algunos genealogistas llaman á la tía de Doña Leonor, Doña María
Gracia, y no García Carrillo, hija de Don Pedro Ruiz Carrillo y nieta de
Don Fernando. Tuvo por hijo á Alonso Hernández de Córdoba, señor de
la casa de Córdoba, Aguilar y Priego, y marido de Doña Teresa Venegas,
hija de Egas Venegas, primer señor del Estado de Luque. El esposo de
Doña María García Carrillo fue D. Gonzalo Fernández de Córdoba.
138 LA jespaS^a moderna
TEXTO
15. Yo como había sabido que mi marido andaba perdido
por el mundo, trató con mi señora mi tía, hermana de mi se-
ñora mi madre, que le decían Doña Teresa Fernández Carrillo
(estaba en la Orden de Guadalajara, que la hicieron mis bis-
abuelos, ó dotaron precio para cuarenta Ricas-hembras de su
linaje, que viniesen en aquella Orden), envíele á demandar le
pluguiese que yo fuese acogida en aquella Orden, pues por mis.
pecados mi marido é yo eramos perdidos; y ella y toda la Or-
den alcanzáronlo en dicha, porque mi señora madre se había
criado en aquellos monasterios; y de allí la sacó el Rey Don
Pedro e la dio á mi padre que casase con ella; porque ella era
hermana de Gonzalo Díaz Carrillo ó de Diego Carrillo, fijos de
Don Juan Fernández Carrillo e de Doña Sancha de Rojas. E
porque esos mis tíos habían temor del dicho Señor Don Pedro,
que había muerto y desterrado muchos de este linage, y á mi
abuelo le había derribado las casas ó dado quanto tenía á otrie,
estos mis tíos fuóronse dende á servir al Rey Don Enrique
(quando era conde) por este enojo. Y nací en Cálatayud en
casa del Señor Rey, ó fueron las Señoras Infantas sus fijas mis
madrinas, y trujáronme con ellas al Alcázar de Segovia con
mi señora madre, que allí murió y quedé yo en edad, que
nunca la conocí.
OOMENTAKIO
15. Por este párrafo sabemos con alguna certidumbre el año en que
Doña Leonor López de Córdoba naciera. Dice que su patria fue Cálatayud:
sus madrinas las Infantas. La toma de Cálatayud y su comarca al Rey de
Aragón por las huestes de Don Pedro sucedió el 29 de Agosto de 1362. El
Rey prosiguió su conquista en Aragón en Enero y Febrero del siguiente
año, y en el mismo territorio de su enemigo, en Bribiesca, convocó los Pro-
curadores de las ciudades para tratar de la herencia de la corona por ha-
ber fallecido su hijo el Infante Don Alfonso. Fueron juradas sus hijas por
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 139
el orden de edad herederas del reino y sus descendencias respectivas, es-
tando presentes las dichas Infantas, fijas del Bey; según asegura Pedro
LÓPEZ DE3 Ayala.
De aquí se prueba que Doña Leonor López de Córdoba nació en Cala-
tayud por Diciembre de 1362, ó Enero de 1363. Don Alfonso murió en 18
de Octubre del año anterior.
Don Pedro murió en Marzo de 1369. Doña Leonor debió ser casada en
ese año, cuando ya había cumplido seis y entraba en siete, edad que ella
dijo tener cuando el matrimonio; si no es que en Carmona, que se man-
tuvo contra Don Enrique hasta 1371, Don Martín López de Córdoba hizo
celebrar estas bodas, muerto ya Don Pedro.
TEXTO
16. Y después que mi marido vino, como dicho es, fuese en
casa de mi señora mi tía, que era en Córdoba junto á Sant Hi-
pólito, y á mí y á mi marido me acojió allí en unas casas junto
á las suyas. Y viéndonos con poco descanso, fize una oración á
la Virgen Santa María de Belén treinta días: cada noche re-
zaba trescientas aves marías de rodillas para que pusiese en
corazón á mi señora que consintiese abrir un postigo á sus ca-
sas. Y dos días antes que acabase la oración, demandé á mi se-
ñora mi tía que me dejase abrir aquel postigo, porque no vi-
niéramos por la calle á comer á su mesa, entre tantos caballe-
ros que había en Córdoba; é la su merced me respondió le pla-
cía, é yo fui muy consolada. E quando otro día quise abrir el
postigo, criadas suyas le habían vuelto su corazón que no lo
hiciese. Y fui tan desconsolada que perdí la paciencia. E la
que me hizo más contradicción con mi señora mi tía, se murió
en mis manos comiéndose la lengua. E otro día, que no que-
daba más que un día de acabar mi oración, sábado, soñaba
que pasando por Sant Hipólito, tocando el alba, vía en la pa-
red de los corrales un arco muy grande y muy alto, é que en-
traba yo por allí y cogía flores de la sierra y veía muy gran
cielo. Y en esto desperté é oré esperanza en la Virgen Santa
María que me daría casa. En esso vino un robo de la judería,
é tomó un niño huérfano que tenía para que fuese instruido
140 LA. ESPAÍ^A MODERNA
en la fée. Híoelo baptizar para que fuese instruido en la fóe; y
un día viniendo con mi señora mi tía de misa en Sant Hipólito,
vi repartir á los clérigos de Sant Hipólito aquellos corrales,
donde soñé yo que había el arco grande; y le supliqué á mi se-
ñora mi tía Doña Mencía Carrillo que íuese servida de comprar
aquel sitio para mí; pues había diez y siete años que estaba en
su compañía y me las compró, dándolas con la condición que
señalaba, que se hiciese una capellanía impuesta sobre las di-
chas casas por el alma del Señor E»ey Don Alfonso, que hizo
aquella iglesia á nombre de Sant Hipólito, porque nació él á
tal día. E tienen estos capellanes otras seis ó siete capellanías
de Don Gronzalo Fernández, marido de la dicha señora mi tía,
ó Don Alonso Fernández, Señor de Aguilar é del Mariscal sus
fijos.
17. Entonces, hecha esta merced, alcé los ojos á Dios y á la
Virgen María, dándole gracias por ello; y ende llegó á mí un
criado del Maestre, mi señor y Padre, que vive con Martín Fer-
nández, Alcayde de los Donceles, que allí estaba oyendo misa.
Envíele á pedir con aquel criado suyo, para que como parien-
te, le diese las gracias á mi Señora mi tía de la merced que me
había hecho; y á él plúgole mucho y así lo hizo con buena
mensura, dicióndole que esta merced recibía él por suya. B
dádome la posesión, abrí una puerta en el sitio y lugar que
había visto el arco que la Virgen María me mostró. E á los
Abades los pesó que me entregasen el dicho solar, porque yo
era de gran linaje, y que mis hijos serían grandes, y ellos eran
Abades y que no habían menester grandes caballeros cabe sí,
y yo túvolo por buen proverbio, y díjeles esperaba en Dios que
así sería, y concertóme con ellos de tal manera, que abrí la
puerta en aquel lugar donde yo quería. E tengo que por aque-
lla caridad que hice en criar aquel huérfano en la fée de Jesu-
Christo, Dios me ayudó á darme aquel comienzo de casa.
18. E de antes de esto, yo había ido treinta días á maiti-
nes ante Santa María, el Amortecida, que es en la orden de
San Pablo de Córdoba, con aguas y con vientos y descalza, ó
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 141
rezábale sesenta y tres veces esta oración, que se sigue con
sesenta y seis Aves-Marías, en reverencia délos sesenta y seis
años que ella vivió con amargura en este mundo, porque ella
me diese casa, é ella me dio casa y casas por su misericordia,
mejores que yo las merecía, y comienza la oración:
Madre Santa María,
De vos g-ran dolor había;
Vuestro fijo bien criado
Vístelo atormentado:
Con tu g-ran tribulación
Amortecí ósevos el corazón:
Después de tu tribulación
Puso vos consolación:
Ponedle vos á mí. Señora,
Que sabéis mi dolor.
En este tiempo, pluguiese que con el ayuda de mi señora
mi tía y de labor de mis manos, hice en aquel corral dos pala-
cios y una huerta ó otras dos ó tres casas para servicio.
COMENTAEIO
18. OsTOS, en su Vida del Beato Alonso de Córdoba, aclara esto dicien-
do que Doña Leonor refiere que muchas noches á la hora de maitines, que
se decían siempre á media noche, y abiertas las puertas de la Iglesia, pi-
diéndolo así la devoción común de los fieles, acudía descalza al Convento
de Nuestra Señora de la Amortecida. Con este término, estilo de aquel
tiempo, nombra una imagen del Espasmo de la Virgen que tenía el Con-
vento en su Iglesia, y hoy está en el arco que de la primera cuadra de la
portería da paso á la segunda para bajar al claustro.
16. El robo de la Judería en Córdoba ocurrió á principios de Agosto
del año de 1392; el año anterior hubo ig-ual saqueo en Sevilla por las pre-
dicaciones que contra las usuras de los Judíos hizo el Arcediano de Écija
D. Fernando Martínez. Y no fueron robos solamente, que hubo mucha
mortandad de hebreos á manos de las iras populares.
Por esta cita de Doña Leonor consta que después del año de 1392 fue
la adquisición de los solares.
La colegiata de Sant Hipólito en Córdoba fue ciertamente erigida por
la devoción de Don Alonso XI, según la Bula de Clemente VI, por ser el
día de ese santo el del nacimiento del Rey, eo quod fuerit natalis tui dies.
142 LA E8PA3ÍA MODERNA
y además por haber ganado en él una señalada batalla á los moros, et quia
etiam eo die aliqua insignia praelia sub sua protectione commissa ex
mauris reportaveris. (Biblioteca Nacional, Códice DD, 96).
En la carta de fundación y dotación de dicha iglesia consta que puso
en ella el Rey un Prior y nueve Canónigos y los servidores, cpara que
cantasen misas é rezasen las horas cada día continuadamente... é rogasen
á Dios por la nuestra vida, é por la nuestra salud é por las almas de el
Rey Don Ferrando, nuestro Padre, que Dios perdone, que yaze enterra-
do en la dicha cibdad de Córdoba, é de los once reyes onde nos venimos».
La fecha de este documento es de Alcalá de Henares, á 23 de Enero
de 1386.
En carta fechada sobre el Real de Alcira (sic) á 17 de Julio, era de
1381, había concedido al monasterio de Sant Hipólito (luego colegiata) «to-
dos los bienes muebles é raíces que fueron de Martín Pérez el Pariente é
de Rui Pérez de Castro, los quales bienes eran de la nuestra cámara; é
estos bienes son en Córdoba é en su término».
En la Biblioteca Nacional, Códice citado, existe M. S. la dotación de
la capilla mayor antigua de Sant Hipólito de Córdoba, hecha por Gonzalo
Fernández y su mujer, señores de la villa de Aguijar. Esto compruébala
verdad de lo que Doña Leonor López de Córdoba asegura.
A esa iglesia colegial fueron trasladados desde la Catedral de Córdoba
los cuerpos de los Reyes Don Fernando IV y Don Alfonso XL
El Sr. MoNTOTO ha observado muy juiciosamente que el Mariscal de
que Doña Leonor habla fue Diego Fernández de Córdoba, Mariscal de
Castilla, que, según Fernán Pérez de Guzmán en sus Generaciones j
Semblanzas, murió en edad de ochenta años, y cuyo linaje, de parte de
su padre, venía de Córdoba, así covao por parte de madre, de los Carri-
llos. Al propio tiempo discretísimamente ha notado que Garibay cita á
Don Alonso Fernández de Córdoba, señor de Aguilar, y á su hermano
Don Diego, que son los mismos á que se refiere Doña Leonor en sus Me-
morias. A esto hay que agregar que el Padre Mariana llama á los herma-
nos Alonso y Diego Fernández de Aguilar señores de mucha cuenta.
18. La oración que copia Doña Leonor debía ser antigua; lo menos de
un siglo antes. Con este motivo, recuerdo haber leído en un ms. de la
Colombina (B. 4.% 449-17) el siguiente epitafio en verso:
Los que este escrito vieredes leer
Pensad qué sodes é qué avedes á ser;
Que la muerte es muy cruel, esto es verdad,
Non quiere aver al home merce ni piedad.
A viejos é mancebos é niños sin edad
A todos los pone en una igualdad.
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 143
Aquí yaze Rui García, fijo de García Ruiz é finó quince días de
Agosto, era MCCCXXXV años (año de 1297).
Estaba este epitafio en Santa Leocadia de Toledo. Es otra curiosa
muestra del habla castellana en aquella edad.
TEXTO
19. En este tiempo vino una pestilencia muy cruel y mi
Señora no quería salir de la ciudad ó yo demandóle merced de
huir con mis hijuelos, que no se me muriesen; y á ella no le
plugo; mas dióme licencia, yo partíme de Córdoba y fuíme á
Santa Ella con mis hijos y el huérfano que yo crió.
20. Vivía en Santa Ella y aposentóme en su casa y todos
los vecinos de la villa se holgaron mucho de mi ida, y reci-
bióronme con mucho gasajo, porque habían sido criados del
Señor mi padre; y así me dieron la mejor casa que había en el
lugar, que era la de Fernando Alonso Medina Barba. Y estan-
do sin sospecha, entró mi Señora tía con sus hijas; ó yo apar-
tóme á una cuadra pequeña; y sus hijas mis primas nunca es-
taban bien conmigo, por el bien que me hacía su madre. Y
desde allí pasó tantas amarguras, que no se podrían escribir;
y vino allí pestilencia y así se partió mi Señora con su gente
para Aguilar, aunque asaz... para sus hijas porque su madre
me quería mucho y hacía grande cuenta de mí.
21. E yo había enviado aquel huérfano que crió á Ecija.
La noche que llegamos á Aguilar entró de Ecija el mozo con
dos landres en la garganta y tres carbuncros en el rostro con
muy grande calentura, y estaba allí D. Alfonso Fernández,
mi primo, su mujer y toda su casa; y así que todas ellas mis
sobrinas y mis amigas vinieron á mí en sabiendo que mi cria-
do venía así y dijéronme, «vuestro criado Alonso viene con
pestilencia, y si D. Alfonso Fernández lo vé, hará maravillas
estando con tal enfermedad». Yel dolor que á mi corazón llegó,
bien lo podéis entender quien esta historia oyereis; que yo
venía corrida y amarga; y en pensar que por mí había entra-
do tan gran dolencia en aquella casa, fue llamar un criado del
144 LA ESPAÑA MODERNA
Señor mi Padre el Maestre, que se llamaba Miguel de Santa
Ella, ó roguéle que llevase aquel mozo á su casa. El cuitado
tuvo miedo y dijo: «Señora, Señora, ¿cómo lo lleyaré con pes-
tilencia que me mate?» Y díjele: «Hijo, no querrá Dios.» Y él
con vergüenza de mí llevólo; ó por mis pocados trece personas
que de noche lo velaban, todos muriere a.
22. Y yo facía una oración, que había oído, que hacía una
monja ante un Crucifijo. Parece que ella era muy devota de
Jesu Christo, y diz que después que había oído maitines, ve-
níase ante un Crucifijo, y rezaba de rodillas siete mil veces:
«Piadoso fijo de la virgen, vénzate piedad»; y que una noche,
estando la monja cerca donde ella estaba, que oyó que le res-
pondió el Crucifijo, ó dijo: «Piadoso me llamaste, piadoso te
seré.» E yo había gran devoción en estas palabras: rezaba
cada noche esta oración, rogando á Dios me quisiese librar á
mí y á mis fijos; é si alguno obiere de llevar, llevase el mayor,
porque era muy doliente.
23. E plugo á Dios que una noche no fallaba quien velase
aquel mozo doliente, porque habían muerto todos los que hasta
entonces le habían velado. E vino á mí aquel mi fijo que le
decían Juan Fernández de Henestrosa, como su abuelo, que
era de edad de doce años é cuatro meses, é díjome: «Señora,
¿no hay quien vele á Alonso esta noche?» E díjele: «Veladlo
vos por amor de Dios.» Y respondióme: «Señor, agora que han
muerto otros, ¿queréis que me mate?» E yo díjele: «Por la ca-
ridad, que yo fago. Dios habrá piedad de mí.» E mi hijo por
no salir de mi mandamiento lo fue á velar; ó por mis pecados
aquella noche le dio la pestilencia é otro día le enterró, y el
enfermo vivió después, habiendo muerto todos los dichos.
24. E la mujer de D. Alfonso Fernández, mi prima, hubo
muy gran enojo, porque moría mi fijo por tal ocasión en su
casa; y la muerte en la boca, lo mandaba sacar de ella. Y yo
estaba tan traspasada de pesar, que no podía hablar del corri-
miento que aquellos señores me hacían. Y el triste de mi hijo
decía: «Decid á mi Señora Doña Teresa que no me haga echar,
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 145
que ahora saldrá mi ánima para el cielo.» Y aquella noche
falleció y se enterró en Santa María de la Coronada, que es en
la villa, porque Doña Teresa me tenía mala intención, y no
sabía por qué, y mandó que no lo soterrasen dentro de la
villa.
25. Y así, cuando lo llevaban á enterrar fui yo con él; y
cuando iba por la calle con mi hijo, las gentes salían dando
alaridos, amancilladas de mí, y decían: «Salid, señoras, y ve-
réis la más desventurada, desamparada é más maldita mujer
del mundo», con los gritos que los cielos traspasaban. E como
los de aquel lugar, todos eran crianza y hechura del señor mi
padre; y aunque sabían que les pesaba á sus señores, hicieron
grande llanto conmigo, como si fuera su señora.
26. Esta noche como vine de soterrar á mi hijo^ luego me
dijeron que me viniese á Córdoba: é yo llegué á mi señora mi
tía por ver si me lo mandaba ella. Ella me dijo: «Sobrina seño-
ra, no puedo dejar de hacerlo, que á mi nuera y á mis fijas lo he
prometido, porque son hechas en uno; y en tanto me han afli-
gido que os parta de mí, que se lo ove otorgado, é esto no sé
qué enojo hacéis á mi nuera Doña Teresa que tan mala inten-
ción os tiene». Y yo le dije con muchas lágrimas: «Quiera
Dios no me salve si merecí por qué.» Y así víneme á mi casa á
Córdoba.
COMENTARIO
19. La pestilencia de que aquí se habla ocurrió en los años de 1400 y
1401, invadiendo no sólo á Sevilla, sino también á lo más de Andalucía.
De ella habla Ortiz de Zúñiga en sus Anales.
En la Coránica del Rey Don Enrique el Tercero de Castilla, llamado él
Doliente^ copilada por Pedro Barrantes Maldonado {Biblioteca Colom-
bina, mti., B. 4.^ 448 20) se lee: «En el deceno año del Rey Don Enrique,
que fué año de mil y quatrocientos, hubo gran mortandad en toda la tie-
rra; y á diez de Julio deste año se puso en la torre de la Iglesia Mayor de
Sevilla el primer relox que en ella hubo, y hubo este día grandes truenos
é relámpagos, é cayó un rayo cuando subían la campana que hizo harto
daño.»
E. M.— Julio J902. 10
146 LA ESPAÑA MODERNA
En 1383 ya esta peste había pasado de la Galia Narbouense y Langue-
doc á Cataluña. En Córdoba, según Saez en su Demostración del verda-
dero valor de las monedas del tiempo de Enrique III, desde Marzo á Ju-
nio arrebató la vida á 70.000 hombres, cifra que parece exagerada. Enri-
que III hubo de derogar las leyes que disponían «que las viudas no po-
dían casar dentro del año de la muerte de sus maridos so pena de infa-
mia y perder el lecho marital».
Los síntomas de la peste levantina eran en la declinación del día ó en
el curso de la noche, ligeros calosfrío, violenta cefalalgia, mayor ó me-
nor ronquera, fija mirada y reluciente, fisonomía abatida y gran tristura,
repugnancia á todo y falta absoluta de fuerzas. Precedía á la aparición
de la dolencia terror vehemente. Seguían sopor, estremecimientos, negru-
ra en lengua é hipo y bubones blancos ó lívidos, y carbunclos numerosos,
que tan presto desparecían como tornaban. Considerábase el mal de
muerte al presentarse manchas purpúreas, violadas, negras ó verdosas.
Duros eran los tumores y ovalados y muy dolorosos, y se mostraban en
el cuello, en el ángulo de las mandíbulas y en las ingles, pero muy rara
vez en corvas y codos.
El fin funesto es con oscuridad de vista, cuando se avecina, con falsa
voz, sequedad en la lengua, convulsiones y delirio.
Pero no siempre la muerte ocurría en la misma forma. En breves ho-
ras y en plenitud de salud, sin aparecer bubón alguno, mataba á las per-
sonas. El término de la enfermedad era al segundo, tercero ó cuarto día,
bien que se apagase la vida sin aparente violencia, bien que desórdenes
espentosofe privasen de la existencia al enfermo.
El resumen de la vida de Doña Leonor por las fechas se halla formado
de este modo por mí.
Nace en Calatayud en Diciembre de 1362 ó Enero de 1363.
Cásase en edad de siete años con Ruy Fernández de Hinestrosa.
Está nueve años presa en las Atarazanas de Sevilla en compañía de
él desde 1371 á 1380.
Sü marido permanece ausente de ella siete años: de 1380 á 1387.
Reside en Córdoba y en casa de su señora tía D.^ María García Carrillo
diez y siete años: de 1380 á 1397.
Prohija un niño hebreo en 1392.
Muere en la gran pestilencia del año 1400 su hijo mayor en edad de
doce años, como nacido en 1388, un año después del regreso de su marido.
A. DE Casteo.
EDUCACIÓN Y ENSEÑAIA
Sumario: La enseñanza técnica y el utilitarismo en la enseñanza.— La
obra pedagógica de un Ministro socialista. — M. Millerand y la enseñan-
za técnica en Francia. — El Consejo superior de la misma. -^Institucio-
nes de enseñanza técnica. — El Conservatorio Nacional de Artes y Ofi-
cios y las Escuelas profesionales. — Escuelas prácticas de comercio é in-
dustria.— Los resultados déla reforma. — Un buen proyecto. — Reflexio-
nes finales.
De día en día se reconoce una mayor importancia en todas
partes á la llamada enseñanza «técnica», es decir, á la ense-
ñanza que forma el personal adecuado y convenientemente
preparado de las industrias, y en cierto sentido también del
Comercio. No se necesita hacer grandes esfuerzos para com-
prender y razonar esa creciente importancia. La impone la
marcha misma de la estructura social: resulta de una manera
natural y necesaria de las condiciones económicas en que los
pueblos viven, merced á los grandes progresos y á las grandes
complicaciones de la vida industrial y mercantil. Ni hace falta
caer en las exageraciones del sentido utilitarista, ni mirar las
cosas con los ojos de un positivismo calculador y frío, para
afirmar y defender la conveniencia, no la necesidad impres-
cindible en que todo pueblo se encuentra hoy, de atender de
una manera, preferente á veces, á la formación y al progreso
incesante de sus clases trabajadoras, de sus obreros y de quie-
148 LA ESPAÑA MODERNA
nes hayan de dirigir, de un modo más ó menos inmediato, la
acti\7Ídad productora de aquéllas en los talleres y en las fábri-
cas; esto aparte de la preparación indispensable de sus clases
mercantiles.
Naturalmente, este especial cuidado de la enseñanza profe-
sional de carácter técnico para las industrias y del comercio
no ha de tenerse, á costa del abandono, aunque sólo sea par-
cial y momentáneo, de las otras ramas de la educación, sobre
todo de las que por tradición consideramos ideales, por aten-
der de una manera preponderante al cultivo de aquellas mani-
festaciones de la actividad humana que revisten un carácter
desinteresado. Muy por el contrario: tan imprescindible es
compensar el sentido utilitario con fuertes llamadas á lo ideal
y elevado, á lo no utilitario en la vida, que para proceder como
se debe será preciso dar á la misma enseñanza técnica un tono
levantado y espiritual, infundiendo, por los medios mil que
una pedagogía equilibrada y sana sugiere, el amor á las gran-
des ideas, el gusto por las cosas que más de cerca tocan al al-
ma, en cuantos por vocación ó por necesidad se dedican á las
profesiones para las cuales una enseñanza técnica capacita.
Es imprescindible, y hoy más que nunca se impone ésto,
acomodarse á la que podríamos llamar ley de las compensa-
ciones educativas: del propio modo que el hombre que se sien-
te inclinado con irresistible inclinación hacia los estudios lla-
mados «liberales», el intelectual, ó mejor aún, el que busca
una de las profesiones literarias, artísticas ó políticas, ó aspi-
ra á ser filósofo, maestro, sacerdote, no debe desatender los
«intereses terrenales», ni debe ignorar el lado práctico de la
vida, así el futuro industrial ó comerciante, ó simplemente el
futuro artesano, no debe ignorar que en el mundo hay más,
y que se privará de una fuente inagotable de goces puros, con
cada ventana que tapie, de cuantas miran á las regiones idea-
les del saber puro, del arte, de la religión, de lafilosofía, déla
literatura, del amor á la Naturaleza, de la historia... Me atre-
vería á afirmar que cuanto más utilitaria y menos idealizada
EDUCACIÓN Y EííSES"AJíZA. 149
sea ó se considere la ocupación del hombre, más necesita éste
del apoyo de una educación liberal y desinteresada.
¡Y qué trascendencia social hay, en mi sentir, en este punto
de vista! Ahí está toda la grandiosa labor del gran reforma-
dor Buskin para demostrarlo.
Pero no es mi proyecto estudiar hoy este aspecto de la en-
señanza técnica. Me mueve á tratar de ella, sí, su lado social,
pero no considerado éste en el respecto complejo y general
que dejo apuntado, sino en otro puramente histórico, y si se
quiere, local. Hablo, en suma, de enseñanza técnica, para re-
sumir aquí brevísimamente la labor particular que un hombre
de gobierno, impulsado por estímulos políticos, por un ideal
«social», acaba de realizar en Francia en dicha enseñanza,
puesta la vista al hacer cuanto ha hecho, no tanto en el aspec-
to pedagógico ó educativo del problema como en el social, ó
más bien, en la reforma por la organización de la enseñanza,
de la condición económica y general de las profesiones para
que esta enseñanza prepara.
El hombre de gobierno á que me refiero es, como acaso el
lector habrá comprendido, el socialista M. Millerand, Ministro
del Comercio desde Junio de 1899 hasta hace pocos días del
Gabinete presidido por M. Waldeck-Rousseau; el resumen de
su gestión en la enseñanza técnica, juntamente con el de su
labor toda en la solución de las cuestioneá obreras — en la or-
ganización del servicio de Correos y Telégrafos y en lo relati-
vo á los intereses del comercio y de la industria,— nos lo ofrece
muy bien ordenado. M. Lavy, en un volumen titulado Vceuvre
de Millerand (1), y de él que voy á tomar los principales datos
de esta rápida reseña.
M. Millerand ha puesto mano en todas las manifestaciones
(1) A. Lavy: DoRuvre de Millerand. — ü?i Ministre socialiste. — Juin
1899, Janvier 1902. —Faites et documents. París, 1902.
150 LA ESPAÑA MODERNA
de la enseñanza técnica general y profesional. El criterio con
que ha procedido en la reforma, nos lo explica M. Lavy en es-
tas líneas: «Inaugurando —dice — el Ministro socialista en la
Exposición universal de 1900, el Palacio de la enseñanza téc-
nica, hacía notar que la enseñanza profesional, por lo mismo
que aumenta la habilidad técnica y el valor económico del tra-
bajador, es para éste un poderoso medio de emancipación. Y
no hace falta añadir que la formación de comerciantes, de in-
dustriales y de ingenieros, preparados por una cultura espe-
cial en el ejercicio de sus profesiones, es para cualquier país
uno de los factores más esenciales de la victoria en las luchas
económicas (1). Por otra parte, M. Millerand, dándose buena
cuenta del carácter y finalidad de la enseñanza de que se tra-
ta, decía en otro discurso (2), que es preciso pensar en «una en-
señanza técnica especial que se acomode á las necesidades y
exigencias de cada región, que no sea la misma en el Mediodía
y el Norte, en el Este que en el Oeste, sino que se adapte á las
condiciones propias de la ciudad, del departamento en que
fuere dada; una enseñanza, en suma, profesional bastante fle-
xible para formar en cada industria los discípulos que maña-
na serán sus obreros, sus contramaestres y sus ingenieros».
M. Millerand no sólo reformó la enseñanza técnica depen-
diente de su Ministerio, sino que «extendió su acción más alia-
da las escuelas públicas, secundando, en los límites de sus fa-
cultades, la organización de los cursos profesionales libres por
los Sindicatos y la Bolsa del trabajo, fomentando la difusión
de la enseñanza técnica postescolar y facilitando á los discípu-
los procedentes de nuestras escuelas, el estudio personal y di-
recto de los progresos industriales ó mercantiles realizados en
el extranjero» (3).
Veamos ahora más en detalle la obra de M. Millerand.
(1) La,vy: ob. cit., pág". 359.
(2) Discurso pronunciado el 6 de Marzo de 1901 en el banquete de la
Alianza sindical del Comercio y de la Industria.
(3) Ob. cit. de A. Lavy, pág. 3«1.
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 151
La reforma de carácter general relacionada con la ense-
ñanza técnica que M. Lavy registra, es la reorganización de*
la institución oficial consultiva, encargada de ayudar al Mi-
nistro en su tarea; esta institución es el Consejo superior de
la enseñanza técnica, creado en 1874 y modificado por Mille-
rand en 5 de Enero de 1901, en el sentido de procurarle una
mayor flexibilidad, más vida, mediante el cambio de las bases
en que descansaba su composición.
«El antiguo Consejo — escribe M. Lavy — sólo comprendía,
con algunos miembros natos. Senadores, Diputados, Presiden-
tes de Cámaras de Comercio, con más diez industriales y co-
merciantes, nombrados todos por el Ministro.
»E1 nuevo, por el contrario, cuenta con cinco miembros
natos, altos funcionarios de la enseñanza técnica ó de la Direc-
ción especial del Ministerio, cuarenta y tres nombrados por el
Ministro y doce elegidos. Entre los miembros designados por
el Ministro, no figuran sólo comerciantes ó industriales, sino
también representantes de los Municipios, de las Bolsas del
trabajo, de Sindicatos obreros ó patronales, ingenieros, pu-
blicistas, todos ellos personas significadas en la organización
de cursos ó de escuelas técnicas, ó bien por su participación
real en las obras de educación profesional» (1).
Esto es, el Ministro socialista ha querido que en la vida y
en la marcha directiva superior de la enseñanza técnica inter-
vinieran aquellos á quienes todo eso puede interesar más, bien
sea por su misma posición oficial, bien por su profesión misma,
ó por la especial vocación revelada en actos de ostensible in-
clinación hacia las instituciones docentes especiales de que en
la enseñanza técnica se trata.
Las reformas particulares efectuadas por M. Millerand se
han relacionado, como ya dejo indicado, con los estableci-
(1) Véase ob. cit., págs. 363-364.
152 LA ESPAÑA MODERNA
mientos oficiales y con la enseñanza libre y las obras post-
éscolares .
Para darnos cuenta de la tarea realizada por el citado hom-
bre público en la esfera de la enseñanza oficial técnica, con-
yiene recordar, como M. Lavy hace notar (1), la organización
de esta.
Comprende dicho organismo tres divisiones ó grados, á
saber:
1.° La enseñanza técnica superior: Conservatorio Nacional
de Artes y Oficios, Escuela central de Artes y Manufacturas,
Escuelas superiores de Comercio.
2.^ La enseñanza técnica secundaria: de las Escuelas de
Artes y Oficios.
S.*' La enseñanza técnica primaria, que abarca, además de
las escuelas prácticas de comercio y de industria y las escuelas
de relojería de Cluses y de Besancon, las escuelas nacionales
profesionales y las escuelas profesionales de la ciudad de París.
Ahora bien, IVL Lavy anota las reformas efectuadas en el
Conservatorio Nacional de Artes y O/icios y en las Escuelas na-
dónales profesionales — en las Escuelas profesionales de París
y en las Escuelas prácticas de comercio é industria; por último,
señala una iniciativa, en mi concepto trascendentalísima por
muchos motivos, del Ministro francés, iniciativa enderezada á
la creación de una escuela de perfeccionamiento en los Estados
Unidos, y de la cual hablaremos luego por separado.
*
*. *
En virtud de una ley de 13 de Abril de 1900, y merced á
una proposición de M. León Bourgeois, se reconoció al Con-
servatorio Nacional de Artes y Oficios la personalidad civil, Y
con ella la condición precisa para su autonomía. Aprove-
chando esta circunstancia, M. Millerand reformó la organiza-
(1) Ob. cit., pág. 366, nota 1.
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 153
ción del Conservatorio Nacional, creando en él la Oficina na-
cional de patentes de invención, el Laboratorio de ensayos, y
modificando radicalmente su constitución propia. Por otra
parte, se crearon dos cátedras: una de Seguro y previsión socia-
les, y otra de Historia del trabajo; la primera sostenida por la
Cámara de Comercio de París, y la otra por el Municipio.
Pero no fue en el Conservatorio Nacional donde M. Mille-
rand realizó las reformas más interesantes desde el punto de
vista pedagógico y social; éstas afectaron, sobre todo, á las
Escuelas de Artes y Oficios establecidas en Aix, Angers, Cha-
lons, Lille y Cluny, y se hicieron por decreto de 11 de Octu-
bre de 1899, como consecuencia de una amplia información.
El objeto de estas escuelas — se dice en el citado decreto —
«es formar obreros, capaces de convertirse en jefes de taller
y en industriales versados en la práctica de las artes mecáni-
cas», organizándose al efecto la enseñanza sobre la base del
trabajo manual y con una sólida instrucción práctica y teórica
ó científica.
Y no sólo esto — añade oportunamente M. Lavy, — «el Mi-
nistro socialista entiende que deben salir de esa clase de esta-
blecimientos, no meramente simples obreros ó contramaes-
tres..., sino hombres á quienes una cultura general haya dado,
con la noción de la vida y de la solidaridad sociales, la de su
dignidad y de su responsabilidad, la de sus derechos y sus de-
beres de ciudadanos libres» (1) .
De conformidad con este criterio, el Ministro francés mo-
dificó las condiciones del ingreso en las escuelas, y dispuso que
©n adelante se diera en ellas un curso de moral y de educación
civioa, el cual habrá de inspirarse en las siguientes ideas ge-
nerales: «dirigiéndose tal curso, como se dirige á jóvenes que
tienen la edad de los alumnos de la clase de filosofía— alude á
los Liceos, — deberá ser bastante fundamental... Tendrá esen-
cialmente un carácter social, es decir, tomará como base la
(1) Ob. cit., pág. 369.
154 LA ESPAÑA MODERNA
consideración de las condiciones de la vida social, las relacio-
nes del individuo con la sociedad, en suma, la idea de la soli-
daridad social. Además tendrá un carácter cívico, en cuanto
que, sin detenerse á hacer un examen general de la naturaleza
y de la estructura de las Sociedades, se estudiará en él princi-
palmente la sociedad nacional y la patria: motivándose el res-
peto á las leyes en una sociedad libre...» (1).
Tiene especial importancia la reforma acordada por M. Mi-
llerand en el régimen disciplinario de la escuela de que trata-
naos. «Estima, según lo que nos dice M. Lavy, aquel, que el
objeto esencial de la disciplina no puede ser otro que el de ha-
cer que los discípulos se adiestren progresivamente en el apren-
dizaje de la libertad del ciudadano por la práctica de la liber-
tad misma: lo cual no quiere decir que haya de debilitarse la
obediencia á una reglamentación necesaria; en una sociedad
política donde el individuo sólo depende de la ley, importa
muy al contrario que el respeto á la ley sea mayor que en
cualquier otra... Semejantes ideas explican la abolición reali-
zada por M. Millerand, del régimen autoritario y anticu-ado
que hasta entonces había imperado en la Escuela de Artes y
Oficios...» (2).
Millerand modificó también el sistema de las penas discipli-
narias, suprimiendo las de prisión y de sala de policía, sustitu-
yéndolas con partes á los padres, reprensiones... y por último,
expulsión. Naturalmente, se podría decir mucho aún respecto
del régimen disciplinario de M. Milleralid; pero al fin, no
puede desconocerse que entraña cierto progreso respecto del
anterior.
Para terminar estas indicaciones, añadiremos que el Mi-
nistro preparó y en parte realizó grandes modificaciones en la
instalación material de las Escuelas de Artes y Oficios.
* *
(1) Ob. cit., pág. 371.
(2) Ob. cit., pags. 370 y sigs.
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 155
Veamos brevemente las reformas del Ministro socialista
en los otros establecimientos de enseñanza técnica, más arriba
enumerados. Las Escuelas Nacionales Profesionales, creadas
por la ley de 11 de Noviembre de 1880, dependían del Ministro
de Instrucción pública y del de Comercio. En un principio eran
escuelas en las cuales se daba una enseñanza primaria prepara-
toria ele las escuelas técnicas, pero poco á poco se convirtie-
ron en escuelas propiamente técnicas: por esta razón pasaron
por fin á depender exclusivamente del Ministerio de Comercio,
y bajo esta dependencia se ha realizado su reorganización pe-
dagógica, aumentándose en un año los estudios, reforzándose
el estudio de la mecánica é introduciéndose el estudio facul-
tativo de las lenguas extranjeras vivas.
Las Escuelas profesionales de París están, á partir de la
ley ds 27 de Diciembre de 1900, bajo la dirección del Minis-
terio de Comercio. Son aquéllas trece; siete de muchaclios, á
saber: la escuela de Física y Química industriales] la escuela
Diderot, en la cual se enseña el ajuste, la forja, calderería,
carpintería y plortiería; la escuela Boidle, donde se enseña con
el arte del mobiliario el montaje, el grabado, etc.; la escuela
Germain-Pilo7i, de dibujo práctico; la de Bernardo Palissy, es-
pecial del arte de la cerámica; la Eatiemie, especial del libro;
la DoriaUj de mecánica y ajustadores. Las otras seis escuelas
son de mujeres, y están destinadas á formar obreras para las
distintas industrias parisienses: bordado, cosido, flores,
moda, etc., etc. (1).
La acción del Ministro Millerand se ha manifestado princi-
palmente en lo referente á la modificación de las condiciones
de los candidatos para director y profesor de las escuelas.
Tiene más importancia la reforma de Millerand en las Es-
cuelas prácticas de Comercio y de Industria^ establecidas ya
en 1892. Había en 1899, 26, y Millerand fundó 14 más, habien-
do hoy 40. El número de alumnos que las Escuelas prácticas
{\) Ob. cit. de M. Lavy, pág. 377, nota,
156 LA ESPAÑA MODERNA
tenían en 1898, era de 3.973, llegando éste ea 1901 á 6.337.
«Ahora bien; según M. Lavy, el aumento de escolares no se ha
debido tan sólo á la apertura de nuevas escuelas, sino en gran
parte á un aumento considerable del efectivo de las escuelas
prácticas ya existentes, así como de las antiguas escuelas pri-
marias superiores, transformadas en escuelas prácticas» (1).
Por ejemplo, la Escuela de Agen tenía 94 alumnos, y tiene
hoy 209; la de Grenoble tenía 324, y tiene hoy 435; la de Nan-
tes, de mujeres, teníavl65, y tiene hoy 252; etc., etc.
Una de las causas íntimas y verdaderamente positivas del
florecimiento de este grado de la enseñanza técnica, es preci-
so verla «en la elasticidad de los programas aplicados en las
escuelas prácticas; no hay, en efecto, un programa único, obli-
gatoriamente impuesto á todas; los estudios que en cada una
se hacen se adaptan á las necesidades regionales, y la enseñan-
za es de las más variadas. El ciudadano Millerand se esfuerza,
por otra parte, por mantener los estudios de las mismas al ni-
vel del progreso que se experimenta en la industria y en el
comercio; así, si por un lado, la enseñanza de la electricidad
se ha creado ó desenvuelto en las escuelas industriales, por
otro, se ha hecho lo mismo con la estenografía en las de co-
mercio. En la escuela de mujeres se ha introducido la ense-
ñanza de ciertos trabajos industriales que más tarde las alum-
nas podrán ejecutar en su casa, aumentando así sus recursos,
sin dejar el hogar doméstico por el taller» (2).
*
* *
No es esta ocasión de hablar detenidamente de lo que son
y significan las obras jposí y extraescolares. Me prometo dedi-
car á este simpático asunto alguna de estas crónicas. Por el
momento, me limito á indicar la acción animadora ejercida
(1) Ob. cit., págs. 378-379.
(2) Ob. cit., pág. 380.
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 157
por Millerand en el mismo. Su criterio acerca de esta mani-
festación eficacísima de la pedagogía social, aparece expuesta
en una circular de 30 de Octubre de 1899, dirigida á los Di-
rectores y Profesores de los establecimientos de enseñanza de
él dependientes.
«Gracias, dice, á la generosa y espontánea iniciativa de la
mayoría de los Directores y de los Profesores de las diversas
escuelas que dependen de mi departamento, se han creado
cursos, explicado conferencias, fundado asociaciones de anti-
guos alumnos, y el personal ha mantenido honrosamente su
puesto en el movimiento que impulsa á los Profesores de nues-
tras escuelas, al igual que á los de la Universidad, hacia las
obras postescolares...»; y el Ministro felicita á sus Maestros
por este noble concurso prestado á la educación del pueblo,
añadiendo luego: «... Qae vuestra escuela sea un foco de don-
de irradien la ciencia y el poder fecundante del bien. La tarea
es vasta...» y noble en extremo.
Lo interesante es qae el llamamiento elocuente del Minis-
tro ha sido escuchado, habiéndose organizado en un gran nú-
mero de escuelas cursos de adultos, conferencias, asociaciones
de antigaos alumnos y patronatos, y donde no hay cursos
postescolares especiales, la mayoría de los Profesores dan los
cursos en otros locales, organizados, ya sea por los Munici-
pios, ya perlas Cámaras de Comercio, ó bien por las asociacio-
nes de enseñanza popular (1).
Además, Millerand ha fomentado los cursos libres, sub-
vencionándolos; hoy hay ya más de 430 establecimientos de
enseñanza libre, merced á su acción protectora.
Considerada ahora en sus resultados, tal cual éstos se re-
velan en la estadística, la obra pedagógica especial del Minis-
tro Millerand, no pueden aquéllos ser más animadores y elo-
(1) Ob. cit., pájr. 383.
158 LA ESPAÑA MODERNA
cuentes. La enseñanza técnica, en efecto, ha tomado muy al-
tos vuelos en los dos años y medio á que el libro de M. Lavy
se refiere.
Contemple cualquiera de nuestros Ministros de Instrucción
pública estos datos sólo; en 1899 gastaba el Ministerio del...
Comercio, en enseñanza^ 3.868.804 francos; en 1900, la cifra se
eleva á 4.108.957; en 1901 alcanzó ésta la suma de 4.429.812,
y para 1902 se calcula en más de ¡5.000.000 de francos!
Por lo demás, el número total de alumnos era, en 1899, de
9.355, y hoy es ya de 14.400.
* *
He dejado de propósito para lo último las indicaciones in-
dispensables acerca de la iniciativa, que reputo verdadera-
mente trascendental y muy significativa, del Ministro Mille-
rand, iniciativa, como ya dejo dicho, encaminada á fundar
Tina Escuela de perfeccionamiento en los Estados Unidos.
Y reputo muy significativa y trascendental esta iniciativa,
por tratarse de un país como Francia tan nacional ó «nacio-
nalistav, que no es lo mismo, y el cual, á pesar de eso, no pa-
rece que estima contrario al patriotismo reconocer la supe-
rioridad industrial ó mercantil, técnica ó científica, en quien
la tiene, según demostración palmaria de los hechos.
El ejemplo de Francia debiera suscitar entre nosotros un
movimiento de modestia análogo, digo mal, mucho mayor; y
no sólo en materias en las cuales nuestra inferioridad es tan
notoria é indiscutible como en las industriales y mercantiles,
sino en todas las demás; que, aunque á veces, voces de patrio-
tas, un tanto desvanecidos por la natural incultura que nos
caracteriza, nos digan que no están tan mal, lo positivo es
que están malísimamente, y en un grado de inferioridad no
menor respecto del estado de las mismas en el extranjero, que
las mercantiles ó industriales.
Realmente, necesitaríamos unas cuantas escuelas de per-
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 159
feccionamiento en Francia, Inglaterra, Alemania y Estados
Unidos, para nuestros ingenieros, comerciantes, filósofos,
maestros, militares y hasta... curas.
Pero volvamos la Vista al proyecto de M. Millerand.
El Ministro socialista del Gf-abinete Waldeck- Rousseau
«ha estimado que la instrucción científica dada en nuestras
grandes escuelas técnicas á los futuros ingenieros ó industria-
les, podría ser útilmente completada con la organización en el
extranjero de una especie de Instituto práctico de perfeccio-
namiento, haciendo así en favor suyo algo parecido á lo
que encuentran nuestros artistas en la escuela francesa de
Roma» (1).
Hay ya la institución eficacísima de las pensiones indus-
triales en el extranjero; pero no basta esto: tales pensiones,
en efecto, no dan de sí todos los resultados apetecibles, por-
que los pensionados, dejados á sí mismos, no cuentan con el
valioso apoyo de consejeros y guías esclarecidos para orien-
tar de un modo racional sus estudios.
La institución proyectada por M. Millerand se endereza
precisamente á subsanar el defecto apuntado. Mediante ella,
se pretende «proporcionar á los jóvenes provenientes de nues-
tras escuelas, dice M. Lavy, con una amplia instrucción cientí-
fica, guías competentes que conozcan á fondo las cosas y las
gentes del país en que viven, capaces, por tanto, de indicarles
á donde deben ir, lo que es preciso ver y cómo es preciso ver-
lo, al propio tiempo que de comprobar la realidad de los es-
fuerzos personales hechos por cada uno de ellos para justificar
el auxilio que se les presta» (2).
La creación de M. Millerand, de acuerdo con esta idea,
consistiría, de llevarse á efecto, en «un centro de estudios colo-
cado bajo la dirección de un hombre de probada ciencia á la
vez que de gran práctica industrial, y muy conocedor del país.
(1) Ob. cit., pág. 385.
(2j Ob. cit., págs. 385-386.
160 LA espa:&a moderna
el cual podría de ese modo guiar á los jóvenes ingenieros en
sus proyectos, trabajos, viajes de estudios, visitas á las fábri-
cas, y hasta auxiliarles para colocarse provisionalmente en
esas fábricas, á fin de adquirir en ellas, mediante una colabo-
ración personal, un perfecto conocimiento de sus procedimien-
tos de fabricación» (1).
Ese Centro tendría salas de trabajo, una biblioteca con los
instrumentos y medios de trabajo indispensables: tendrá cier-
ta autonomía y se le reconocería la personalidad jurídica, á
fin de que pudiera adquirir, y en la esperanza de que su no-
toria utilidad habrá de provocar la generosidad y el despren-
dimiento de no pocos donantes.
Millerand ha encargado del estudio detallado de su pro-
yecto «á una Comisión consultiva especial, presidida por él
mismo, y compuesta de funcionarios competentes, sabios, in-
genieros, miembros del Parlamento y grandes industriales y
comerciantes». La Comisión, una vez constituida, se declaró fa-
vorable al proyecto, según lo acabamos de indicar, «debiendo
iniciarse, por de pronto, bajo la forma de «una escuela de per-
feccionamiento», instituida para el estudio de las industrias
eléctricas y de la construcción mecánica, en uno de los princi-
pales centros industriales de los Estados Unidos» (2).
* *
He ahí en breves rasgos la obra educativa y en cierto sen-
tido la política pedagógica de un Ministro de Comercio, y por
añadidura de un socialista. Acaso no sea digno de aplauso
cuanto ha hecho; quizá resulte poco lógico que un Ministro de
Comercio tenga que ocuparse con género alguno de enseñan-
zas, cuando el sistema general de la educación pública tiene
su órgano propio en el Ministerio de Instrucción pública. Pero
ni aquellas críticas posibles, ni este reparo á la organización
(i; Ob. cit., pág. 386.
(2) Ob, cit., pág. 387.
EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA 161
administrativa, en sus relaciones con la función pedagógica
del Estado, pueden amenguar el valor positivo del espíritu re-
formista del Ministro Millerand. Encontrándose este, como se
encontraba, con toda una rama déla enseñanza pública, entre
los servicios de su departamento, lo mejor que podía hacer era
darle la importancia que supo darle y poner especial empeño
en mejorarla.
M. Millerand, como todos los políticos de los países verda-
deramente civilizados, piensa, así al menos se desprende de sus
circulares y de sus reformas mismas, que no hay interés que
supere en valor y en trascendencia social al interés de la
enseñanza, y que es un deber primario de gobierno, cuando
quiera que con la enseñanza se tropiece^ poner especialísimo
cuidado en fomentarla y levantarla, á fin de que cada día res-
ponda mejor á las esperanzas que las gentes ponen en su ac-
ción civilizadora y pacificadora.
Por otro lado, y bien miradas las cosas, era lógico que el
Ministro francés, que desde las filas socialistas prestó su apoyo
al Gabinete de defensa republicana, tomase con empeño espe-
cial la reforma de la enseñanza técnica; al fin y al cabo se tra-
ta de aquel género de enseñanza que acaso tiene relación más
directamente con los intereses de las clases trabajadoras.
De todas, suertes, bien puede registrarse el ejemplo de la
obra del Ministro Millerand con la enseñanza técnica france-
sa como una prueba más, entre tantas y tantas como doquier
se producen, de la importancia preeminente que en los dife-
rentes pueblos alcanzan los problemas pedagógicos, por espe-
cialísimos que sean: cosa esta que entre nosotros conviene re-
cordar á cada instante, sin temor de ser pesado, ya que quizá
constituímos el país de cuantos forman el mundo que por cul-
to pasa, donde tales problemas son menos sinceramente estu-
diados, á la vez que más superficialmente comprendidos, y en
su consecuencia, donde aquéllos aparezcan peor planteados y
resueltos.
Adolfo Posada.
E. M.— Julio 1902. 11
CJRONICA LITERARIA
Grafómanos de América (tomo I), por Fray Candil (Emilio Bobadilla).
— Idea de una paradoja sobre la critica. — A ras de tierra (cuentos), por
D. Manuel Bueno. — Las niñas del Registrador (costumbres provin-
cianas), por D. Cristóbal de Castro.
No he leído yo la mayor partf de los libros y composicio-
nes sueltas de escritores americanos de que habla Fray Can-
dil en su obra Grafómanos de América (tomo I), y de seguro
les sucederá otro tanto á la mayoría de los lectores españoles
de dicha obra. Claro es que, después de leer á Bobadilla, no se
siente desconocer los escritos de los grafómanos á quienes él
fustiga, pero Yoy á otra cosa. Aun sin conocer los libros á que
se refieren sus trabajos de crítica, resulta la obra de Fray
Candil de agradable lectura, entretiene, deleita y hasta en
ocasiones instruye. En este caso práctico veo confirmada la
sospecha que hace tiempo abrigo de que en la crítica lo de me-
nos es la crisis, diciéndolo en el lenguaje de Gracián, y lo de
más la amenidad, la erudición y el saber con que el crítico ade-
rece sus juicios.
Claro es (jue esto equivale á confesar que la crítica, como
función judicial encargada de definir lo justo y lo injusto, lo
bueno y lo malo en literatura, vale intrínsecamente poco. Si
así no fuese, la crítica no podría interesar más que á aquellos
que conociesen su objeto: el cuerpo del delito ó el motivo de
CRÓNICA LITERARIA 163
las alabanzas. Pero en la mayoría de los casos, cnaii.do no se
trata de libros de mucha actualidad y muy divulgados, ocu-
rre que los que leen al crítico no han leído al escritor criticado
y tienen que creer al primero bajo su palabra, hasta cierto
punto. Claro es que el crítico ofrece siempre, al exponer su
juicio, alguna muestra de lo que critica, y bien cita frases ó
párrafos del escrito criticado, ó bien procura dar en resumen
idea de él; pero estas referencias y citas suministran siempre
un conocimiento muy incompleto, fragmentario y parcial, aun
suponiendo que presida en ellas la buena fe más cabal; y para
apreciar desde el punto de vista crítico un libro de crítica li-
teraria, es menester conocer de antemano su objeto, el libro ó
escrito criticado.
Esto representa ya cierta inferioridad de la crítica, la in-
ferioridad de lo relativo. Un novelista nos presenta costum-
bres que tal vez no conocemos, un poeta nos describe lugares
que no hemos visto; en estos casos no es indispensable el co-
tejo con el original, y basta con que tengan aire de verdad
tales pinturas literarias para que por buenas las admitamos.
En cambio, para formarnos idea exacta de un libro, necesi-
tamos leerlo; por eso los manuales de historia de la literatura
sirven de poco Cuando no se conocen los textos originales. Y es
que un libro (aunque desde el punto de vista psicológico sea
un producto natural de su autor) participa (para el espectador)
de lo imprevisto, de Idi, potencia de individualidad, de origina-
lidad y hasta de extravagancia de las cosas artificiales. Por eso
al crítico le es mucho más difícil que al novelista ó al poeta
interesar á la masa general del público, y por eso también me-
recen aplauso los que, como Fray Candil^ consiguen ese desi-
derátum.
*
* *
En Grafómanos de América no se dibuja por vez primera
la personalidad crítica de Bobadilla, no asistimos á la apari-
ción de un carácter y de una manera. Fray Candil lleva ya pu-
164 LA ESPAÑA MODERNA
blicados 'muchos libros de crítica y sátira. Todos ó casi todos
los he leído; pero éste, no sé si porque realmente lo sea, ó por
estar más fresca ó inmediata su lectura, me parece el que me-
jor refleja esa personalidad, y en él la veo depurada y afinada
en el estilo, más equilibrada, más segura de sí misma en su
marcha.
Repito que en esto puede haber algo de ilusión subjetiva
por lo reciente de esta lectura y lo remoto de las otras. Los
rasgos característicos de esa personalidad, espontáneo el uno,
producto el otro del estudio y de la dirección de la cultura,
son la tendencia satírica y la aspiración á dar una base cien-
tífica á la crítica é imponerla por ende á la literatura, obligán-
dola á estar muy al tanto de la psicofísica y de las demás
ciencias del hombre y de la Naturaleza.
Satírico es ante todo Fray Candil. Tiene la gracia, la mo-
vilidad de espíritu, la agilidad intelectual, la aguda percep-
ción, necesaria para ello. Esta nota de su carácter literario no
se encierra en sus libros de crítica, sino que sale también á la
superficie en otros de diferente género. En Novelas en germen^
otro libro reciente del autor de Grafómanos de América (re-
ciente no quiere decir que sea de ayer), hay una novelita titu-
lada Las larvas^ para mi gusto la mejor del volumen, y que es
una obra maestra de observación y de sátira. En Las larvas
se ve un novelista de cuerpo entero. También en Vórticey co-
lección de poesías de Bobadilla, aunque la nota dominante
sea otra, aparece de vez en cuando la personalidad del sa-
tírico.
El otro carácter que veo yo en estas críticas, lo que en
una teoría básica de la literatura (tomando la denominación á
Salillas) podría llamarse la base científica, revela por lo me-
nos, además de estudio y lectura considerables, un criterio
fijo una orientación definida del pensamiento. Fray Candil es
un freiré naturalista en el sentido filosófico de la palabra, no
en la vulgar acepción literaria, agnóstico, positivista al pare-
cer. De este criterio filosófico puede pensarse lo que se quiera.
CRÓNICA LITERARIA 165
Lo que nadie que haya leído los libros de Bobadilla podrá ne-
gar es que, además de mucha cultura, revelan pensamiento
propio. En Grafómanos de América hay digresiones interesan-
tísimas, en las que el autor expone puntos de vista generales,
que trascienden de los límites de una obra literaria particular.
Lo que dice acerca de la antigüedad clásica y del clasicismo
literario á propósito de los Cantos del poeta Chocano, me pa-
rece muy exacto, muy bien visto y muy bien dicho. Esas pá-
ginas son de las mejores del libro, y la materia no es llana ni
sencilla, como puede creer el vulgo semi-ilustrado ó algún es-
tudiante de Filosofía y Letras que mire la antigüedad al través
de algún Manual de texto. Penetrarse del espíritu de las ins-
tituciones, de las costumbres, de las literaturas y de las len-
guas de la antigüedad clásica, ofrece innumerables dificultades
para el hombre moderno. Tras tantos siglos de estudiar y leer á
griegos y romanos, acaso los conocemos sólo superficialmen-
te, y á medida que vaya decayendo el estudio de sus lenguas,
iremos alejándonos más y más de ellas, por mucho que se mul-
tipliquen las investigaciones de otros géneros.
El libro de Fray Candil lleva el subtítulo de Patología lite-
raria, que es todo un programa y define el pensamiento del
escritor. La crítica puede concebirse, en efecto, como una fisio-
logía, una patología y una historia natural de las letras; como
un estudio y una clasificación de las obras, ó sea de los indivi-
duos literarios sanos, y un estudio y una clasificación también
de los individuos enfermos y anormales. Equilibrar la perso-
nalidad del satírico y la del patólogo, no es fácil. A primera
vista parecen muy diferentes. Para el satírico, la deformidad
ó la anomalía es materia de risa ó de corrección de costum-
bres (de costumbres literarias en este caso), según predomine
en él la tendencia á lo cómico ó la inclinación á lo grave; para
el patólogo es un caso contra el cual no se indigna en manera
alguna como el satírico, y que hasta pueda inspirarle cier-
ta afición profesional si es raro ó muy característico, ó
tiene en lo malo alguna manera de perfección ó extremo.
166 LA espa:Sa moderna
Desde este punto de vista, un libro malo, á fuerza de serlo,
puede adquirir para el patólogo un gran atractivo, casi cierta
belleza, como caso típico, de puro malo.
*
* *
¿Son justas las críticas de Fray Candil? En aquella parte
en que ofrece muestras de los escritos criticados lo parecen,
pero no temo yo sentar una doctrina anárquica diciendo que
la justicia ó injusticia de la crítica me parece, si no indiferente
en absoluto, muy secundaria ó inferior, desde elpunto de vis-
ta artístico, á méritos formales como el ingenio, la discreta
exhibición de la cultura y la elegancia de la forma. Entre
Anatolio France, injusto á veces en su Vie literaire (alguna
vez lo ha sido), y Don Hermógenes, justo en algún caso (al-
guna vez puede acertar el más ínfimo pedante), me quedo con
Anatolio France.
Además, la justicia de la crítica me parece muy difícil de
aquilatar, de presente. Hay que fiar al tiempo, á la poste-
ridad, su ratificación, y la mayor parte de las veces la crítica
y el libro criticado se quedan en el camino, sepultados en el
polvo del olvido. Sólo en lo mínimo y vulgar pueden parecer
inapelables los fallos de la crítica, es decir, en lo gramatical
y en las reglas más elementales de la Retórica y Poética. Si
un escritor (de algún modo hay que llamarle) pone haiga ó
establece concordancias vizcaínas, el Diccionario y la Gramá-
tica de la Academia bastan para sentenciarle á inhabilitación
temporal ó perpetua. Si hace un soneto con trece versos, cual-
quier tratado de Retórica y Poética le condena. Pero en cuan-
to se sube un poco, se penetra en la región de lo opinable y la
autoridad de la crítica va quedando reducida á la personal de
quien la ejercita, ó á la del uso, que es como si dijéramos la
opinión pública en literatura, cosa de suyo variable y discu-
tible. Aun en lo elemental j hay tan poco seguro! La Gramá-
tica y el Léxico varían. No es probable que en lo porvenir se
CRÓNICA LITERARIA 167
diga haiga, porque la evolución fonética tiene sus leyes, ó por
lo menos ha seguido en lo pasado ciertos caminos que parece
verosímil que siga también en lo futuro, dentro de cada len-
gua ó cada familia de lenguas (las lenguas romances, por
ejemplo, en su derivación del latín); pero muchas palabras se
dirán de distinto modo que ahora, y algunas se secarán y na-
cerán otras nuevas, mientras la lengua viva. Y lo propio su-
cederá en cierta medida (desde luego en menor medida) con
las combinaciones sintáxicas y las formas retóricas. También
la Sintaxis, que es una morfología, varía y tiene su historia.
En suma, que en materia de crítica me siento muy inclinado
al Pirronismo.
Si yo tuviera tiempo ó ingenio para llevarlo á cabo, escribi-
ría tal vez una Paradoja sobre la critica, proclamando la caída
ó la bancarrota, como se dice ahora, de la crítica judicial. Por
de contado que otra me quedaría dentro, aunque por modes-
tia y por el buen parecer la llamase paradoja. En ella sosten-
dría, por ejemplo, que la crítica que decide de lo bueno y lo
malo, de lo justo y lo injusto, es un anacronismo, pues perte-
nece á la época de las reglas, cuando hoy las reglas han veni-
do tan á menos que paede decirse que la literatura y las artes
viven en un régimen de anarquía, si es que las palabras régi-
men y anarquía pueden ir juntas en una frase sin reñir y tirar-
se las letras á la cabeza. En la historia de las reglas hay un
período de formación en que se inducen de la experiencia,
otro en que forman cuerpo de doctrina é imperan; otro en que
se relajan y caen, caaudo la mayor cultura las reduce, las
simplifica y las deja limitadas á la esfera de los procedimien-
tos técnicos, al manejo de las primeras materias del arte y del
instrumento artístico; en la literatura á la palabra, es decir, á
lo gramatical.
GxiíiQd^ judicial sin reglas es como tribunal sin leyes, juz-
168 LA ESPAÍStA MODEfeNA
gando ad arbitrium, ó á lo sumo ex cequo et bono, dando un
parecer. ¿Y qué importa un parecer individual sobre un libro?
En puridad, nada. Para el resultado inmediato no importa
más parecer que el del público, que paga y da notoriedad;
al que abrigue la ambiciosa pretensión de escribir para la pos-
teridad, sólo le importa lo que diga ésta, si algo dice, que en
la mayoría de los casos no dirá nada, por falta de noticias.
No quiero yo afirmar que en literatura no valgan los pare-
ceres ni se pueda opinar; valdrán por la autoridad personal,
por lo ingeniosos, lo profundos, lo delicados, por cualquier
excelencia sustantiva. Lo que pongo en duda es su trascen-
dencia y su utilidad práctica.
Por eso la crítica virulenta, la que pega^ cuando no es di-
vertida y amena como la de Fray Candil^ me parece un ex-
abrupto^ y un modo de perder el tiempo, aunque llame gene-
ralmente la atención por el placer inconfesado que la mayoría
de los hombres experimentan al ver jorobar al prójimo. Lejos
de ser conveniente indignarse ante un libro malo, hay que
considerar que, dado que uno se creyera con autoridad para
decidir que efectivamente es malo, sería indiferente decirlo.
La menos mala entre las malas obras que puede perpetrar un
hombre, es escribir é imprimir un libro malo. En realidad, ¿á
quién sino á su autor perjudica un engendro semejante? Cuan-
do corrían por el mundo pocos libros, podía haber cierto peli-
gro relativo en que salieran á ]uz los malos; pero ahora con
tantos, lo general es que no se lean; hasta los buenos los lee
una ínfima porción del género humano. Pese al orgullo de
que en mayor ó meuor medida participamos todos los que
nos servimos de las letras de molde ó las servimos á ellas,
la acción de la literatura es superficial, epidérmica. No ya en
España, donde tanta gente no sabe leer ni escribir, sino en
los países más civilizados, llega poco de la literatura culta,
erudita, digámoslo así, á las capas profundas de la población,
á la mayoría de los habitantes.
El punto de vista patológico en que se coloca Bobadilla
CRÓmCA LITEilARIA 169
me ípareoe más acertado. Cuando un crítico tropieza con un
disparate, es mejor que trate de explicarse por virtud de quó
causas intelectuales al autor le pareció belleza aquel desatino,
que no que llame asno al culpable ó le aconseje que se dedique
á vender garbanzos y jadías, sin advertir que, acaso, acaso
esta ocupación sea más honesta ó importante para la repúbli-
ca, y tal vez mejor para la salvación del alma ó para conse-
guir una vida dichosa (si no se cree en el alma ni en la salva-
ción), que no el escribir sonetos ó novelas buenos ó malos.
¿A qué hacer crítica entonces? — se dirá. Hay varias causas
para que se haga. La fuerza del hábito, el peso de la tradición,
el amor propio de los autores, la afición á juzgar al prójimo y
á decir bien ó mal de él... Además hay razones más fundamen-
tales. Los libros son un asunto como cualquier otro. Así como
se escribe acerca de los objetos de la intuición, se puede escri-
bir acerca de los libros, que son como si dijéramos un asunto
(Je segunda mano, tomado á su vez del natural, ó de alguna
copia de él. En este sentido puede decirse que lá crítica opera
sobre conservas^ no sobre los frutos frescos y jugosos de la
realidad.
^ Un libro bueno ó malo, considerado como asunto^ puede te-
ner, sin embargo, mucho encanto, mucho atractivo, y el crítico
puede tomar entre otras, una de estas direcciones: ó la cientí-
fica, qae tiende á explicar — ¿por qué no se han de explicar los
libros cuando el espíritu humano tiende á explicarlo todo? — ó
la artística, que tiende á hacer literatura á propósito de un li-
bro, casi con pretexto de un libro. Entre ambas cabe un pru-
dente eclecticismo ó una bien ponderada combinación. De una
y otra hay en el libro de Fray Candil^ aunque su concepto de
la crítica debe de estar más cerca de la primera.
Por esa misma decadencia de las reglas á que antes alu-
día, se explica que críticos perspicaces y de cultura como Bo-
badilla busquen en otra parte algo con qué suplir el cuerpo
de doctrina literaria que se echa de menos, y examinen, por
ejemplo, á los autores sobre la psicología de sus personajes y
170 LA ESPAl&A MODERNA
les llamen á capítulo sobre los errores científicos que cometan.
Esto, tratándose de poetas, me parece una crueldad y hasta
una demasía. Puede haber errores y hasta disparates bonitos.
Si hemos convenido en que la moral no tiene nada que hacer
en casa del arte, ¿por qué hemos de dar entrada en ella y per-
mitir que se señoree, ala verdad científica, que muchas veces,
á pesar de sus humos, es una simple hipótesis? Lancemos con
los estetas (pero sin arrimarnos demasiado á ellos) el grito
subversivo de ¡Viva la belleza independiente! O si hay restric-
ciones y tutelas, pase en primer término la de la moral, que es
la que más importa á la mayoría de los hombres. O no les pre-
guntemos á las cosas bonitas si son verdaderas, ó de pregun-
tarles algo preguntémosles en primer lugar si son buenas y
honestas.
La otra crítica, que apenas se llama crítica, la que discre-
tea agradablemente á propósito de un libro y á menudo habla
mucho menos de él que de cualquier otra cosa, se mantiene en
el terreno estético y es obra sustantiva mejor ó peor, pero
cuyo mérito no está en su relación de exactitud ó inexactitud
con lo criticado. Claro es que, en realidad, es un mínimum de
crítica, pero puede tener subido valor literario intrínseco. De
esta clase son algunos de los artículos de la antes citada Vie
literairej de Anatolio France, y confieso mi pecado, me gus-
tan más que los eruditos y sólidos estudios de Brunetiére, tan
sabio, pero á veces tan seco y antipático.
Pero baste ya de digresiones y de crítica. Poco á poco me
he ido desviando de Los grafómanos de América, de Bobadilla.
Cúlpese á lo sugestivo del libro. Obras como ésta, que por aso-
ciación de ideas despiertan y evocan multitud de pensamien-
tos, son como un jardín deleitoso que con el cebo de su belle-
za hace apartarse al viajero de la senda y le convida á algu-
nos momentos de esparcimiento y meditación. ¿Y qué mejor
elogio que este efecto?
*
* *
CRÓKICA LITERARIA 171
A ras de tierra se titula una nueva colección de cuentos
del conocido y bien reputado literato D. Manuel Bueno. Los
cuentistas abundan ahora extraordinariamente, pero no así
los buenos cuentistas, pues este género, sencillo y fácil en apa-
riencia, requiere las mismas facultades que la novela. Entre
tantos como escriben cuentos en España (como en todo país
en que es cultivada la novela y se publican bastantes periódi-
cos), quizás no se podría entresacar más de una docena de
buenos cuentistas. El autor de A ras de fierra es uno de ellos,
y su nuevo libro confirma el favorable concepto que de su
buen gusto, sus dotes de observación y su agradable estilo
permitieron formar trabajos literarios anteriores, de alguno
de los cuales se hizo mención en estas crónicas de La España
Moderna.
El cuento ha seguido en su evolución los mismos pasos que
la novela, de la cual es una especie. Hoy, en realidad, no hay
diferencia sustancial de procedimientos artísticos ni de forma
de composición entre el cuento, la nouvelle de los franceses —
novela corta — y la novela propiamente dicha. La diferencia
es puramente cuantitativa, de extensión, y en todo cuentista
hay, por tanto, un novelista en potencia.
A lo mucho que se cultiva el cuento en todas las literaturas
modernas de Occidente, contribuye, á mi parecer, no sólo el
predominio de la forma novelesca, sino también el desarrollo
del periodismo y la participación creciente que otorga á la li-
teratura en sus tareas enciclopédicas. El periódico necesita
escritos cortos que den una nota de amenidad, y como al lec-
tor moderno le agrada más por lo general la prosa que el ver-
so, el cuento es el género más propio para llenar aquella ne-
cesidad. Aquí aparece en cierto modo invertida la ley biológi-
ca de que la función crea el órgano. El órgano, el periódico,
aparece, si no creando la función, porque el cuento ha existi-
do mucho antes de que hubiera periódicos ni se pensara si-
quiera en que pudiese haberlos, facilitándola, multiplicando
su ejercicio. En periódicos se han publicado, si no todos, al-
172 LA ESPAÑA MODERNA
gunos de los cuentos de Bueno, reunidos ahora en el citado
volumen, y es indudable el servicio que á la literatura presta
el periodismo con estas publicaciones, que en cierto sentido
relativo forman parte de su misión educadora, pues van crean-
do el gusto y convirtiendo en público literario á la gran masa
de lectores de periódicos. No creo yo que la literatura sea ni
pueda llegar á ser lo principal en los periódicos diarios, que
tienden á erigirse en órganos de comunicación de toda la vida
social, pero su papel de misioneros de las letras tiene impor-
tancia considerable y presta ayuda valiosa á la cultura, en su
fase artística.
Como en la mayor parte de los cuentos modernos, en los de
Bueno el asunto no es lo principal. Quizás el autor al darles
el título de A ras de tierra ha querido expresar que no iba á
referir sucesos extraordinarios, sino casos corrientes de la vida
ordinaria. Tal vez en esto es donde más se nota la transforma-
ción del género. El cuento era antes una relación breve de
algún caso notable por el chiste, la lección moral ó el ejemplo
de ingenio; la novela era una nueva^ la noticia fresca de algu-
na ocurrencia feliz ó aventura memorable. En el Sobremesa y
alivio de caminantes de Juan de Timoneda, para citar un ejem-
plo muy característico, se contienen, según el autor, afables y
graciosos dichos^ cuentos heroicos y de mucha sentencia y doc-
trina, sabias respuestas, ejeijaplos acutísimos, dichos muy fa-
cetos. El cuentista buscaba en efecto, como el historiador, su-
cesos memorables y extraordinarios; sólo que el último los
hallaba en la vida pública, y aquél, por lo general, en la pri-
vada. En la evolución de la novela y el cuento, paralela ó muy
semejante á la de la Historia, se ve claro el parentesco íntimo
de ambos géneros. El historiador moderno da preferencia á la
llamada historia interna, que refleja lo normal y lo corriente
en la existencia de las sociedades: el género de vida, el des-
arrollo de la cultura, el trabajo, los precios, las costumbres,
las ideas, las preocupaciones, etc. Y semejantemente el nove-
lista no se cree obligado á estudiar j presentar casos extra-
CEÓNICA LITERARIA 173
ordinarios, sino que interpreta desde el punto de vista artísti-
co y poético la vida ordinaria, las pasiones y sucesos comunes.
Ni en uno ni en otro caso está proscrito lo extraordinario; pero
no es ya lo único memorable, sino la excepción, que ocupa el
puesto que en realidad le corresponde. Donde subsiste la for-
ma arcaica del cuento es en el cuento popular, originaria-
mente no escrito en el chascarrillo, en lo que los franceses
llaman nouvelle á la main. El pueblo es siempre gran conser-
vador de cosas rancias, sobre todo si al lenguaje afectan ó con
él se relacionan.
Citaré como ejemplo uno de los cuentos de Bueno: El hijo.
Es una historia de adulterio; el caso es vulgar, los personajes
también. El arte del literato está en la manera de presentarlo , en
aquellas sencillas frases del final, que literaria y psicológica-
mente son un rasgo magistral de observación y de expresión.
Cuanto más trivial y más sencillo es el asunto, más arte se
necesita en el expositor y más aguda penetración es precisa
para llegar á las aguas vivas de la poesía, al manantial oculto
de emoción que en sí lleva todo dolor ó todo placer humano
por humilde é insignificante que parezca.
Además del citado cuento, los que más me gustan en el
libro de Bueno son: Lo irreparable , La sorpresa^ Destierro ^
La caída y Un corazón. Los dos primeros, en particular, se
distinguen per lo hondo y bien expresado del sentimiento. Y
así en los que quedan mencionados como en los que no cito,
muestra el autor que sabe enfocar bien los asuntos, elegir la
escena principal en que ha de concentrarse' el interés del cuen-
to. En todos los géneros de corta extensión, que tienen que
ser por fuerza sintéticos, es este el primero y el más indispen-
sable de los aciertos.
El estilo de D. Manuel Bueno es sobrio, sencillo, sin hoja-
rasca, pero flexible y expresivo. Me agrada especialmente en
este escritor, que en poco tiempo ha conseguido sobresalir de
entre la nueva generación literaria, lo que podría llamarse su
honradez artística. No busca efectos de relumbrón ni se ador-
174 LA ESPAÑA MODERNA
na con oropeles. Su arte es sólido y sincero; en él no hay mo-
neda falsttj aplicando la frase de Nietzsche, que en puridad se
reduce á nuestro pedestre pero expresivo dar gato por liebre,
¡Cuántos literatos famosos, españoles y extranjeros, tendrían
que aprender de Bueno en este aspecto de la moral literaria!
* *
Las niñas del Registrador (Costumbres provincianas) es una
novelita en que hace sus primeras armas en este género don
Cristóbal de Castro, autor de muy lindos versos y de amenas
crónicas periodísticas. Hay en este libro descripciones anima-
das y pintorescas, como la que contiene el capítulo Gazpacho
al sol; el autor narra con facilidad y soltura, y el asunto no
deja de tener su filosofía. Un sujeto, por simpatía ó bondad de
corazón, se casa con una mujer fea, pero luego le gusta más
su cuñada, que es guapa. Eso de que á los hombres les agra-
den más las mujeres hermosas que las feá,s, aunque á primera
vista parece cosa tan llana que se cae de su peso, tiene su in-
tríngulis y su significación metafísica. Al que lo dude, le re-
mito al Mundo como voluntad y como representación de Scho-
penhauer. Allí, en el capítulo titulado Metafísica del amor y
que es un tratadito de lo más ameno, sugestivo y profundo que
se ha escrito sobre la materia, verá cómo anda en el ajo el ge-
nio de la especie que guía por el camino que á ésta convienen
los caprichos y aficiones individuales, á fin de que el tipo hu-
mano no degenere lamentablemente.
En el desengaño de la pobre mujer burlada, que piensa
suicidarse, mas luego se arrepiente, reconociendo que la vida
es muy hermosa á los veinticinco años y que este picaro mun-
do con todas sus penas, vale, no obstante, la de vivir, parece
haber concentrado Castro el sentido de su novela. Aquí sí que
no se puede invocar la autoridad de Schopenhauer, pero cabe
alegar otra más alta y remota, la del divino Aquiles, cuya
sombra, dejDartiendo con Ulises cuando éste fué á consultar á
CRÓNICA LITERARIA 175
Tiresias el tebano, confesó que vale más ser un humilde ga-
ñán y servir bajo la luz del sol á un amo que apenas tenga
qué comer, que reinar en la región de las sombras.
Prescindiendo del proceso psicológico — en verdad muy dis-
cutible,— mediante el cual opera su retorno al amor ala
vida la heroína de la novela, Castro ha sabido dar origina-
lidad, colorido y poesía á ese final de su libro, ensayo muy
afortunado que ha merecido los elogios de varios escritores de
buen gusto, entre ellos Julio Burell.
E. Gómez de Baqüero.
liEYISTA DE REVISTAS
SUMARIO: Literatura: Notas sobre Enrique Ibsen.— Novelistas fran-
ceses: Estaunié, Kahn y Bordeaux. —Cuestiones socjalbs: Las Con-
greg-aciones y la mano muerta. =Ocultismo: El espiritismo en Ingla-
terra.^Sociología: La trata internacional de las mujeres.=FEMiNis-
mo: Las desafinadas. =Impresiones y notas: Los partidos liberales.—
¿Le gusta tener amo á la raza humana? — Horas de alumbrado al año.
—El analfabetismo en Italia.— El Marqués de Santillana.
Notas bobre Enrique Ibsen. — Si es cierto — dice en La Re-
vue la señora Remusat— que las impresiones de la edad prime-
ra ejercen decisiva influencia en el carácter y en las ideas del
hombre hecho, no es extraño que Ibsen tenga como rasgos
típicos de su fisonomía literaria lo sombrío, lo triste y lo
amargo.
Nacido en Skien, ciudad pequeña del Sur de Noruega, la
casa en que vivía estaba situada entre los muros de la iglesia,
con la picota á la derecha y la cárcel á la izquierda, ocupando
los sótanos del Ayuntamiento. Todas sus visiones de niño eran
visiones de miseria y de dolor. De estas trágicas impresiones
le quedó una profunda compasión por el sufrimiento humano,
por lo« débiles y los oprimidos. En Skien se contaba que la
torre cuadrada de la iglesia estaba habitada por un gran perro
negro; una noche de 1.^ de año el vigía subió á la torre para
EEVISTA DE REVISTAS 177
ananciar al pueblo la hora de las doce; el perro le siguió, y
fijando en él sus ojos chispeantes, le hizo caer á la plaza, don-
de apareció su cuerpo inanimado al día siguiente. Ibsen, de
niño, subió con su niñera á la torre y se sentó en el borde ex-
terior de la cupulilla, desde donde descubría su casa y toda la
población; su madre, al verle allí, se sintió acongojada y se
desmayó; la criada bajó toda asustada, y desde entonces le pa-
recía á Ibsen que entre él y el misterioso perro negro había
cierta secreta relación.
Ocho años tenía cuando su padre se arruinó, y tuvieron que
salir de su casa para instalarse en las afueras en una casa vie-
ja; Ibsen pudo apreciar la inconstancia y la ingratitud huma-
nas, y quizá son fruto de aquellos recuerdos ciertas reflexiones
de sus Sostenes de la sociedad. Poco amigo de diversiones, su
placer mayor consistía en encerrarse en su cuarto y leer y es-
tudiar. A los diez y seis años salió de su casa para ganarse la
vida, y hasta los veintidós fue alumno de Farmacia en Grrims-
tad. No se podía conformar, sin embargo, con ser un simple
boticario. Tenía aspiraciones grandes, y á pesar de su salva-
jismo y de su timidez en sociedad, era excesivamente audaz.
Su primera obra dramática, Catílina, escrita á escondidi-
llas, ofrecida sin éxito al teatro y á varios editores, fue publi-
cada á expensas de un amigo, el estudiante Schulerud. Se
vendieron 45 ejemplares, y el resto fué á parar á una tienda
de especiero. La sefiora Inger de Osteraat^ drama histórico en
cinco actos (1854), le produjo 280 francos que le pagó el direc-
tor de un periódico ilustrado; Los guerreros de Heligoland
(1857), rechazados por el teatro de Cristianía, le valieron 170
francos en librería. Una fiesta en Solhug se representó con éxi-
to en Bergen, y el Príncipe Napoleón, que asistió á la repre-
sentación, la hizo traducir al francés, aunque no llegó á ha-
cerla poner en escena como había prometido. En 1858, Ibsen
era considerado por EL Correo de Cristianía como un gran cero
en dramática; eso era lo que más le desesperaba, que se du-
dase de su genio. Sus gestiones para que el Gobierno le auxi-
E. M.—Jiclio 1902. 12
178 LA ESPAÑA MODERNA
liase fueron inútiles, y lo único que lograron sus amigos fue
colocarle en un modesto empleo en Aduanas para que no se
muriera de hambre. Firme siempre, y sin perder un instante
la fe, su fuerza de voluntad triunfó de todo. Ahogado entre
las montañas de Noruega, en 1864 marchó á Italia, y durante
varios años llevó una existencia nómada, visitando Alemania
é Italia, y asistiendo á la inauguración del canal de Suez. En-
tretanto su reputación se abría paso, y cuando volvió á su pa-
tria llevaba un nombre glorioso.
De 1850 á 1900, Ibsen ha escrito 23 obras dramáticas que,
á partir de 1877, se sucedieron con perfecta regularidad, una
cada dos años (¡casi un Lope!), con la sola excepción de Los
aparecidos y Un enemigo del pueblo, que son de 1881 y 1882.
Primero bosquejaba la obra en un corto poema, y luego la
desenvolvía en escenas. Brand abre la serie de obras escritas
en el extranjero, y desde entonces Ibsen sólo se preocupa de
problemas sociales, morales y religiosos. Una sola vez, en
1873, vuelve al drama histórico al escribir Emperador y Ga-
lileo. Sólo ha sido representado en el festival organizado para
celebrar el LXX aniversario del nacimiento de Ibsen.
Pascal ha ejercido gran influencia sobre Ibsen, y la doctri-
na del esfuerzo individual, del perfeccionamiento de la volun-
tad antes que el de la inteligencia y la del aislamiento para
mejor cultivar la voluntad, se hallan en germen en el gran
filósofo; la teoría del superhombre de Nietzsche, en que se
proclama la religión del yo, y en la que el culto de la persona-
lidad se impone categóricamente, es un desarrollo de la doc-
trina ibseniana del individualismo.
Ibsen ha declarado á Jorge Brandes, que se habían equivo-
cado sobre el sentido de su obra. «Hubiera podido hacer de su
héroe, dice, en lugar de un sacerdote, un político ó un escul-
tor.» ¿Será quizá por este motivo por lo que, treinta años más
tarde, ha escrito Cuando nosotros muertos nos despertemos? En
todo caso esta obra es feminista, lo que no sucede con Brand.
El asunto de la Casa de muñecas le fue inspirado por la
REVISTA DE REVISTAS 179
aventura auténtica de un matrimonio en que uno de los espo-
sos era danés y otro noruego: eso se dice, pero quizá el asun-
to estaba en la atmósfera. Noruega sólo soñaba con reformas,
al despertar de su letargo de cuatro siglos. «La educación del
hombre — decía Federica Bremer — está confiada á las mujeres;
el progreso moral de la humanidad será, pues, una consecuen-
cia del progreso del sexo femenino»; en 1875 se produjo en
Noruega un gran movimiento feminista; Ibsen asistió á él y
simpatizó con las nuevas ideas, y tal vez de allí salió Casa de
muñecas en 1879.
El desenlace de esta obra pareció inaceptable hasta en No-
ruega, donde lo modificaron con una»especie de epílogo, lo mis-
mo que en Inglaterra y en América; en Alemania la obra hizo
reir, cosa no sorprendente, pues Alemania ha discutido siem-
pre el mérito de Ibsen, del que decía un crítico berlinés que
con él «se había deslizado en el teatro el espectro gris del abu-
rrimienbo.» Hoy, sin embargo, la crítica alemana es menos se-
vera, sin duda por aquello de que «á todo se hace uno».
* *
Novelistas franceses: Estaünié, Kahn y Bordeaux. —
Chispeante de gracia y de ironía, como suelen serlo todos sus
trabajos, es el artículo que Ernesto Charles dedica en la Eevue
Bleue á los novelistas franceses contemporáneos.
Siempre tendremos novelistas — dice, — muchos novelistas.
En la crítica de los salones puede notarse la existencia de dos
opiniones absolutamente contradictorias, pero profesadas por
las mismas personas: la una afirmando la existencia de genios
que brillan con esplendor deslumbrante y hasta fatigoso para
la vista, y la otra diciendo que hoy todos los talentos son poco
más ó menos iguales. Por lo demás, el escritor de genio es dis-
tinto en cada círculo, y varía también de un día á otro: hoy
es Pablo Adam, ó León Daudet y hasta (¡hay que decirlo,
180 LA ESPAÑA MODERNA
aunque sea poco divertido consignar el heclio!) Octavio Mir-
beau; pero los que admiten el genio del uno, niegan el del
otro.
Los novelistas de hoy que no son principiantes, pero que
todavía no son grandes novelistas, comprueban con sus obras
la teoría de la igualdad de los talentos. Son muy pocos los
que merecen ser completamente desdeñados. Se estima mucho
á Hugo E,ebell, á E-enato Boylesve, y entre los que publican
obras estos días, á Eduardo Estaunió, Gustavo Kahn y Enri-
que Bordeaux. Pero ¿cuál de ellos hará raya? Difícil es decir-
lo; cada cual, sin embargo, aunque igual en talento á los de-
más, es muy diferente denlos otros,
Enrique Bordeaux prolonga, por su imitación, la prepon-
derancia literaria de Pablo Bourget, que está ya pasado de
moda. Bordeaux tiene delicadeza y es infatigablemente ele-
gante; de ahí que lo natural sea la cosa más ausente de su
lindo libro lento El camino sin retorno. Un teniente de navio,
noble, por supuesto (¿como no, siendo teniente de navio?), ha
amado y luego abandonado á una italianita llamada Flora; la
vuelve á encontrar, y este encuentro le sirve de pretexto para
enseñarnos sus cuadernos de notas y su análisis del amor, aná-
lisis largo y cuidado, porque parece que en la Marina está la
gente muy desocupada para ello. Ninguna aventura. Muchas
descripciones, muchos paisajes de la Costa de Azul y un estilo
delicioso. ¡Qué bien escribe Enrique Bordeaux! Un estilo vigi-
lado, lamido, de exquisito buen tono, afectado; un estilo en
traje de etiqueta. Hasta la amable Flora, que no ha estudiado
nada, habla constantemente como un libro, y su teniente
gasta maneras de hablar que no son comunes en la Marina.
jNo importa, sin embargo! La elegancia tiene siempre su pre-
cio, y á Enrique Bordeaux hay que quererle por su elegancia
inagotable.
¿Y á Gustavo Kahn? ¿Por qué no hemos de querer á Gusta-
vo Kahn, que acaba de publicar una de las más hermosas nove-
las de la temporada? Gustavo Kahn ha sido poeta simbolista^
REVISTA DE REVISTAS 181
inventor del verso libre, y de ahí que el estilo de su novela no
sea siempre claro. Pero prescindiendo del estilo, hay que con-
fesar que su libro El adúltero sentimental se parece mucho á
una obra maestra. Es un estudio de la vida de provincia, y es
la purísima verdad impregnada de poesía y de ironía. Jamás
se ha pintado con más punzante exactitud la dulce degrada-
ción de las costumbres femeninas de cuarenta años acá.
En cuanto á Eduardo Estaunió, no hay duda que tiene ta-
lento, aunque de otro género. En sus libros La huella y El
fermento se admira la amplitud de la concepción y la forma de
expresión de lo concebido. Hay en sus obras prodigiosa origi-
nalidad; son novelas de filósofo y de moralista, que dejan pro-
funda impresión en el espíritu.
O ÜESTIOIVES SOOIA I^ES
Lás Congregaciones y la mano muerta. — Waldeck Rous-
seau, en su discurso de Tolosa, dijo en Octubre último: «El
valor de los inmuebles poseídos por las Congregaciones, era
en 1880 de 700 millones; hoy pasa ya de 1.000 millones.»
Para todos los Grobiernos — dice Mauricio Desmoulins en la
antigua Revue des Remies — han sido siempre objeto de gran
preocupación los bienes de manos muertas. Es natural que
una Corporación aspire al aumento de sus bienes, y no es me-
nos natural que esta Corporación, no muriendo, logre sus aspi-
raciones; de ahí el exceso que se ha procurado evitar por todos
los medios.
El poder real les impuso los llamados diezmos del contrato,
regularizando su percepción desde 1561; estos diezmos produ-
cían en 1755, 14.598.200 libras. Además había los donativos
que el Rey pedía al clero en sus asambleas quinquenales, y
que producían por término medio 3.400.000 libras al año, sin
contar los donativos extraordinarios, bastante frecuentes, y
182 LA ESPAÑA MODERNA
que oscilaban entre 12 y 30 millones. A pesar de estas exac-
ciones, del impuesto de capitacidn rescatado por el abono
anual de dos millones y del diezmo dinero rescatado por otra
entrega de nueve millones, los bienes de manos muertas cre-
cían incesantemente, y según una memoria de Richelieu, el
clero poseía en 1625 la tercera parte de los bienes del E.eino.
Para atajar el desarrollo de estos bienes, los Reyes toma-
ron multitud de medidas legislativas, pero todas ineficaces,
hasta que se llegó al derecho de amortización, por el cual te-
nían que entregar la quinta parte del valor de sus bienes en
naturaleza de la censual del E.ey y de los feudos, y la sexta de
los demás señores; esto sin perjuicio de «la indemnización».
La Revolución suprimió los conventos y confiscó los bienes
de manos muertas, aplicando el mismo principio que Luis XIV
inculcaba á su hijo; pero después del Concordato de 1801, las
Congregaciones reaparecieron, y la mano muerta con ellas.
De 1802 á 1814, adquieren 8.783 francos de inmuebles, y reci-
ben 13.564 francos de legados; de 1815 á 1829, sus inmuebles
llegan á valer 360.863 francos, y sus adquisiciones por dona-
tivos y legados 1.146.369; de 1830 á 1839, 415.770 francos
de compras y 380.487 de donativos; de 1840 á 1844, otros
304.027 francos de adquisiciones y 499.857 francos de legados.
Al establecerse en 1849 el impuesto sobre las manos muertas,
el valor de los bienes de las Congregaciones ascendía á
43.24.910 francos.
En 1846, los terrenos de las Congregaciones eran sólo
6.850 hectáreas; trece años después, tenían 14.660 hectáreas.
A pesar de todas las medidas fiscales y de todas las leyes res-
trictivas, los bienes amortizados por las Congregaciones se-
guían siempre creciendo, y en 1880 poseían 40.520 hectáreas
con un valor de 712.538.980 francos. Llegando á 1900, nos en-
contramos todavía con un aumento de más de 300 millones.
Hoy poseen 48.689 hectáreas, con un valor de 1.060 millones
de francos.
Todos los miembros de comunidades y congregaciones de-
REVISTA DE REVISTAS 183
ben la contribución personal y la mobiliaria, y entre estas
contribuciones y todos los demás impuestos, el importe de todo
lo que pagan al Estado asciende á 7.656.800 francos anuales,
cifra á todas luces insuficiente, que explica en parte el des-
arrollo adquirido por los bienes de comunidades.
Montesquieu lo ha dicho: «En algunos países de Europa,
la consideración de los derechos de los señores ha hecho esta-
blecer en su favor un derecho de indemnización sobre los in-
muebles adquiridos por las gentes de mano muerta; el interés
del Príncipe le ha hecho exigir en el mismo caso un derecho
de amortización; en Castilla, donde no existe ese derecho, el
clero lo ha invadido todo; en Aragón, donde hay algún dere-
cho de amortización, ha adquirido menos; en Francia, donde
este derecho y además el de indemnización se hallan estable-
cidos, ha adquirido menos todavía, y puede decirse que la pros-
peridad de este reino es debida en parte al ejercicio de estos
derechos».
¿Qué consecuencia sacar de todo esto? La que sacaba Mon-
tesquieu, con la coletilla que le pone Dumoulin: «Aumentad
esos derechos y contened á la mano muerta» , «si es posible» .
OOULTISMO
El espiritismo en Inglaterra. — Los evocadores, cuya apa-
rición y desarrollo primero se efectuó en América, buscaron
en Europa nuevo campo de acción, eligiendo á Inglaterra
como tierra mejor abonada para su propaganda, porque allí
los fenómenos de magnetismo animal, piedra fundamental del
espiritismo, habían atraído la atención de los doctos, habién-
dose fundado en Londres un hospital magnético y siendo po-
pulares los hechos y libros de Jackson Davis, precursor del
moderno espiritismo, al afirmar en 1846 nuestra comunicación
con el mundo de los desencarnados. «Este Jackson Davis —
184 LA ESPAÑA MODERNA
dice en la Bivista Moderna Aquiles Tanfani — era hijo de un
zapatero y seguía el oficio de su padre sin haber recibido edu-
cación escolástica de ninguna clase, lo que no era obstáculo
para que discurriese con admirable lucidez sobre los más di-
versos problemas, dejando estupefactos á quienes le escu-
chaban.»
Por el 1870 empezó en Londres la inmigración de los me-
dios americanos. El primer medio de profesión fue la señora
Haydon, que tuvo mala acogida; Foster, en cambio, tuvo la
gran fortuna de ser recibido por los hombres más ilustres y
hasta por Napoleón III; Colchester y la señora Newton le si-
guieron después, y por último apareció David Home, el «tau-
maturgo escocés», como le llamaban los creyentes. Sus experi-
mentos fueron estudiados durante tres años por el ilustre
Crookes, que llegó á esta conclusión: «El espiritismo no es una
simple curiosidad psicológica, ni menos una mera indicación
de cualquier ley de la Naturaleza; es una ciencia de campo vas-
to, que lleva consigo los sucesos más graves y más morales.»
Tres de los más ilustres novelistas — Bulwer Lytton, Tha-
keray y Feniniore Cooper — se alistaron en las filas del espiri-
tismo, y un gran naturalista, el émulo de Darwin, Alfredo
Russel Wallace, declaró que «antes de haberse puesto en con-
tacto con los fenómenos del espiritismo, no creía más- que en
la materia y en la fuerza; pero que sus opiniones habían cam-
biado, 3' ahora estaba seguro de la continuidad de la existen-
cia personal». Lo mismo confesaba el eminente Chambers,
Profesor de la Universidad de Edimburgo, afirmando que «el
espiritismo había redimido á la multitud del ateísmo».
La fe en los fenómenos de ultratumba arraigó de tal modo
en Inglaterra, que la ciencia llegó á preocuparse de los hechos,
constituyéndose un Comité de doctos para examinar las mani-
festaciones medianímicas. El medianismo llegó así á la cima
de la celebridad; se multiplicaron los círculos, y la charlata-
nería, con sus experimentos de astrología, cartomancia, piro-
mancia, cristalomancia y quiromancia, lo invadió todo.
REVISTA DE REVISTAS 185
Con todo esto, se observaban en las sesiones mediánicas fe-
nómenos nerviosos y hechos inexplicables; Home ponía carbo-
nes encendidos en la mano de los experimentadores sin que se
quemaran, conversaba con los espíritus, disminuía ó aumen-
taba de estatura, permanecía suspenso en el aire, y una vez
fue transportado, sentado en un sillón, fuera del salón por
una ventana, entrando por otra, á la altura de 85 pies del pa-
vimento, según declara lord Lindsay, propietario del palacio
y testigo de aquel vuelo, que no era nada, sin embargo, en
comparación del de tres millas de la señora Gruppy y del de 45
millas del Dr. Monk.
A pesar de todos estos prodigios, pregonados por los adic-
tos, la prensa independiente seguía siendo incrédula, y el Co-
mité constituido para el estudio de los fenómenos mediánicos
terminó sus trabajos con un juicio desfavorable que puede re-
sumirse en estas tres conclusiones: 1.*: La mayor parte de los
fenómenos llamados espiritistas, son resultado de la ilusión ó
de la impostura, ó de ambas á la vez. 2.*: Los pocos fenóme-
nos genuinos pueden explicarse, sea por las leyes de la Natu-
raleza, sea por otras causas, todavía desconocidas. 3.*: En
ambos casos, los fenómenos, por su frivolidad, son indignos
de un examen científico.
El golpe de gracia se lo dio á los espiritistas la aparición
en la escena del Egytian Hall de dos hábiles ilusionistas, Mas-
kelyne y Cooke, los cuales ofrecieron al público una serie de
fenómenos transcendentales, basados en su habilidad perso-
nal. Desde entonces, el transcendentalismo decayó en Inglate-
rra, ó al menos dejó de meter ruido, aunque, pasando la Man-
cha, se difundió en el continente, adquiriendo un carácter algo
más equilibrado y serio.
186 LA ESPAÑA MODERNA
SOOIOLOOIA
La trata internacional de las mujeres. — Se ha conclní-
do con la trata de los negros, que era un baldón para la hu-
manidad; pero subsiste la trata de los blancos, que es la ma-
yor de las infamias. Paulucci de Calboli dedica eu la Nuova
Antología un interesante artículo á este asunto, fijándose es-
pecialmente en las muchachas italianas, que son las que cons-
tituyen principalmente esta rama de explotación, que es la
vergüenza de nuestro ciilto tiempo y de la que en mayor ó
menor grado sufren todos los países.
El tema es digno de estudio, y el mal tan grave como ne-
cesitado de pronto remedio; pero apenas se atreve nadie á ha-
blar públicamente de estas cosas por gazmoñería, cuando
todos estamos convencidos de que la gente gazmoña no es ge-
neralmente gente honesta, sino gente que quiere aparentar ho-
nestidad. Y en tanto crece el mal y el número de las víctimas
aumenta. ¿No es, acaso, el silencio un delito en tales condicio-
nes? No debe vacilarse en poner al descubierto la llaga, guar-
dando todos los respetos y pidiendo disculpa para ciertas es-
cabrosidades de lenguaje y cierta crudeza de colores exigidos
por la índole del asunto.
En 1879, Dyer fue quien llamó la atención sobre el tráfico
de jovencitas inglesas expedidas á las mancebías del conti-
nente, sobre todo á Francia y Bélgica. Aquellas revelaciones
movieron la opinión; pero la cuestión quedó reducida á un
asunto de orden interior, hasta que en 1899 las Asociaciones
de vigilancia de Londres, á excitación de su secretario Coote,
provocaron la reunión de un Congreso que se celebró el 21,
22 y 23 de Junio, bajo la presidencia del Duque de Westmins-
ter, teniendo representación oficial en el mismo, además de
Inglaterra, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Germania,
Holanda, Rusia, Suecia, Noruega, Suiza y los Estados Unidos.
REVISTA DE REVISTAS 187
El Congreso de Londres reveló la gravedad de la situación:
muchaclias inocentes eran engañadas á millares por anuncios
de periódicos ó avisos de agencias de colocación, y lanzadas
en brazos de la prostitución. ¡Con qué arte estaba organizado
aquel tráfico internacional! Las pobres víctimas eran general-
mente enviadas á lejanos países, donde la falta de medios, la
ignorancia de la lengua y el aislamiento moral las obligaban
á entregarse á la mala vida. El pudor y las preocupaciones so-
ciales impedían á las desgraciadas confesar á sus familias su
degradación^ y sus familias creían en la bueua suerte de sus
hijas, haciendo propaganda del mal.
La trata de las blancas está organizada á semejanza de la
de los negros, y hay mercados donde se encuentran las france-
sas ó las italianas, y plazas que prefieren las alemanas ó las in-
glesas; en lo que están de acuerdo todos los mercados es en
otorgar la preferencia á la mujer hebrea; hasta en Rusia,
donde el antisemitismo es dominante, la mujer judía es busca-
da con empeño. El Cónsul ruso de Buenos Aires estimaba
en 1.500 prostitutas rusas, casi todas hebreas, las establecidas
en aquella ciudad, valuando cada una en una cantidad que
fluctuaba entre 150 y 250 duros.
Italia sirve de país de tránsito, y el puerto de Genova ea
el más importante entre los destinados á la exportación de
carne de placer para América; se calculan en 1.200 cabezas
de ganado humano las que salen anualmente de Grénova, pro-
cedentes de Austria-Hungría, de Polonia, de Alemania y d©
Francia. Estas muchachas tienen de diez y seis á veinticinco
años; salen en grupos de cinco á diez, y se dicen criadas ó
Icellnerinneyí. Si alguien las pregunta, niegan ser víctimas de
nadie, y van escoltadas generalmente por un anciano, que se
hace pasar como marido ó pariente de alguna de ellas.
Además de país de tránsito, Italia es también país de ex-
portación. Desde 1881 viene denunciado el infame comercio
de napolitanas para Egipto. Hoy el mal se halla extendido
por toda la Península, sólo que las italianas del Norte son en-
188 LA ESPAÑA MODERNA
viadas por vía terrestre á las demás naciones de Europa ó em-
barcadas para América en puertos extranjeros, mientras que
las del Sur son destinadas al África; Sicilia surte á Túnez j
Ñapóles á Egipto. El pretexto es siempre el ofrecimiento de
un buen puesto de modista, de planchadora ó de criada.
Los puntos extremos de la corriente meridional son Ñapó-
les, Messina y Catania, en Italia; Túnez, Alejandría y Port-
Said en África. La isla de Multa suele servir para despistar á
la policía. En Argelia, merc«ado antes muy surtido de italia-
nas, apenas hay actualmente comercio de blancas con Italia;
el departamento de Argel se surte de francesas, el de Oran d&
españolas, y sólo en el de Gonstantina se encuentra alguna
italiana. En Túnez, en cambio, y sobre todo en Egipto, el co-
mercio de italianas está floreciente, y hasta en el Transvaal se
encuentra algún caso, aunque rarísimo, por estar constituido
el mayor contingente de mujeres importadas por francesas,
especialmente de la clase conocida con el nombre de article
París. Antes los organilleros, además de la trata de los mu-
chachos, solían llevar alguna niña que bailase al son del orga-
nillo y les ayudase en los quehaceres domésticos; el patrón,
después de haber abusado de la pobre criatura, la vendía al
mejor postor para deshacerse de ella. Perseguida esta indus-
tria, la astucia diabólica ha inventado primero la de modelo,
y luego se ha servido del matrimonio mismo como medio de
explotación. En la Tierra de Labor se han descubierto indi-
viduos que se casaban con las más hermosas doncellas del lu-
*gar para luego llevarlas á Londres y especular con su virgi-
nidad.
El mercado de París ofrece condiciones especiales de estu-
dio por su extensión. Allí, según Goron y Coffignou, hay ca-
fés y bazares donde se negocia en carne humana como en una
bolsa de otros valores, y Mirbeau ha descrito las agencias de
colocación como verdaderas ferias de esclavos. El Grobierno
francés estima en varios centenares de muchachas, engañadas
por estas Agencias, las que salen de París anualmente sólo
REVISTA DE REVISTAS 189
para Polonia. Una de las formas de reclutamiento más usuales,
consiste en las agencias teatrales que buscan artistas de baile
ó de canto, y que sirvan de reclamo á los establecimientos por
la procacidad del gesto y la belleza plástica de sus formas. La
mujer así contratada, es objeto de mofa si no se presta á dar
gusto á la clientela, acabando por transigir con todo á true-
que de poder vivir. De estas cantadoras, sólo una pequeña
parte pasa los Alpes para ir á Italia; pero en cambio, las mu-
chachas francesas reclutadas por las Agencias son dirigidas en
gran número á la península italiana, que á su vez envía sus
productos en gran cantidad al mercado insaciable de París.
En este ramo, Italia es la mejor cliente de Francia, y si en Pa-
rís las italianas figuran en sexto lugar, después de las france-
sas, las belgas, las inglesas, las suizas y las alemanas, en el
Mediodía se encuentran por cientos y cientos arrojadas á la
prostitución, siendo Marsella el principal puerto de embarque
para la exportación á América.
La mercancía no está compuesta solamente de mujeres lle-
vadas por el espejismo de un empleo; las muchachas de esta
clase forman sólo la vanguardia. El grueso del ejército lo for-
man las mujeres contratadas para fábricas de todas clases ó
que van á las manufacturas en busca de un jornal que no tie-
nen en su patria; en la atmósfera de promiscuidad de la fábri-
ca, solicitadas por los vampiros que las acechan, faltas de re-
cursos y sin resistencia moral, no tardan en ceder á sus pasio-
nes olvidando sus deberes y penetrando por el camino del vi-
cio, que es su ruina. Lo mismo ocurre en Suiza, donde la
emigración de obreras se verifica en masa, y de donde salen
prostituidas las que entraron honradas. Es tal allí el despres-
tigio de la mujer italiana, que en el cantón de San Galo no
hay casa decente que consienta en alojar muchachas italianas.
También en Alemania está desarrolladísimo el Madchen-
Handel (comercio de muchachas), siendo exportadas á Rusia,
Bélgica y Holanda y al Brasil y la Argentina; las enviadas á
Italia son poquísimas, y aun esas pasan antes algún tiempo
190 LA espaíí:a moderna
en Austria y Suiza. En cambio, las italianas exportadas á Ale-
mania son muchísimas, dominando las déla clase obrera, que
se corrompen en seguida, y parte de las cuales, una vez entre-
gadas á la mala vida, son embarcadas en Hamburgo para
América.
Austria-Hungría, que al contrario que Alemania recibe
escasísima cantidad de muchachas italianas, inunda de aus-
tríacas la península; y si Viena figura á la cabeza con sus
180 agentes de prostitución y las 1.500 muchachas que reclu-
tan al año, Trieste sigue siendo el emporio central del Impe-
rio, que suministra á las grandes ciudades de Italia las muje-
res que necesitan. La juventud italiana no conocía hace años
la nación maggiar más que como productora de caballos y de
mujeres alegres; hoy la gran emigración de Hungría es la de
América del Sur, de tal manera, que las mujeres de mala vida
son allí conocidas con el nombre de húngaras.
En el resto de Europa la trata de mujeres italianas tiene
escasa importancia; se había afirmado que existía un mercado
de muchachas italianas en Barcelona; pero los informes del
Consulado lo desmienten rotundamente. El mercado belga se
surte de Francia y de Inglaterra, á donde en cambio envía mu-
jeres del continente entre las que hay algunas italianas.
¿Qué medidas se han tomado para evitar estos males? La
acción privada ha fundado importantes sociedades de protec-
ción de las jóvenes, con el objeto de averiguar primero si el
puesto ofrecido á las muchachas es honesto, vigilando, acom-
pañando y dirigiendo después á las jóvenes expatriadas, fun-
dando asilos y refugios, vigilando en los puertos las entradas
y 'salidas, y prestando á la mujer los más útiles servicios mo-
rales y materiales. Pero todos estos esfuerzos son ineficaces
sin la unión, y á lograr la inteligencia internacional de todas
estas sociedades se han dirigido las conclusiones votadas por el
Congreso de Londres y la Conferencia de Amsterdam, estable-
ciéndose también que todo país tendría una oficina internacio-
nal, que sería el centro de la campaña contra la explotación
REVISTA DE REVISTAS 191
de las mncliachas en el país, correspondiéndose con la Oficina
central de Londres y designando un delegado para formar
parte del Comité central. En estos centros de propaganda no
se atiende á filiaciones políticas ni religiosas, y los hombres
más ilustres de todos los partidos se ven reunidos en el Comi-
té central y en los nacionales.
No es estrO bastante, sin embargo, y el Congreso y la Con-
ferencia se preocuparon de interesar á los poderes públicos
parala protección de la mujer y la represión del tráfico. En
este sentido se vienen haciendo trabajos para que los Grobier-
nos adopten medidas eficaces, y de esperar es que no tarden
mucho en adoptarse.
FEJVJEIIVISIVIO
Las desafinadas. — Es de notar — dice en la Revue Bleue
Daubresse — que todos los que tratan la cuestión femenina bus-
can inmedia amenté el lado sentimental: se preguntan y pre-
guntan á las mujeres: «¿Qué dolor ó qué alegría nos traéis?»
y no se cuidan de preguntarse: «¿Qué dolor ó qué placer sen-
tiréis al traernos uno ú otro? ¿Qué mujeres os preparáis á ser
para vosotras mismas?»
Tradicionales y conservadoras por temperamento, las mu-
jeres actuales están en desacuerdo con la tradición que hasta
hoy habían seguido, sin estar por eso en armonía con el medio
en que viven; son, y así pueden calificarse en todos sentidos,
unas desafinadas; como esos clavicordios de cuerdas diferen-
temente tensas, que no tocan bajo los dedos del artista ni la
gran partitura ni una simple romanza, los elementos psíquicos
femeninos han sufrido tensiones diferentes y están desafi-
nados.
Hace unos cuarenta años, una inspectora de las escuelas de
París, la señorita Sauvan, decía: «Que una mujer sepa leer el
Evangelio y orlar sus pañuelos; ese es su verdadero mérito.»
192 LA ESPAÑA MODERNA
Desde entonces, liemos variado mucho. La instrucción obliga-
toria ha llenado los cerebros femeninos de una ciencia mal di'
gerida, superficial é inútil. Los niños y las niñas, desde la es-
cuela primaria hasta la escuela de Sevres, están embrutecidos
por la instrucción que se les da.
Tomemos una niña de once á trece años. Si es inteligente
y se la ayuda, consigue su certificado de estudios; si no, entra
en la inmensa cantidad de niños que consternan á sus exami-
nadores con sus respuestas estiípidas. — ¿Qué sabe usted de
María Antonieta? pregunta el examinador de Historia. —
Era la mujer de los Estados generales — responde la aspirante.
Otra hace firmar á Luis XIV el tratado de Tisitt; otra dice
que Carlomagno llevaba un traje verde, y es todo lo que sabe
de su reinado.
Y para obtener semejante resultado, reflexiónese sobre las
condiciones físicas impuestas á la criatura: estación prolonga-
da en una postura; encierro durante horas enteras en clases
atascadas de aire viciado; continua tensión impuesta por
estudios siempre nuevos; todo lo que puede favorecer el ner-
vosismo y comprometer el equilibrio físico, moral é intelec-
tual de la mujer.
Supongamos que sufre con éxito todos sus exámenes y ob-
tiene el certificado superior. «¿Qué hacer ahora?» se pregun-
tan los padres. En otro tiempo, la mayor parte de las hijas de
la clase media se quedaban en su casa, entre papá y mamá,
aguardando pacientemente — ó impacientemente — el marido
que la suerte les deparase. Hoy las cosas van de otro modo:
los maridos son aves raras, y las jóvenes, con el gusto tomado
á tantas lecciones fuera de casa, no se hacen á la vida casera.
A los diez y siete ó diez y ocho años en que han terminado
sus estudios, no hay que pensar en que entren en un taller de
modista ó de sombrerera, sobre que para eso no hacía falta
haber aprendido tanta geografía, física y química; no quedan
más que las carreras liberales: módico, dentista, abogado y
profesor, ésta sobre todo; las tres primeras tienen todavía
REVISTA DE REVISTAS 193
pocas prosélitas; las de la última, en cambio, pululan. Las po-
bres chicas llenan las agencias solicitando de corredores gro-
seros una plaza de aya, de institutriz, de cualquier cosa. jY
en qué condiciones!...
Hay también el comercio, y algunas logran abrirse paso en
él; pero ¿se necesitaba tanto saber para ser admitida en el Bon
Marché, el Louvre ó el Printemps? Quedan también los pues-
tos de la Administración en Correos y Telégrafos, así como el
Orédit Lyonnais y los ferrocarriles, donde se gana, por térmi-
no medio, 90 francos mensuales pagados al día. Con eso, ves-
tíos, alimentaos, alojaos y sed buenas.
Esto, por lo que hace á las condiciones materiales. Pero
¿en qué estado de espíritu han de colocar estas condiciones á
una joven de veinte años? La ciencia que tiene estimula su or-
gullo; se juzga ignorada al no encontrar sino con trabajo un
modestísimo puesto para gozar de la vida. La sujeción á que
la someten es tanto más penosa cuanto más desarrollada está
su sensibilidad. La excitación intelectual se le ha hecho nece-
saria, como la morfina ó el éter á quienes lo toman; no tenien-
do ya exámenes que preparar, se embriaga de sueños, se em-
borracha con palabras, mide sus aspiraciones con la realidad
y oye ese rumor incesante de la sociedad moderna: ¡dinero,
dinero, dinero! Y se tortura en vano: «Para vivir se necesita
dinero; mi ciencia no me produce dinero; ¿que podría propor-
cionarme dinero?»
Este ser sin ley siente despertarse en su alma pasiones, de-
seos, codicia quizá. Demasiado refinada, no puede disfrutar de
los placeres de la obrera, que se va los domingos de gresca
con sus amigas, y tampoco puede obtener los placeres refina-
dos con que sueña. Un corazón de veinte años no se llena con
geografía y matemáticas. La modestia natural de muchas jó-
venes las hace cruzar las manos sobre su corazón en casta y
discreta actitud para comprimir sus latidos, pero no por eso
deja de palpitar. ¿Quién de vosotros desenhizará esas manos
para ponerlas en las vuestras? ¡Dichosas en aquel momento,
E. U.— Julio 1902. 13
194 LA ESPAÑA MODERNA
bien dichosas las que conservan todavía las creencias de su
infancia! Pero ¡ay de las que, apartadas del dogma, se pre-
guntan: «¿Dónde estoy? ¿Dónde voy? ¿Qué soy?»! Hay que de-
cirlo muy alto: la instrucción actual, falsa en su principio,
mortal en sus efectos, asegura rara vez á la mujer el medio de
bastarse á sí misma y no le da nunca la ley moral que la hace
falta.
Y si, dejando á las^jóvenes de la clase media, pasamos á las
más favorecidas, veremos que el mal es casi igual, aunque la
sobrecarga sea menor. Para éstas la vida es la disipación, las
diversiones demasiado numerosas y variadas y ciertas lecturas
demasiado prontamente permitidas. Se las deja en demasiada
grande libertad, y casi siempre, fuera de las inquietudes ma-
teriales, se encuentra también en ellas el nervosismo agudo,
la impaciencia de todo freno; y hasta cuando son creyentes so
observa su afecto á las prácticas externas y hasta supersticio-
sas, más bien que la comprensión y la aceptación consentida
de la regla moral.
¿Y las mujeres? Supongamos una artesana con su modesta
situación de maestra y casémosla. El hombre con quien se
casa cuenta con las ganancias de su mujer para equilibrar el
presupuesto y con sus conocimientos caseros para conducir la
casa. Pero ¿qué es conducir una casa? Nuestros novelistas pa-
recen ignorarlo. Cuando nos presentan una mujer es siempre
para preguntarla: ¿Qué dirá tu corazón á mi corazón? Lo de-
más no existe. Y, sin embargo, hay que comer, hay que ves-
tirse, hay que alojarse. ¡Qué prosaico es todo eso! Pero es la
realidad. Pongamos las cosas en el mejor caso: el marido está
en condiciones de permitir que su mujer no tenga que salir de
casa. ¿Creéis que ella se complace con esto? De los quince á
los veinticinco años ha estado siempre fuera: primero para
asistir á clase, y luego para ejercer su profesión. Además de
esto, el trabajo intelectual aparta del trabajo manual. Las
mujeres instruidas de la presente generación son, en general,
malas amas de casa.
REVISTA DE REVISTAS 195
¿Serán siquiera la compañera soñada? Es íauy dudoso; de
jóvenes han estado en desacuerdo con su medio ambiente, y de
temer es que el desacuerdo continúe. ISTadie puede prever cómo
podrá realizarse la conciliación. Sobrecargadas, agotadas por
la adquisición del saber, que constituiré la instrucción moder-
na; orgullosas con unos conocimientos que tanto les han cos-
tado; despreciando á los que creen inferiores á sí mismas y
poco dispuestas á aceptar su yugo; víctimas de las condicio-
nes económicas más opresivas: aguijoneadas por .la cuestión del
problema del dinero que todos los días se les plantea; moral-
mente empatadas entre la ley antigua, que abandonan, y la
ley nueva, que no aciertan á formular, las mujeres actuales
son verdaderamente unas desafinadas.
¿Quién las devolverá la calma, la quietud, la posibilidad de
«er normalmente?... Ese es el secreto de un porvenir próximo
ó quizá muy remoto.
ijvxr>jB^ii:sioiNES y isotas
Los PARTIDOS LIBERALES. — La obscrvacíón hecha por la
FortnigTitly al afirmarla decadencia del partido liberal se re-
fiere especialmente al partido liberal americano, pero puede
aplicarse también á nuestros viejos partidos europeos, siquie-
ra cambie algo el alcance de ciertos pormenores.
Es evidente la decadencia del partido liberal; pero ¿á qué
atribuirla? El colaborador anónimo de la Fortniglitly la rela-
ciona con la indiferencia de los jefes de industria, los grandes
fabricantes y grandes comerciantes, hacia la clase obrera.
Estos grandes industriales se interesaban antes por los prole-
tarios, siendo los más calurosos abogados de las reivindicacio-
nes populares en el orden político y social. Hoy forman, con el
desarrollo de los negocios, una verdadera aristocracia, que no
sueña sino con acercarse á la nobleza de sangre ó imitarla en
todo lo posible, libreas, palacios, reuniones, etc. De ahí la
196 LA ESPAÑA MODERNA
transformación de esos antiguos demócratas en imperialistas-
El rico no se cuida ya para nada del pobre; en general for-
ma parte de una sociedad anónima que le paga sus dividendos
corrientemente, y ni sabe quiénes son los que trabajan para él
ni menos se pone en relación directa é inmediata con los obre-
ros que le enriquecen. Sin otra preocupación que la de acapa-
rar negocios y dinero para gozar de la vida, dominando en
todas partes la actual plutocracia, se desentiende de todas
aquellas cuestiones que antes le apasionaban, y encerrado en
su egoísmo, ó ha dejado de ser liberal, ó no lo es más que en
el nombre, contribuyendo en uno y otro caso al descrédito del
antes robusto partido liberal.
*
* *
¿Le gusta tener amo á la raza humana? — Esta es la pre-
gunta que Marco Twain se dirige en la North American
Review, y á la que contesta sin vacilar afirmativamente, fun-
dándose en que todo hombre gusta de ser notado por quien
goza de poder y de consideración, y en que todos nos sentimos
orgullosos del respeto que se nos demuestra.
Sea el que quiera nuestro rango y nuestra posición, todos
— en general, pues claro es que aquí, como en toda regla, hay
excepciones — formamos parte de un grupo de cualquier clase,
de pares de Inglaterra ó de grandes de España, de marinos ó
de alabarderos, de políticos ó de estudiantes, á la cabeza del
cual ponemos siempre á una persona, cuya atención aspiramos
á cautivar; y cuando el que está en la* cumbre de esa jerarquía
que nosotros mismos hemos fabricado se digna fijar los ojos en
los que están abajo, estos se estremecen de placer y se sienten
orgullosos de la distinción recibida.
Tal es la tesis de Marco Twain, que no deja de ofrecer in-
teresantes puntos de vista á los cultivadores de la Sociología-
* *
REVISTA DE REVISTAS
197
Horas de alumbrado al año. — En La Energía eléctrica
publica J. Gr. B. un curioso cuadro que indica por meses las
horas de alumbrado que por término medio suele haber en
cada casa diariamente, y que con gusto reproducimos por su
aplicación.
»
Horas de alumbrado, desde 1.° de Enero hasta 31 de Diciembre.
NUMERO DE HORAS DE ALUMBRADO DE CADA MES
TOTALES
DKSDE EL ANOCHECEK
de Lis
horas de ahiinbrado
HORA
HASTA LA HORA INDICADA EN LA PRIMERA COLUMNA
en todo el .iño
des le el aiioch.ecer
hasta la
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446
3 764 horas.
La curva superior indica la hora de anochecer en los dis-
tintos meses, refiriéndola á la primera columna.
La inferior indica la hora de apagar en cada mes, refirién-
dola también á la primera columna.
Marchando por la horizontal de una hora de la primera
198 LA ESPAÑA MODERNA
columna, vamos viendo cuánto suman en cada mes las horas de
luz; por ejemplo: hasta las 11 de la noche (1.^ columna) ve-
mos que en Enero, encendiendo cuando anochece (4,30 tarde),
si apagáramos á las 11 de la noche todo el mes, habríamos te-
nido 180 horas de luz; en Febrero, encendiendo á las 6 (curva
del anochecer) hasta las 11, al final del mes tendríamos 15G»
horas de luz; en Marzo, 129; en Abril, 98, etc., etc., y en todo
el año (apagando siempre á las 11) 1.563 horas de luz, según
indica la última columna.
Por esta última columna se ve también que, encendiendo
todo el año desde que anochece hasta que amanece, el número
total de horas de alumbrado es de 3.764.
El ANALFABETISMO EN ITALIA. — La patria de Ferri y de
Lombroso, de Marconi y de Verdi sufre también como Espa-
ña el mal del analfabetismo, en proporciones que han llamada
seriamente la atención del Gobierno.
Los primeros resultados del censo de 10 de Febrero de
1901, que acaban de hacerse públicos, han sido una dolorosa
revelación por lo que concierne á la instrucción popular en
Italia. En 1881, de cada 100 habitantes de más de quince años,
había 62'7 varones y 49^1 hembras que sabían leer, en los mn-
nicipios capitales de provincia; veinte años después, á pesar
de los grandes esfuerzos hechos por la administración, el nú-
mero de adultos que leen no ha pasado de 74'1 por 100 en los
varones, y de 64'3 en las hembras. Es realmente bien poca
cosa, teniendo en cuenta los sacrificios hechos y la difusión d©
la cultura á que donde quiera se ha llegado.
He aquí la lista de las capitales de provincia con el tant^
por ciento de adultos que saben leer*
KE VISTA DE ilE VISTAS
199
Caltanissetta 34,7
Teramo 4'},9
Girgenti 45,3
Siracnsa 46,7
Ascoli Piceuo 47,4
Potenza 47,7
Catania 49,0
Cataiizaro 49,0
Forli 49,0
Beneveuto 49,á
Cosenza 50,2
Reggio Calabria. . . 50,2
Campobasso 51,4
Perugia 52,7
Chieti . 53,0
Bari 53,2
Raveniia 54,7
Arezzo 5i,9
Foggia 55,3
Avellino 55,4
Salerno 55,4
Sassari 55,5
Pesaro 55,8
Massa 58,8
Ferrara 59.2
Lecce.' 59,6
Cagliari 60,2
Macerata 60,4
Trapaui 61,5
Grosseto 61,9
Caserta 63,0
Nápoli 63,5
Ancona 66,8
Módena 69,1
Reggio Emilia .... 69,3
Aquila 71,2
P í^a 74,3
Padova 74,9
Siei)a 75,5
Lucca 75,7
Cremona 76,5
Parma 77,9
Livorno 78,5
Piacenza 78,8
Rovigo 78,9
Treviso 78,9
Vicenza 79,7
Bellano 80,8
Venezia 81,4
Mantova 81,6
Bologna, . , 82,0
Roma 82,0
Cuneo 82,3
Udiue 83,0
Pavia 83,2
Novara 88,5
Firenze 84,1
Veroua 84,1
Alessaiidría 84,2
Brescia 84,6
Genova 85,5
Porto Maariz'O .... 87,1
Bérgamo 87,4
Soudrio 88,4
Como 89,3
Milano. 90,1
Torino í»,6
La situación es realmente poco lisonjera, y requiere para
mejorar la adopción de medidas eficaces.
*
* *
El Marqués de Santillana. — Un niimero entero y extra-
ordinario, ricamente exornado de grabados, dedica Madrid
Científico á dar á conocer los grandiosos proyectos, ya en par-
te convertidos en realidad, que el joven Marqués de Santilla-
na está llevando á cabo para dotar á Madrid de energía eléc-
trica bastante y de agua suficiente para producir una verda-
dera revolución en la vida madrileña.
El Marqués de Santillana ha hecho un canal de 7 kilóme-
tros de largo para crear un salto de 2.000 caballos de fuerza,
y ha derivado de ese canal la cantidad de agua necesaria para
abastecer á Colmenar de luz eléctrica, agua y harinas; se pro-
pone cortar el Manzanares á unos 30 kilómetros de Madrid con
una enorme presa que embalsará 40 millones de metros cúbi-
cos, formando un lago de 10 kilómetros cuadrados y produ-
ciendo un salto de 3.000 caballos, cuyas aguas vendrán al gran
200 LA ESPAÑA MODERNA
depósito de Chamartín para abastecer los barrios altos, vol-
viendo el sobrante al Manzanares con una faerza de 4.000 ca-
ballos; en el Guadarrama se proyecta un canal de derivación
de 11,60 kilómetros con un salto de 4.700 caballos, y en el
Gupwdalix otro canal de 27 kilómetros, para verterlo en el Man-
zanares, reforzando el caudal de éste con 1.800 litros de dota-
ción por segundo.
¡Bien merece entusiasta aplauso el noble procer por su ge-
nerosa iniciativa, y todos debemos desearle el más cumplido
éxito!
Fernando Araujo.
NOTAS BIBLIOGRÁFÍGAS
Los Despilfarros de las sociedades modernas, por J. Novicow: un voliimeo
de 448 páginas.— Madrid. L v España Moderna.— Su precio, S pesetas.
J. Novicow es, aute todo, un sociólogo, y un sociólogo-
eminente. Hace tiempo ya que viene publicando muy intere-
santes libros, todos ellos mu}'' leídos y estudiados entre los so-
ciólogos de todos los países, y todos acerca de problemas ca-
pitales de la nueva ciencia.
La obra de que voy á dar hoy brevísima noticia, aunque
al pronto parece trabajo de un economista, por decirlo así,
profesional^ es, en rigor, trabajo de un sociólogo. So estudia en
ella un aspecto de la cuestión social^ pero se procede al efec-
tuar el estudio, aprovechando los procedimientos de indaga-
ción que pueden estimarse como propios de la sociología.
M. Novicow reconoce el hecho evidente, evidentísimo, de
la desigualdad y del malestar social, así como el no menos
cierto de las nuevas condiciones en que el mundo social se
desenvuelve, merced á la transformación realizada en la vida
de todas las clases, especialmente de la clase obrera, ó mejor,
de las clases populares. En efecto, «las masas populares, dice,
ya no son un rebaño miserable de ciegos y de mudos dispues-
tos á entregar sin protestas las cuatro quintas partes de sus
ganancias, ni á dejarse ametrallar sobre los campos de bata-
lla por causas que les sean completamente extrañas. Comienzan
á comprender sus intereses y á exigir que sean tenidos en con-
202 T.A ESPAÑA MODERKA
sideración; dentro de algunos años, no sólo no querrán obede-
cer, sino que querrán mandar».
El advenimiento rápido de estas grandes masas populares
á la vida pública y social, con la conciencia despierta y con
las necesidades humanas vivas y deseosas de una justa satis-
facción, ha determinado el planteamiento del llamado proble-
ma social, que es en cierto sentido un problema de bienestar,
un problema de miseria.
J. Novicow acomete el examen de este problema con brío,
con cierta originalidad y apoyándose en sólida erudición. La
solución para él no está en la igualdad: la igualdad, nos dice,
«no puede asegurar el bienestar. Ante todo, añade, es preciso
aumentar la riqueza... ¿Por qué, se pregunta, somos pobres?
No vacilamos, responde, en contestar: porque producimos poco
y gastamos demasiado. La riqueza está siempre en razón di-
recta de la inteligencia; la miseria en razón directa de la mio-
])ía mental. Hasta el día, tres errores fundamentales nos han
dominado por completo: la confusión de la riqueza con el oro,
su confusión con la propiedad y nuestra falsa concepción del
universo».
Pues bien; el propósito principal del libro de M. Novicow
estriba en examinar en qué medida cada uno de estos errores
e*^ un obstáculo que se opone al acrecentamiento de la rique-
za, para indicar después los medios á su parecer eficaces para
disnjinuir la miseria.
A. Posada.
Lucha de sexos, por Pío Viazzi, cou adiciones y correcciones escritas ex-
presamente para la edición española. Traducción de los Sres. Bernaldo
de Quirós y Llanas Aguilaniedo. Madrid, 1902. — Un tomo (pertenecien-
te á la «Biblioteca Scaevola») de 392 pcágs., 4 ptas.
Me ha pasado, leyendo este libro, una cosa singular, que
pocas veces me ha sucedido, y ninguna — que yo recuerde — en
grado tan intenso como ahora.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 203
Generalmente, cuando me cae en las manos alguna publi-
cación que no sea completamente anodina y huera, como lo
son muchas de Jas que por acá, en España, se estilan, la leo
con interés, y casi siempre saco algo provechoso de la lectura.
Si el escrito se refiere á cuestiones científicas de las que más
«apasionan los ánimos», y el autor de aquél lo ha elaborado
concienzuda y escrupulosamente, estudiando y reflexionando,
madurando el tema y tratándolo con cariño, entonces el inte-
rés y el provecho mencionados adquieren la mayor intensidad
posible. Obras semejantes, si no me convencen siempre, sí me
producen, de ordinario, verdadera delectación intelectual.
El libro de Viazzi, Lucha de sexos, denuncia en quien lo
ha hecho un espíritu muy culto, eruditísimo, que tiene talento
y que conoce á maravilla y superabundantemente la biblio-
grafía de todos los tiempos, así la científica como la propia-
mente literaria, tocante á la materia que trata. Esta, á su vez,
se refiere á uno (ó más bien, á varios) de los problemas que en
la actualidad dividen y caldean más las opiniones, no sólo de
los hombres de ciencia y de los literatos, sino hasta del gran
público, de la masa.
En condiciones tan favorables, era esperar del autor de un
libro «de vigor y empuje», «de palpitante interés», cuya lec-
tura atrajese á todo el mundo, aun al mundo que nutre las filas
del infinitus numerus, á la multitud.
Pero no es así. Nadie podrá negar los méritos de Viazzi;
nadie tampoco dirá que La lucha de sexos carezca de materia-
les en abundancia para un buen libro. Pero no creo que nadie
tampoco se atreva á asegurar que éste lo sea, después de leer-
lo escrupulosamente. Hay en él doctrina, observaciones saga-
ces, citas á porrillo, tantas, que el lector llega á juzgarlas
excesivas, pues á menudo estorban en vez de aprovechar y
aclarar; pero en raras ocasiones despierta interés. Y un libro
(como otras muchas cosas) que no nos interesa, podrá hasta
ser objeto de nuestra admiración, mas no lo tendremos nunca
por un buen libro.
204 LA ESPAÑA MODERNA
¿Cuál es la causa del fenómeno referido? Probablemente
exigiría su explicación muclio más espacio del que ahora dis-
pongo. Sólo diré que, á mi juicio, depende por modo princi-
palísimo del savoir faire y del acento de convicción con que
se dicen las cosas, el cual se trasparenta al través de los ren-
glones; aunque también, de haber consagrado demasiado tiem-
po á deglutir, y relativamente poco á digerir y asimilarse las
sustancias deglutidas.
A pesar de todo, yo recomiendo la lectura de esta obra, en
la seguridad de que, sea el que sea quien recorra sus páginas,
no perderá nada con la lectura.
P. Dorado.
índice
Páge.
Bloqueados por la nieve (novela), conclusión, por Bret Harte 5
''" Poetas americanos: Sitrsum, por Eugenio C. Noe 59
Panteón nacional de españoles ilustres , por Juan Pérez de Guzmán. 61
)^La devastación en el Sur de África, por José Ibáñez Marín ...... 97
'-^ Memorias de una dama del siglo XIV y XV (de 1363 á 1412):
Doña Leonor López de Córdoba, por A. de Castro 120
Educación y enseñanza, por Adolfo Posada 147
Crónica literaria, por E. Gómez de Raquero 162
Revista de Revistas , por Fernando Araujo 176
Notas bibliográficas, por A. Posada y P. Dorado 201
VIDAS DE PERSONAJES ILUSTRES
Jorge Salid, por Zola, í pta.
-^ictor Hngo, por idem, id.
Balzae, por id., id.
Alfonso Daudet, por id., id.
Sardón, por id., id.
Dumas (liijo), por id., id.
G. Floubert., por id., id.
Cliateaubriniid, por id., id.
(loncoiirt, por id., id.
Musset, por id., id.
El P. Coloma, por E. Pardo
Bazíiií, 2 ptas.
Tsúñez de Arce, por M y
í'eiayo, 1 pta.
Ventura de la Vega, por Va-
lera, id.
Toófilo (iautier, por Zola, id.
Sainte-Beuve, por Zola, id.
Concepción Arenal, por Pe-
dro Dorado, id.
Heine, por Teófilo Gautier-
ídem.
losen, por L. Passarge, id.
Taine, por Bourget, f50 cén-
timos.
Bretón, por Molins, 1 pta.
Campoíunor, por E Pardo
Bazán, id.
Fernán-Caballero, por Asen
sio, id.
E. Zola, por Maupassant y
Alexis, id.
Mouton (Merinos), por Ber-
geret, id.
Hartzenbuscb, por Guerra
1 pta.
Cánovas, por Canfipoamor,
ídem.
Alarcón,porE. P.Bazan,id.
Zorrilla, por Fernán-Flor,
idem.
Steiidliad, por Zola, id.
M. de la Rosa, por M. y Pe-
layo, id.
Ayala, por J. O. Picón, id.
Tamayo. por Fernán- Flor,
ídem.
Trneba, por Becerro de Ben-
goa, id.
Lord Macaulay, por Glads
tone, id.
COLECCIÓN DE LIBROS ESCOGIDOS A XRES PESETAS TOMO
48,
Tolstoy, La Sonata de
Kreutzer.
Barbey d'Aurevilly, El
Cabecilla.
Tolstoy, Marido y mujer.
WagneV, llecuerdos de mi
vida.
Tolstoy, Dos generacianes.
Goncourt, Querida.
Tolstoy, Kl Ahorcado
Turgeneíf, Humo.
. Zola, Las Veladas de Mé-
dan.
. Tolstoy, El Principe Ne-
kbli.
. Goncourt, E.enais Maupe-
rin.
. Baibey, El dandismo.
y 14. Daudet, .üack.
. Tolstoy, En el Cáucaso.
. Turguenef, Mido de hidal-
gos.
. Zola, Estudios literarios.
. Cberbuliez, Miss llovel.
. Renán, Mi infancia y mi
juventud.
. Tolstoy, La Muerte.
. Goncourt, Germinia, La-
certeux.
, Daudet, La Evangelista.
, Zola, La Kovela experi-
mental.
, Flaubert , Un corazón sen-
cillo.
Turguenef, El Judío.
Cberbuliez, La Tema de
Juan Tozudo.
Stuart Mili, Mis memorias.
y 29. Macaulay, Estudios
jurídicos.
Zola, Mis odios.
Dostoyuski, La casa de los
muertos.
Zola, K uevos estudios lite-
rarios.
Dostoyuski La Novela del
presidio.
Tolstoy, El Sitio de Sebas-
topol,
Zola, Estudios oriticos.
y 37. Campe, Historia de
América.
Daxidet, El Sitio de París.
Asensio, Pinzón.
, Cberbuliez. Amores frági-
les.
Heine, Memorias.
Ferri, Antropología cri-
minal.
, Ibsen, Casa de muñeca.
, Goncourt, Lí Elisa.
Loinbroso , Antropología
y osiquiatria.
, Daudet. Novelas del lunes.
, Turguenef, El Rey Lear
déla Esrepa.
To Istoy, Los Cosacos.
49. Sainte-Beuve, Tres muje-
res.
50 y 51. Zola, El Naturalismo
en el teatro.
52. Tolstoy, Iváu el Imbécil.
613. Ibsen, Los Aparecidos.
54. Balzae, Eugenia Grandet.
55. Ramillete de cuentes.
56 y 57. Renán, Memorias ín-
timas.
58. Caro, El Pesimismo en el
Piglo XIX.
69. Daudet, Cartas de mi mo-
lino.
60. Turguenef, üu Desespe-
rado.
61. Goncourt, La Faustín.
62. Balzae, Papá Goriot.
6y. Tolstoy, El Canto del cisne
64. Coppée, Un idilio.
65. Caro, El Suicidio y la ci-
vilización.
66. Taine, Filosofía del arte.
67 y 68. Zola, Los Novelistas
naturalistas.
69. Campoamor, Ternezas y
flores. — Ayes del alma. —
Fábulas.
70. Sofía Gay, Salones céle-
bres.
71. Tolstoy, El Camino de la
vida.
72. Lombroso, líl Hipnotismo.
7b. Ferri, Nuevos eí^tudios de
antropología.
74. Taine, La Pintura en los
Países Bajos.
75. Tolstoy, Placeres viciosos.
76. Balzae, Úrsula Mirouet.
77. Totstoy, El Dinero y el
trabajo.
78. Si'bopenhaucr , Estudios
escogidos.
79. Campoamor, Doloras y hu-
moradas.
80. Turguenef, Primer amor.
81. Tolstoy, El Trabajo.
b2. Tesoro de Cuentos.
83. Lombroso , Aplicaciones
judiciales y médicas.
84. Sardou, La Perla negra.
85. Tolstoy, Mi confesión.
86 y 87. Zola, El Doctor Pas-
cual.
88. Kropotkin, La Conquista
del pan.
89. Turguenef, Aguas prima-
verales.
90. Tolstoy, Los Hambrientos.
91. Cherbíiliez, Paula Mere.
92. Ferrán, Obras completas.
93. Cher])uliez, Meta Hoidenis
94. Tolstoy, ¿Úué hacer?
95. ídem, Lo que debe hacerse
96. Taine. El Arte en Grecia.
97 Turguenet, Demetrio Ru-
din.
98. Gautier, lías Bombas pru-
sianas.
99. Lubbock, La Vida dichosa.
100. Daudet, Tartarin en los
Alpes.
101. Taine, Ei Ideal en el arte.
102. Caro, Costumbres litera-
rias.
103. Taine, Ñapóles.
104 y 105. ídem, Roma.
106. ídem, Florencia.
107. ídem, Venecia.
108. ídem, Milán.
109. Tarde, Estudios penales
sociales.
1 110. Barbey d'Aurevilly, Ven-
ganza de una mujer.
111. Balzae, César Birotteau.
112. ídem. La Quiebra de César
Birotteau.
113. Tolstoy, Mi infancia.
114. Amold, lia critica e« la
actualidad.
115. Tolstoy, Fisiología de la
guerra.
116. Varios autores, Cuentos
escogidos.
117. Tolstoy, La Escuela de
Yasnaia Poliana.
118. P. Merimée, Colomba.
119. Ibsen, La Dama del mar y
Un enemigo del pueblo.
120. Barbey, Las Diabólicas.
121. Gautie, Nerval .y Baude-
laire.
122. Sainte-Beuve, Retratos de
Mujeres.
123. Turguenef, El Reloj.
124. Barbey d'Awevilly, Una
historia sin nombre.
125. Daudet, Cuentos y fanta-
sías.
126. Tolstoy, Mi juventud.
127. Caro, Littré y el Positi-
vismo.
128. Zola, Los Hombros de la
marquesa.
129. Goncourt, La Señora Ger-
vaisais.
IBO. Baudelaire, Los Paraísos
srtiíi cíalos
131. D'Aurevilly, I-a Hechizad»
182. G antier. Madama de Gi-
rardin y Balzae.
133. Mis perlas, por Merimée.
134. Tcheng-Ki-Tong, La Chi-
na contemporánea.
135. Lombroso, Últimos pro-
gresos de la Antropología.
136. Stendhal, E Amor.
137. Turguenet, iPadres é hi-
jos.
138. Stendhal, Curiosidades
amatorias.
189. Turguenef, La Guillotina,
140. Caro, El Derecho y la tuer-
za.
BIBLIOTECA DE JURISPRUDENCIA, FILOSOFÍA E HISTORIA
AgiiaiiiK».— I.a (-Jénesis y la iCvoliicióii del \
Dereclio Civil, 15 pe -elMS.— La Reforma iii-
tefíi-al (ie la leKisiacióii Civil, (.segunda par-
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Ai»icl. — Diario intimo, 9 pesetas.
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lúuenes. 16 pesetas.
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AiM'iúiI.- VA Derecho de Cracia, ;3 pts.— El v¡-
Mitadoi- del preso, H.-El Delito Colecivo, 1'50.
Amó.— Lasservidumbresrústicas y urbanas,
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dustria y de la Economía política, 10 ptas.
Boisaier.— Cicerón y sus amigos: estudio de
la sociedad romana en tiempo de César, 8 pts.
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aiiultos eu Inglaterra, 6 pesetas.
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ltin*S,e.ss.— Ciencia ))olítica y Deieclio cons-
titucional comparado, ¡los tomos, 14 ptas.
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Economía, 12 pesetas.
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Castro.— El Libro de los (íalicismos, 3 ps.
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Spencer, 2 tomos, lo pesetas.
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del mundo, dos tomos, 15 pesetas.
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conteuíporáneos, í5 pts.— El Reformatorio de
l'ilmira. (IC.-tudio de Derecho penal), 3 pts.
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cesa, 9 pesetas.
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ratura española, desde los orígenes hasta el
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íjíMniplowiciB.— Derecho político tilosófico,
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pendio de Sociología, 9 pesetas.
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— La Moral inglesa Contemporánea, 12 ptas.
Haiuiltoii.— Lógica parlamentaria, 2 ptat^.
Haussonvílle.— La .Tuventud de liord By
ron, 5 pesetas,
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Iliixlcy-— La Educación y las Ciencias Na
turales, 6 ptas.
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Política, 7 pesetas.
Ikidd.— La Evolución social, 7 i)eseta8.
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D<irecho Romano, 7 pesetas.
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l^aveleye.- Economía política, 7 ptas — Ei
Socialismo contemporáneo, 8 pesetas.
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l<eniouiiier.— La Carnicería (Sedán), 3 pts.
Jieroy-Beaulieu.-Economía política, 8 pts.
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tti.— La Fscuelp (Jriminaiógica i'ositivista.,
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Alcnaniay Austria. Introducción y exposi-
ción de ia Organización administrativa de
España, por Adolfo Posada, o pesetas.
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jílurray.— Hi.stor¡a de la Literatura clásica
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moderno, 6 p^-setas.
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— La (lenealogía de la Moral, 3 ptas. — Má«
allá del bien y del mal, 5 pesetas. — Humano,
demasiado huma,no, 6 ptas. — Aurora, 7 pets.
Kovicoiv.— Los despilfarros de las Socieda-
des modernas, 8 pesetas. — El Porvenir ae la
Riza blanca, 4 pesetas.
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Administración social, 5 pesetas.
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Ilieci.— Tratado de las pruebas, dos toinoí»,
20 ptas. — Derecho Civil, dos tomos, 15 ptas.
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Rnslíin.— Las siete lámparas de la Arqul-
teclura, (El sacrificio. -Lu verdad.— La fuer-
za.—La belleza.— Lii v da.— El recuerdo. —
La obediencia), y La Corona de Olivo Silves-
tre (Kl trabajo.— El comercio.— La guerra),
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Havierny.— De la vocación de nuestro siglo
para la legislación y para la ciencia del de
recho, 3 pesetas.
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Mucheduinbre delincuente, 4 pesetas.— La
Teoría ])08iti va de la coir>i)líc¡dad, 5 })fisctns,
ÍSolini.— Derecho privado romano, 14 ptaK.
Wpeiicei*.— La .lustieia, 7 ptas.— l^a Moral,
7 ptas.— I^a lienelicencia, H ptas.— Las Ins-
tituciones eclesiásticas, 6 ptas —Institucio-
nes socialCí, 7 ptas.— Instituciones política,
dos tomos, 12 ptas. VA Organismo social,
7 ptas.— El Progreso 7 ptas.— Exceso de le-
gislación, 7 ptas,— De las Leyes en genera!,
8 ptas.— lítica de las prisiones, 10 ptas.— Los
datos de la Sociología, dos tomos, 12 ptas.—
Las Inducciones de la Sociología y las Insti-
tuciones domésticas, 9 ptas. — Instituciones
profesionales, d pesetas.— Instituciones in-
dustriales, 8 xíesetas.
Stalil.— Historia de la Filosofía de! Derecho,
12 pesetas.
Starke.— La Familia en las diferentes socie-
dades, 5 pesetas.
SteHd.— El (Gobierno de Nueva York, ?> ptas.
Stiriier.— El Único y su propiedad, 9 ptas.
Sii<leriiia«ii. — El Deseo, B,riO ptas.
>*tBii»íiier-15siiiie.— ICl Antiguo Dereclio y la
costumbre i)rimitiva, 7 pesetas.— I^a tíuerr;^,
según el Derecho internacional, 4 pesetas. —
Historia dei Derecho, 8 pesetas!— Las insti
tuciones jM-'mitivas. 7 r,cset<>c!,
S»iii»Iií«.— Derecho Mercantil, 12 pesetas,
Tkíhc— Historia de la literatura inglesa: 5
vols. i34i)eseras. — Los orígenes de la Francia
conten>j)oránea , 10 peseta». — Los til<')sofos
del siglo XIX, 6 pesetas. — La Inglaterra,
7 pesetas.— Notas sobre París, 6 pesetas.
Tarde.— Las Transformaciones del Derecho
6 pesetas.— El Duelo y el delito político, 3
pesetas.— T>a Oriminalidad comparada, 3 pe-
setas.— Estudios penales y sociales, 3 ptas.
Todd. — El ÍTobieri\o parlamentario en Ingla-
teria, dos tomos, 15 pesetas.
I] riel. —Historia <ie Chile, 8 pesetas.
Varios autores. — (Aguanno, Altamira,
Aramburu, Arenal, Buyíla, Carnevale, Do-
rado, Fioretti, Ferri, Lombroso, Pérez, Oli-
va, Posada, Salillas, Sanz y Escartín, Silió
Tarde, Torres Campos y Yidí\.).—La Nueva
Ciencia jurídica, dos tomos, 15 pesetas. Con-
tiene grabados.
ídem.— (Aguanno, Alas, Azcárate, Bances,
Benito, Bustamente, Buylla, Costa, Dorado,
F. Pello, F. Prida, García Lastra, Gide,
Giner de loK Ríos, González Serraig^, Gum-
piovvicz, López Selva, Menger, Pedregal,
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la. Uña y Sarthou, etc.)— El Derecho y la
Sociología contemporáneos , 12 pesetas.
ídem.— Novelas y Caprichos, 3 pesetas.
Virg:ilii.— Manual de Estadística, 4 pesetas.
Vivasite. — Derecho Mercantil, 10 pesetas.
Witt.— Historia de Washington, 7 pesetas.
"IVallsaewski.— Historia de la Literatura
rusa, y pesetas.
Wc8terniarck.— El Matrimonio en la espe-
cie humana, V¿ pesetas.
IVilson.— El Gobierno Congresional, 5 ptas.
Wolf.— La Literatura castellana y portugue-
sa, con notas de 1\L y Pelayo, dos volúmem s,
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OBRAS RECIÉN PUBLICADAS
POR LA ADMIN1STJÍ,ACÍÓN DE «LA ESPAÑA MODERNA.
Virgilii: Manual de Estadística, 4 peseías.— Todd: El Gobierno parlamentario en Ingla-
terra, dos tamos, 15 7))'rtS.— EItzl>acher: El anarquismo según sus más ilustres representantes,
7 pías.— Stirner: El Único y su propiedad, 9 pfas.—C Ellis Steveiis: La Constitución de
los Estados Unidos, 4 pía.*.— "Spencer: Institución 'S profesionales, 4 pías.- Iistituciones in-
dustriales, 7 7)¿as.— Scliopeiíliauer: El Mundo como voluntad y como reptesentación (secun-
da parte), ÍO p^a.s.— George: Protección y librecajnbio, 9 ptus.—Mnf^Kin: Las siete lámparas
de la Arquitectura (E]l sncriíicio.— La verdad.— La fuerza.— La belleza.— La vida.— El recuerdo.
—La obediencin), y La Corona de Olivo Silvestre (El ti-abajo.-El comercio.— La guerra), 7^6-
ícíaa.— Taine: Historia de la literntura inglesa. La Edad Moderna, 7 ptos.— Ricci: Derecho
Civii, dos vols , 15 ptas.—lXietxsdic: Humano, demasiado humano, 6 ptas.—Vlnot'. Filosofía
de la longevidad, 5 ptas.- Boccardo: Historia del Comercio, de la Industria y de la Econo-
mía polírca, io pías.— CarlyJe: La Revolución francesa, tomo II, La Constitución. 8 pías.—
Xovicow: Los despilfarro» de las Sociedades modernas, 8 pfas.—^Wilson: El Gobierno Con-
gre-íional; Régimen político de los Estados Unidos, 5 pífi.s.— Fitzmaiirice-Iíelly: Historia
de la Literatura española, desde los orígenes hasta el año 1900. JO pías. -Goncoui't: La Du-
Barry, 4 pías.— Taine: Los filósofos del siglo XIX, 6píns.-Cliampconiunale: La sucesión
abintestato en Derecho internacional privado, íO pías. — Starcke: La familia en las diferentes
sociedades, 6 pías.— 4 'aré: La filosofía de Goethe, ^pír^s.- Spencer: La Moral délos diversos
pueblos V la Moral personal: 3.*^ edición, 7 pías.- L/ul»líock: El empleo de la vida: 8.* edición,
5pías.— "Witt: Historia de Washiígton y de la fundación de la República de los Estados Uni-
dos, 7 pí<js, -Kovico^-: El porvenir de la raza blanca, *4 pías. — Max MiiHer: Historia de
las Religiones, 8 pías.— Buiísre: I^a educación, 12 pías.— Bagreliof: La Constitución ingle-
sa, 7 pías.— liaveleye: El Socialismo contemporáneo. 8 pías.— üfietzsche: Aurora, 7 ptas.—
Carlyle: Revolución francesa, tomo III, S pías.— Mommsen: El Derecho penal romano
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LA ESPAÑA MODERNA
AÑO XIV
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jeros, ve la luz todos los meses en tomos de más de 200 páginas.
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Director: J. LÁZARO
LA ESPASA moderna
AÑO U. NUM. 164.
LA
ESPAÑA MODERNA
Olr-eotoi*: jroSE OE LÁZARO
AGOSTO, 1902
MADRID
«STABLKCIMIKNTO TIPOGRÁFICO DE IDAMOR MORENO
Blatc0 de Caray, nwm. g.—TeU/$H0 J.OMO.
Para la reproducción de los articu-
los comprendidos en el presente tomOj
es Í7idispensahle el permiso del Dirte-
ior de La España Moderna.
EL FILÚN DEL VADO DEL DIABLO
(irOVELA COBTA )
El Vado del Diablo acababa de inaugurar una era de pros-
peridad fabulosa. A las cinco ó seis chozas allí establecidas en
un principio, no tardaron en adicionarse unas treinta cabanas,
construidas en una semana de febril entusiasmo, y de las cua-
les unas se hundían en la estrecha garganta del Monte del Dia-
blo y otras trepaban por sus áridas pendientes. El éxito había
sido tan repentino y tan brillante, que los primeros ocupantes
no habían tenido tiempo de colocarse á la altura de su fortuna.
Del mismo modo que continuaban vistiendo sus antiguos trajes,
conservaban sus primitivas costumbres. La escudilla de barro
en la que migaban su pan cotidiano permanecía en la mesa
groseramente pulimentada al lado de las vasijas medio llenas
del oro lavado, producto de una mañana de trabajo; las ven-
tanas de sus cabanas daban sobre el único camino irregular-
mente trazado, mientras que la puerta falsa se abría sobre te-
rrenos incultos amenazados aún por los osos y por los que s©
deslizaban por la noche los furtivos pasos de los gatos mon-
teses.
La riqueza no había en manera alguna alterado la alegre
y descuidada existencia de los mineros ni la negligencia de
«US costumbres primitifas; se regocijaban con ingenua satis-
LA E8pa:Sía moderna
facción y formaban proyectos para el porvenir con la exage-
ración y la importancia de colegiales en vacaciones.
— Estoy decidido — dijo Dick Mattingly, apoyándose gra-
vemente en el mango de su azadón. — En cuanto vaya á París
el próximo invierno, encargaré una estatua á uno de los mejo-
res marmolistas, y la colocaré en el mismo lugar en donde he-^
mos encontrado el filón grueso. Será una especie de monu-
mento conmemorativo, ¿qué tal?
— ¿Y qué representará tu estatua? ¿Washington? ¿Webs-
ter?— preguntó uno de los hermanos Kearney sin levantar los
ojos.
— No, no, nada de eso; un grupo de fantasía, una de esa&
diablas latinas de las que Fairfax se burla siempre, una ninfa
que nos señale con el dedo el punto exacto en el que se debe
cavar.
— ¡Harás una buena figura en el grupo! — replicó Kearney^
dirigiendo una mirada crítica á un enorme remiendo del pan-
talón de Mattingly. — Créeme, valdría más una fuente.
— ¿De dónde se tomaría el agua? — replicó el primer mine-
ro.— No hay en el río ni la necesaria siquiera para hacer el la-
vado del campamento durante ocho días.
— Eso es de mi cuenta — dijo Kearney con arrogante segu-
ridad.— Cuando haya establecido mi depósito en el Monte del
Diablo y traído las aguas de Unión Ditch por encima de la
cresta, la fuente tendrá de sobra.
— ¿Por qué no matar de un tiro dos pájaros y combinar la
cosa? — observó Joe de Maryland. — Podría plantarse el monu-
mento, mitad fuente, mitad estatua, ante la Casa de la Villa
ó la Biblioteca Nacional que yo quiero construir para contri-
buir á embellecer el lugar. Hacedlo así y contad conmigo.
Tras una discusión bastante larga, los asociados llegaron
á la conclusión siguiente: Kearney traería al campamento las-
aguas de Unión Ditch, situada á veinte millas de allí, y con-
sagraría á estos trabajos una suma de 200.000 doUars; estas
aguas alimentarían una fuente conmemorativa de 100.000 do-
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO
llars de coste, erigida por Mattingly, y esta fuente sería á la
vez el coronamiento de la obra de Joe de Maryland, que do-
taría á la comunidad de edificios públicos, en lo que gastaría
medio millón. Estas sumas colosales, votadas por hombres de
sucios y rotos trajes, no excitaban la menor burla; al formar
tan grandiosos proyectos, su entusiasmo no admitía duda ni
vacilación, ni incertidumbre. Formaban castillos de naipes so-
bre los cimientos que les ofrecía aquella faja de tierra que se
extendía á sus pies á orillas del río, cuyo brusco recodo babía
facilitado, desde hacía siglos, el depósito de arena aurífera
arrancada á la estrecha garganta del Monte del Diablo. Ape-
nas habían tocado los mineros aquel suelo pródigo, y ya se en-
contraban ricos; así, pues, ¡cuántos tesoros podrían amonto-
nar una vez que comenzara la explotación regular! Su con-
fianza era tan absoluta, que el oro ya obtenido era inmedia-
tamente empleado en maquinas é instrumentos destinados á
construir pozos, abrir zanjas y traer el agua necesaria que el
río exhausto se negaba á suministrarlos. Se hubiera dicho que
el precioso metal, arrancado á la tierra por la mano del hom-
bre, tenía prisa por volver á ella, sirviéndose de los mismos
medios empleados para extraerlos.
Tal era la situación del Vado del Diablo el 13 de Agosto
de 1868. Acababan de dar las doce, la hora más cálida de un
día ardoroso. El imperceptible movimiento del aire se veía,
más bien que sentirse, en la tenue cortina de impalpable polvo
que se extendía por los flancos de la montaña, y al través de
la cual se dibujaban vagamente las cimas de los pinos. No ha-
bía agua en el arenoso y árido lecho del río que irradiaba los
rayos de un sol implacable. De trecho en trecho, el tejado de
zinc de una cabana despedía chispas, y las blancas tiendas y
las paredes del corral (1) de la mensajería, deslumhraban la
vista. Desde hacía dos horas nadie se había aventurado á salir
al descubierto, nadie había intentado siquiera á atravesar el
(1) En castellano en el original.
LA B«PA*A MODERNA
camino lleno de sol que corría entre las casas y cuyo polvo rojo
parecía una brasa. La caldeada madera de las habitaciones
exhalaba acres emanaciones resinosas. El febril trabajo de la
mina estaba paralizado; palas y azadones permanecían ocio-
sos, abandonados en la rica arena; los mismos mineros, sucios»
despechugados, llenos de sudor, se tumbaban á la sombra allí
donde la encontraban, dejando que sus pipas se apagaran y la
conversación languideciese.
— Ahí viene Fairfax — dijo de repente Dick Mattingly con
penoso esfuerzo.
Miraba hacia la vertiente de la montaña y acababa de ver
á un hombre que salía del bosque, y que se detuvo irresoluto
ante el ancho espacio sembrado de grava y de trozos de mica
que le separaba del grupo echado á la sombra.
— Va á tomar carrera — añadió Dick.
En efecto; el que llegaba se puso la blusa en la cabeza,
tomó carrera y, desafiando el ardor del sol, se dirigió hacia
los mineros. Estos comprendieron perfectamente aquella sin-
gular maniobra; sabían todos que en aquella época de calor
seco y tropical, el peligro de una insolación disminuía cuando
mediante un ejercicio violento se provocaba una transpiración
copiosa. El corredor se encontró á los pocos minutos en me-
dio de sus compañeros, sofocado, chorreando como si hubiera
pasado bajo una tromba y secándose con la blusa sus cabellos
ensortijados y su poblada y rizada barba.
— Sois los primeros á quienes doy la noticia, compañeros
— dijo en cuanto recobró el aliento. — El ingeniero que debe
dirigir nuestros trabajos llega en el coche de las seis. Sucede
un contratiempo, el ingeniero tiene dos hijas y ¡el diablo me
lleve! le ha dado la ocurrencia de traerlas en su compañía.
— ¡Guasón! — exclamaron á coro los mineros, incorporán-
dose para mirar al que les traía tan increíble noticia.
— Mi palabra de honor, compañeros. En cuanto lo supe
me lancé á la tienda del judío, en la Encrucijada, y le he
comprado en montón cuanto tenía de trajes presentables, an-
EL FILÓX DEL VADO DEL DIABLO
tes de que nadie oliese la cosa. He limpiado su comercio. En
el montón hay de todo^ pero me ha parecido limpio y en buen
estado; podrá uno presentarse decentemente ante señoras. He
dejado el paquete cerca del manantial^ al pie del algodonero,
un lugar cómodo al que no irán á husmear. Podréis vestiros
allí sin que os vean y presentaros con naturalidad y sin afec-
tación con los trajes nuevos, cuando llegue la diligencia. ¿En-
tendido?
— ¿Por qué no nos has advertido antes? — preguntó Mattin-
gly con cierta acritud. — Hace por lo menos una hora que estás
de vuelta.
— He estado atareadísimo para buscarles un alojamiento.
Se hubiera podido meter al viejo en cualquier parte, pero con
muchachas había que tener más cuidado; he pensado en la
barraca de Thompson.
— ¿De veras? — exclamó el auditorio con un tono mezcla de
incredulidad y de protesta agresiva.
— Precisamente. Tendréis que beber y fumar bajo la tien-
da como en otro tiempo. He obtenido de Thompsom que inclu-
ya en el trato los dos espejos de marco dorado que cuelgan de-
trás del mostrador, porque, ya veis, eso amuebla. Ya sabéis
que la barraca es una de esas construcciones que se desarman,
y, poniéndonos todos á ello, la transportaremos fácilmente
hasta el macizo de laureles, allá arriba; subiremos la barraca
adosándola á la vivienda de Kearney.
— ¿Qué me cuentas? — exclamó el mayor de los Kearney
con una singular mezcla de sorpresa, de interés y de íntima
satisfacción.
— Sí, porque la tuya es la menos sucia por ser la más mo-
derna; te mudarás, quitaremos uno de los tabiques, juntare-
mos la barraca y formaremos una sola casa. ¿Comprendéis?
Habrá dos habitaciones: una para el padre, la otra para las
dos hijas.
El estupor y el asombro del grupo habían insensiblemente
cedido á una simpática y alegre impaciencia.
10 LA ESPAÍSíA MODERNA
— ¿Vamos á empezar ahora mismo y á escape? — preguntó
Mattingly.
— A menos que no vayamos en seguida á ponernos nuestros
nuevos trajes, para estar preparados — dijo el menor de los
Kearney dirigiendo una mirada expresiva á su pantalón re-
mendado.— Di, FairfaXj ¿de qué tienen aspecto esas jóvenes?
Los otros mineros rabiaban por hacer la misma pregunta,
pero se echaron á reir viendo el embarazo y el sofoco del que
se había atrevido á formularla.
— Vosotros mismos juzgaréis — respondió Fairfax con afec-
tada indiferencia, poniéndose él también ligeramente encar-
nado.— Pero, antes de pensar en acicalarnos, despachemos la
tarea. ¡En marcha á casa de Thompson! A esta hora no ha-
brá nadie y nos llevaremos el local. Tanto vale sudar en ese
trabajo como permanecer echados bajo este árbol. Dejaremos
por esta tarde el lavado del oro é inscribiremos media jornada
solamente. ¡Menearse, amigos! ¿Estamos? ¡Una, dos, tres, y
en marcha!
Casi inmediatamente se encontró abandonado el árbol hos-
pitalario; los cinco millonarios del Vado del Diablo atravesa-
ron los terrenos abrasados, desafiando el sol, se destacaron un
instante en plena luz y desaparecieron tras el macizo más
cercano.
II
Seis horas después, cuando la sombra del Monte del Diablo
se hubo extendido sobre el río y reinó por fin en el llano una
relativa frescura, la diligencia de los mineros, descendiendo
de las cimas, llegó igualmente á bañar su vaca abrasada en la
sombra descendente. Entre los viajeros cubiertos de polvo se
destacaban los frescos y bonitos rostros de las dos hijas de
Felipe Carr, el ingeniero de las minas. Sus miradas inquietas
buscaban curiosamente por la portezuela el sitio de su nueva
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 11
instalación; se esforzaban, á cada revuelta del tortuoso cami-
no, en encontrar en el valle, allá abajo, el pequeño campa-
mento, que aparecía y desaparecía alternativamente. Ellas
cambiaban una rápida mirada de decepción burlona al aspec-
to de aquellos terrenos estériles salpicados de feas excrecen-
cias que lo mismo podían ser montones de piedra y grava,
como habitaciones. ¿Era aquel el término desconsolador de su
viaje á través de los grandiosos paisajes que acababan de cru-
zar? ¿el grotesco fin alcanzado tras las ilusorias promesas de
profundos desfiladeros, exuberantes valles, salvajes quebra-
das? Singularmente afectadas ya por aquel triste paisaje, las
viajeras se vieron atacadas por una risa nerviosa cuando el
coche salvó bruscamente el último recodo y apareció ante ellas
la fealdad monótona del llano, lleno de pozos, surcado por
zanjas. Bajo pretexto de preservarse del fino polvo levantado
por las ruedas, se taparon vivamente la cara con los pañuelos.
Su padre, afortunadamente, absorto en un estudio científico y
satisfactorio de la topografía y de los recursos del lugar de sus
trabajos futuros, no observó aquella demostración hostil. Úni-
camente se vio en la necesidad de darse cuenta del hecho,
cuando el vehículo se detuvo ante la informe construcción
adornada con un letrero que ostentaba estas palabras: «Hotel
y oficinas de la Mensajería.»
— Imposible pensar el quedarse aquí, papá — dijo Cristina
Carr con decisión meneando su bonita cabeza; — supongo que
lo comprenderás así.
Carr contempló el edificio que tenía aspecto de taberna.
— Sin duda — se apresuró á decir Carr; — habrá que avisar.
No pretendo afirmar que esto se presente bien. Sin embargo,
he avisado á Fairfax nuestra llegada. Debía haber alguien
aquí para recibirnos.
— Pues ese alguien no está — exclamó Jesusa Carr indig-
nada. —Más aún, los individuos que rondaban por aquí han
escapado como liebres en cuanto hemos bajado del coche.
Decía la verdad. Un pequeño grupo de desocupados para-
12 LA ESPAÑA MODERNA
do ante las oficinas, se había dispersado como por encanto:
un individuo con camisa roja huía por un estrecho corredor;
un par de botas altas y una blusa azul desaparecían tras una
pared cercana; una cabeza rubia y rizada se retiraba brusca-
mente de una ventana sin cristales. La misma taberna pare-
cía desierta, aunque una puerta perdida en el fondo de la som-
bra rechinó misteriosamente. La diligencia, llevándose á los
demás viajeros, se había puesto de nuevo en marcha.
— Yo estaba seguro de que Fairfax me comprendió cuando
le... — empezó á decir Carr.
Una exclamación ahogada de Jesusa, que miraba al extre-
mo del camino, y una presión muda de los dedos de Cristina
sobre su brazo, le cortaron la palabra.
— ¿Qué es eso? — dijo Jesusa en voz baja á su hermana. —
¿Saltimbanquis, ó qué?
Los cinco millonarios del Vado del Diablo acababan de
desembocar en el camino y avanzaban en fila. Bastaba una
sola ojeada para comprobar que se habían puesto los trajes
comprados en bloque por Fairfax; además, todos se habían
lavado y peinado, y dos ó tres estaban recién afeitados. El
conjunto era estrambótico. Por una feliz inspiración personal,
Dick Mattingly era el único que hubo aspirado á un traje
completo; pero este traje todo negro, aunque animado por
una corbata de color de naranja y un alto sombrero gris, era
mu}^ fúnebre. Joe de Maryland se había encapillado un gabán
de verano de color amarillo claro que llevaba muy abierto, á
fin de lucir la pechera de una camisa bordada y dejar todo su
valor á un pantalón de hilo que caía sobre escarpines. Los
hermanos Kearney se habían repartido otro traje: el mayor
llevaba una levita azul entallada y un pantalón de dril de ra-
yas rosa; el menor se había adjudicado el pantalón pertene-
ciente á la levita y lo había completado con una americana
de alpaca negra y un sombrero flexible. Fairfax, con su des-
interés habitual, se había contentado con la blusa azul de un
obrero francés y un pantalón blanco. Si los cinco asociados
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 13
habieran tenido conciencia de lo absurdo de sii aspecto, hu-
bieran sido ridículos; pero en sus rostros no se leía más que
una franca satisfacción y una bienvenida cordial.
Se pararon ante Carr, se quitaron de común acuerdo sus
grotescos cubrecabezas y esperaron en silencio á que Fairfax
se adelantase para presentarles individualmente al ingeniero.
Jesusa procuró disimular una sonrisa; Cristina se irguió alti-
vamente y miró al vacío.
— ¡La hemos fastidiado con faltar al coche!... Es decir^
nuestra intención era la de esperar á usted, así como á estas
señoras, en el último recodo — dijo Fairfax dirigiéndose al in-
geniero y procurando corregir su lenguaje. — Esto les hubiera
evitado el aburrimiento, quiero decir, el cansancio de subir
hasta su casa.
— ¿Hay, pues, una casa? — exclamó Jesusa con un suspiro
de satisfacción de una franqueza indiscreta.
— Sí, una casa tal cual — respondió Fairfax no sin vacilar,
mirando con ansiedad los vaporosos y elegantes trajes de las
jóvenes y dirigiendo una ojeada inquisitorial á dos inmensos
cofres. — Me temo que no sea muy buena para ustedes. Pero
no es más que provisional. ¿Quieren hacernos el honor de que
les guiemos?
La comitiva se puso en marcha. Carr, preocupado única-
mente por el negocio que le había traído, se apoderó de Fair-
fax y se puso á desarrollarle sus proyectos para la explotación
de la mina, deteniéndose de cuando en cuando para examinar
el trabajo realizado y el terreno de sus futuras operaciones.
Fairfax, interiormente aliviado por verse así dispensado de un
servicio más delicado cerca de las hijas del ingeniero, echaba,
sin embargo, paternales ojeadas sobre sus compañeros para
ver cómo se comportaban con las jóvenes. Cada uno cogió una
de las asas de los mundos. Este empleo no dejaba el campo li-
bre á diálogos animados; pero, á juzgar por sus rostros ra-
diantes, ninguno de ellos parecía quejarse. La necesidad de
cambiar de mano y de asa hacía que los caballeros alternaran
14 LA ESPAÑA MODERNA
al lado de cada señorita; sin embargo, el menor de los Kear-
ney, á fin de proseguir una conversación entablada con Jesu-
sa, retuvo tan obstinadamente el puesto que le acercaba á su
interlocutora, que su mano se hinchó y su brazo se puso dolo-
rido sin que quisiera notarlo.
Por su parte, Dick Mattingly se animó hasta dar algunos
informes explicativos á Cristina.
— El hecho es — dijo — que la única cosa que rueda aquí es
un carro con una muía; y esta tarde las bestias están ocupa-
das en acarrear grava, sin lo cual les hubieran llevado á uste-
des hasta la barraca, es decir, la casa. Pero denos usted quin-
ce días solamente para que hayamos realizado nuestro oro y
la proporcionaremos un vehículo de primera, una carretela
que les llevará adonde quieran; á no ser que prefiera usted un
lando. Antes de un mes les proporcionaremos una casa donde
gusten. No tardaremos, no, á menos que no quieran ustedes
una casa de ladrillos, porque en este caso habrá que traerlos
de la Granja y esto llevará tiempo...
A pesar de su irritación creciente, y aunque no compren-
diese bien todo lo que decía Mattingly, la joven comprendió
suficientemente el discurso; miró altivamente á su acompa-
ñante, y le respondió con un tono glacial que no se preocupa-
se del porvenir, por cuanto ella no contaba imponerle por mu-
cho tiempo su presencia.
— Ya — dijo él, — ya se le pasará á usted. Lo mismo me su-
cedió á mí cuando llegué.
La afirmación de Mattingly exasperó á Cristina, tanto más
cuanto que no podía desconocer por completo la benévola in-
tención del joven, el cual añadió:
— Hasta que no se haya aclimatado usted, todo le parecerá
salvaje é inhospitalario. Gritará usted, jurará, maldecirá...
De repente se calló, lleno de confusión y de temor.
Sin dejar á Cristina tiempo para contestar, Joe de Mary-
land acudió contacto en ayuda de su hermano, le obligó á cam-
biar de mano con él y se puso al lado de la joven ofendida.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 15
— No se enfade con Dick — le dijo casi al oído, riendo, —
pues de lo contrario, se irá avergonzado á colgarse de la pri-
mera rama. — Está lleno de buenas intenciones; pero ya ve
usted, como no hablamos más que entre nosotros, ha perdido
uno la costumbre de expresarse delante del bello sexo. Va á
hacer cuatro años que no se ha encontrado en presencia de una
verdadera señorita.
Cristina no respondió. La risa argentina y alegre de su
hermana, que había tomado la delantera con los hermanos
Kearney, llegaba hasta ella como una censura y hacía que es-
tuviera completamente fuera de lugar la reserva con la cual
intentaba reprimir la familiaridad de sus acompañantes.
— ¿Conoce usted muchas óperas, señorita?
Ella miró el rostro de adolescente tostado por el sol, la
franca fisonomía del hombre que le hablaba así, y vaciló.
Después de todo, ¿para qué aumentar las contrariedades que
la molestaban tomando por lo trágico á aquel ser incons-
ciente?
— ¿En qué sentido? — dijo ella.
— Pues para tocarlas en el piano. No se encuentran pianos
sino en Sacramento, pero creo que podremos traer uno de aquí
al jueves próximo. ¿No le serviría á usted de nada un acordeón?
Kearney posee uno.
Para sustraerse al probable ofrecimiento del acordeón,
Cristina se apresuró á contestar:
— Me -parece sumamente difícil transportar un piano por
estas montañas.
— Sin embargo, hemos traído un billar de Stockton — se
atrevió á decir tímidamente Dick Mattingly desde el otro ex-
tremo del cofre, — lo trajeron las muías, y no veo por qué...
Se calló ante una mirada de su hermano; después añadió:
— Sí, bien sé que un piano es más frágil, más delicado y
todo lo demás; pero podría probarse.
— Fairfax ha asegurado que tendría uno, luego la cosa es
posible — dijo Joe.
16 LA ESPAÍ^A MODERNA
— ¿Es músico? — preguntó Cristina.
— ¡Sí lo es! Apueste usted por él sin vacilar — exclamó Joe
olvidándose de su comedimiento en su entusiasmo. — Maneja á
Mozart y á Beethoven como un condenado y daría que hacer
á una orquesta.
Por fin llegó el grupo al linde de un bosque de pinos. En
este lugar el terreno había sido ligeramente nivelado, y bajo
la sombra de un árbol gigantesco se veían las dos habitacio-
nes reunidas. No se había tratado de disimular el punto de
intercesión de la cabana de Kearney y el barracón trasplan-
tado de Thompson. La cabana, transformada en sala común,
ocupaba toda la extensión de la choza del minero y contenía,
además de los utensilios más indispensables de un ajuar, una
cama de campaña para Carr; la otra porción quedaba por com-
pleto á disposición de las jóvenes como alcoba y gabinete.
Los acompañantes explicaron como pudieron el uso y em-
pleo de los diferentes objetos contenidos en la primera, medio
satisfechos, medio avergonzados de la instalación; y cuando
las dos jóvenes franquearon el umbral de la habitación que les
estaba destinada, se retiraron discretamente.
La muchacha más casta no está nunca á la altura de la refi-
nada delicadeza de un joven en sus comunes relaciones, cuando
éste ha conservado el puro y profundo respeto de la mujer.
La instalación del segundo cuarto era verdaderamente cu-
riosa, y no carecía, sin embargo, de gusto y originalidad. El
antiguo mostrador blanco y dorado del establecimiento de
Thompson, dividido en dos partes colocadas en sitios opues-
tos, no representaba demasiado mal el papel de mesas de to-
cador; enormes ramos de azaleas recién cortadas ocultaban los
groseros cacharros que las sostenían y daban á las mesas cier-
to aspecto de altar. El enorme espejo que adornó el mostrador
colgaba aún de una de las paredes, pero lo habían decorado
con restos de los emblemas patrióticos que sirvieron para la
fiesta nacional. A cada lado de la puerta se alzaban dos camas
altas y estrechas cubiertas por blanquísima tela.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 17
Las dos hermanas examinaban curiosamente aquellos le-
chos, cuando Carr, que entró en el cuarto, se adelantó á sus
}>reguntas.
— A propósito. Esos señores me han confesado que no exis-
tían colchones en toda la colonia, en vista de lo cual han lle-
nado de heno seco y limpio unos sacos de harina j los han cu-
bierto con media docena de mantas. Esperan que os conten-
taréis con ello hasta que su mensajero, que marcha esta noche,
pueda regresar con ropa de cama más ortodoxa.
Jesusa, con su impetuosa travesura, se precipitó á una de
las camas para asegurarse de la veracidad de aquella explica-
ción.
— ¡Pues sí es verdad, Cristina! — exclamó riendo á carcaja-
das;— ¡tres sacos cada una! Pero, chica, estoy celosa; los tuyos
llevan la marca «superfino», los míos «ordinario».
Carr observaba con inquietud la fisonomía de su hija
mayor.
— Está bien — dijo ella secamente. — Está en relación con lo
demás.
— Estoes sólo provisional, el primer momento, ¿sabes? — re-
plicó Carr mirando hacia la puerta, ese eterno refugio de las
debilidades masculinas frente á una tempestad domestica. —
Voy á ver lo mejor que se pueda hacer — añadió dirigiéndose
imperceptiblemente hacia la salida y la libertad. — Y además
tengo precisión de hablar con Fairfax.
— ¡Un instante, papá! — dijo Cristina. — ¿Sabía usted, antes
de venir aquí, á qué lugar nos traía y entre qué gentes?
— Claro que sí, sin duda... ¿Por qué se te ocurre eso? Co-
nocía la conformación geológica del suelo. Me he enterado de
ios informes de Pairfax y de sus asociados antes de aceptar la
dirección de los trabajos. Te aseguro que se puede hacer una
fortuna. Mis condiciones son precisas, recabo la mitad de los
beneficios.
— ¿Cómo? ¿No se ha asegurado usted honorarios fijos; no
tiene usted sueldo? — preguntó Cristina con ademán resignado.
l£,lí.— Agosto 1902, 2
18 LA ESPAÑA MODERNA
— No soy un peón, Cristina, un obrero asalariado — replio*
Carr. — No deberías obligarme á recordártelo.
— Pues los hombres asalariados, el Intendente y sus obre-
ros fueron los únicos, si bien me acuerdo, que sacaron alguna
ganancia de la última empresa de usted en la granja con el
coronel Walker. Y allí, al menos, estábamos en un medio ci-
vilizado.
— Esos jóvenes no son hombres del común, Cristina, aun-
que se hayan olvidado momentáneamente de las elegancias de
las costumbres y del lenguaje; son caballeros.
— Que se acomodan á vivir como salvajes.
— Vaya, vosotras dos haréis de ellos lo que queráis.
Cristina miró á su padre.
La entonación dada á la última frase la desagradó.
— Quiero decir — se apresuró á añadir aquél — que mientras
yo corrijo las faltas de trabajo y de material, vosotras podéis
guiar la vida de esos jóvenes por una senda más regular. A fal-
ta de cosa mejor, eso os entretendrá.
Un incidente vino á favorecer la evasión de Carr y á de-
tener en los labios de su hija mayor una viva respuesta; Je-
susa, que acababa de pasar revista á todos los detalles del
mueblaje, entró de repente y se mezcló en la conversación.
— Va á ser una partida de campo perpetua, una verdadera
jira — exclamó riendo. — Jorge Kearney ha prometido estable-
cernos una hornilla en un árbol; y como de aquí á tres íaesee
no caerá ni una gota de agua, cocinaremos al aire libre; de
esta manera tendremos más sitio aquí para el piano... cuando
llegue. Una india vieja vendrá todos los días para los queha-
ceres. Va á ser muy divertido, querida.
Inútil es decir que Carr había aprovechado el incidente
para desaparecer.
Cuando las dos hermanas se quedaron solas, Cristina se
puso á deshacer el mundo y á arreglar de la mejor manera
posible los efectos que sacaba. Jesusa dijo con voz acaricia-
dora:
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 19
— Vamos, querida, conven en que no están tan mal.
— ¿Quiénes?
— Pues los Kearney, los Mattingly, Fairfax y compañía.
Te concedo que no hay que fijarse en su indumentaria. Pero
figúrate que me han contado — porque lo dicen todo con una
extraordinaria franqueza — que se han puesto esos atavíos úni-
camente para agradarnos. Han comprado en masa toda la pa-
cotilla de un tendero de la granja. Según como hablan esos
hombres singulares, parecen Astor ó Rotschild. El pequeño,
con los cabellos ensortijados, y que á pesar de su bigo tillo no
pareee tener diez y siete años , asegura gravemente que va á
construir un salón de baile y darnos una fiesta el mes próxi-
mo. Un instante después se excusaba por no poder proveernos
de leche, á causa de que no hay una gota en el país, y me
aconsejaba que echase melaza en el té.
— ¿Dónde se encuentran todas esas fabulosas riquezas? —
preguntó Cristina procurando sonreír ante la charla de su her-
mana .
— Aquí, bajo nuestros pies, querida, y á todo lo largo del
río. ¡Figúrate! Lo que tomábamos por barro sucio, es lo que
ellos llaman «aluvión aurífero».
— Eso explica el por qué no quieren ni cepillarse los pan-
talones ni limpiarse las botas; no quieren perder nada de ese
precioso barro. ¿Le han convertido alguna vez en moneda?
— ¡Pues claro que sí! Esa vía estrecha que hemos visto á
lo largo del camino, les ha costado, según me han dicho, cer-
ca de 60.000 dollars, y á papá le parece mal, dice que no vale
nada, y va á construir otra.
Un suspiro de impaciencia de Cristina hizo alzar los ojos á
Jesusa. Yió á su hermana de pie, inmóvil, con las cejas frun-
cidas.
— No te atormentes — dijo Jesusa. — Comprendo que no es
esto muy atractivo, que esperabas otra cosa; pero, créeme, ya
nos arreglaremos hasta el día en que papá se haga rico. Irá á
medias en la empresa.
20 I.A ESPAÑA MODERNA
— Me parece que ya va — dijo Cristina amargamente, miran-
do en torno de ella. — Lo ha puesto todo á medias con estos
liombres: nuestras vidas, nuestros gustos, hasta nosotras
mismas.
— Pudiera ser — dijo Jesusa distraídamente. — Pues sí, hasta
esto — añadió con tono de broma mostrando en la palma de su
manecita abierta un par de dados. — Los he encontrado en el
cajón de nuestra mesa.
— ¡Tíralos! — exclamó imperiosamente la hermana mayor.
Jesusa cerró la mano.
— ¡De ninguna manera! Se los daré al pequeño Kearney.
Son, probablemente, sus juguetes.
Sin embargo, la presencia de aquellos dados había sacado
á Cristina de su melancólica apatía.
— Jesusa — dijo, — busquemos á ver si hay algo más.
Juntas exploraron las dos habitaciones; encontraron tres ó
cuatre libros, un tomo falto de páginas de Thackeray, otro de
Dickens y un cuaderno lleno de notas.
— Esto es latín — dijo de repente Jesusa, sacando un volu-
men más pequeño. — No entiendo una palabra.
— Mejor — dijo Cristina. — Vuelve á ponerlo donde estaba.
Jesusa colocó de nuevo el libro en su escondite, y continuó
la investigación.
— ¡Mira, Cristina!... ¡cartas atadas con una cinta!
Era, en efecto, un paquete de cartas de una letra fina y
cuidada, que exhalaban un vago perfume de elegancia, mez-
clado al de las flores marchitas que aparecían entre las pági-
nas. Jesusa añadió:
— Distingo estas tres palabras: «Mi querido Fairfax.» Son
de nna mujer.
— Una mujer que no debe valer gran cosa — dijo desdeño-
samente Cristina, colocando el paquete en su sitio.
— Lo mismo opino — repuso Jesusa.
Sin embargo, con la eterna inconsecuencia femenina, el
incidente de las cartas hizo que pensaran las jóvenes en el
EL FILÓN DEL YADO DEL DIABLO 21
destinatario de aquella correspondencia; cuando estuvieron en
su cuarto, dijo Cristina á su hermana:
— ¡Mira que llamar á un hombre por su apellido cuando se
le hace preceder de un epíteto amoroso! ¿Te representas tú á
nuestra madre esoribieudo á papá: «Mi querido Carr»?
— Pero si Fairfax no es apellido — replicó Jesusa. — Es nom-
bre de pila. No me acuerdo del apellido, porque todo el mun-
do le llama aquí Fairfax.
— ¿Y pretendes decirme — exclamo Cristina con los ojos re-
lampagueantes y vibrante la voz — que esos hombres se ima-
ginan que van á imponernos esa insolente familiaridad? ¡No
les falta más que llamarnos á nosotras de la misma manera!
— Ya lo han hecho — dijo maliciosamente Jesusa,
— ¿De veras?
— Me han llamado Jesusa, y Kearney, el pequeño, ya sa-
bes, me ha preguntado si Cristina tocaba el piano.
— ¿Y le has respondido?
— Sí — dijo Jesusa con naturalidad. — ¿Estás de broma, no
es verdad? — Vamos — añadió cambiando de tono, — ¿qué quie-
res que hiciera? No podía pulverizarle, y además lo decía con
absolusa ingenuidad.
Cristina se calló. Había vuelto á caer en su abatimiento
y demostraba en todo lo que hacía una especie de tácita pro-
testa que revelaba claramente que no esperaba nada del por-
venir. (Jarr, que había comido con sus nuevos socios, volvió
tarde; vino cargado de papeles y dibujos, que se puso á estu-
diar después de entregar á sus hijas un misterioso paquete que
los mineros le habían dado para ellas. Contenía el envoltorio
una cuchara y un servilletero de plata, que Jesusa consideró
desde luego como pertenecientes á la infancia del joven Kear-
ney, lo que, después de todo, parecía probable.
Las dos hermanas se retiraron temprano, y Jesusa no
tardó en dormirse. Cristina no dormía, escuchaba los gemidos
del viento en el exterior; no era el fresco y suave murmullo
del crepúsculo, sino el poderoso hálito nocturno de la monta-
22 LA ESPAÑA MODERNA
ña. Unas veces, la frágil construcción temblaba y crujía,'
otras, una ráfaga saturada de las fuertes emanaciones resino-
sas del bosque, entraba por entre las paredes mal unidas é iba
á acariciar las mejillas de la joven. De ésta se apoderó un vago
ensueño; el pasado se presentaba ante ella con sus reminiscen-
cias confusas; el estremecimiento de los pinos evocaba en ella
ecos de otros tiempos, palabras olvidadas, frases familiares,
mientras que el viento de la noche depositaba en su frente
un beso.
Volvió á ver á su madre, pobre mujer pálida y silenciosa ^
que se separó un día de las arriesgadas especulaciones de su
marido para aventurarse al través de la tumba en una especu-
lación más arriesgada todavía. Cristina había jurado reempla-
zarla al lado de su padre. La brisa le traía desde el triste ce-
menterio y desde la tumba abandonada de la muerta, el eco
desús últimas palabras: «¡Vela por él, hija mía!» Y ella se
decía que había cumplido fielmente su promesa. Pero "pensaba
con amargura que su abnegación, sus sacrificios, habían sido
estériles; no había conseguido prevenir las decepciones, evitar
los peligros, á los que la había expuesto la fogosa imaginación
de su padre. Se compadecía de él, que dormía allí en la habi-
tación contigua, dispuesto á consagrarse á una nueva empre-
sa; comprendía que la prevención con la cual ella condenaba
de antemano la nueva tentativa, era no menos absoluta y po-
día ser no menos nociva que las ilusiones entusiastas del inge-
niero. Comprendía también que cada día perdía más la influen-
cia que ejerciera sobre el espíritu de su padre. Convencida de
los inconvenientes que había producido la sumisión pasiva de
su madre, se había convertido en un censor severo é implaca-
'ble de los proyectos de su padre; semejante actitud tuvo por
resultado suscitar la desconfianza de aquél, el cual poco á poco
dejaba de consultarla. Hasta empezaba á engañarla como
nunca hubo engañado á su mujer; la aturdida Jesusa sabía
más que su hermana en lo concerniente á aquella nueva em-
presa.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 23
Tales pensamientos no eran propios para calmar á Cristi-
na. Era ya más de media noche cuando le pareció que el vien-
to caía. Había refrescado con su aliento el abrasado suelo; el
equilibrio de la Naturaleza estaba restablecido; una bruma va-
porosa se extendía sobre el lecho del río; una quietud más pe-
nosa, más enervante que el anterior tumulto, flotaba sobre la
casa y sobre el bosque. Cristina escuchaba la respiración re-
gular de los durmientes; le parecía que llegaban hasta ella las
pulsaciones de la lejana vida del campamento. El ladrido de
■an perro, un rumor confuso, el vago murmullo de un hilo de
agua, todos los ruidos fantásticos de la noche, acentuaban el
profundo silencio. Excitada por el insomnio, la joven se levan-
tó, se vistió de prisa, se echó un abrigo y pasó á la sala
común. Se deslizó sin hacer ruido para no despertar á su pa-
dre, descorrió el cerrojo de la puerta y salió fuera.
Cuando recorrió aquella tarde el camino que conducía á su
morada, situada en el lindero del bosque, la cólera y el despe-
Gho la habían impedido observar el sitio en que se encontraba.
Después, ni siquiera había pensado en mirar per la puerta ó
por la ventana. El espectáculo que entonces se ofreció ante su
vístala cautivó; fue una revelación, una censura. La luna aca-
baba de levantarse sobre el horizonte; su argentada luz brilla-
ba sobre la presa espumosa del río que corría á los pies de la
joven; la cima del Monte del Diablo, bañada por azuladas cla-
ridades, aparecía no ya como la masa sombría y confusa que
Cristina había creído ver, sino con el sublime amontonamien-
to de sus mesetas, de sus barrancos y de sus picachos con in-
decible esplendor. La mágica luz parecía surgir misteriosa-
mente del cauce del río, y trepando por las alburas de la mon-
taña iba á perderse en la blancura de las primeras nieves.
Detrás d© la joven, por encima de ella, el sombrío bosque pa-
recía tenderle los brazos para atraerla á sus profundidades, y
la casita desaparecía casi en la grandiosidad del paisaje. Cris-
tina no distinguía ningún signo de vida ó de habitación; bus-
caba en vano el campamento, las groseras zanjas, los infor-
24 LA ESPAÑA MODERIÍA
mes montones de tierra, las miserables cabanas. En el encan-
tamiento de la luz de la luna, todo había desaparecido bajo un
velo de vapores de un gris luminoso.
Sobrecogida por una dolorosa angustia ante aquel silencio
y aquella soledad, Cristina se volvió á la morada en la quero-
posaban su padre y su hermana, todo cuanto le quedaba como
afecciones vivas en medio de aquella imperiosa invasión de su
alma, por el espectáculo de las montañas, del bosque y del
cielo. Pero la desesperación producida por aquella soledad
profunda no tardó en borrarse. Experimentó una inefable sen-
sación de confianza y seguridad en la hospitalaria ternura d@
aquella muda inmensidad. La Naturaleza, desdeñada, olvida-
da, no comprendida, pero siempre generosa y clemente, se in-
clinaba hacia la joven, murmurando á su oído consoladoras
promesas de libertad é independencia. Su corazón se dilataba
bajo las sanas y vigorosas aspiraciones de la campiña, mien-
tras su alma se llenaba de tranquilos y saludables pensamientos.
De repente sus meditaciones se vieron interrumpidas. ¿Que
ocurría?
Una voz aguardentosa berreaba una canción de borrachos
al pie de la vertiente.
Cristina se puso roja de vergüenza y de indignación com©
si el invisible cantor se hubiera presentado ante ella.
La canción continuaba.
— ¡Silencio! ¡Cállate, imbécil!
-¿Qué?
—¡Sí!
— ¡No!
Estas interpelaciones contradictorias se suqpdieron rápida-
mente en medio de la noche; después reinó el silencio. La jo-
ven, protegida por la sombra de los laureles, se deslizó dulce-
mente hasta el borde de la meseta. Pudo entonces distinguir
la vacilante silueta de un hombre en el sendero; otras dos for-
mas confusas le detenían y le dirigían evidentemente enérgi-
cas censuras.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 25
— ¡Pardiez, no lo sabía!...
El borracho trató de afianzar el paso y se perdió en direc-
ción del campamento. Las dos sombras amenazadoras se reti-
raron bajo la profunda oscuridad de nn árbol corpulento que
sin duda les había servido de abrigo. Cristina se volvió á la
cabana precipitadamente y entró sin hacer ruido en su cuarto.
— Me ha parecido oir unas voces que me han despertado —
dijo Jesusa frotándose los ojos. — No estabas aquí... ¿Has visto
algo?
— No — contestó Cristina desnudándose.
— ¿Y no has tenido miedo?
— Absolutamente ninguno — respondió Cristina con una
sonrisa extraña. — ¡Durmamos!
III
Los cinco fastuosos millonarios del Vado del Diablo cum-
plieron algunas de sus más extravagantes promesas. En menos
de seis semanas, el ingeniero Carr y sus hijas estuvieron ins-
taladas en otra vivienda, elevada no lejos del lugar en que es-
tuvo la barraca que les prestara asilo. Esta última fue trans-
portada nuevamente al valle, á fin de asegurar mejor la inde-
pendencia y el aislamiento de la familia del ingeniero. La
nueva casa consistía en una espaciosa villa de un solo piso; un
amplio terrado ocultaba la monótona desnudez de la fachada
y prestaba una especie de gracia pintoresca á los terrenos in-
cultos y recientemente desmontados que la rodeaban. Un pia-
no vertical, traído de Sacramento, se alzaba en un ángulo del
salón; de la misma lejana procedencia era también todo el mo-
biliario, de una riqueza chillona, que las dos hermanas habían
juzgado prudente disimular bajo frescas y sencillas fundas de
tela. A cada paso se encontraban objetos cuyo extraño orna-
mento recordaba el gran espejo de marco dorado del barraco
de Thompson, único adorno de la antigua vivienda de las via-
26 LA ESPAÑA MODERNA
jeras. En su apresuramiento para completar aquel nuevo pa-
lacio de Aladino, los modernos poseedores de la lámpara ma-
ravillosa habían comprado al azar todo artículo de mobiliario
que pudiese aumentar su magnificencia, sin preocuparse mu-
cho de la oportunidad de sus adquisiciones.
— Se me figura que esto se parece mucho á una caverna de
contrabandistas — dijo Jorge Kearney cuando los mineros pa-
saron por última vez revista á sus tesoros antes de entregar
las llaves al ingeniero.
— O á una casa de juego — añadió su hermano.
— Es lo mismo, poco más ó menos — apuntó tranquilamen-
te Dick Mattingly, el cual, en su borrascosa juventud, había
tenido ocasión, según se decía, de establecer el paralelo.
Sin embargo, las dos jóvenes, inspiradas por sus gustos de-
licados, consiguieron combinar con singular acierto su hete-
róclito mobiliario. Una enorme araña de cristal que en otro
tiempo prestara ilusorios atractivos á un tapete verde, fue re-
legada al inmenso vestíbulo en compañía de otros muebles
cuyo carácter recordaba demasiado las vulgares riquezas de
los establecimientos públicos, como, por ejemplo, una larga
banqueta ó diván carmesí que se adivinaba había servido en
una sala de billar. Estas disposiciones tuvieron por resultado
hacer que el vestíbulo fuese infinitamente más atractivo que el
salón para los miembros más jóvenes y más rústicos de la co-
munidad del Vado del Diablo; como no querían sustraerse á la
obligación de presentar sus homenajes á las damas, se sentían
menos embarazados en el vestíbulo que en el santuario, del
que percibían los esplendores por las puertas entreabiertas.
El vestíbulo era para ellos como un lugar de preparación para
atreverse á penetrar en la plena civilización.
— Si no lo lleva usted á mal, señorita— dijo un día el que
llevaba la voz cantante en uno de aquellos grupos de visitan-
tes tímidos, — nos instalaremos aquí; así se irán ustedes hacien-
ée á vernos.
En otra ocasión, uno, al que llamaban Whisky Dick, im-
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 27
pulsado por un concienzudo sentimiento de sus deberes, se di-
rigió á la villa. Al día siguiente, en una reunión escogida de
amigos, celebrada en la taberna de Tecumseh, comunicó sus
impresiones con imperturbable ingenuidad.
— Así, pues, como veis, amigos, me dirigí allá arriba; y
mientras los otros, hacían grandes cortesías en el salón, yo
echó el ancla sin hacer ruido en un rincón del canapé; poco á
poco echó mano á un grueso diccionario que había en una
mesa, lo abrí sobre mis rodillas, así, al descuido, como para
estudiar ortografía, y estuve allí sin chistar, oyendo á la se-
ñorita Crista, que sacaba música del famoso piano que era un
gasto. Hay que creer que me dormí, porque dos horas después
todavía me encontraba allí. La verdad es que descansan mu-
cho estas visitas en el mundo elegante; le dejan á uno al pelo
cuando se encuentra harto de la vida que se lleva, mi palabra
de honor.
En aquella época la colonia del Vado no se limitaba ya á
ofrecer las inocentes singularidades de sus primeros explota-
dores. El rumor de su rápida fortuna, aumentado por la fama,
había atraído una invasión de aventureros de otra especie.
Gayó sobre el Vado una nube de merodeadores, de desconten-
tos, de vagabundos, de ociosos, arrojada de las otras minas.
Algunas carretas de emigrantes, desviadas de la carretera
por las atractivas relaciones del nuevo filón, hicieron alto en
las vertientes del Monte del Diablo y en el fondo del valle; de
aquellos vehículos se apeó una banda de mujeres y de niños
ajados y prematuramente envejecidos, de hombres estropeados
y tiritando de fiebre. Veíanse, destacándose sobre aquel fondo
sombrío, los tocados chillones, los rostros pintados y estuca-
dos de criaturas que llegaban solas; se las veía, es verdad, más
á menudo por la noche, detrás de los dorados mostradores,
que á la luz brillante y reveladora del pleno día; aquellas mu-
jeres llevaban en pos de sí hombres pálidos, de negros bigo-
tes, vestidos correctamente, sin ocupación conocida, y de ori-
gen sospechoso.
28 LA ESPAÑA MODERKA
Una docena de tabernas acababan de eclipsar al barracón
de TKoinpson y ostentaban sus muestras orgallosamente á los
dos lados de la estrecha calle Mayor... La colonia poseía ade-
más dos hoteles, llamado uno de la Templanza^ cuyo ascetis-
mo, sin embargo, se limitaba únicamente á no detallar el al-
cohol; el segundo, Oficinas de las diligencias, era un modesto
edificio de un solo piso, sobre el cual notaba tristemente la
bandera de las Sierras, y en el cual, para ser admitido, había
que abonar previamente diez dollars.
Más lejos, en el lugar más árido y más desierto de todo,
aquel campamento, se veía el mezquino campanario de la ca-
pilla presbiteriana, construcción de una irritante crudeza en
medio del esplendor de la tarde dominical, fría y lúgubre du-
rante el resto de la semana, y cu3^a fealdad, llena de preten-
siones, delataba el sol del Mediodía.
Los edificios nacionales, tan pomposamente votados por los
cinco millonarios en los comienzos de su prosperidad; el depó-
sito, la fuente, el Ayuntamiento, la estatua, faltaban todavía.
El sitio designado para cada una de estas donaciones cívicas
había sido poco á poco acaparado, ya por construcciones más
urgentes, ya por inevitables trabajos de explotación, y el coste
de tales construcciones y trabajos había absorbido las enormes
ganancias al principio realizadas.
Sin embargo, la munificencia con la cual habían ejecuta-
do los jóvenes todos los proyectos formados para la instala-
ción del ingeniero, no había dejado de deslumhrar á sus dos
hijas y de hacerlas indulgentes con los embellecimientos no
concluidos de la creciente colonia. En su elevada meseta, en
la tranquilidad de su aislamiento relativo, ignoraban ellas
muchas de las cosas que ocurrían en la nueva ciudad echada á
sus pies, y nada llegaba hasta ellas que las inquietara ó las
asustase. No frecuentaban el trato de las mujeres de los emi-
grantes desde que Jesusa, impulsada por un sentimiento de
benévola simpatía, se aventuró un día hasta uno de los cam-
pamentos nómadas, y fue insolentemente recibida; adoptaron
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 29
insensiblemente desde entonces la costumbre de atenerse á sus
primeros amigos respecto á la elección de todo nuevo conoci-
miento, y les dejaron el cuidado de proveer á sus placeres y sus
distracciones.
Esta tácita confianza les sirvió más de una vez: un día,
como las dos hermanas salieran de su casa para ir á hacer al-
gunas compras en la calle Mayor, en los «Almacenes reunidos
de la Villa de Paris», se vieron detenidas á los cien pasos por
Dick Mattingly, quien les manifestó que se estaban verifican-
do en la población las elecciones municipales, y les aconsejó
que dejasen su expedición para otro día. Consideró superfino
añadir que dos ciudadanos, fuertes en sus privilegios de hom-
bres libres, acababan de apoyar sus candidaturas mediante un
cambio de balas en presencia de una multitud de partidarios
simpáticos; las señoritas de Carr no supieron nunca el acci-
dente que provocó la pronta desaparición de un amable ex-
tranjero que les fue presentado la víspera por la noche.
Otro día, Cristina y Jesusa regresaban de un largo paseo
por el bosque, cuando se encontraron con Jorge Kearney y
Fairfax que l^s esperaban; bajo pretexto de enseñarlas laí^
pintorescas bellezas de una senda recién trazada,, desviaron á
las dos jóvenes lejos del camino abierto. Esta maniobra estra-
tégica dio tiempo á los hermanos Mattingly para descolgar el
cadáver de un hombre ahorcado en un árbol por el celo del
Comité de vigilancia. Maryland Joe aprovechó esta ocasión
para hacer observar severamente á los miembros del Comité
lo que perjudicaba una ejecución de este género á las bellezas
del bosque admiradas por ojos tímidos y compasivos.
— ¿No tenéis todo el país para colgar á vuestro hombre?
¿Por qué habéis de escoger precisamente el bosque de Carr?
Inútil es decir que las dos hermanas no tuvieron conoci-
miento de aquel acto de justicia expeditiva ni de la delicadeza
que las mantuvo en una feliz ignorancia. Carr, por su parte,
ocupado en sus asuntos, no prestaba sino una mediana aten-
ción á incidentes que consideraba filosóficamente como con-
30 LA ESPAÑA MODERNA
vulsiones sociales tan inevitables como una conmoción geoló-
gica; además un instinto de prudencia le aconsejaba no des-
pertar, discutiéndolas, las prevenciones de sus hijas, aun mal
encubiertas.
Otros intereses, sin embargo, iban á ocupar á la familia.
Una mañana el ingeniero, después de almorzar, so detuvo más
que de ordinario en la conversación que sostenía habitualmen-
te de sobremesa con sus hijas. Con la torpeza de un hombre
que vela secretas preocupaciones bajo un interés afectado ha-
cia un objeto secundario, dijo con tono ligero, cuando Jesusa
hubo salido del comedor.
— ¿Qué vais á hacer hoy, Cristina?
— Nada de nuevo: poco más ó menos lo que hacemos todos
ios días. Si Jorge Kearney puede procurarse caballos de silla,
iremos de expedición hasta la fuente India, con él y Fairfax,
es decir, el Sr. Munroe; la verdad es que á fuerza de oir ese
odioso nombre, acabo por olvidarme del apellido de ese
señor.
— Me parece muy bien — dijo el ingeniero, queriendo dar á
sus palabras cierto tono de malicia. — Seguramente que encon-
trarán los caballos y acudirán á la cita. No té quepa duda. ¿Y
qué dirán los dos Mattingly y Felipe Kearney? ¿No tendrán
celos?
— No es su turno — dijo con indiferencia Cristina. — Además
puede ser que también vengan.
— O pudiera ser que se hayan resignado ya á su suer-
te, ¿eh?
— ¡Por Dios, papá! ¿Qué quiere usted decir?
La joven fijó sus hermosos y límpidos ojos en el ingeniero.
Expresaban tanta franqueza mezclada á una sorda irritación
causada por aquellas insinuaciones, que Carr tuvo miedo d©
una explicación y cambió de táctica. Su tono de broma des-
apareció como por encanto, pero la repentina gravedad que le
sustituyó no hizo que las explicaciones fueran más halagüeñas
para Cristina.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 31
— Sabes — dijo él con cierta vacilación, — me pareció que el
menor de los Kearney hacía la corte á Jesusa.
— ¡Ese niño! ¡Bah!
— Ese niño, no te incomodes, es uno de los principales ac-
cionistas y socios de la mina. Es un muchacho lleno de auda-
cia; es sin disputa el más emprendedor y el más activo de los
cinco asociados; nunca he encontrado yo la menor dificultad
para que compartiera mis puntos de vista ó adoptar mis planes.
En cualquier otra ocasión Cristina hubiera discutido aque-
lla última prueba de la inteligencia superior del joven, pero la
primera afirmación de su padre la había profundamente tur-
bado para dejarle su libertad de espíritu.
— Seguramente, papá — dijo ella, — que está usted de broma
cuando habla usted así de esos hombres, á los que vemos dia-
riamente, que son, en suma, nuestra única sociedad.
— No, no— se apresuró á replicar Carr, — te equivocas; yo
no digo que Jesusa y tú os...
— ¡Yo! ¡Ah! ¿Se trata ahora de mí?
— No me dejas acabar, Cristina. Claro es que estoy de bro-
ma— repuso Carr con el tono más serio. — Jesusa y tú estáis
fuera de cuestión; pero pudiera ser que hubiese algún peligro
para esos jóvenes en encontrarse continuamente en compañía
de dos personitas tan agradables como sois vosotras.
— Perfectamente. Comprendo. A usted le parece que sería
mejor no verles tan á menudo — dijo Cristina con una adhesión
tan completa y tan franca que desconcertó profundamente al
ingeniero. — Tal vez tenga usted razón, aunque no he obser-
vado nada comprometedor en la actitud de Kearney con mi
hermana, ni en la de ningún otro conmigo. Nada más fácil,
sin embargo, que precaver esa eventualidad. Recibiremos á
esos señores con menor frecuencia, y para empezar buscare-
mos hoy mismo un pretexto para renunciar á la partida pro-
yectada.
— Sin duda; sí, eso es — balbuceó Carr sintiéndose en toda
derrota; pero como todos los seres débiles, consolándose con la
.^2 LA ESPAÑA MODERNA
reflexión de que, después de todo, no había descubierto sus ba-
terías ni entregado la llave de la plaza. — Tienes razón, como
siempre; pero ¿no crees que tal vez sería mejor, al menos por
el momento, dejar las cosas como están? Ya volveremos á ha-
blar del asunto, tengo prisa ahora, adiós.
Y el ingeniero, tomando- precipitadamente la puerta, des-
apareció.
— Adivina lo que se le ha ocurrido á papá — dijo Cristina á
su hermana en cuanto la vio, con acento de cólera reprimida.
— jSe imagina que Jorge Kearney te hace la corte!
— ¡No es posible! — exclamó Jesusa, respondiendo á la mi-
rada escrutadora de su hermana con una franca carcajada.
— Como te lo digo, y más aún, que Fairfax — creo que es
Fairfax — me lo hace á mí.
Esta vez Jesusa frunció las cejas y dirigió á Cristina una
mirada inquieta y atenta.
— Es absurdo. ¿Quién le habrá metido eso en la cabeza?
Jamás se le hubiera ocurrido á él solo. ^
— No lo sé — respondió Cristina pensativa. — Pero más vale
tal vez así. Les tendremos á distancia.
— ¿Lo ha exigido papá? — preguntó bruscamente Jesusa.
— No, precisamente, pero á ello quería venir á parar.
— ¡Ya! A no ser que...
— ¿El qué, Jesusa? — exclamó Cristina con tono severo. —
Jesusa, no me digas que puedas ni por un instante prestar á
nuestro padre ninguna otra intención.
— Al contrario — respondió la joven con cierto airecillo bur-
lón y cogiendo á su hermana por el talle. — Al contrario, en-
cuentro que tienes completamente razón. Desengañaremos á
esos irresistibles paladines del Vado del Diablo, y con especia-
lidad al menor de los Kearney. Comienzo á creer que se mur-
mura de nosotras, porque recuerdo que el otro día, pasando
ante la vivienda de Pike County, dos ó tres mujeres charlaban
á la puerta, y una palabra que se escapó á una de ellas hizo
palidecer y ponerse colorado á Kearney, que se estremeció de
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 33
ftiror. Probablemente aquella mujer, que se llama Mac-Cokle,
creería justo que nuestros caballeros rindieran homenaje á sus
niñas. No me parece mal. Estoy dispuesta á prestarles ese que-
rubín de cuando en cuando, y tú podrías cederles al señor
Munroe dos veces por semana. ¿Qué te parece?
Se reía, pero al mismo tiempo fijaba en su herma;ia una
mirada extraña y profunda.
Cristina se encogió de hombros.
— No bromees — dijo desdeñosamente, — hubiéramos debido
prever lo que sucede.
— ¿Y qué piensas tú?
— Dime, Jesusa, ¿has observado tú que Munroe me hiciese
la corte?
— Chica, francamente que no.
— Entonces, ¿por qué inexplicable error se les ocurre atri-
buirme precisamente el menos interesante de esos señores?
Jesusa dio un salto. *
— ¡No tan insignificante, querida! — exclamó. — Entiendes
poco de eso. Pero, en fin, nada importa, puesto que hemos de
renunciar á frecuentar su trato.
— Van á venir para el paseo de hoy — replicó Cristina con
aire de resignación. — A papá le parece que vale más no rom-
per bruscamente.
— ¡Ah! con que á papá le parece... — exclamó Jesusa, dete-
niéndose en el momento que iba á salir.
—Sí. ¿Te choca?
Pero la joven había ya salido de la habitación, y se la oía
cantar en el vestíbulo.
IV
Sin embargo, por la tarde no llegaron los que eran espe-
rados, y sí solamente Wislcy Dick; era portador de un lacónico
billete en el cual Fairfax manifestaba á las señoritas de Carr
que negocios urgentes le retenían, así como á Jorge Kearney,
E. VL.—Agosto 1902. 3
34 LA ESPAÍirA MODERNA
y les privaría del honor de servir de dos escolta á las dos jó-
venes. El billete añadía que los caballos quedaban á su dispo-
sición, y que si ellas querían designar algunos jinetes para
que las acompañasen, Whiskey Dick se apresuraría á trans-
mitir sus órdenes.
Las dos hermanas cambiaron una mirada de contrariedad;
Jesusa no disimuló un gesto de despecho.
— Se diría que se nos quieren adelantar — dijo esforzándose
por sonreír. — Pudiera ser que en realidad se hubiese murmu-
rado. Pero esto no les detendría. A menos que...
Se calló, fijando una curiosa mirada en su hermana.
— ¡Acaba! — exclamó ésta. — ¡Qué misteriosa estás hoy,
querida!
— ¿De veras? No importa. Pero esperan una respuesta. Por
supuesto, que contestaremos que no.
— ¿Para que esos señores se alaben de que á lo que única-
mente aspiramos es á su compañía? Al contrario, lamentare-
mos cortésmente su obligada ausencia y tomaremos los caba-
llos. Saldremos solas; las dos podemos prescindir de acom-
pañantes.
— ¡Muy bien! — exclamó Jesusa batiendo palmas. — Les
probaremos...
— ¡Absolutamente nada! — replicó interrumpiéndola Cristi-
na.— En nuestra situación, nuestra conducta está trazada. ¿En
dónde está ese "Whiskey Dick?
— En el salón.
— ¡En el salón, él! — exclamó Cristina estupefacta. — ¡Ese
hombre!
— ¡Naturalmente! No te ofusques, querida. No es la pri-
mera vez que viene; solamente que el otro día se quedó en el
recibimiento por exceso de modestia. ¿No reparaste en ól?
— Ciertamente que no, ¡un Wiskey Dick!
— ¡Oh! si gustas puedes llamarle Sr. Holl — dijo Jesusa
riendo, — Ricardo Holl. Y cuando tengas intenciones de fami-
liarizarte le llamas Aleo Holl, como los otros.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 35
Cristina no contestó á la broma de su hermana sino con
una mirada de censura desdeñosa, y atravesó lentamente el
vestíbulo para dirigirse al salón.
Entonces se realizó repentinamente una de esas resolucio-
nes inesperadas, inauditas, inexplicables y misteriosas, que
confunden la inteligencia de los hombres y les entregan sin
defensa en las manos victoriosas de las mujeres. Cuando la
joven atravesó el umbral, ya se había transformado su fisono-
mía. Leíase en sus ojos un saludo cordial de bienvenida; su
placentera sonrisa acusaba una acogida calurosa, la alegría
de volver á ver un huésped distinguido y estimado. Avanzó
rápidamente con su paso ligero y gallardo, se paró ante
Whiskey Dick y le tendió ambas manos.
Este se había preparado evidentemente ante la eventuali-
dad de una posible entrevista. Vestido con un traje completo
de brillante alpaca negra, se había sentado cerca de una
puerta que daba al terrado, para procurarse en caso de nece-
sidad un medio de retirada. Escrupulosamente lavado y afei-
tado, un uso demasiado pródigo del jabón parecía haberle en-
rojecido los ojos ó inflamado los párpados, mientras que sus
cabellos cortos, muy peinados y relucientes, hacían juego con
e\ brillo de su traje. Sentado en una butaca con elegante ne-
gligencia, había desplegado sobre sus rodillas, para comple-
tar la elegancia de su actitud, un gran pañuelo blanco que
flotaba.
— ¡Qué amable es usted, caballero — dijo Cristina con voz
de sirena, — al proporcionarme ocasión para desquitarme del
contratiempo del otro día. Deploré muchísimo no ver á usted
cuando su anterior visita, pero no tuve yo la culpa; tenía
usted prisa, según creo, y sus amigos le acapararon á la
entrada.
Se calló ella. El gran pañuelo había caído al suelo; y
cuando Whiskey Dick se levantó bruscamente al aparecer
aquella fantástica visión de belleza, su sombrero rodó hacia
la ventana. Sin soltar las manos de la joven, que había coo-ido
36 LA ESPAÑA MODERNA
casi sin darse cuenta, procuraba echar á puntapiés á su cubre-
cabeza en dirección del terrado. Cristina se separó riendo y
acudió á cazarle.
— ¡No le toque usted! ¡Déjele, señorita! — dijo lleno de con-
fusión Whiskey Dick. — No es digno de que usted se baje á
recogerlo. Ni siquiera hubiera pensado en introducirle aquí,
señorita Carr, si los más lechuguinos, más conocedores del
gran género, no hubiesen declarado el otro día que así se
hacía en la buena sociedad. Esto me parece tonto de todo»
modos, porque ¿para qué iba á estar dispuesto un señor de
mundo á cubrirse ante una dama dentro de cuatro paredes?
Sin embargo, Cristina atrapó el sombrero y lo colocó en una.
mesa; Whiskey creyó de su deber ir á depositar también allí su
pañuelo con una negligencia de una distinción suprema; des-
pués se dirigió al piano, apoyó en él un codo, cruzó un pie sobre
el otro y permaneci(i en pie, en una actitud copiada de un pe-
riódico ilustrado, en el que recordaba haber visto representa-
do así al irresistible héroe de un drama del gran mundo.
Aquella actitud le había cautivado; pero como no leyó el
texto, no se daba bien cuenta de si era más favorable á la
meditación ó á la conversación.
— Veo que es usted de mi parecer, caballero — dijo Cristi-
na.— Usted piensa como yo que la cortesía está en la atención,
no en la estricta observancia de ciertos usos. Presumo — aña-
dió con una sonrisa deslumbradora — que hubiera sido más co-
rrecto haberle entregado á usted un billete para el Sr. Mun-
roe, aceptando su proposición, en vez de venir á darle á
usted un mensaje verbal. Pero al elegir este último medio me
procuro el placer de ver á usted, de hablar con usted; esto
vale más, ¿no es cierto?
— ¡Por vida de...! ¡Señorita Carr! ¡Pardiez! ¡Da usted en
el blanco al primer tiro! — exclamó Dick.
Acaba de convencerse de que su sabia actitud no era pro-
picia á la elocuencia oratoria, y volvió á su primer puesto.
— Tiene usted razón — añadió. — Es, poco más ó menos, la
EL FILÓÍÍ DEL TADO DEL DIABLO 37
que yo decía hace poco á los compañeros. Os hace falta un
pretexto, les decía, para no pasear con esas señoras, y escribís
unas líneas, diciendo que los negocios, el trabajo y eccetera
os retienen. Está bien. O es ó no es uno como le fó, ¡qué dia-
blo! Y como tú lo eres, tú y Jorge también, no os engañáis,
vais diariamente á casa del ingeniero, con ó sin motivo estáis
allí como en familia, como en vuestra casa. Así es que se ha-
bla, que ventean cosas que más valdría no ventear, y ¡el dia-
blo me lleve! cosas que vosotros no tenéis derecho á permitir,
•que corran. ¡Eso es!
Esta vez fue la joven la que cambió de sitio.
Al pasar cerca del piano para aproximarse á su locuaz vi-
sitante, tiró una partitura, cuyas hojas se desparramaron por
e\ suelo. Whiskey Dick se precipitó á recogerlas.
— ¡Oh! por favor, déjelo. Es igual — dijo Cristina con im-
paciencia.
Pero Whiskey Dick, sintiéndose en un terreno seguro, no
paró hasta que hubo reunido todas las dispersas páginas del
Trov atore.
La joven preguntó en voz baja , vacilando un poco:
— ¿Dice también eso el Sr. Munroe?
— No me lo ha dicho ahora en esos términos; pero es poco
más ó menos lo que ese muchacho tiene sobre el corazón desde
hace algún tiempo — contestó Dick con una fina sonrisa de in-
teligencia y una mirada llena de misteriosas confidencias. A
Dios gracias, señorita Carr, personas como usted y yo no ne-
cesitan que les pongan los puntos sobre las is. Yo no me he
puesto guantes para decírselo. ¡No escribáis! les repetía, id á
casa del Ingeniero, decid allí sin rodeos cuanto viene al caso.
Pero que si quieres. Estaban empeñados en su billete, y no he
querido negarme á traerlo. Pero en cuanto la he visto á usted,
en cuanto la he oído hablar como acaba usted de hacerlo, me
he dicho: «Dick, amigo mío, aquí hay una señorita, de lo me-
jor, que se burla de las modas y de las etiquetas, como se las
llama, con perdón; así pues, esta señorita y yo vamos á ha-
38 LA ESPAÑA MODERNA
Mar de la cosa á la buena de Dios y sin engaños.» Los compa-
ñeros, ya ve usted, señorita Carr, son buenos muchaolios, bue-
nos sujetos, honrados como el primero; pero son sencillos, im-
presionables, candidos, á causa de haber vivido en los bosques;
no miento cuando digo que adoran el suelo que usted y su her-
mana pisan, y hay que confesar, porque es verdad, que los
amigos se echarían con gusto al suelo si á ustedes les agradase
pasar por encima de sus espaldas para no ensuciarse las boti-
nas con el polvo del campo ¡es un decir! Pero, después de todo,
no pueden convertirse en camino vecinal para que toda la co-
lonia les pisotee. Esto sería un disparate, ¿no es verdad?
Cristina se levantó; se había puesto encarnada, pero en se-
guida dijo con su voz acariciadora:
— Permítame usted que le ofrezca un refresco, Sr. Holl. Me
avergüenzo no haberlo hecho antes; pero no culpe usted sino
á sí mismo; me hace usted olvidar mis deberes de ama de casa.
¡No, no, no admito réplicas!
Salió y volvió inmediatamente con un vaso y una botella.
Su boca había recobrado su sonrisa de sirena cuando preguntó
con una pérfida y encantadora afectación:
— ¿Tal vez no le gustará á usted el whiskey, Sr. Holl?
Por primera vez en su vida, Whiskey Dick vaciló entre dos
embriagueces; pero á pesar de su turbación y su encantamien-
to triunfó la costumbre, aceptó; solamente que, cuando dejó
el vaso, se pasó el pañuelo por los labios con un ademán so-
lemne^ destinado, segiin él, á borrar lo que hubiera podido
haber de poco distinguido en la absorción del whiskey.
— Sí, señorita — dijo tras una pausa de beatitud; — coma
acabo de explicar, esta es una pequeña cuestión que podemos
discutir entre nosotros, como personas de mundo. Tengo mi
opinión: es que los compañeros deberían tener más cuidado.
Convendría que cortejasen por ahí en el Yado. Hay dos ó tres-
familias que tienen hijas mozas; pues bien, si nuestros mo-
zos echaran chicoleos á esas jóvenes, les hiciesen la corte,
las acompañaran á paseo ó á la iglesia, esto cerraría un pico
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 39
venenoso y no daría que hablar á nadie. ¿Ve usted adonde
voy, no es cierto? Esto distraería tal vez un poco á nuestros
mozos, y si no les divertía, podían volver á la vida que hacían
antes con sus iguales. No es esto todo. Es preciso, señorita,
que la ponga en guardia contra una idea que pudiera habér-
sele ocurrido — no digo que sea, pero que pudiera ser — y me
he dicho que debía advertirla.
— Me parece que nos comprendemos muy bien ya, Sr. Holl,
para que no estemos de acuerdo — dijo Cristina sin dejar de
sonreír. — Veamos la idea.
Aquel delicado homenaje á su cordial inteligencia, unido
al ligero estimulante del alcohol, conmovió y exaltó á Whis-
key Dick. Miró con precaución por la ventana y alrededoí de
la estancia; después se acercó dulcemente á la joven con una
especie de familiaridad á la vez paternal y torpe. Sin soltar el
pañuelo, como para atenuar lo que el contacto de su mano
desnuda pudiera tener de vulgar y temerario, la posó así ve-
lada en el brazo de Cristina y dijo:
— Tal vez piense usted, señorita, que por parte de ustedes
seria conveniente hac«r que vinieran algunos de los elegantes
pollos que les harían la rueda. No digo que esté mal, y no veo
nada que se oponga. Pero, créame usted, los compañeros no lo
sufrirían.
A pesar de su imperio sobre sí misma, los ojos de Cristina
se ensombrecieron, é involuntariamente hizo un movimiento
de altivez. Dick, comprendiendo que había faltado, atribuyó
aquella emoción á la inoportunidad de su contacto indiscreto,
y se puso á frotar con su pañuelo ligeramente el brazo de la
joven, como para borrar toda huella, diciendo:
— Con perdón, señorita.
Tranquilizado por la sonrisa que reapareció en los labios
de Cristina, siguió diciendo:
— ^No, no lo soportarían, y habría tiros. ¡No delante de us-
tedes, no tenga usted cuidado, no delante de ustedes! Pero el
mejor día rogarían á los ciudadanos á que pasaran al bosque
40 LA ESPAÑA MODERNA
y les propondrían arreglar el asunto con una carabina á cien
metros, ó tal vez, en atención á que son señoritos, se les deja-
ría elegir la pistola á doce pasos. Lo digo y lo repito, los com-
pañeros son buenos muchachos, pero no hay que darles piso-
tones. Jorge, sobre todo, y se comprende, puesto que es más
joven, se sulfura por cualquier cosa. Ya ve usted, su cara bo-
nita de niña, y su poco bozo, le han valido ya media docena
de escaramuzas. Se ha batido por cada pelo de barba que le
ha salido desde que es de los nuestros.
— Entendido todo, caballero — dijo Cristina levantándose y
poniendo su mano entre los temblorosos dedos de Whiskey
Dick. — Si se me hubiera ocurrido semejante idea, renunciaría
á ella. Tiene usted razón en esto, cómo en todo. Agradeceré
eternamente á los Sres. Munroe y Kearney el que le hayan
confiado á usted esta delicada misión,
— A decir verdad — replicó el embajador enrojeciendo de
placer y de amor propio halagado, — tal vez no es completa-
mente exacto decir que me hayan encargado de discutir sus
asuntos con usted en estos términos; pero...
— Comprendo — dijo interrumpiendo Cristina. — Sus amigos
se han limitado á entregar á usted un billete. Yo he tenido la
buena suerte de encontrar en usted un hombre de mundo, in-
teligente y simpático.
Al escuchar estas palabras que acariciaban tan agradable-
mente su vanidad, Dick se esponjó y, como para sustraerse al
cumplido que le dirigían, agitó su pañuelo en sentido negati-
vo. La joven añadió :
— Pero nos olvidamos de la respuesta. Aceptamos los ca-
ballos. No hay para qué decir que no tenemos necesidad de ir
acompañadas; pero... Perdone mi indiscreción: ¿tiene usted
algún compromiso esta tarde?
— Dispénseme, señorita... no he comprendido bien... — bal-
buceó Dick atónito, no queriendo dar crédito á sus oídos.
— ¿Quiere usted ser nuestro acompañante? — preguntó Cris-
tina con su insinuante voz.
EL FILÓlí DEL VADO DEL DIABLO 41
¿Dormía? ¿Estaba despierto? ¿Era juguete de una alucina-
ción de su cerebro desequilibrado por el alcohol? ¡El, Whis-
key Dick, el escarnio de la mina, el pilar de las tabernas, el
cual, aun á través de su grotesca é insaciable vanidad, sentía
vagamente la humillación del ridículo y del desprecio de que
era objeto; él, tan fanfarrón en palabras, tan desdichado en
acciones; él, que se había entregado ante ella á todas las ex-
travagancias, á las que le impulsaba su deplorable inclina-
ción, acababa de ver abrirse la más halagüeña perspectiva!
¡Whiskey Dick era el compañero elegido, solicitado por aque-
llas incomparables jóvenes! ¿Qué dirían en el Yado del Diablo?
¿Qué pensarían sus compañeros? Porque el rumor de tal aven-
tura se j)ropagaría por toda la colonia. Su pasado se encon-
traba absuelto; su porvenir asegurado. Aquella idea le irguió;
hasta su voz pareció otra cuando, sin el menor vestigio de
afectación, respondió sencillamente:
— Con mucho gusto.
— Entonces tenga la bondad de ir á buscar los caballos.
Mi hermana y yo estaremos preparadas para cuando usted
vuelva.
Dick se apresuró á obedecer. Temía exponer su felicidad á
los azares de un retraso ó de la reflexión. Al cabo de media
hora estaba de vuelta, montado en un brioso alazán y condu-
ciendo dos caballos de silla. Se había puesto, en atención á las
circunstancias, unas espuelas de plata y un sombrero de ala
ancha, procedentes de la misma fuente misteriosa que el
alazán.
Las dos hermanas no estaban todavía, pero el criado chino
introdujo á Dick en el salón y se encargó de cuidar los caba-
llos. Aún estaban en la mesa el tarro de whiskey y el vaso.
El calor, el triunfo, la emoción, eran tentadores. Dick avan-
zó, y había puesto ya la mano en el tarro cuando cruzó un
pensamiento por su cerebro. ¡No bebería, no! No se diría que
el caballero designado para servir de escolta á la crema del
Vado se había atiborrado de whiskey en el momento de mon-
42 LA ESPAÑA MODERNA
tar á caballo. Los compañeros podrían lanzar miradas de es-
tupor viéndole pasar orgullosamente entre aquellas adorables
amazonas y exclamar, en su sorpresa: «¡Es Whiskey Dick!»;
pero ¡por todos los diablos! no añadirían: «¡Borracho como
siempre!» ¡No, no sería así!
A los pocos momentos apareció Cristina, la cual dirigió
una mirada furtiva á la mesa.
— ¿No toma usted nada antes de marchar? — le preguntó.
— No, gracias — dijo Dick con heroica abnegación.
Ella le llevó al comedor, en donde le sirvió un vaso de té
helado. El desgraciado no esperaba aquel final. ¡Whiskey
Dick y té helado!
— Tómelo usted por complacerme — dijo Cristina dulce-
mente.
El lo bebió de un trago.
•7-Y ahora — añadió alegremente la joven — vamos á buscar
á Jesusa, y en marcha.
Whiskey Dick, si no era por todos conceptos una escolta
irreprochable^ era por lo menos un excelente jinete; su mane-
ra firme y segura de dominar las briosidades de su caballo
tranquilizó pronto á las dos hermanas acerca de su aptitud
para desempeñar el papel que le habían impuesto; se sintie-
ron más confiadas en sus propios caballos, que se mostraban
bastante inquietos al probar por primera vez una silla de mu-
jer. Jesusa, advertida sin duda por su hermana de las inespe-
radas revelaciones de Dick, le había acogido con tanta bene-
volencia como Cristina y quizás con mayor placer; al saltar
ligeramente á la silla con la ayuda tímida y respetuosa del
minero, se mostró resplandeciente de juventud y de alegría.
Cristina, más seductora aún con su amazona oscura, se puso á
su lado, y cuando franquearon juntos los límites de la propie-
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 43
dad, Dick sintió que su corazón se desbordaba de orgullosa
felicidad. ¡Entraba triunfalmente en la sociedad y en el mun-
do! Se felicitaba por haberse privado de sus libaciones favo-
ritas. Era aquella una aventura que le serviría de caballo de
batalla para el porvenir en todas sus sesiones de taberna; es-
taba seguro en adelante de confandir ó deslumhrar á su audi-
torio y formulaba ya en su mente cierta frase sacramental
que comenzaba así: Esto me recuerda, señores, un día en que
yopaseaba con damas de la alta, etc., etc.
Por el momento, sin embargo, procuraba desempeñar sus
funciones de guía y acompañante con tanta desenvoltura como
le permitían sus frecuentes altercados con el intratable alazán.
El sendero seguía la vertiente de la montaña y cortaba la ca-
rretera en ángulo recto para perderse en seguida en la frondo-
sidad de los bosques. Dick hubiera querido permanecer más
tiempo en la calzada, bajo pretexto de enseñar á sus compa-
ñeras el nuevo acueducto recientemente construido; pero en
realidad, para mostrarse en toda su gloria á los paseantes y
transeúntes. Desgraciadamente, quemaban tanto todavía los
rayos del sol, que se vio obligado á dirigirse hacia la sombra
del bosque, tributando al mismo tiempo elogios al ingeniero.
Decía:
— Miren ustedes bien la obra de su padre. No hay en toda
California otro hombre como Felipe Carr, que tenga el tupé
de hacer tales cosas y jugarse todo á la suerte como él. Ese
acueducto se ha tragado ya 250.000 dollars y se comerá otros
500.000 antes de decir su última palabra, y, lo que es más cu-
rioso aún, cada dollar sale del mismo terreno, ó saldrá de él.
¿Dónde se encontraría un hombre tan atrevido que se jugara
así todo lo que tiene y hasta todo lo que espera tener?
— Pero ¿y si no encontrara nada? — preguntó Cristina po-
niéndose seria.
— Siempre le quedaría el acueducto -contestó Dick imper-
turbablemente.
— ¿Y de qué le serviría si no había oro? — replicó la joven.
44 LA ESI' AÑA MODERNA
— Es cliocaiite oírselo decir á usted — exclamó Dick con un
acceso de repentina hilaridad. — Es graciosísimo que una her-
mosa dama, la propia hija de Felipe Carr, se pregunte para
qué serviría esa construcción si no hay oro.
Y Dick ponía por testigos de lo chusco del caso á los árbo-
les del camino.
— Habrá que contarlo á ios compañeros.
— ¿Y para qué el oro oculto en la tierra si no hay agua
para extraerlo? — dijo Jesusa dirigiendo á su hermana una mi-
rada significativa.
Dick, entusiasmado con la broma aun más refinada de Je-
susa, exclamó:
— ¡Anda! ahora pregunta la otra para qué sirve el oro sí
no hay agua. Con perdón, señoritas, ustedes han puesto el
dedo en la cuestión que revoluciona al campamento, y con
dos frases tan claras como el agua. Todos los que no están en
©1 negocio, y hasta algunos que están, como Fairfax, por ejem-
plo, hablan como la señorita Cristina. Otros, como yo, pensa-
mos como la señorita Jesusa.
— Nunca he oído al Sr. Munroe decir que desaprobaba esos
trabajos — dijo vivamente Jesusa.
— Delante de usted, claro que no lo hará — replicó Dick
mirando á Cristina con aire de inteligencia; — pero apostaría
á que quisiera tener en el bolsillo un poco del dinero que ha
puesto en el negocio. Pero en fin, no importa. El oro está ahí
y lo encontraremos nosotros.
El pronombre posesivo no era más que una figura retóri-
ca, pues Whiskey Dick era sencillamente el capataz de una
banda de obreros asalariados que habían reemplazado á los
millonarios en los rudos trabajos de explotación.
La conversación puesta en este terreno era violenta; así
fue que las dos hermanas experimentaron un alivio al tomar
la estrecha senda que conducía á la fuente india, pues era ne-
cesario caminar de uno en uno, y Dick tomó la delantera.
Cristina, a fin de rechazar las ideas inoportunas y molestas,
EL FILÓN DKL VADO DEL DIABLO 45
resolvió no pensar sino en el objeto del paseo y en el esplén-
dido paisaje que la rodeaba; cabalgaba así largo tiempo, y
cuando miró hacia adelante observó que sus compañeros ha-
bían desaparecido. Espoleó al caballo y llegó á un recodo
desde el que se descubría un gran trozo de la senda, pero no
vio á nadie. No se sorprendió ni se asustó. Le sería fácil alcan-
zar á su hermana y á Dick, porque sin duda éstos, en cuanto
notaran su falta, se detendrían para esperarla, y, de todos
modos, no le sería .difícil volverse á casa. En la disposición de
espíritu en que se encontraba no le desagradaba el aislamien-
to; hahjta la hubiera molestado la presencia de cualquiera en
aquella bienvenida silenciosa que parecían darla el bosque y
la montaña.
Sin embargo, no debían realizarse sus deseos; no había
recorrido cien pasos cuando vio á una persona que caminaba
delante de ella. Su curiosidad se despertó y salió al trote para
pasar al caminante. Este pareció como que vacilaba y torció
como para meterse por la maleza, pero de repente se volvió y
marchó resueltamente al encuentro de Cristina. Esta, sorpren-
dida y tranquilizada á la vez, reconoció la gallarda estatura y
el rostro de adolescente de Jorge Kearney. Este estaba páli-
do y visiblemente afectado, aunque procurase disimularlo.
La joven resolvió aprovechar la ocasión que se presentaba
ante ella tan inesperadamente. Tenía seguridad de que el jo-
ven había visto pasar á Jesusa y que no la había seguido por
timidez. Si ella consiguie«e inspirarle mayor confianza, obten-
dría sin duda algún indicio que desmintiera ó confirmase las
sospechas de Carr acerca de los sentimientos del joven. Si es-
taba sinceramente enamorado de su hermana, conseguiría ella
fácilmente entrever sobre qué esperanzas fundaba su amor y
le haría comprender de una manera delicada la inutilidad de
sus atenciones. Si, por el contrario, como ella suponía, no se
trataba sino de un arrebato juvenil, le curaría burlándose
amistosamente con la franqueza con que le trataba. La mira-
da apasionada y profunda que brillaba en los ojos del pobre
46 LA. ESPAÑA MODERNA
muchacho, la compasión que le inspiraba, llevaron á Cristina
á una indulgencia, por decirlo así, maternal, y se acercó á él
con una sonrisa de inefable dulzura.
— Se conoce que ha terminado usted sus negocios ó que ha
cambiado de parecer — dijo ella con malicia. — Se dice, sin em-
bargo, que lo último es un privilegio exclusivamente reserva-
do á las mujeres.
— ¿Cambian siempre las jóvenes de parecer? — preguntó él
sonriendo penosamente.
— No siempre, pero sí á menudo; sobre todo cuando son
todavía casi unas chiquillas; ni ellas mismas saben lo que
quieren, y más adelante, cuando les llega el juicio, los hom-
bres que interpretaron á su gusto la ignorancia de aquéllas,
las acusan de caprichosas ó ligeras.
Se calló para observar el efecto de sus palabras, que le pa-
recían contener una exposición clara y significativa de la res-
pectiva situación de Jesusa y Jorge; pero la entristeció ver la
expresión de resignación abrumadora del joven, cuyas meji-
llas palidecían al mismo tiempo que se empañaba el brillo de
sus ojos.
— jOh! No es que le acusemos á usted de inconstante — se
apresuró á decir Cristina en tono de broma, — aunque se haya
negado usted á ser de los nuestros, lo que nos ha obligado á
rogar al Sr. Holl que nos acompañe. Le habrá usted visto con
Jesusa.
Jorge no contestó. Poco á poco recobró el color, pero le
pareció á la joven que le miraba á hurtadillas, que había en-
vejecido de pronto en dos ó tres años.
—La verdad es — añadió ella con cierta acritud, casi con
QjioJQ^ — que podría pensarse que ha sido usted juguete de al-
o-una muchacha aturdida, frivola, coqueta y mal educada.
Cristina pronunció con convicción los injuriosos epítetos;
involuntariamente empezaba á creer que Jesusa había alenta-
do al joven más de lo conveniente.
— Ella no es ni frivola, ni aturdida, ni mal educada — res-
EL FILÓK DEL VADO DEL DIABLO 47
pondió Jorge alzando sus ojos, en los que se leía una triste
censura. — Yo soy quien es todo eso, señorita. No. Ella tiene
razón al obrar así, y harto lo sabe usted.
Cristina apreciaba sin duda el encanto y la seducción de su
hermana; pero no pudo menos de pensar que Jorge exageraba
el valor de la misma. ¿Qué había hecho, pues, Jesusa? ¿Quién
era Jesusa, después de todo, para provocar una abnegación tan
ciega y permanecer insensible? Cuanto más consideraba al jo-
ven, le parecía que su juventud no era tan extremada. Fuera
que su desgraciada pasión hubiera desarrollado en él mayor
cantidad de viril energía, fuese que la fuerza latente y seria
de su naturaleza no hubiera tenido ocasión para revelarse
antes, lo cierto es que Jorge no parecía un niño en aquel
momento. Su misma pasión no era de las que se disipan burlán-
dose de ella. Todo esto se presentaba de una manera sumamen-
te desagradable. Cristina comenzaba á sentir el haber encon-
trado al joven, ó, por lo menos, el haber tenido aquella entre-
vista antes de que se hubiese explicado más formalmente con
su hermana.
El marchaba al lado de Cristina con una mano en las rien-
das del caballo. Cuando la senda comenzaba á internarse en
el bosque, se detuvo.
— Voy á despedirme de usted, señorita — dijo.
— ¿Me deja usted? Debemos estar ya cerca de la fuente, y
Jesusa y su acompañante no deben estar lejos. Venga usted
conmigo hasta que los encontremos.
— No — contestó Jorge en voz baja. — No he venido sino
para despedirme de usted. Me marcho del Vado.
— ¿Que se va usted del Vado? —exclamó Cristina muy
asombrada. — Supongo que será por poco tiempo.
— Para no volver más.
— Es una decisión bien extraña — replicó vivamente la jo-
ven, comprendiendo vagamente que de una manera ridicula
había provocado aquel ridículo desenlace. — ¿No se irá usted
sin embargo, sin despedirse de Jesusa y de mi padre?
48 I^A ESPAÑA MODERNA
— Yero á su padre de usted, no hay que decirlo, y usted
tendrá la bondad de ofrecer mis respetos á su hermana.
Parecía resuelto. Era absurdo. Ella se indignó.
— No le detengo á usted — dijo con frialdad. — Por lo visto
su marcha de usted es urgente y no me acordaba, es decir, no
había pensado hasta ahora que tiene usted obligaciones más
serias que la de constituirse en nuestro acompañante. Mé
hacía la ilusión de que no dejaría usted el Vado de una mane-
ra tan inesperada. Por lo visto, si la casualidad no me hubiese
puesto en su camino, se habría usted marchado sin despedirse
ni de mi hermana ni de mí.
Jorge no replicó. Después de una pausa, dijo:
— ¿Quiere usted darme la mano, señorita?
— Un instante, Sr. Kearney. Si una sola de mis palabras
ha podido motivar ó precipitar su marcha, le ruego que la ol-
vide y me la perdone, ó por lo menos, que no preste á mis pa-
labras sino la importancia efímera que se da á los vagos dichos
de una mujer. He hablado en general, y pudiera ser que sin
fundamento.
Los ojos del joven, que se habían dilatado al escucharla^
volvieron á ponerse sombríos; su rostro, súbitamente colorea-
do, palideció con igual prontitud. Replicó en voz baja:
— No diga usted eso, señorita. No lo piense usted. Además,
¿para qué? Usted ha comprendido perfectamente lo que guar-
daba en el alma, lo he visto bien en su respuesta; me ha pro-|
bado con toda claridad que me había engañado.
La leal mirada de Jorge, al encontrarse con la de Cristina,
la obligaba á una lealtad igual. Sabía que Jesusa no le ama-
ba, que no se casaría con él, aunque hubiese coqueteado tal
vez excesivamente. Así fue, que respondió con triste y dulce
acento:
— Le aseguro que no quería herirle. Además, apenas si
tenía vagas sospechas.
— Y ha querido usted evitarme una declaración — dijo él
amargamente.
EL FILÓN DEL VADO DBL DIABLO 49
— Evitarla previniéndola — se apresuró á decir Cristina. —
Ignoro qué engañosas esperanzas ó qué imprudentes indiscre-
ciones de Jesusa y de mi padre hayan podido hacer que nazca
en usted...
— ¡No he hablado jamás de ello á ninguno de los dos! — ex-
clamó con viveza Jorge.
Se calló, y tras un instante de amargas reflexiones, añadió:
— He sido educado en los bosques, señorita; he aprendido
en ellos á no escuchar sino mis sentimientos, no á conformar-
me á las exigencias del mundo de usted... ¡Adiós! — exclamó
tendiendo la mano por segunda vez.
— ¡Adiós! — repitió la joven dándole la suya, desguantada^
con una sonrisa de confianza.
Él retuvo prisionera, durante algunos segundos, la mane-
cita blanca, con los ojos fijos en los de C\istina. De pronto,
arrastrado por un irresistible impulso, se llevó la mano á sus
ardientes labios y la llenó de besos. Después, soltándola brus-
camente, desapareció en el bosque.
Cristina dio un grito de sorpresa, de susto y de dolor. ¿Se
había vuelto loco aquel muchacho? ¿Se estilaban en el Vado
del Diablo semejantes despedidas por procuración? Miró á su
mano, enrojecida por la febril presión del joven, y, de repeló-
te, aquel color invadió su frente y sus mejillas.
— ¡Es incomprensible! — se dijo.
— ¡Cristina!
Su hermana salía del bosque y galopaba hacia ella.
— Creíamos que venías detrás... Pero ¿qué tienes?... ¿Qaé
te ha sucedido?...
— Nada, nada. Acabo de encontrar á Kearney, que se mar-
eha...,y... y...
La indignación y el despecho no la dejaron concluir.
— ¿Y por fin te ha confesado que te amaba? — preguntó
Jesusa.
— ¡Ah! — exclamó Cristina.
E. M.~ Agosto 1902. 4
50 LA ESPAÑA MODERNA
VI
La brusca marcha de Jorge Kearney no produjo sino un
mediano efecto en la comunidad del Vado del Diablo y fue
prontamente olvidado. Se atribuyó por la mayoría á diferen-
cias entre él j sus consocios en lo concerniente á la aplicación
de las ganancias á costosos y futuros trabajos de explotación.
Con Felipe Carr, representaba una minoría emprendedora,
con una confianza inquebrantable en el porvenir de la mina y
dispuesto á sacrificarlo todo. Los unos pretendían que había
vendido su parte en la asociación á un hermano, otros afirma-
ban que había ido á Sacramento para tomar á préát^amo el di-
nero necesario para proseguir á su costa las mejoras necesa-
rias. Sus antiguos compañeros hablaban poco; el mismo
Whiskey Dick, el cual, con gran sorpresa de él mismo, pro-
nunciaba muchos menos oráculos, desde su asombrosa eleva-
ción social, se limitaba á indicar que, como el fogoso tempe-
ramento de Jorge no sufría la menor contradicción aunque
viniera de su hermano, su momentánea separación había pro-
bablemente aplazado una seria ruptura.
Carr no ocultaba la contrariedad que le causaba la súbita
deserción de su joven discípulo y más íirme aliado. Un día se
atrevió á hacer una alusión inoportuna á sus precedentes ob-
servaciones sobre la corte hecha por Kearney á su hija menor,
lamentando agriamente la terminación de sus buenas relacio-
nes; fue acogido con tanta frialdad y desaprobación, no sola-
mente por parte de Cristina, sino también por la aturdida
Jesusa, que se refugió en un mutismo confuso y resignado.
Después de un silencio bastante largo, durante el cual tuvo
tiempo de recobrar su actitud de ofendido, dijo:
— Lo que quería decir es que Fairfax, que no se distingue
entre mis partidarios, continúa viniendo aquí con tanta fre-
cuencia como antes.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 51
— Al contrario, es amigo de usted y se interesa mucho —
dijo Jesusa. — Por lo demás, no viene sino para tenerle á usted
^1 corriente del progreso de los trabajos.
— Y sin duda á criticar á tu padre — añadió Carr, afectando
un tono de broma que disimulaba imperfectamente el enojo. —
Me parece que me ha suplantado en tu opinión como suplantó
al pobre Kearney.
— ¡Vamos, papá! — dijo con viveza Jesusa abrazando á su
padre como con mimos, pero en realidad para ocultar su tur-
bación ocasionada más bien por una mirada escrutadora de
Cristina que por las palabras de Carr; — vamos, me prometió
usted no volver á hablar de ese ridículo asunto. Acabará usted
por ponernos tan nerviosas á las dos, que no nos atreveremos
á abrir la puerta á un visitante sin exigir que se declare inc-
óente de toda intención matrimonial. ¿Quiere dar razón á los
rumores que circulan? Se dice ya que para ser bien recibido
por nosotras, hay que ser en absoluto de la opinión de usted
acerca de todo lo que ocurre en el Vado.
— ¿Quien propaga esos chismes? — exclamó Carr poniéndose
encarnado. — ¿Se entretiene en eso Fairfax?
— Desde luego que no, porque todo el mundo sabe perfec-
tamente que no comparte las ideas de usted, y sin embargo
sigue viniendo.
Cristina, que desde hacía algún tiempo se abstenía por
completo de tomar parte en semejantes discusiones, esperó á
' que se fuera su padre para decir á su hermana con la mayor
oalma:
— ¿Así, pues, es esa la única razón por la que, á despecho
de lo que resolviste, continúas viendo al Sr. Munroe?
Jesusa, que había intentado seguir á su padre en la huida,
se vio obligada á renunciar y se detuvo en el umbral. Antes
de volverse, procuró tomar una expresión de candor y de ig-
norancia simulada.
—¿Resolver? ¿Qué? ¿Cuándo? — exclamó abriendo mucho sus
hermosos ojos azules.
52 , LA. ESPAÑA MODERNA
— Pues el día en que se despidió Kearney — dijo Cristina^
que se ruborizó ligeramente.
— ¡Ah! ¡ese día!,., ¡el día en que te llenó la mano de besos
frenéticos antes de lanzarse al bosque para ocultar su confu-
sión!
— ¡El día en que se condujo como un loco! — replicó Cristi-
na severamente.
Pero la severidad de su acento contrastaba con la dulzura
que anegaba, ante aquel recuerdo, el brillo de sus ojos bajo un
húmedo velo.
— El día en que me dijiste...
— Que tales efusiones no eran para mí...
— Y que las atenciones del Sr. Munroe no eran sino para
ti — se apresuró á añadir Cristina. — ¿No quedamos entonces en
que para prevenir atenciones tan comprometedoras renuncia-
ríamos á toda relación familiar con esos señores?
— ¡Sí! — dijo Jesusa. — Me acuerdo. Pero no pretendas con-
fundir las raras visitas de Munroe con aquella otra actitud.
El no me besa las manos como un insensato — añadió sumida
en una contemplación retrospectiva.
— ¡Pero no se marcha! — replicó Cristina, revelándose al
fin y lanzando aquel último dardo.
El silencio que siguió á ese choque de sordas hostilidades
estaba preñado de amenazas.
— ¿Sabes que nuestra provisión de café está casi agotada?
— dijo por fin Jesusa sofocada, avanzando hacia la puerta.
— Sí, y es preciso también que desde hoy nos ocupemos de
la lejía — respondió la mayor, disponiéndose á marchar por
una salida opuesta, y procurando dominar su violenta emo-
ción.
La prosperidad material del Vado del Diablo continuaba
en aumento, si es que una prosperidad sin fundamentos visi-
bles, descansando únicamente sobre las esperanzas y la fe de
los interesados, puede calificarse de material.
Una mañana corrió la noticia de que los trabajos habían.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 53
cesado en el Vado. Se decía, es cierto, que no se trataba más
que de una medida temporal, y los obreros habían recibido la
orden provisional de efectuar excavaciones, á lo largo del río,
en enormes acumulaciones de grava aurífera. Se esperaba es-
tablecer así de una manera irrefutable la riqueza inagotable
del aluvión, y justificar no solamente los gastos ya hechos,
sino nuevos empréstitos y renovar así el crédito. La suspen-
sión temporal de los trabajos, especialmente dirigidos por el
ingeniero, le permitió marchar á San Francisco, bajo pretex-
to de atender á los asuntos de la mina en general y preparar
nuevas combinacicnes financieras. Carr se llevó á sus hijas.
Esto era para ellas una ocasión propicia para renovar su ro-
pero, cambiar de aires y resolver sin sacudidas el arduo pro-
blema de sus relaciones sociales en el Vado del Diablo. La de-
cisión de su padre, procurándoles aquellas vacaciones deseadas,
suscitó bastante reconocimiento para restablecer la armonía
de las relaciones de familia, puestas en peligro por los recien-
tes acontecimientos.
Sin embargo, las alegres previsiones de las dos hermanas
no se realizaron por completo. No tardaron en experimentar
cierta desilusión ante el aspecto de la civilización á la que
habían vuelto. Echaron la culpa de ello al cambio realizado
-en sus costumbres por tres meses de destierro en la sierra; se
decían que se habían vuelto salvajes y lugareñas, y no se les
ocultaba que en materia de modas estaban atrasadas; les bas-
taba mirar los escaparates de los grandes almacenes.
Pero los efímeros consuelos de algunas sesiones en casa de
la modista y la costurera no disiparon su malestar. El caballe-
resco y leal homenaje del que se burlaran en el Vado les fal-
taba ahora; se sentían tanto más dispuestas á desconfiar de las
exquisitas cortesanías de los elegantes, cuanto con mayor ce-
remonia les eran presentados; comprendían que aquellos caba-
lleros de modales civilizados tenían en el fondo una agitación
febril, un egoísmo disimulado más irritantes que las maneras
libres y naturales de sus antiguos compañeros. Les parecía
54 LA ESPAÑA MODERNA
entonces que los cinco millonarios del Vado del Diablo, con
su rectitud sencilla é innata, realizaban mejor el tipo del per-
fecto caballero que aquellos ciudadanos afectados que se es-
forzaban por desempeñar un papel mundano superior á sus-
fuerzas.
En cuanto á las mujeres, les daban miedo; las encontra--
ban, todavía más que los hombres, engolfadas en sus preten-
siones y en sus modas, insaciables en su necesidad de movi-
miento y emoción. Al cabo de una semana, las dos hermanas
convinieron en que echaban de menos no ya la villa nueva en
la falda de la meseta, cuya extraña riqueza había sido eclip-
sada últimamente por nuevas construcciones de una ostenta-
ción más bárbara todavía, sino la doble barraca al abrigo de
los pinos, que se les representaba ahora con cierto aspecto de
aristocracia en su primitiva y sobria sencillez. En medio de la
vida febril de la ciudad se detenían á veces, angustiadas, so-
focadas, mareadas; el rumor de las calles y plazuelas llenas de
gente no tenía para ellas ningún sentido si no es cuando evo-
caba el vago recuerdo de la monótona y sonora queja del
viento nocturno sobre la Sierra; nacidas y educadas en una
ciudad, aquellas sensaciones nuevas ó inexplicables las inquie-
taban.
— Es perfectamente absurdo — decía Jesusa — tener seme-
jantes ideas y encontrarnos aquí tan azoradas como aquella
criada del Condado de Pike que tuvimos en Sacramento y que
jamás había visto un vapor. ¿Sabes tú que el otro día me dio
un vuelco el corazón al encontrarme en el desembarcadero de
Stockton con un hombre de camisa roja y fusil en bandolera»
— ¿Sentiste deseos de hablarle? — preguntó Cristina con me-
lancólica sonrisa.
— No, pero me puse furiosa porque no se dignó dirigirme
la palabra; furiosa y triste. ¿Habremos cogido allí abajo algu-
na fiebre, alguna malaria? Te aseguro que me hago supersti-
ciosa.
Cristina no respondió. También ella había tenido diferentes
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 55
veces extraños pensamientos. Sin embargo, si las hijas del in-
geniero no se acostumbraban al género de vida de la gran
ciudad, Carr, en cambio, se las arreglaba en grande. Con
asombro de las dos hermanas, se engolfó en los placeres y en
el movimiento de San Francisco. No se permitía graves desór-
denes, no bebía, no jugaba, pero se mostraba sumamente so-
lícito cerca de las mujeres. Sin embargo, las dos hermanas no-
taban algo extraño en la conducta de su padre, tan distinta
de lo que había sido siempre. Parecía como si quisiera atur-
dirse.
De repente, Carr anunció que los negocios de la mina le
llamaban á Sacramento, y que dejaría á sus hijas en la ciudad
hasta su vuelta, bajo la salvaguardia de una familia amiga.
Aquellas le propusieron volverse inmediatamente al Vado del
Diablo, pero rechazó tal proyecto de una manera terminante;
acogió igualmente muy mal el ofrecimiento que le hicieron de
acompañarle en su viaje, y concluyó por decir secamente:
— Me estorbaríais. Divertiros aquí mientras podáis;
Una vez solas, las dos hermanas se dedicaron á seguir el
consejo paterno. Tal vez comenzaban á experimentar cierta
reacción en su decepción primera; tal vez también sentían la
vaga necesidad de distraerse de sus recientes inquietudes res-
pecto del ingeniero. Salieron más, se dejaron llevar á concier-
tos y fiestas por sus encargados.
Un día aceptaron una invitación para una de las suntuo-
sas recepciones, con las cuales un célebre millonario de San
Francisco celebraba los raros momentos de vida de campo que
se concedía; la fiesta se daba en un espléndido palacio cons-
truido en la falda de una de las colinas que rodean la ciudad,
y debía durar tres días; el género de diversiones se dejaba en
absoluto á la libre elección de los invitados. Así fue cómo Je-
susa y Cristina, deseosas, al segundo día de su estancia, de
visitar un desfiladero cercano, no encontraron dificultad algu-
na en escoger caballos en las cuadras bien provistas del dueño
de la finca y en hacerse acompañar por algunos invitados harto
56 LA ESPAÑA MODERNA
felices con ser distinguidos por aquellas dos encantadoras jó-
venes que pasaban con razón por las más exclusivas y más
difíciles de la reunión.
El hombre designado para acompañar á Cristina era uu
joven banquero bastante bien educado y de amena cjnversa-
ción; pero ella no podía menos de comparar el lenguaje de su
caballero, reservado y atildado, con la sencillez y naturalidad
de los cinco millonarios del Vado del Diablo.
El encanto de una tarde soberbia y las seducciones de un
paisaje espléndido, les llevaron más lejos de lo que habían
pensado; el sol, que declinaba rápidamente, les advirtió de la
necesidad de buscar un atajo que les conduj-era antes á la casa.
— Veo un vaquero (1) allí abajo — dijo el joven que con
Cristina había tomado la delantera; — esos diablos conocen el
país en veinte leguas á la redonda. Voy á buscarle y pondré á
contribución lo que só de español. Pero ha echado á galopar;
si no consigo alcanzarle, tal vez conseguirá usted cortarle el
camino, y sus ojos de usted se hacen comprender en todas las
lenguas.
El banquero partió al galope sin esperar una respuesta.
Cristina miró en la dirección indicada, y vio, en efecto, un
vaquero ocupado en perseguir al ganado, y que no hacía apa-
rentemente ningún caso de las reiteradas llamadas del ingenie-
ro que corría hacia él; de pronto volvió bruscamente grupas
para cortar la retirada á una bestia fugitiva, mientras que el
banquero, arrastrado por el ímpetu de su caballo, pasó ade-
lante sin poder dirigirle la palabra.
La maniobra del vaquero le llevó sin que se fijase en la di-
rección seguida por Cristina: la vio de pronto frente á frentd
y hubo de tirar violentamente de las riendas para evitar un
choque. Cristina dio un grito y paró también á su caballo.
Ante ella estaba Jorge Kearney con el cutis tostado y un bi-
gote poblado; vestido con el traje ordinario pero pintoresco da
(1) En castellano en el original.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 57
SU profesión, estaba verdaderamente apuesto y arrogante.
La sangre afluyó bruscamente al rostro de la joven, que se
tiñó de carmín. Los ojos del joven relampaguearon un mo-
mento, después los bajó ante la mirada de Cristina; inclinóla
frente, su mano se crispó de un modo convulsivo y se reflejó
en su cara una sombría violencia.
— ¡Usted aquí, Sr. Kearney! — dijo por fin la joven. — Es
extraño, pero me alegro mucho volverle á ver.
Ella trataba de sonreír; pero su voz estaba alterada y la
mano que le tendía temblaba. .
Jorge la miró con tristeza; después, con un brusco movi-
miento, puso su caballo al lado del de Cristina. Entonces, vi-
niendo súbitamente al sentimiento de su situación recíproca,
dirigió una furtiva y rápida ojeada sobre su persona y se puso
en seguida á mirar en la dirección en que galopaba el caba-
llero de la joven.
En un instante comprendió ésta la gravedad y el peligro
del incidente. Las palabras de Wliiskey Dick: «¡No lo sufri-
ría!» cruzaron por su mente como un relámpago. El tiempo
apremiaba. El banquero, que había conseguido hacerse dueño
de su caballo, volvía rápidamente sin fijarse en la singular
mirada de Jorge. Cristina cogió de pronto la mano de Kear-
ney, y le dijo tranquilamente:
— ¿Quiere usted acompañarme un poco?
El se volvió hacia ella y la consideró atentamente. Sus ojos
se encontraron con los ojos claros y francos de la joven. Creyó
ver en ellos una sombra de censura.
— Se lo ruego — dijo ella con viveza, — se lo pido como un
favor. Tengo que hablar con usted. Jesusa y yo estamos solas
aquí. Mi padre está ausente. ¿No es usted uno de nuestros an-
tiguos amigos?
El vacilaba aún. El joven banquero los alcanzó y los con-
templó con asombro. Dirigiéndose á él, se apresuró á decir
Cristina con la mayor sangre fría:
— Acabo de encontrar por casualidad un antiguo conocí-
58 LA ESPAÑA MODERNA
miento. Vuelva usted pronto al lado de mi hermana, y dígale
que el Sr. Kearney está aquí y que la esperamos.
El banquero, mudo de estupefacción á la vista de la in-
abordable Cristina, mano á mano con un vaquero mejicano^
obedeció con docilidad la orden ligeramente imperiosa de la
joven y marchó al galope. Cuando hubo desaparecido, la jo-
ven se volvió hacia Jorge con deslumbradora sonrisa:
— Ahora condúzcame usted á casa por el sitio más corto lo
más pronto posible.
— ¿A. su casa de usted? — preguntó Kearney.
— Es decir, á casa del Sr. Prince, en donde estamos estos
días. Pronto, antes de que los otros puedan alcanzarnos.
El espoleó á su caballo, que salió al galope, seguido por el
de Cristina. Pronto llegaron á un sendero que les condujo á
un camino groseramente practicado en el bosque para el trans-
porte de maderas.
— Esto es lo más corto; ganamos dos millas — dijo Jorge.
Seguían galopando. Cristina moderó insensiblemente la
marcha, y Jorge la imitó. Estaban, por el instante al menos,
al abrigo de toda sorpresa, aun en el caso de que los otros ji-
netes hubieran descubierto el sendero y les hubiesen seguido.
Pero Cristina, tan atrevida y tan segura de sí misma hacía un
momento, se sentía invadir por un insuperable malestar. ¿Qué
había hecho?
Detuvo bruscamente á su caballo.
— ¿Les esperaremos? — dijo en voz baja.
— Tenía usted prisa por volver á casa — dijo Jorge con dul-
zura sin mirarla, acariciando con la mano el satinado cuello
de su caballo; — y... y tenía usted que decirme algo.
— ¡Ah, sí! — replicó ella con una sonrisa tímida. — Pero la
sorpresa de encontrarle á usted así, me ha trastornado por
completo. ¿Vive usted aquí? ¿Nos ha abandonado usted para
comprar un rancho? — añadió ella considerándole con atención.
El se puso ligeramente encarnado.
— jNo! — dijo con violencia. — Vivo aquí, es verdad, pero
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 59
no tengo rancho. Estoy á sueldo de un propietario para cui-
dar de sus ganados.
Al decir esto la miró á la cara; vio que los hermosos y lím-
pidos ojos de Cristina se llenaban de asombro y... de otra cosa
también. La frente del joven se iluminó, sus ojos brillaron, y
añadió con la risa juvenil de otros tiempos:
— El hecho es, señorita, que aquí tiene usted un mozo cuya
miseria es completa. Desde la última vez que vi á usted, lo
he perdido todo. Pero sé montar á caballo, el trabajo no me
asusta, y salgo adelante.
— ¿Ha perdido usted el dinero en... la mina? — preguntó
Cristina bruscamente.
jOh, no! — exclamó él con precipitación eludiendo su mira-
da.— Mi hermano tiene mi parte. Yo he cometido impruden-
cias por cuenta propia, y ya ve usted cómo me encuentro...
Pero si los demás no sufren por ello... si los demás no me acu-
san de locura, ¡qué importa!
— ¿Pero y si alguien sufriera, sin acusarle á usted, sin em-
bargo, de locura?
Se calló confusa y turbada ante la repentina animación del
rostro de Jorge y la ardiente mirada que le lanzó.
— Es decir... ¡Oh! Sr. Kearney, dígame usted la verdad
entera. Yo no entiendo nada de negocios, pero sé que las co-
sas van mal en la mina del Vado del Diablo. Contésteme ua-
ted francan^ente; mi padre tiene que ver algo en esto, ¿no es
verdad? Si yo pudiese pensar que usted ha sufrido por su cau-
sa; si pudiera creer que sus desgracias de usted provienen de
él... de nosotros... no me consolaría nunca.
Hizo una pausa y, dirigiéndole una mirada sombría,
añadió:
— ¡Jamás le perdonaré á usted el haberse marchado!
La expresión dolorosa del joven al oir las primeras pala-
bras de Cristina, se borró al escuchar aquella conclusión tan
esencialmente ilógica y femenina; sus labios se entreabrieron
con una sonrisa.
60 LA esi'a:&a moderna
— Señorita — se apresuró á contestar con ingenua vivaoi- •
dad, — al que viniera á decirme que su padre no es el mejor,
-el más recto de los hombres, demasiado hábil y demasiado sa-
bio para ser cómplice de los imbéciles que le rodean, le... le
rompería la cabeza.
Confundida ante aquella pronta y caballerosa respuesta á
un secreto pensamiento que ella no había expresado, Cristina,
en su aturdimiento, precipitó la explicación que había buscado.
— Todavía una palabra, Sr. Kearney — dijo bajando los
ojos y poniéndose colorada. — En nuestra última entrevista, el
día de su marcha, me debió usted encontrar dura y cruel.
Pero cuando le diga á usted que creí oir la confesión de sus
sentimientos hacia Jesusa...
— ¿Hacia Jesusa?— exclamó interrumpiendo Jorge.
— Comprenderá usted que... que...
— ¿Qué? — preguntó el joven acercándose.
— Que mis palabras no eran sino el eco de las que mi her-
mana le hubiera dirigido si le hubiese usted hablado de mí en
los mismos términos.
Se calló bruscamente ó imprimió á su caballo un movi-
miento de retroceso, para poner alguna distancia entre Jorge
y ella.
Pero aquel era demasiado buen jinete para favorecer la
maniobra. Con un movimiento imperceptible de muñeca y ta-
lones mantuvo juntos los dos caballos.
— Sigamos adelante — dijo ella penosamente.
—No.
Kearney levantó la mano con autoridad, y su acento esta-
ba revestido de una viril gravedad.
— No, no daremos un paso más juntos. Es preciso que yo
vuelva al trabajo por el cual me pagan, y que usted siga su
camino con sus compañeros, que no tardarán en llegar. Pero
en el momento de separarnos, no será la hermana de Jesusa
la que me diga adiós, será Cristina, la única mujer á quien
amo, la única á quien he amado en mi vida.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 61
Tendió la mano. Palpitante al acordarse de otra despedi-
da, ella le dio la suya temblando. El la cogió, pero no se la
llevó á los labios. Fue ella la que, confusa y arrebatada, retu-
vo un segundo entre los suyos los dedos del joven antes de de-
jarlos caer.
— ¿Y esa es la razón por la cual nos deja usted ahora, del
mismo modo que desertó del Vado del Diablo? — preguntó ella.
El levantó los ojos con una extraña sonrisa.
—Sí.
Y sin decir más, volvió grupas, salió al galope y desapa-
reció en el bosque.
Ya en otra ocasión la había abandonado con igual brus-
quedad; se quedó sola, con la mano enrojecida por sus ardien-
tes besos; en aquella nueva ocasión volvía á quedarse sola^
indignada, pero pálida y sin que los labios del joven la hubie-
ran siquiera rozado la punta de los dedos.
Sin embargo, había recobrado ya su calma y sangre fría
cuando su hermana y los dos caballeros la alcanzaron algunos
instantes después. La explicación que les dio de aquel extraño
encuentro y de la brusca marcha del extranjero fue tan clara
y sencilla, que no suscitó comentario alguno. Solamente, Je
susa la deslizó al oído esta observación maliciosa:
— ¿Te has convencido por completo de que no se trataba
de mi persona?
— Sí — respondió Cristina.
Yll
Pocos días después del regreso de las dos hermanas á San
Francisco, recibieron una carta de su padre. Los negocios —
decía — le retenían indefinidamente en Sacramento, y no veía
la necesidad para sus hijas de marchar por el momento al Yada
del Diablo y con los fuertes calores. Los amigos que las habían
recibido le rogaban que las dejase más tiempo, y puesto que
62 LA ESPAÑA .MODERNA
ellas estaban contentas, mejor era aceptar aquella hospitali-
dad cordial. Había llegado además á sus noticias que se habían
divertido mucho en casa de Prince, y que un joven banquero
se había mostrado particularmente atento con Cristina.
— ¿Sabes tú lo que quiere decir todo esto? — preguntó Je-
susa con una expresión desacostumbrada de gravedad en su
picaresco rostro, observando á su hermana.
Cristina, cuj^os pensamientos habían volado ya muy lejos
de la carta paterna, respondió distraídamente:
— Pues por lo visto que hay que esperar aquí el regreso de
papá.
— Significa otra cosa. Significa que papá acaba de sufrir
nuevos reveses, que los asuntos van muy mal en la mina, que
cuanto más se ahonda, menos aurífero es el suelo, que todo el
oro que se ha obtenido ya, ó el que se encuentre en la super-
ficie, significa, en fin, que la mina del Vado del Diablo no es
más que una «bolsa», y no un filón.
— ¿Quién dice eso? — preguntó Cristina palpitante.
— Fairfax..., el Sr. Munroe me escribe como si estuvié-
ramos informadas — balbuceó Jesusa. — Me dice que no me des-
aliente, que la cosa no es desesperada, y... y...
— ¿Desde cuándo sucede eso? — preguntó Cristina con cal-
ma, aunque extraordinariamente pálida, cogiendo la mano de
su hermana.
— Me figuro que desde nuestra llegada. Tal vez Fairfax
tenga razón. Dice que el pobre papá está todavía lleno de es-
peranzas.
— ¿El Sr. Munroe está, pues, en correspondencia conti-
go?— preguntó Cristina.
— ¡Claro! — se apresuró á decir Jesusa. — Por interés hacia
nosotros.
— ¡Y nadie me ha dicho nada á mí! — exclamó Cristina con
voz sorda.
— ¿Ni siquiera...?
— ¡No! — respondió amargamente Cristina.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 63
— ¿De qué habéis hablado entonces? Por supuesto, que si no
se te confían, querida, es porque te tienen miedo. Eres tan...
— ¿Tan qué?
— Tan digna, tan superior — replicó Jesusa abrazando tier-
namente á su hermana; — tienes siempre aspecto de decir con
tu sonrisa de serena indulgencia: «¡Ya sé que no es culpa de
ustedes, pobres gentes!» Querría ser como tú. Oye, Cristina,
¿no te parece que deberíamos volver al Vado del Diablo? ¿Qué
opinas? Munroe cree que nuestra presencia allí sería conve-
niente. Los mineros no podrían decir que nos divertimos y
echamos el dinero por la ventana.
— Permíteme que no considere al Sr. Manroe como un
consejero completamente desinteresado. No estaría bien que
te volvieses al Yado por la sola invitación de ese señor y siu
tu padre. No es el único accionista, no hacemos gastos locos,
y además hemos prometido á Prince volver a su casa la sema-
na próxima.
— Como quieras, querida — dijo Jesusa volviéndose, para
ocultar una sonrisa involuntaria.
Pocos días después Jesusa llegó corriendo á donde estaba
su hermana, y le dijo alegremente:
— Te quejas de que nadie te confía nunca nada. Pues no
tienes razón; abajo está Whiskey Dick.
— ¡"Whiskey Dick! — exclamó Cristina. — ¿Qué viene á hacer
aquí?
— Por lo visto visitarte á ti sola. Ya sabes que no me en-
cuentra ni bastante distinguida, ni bastante gran señora para
honrarme con sus opiniones sociales. Me desdeña, y no ha pre-
guntado más que por ti.
Con un vago presentimiento de alguna revelación inespe-
rada, Cristina bajó al salón. Desde la puerta reconoció los fuer-
tes efluvios de jabón de olor y de agua de Colonia con los cua-
les Whiskey Dick había tomado la costumbre de velar las hue-
llas de recientes libaciones. A pesar de un traje completamen-
te nuevo, cuyos pliegues rebeldes se negaban todavía á amoi-
64 LA ESPAi^A MODERNA
darse á los contornos de su persona, parecía intimidado por la
magnificencia inesperada de la habitación en que le habían
introducido. Sin embargo, la primera ojeada sobre el rostro
risueño y dulce de la joven le devolvió su aplomo; sacó de su
sombrero un cucurucho de papel, y de él una magnífica rosa
amarilla, que ofreció ceremoniosamente á Cristina; después,
habiendo así reivindicado sus derechos á la reputación de cum-
plido caballero, s© sentó eon elegante naturalidad.
— ¿Se debe á una feliz casualidad el que se encuentre usted
aquí, Sr. Holl, ó ha venido usted realmente á visitarnos? —
preguntó graciosamente Cristina.
— Mitad casualidad, señorita, mitad premeditación; un
poco de lo uno y de lo otro — dijo Dick con tono ligero. — Como
no hay mucho que hacer en el Vado del Diablo, me he ofreci-
do un pequeño paseo á Frisco, un pequeño chapuzón en el
torbellino de la moda, entrar y salir, esto es todo.
Y agitaba lentamente su gran pañuelo nuevo, imitando el
pesado vuelo de una ave acuática, á fin de ilustrar lo que decía.
— El gran género y el buen tono, á la larga revienta, se-
ñorita; usted y yo lo sabemos, á menos que no se tenga juicio
y experiencia. Así, pues, cuando los compañeros han preten-
dido que todo este ruido mundano, todo este jaleo en la capi-
tal, no era juego limpio, les he dicho: «Metéis la pata, señores.
Lo que necesitamos es que los ojos populares se fijen .en nos-
otros, es un decir. Así, pues, cuando una luminaria número
uno como la señorita Carr se presenta en el horizonte de
Frisco y da en los ojos al público, es un decir, el público des-
lumhrado pregunta quién es.» Le responden: «Es la incompa-
rable hija del incomparable Director de la mina del Vado del
Diablo, llamada por otro nombre la diosa del Vado, es un de-
cir. El capital afluye, el golpe está dado. Y cuando los amigos
vienen á cantarme que el viejo (con perdón, pero así llaman á
su padre de usted, sin ofenderle), que el viejo, en lugar de ha-
cer la corte á viudas opulentas, para hacer que metan sus ca-
pitales en los trabajos, haría mejor en emplear su talento en
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 65
realizar el oro que ya se ha descubierto, les respondo que así
es como lo entiende su padre de usted. Su género, les digo, es
«ontruir.» En cuanto lia concluido, se dirige á los hombres de
negocios y les dice: «Aquí están los trabajos que necesitáis;
precio: un millón; aquí está el agua que necesitáis; precio:
otro millón; aquí está, arriba y abajo, la arena aurífera que
necesitáis; precio: otros dos millones. Mi tiempo es demasiado
precioso, mi condición demasiado alta, para explotar minas.
Yo las hago. Pasadme un cheque de seis millones y estamos en
paz, la mina es de ustedes.» Los hombres de negocios le firman
©I cheque, vienen á mirar su adquisición, y mientras los pri-
meros asociados se pasean, con las manos en los bolsillos, con
seis millones de beneficio, los hombres de negocios toman el
trabajo y la responsabilidad.
Cristina no interrumpió aquel desbordamiento de palabras
y comentarios; pero cuando por ñn el orador se detuvo, falto
de aliento, dijo ella tranquilamente:
— He encontrado el otro día á Jorge Kearney, en el campo.
Whiskey Dick tosió tras un pañuelo y miró de reojo á la
joven.
— Kearney... sí... sí... ciertamente. ¿Con que le ha visto
lasted? ¿Y cómo se encuentra?
— Bien de salud; pero está arruinado, completamente arrui-
nado— dijo Cristina mirando con fijeza á Dick.
— Sí, claro — respondió el minero sin acertar á manifestar
su asentimiento de manera menos brutal.
— Se ha visto obligado á aceptar para vivir un oficio indig-
no de él — añadió'Cristina sin dejar de mirar á Dick.
— Justo, justo — exclamó éste. — Precisamente eso, señorita.
Bien decía yo á los compañeros: «¡No es justo!»
El que Jorge, para complacer á Carr, haya fundido en la
mina el último dollar que poseía é hipotecado su parte futura;
el que para no contrariar á ese hombre venerable, no haya
qnerido dejarle ver que estaba arruinado, ¿es una razón, les
dije, para que se deshonre y humille al Vado con una fuga
E. }A,--Agosto 1902. 5
66 LA K8PA*A MODERNA
primero, y con el oficio de vaquero que desempeña por misera-
bles piastras mejicanas? ¿Es justo que imponga esa humilla-
ción á una señorita del gran mundo, con la que ha paseado á
pie y á caballo, que ha bailado con él, cambiado flores, cinta-
jos, con perdón, de cotillón, y sentimientos con él? Estas son
las propias palabras de que me he servido con los amigos.
¿Con que le ha visto usted? Por supuesto, que habrá sido para
mandarle, por ejemplo, que apretase la cincha de su caballo
de usted, y le habrá usted dado cinco dollars por su trabajo.
Pero Cristina, que se había levantado, miraba por la ven-
tana. De pronto se volvió, con el rostro pálido y los ojos bri-
llantes.
— Señor Hall — dijo esbozando una sonrisa, — nos conoce-
mos desde hace tiempo. ¿Quiere usted prestarme un servicio?
Ya una vez nos acompañó usted en un corto y delicioso paseo.
¿Quiere usted hacer más? Mi padre está en Sacramento para
asuntos de la mina. ¿Quiere usted, sin decir nada á nadie, lle-
varnos esta tarde á Jesusa y á mí al Vado del Diablo?
— ¡Que si quiero! — exclamó Dick medio sofocado por la
alegría que le causaba aquella proposición y el deseo de no
parecer demasiado vulgar mostrando una vehemencia excesi-
va.— Tengo mucho honor en ello.
— Cuando le digo que guarde el secreto — replicó Cristina
poniéndose encarnada, — no es que me oponga á que informo del
caso á Kearney, si sabe usted dónde está.
— Comprendido, señorita, comprendido— dijo Dick agitan-
do su pañuelo. — Cuestión de escribir unas líneas: «Asuntos de-
licados y sociales, la necesidad de acompañar á las señoritas
de Carr al Vado del Diablo, me impiden ir á verte.» ¿Va bien?
— Perfectamente, Sr. Hall — respondió Cristina, sonrientes
los labios y húmedos los ojos. — Ahora vaya usted á tomar si-
tio en el vapor que sale esta noche, y tráiganos los billetes.
Jesusa y yo arreglaremos lo demás.
— A sus órdenes — exclamó Dick entusiasmado, disponién-
dose á salir.
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 67
— Espero su vuelta con impaciencia — dijo Cristina.
Dick estrechó la mano de la joven y se dirigió á la puerta
-con gravedad; pero al llegar á ella se detuvo.
— ¿Es preciso tomar los billetes ahora mismo? — preguntó
<5on vacilación.
— Claro es — respondió Cristina vivamente; — tengo empeño
en marchar hoy mismo, y si no se toma un camarote de ante-
mano...
— Sí. sí — balbuceó Dick confuso. — Pero...
— ¿Pero qué? — exclamó Cristina, que se impacientaba.
El vacilaba todavía. Por fin, cerrando la puerta con pre-
<3aución después de haber mirado por todos los ángulos de la
habitación, sacudió su pañuelo como para rechazar jUna supo-
sición importuna, y dijo con risa forzada:
— El caso es tonto... estúpidamente tonto; pero el caso es
que no tengo costumbre de llevar dinero sobre mí, y me he
olvidado de tomar un cheque sobre Wells, Fargo y compañía.
— ¡Ni una palabra más! — se apresuró á decir Cristina. —
Soy verdaderamente una aturdida. Perdone usted que no haya
pensado en ello, Sr. Hall. Voy á ver á nuestro excelente ami-
go el señor de esta casa; será nuestro banquero.
— ¡Un instante, señorita! — dijo Dick deteniéndola.
El pulgar y el índice de la mano derecha, que se habían
«rispado dolorosamenbe en el bolsillo de su chaleco y sobre la
única moneda que poseía en el mundo, desde la compra de la
rosa amarilla que lucía en la blusa de Cristina, se aflojaron.
— ¡Un momento! j Disponga usted de mi nombre en esa pe-
queña transacción si puede serle útil; consiento en ello.
VIII
Cristina y Jesusa Carr miraban por la portezuela do la di-
ligencia, cuyas ruedas, que levantaban una nube de polvo, les
hacían recorrer lentamente la última etapa que les separaba
68 LA ESPAÑA MODERNA
aún del Vado del Diablo. Observaban nn cambio en el paisa-
je, independiente del creado por sus nuevas sensaciones. La
cumbre del monte, las mesetas, antes verdes y aterciopeladas,
se presentaban áridas y amarillas; hasta las mismas sendas que
se abrían en el bosque parecían, por decirlo así, marcadas por
el hierro al rojo blanco con el que, desde hacía seis meses, les
abrasaban sin cesar los eternos rayos de un sol implacable. El
tórrido verano lo había cubierto todo con sus incandescentes
cenizas. Moribundos olores aromáticos llegaban hasta ellas;
se sentían envueltas por una atmósfera abrumadora, semejan-
te á esas pasiones espirantes, de un ardor reprimido, que se
consumen en una inmensa hoguera.
Con gran consuelo percibieron por fin las dos hermanas los
desperdigados edificios del Vado del Diablo, cuando el coche
comenzó la larga bajada que allí conducía. Pero al entrar en
poblado, las impresionó vivamente otro cambio mucho más si-
niestro que el realizado en el paisaje. La población continua-
ba allí; ¿pero qué se habían hecho los habitantes? Cuatro me-
ses antes habían dejado la larga calle irregular llena de gen-
tes afanadas, de grupos animados, un caos de mercancías y
negociantes en la plaza, ante la iglesia presbiteriana. Ahora,,
raros transeúntes apenas levantaban la cabeza al paso de la
diligencia; la desierta plaza estaba obstruida por cajones va-
cíos, las casas estaban abandonadas, los escaparates de las
tiendas sin géneros y hasta sin cristales. El gran acueducto sin
concluir, enhiesto sobre gigantescos postes, atravesaba el ría
y avanzaba sobre la villa como un reptil monstruoso que la
había chupado la sangre y permanecía allí ante su víctima.
Whiskey Dick había dejado el coche en lo alto del Monte
del Diablo para bajar por un atajo de peatones que, hacién-
dole ganar media hora sobre la diligencia, le permitía tomar
algunas disposiciones. Esperaba á sus compañeras en el punto
de parada con un cochecillo, para llevarlas á su casa. Bastó
una ojeada para que comprendiese que una conversación lige-
ra y broniista estaría fuera de lugar, pues los rostros de las
EL FILÓN DEL VADO DEL DIABLO 69
jóvenes reflejaban tristemente la desolación que las rodeaba;
él mismo experimentaba cierto malestar, y el corto trayecto
se hizo en un silencio absoluto.
La villa estaba recientemente pintada, y á los ojos preocu-
pados de las dos hermanas se presentó más graciosa y atracti-
va que nunca. Solícitas manos habían cuidado los macizos de
rosas y las enredaderas. El agua, aquel elemento tan precioso
«n el Vado del Diablo, había sido generosamente prodigada
para mantener verdes y lozanas, no obstante la prolongada
sequía, las plantas de que las jóvenes gustaban. Aquello era
como un riente oasis en donde reinaban aún las gracias de la
primavera, y sin embargo, cuando penetraron en él las dos
hermanas, experimentaron como la triste sensación de una se-
paración próxima. Parecía que la casa no les pertenecía ya.
— Si yo fuese usted, señorita Cristina — dijo Whiskey Dick
con tono insinuante, — me quedaría en casa uno ó dos días.
Merodean ahora muchos vagabundos por los caminos, y no es
agradable tropezar con ellos. Mi opinión es que estarían uste-
des mejor en otra parte, más cerca de poblado, como quien
dice allí donde vivieron ustedes antes. '
— ¿En nuestra antigua y querida cabana? — preguntó Gris-
tina. — Pienso á menudo en ella y quisiera encontrarme allí.
— ¿De veras? — exclamó Dick, cuyos ojos brillaron de sa-
tisfacción.— ¿Qué es lo que yo decía? — añadió dirigiéndose á
un invisible auditorio, — que para poner el dedo en la llaga,
para buscar el filón hasta lo último, no hay como una señorita
de alto tono... Voy á decir á los amigos que han tomado uste-
des posesión de la casa. Es un fastidio que Fairfax y Mattin-
gly se hayan marchado precisamente ayer á la granja para
un asunto, pero seguramente volverán mañana. Servidor da
ustedes.
Al quedarse solas las dos hermanas comenzaron á darse
cuenta do su singular situación. Antes de salir de San Fran-
cisco escribieron á su padre una carta seria y cariñosa, dicién-
dole que habiendo sabido la verdad sobre los reveses de la
70 LA ESPAÑA MODERNA
mina, estaba en el deber de regresar al Vado del Diablo y to-
mar parte en sus desgracias. Encontraría á sus bijas dispues-
tas á compartir su mala suerte en los mismos lugares donde
juntos intentarían remediarla.
— Nuestro padre volverá — decía Cristina; — no puede dejar-
nos solas aquí, y en cuanto llegue arreglaremos la situación
con él — con ellos. Me parece que ya no estamos en nuestra
casa.
No se engañaba. Cuando al día siguiente por la tarde llegó
á toda prisa Carr procedente de Sacramento, encontró la villa
desierta. Sus bijas no se encontraban allí. Los vagos presen-
timientos que turbaron su conciencia inquieta al leer la carta
de Cristina y apresuraron su rápido viaje, parecían realizarse
de repente. Al disponerse á salir de la casa abandonada, cuya
soledad pesaba sobre él como una censura, encontró en el um-
bral á Fairfax Munroe.
— Le estaba á usted esperando en la plaza — dijo el último.
' — Sin duda lia tomado usted el atajo.
— Sí — dijo Carr con ira. — Tenía prisa por ver á mis hijas,
saber la causa de sus locas alarmas y conocer el nombre de
quien se ha atrevido á asustarlas. ¿En dónde están?
— En lugar seguro, en la antigua vivienda, puesta en con-
diciones de recibirlas — contestó tranquilamente Fairfax.
— ¿Pero qué significa todo esto? ¿Por qué no están aqní.^
en su casa? — exclamó Carr, cuya intranquilidad se manifestó
en un furor sin dignidad y sin medida.
— ¿Es usted quien lo pregunta, Sr. Carr? — dijo tristemente
Fairfax. — ¿Quería usted que permaneciesen aquí hasta que el
Juez viniese á echarlas? ¿Quién mejor que usted puede saber
que las sumas recibidas por hipoteca de esta propiedad no han
sido devueltas?
Carr se estremeció, pero repuso, si no con tanto aplomo,
por lo menos con mayor violencia:
— Desde el momento en que está usted tan bien informado
¿e lo que me concierne, ¿sabe usted si se hubiera reclamado
EL PILÓN DEL VADO DEL DIABLO 71
nunca el pago de esa cantidad? ¿Sabe usted si se trata de un
adelanto hecho por... por un amigo?
— Lo só porque he visto á la mujer que ha proporcionado
el dinero. Vino aquí para examinar la propiedad antes de la
llegada de sus hijas de usted.
— ¿Y bien? — preguntó Carr estupefacto.
• — Pues bien, me obliga usted á decir algo que hubiera
querido olvidar; me obliga usted á precipitar una revelación
que yo no hubiera hecho hasta el día en que hubiese venido á
pedirle la mano de su hija Jesusa. Caando me haya usted oído,
comprenderá que ni quiero ni puedo juzgar la conducta de
usted, que vengo solamente á explicar la mía.
— ¡Adelante! — dijo Carr exasperado.
— Cuando llegué á este país, encontró á una mujer que me
inspiró una pasión insensata. Me trató como las mujeres de su
especie tratan á los hombres como yo, es decir, que me dejó
después de haberme arruinado. Esto sucedía hace cuatro años.
Hoy, Sr. Carr, amo á su hija de usted, pero la confesión de
este amor no ha salido de mis labios; yo no quería hablar
hasta haberle dicho eso. Ya lo intenté varias veces, sin deci-
dirme. Tal vez ahora no es el momento propicio, pero...
— ¿Pero qué?— exclamó Carr cada vez más exasperado. —
¡Hable usted!
— Sea. Mire usted — dijo Fairfax sacando de su bolsillo el
paquete de cartas que encontró Jesusa detrás de un mueble. —
¿Reconoce usted esta escritura?
— ¿Qué significa?... — balbuceó el ingeniero.
— Que esta mujer, mi antigua querida, es la mujer que re-
clama sus derechos sobre esta propiedad.
Aquella entrevista quedó secreta entre los dos hombres.
Cuando Carr aceptó por segunda vez la hospitalidad de la vi-
irienda primitiva, corrió el rumor de que había sacrificado su
9Íüa y su rico mobiliario para satisfacer á los acreedores más
•premiantes de la mina, y tal proceder le devolvió una parte
«leí prestigio que comenzaban á negarle. Pero un sentimiento
72 LA. ESPAfíA MODERNA
más sincero de simpatía y de confianza reapareció en el Vado
del Diablo cuando se supo que Fairfax Munroe había pedido
la mano de Jesusa Carr, y que se la habían prometido me-
diante condiciones que dependían de un arreglo equitativo de
los asuntos de la empresa. Pero no podía pensarse en hacer
ningún trabajo antes de la estación de las lluvias, antes de que
aquella agua, tan ardientemente deseada, viniese libremente,
á su tiempo, por los caminos que eligiera con independencia
de los ínfimos auxiliares que en vano hendieron la roca j en
vano suspendieron sobre las colinas el estéril armatoste del
acueducto no terminado.
La estación de las lluvias llegó por fin. Cada barranco se
hizo un torrente, cada arroyuelo un río. Los aguaceros se su-
cedían impetuosos y sin interrupción; caían verdaderas trom-
bas de agua. El exhausto río del Vado se transformó en una
impetuosa corriente y no tardó en amenazar á la colonia con
sus aguas espumosas y amenazadoras. Llegó la estación tan
deseada, pero con harta violencia; una noche el río, saltando
por todos los obstáculos, se desbordó, barrió con cruel e in-
consciente ironía los montones de arena aurífera laboriosa-
mente amontonados y se extendió como un vasto lago sobre
el llano sumergido.
En el espanto y en la confusión de aquella noche siniestra
las dos hermanas abrieron su vivienda á los mineros que, hu-
yendo de la inundación, subían por la meseta.
De pronto Cristina se sintió cogida violentamente por un
brazo. Era su padre, que la preguntó con voz alterada:
— ¿En dónde está Jorge Kearney?
— ¡Jorge Kearney! — repitió Cristina, creyendo que los
acontecimientos de la noche habían turbado la razón de su
padre. — Pues en San Francisco.
— |No! ¡Te digo que está aquí! — dijo Carr con extravío. —
Está aquí desde la crecida de las aguas, para salvar el acae-
ducto y el depósito.
— ¡Jorge aquí! — exclamó Cristina palpitante.
EL FILÓír DEL VADO DEL DIABLO 73
— Sí. Ha pasado por aquí hace un momento, para ver si
estabas segura, y se ha dirigido hacia el acueducto. Lo que
ya á intentar es insensato. Si le ves, haz que desista de su
proyecto. ¡Que perezca esa maldita construcción! Nos ha he-
cho ya bastante daño, para que nos vaya á arrebatar á ese
animoso y excelente muchacho.
La joven echó á correr tras la muchedumbre que corría.
Avanzaba maquinalmente, sin saber adonde iba ni darse
cuenta de lo que ocurría; pero las palabras de su padre reso-
naban en sus oídos con un eco siniestro. De repente se detuvo,
espantada, aterrorizada, en el extremo de la meseta; á sus
pies saltaba el río.
A la indecisa luz de la aurora Cristina vio y, á pesar de su
inexperiencia, comprendió toda la extensión del desastre. El
acueducto se había venido abajo y su enorme masa, lanzada
sobre la orilla opuesta, rechazaba al río, que se había abierto
nuevo paso. Mientras contemplaba aquel espectáculo, inmóvil
y aterrada, una parte de la meseta comenzó á vacilar y se
precipitó por último en las tumultuosas aguas. Se oyó un
grito de espanto, y la joven se sintió coger por la cintu-
ra y arrastrar lejos de la orilla. Su padre estaba ante ella,
presa de una gran exaltación. Miraba el agua con ojos de
loco.
— ¡Mira! — exclamó. — ¿Sabes lo que es eso?
— Que el acueducto se ha derrumbado y que el río ha cam-
biado de curso... Pero ¿le ha visto usted? ¿Dónde está?
— ¿Quién? — preguntó vagamente el ingeniero.
— ¡Jorge Kearney!
— Está sano y salvo. Pero ¿comprendes, Cristina, lo que
eso significa? — añadió señalando hacia las aguas.
— Significa que estamos arruinados — dijo la joven con
oalma.
— ¡Nada de eso! Significa que el río realiza lo que no hu-
biéramos podido terminar en un año. Estamos salvados. Pero
hay que dominar el agua y dirigirla, pues si no arrastrará loa
74 LA ESPAÑA MODERNA
yacimientos auríferos, y entonces sí que estaremos realmente
arruinados.
Con un gesto frenético se lanzó hacia un grupo de mineros
reunidos en un punto más elevado de la vertiente; gritaban y
gesticulaban con furor, interpelando á otros Hombres que en
la orilla opuesta escalaban el maderamen amontonado del
acueducto derrumbado en el punto en que oponía un obstácu-
lo al río. Evidentemente se les babía ocurrido á todos la mis-
ma idea, y arriesgaban su vida en una tentativa desesperada
para quitar el obstáculo. Cristina, humillada al principio y
rebelada ante el egoísmo que, en semejantes momentos, no
veía más que el interés material, se dejó ganar por el general
ardimiento cuando el peligro á que se exponían vino á digni-
ficar con el heroísmo la labor de aquellos hombres. Bajo los
ataques reiterados de las hachas, el enorme trozo de madera
concluyó por desprenderse; le empujó un remolino y pareció
encaminarse hacia el antiguo cauce del río. Una aclamacióa
alegre hendió el espacio, pero murió casi en seguida: el ma-
deramen tropezó en la punta dó un islote de escombros y vol-
vió á formar un invencible obstáculo á las aguas.
Los mineros prorrumpieron en interjecciones de desespe-
ración, cuando salió del grupo un hombre joven, ágil, arro-
gante. Provisto de un hacha franqueó rápidamente la distan-
cia que le separaba del obstáculo, saltando de madero en ma-
dero. Comenzó á asestar vigorosos hachazos, pero desde el
primero se comprendió que el audaz joven no tendría tiempo
de volver á la orilla y sería arrastrado por el maderamen en
cuanto se desprendiese éste. El mozo no parecía preocuparse,
continuaba en su faena; pero en el momento en que el obs-
táculo se puso en movimiento, saltó atrevidamente á las aguas
inmultuosas. Cristina dio un grito, su corazón dio un vuelco
y le pareció que había llegado hasta sus ojos el agua que sal-
picó al caer el joven.
Este no volvió á la superficie sino después de haber pasado
del lugar en que se encontraba el ingeniero; sea porque estu-
KL FILÓN DBL VADO DEL DIABLO 75
viese atnrdido ó herido, parecía luchar débilmente contra el
torrente; le pareció, sin embargo, á Cristina qne intentaba
aeercarse al punto en que ella se encontraba. ¿Lo conseguiría?
¿Podría ella prestarle ayuda?
Cristina estaba sola. Se acordó de un sauce que crecía á
orillas del agua, casi á la puerta de la casa. Corrió á él, arran-
có una rama larga y flexible, se inclinó sobre el torrente y,
por primera vez, pronunció este solo nombre:
—¡Jorge!
Como obedeciendo á la magia de su voz, el joven apareció
á dos ó tres brazadas de la orilla, en plena corriente, y dirigió
haeia Cristina sus ojos mortecinos. Un instante más, y la vio-
lencia del agua le arrastraría fuera de alcance; con un supre-
mo esfuerzo se acercó á la orilla; la joven le cogió por una
manga. Durante un segundo le pareció que el río la arrastra-
ba con él; se apoderó de ella el vértigo, y ya se iba á dejar
llevar, cuando recobró la energía; levantó el cuerpo del joven
con un esfuerzo sobrehumano y, agotada, sin fuerzas ya, se
dejó caer al suelo, estrechando contra su pecho la cabeza del
salvado.
— ¡Jorge, amado mío, habíame una sola palabra, para de-
cirme que te has salvado!
£1 abrió los ojos. Brilló en su rostro la alegría de otros
iiempos y sonrió.
— ¿Salvado por usted ó por Jesusa? — preguntó.
Ella dirigió una rápida mirada en rededor, asustada y te-
merosa. No había más que una respuesta que pudiese cerrar
aijuella boca burlona. La dio
— Es lo que he dicho siempre, señores — peroraba grave-
mente Whiskey Dick algunas semanas después, apoyado en
el mostrador con el vaso en la mano. — «Jorge, dije á éste, lo
qne se cuenta á una señorita del gran género, del gran tono,
no vale tanto para ganar ó perder la partida como lo que se
hace.» Lo mismo digo con relación á los asuntos del Vado «m
T6 LA espaSa moi>eena
general. No es tanto á lo que Carr y los compañeros se han
propuesto hacer, como á lo que han hecho las mismas cosas,
á lo que debéis los triunfos que se han presentado en Tues-
tro juego, compañeros; ahí está la causa de que por fin hayáis
encontrajio el filón.
BsET Hartb.
POETAS AMERICANOS
MARCHÉ Á ESTUDIAR ,
«Marché á estudiar con redoblado brío.
>Ni el ocio ni el hastío
^Mitigaron un punto mi ardimiento.
»No tuve un solo instante de desmayo:
»¡E1 rayo, el puro rayo,
»De su amor me encendía el pensamiento!*
¡Tú, cantor del Idilio, lo escribiste!
Yo no comprendo ¡ay triste!
Esta sentencia en que mi afán se estrella.
Si un momento tus libros no dejaste,
Si nunca desmayaste,
¿Cuándo, amante inmortal, pensaste en ella?
Juan Francisco Ibabba,
Argentino.
psicología religiosa del pueblo espabol
Dios no esfcá en la tormenta. Esta expresión sublime de la
Escritura debe ahora más que nunca repetirse por los que solos
y con espontáneos bríos marchen por el camino de la polémi-
ca dogmática. No es de espíritus nobles, á la verdad, el pre-
tender en un mundo moral y espiritual tan dividido como el
nuestro dedicarse á la triste tarea de destruir creencias y con-
fianzas cuando no se tiene nada con que reemplazar lo des-
truido; pero también es cierto que se subleva el ánimo contra
las absurdas pretensiones de los que, olvidando que Dios dejó
el mundo á las disputas y controversias de los hombres, pre-
tenden imponer á éstos en nombre de Aquél viejas supersticio-
nes y antiguos dogmatismos, sólo por haber sido apadrinados
con mayor ó menor sinceridad por algunos sabios ortodoxos.
Como entre éstos supongo que no se me tachará de exclusivis-
ta si coloco en primera línea á Santo Tomás, á él se dirigen
principalmente mis ataques, hoy que tanto pregonan su infa-
libilidad los secuaces de su escuela, aristotélicos en el seno
del Cristianismo, escolásticos en el seno de la conciencia mo-
derna.
A mí también me ha seducido esa escuela; pero lo declaro
altamente, casi nunca me acerco á sus enseñanzas. Educado en
ellas, he tenido ocasión, no ya de tragarlas, sino de saborear-
PSICOLOGÍA. RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 7^
las á mi placer durante mi época de hambre intelectual en el
Seminario, y só siquiera que, aunque no hayan envenenado mi
razón, tampoco han sido del agrado de mi espíritu. Entien-
do, y no faltará quien entienda como yo, que el error más
trascendental y al mismo tiempo más generalizado en la orto-
doxia española es la identificación de las teorías de Santo To-
más con las del verdadero Cristianismo. España, nación indo-
lente, ajena á toda metafísica, se ha atenido hasta aquí á la
ciencia del pensador de Aquino y á la de Suárez, que es — di-
gámoslo sin falso patriotismo y con legítimo pesimismo de
raza — una variación desdichada del tema de Santo Tomás. La
religiosidad española, inspirada eula ortodoxia docente, tiene
su fe hecha; no la realiza en la vida y en la sociedad, no. Si
así fuera, esa fe — que, por otra parte, no daría frutos buenos
por ser ella en sí específicamente mala — acabaría por hacerse
á sí misma y reconocer su impotencia y la necesidad de su
ampliación.
Del conjunto de tendencias que singularizan la historia
presente de la reacción neo-escolástica, surge una que ilustra
el punto que á nuestra generación conviene especialmente que
sea ilustrado: el clericalismo. «Tal sistema — ha dicho el filó-
sofo alemán Caspari — se acerca á la metafísica de Santo To-
más y de Aristóteles; sus abogados más celosos son los jesuí-
tas, vaticanistas y ultramontanos. Si salen con la su3'^a los
aristotélicos, habremos de ir á Canosa (1) moral ó efectiva-
mente.» Yo he combatido en otros escritos de controversia
teológico-social esa pésima dirección, de la misma manera que
Diógenes rebatió los raciocinios excépticos contra la posibili-
dad del movimiento, recordando con Stuart Mili que el argu-
mento de Diógenes hubiera sido igualmente eficaz, aun cuan-
do sus particulares perambulaciones no hubiesen podido ex-
tenderse más allá del recinto de su tonel. Aquí voy á concretar
(1) clr á Canosa» es frase usada por Bismarck en el Parlamento pru-
siano contra las reclamaciones del partido católico.
80 LA espaSa modeena
hasta el límite posible mis ideas, verificando al mismo tiempo
alguna de las muchas aclaraciones que su importancia de-
manda.
Por de contado, es inútil buscar en lo que sabemos sobre
] as creencias de la España primitiva datos en que basar la psi-
cología religiosa de nuestro pueblo. En el fiel retrato que hace
Estiabón de la raza celtíbera, segiín el historiador Marina,
se dice que nuestros antepasados, antes de corromperse con el
comercio y la dominación extranjera, conservaron puros ó in-
corruptos los principios de religión natural y noáchida. No se
encuentra en los pueblos de origen céltico en España huella
alguna de dioses seculares ni de sacrificios sangrientos. Estas
ideas y estas prácticas, tan generalizadas más tarde, son de
origen fenicio.
Informaciones de tal suerte vagas y remotas sirven para
orientar el juicio, pero no ofrecen punto alguno por donde se
pueda empezar la investigación sociológica. Más nos interesa
lo que en la historia religiosa posterior pudiera haber influido
la lucha entre los elementos romano y germano. El elemento
romano ha sido el elemento civil que ha creado las leyes, el
elemento formal que ha creado la disciplina eclesiástica y el"
derecho canónico, el elemento unitario que ha creado todas las
grandes intolerancias que son todavía la base de la conciencia
dogmático-social del pueblo español. El elemento germano ha
sido idéntico al de las demás naciones que se asimilaron y pa-
cificaron á los bárbaros, y no ha quedado perpetuado directa-
mente por la diversidad de creencias religiosas en la nuestra,
sino sólo de una manera mediata, y en tal caso muy débil-
mente. La fusión de ambos elementos no fue más que la unión
de la Iglesia y el Estado antes del regalismo, y después un
agente de contradicción. A través de un antropomorfismo apa-
rente, la religión islamítica influyó sin duda en la dirección
dogmática de España, particularmente entre los mozárabes;
pero fuera de las supersticiones populares de Andalucía, no
hallamos hoy restos bien determinados de esa influencia. En
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 81
cuanto á la unificación verificada bajo los E»eyes Católicos,
únicamente haré observar que, aparte de su carácter esencial-
mente político, produjo en el espíritu castellano la placidez de
un buen sentido religioso, incapaz de crear nada. Además, en
aquel siglo, gracias al descubrimiento de América, las corrien-
tes sociales iban muy por otro camino.
Felipe II: be aquí realmente el tipo genuino, castizo y clá-
sico de la religiosidad ibera; lo que mejor caracteriza la socie-
dad española en su absolutismo teocrático. Los juicios de los
extranjeros no son siempre de desdeñar, y recuerdo á este pro-
pósito el que sirve de conclusión y de resumen á la Histoire de
Philippe II del Dr. Baumstark, según el cual ese monarca
supo resistir á sus enemigos, pero no crear nada, confundien-
do siempre en su vida, como en el Escorial, el sentimiento
cristiano con la excesiva exterioridad. ¿Buscáis el juicio que
sintetice nuestra genialidad religiosa? Abí le tenéis; en esas
frases está revelado de cuerpo entero. Es imposible expresar
mejor el origen bistórico y la causa social de ese bigotismo es-
trecbo y ese ritualismo intransigente que dan á la religiosidad
patria un carácter tan tristemente original.
No ba llegado aún la hora de formular mi opinión sobre
los resultados de la política de Felipe II. Quiero, antes de pa-
sar adelante, analizar el sentimiento religioso, no ya en lo
que tuvo de coercitivo y formal, sino en lo que tuvo de franco
y espontáneo, en su expresión más castiza y sistemática, en
la escolástica y en la mística. Sin necesidad de extenderme en
las consideraciones en que con la brevedad posible me babró
de extender, ¿no se comprende á primera vista que los esco-
lásticos (hablo de los grandes) concentrasen su actividad inte-
lectual en dar variedad y novedad á los métodos de explica-
ción y de aplicación, ya que á las doctriuas era imposible?
Esto hizo que nuestra teología padeciese de falsa originalidad,
que se sirviese para conservar su apariencia ortodoxa hasta
del ergotismo; aspirando á la independencia final en el dog-
ma, no lo consiguió por su preocupación excesiva de las for-
E. M.— Agosto 1902, 6
82 LA espaSa moderna
mas del pensamiento abstracto. A esto se redujo todo nuestro
intelectualismo religioso, todo nuestro escolasticismo: fue la
libertad aplicada á la discusión.
El misticismo, por su parte, fue como lo había sido en toda
Europa en la Edad Media, la libertad aplicada á la contem-
plación (1). Pero se distinguió del misticismo medioeval en
que no se abismó en la devoción estática, ni perdió el senti-
miento de lo real, ni se despegó de la razón ni del mismo ra-
zonamiento. Santa Teresa, sin dejar de revelar á las claras su
desdén por los principios del culto externo y el poco caso que
hacía de la autoridad en materia de religión, se mantuvo
siempre en los límites de un buen sentido entusiasta. Como
ella, las otras raras místicas sólo negaban una pequeña parte
de la reflexión popular, y los místicos caminaron á la eman-
cipación de las trabas dialécticas y filosóficas, pero estuvieron
lejos de haberlas roto; los más ilustres. Malón de Chaide, Fray
Juan de los Angeles, Alonso de Orozco, Ponseca, eran pro-
fundamente metafísicos y casi platónicos. En nuestra mística
hay una parte, que pudiéramos llamar oficial, cristalizada en
fórmulas más ó menos vagas; pero hay otra parte — y es la
principal — que elevada por Santa Teresa por encima de las
persecuciones y de las condenaciones de las autoridades ecle-
siásticas de su tiempo (2), fortaleció las raíces del sentimiento
religioso de nuestro pueblo, avivándolas por la infusión del
espíritu cristiano, razonador y militante, é inició la floración
de nuestros dogmas inmortales, de los que vemos brotar, á
manera de rosas primaverales y límpidas, hermosas como la
esperanza, los mayores portentos de la espontaneidad cristia-
na, las elegías del divino Herrera, los celestiales fulgores del
Cantar de los Cantares ^ y los entrañables ideales cimentados
sóbrelos Nombres de Cristo por Fr. Luis de León.
(1) Véase á Fischer: Geschichte der neuern philosophie, einleitung.
(2) Sabido es que casi todos nuestros místicos sufrieron la tiranía y
las molestias de la Inquisición.
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÍÍOL 83
¡Tradición ciertamente magnífica, que nos deja entre ad-
mirados y suspensos, y que preparaba con su platonismo ro-
mántico á la poesía filosófica moderna un instrumento de gran
potencia que, después de haber sido aprovechado solamente
para los sueños intensos de amor á Dios, había de ponerse al
servicio del amor á la humanidad en Dios y por Dios! Tam-
bién vemos esta última tendencia desempeñando un papel al
<jomienzo de la literatura dramática piadosa, y sobre todo de
la de Calderón, cuya íntima relación con el neo-cristianismo
de los románticos alemanes es una hipótesis que no se puede
probar, pero que tampoco debemos rechazar. Y, en efecto,
¿quién^ignora que gracias á Calderón se efectuaron en Alema-
nia notables conversiones del protestantismo al catolicismo?
Los teólogos que con ideas tomadas de los autos de Calderón,
empezaron á predicar desde las cátedras nuevos dogmas, nue-
vas máximas, un nuevo Evangelio, ¿proclamaban algo más con
su panteísmo catolizado que aquel gran principio de la Uni-
dad (Fray Luis de León), como pió universal de las criaturas?
ÍToethe, que se conmovía con la lectura y meditación del
Principe perfecto, obra calderoniana, ¿podría desasirse en sus
inferencias de una concepción que estaba robada á nuestros
piadosos prosistas del siglo xvi?
Fácil es comprender ahora hasta qué punto ha sido origi-
nal nuestra mística (1). «Eso que se llama ciencia de Alemania
(decía Monescillo), eso que se llama la profundidad de Alema-
nia... eso, en lo que tiene de sólido y bueno, no es de Alema-
nia... Alemania no tiene más que la niebla: Alemania no tiene
más que el sueño: Alemania no tiene el fondo: es de Teresa de
Jesús, es de Juan de la Cruz, es de Fray Luis de Granada: y
si ellos llegan á lo alto, no han llegado como Juan de la Cruz
al Monte Carmelo.» Si la ortodoxia española, fiel á este sano
misticismo no mendigado del extranjero, sino engendrado y
(1) Sobre esta materia hay notables observaciones en Les mystiques
espagnols de Rousselot.
81 LA ESPA:&A MODEllNA
crecido dentro de casa, hubiese perfeccionado sus ideales e»
los siglos posteriores, ¿quién hubiera soñado nunca en comba^
tir su influencia y pedir su exclusión del ideal nacional y re-
ligioso?
Y entramos ya en la cuestión concreta de que tratamos.
¿Es ó no cierto que la política de Felipe II fue el elemento
perturbador que desvió aquella dirección soberana y atrofió el
órgano religioso de la nación? No es mi ánimo hablar de esa
política con extensión y latitud eruditas; pero á lo menos, no
puedo dispensarme de hacer una observación general. Entre
las atrofias religiosas, la producida por el absolutismo política
es una de las más comprobables. Por esto se ha comprendido
muchas veces por intransigencia únicamente lo que en mate-
ria de fe se refiere á ese absolutismo. Y bien sabido es que en-
Eelipe II se reunieron, no sólo la intolerancia — que si hubiese
sido sincera podría disculparse, — sino la mala fe, el considerar
la intolerancia como un medio de satisfacer sus ambiciones
políticas; mala fe que nos recuerda siempre aquellas palabras
que escribía á Isabel de Inglaterra: «la religión sirve ahora de
máscara á la revolución y á la anarquía», y mala fe á la que
unía ese formalismo dogmático que aún no ha desaparecido de
nuestra conciencia religiosa colectiva. Este formalismo, que
sólo vive y se llena con supersticiones, debía traer consigo la
indiferente incredulidad de nuestros días. Los vientos de la
cultura moderna han barrido de las ciudades españolas todas
esas supersticiones que en otro tiempo fueron su único con-
suelo moral y social, y hasta el pueblo de los campos ha per-
dido casi por todas partes la fe en lo sobrenatural. En una de
sus mejores novelas (1), titulsiáa, Las ilusiones del doctor íaus-
(1) La labor religioso-novelesca de psicología nacional, aunque redu-
cida al campo de las clases medias por sus argumentos, no deja de ser in-
teresante. La familia de León lioch, de Galdós, me parece algo' acertada
por su finalidad; pero representa un problema de religiosidad doméstica
que ya no cabe en nuestra patria, más adelantada y avanzada en materias
dogmáticas que lo que el superficial autor de Electra se figura. La fe, de
PSICOLOGÍA RELIGIOSA. DEL PUEBLO ESPAÑOL 85
tino, muestra Valera con su maligno gracejo cómo el espíritu
crítico de nuestra época descreída ha penetrado hasta en su
aldea imaginaria, amortiguando el entusiasmo por su Santo
Patrono, y recuerda á la vez el frenesí, el profundo afecto de
gratitud con que le aclamaban, años ha, cuando le sacaban en
procesión ó iba la fervorosa muchedumbre gritando delante
de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es tamaño como un
pepino y hace más milagros que dos mil demonios!» expresión
sincera de la persuación en que estaban de que su santo, si es
lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado, y en lo
material para lo espiritual, así como tal máquina de vapor
tiene fuerza mecánica de tantos miles de caballos, tenía fuerza
taumatúrgica nada menos que de cinco mil demonios, á pesar
de lo pequeño que era. Y no se diga que esto es poner las
cosas en caricatura, porque supersticiones tan pueriles y ridí-
<íulas como esas, prolongan su existencia en la nación española
mediante corrupciones emanadas de una ortodoxia adulterada
por la civilización, de una ortodoxia bastante generosa ó
modernizada para poner esas corrupciones en armonía con la
genuina clásica religiosidad de nuestro pueblo, á la que desde
luego se oponen. Persisten, además, dichas supersticiones,
a-unque tan extraordinariamente modificadas que nuestros
padres no las conocerían de fijo, en una parte del clero refrac-
tario á priori y á posteriori á que los españoles, sacudiendo de
Palacio Valdés, tiene aún menos verosimilitud: es una producción abs-
tracta, sin base alguna en los sentimientos religiosos nacionales, en la
<5ual aquellas partes que presentan elevación están tomadas de la filosofía
alemana, y muy especialmente de Strauss, así como también de nuestro
Pí y Margall, no sólo imitados y explotados, sino traducidos alguna vez
literalmente por Palacio Valdés. En cambio La tierra de campos^ de Ma-
clas Picarea, contiene preciosos datos é informaciones sobre el espíritu
dogmático de Castilla la Vieja. Es de sentir que no se generalicen estos
ensayos novelescos regionales. Los queso han hecho, ó son generales ó
sectarios, y nada más; lo cual es muy de extrañar en una tan dilatada
serie de novelistas de pretensiones como nos deparó el cielo.
86 LA ESPAÑA MODERNA
los ojos de su espíritu las telarañas tradicionales, contemplen
directamente el cielo invisible de lo absoluto para saber cómo
han de cumplir su fin religioso. Este fin, en mi sentir, no pue-
de ser otro que lo que se denomina la libertad de conciencia^
fruto penosamente conseguido, luchando sin fatiga por la
cultura y la sociabilidad, y opuesto al ideal de la política or-
todoxa.
Hemos llegado ya á tratar de los liberales españoles del co-
mienzo y mediados del pasado siglo, liberales en cuyas ideas
y acciones no tiene el mismo valor intrínseco la concepción de
la libertad de conciencia á que acabo de aludir. EHiberalismo
español, noble rapsodia de la Revolución francesa y del Gro-
bierno déla República francesa de 1793, se ha desenvuelto en
el curso del citado siglo como la larga cola de un cometa, que,
siquiera de una manera aparente, se destaca y distingue del
núcleo del astro primitivo. Nos hallamos, á estas alturas, para
formar juicio sobre él, en una situación más favorable que la
generación que nos ha precedido; nuestros padres lo predica-
ron, pero lo redujeron á la esfera de los tumultos políticos, y
nosotros tendemos ya á socializarlo, mejor aún, á nacionali-
zarlo. Los principios del 89, formados por la filosofía de Rous-
seau y modificados por la ciencia social moderna, no tuvieron
en su primera importación á nuestra patria grandes garantías
de adaptación, y presentaban ciertamente un lado bueno, pero
que, á causa de su rudeza, dio lugar á errores. Sin embargo,
con ser muchos los desaciertos de nuestra política liberal, han
dejado en nuestra conciencia colectiva huellas de impresiones
más saludables que las medidas de los que, abandonando las
alas y caminando con pies de plomo, han tomado francamente
el camino de la reacción. Los partidos moderados y cultos^
por otra parte, nunca han sido causa inmediata de las equivo-
caciones y excesos de nuestra impresionable raza. Cuando los
clericales sacan á relucir estos excesos y esas equivocaciones^
pretenden referirlos á todos sus adversarios en general; pero
saben, como cada cual, lo que en realidad sucede.
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 8?
Quisiera repetir una y otra vez que los errores más eviden-
tes del liberalismo español han sido más fecundos en buenos
resultados que los mayores aciertos de los elementos retrógra-
dos. Barcia ha llegado á decir: «Mendizábal, llamado ladrónipor
sus contemporáneos, es el creador de la España actual; hasta
el día de la fecha, es el único santo social del siglo xix.» ¿Por
los despojos de que fue causa? No; por los ideales que se pro-
puso. La generación que oyó decretar en pleno parlamento la
venta á pública subasta de los bienes del clero y vio á los im-
píos de entonces viviendo ricos y tranquilos sobre el patrimo-
nio de la Iglesia, no podía ni debía juzgar bien á Mendizábal.
Hoy, empero, sabemos que la venta de los bienes de la Iglesia
puso en circulación diez mil millones amortizados, que á poco
representaron veinte mil millones de reales, comenzando así
la España antigua á convertirse en la España moderna. No ig-
noramos tampoco que al esmerarse en llevar á cabo las leyes
desamortizadoras, Mendizábal hacía que se interesase en la
compra de bienes nacionales el mayor número de ciudadanos,
porque cada comprador representaba un enemigo del absolu-
tismo. Y estos son actos que, realícelos quien los realice, me-
recen el aplauso de todo el mundo.
No trato de lavar la cara al negro carácter de Mendizábal
para tornarlo blanco: lo que digo y afirmo es que sus medidas
tuvieron un carácter más democrático, más noble 'y más útil
que otras de políticos más afamados, elogiadas sin medida.
Mientras que en Inglaterra, bajo Cromwell, la expoliación de
la Iglesia y la destrucción de los monasterios pasaba las gran-
des riquezas nacionales de la aristocracia sacerdotal y frailuna
á la aristocracia cortesana de Enrique VIII, provocando la
resurrección de la antigua nobleza feudal bajo una capa de
favoritismo y seudo-civilización (1), en España las medidas de
(1) El historiador inglés Ilallam dice en su Constitutional History^
ocupáudose de los servidores del Rey en aquella época: «Las familias más
considerables de nuestros días que tocan de cerca ó de lejos á la Cámara
88 LA ESPA^^A MODERNA
ese género fueron la primera realización, en el terreno eco-
nómico, de los principios democráticos. Por otra parte, con
haber sido tan poderosa la corriente liberal en la primera
mitad de nuestro siglo, ha corrido siempre por cauce muy di-
verso que el cauce individualista. He aquí por qué, en mi sen-
tir, la causa de que nuestro liberalismo haya abundado en in-
tolerancias é intransigencias, es por haber sido nuestra nación
la que más ha sufrido con la confusión entre las teorías socia-
listas y autócratas.
Esto supuesto, necesario es, antes de pasar adelante, poner
muy en claro nuestra tesis; porque no por ser nuevos los pesi-
mismos dejan de ser á veces infundados. Importa poco que se
trate de quitar á la religión la responsabilidad del malestar
social refiriéndola al genio de raza, pues este genio, como el
de la especie, ha sido creado en parte por la religión misma.
E/Ccientemente se ha hecho cargo de esta idea cierta escuela
novísima de España, un tanto nebulosa, tendiendo á demos-
trar que nuestra actual decadencia, así en lo religioso como en
lo civil, es un problema de antropología puramente nacional.
Creo que mis lectores habrán adivinado de qué se trata. No
hay equívoco en la expresión de mi pensamiento . Me refiero á
la teoría de la «Inquisición inmanente» desarrollada por Llu-
ria, por Duran, por Maeztu. por Baroja, por André, sobre la
base de las opiniones de Unamuno.
Lluria, principalmente, da de la teoría una explicación
más asequible y más empírica, aunque no más feliz. Según él,
«de la misma manera que se contagian los movimientos (?), se
contagian las emociones y los sentimientos... La sugestión re-
cíproca multiplícala emoción... y al sentimiento religioso le
sucede lo que á todos los sentimientos: se comunica de unos á
de los Lores, han surgido, con ligeras excepciones, bajo los Tudor, y si
nos pudiésemos remontar al origen de sus propiedades, veríamos que pro-
vienen casi todas de los grandes establecimientos monásticos y eclesiás-
ticos.»
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 89
otros y se multiplica en razón del número de adeptos... Yo
creo que son muy pocas las personas verdaderamente piadosas
entre las que van á los jubileos ú ostentan la placa del cora-
zón de Jesús. Los que hacen esto (y para mí están en su per-
fecto derecho) son los más débiles, los que necesitan de esa
sugestión recíproca que multiplica sus sentimientos, llegando
en ella la exaltación mutua á tal grado, que acuden á las pro-
cesiones armados de garrotes y revólvers. Los anticlericales
que concurren á disolver esas procesiones, incurren en una
contradicción, dando importancia á una cosa que no la tiene».
No transcribo este párrafo para juzgarlo: es una aplicación
inoportuna de un principio de la Psychologie des senfiments^ de
Ribot, á la determinación de nuestro modo de ser religioso. Y
yo no admitiría aplicación semejante aunque pareciese venir
perfectamente ad Jioc. Debemos librarnos de la prevención
positivista de que sea menester explicar la evolución de los
pueblos como se explica la de los organismos y hacer de la so-
ciología una ciencia natural. Las naciones son seres morales
más aún que físicos, con lo cual hay que contar ante todo y
sobre todo. Querer reconocer, explicar ó sorprender el secreto
de su vida por el método empírico riguroso, es de todo punto
imposible. Un sociólogo penetrante necesita una cosa: ¡psico-
logía! Psicología, eso sí; pero una física, no. Los hechos so-
ciales son una complicación ó especie de los fenómenos psíqui-
cos, y ninguna investigación puede guiarla en sus inducciones
sino la investigación psicológica. Todas esas explicaciones pe-
dantescas de «física social» son puras frases sonoras y de sabor
científico, que nada dicen al entendimiento, dejándole tan
ayuno de verdad como estaba antes de leerlas, y en las que
pugnan por formar un conjunto absurdo la falta de sólidos co-
nocimientos sociales y la ausencia de verdaderas convicciones
psicológicas. Ateniéndonos á lo sentado por Lluria sobre las
relaciones entre la sugestión recíproca y la multiplicación de
la emoción, ¿qué se explica con eso? ¿Qué se saca de ahí? Nada,
sino que los sentimientos religiosos se comunican de unos á
90 LA ESPAÑA MODERNA
otros y se multiplican en razón del número de adeptos. Esto
es lo único que hemos aprendido. Dígaseme ahora si tan su-
perficial punto de vista aclara en algo la razón de nuestra in-
tolerancia.
Hay ya teorías á la hora presente que sobre la misma base
quieren explicar nuestra intolerancia por lo que está en nues-
tro organismo y en las leyes fatales de nuestra naturaleza;
hay grandes pensadores contemporáneos que inexorablemente
nos condenan por genio de raza á ser intolerantes. El sutilísi-
simo TJnamuno cree que «no perdió á España la Inquisición,
sino que España se la hizo, sacándola de sus entrañas, de su
espíritu inquisitorial». Y se funda para ello en que aun hoy
nuestros anticlericales son por dentro archiclericales del laicis-
mo, teólogos del revés, como les llamó Clarín. «Hasta los que
combaten el dogmatismo se hacen aquí dogmáticos del antidog-
matismo.» Pero ¿proceden así los anticlericales en cuanto anti-
clericales y los clericales en cuanto clericales, ó unos y otros en
cuanto eflorescencias de esa planta del absolutismo teocrático,
cuyo germen está escondido en nuestro suelo bajóla espesa capa
que tantos años de decadencia han amontonado? ¿Quién no ve
que ese dogmatismo délos antidogmáticos es un mero resulta-
do del desequilibrio entre las creencias tradicionales y las ideas
nuevas? ¿Hay nada más natural que el hecho de que aquellos
cuya inteligencia está profundamente penetrada por una idea
que llega á ser para ellos un dogma, una fe, un fanatismo, re-
accionen cuando lo pierden, yendo á parar inevitablemente á
otro fanatismo, á otra fe, á otro dogma? Y siendo así, ¿no de-
bemos culpar á la manera como la Iglesia nacional y los hom-
bres de Estado del país los enseñaron ó inculcaron las intole-
rancias que hayan traído consigo? En otros términos: ¿no nos
es lícito referir la responsabilidad de estas consecuencias la-
mentables, no á los dogmas, sino al método irracional con que
se ha permitido que se concibieran y apreciaran? (1). No hay
(1) Aquí me hallo -completamente de acuerdo con Lhiria. Como él,
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 91
dnda que existen situaciones en la complejidad de la historia
patria que hacen difícil la aplicación de estos principios gene-
rales; pero el contraste mismo entre las energías religiosas y
sociales de nuestro pueblo momentos antes de la imposición
del monstruoso régimen nacional de Felipe II y su inmediato
aplanamiento posterior, ¿no evidencia que fue este régimen
monstruoso quien en realidad nos hizo supersticiosos, fanáti-
cos é intransigentes? ¡Cosa singular y digna por cierto de que
Unamuno la considere! Sólo en poco tiempo é inmediatamen-
te después del entronizamiento del absolutismo de Felipe se
pienso que «la ciencia, que se apoya en hechos prácticos y demostrables,
no ha quemado ni martirizado á nadie aún porque crea ó deje de creer;
la religión, en cambio, cuya fuerza toda está en la fe, se hace intransi-
gente. Cada vez que la Iglesia ha visto algo que comprometía su fervor,
es decir, que le quitaba fuerza, no ha retrocedido ni ante el auto de fe; ha
considerado y considera como un enemigo al que no crea cuanto ella
cree. Digo enemigo, y es verdad, en virtud de lo que he dicho de cómo la
expresión de la fisonomía y la actitud sugestionan á todo individuo reli-
gioso; la mayor parte, al eacontrarse frente á frente con un individuo que
no cree lo mismo que él, experimenta una sensación de dolor, porque
aquel individuo debilita, á pesar suyo, su fuerza, ya que no su fe, es de-
cir, no tiene la misma sensación de placer que se tiene al sentirse multi-
plicar su emoción religiosa, al comunicar sus sentimientos con otro fer-
viente como él; por eso todas las religiones se han esforzado en convertir
¿ los demás á su propia doctrina, porque ese nuevo creyente aumentaba
la propia fe; en cambio, al que no quisiera creer ó encontrara algo que
perjudicase al dogma era menester humillarlo, matarlo, aniquilarlo, por-
que la presencia de aquel sujeto era un verdadero tormento; porque ejer-
cía una sugestión, una fuerza que era contraria y lastimaba sus propias
creencias y la paz de su conciencia... El sentimiento religioso se ofende,
no porque haya un prójimo que por no creer se condene — eso les tiene
muy sin cuidado á los creyentes,— sino porque el incrédulo disminuye su
satisfacción. De ahí esa frase sin sentido: el liberalismo es pecado^ esto es:
todo el que no esté con nosotros está contra nosotros... Aparte algunos
religiosos sinceros, almas grandes y bondadosas, la inquina contra el li-
beralismo no es por amor al prójimo, sino por propio egoísmo. La toleran-
cia, el respeto á las creencias de los demás, es lo más indicado para con-
firmar á cada uno en sus respectivas ideas».
92 LA ESPAÑA MODERNA
produjo la decadencia de aquella España que al moverse hacía
temblar al mundo.
Bien sé yo que semejanije decadencia se explica per razo-
nes anteriores, por causas históricas más íntimas; pero aunen
estas causas, nada encuentro que pueda favorecer á Unamuno.
Veo, par el contrario, agitarse en todas la ambición religiosa
de los soberanos, bajo el velo de las llamadas al patriotismo.
Veo asomar la pezuña de Mefistófeles bajo las locas guerras
de religión con que la encubría el maligno Carlos V de una
manera tan cómica, y que llevaba con tan perfecto desemba-
razo. Unamuno, en su nueva teoría, no expresa francamente
esta flagrante realidad: lo qae expresa es que cuando se trata
de buscar el origen de los males públicos, es más sociológico,
es más sencillo hallarlo en el fondo étnico de la nación que en
las arbitrariedades de los que dirigen, en ios gobernados más
que en los gobernantes. Si bien se mira, su opinión no es otra
cosa que una ampliación, originalísima en los detalles, de
aquel antiguo y popular principio, según el cual las naciones
tienen por lo común los gobiernos que se merecen. Pero lo que
en todo caso podría decirse, con relación á la nuestra, es que
los suyos se aprovecharon de sus buenas cualidades étnicas
para aventurarla en empresas enervadoras á la larga, no que
se enervase ella misma por fatal genialidad de raza. Desde el
punto de vista de esta distinción, ¿es concebible ni posible que
dependiese del pueblo español lo que no era falta de energías,
«fino perversa dirección política, moral y social de energías
superabundantes? ¿Quién se ha creído nunca autorizado para
atribuir á uu niño de facultades excelentes el mal uso que
una mala educación le fuerce á hacer de ellas? Y el Estado no
era entonces más que esto: un mero educador de los ciudada-
nos españoles. El que haya profundizado la trama de las nu-
merosas hazañas de la España de Felipe II (sobre todo la con-
quista de América, á donde se mandaron los caracteres fuertes
y enérgicos); el que haya concentrado los elementos de vida
que allí se esparcieron como por especie de regresión psicoló-
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 93
gica á la indolencia meridional, á la aversión alas novedades,
al predominio de las formas y de la regla imaginativa, á la
conversión del caballero épico en caballero de industria, etcé-
tera, es imposible no llegue á la convicción de que aquella
uniformidad impuesta por Felipe II tenía que conducir nece-
sariamente á la degeneración. Todo eso no fue más que un
canard dado á nuestras naturales tendencias, pues Felipe 11^
con su bigotismo estrecho, con su «disimulo», padre de la hi-
pocresía posterior, con la sangría suelta que suponía la In-
quisición, pareció realizar la unidad, ideal del español, como
paració realizarla ya la tan comentada expulsión de los judíos.
De donde nace la aparente paradoja, ó más bien la verdad
profunda, de que nuestra perdición proviene de buenas y no
de malas cualidades. No fue el uso, sino el abuso de nuestra
proverbial caballerosidad, de nuestra religiosidad profunda ,^
de nuestra adhesión monárquica, de nuestra refinada galante-
ría, de nuestro espíritu guerrero, lo que nos llevó á la ruina.
Si la guerra de las comunidades no hubiese acabado con las-
libertades públicas, ¿hubieran sido esas nuestras prendas cau-
sa de pasividad y aplanamiento? Y ¿quién consumó esa des-
trucción sino la política personal é impopular de Felipe II? Si
la presión de la conciencia no hubiese ahogado el verdadero
espíritu religioso, ¿tendríamos hoy que lamentar nuestra iner-
cia espiritual presente, y ese malhadado y esclavizador indi-
ferentismo que Unamuno tan. justísimamente deplora? ¿Ten-
dríamos que ver agonizar nuestra fe entre la rutina tradicio-
nal y eso que llaman librepensamiento sin serlo? ¿Tendríamos
que aprobar aquel dicho de Darío de que Nakens y Torque-
mada son dos líneas paralelas que se encuentran en el infinito
del horizonte patrio como representantes genuinos y por igual
caracterizados de la indestructible intolerancia española? Fá-
cil es ver, por otra parte, que al tomar el efecto por la causa,,
Unamuno olvida, como ya he insinuado, que si caímos no fue
porque nos mostrásemos ingobernables, sino porque nos go-
bernaron políticos que no sentían el calor de nuestra vida na-
94 LA ESPAÑA MODERNA
cional más que para provocar la dilafcaoión ó desunión de
nuestras fuerzas; que no oían los latidos de nuestro corazón
más que para acallar la voz de la razón en el espíritu patrio;
que, en suma, pervirtieron nuestras soberanas facultades,
dándoles un giro antiespañol, antimoral y antisocial. En este
sentido, y en este tan sólo, he podido sostener en otra par-
te (1), apoyándome en los testimonios de frailes como Campa-
nella y Peñalosa, que «por ser los españoles tan hidalgos, tan
católicos, tan realistas, tan generosos, tan guerreros, están
siempre tan perdidos». Tales son, en efecto, las «cinco exce-
lencias del español que despoblaron á España» (sic).
A fin de poder reunir el mayor número posible de razones
probables en apoyo de mi teoría, voy á dirigir á la de Una-
muno una nueva objeción sacada de la historia. Según vimos
más atrás, Unamuno asegura que «no perdió á España la In-
quisición, sino que España se la hizo, sacándola de sus entra-
ñas, de su espíritu inquisitorial». La historia, empero, se en-
cuentra en el más vivo contraste con esta suposición (2). Dios
sabe las tretas y ardides que — bajo Felipe II, sobre todo — fue
preciso emplear para vencer la general repuguancia del alma
española á consentir el entronizamiento del infame tribunal.
Por de pronto, es indudable que antes de que existiese en su
forma concreta posterior, es decir, en plena Edad Media, Es-
paña fue, ó por naturaleza ó por la mezcla de razas — esta últi-
ma muy problemática, — la más tolerante de las naciones euro-
peas. La legislación mudejar es prueba de ello: en lugar de
perseguir la religión de los moros vencidos, ordenó respetarla.
(1) Democracia y clericalismo, II, 12 (Madrid, 1901).
(2) Se puede consultar con fruto la excelente Memoria presentada por
Llórente á la Academia de la Historia con el título de La opinión nacio-
nal de España acerca del Tribunal de la Inquisición. Si los discípulos de
Unamuno, que con tanto desdén miran los optimismos de nuestra antigua
noble democracia, hubiesen leído esa disertación de Llórente, se hubieran
librado de muchos falsos juicios á que suele llevar la seg^uridad de la eru-
dición ilimitada.
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 95
Permitióles tener sus mezquitas y sus jueces, gobernándose
con arreglo á su tradición. Hasta mandaba que cuando fuese
robado un moro se le devolviese el doble del robo, mientras
que cuando era robado un cristiano sólo quería que se le de-
volviese lo que se le robaba. Los musulmanes que vivían en-
tonces en nuestros dominios, no se vieron forzados nunca á
mudar de creencias ni expulsados del reino. ^ Y los mozárabes
ó españoles que residían en tierra de moros, se encontraban
en el mismo caso. Lejos de ser intransigentes, fueron toleran-
tísimos los verdaderos creadores de nuestra nacionalidad.
¿Cómo apercibiremos, pues, en el proceso de la formación
de la sociedad española la intolerancia étnica que tanto exage-
ra Unamuno? En vano voy buscando; y cuenta que no he que-
rido en tan capital asunto formar mi opinión por lo que hayan
dicho los apóstoles del pasado, sino por el atento examen de
nuestra evolución histórica. Es verdad que veo en el siglo xiv
una persecución contra los judíos provocada por las predica-
ciones de San Vicente Ferrer, pero es una cosa de circunstan-
cias, no es una ley general, y además confirma mi tema de que
el pueblo español, por sí solo, sin falsos guías que tergiversasen
su entusiasmo por todo lo bueno, no ha sido nunca intransi-
gente. Todo el resto de aquel siglo lo sigo viendo tolerante y
sin persecución alguna. Tan sólo descubro al final del xv, en
este gran río de dos siglos de libertad religiosa, una pequeña
isla que se levantaba en medio de las aguas y que si en el xvi
no pudo impedir que afluyesen por sus dos costados las co-
rrientes del genio religioso y social de la España engrandeci-
da, se dilató hasta convertirse en el xvii en valla enorme que
nos estancó, valla sólo resuelta en catarata y en torrente por
la fuerza del liberalismo de los bienhadados doceanistas. Esa
isla fue el regalismo.
Y contrayéndome al establecimiento concreto y preciso de
la Inquisición en España , ¿ha encontrado Unamuno algún ante-
cedente étnico, verdadero y nacional de esa institución? Si, en
efecto, lo ha encontrado, haría un gran beneficio á la historia
96 LA espaSa moderna
en publicarlo. Por mi parte, y dada la erudición de un hombre
docto como él, creería ofenderle recordándole hecbos históri-
cos que le hiciesen ver con claridad, después de tanta luz coma
se ha hecho sobre el particular en nuestros mismos días; pero
ya que se empeña en renovar contra España las acusaciones
de los extranjeros, justo será que le pruebe que «la Inquisición^
que parece ha contribuido á íijar principalmente el carácter
de nuestra nación, según el juicio de los extranjeros, no habría
tal vez penetrado en España sin las repetidas instancias de
Italia y sin el ejemplo de Alemania» (1). Cierto que en Ara-
gón, desde el siglo xiii, imperó, gracias á Don Jaime I; mas
¿sucedió lo propio en Castilla? No ya el espíritu público y las
Cortes, los mismos Reyes castellanos la rechazaron constante-
mente. Fuera de los comilitones del Nuncio Nicolao Franco,
¡cuan pocos eran sus prosélitos! Hasta 1478 no se consiguió
aprobar la bula papal que creaba la Inquisición en España:
hasta 1480 no fueron nombrados los primeros inquisidores. Y
las primeras instrucciones que por aquel entonces aparecieron,
en nada denuncian, ni en el espíritu ni en la letra, nuestra ge-
nialidad regional. La mayor parte del trabajo nos lo dio he-
cho Eymerich, de cuyas ordenanzas son una pobre rapsodia
las mencionadas instrucciones.
Es preciso advertir todavía, para que se acabe de ver el
ningún fundamento de la teoría de Unamuno, que la Inquisi-
ción no hizo sus primicias con criterio jurídico objetivo, sino
«halagando el sentimiento nacional de los españoles y su or-
gullo de raza en contra de los moros y judíos». Digo más: el
plan de Cisneros no se presentó á los españoles más que como
el proyecto de establecer una fiscalía que inquiriese quiénes
eran judíos, quiénes moros, quiénes cristianos. «Su pensamien-
to era inquirir la pohlación jndieij y musulmana, con el objeto
de expulsarla y limpiar la raza latina. Cisneros creyó que el
cruzamiento de las razas acabaría por hacer impura nuestra
(1) Picatoste: El siglo XVII, cap. IV, pág. 67. (Madrid, 1887.)
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 97
sangre, ahogando las virtudes de nuestro origen y los méritos
de la revelación. El grande hombre no obró como verdugo:
obró como español y como cristiano. Se engañó su siglo con
él, y él con su siglo; pero su pensamiento no era inventar el
auto de fé. » El inquirir se tornó más tarde en quemar; mas por
de pronto se mostró sólo como inquirir. Cisneros no hubiera
podido prever el porvenir reservado á su sistema de gobierno
cuando decía á Fernando el Católico: «Señor, mientras vos
formáis capitanes, yo trabajo por formaros hombres que hon-
ren á España» (1). Y, obsérvele bien, la Inquisición se mos-
traba además á los españoles como un arma política, que iba
á contribuir á dar unidad á la patria. ¿Querrá creer Unamuno
que, á pesar de esto, y aun con todo esto, nuestros intoleran-
tes antepasados opusieron al intolerante tribunal la más viva
resistencia? Los demás tribunales y las autoridades en gene-
ral, y lo mismo los particulares, no miraban con buenos ojos
la Inquisición y trataron de aniquilarla, primero con represen-
taciones y súplicas, después con conflictos permanentes y duras
discusiones. ¿No sabe Unamuno lo que hizo el pueblo amotina-
do contra aquel inquisidor Lucero que fue en Córdoba el émulo
de Torquemada? ¿Ni la cuenta que los zaragozanos dieron de
Pedro Arbués, Inquisidor Santo? ¿Y no recuerda el dictamen
del consejo de Castilla, el cual, respondiendo á la consulta de
Felipe II, le decía: «que es cosa dura que la prisión corporal
que aflige al cuerpo no la haga la jurisdicción real en los mi-
nistros de la Inquisición, y que ella tenga esta ventaja de afli-
gir, como lo hace, el alma con censuras, la vida con descon-
suelos y la honra con demostraciones»? ¿Olvidó ya la contes-
tación que dio Nebrija (2) al Santo Oficio, cuando se vio
denunciado por sus enemigos? ¿Tampoco se acuerda de las
(1) Consúltese á Simonet: Cuadros históricos y descrijjtivos de Grana-
da, apéndice IV.
(2) En los siguientes atrevidos términos: «¿Qué es esto? ¿Dónde esta-
mos? ¿Qué tiránica dominación es esta que tanto oprime los ingenios?...
No basta, no, que yo cautive mi entendimiento en obsequio de la fe, sino
E. M.— Agosto 1902. 7
98 LA ESPAÍ^A MODERNA
perturbaciones públicas que originó el proceso del Brócense y
el escándalo y tumultos que los estudiantes promo vieron al
recibir la noticia de que la Inquisición pensaba prohibir sus
honras fúnebres? ¿Se borraron de su memoria las protestas de
las personas ilustradas de todas posiciones, muchas délas cua-
les se han conservado á despecho de la diligencia con que la
Inquisición se dedicaba á recoger y destruir cuanto en contra
suya se escribía? Pues oiga más y entérese de que la intoleran-
cia española no tenía límites por aquel entonces. Cisneros, el
Cardenal eminente y promovedor del patriotismo, el primer
inquisidor de hecho, llegó á ser censurado en las populares
coplas tituladas Quejas de Castilla.
Hay, sin embargo, aquí un rasgo que dista bastante de ser
indiscutible, pero que parece favorecer en parte la teoría de
Unamuno, y no sin motivo ha llamado la atención de Mazzo
y otros extranjeros eminentes. La Inquisición, principio here-
ditario de todas nuestras intransigencias, no era preciso que
provocase una adhesión y una aprobación decididas para adap-
tarse al medio nacional. Distinguiendo entre sus abusos cir-
cunstanciales y su severidad nata, parece quedar explicada en
algún modo la fama de ferocidad que nos dio en toda Europa.
Se le ha llamado cruel, pero injustamente, si por crueldad se
entienden las hazañas del odio arbitrario; la mayoría de nues-
tros inquisidores fueron hombres sinceros y creyentes muy
poco dados á considerar como instrumento las terribles leyes
que tenían la convicción de cumplir. No se vio una sola vez que
en los asuntos de aquella especie creyesen admisible el juego.
Todo era allí formal y grave, el bien como el mal. Por eso no
transigían nunca y condenaban lo mismo al pobre y al rico, al
Obispo y al seglar. Si en algún país debe aprenderse lo que
que en materias en que se puede hablar sin ofensa de la piedad cristiana
no se permita publicar lo que estoy viendo. ¿Qué digo yo publicar?... pero
ni aun pensarlo, cuanto menos escribirlo á puerta cerrada y para mí solo.
iNo puede llegar á más la esclavitud!»
PSICOLOGÍA RELiaiOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 99
•era la Inquisición, no salgamos de España. No es cierto que
perteneciese á otra época y á otra sociedad; fue hija de aque-
lla sociedad y de aquella época; fue, mal que nos pese, más
feroz en España, por ser España, no por otra razón; fue la
encarnación de un principio equivocado en caracteres que con
facilidad se veían arrastrados al fanatismo y á la intolerancia,
y sobre todo á la expresión del odio contra los que nos habían
arrebatado la patria por espacio de ocho siglos. Los mismos
Papas se asustaron de aquel puritanismo de acción, rayano en
galicanismo, en Iglesia nacional, y procuraron hábilmente dis-
minuir su poder. España, con su poderoso realismo, con su se-
riedad, con su verdad, con su pureza, con aquellos caracteres
inflexibles que ponían siempre el honor y el deber sobre la
vida y sus comodidades, aplicó sinceramente los principios de
la Inquisición y demostró en breve tiempo que, aplicados es-
trictamente, convertirían al mundo en un desierto de cenizas.
«¿No te parece — decía el maestro Q-racián en su Criticón ^ — no
te parece muy seca (España), y que de ahí les viene á los es-
pañoles su sequedad de condición y melancólica gravedad? (1).»
A esta altura, la Inquisición es verdaderamente española,
porque se identifica con el carácter nacional, que todo lo toma
por lo serio, y la religión más que cosa alguna.
Esta explicación está demasiado alambicada, aunque tenga
en el fondo aspectos de verdad, y será siempre el único punto
de vista que Unamuno y sus discípulos podrán oponer con al-
gunas probabilidades de buen éxito al patriotismo optimista
(1) Lo mismo asegura Fouillée, eu perfecta consonancia cen G- .nn,
á quien iia adivinado y no leído. En su estimada disertación sobre Lepeu-
ple eapagnol afirma que «la mezcla del punto de honor con celos feroces
DOS han llevado á una moral extraordinaria^ reflejada en las obras de
Lope de Vega y Calderón. A la sensibilidad del español, como voluntad
indomable pero limitada, le falta un alto desarrollo intelectual. Kant ob-
serva que la chacota francesa es antipática al español, grave, según aquel
filósofo, hasta cuando baila el fandango. En todo español típico hay uu
Don Quijote idealista y un Sancho Panza amante de la realidad».
100 LA ESPAÑA MODERNA
y á la antigua idea romántico-liberal. Pero es lo cierto que ese
punto de vista olvida algunas fases de la cuestión y toma por
realidad las apariencias. Habla en nombre de nuestra seriedad
y de nuestra severidad, y no tiene en cuenta para nada la se-
veridad y la seriedad morales de la Inglaterra puritana, por
ejemplo. Sin embargo, esa Inglaterra puritana, contemporá-
nea de la España inquisitorial, fue el origen del individualis-
mo y basta del liberalismo británicos. Los odios religiosos y
el instinto perseguidor eran entonces mayores en las naciones-
donde combatían sectas encontradas; se destruyeron á sí pro-
pios por la prolongación de la lucha, y si tal lucha se hubiera
prolongado también en nuestro país, hubiera de igual modo-
perecido en él el instinto perseguidor. Las mismas causas pro-
ducen siempre los mismos efectos. Este es un principio de sana
filosofía.
Además (y sin hacer un paralelo entre la intolerancia es-
pañola y la de los demás Estados europeos en aquella época)^
para que sin adhesión ni aprobación populares se hubiera, en
efecto, adaptado la Inquisición por simpatía más íntima y pro-
funda á nuestro medio nacional, habría que suponer que este
medio era de suyo inquisitorial. Obsérvese por de pronto un
hecho: ¿Cuál fue el producto religioso-social de nuestro medio?
— se podría preguntar á los partidarios de Unamuno. Y se
contestaría: La Inquisición. Pero ¿cómo se produjo la Inquisi-
ción? «Por el espíritu de nuestro medio.» Tal es el círculo vi-
cioso en que acabaría por encerrarse la teoría pesimista de
Unamuno.
La explanación de las ideas que aquí no hago más que
apuntar será objeto de otra obra. Ahora voy á examinar la
opinión motivo de mi crítica en sus últimas consecuencias.
Unamuno pretende que en la vida social, que es la de la in-
mensa mayoría y forma las tres cuartas partes de la vida del
creyente, la intolerancia obesiva ó impulsiva es todavía entre
los españoles una cualidad general. No lo dice en estos térmi-
nos, pero lo da á entender de un modo muy claro. Soy poco
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL lOl
amigo de sorprender los caracteres nacionales en la experien-
cia de unos cuantos individuos; los examino en el mayor nú-
mero posible y me aprovecho, siempre que puedo, de los mo-
mentos de sinceridad. En el lenguaje y en las acciones del
hombre, sobre todo observado en el hogar doméstico y en las
situaciones críticas de la existencia, hay muchas veces ocasión
de verlo revelarse tal y como es en realidad y no tal como nos
lo figuramos. Pues bien; yo he sondeado el corazón de muchos
que á mis ojos eran intransigentes, y no he encontrado la in-
tolerancia en ninguno y sí en todos la indiferencia. Esto por
lo que respecta á los descreídos. Estudiando detalladamente
los rasgos característicos de la intransigencia de los creyentes
he hallado que, fuera de los que se han educado en casas de
jesuítas ú otros centros eclesiásticos, las tendencias sociales de
los que han sido educados en religión por sus madres siguen
siendo las mismas que cuando muy niños, y que lo propio su-
cede respecto de su conducta y prácticas que son y siguen
siendo los de la infancia. En mi familia misma tengo la prue-
ba: los miembros de ella — y se cuentan varios — que han pasa-
do por seminarios ó conventos, se muestran intolerantes por
convicción y por aspiración, teórica y prácticamente; por el
contrario, los que no han recibido más enseñanza religiosa
que la de mis padres, brillan como éstos por su espíritu de ca-
ridad y de piedad universal. Y aun he de añadir que entre
unos y otros existen excisiones y querellas morales más pro-
fundas que pudieran existir entre personas de familias dife-
rentes, lo que no sucedería si la teoría deUnamuno fuese cier-
ta. Personalmente no se corrobora esa teoría; es una genera-
lización aventurada que el corazón de todo buen español re-
chaza como una impostura. Con el gran respeto que Unamuno
me inspira, creo que él no se ha querido referir más que á la
turba sinnúmero de semieruditos que van con la corriente y
repiten lo que oyen y leen los disparatados artículos de un
DemófilOj por ejemplo, con la misma devoción que antes leían
acaso los libros místicos ó ascéticos. De lo contrario, habría
102 LA ESPAÑA MODERNA
motivo para pensar que calumniaba al común de los espa-
ñoles.
Repito que, hoy por hoy, los mismos que gritan ¡Abajo el
catolicismo! j son en el fondo indiferentes, y los católicos, cuyo
catolicismo trae un origen puramente doméstico, no son en
modo alguno intolerantes. Y no se extrañe ni se tenga por
imposible semejante contradicción, pues ya hemos visto, apo-
yándonos en pensamientos de Unamuno, que ambas clases de
individuos son dogmáticas de pura cepa; y el criticismo y la
espontaneidad asocian, el dogmatismo j la uniformidad agre-
gan, y en pos de la agregación viene de seguro la disolución.
Por otra parte, Unamuno acaba por no negarlo; solamente
dice: la constitución histológica de nuestro espíritu religioso
colectivo no se adapta ya á las condiciones de la vida social
moderna, porque las tendencias generales del dogmatisma
que fueron generosas para razas fuertes y cultas, han condu--
cido á un desequilibrio desastroso á una ignorante y agotada
como la nuestra. Confieso que comprendería mucho mejor al
que me dijera: aspiraciones buenas para aquellos pueblos que
están preservados de todo peligro radical, pueden ofrecer in~
convenientes para aquellos que están tachados de bajos y me-
diocres: luego el nuestro no está adaptado por naturaleza al
estado á que por el progreso ha llegado el resto de la huma-
nidad.
Si critico aquí á Unamuno, no es porque mi opinión sobre
la psicología religiosa de nuestro pueblo esté en abierta opo-
sición con la suya. Reconozco la precisión, la perspicacia de
sus ideas, y con ellas simpatizo en parte: no me propaso á acep-
tarlas de un modo definitivo, porque no me he dado cuenta de
su alcance. Unamuno ha querido presentarlas bajo un aspecto-
demasiado concreto, que no corresponde á la vaguedad con
que sus objetos se muestran en la vida nacional. O mucho me
engaño, ó la ampliación de sus doctrinas ha de llegar á con-
cordarlas en un todo con las de los pocos que en España estu-
diamos el problema religioso desde el punto de vista cientí-
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPA:&OL 103
fico. Al considerarlas dignas de ser largamente examinadas,
no sé si no habré comprendido bien sus intenciones y respon-
dídole de una manera que le parecerá débil.
Insistiré más adelante en este punto de vista. Ahora, una
vez determinado la genialidad religiosa de los españoles en
general, permítaseme delinear la del clero español. ¡Qué dife-
rencia la que nos ofrecen estos cuadros!
El ¡qué se me da á mi! de los seglares no es la nota domi-
nante de los clérigos. Esta última clase nos presenta una vas-
t8> intolerancia, una intolerancia completa, y con ella se hacen
esfuerzos para sostener en todo y por todo la vieja trama de
los privilegios teocráticos. La característica de la religiosidad
de nuestro clero es la ambición y el apego á lo temporal. Ahí
está su point d'arret. Cuéntase de San Anselmo, el más gran-
de y más espiritualista de los doctores de la Iglesia, que cuan-
do por deberes de su cargo y por deberes de cortesía tenía
que asistir á las discusiones sobre las rentas del clero y los
territorios de su arzobispado de Cantorbery, discusiones que
tanto apasionaban entonces á los hombres religiosos, mostra-
ba la mayor indiferencia, y mientras los batalladores legistas
disputaban, él cerraba los ojos y se dormía tranquilamente en
pleno tribunal. Ese es el privilegio de las almas grandes: apre-
ciar el ideal de la religión en toda su pureza y sin la bajeza y
la nulidad con que el egoísmo y los cuidados materiales han
mancillado las grandes verdades de instinto dogmático, en-
trevistas por la fe y expresadas por el culto. Al poner esa con-
ducta en parangón con el espíritu mundano de nuestro clero,
nos sentimos avergonzados; aunque en realidad la culpa no es
toda de los clérigos en general, sino del episcopado que tal
espíritu consiente, recomienda ó manda.
En cambio de este espíritu modernista^ positivista y utili-
tario para cuanto atañe á sus intereses materiales , nuestro
clero, en lo concerniente á los ideales nacionales y al derecho
social, está plantado en sus intransigencias doctrinarias, como
en lo más recio de la dominación teocrática. Se ha petrificado
104 LA espaS:a moderna
en el non est jnetas, sed impietas tolerare peccata. Se inspira
todavía en el Preservativo contra la irreligión del P. Vólez y
en el Ensayo de Donoso Cortés. Tiene por Biblia la Summa
de Santo Tomás. No le habléis de la tolerancia y de la ampli-
tud del clero de otros países, porque perdéis el tiempo. Es
preciso que descienda de arriba el soplo de las tempestades (1),
de que habla el espíritu de Dios, para que sean arrojados como
la paja seca y el polvo (2). «El espíritu, dice Renán, sopla
donde quiere, y el espíritu es libertad.» La prevención contra
esta libertad, llevada á los mayores temores, pero sin el ver-
dadero celo de los hijos de Dios, ha hecho de sus ministros en
España los últimos de los retrógrados.
La intransigencia no es posible. ¡Cuántas veces y con qué
aceptación no se ha oído repetir, durante estos últimos tiem-
pos, que la tolerancia es el medio más seguro de atraer á las
almas á la religión! Pero esta bella máxima en boca de un cle-
rical no es sino una frase, flatus vocis, diariamente desmenti-
da por los hechos. Y lo mejor del caso es que, no ya hoy, sino
en los siglos de mayor intolerancia, los que con más convic-
ción la practicaban como poderosos y como políticos, la des-
mentían á las veces en sus actos como hombres y como cris-
tianos, viendo en esta conducta la prueba más convincente
que podían dar de la verdad de su fe. Curioso es en tal sentido
el ejemplo del más intolerante de los intolerantes, del duque
de Gruisa, á quien cierto hugonote quiso asesinar por el celo
que mostraba en su defensa del Catolicismo. Se descubrió el
proyecto, é informado de él el duque, hizo llamar al asesino,
y le preguntó con aire de asombro :^¿0s he perjudicado yo en
algo? — No — respondió el protestante. — ¿Qué es, entonces, lo
que os ha movido acometer semejante crimen? — He querido
defender mi religión y sostener sus intereses, librándola de su
más cruel enemigo. — Pues bien — replicó Guisa, — si vuestra
(1) Spiritus procellarum, pars calicis eorum.
(2) Tamquam pulviSf quem projicit ventus á facie terrae.
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 105
religión os manda asesinar, la mía me manda perdonar al ase-
sino: juzgad por esto solo cuál es la verdadera. A pesar de
ello exterminaba continuamente á los hugonotes en el campo
de batalla, y no daba paz á la mano mientras se trataba de
perseguir la herejía.
Actualmente el fanatismo ha sido sustituido por una tole-
rancia general de todas las Iglesias, y aunque la intolerancia
de alguna de éstas se rechace, también se perdona, bajo la
consideración de que ese sentimiento, como el del egoísmo, es
una cierta necesidad del corazón humano. No se quiere ya le-
vantar bandera contra bandera; no se trata de que reine algo
en religión con exclusión de un contrario. La armonía de la
humanidad resulta ahora, no de una unidad exterior y facti-
cia, sino de la unidad verdadera que nace de la comunión ínti-
ma y libre de ideas y sentimientos. La lectura fija y detenida
del erudito y entusiasta libro del publicista católico francés
Vaton sobre la universalidad de las civilizaciones (1), que fue
para mí la primer causa inmediata de la corrección de mis
ideas en materia de sociología religiosa, aprueba la libre emi-
sión de las notas más discordantes y sostiene que ninguna
fuerza debe poder suprimir á las demás. No hay que exagerar,
sin embargo, estas esperanzas, ni hacerse ilusiones en religión,
que al cabo no es hoy todavía más que un ideal sociológica-
mente considerada. Sólo se realiza la obra de la verdad y de
la justicia divina luchando y triunfando en buena lid espiri-
tual; pues la defensa y gloria de los eternos principios de ele-
vación de la vida levantan el nivel de los pueblos, y un pue-
blo que careciese en absoluto de este espíritu, sería un pueblo
muerto. Se ha concedido un valor excesivamente importante
á las palabras de Schiller en su Wallenstein: «Amplio es el ce-
rebro, estrecho el mundo. Los pensamientos viven sin dificul-
tad unos al lado de otros; pero las cosas chocan duramente
(1) La civilisation universelle, unión des peuples, des pontifes et des
rois. (París, 1861.)
106 LA ESPAÑA MODERííA
en el espacio inmenso. Donde quiera que una cosa ocupe un
lugar, otra debe cederlo. Para ser aplastado, es preciso aplas-
tar. La lucha reina, y el triunfo es de la fuerza.» Ciertamente
que sería lisonjero ver la paz realizada en los pensamientos in-
dividuales, cómodamente alojados en el cerebro, y dejar á la
dura realidad exterior en su perpetuo estado de guerra; pero
no van así las cosas en el mundo. Las ideas luchan en la socie-
dad tanto como las fuerzas en la naturaleza; son fuerzas aní-
micas por medio de las cuales absorbemos del medio la esen-
cia de nuestro ideal y el fondo apetitivo de nuestros deseos. Y
una tal observación aflige tanto más, cuanto que no se puede
menos de conceder que, tratándose de la religión y del Estado,
cada uno hace valer sus derechos, de tal suerte y en tal forma^
que ©s preciso casi siempre decir sí y no. «Por esta contradic-
ción y por la ignorancia dominante de esta contradicción es
por lo que sufre nuestro tiempo», escribió Hegel en una de sus
obras filosóficas respecto á la religión; y en efecto, no data
sólo desde ayer el que el Estado haya visto á una convicción
religiosa oponerse á su legislación sin en realidad entrar en
conflicto con el derecho y la moralidad política.
Con no menos gracia que verdad se ha observado por al-
gunos investigadores de la vida social que la lucha más horri-
ble no es la de la razón contra la insensatez, sino la de la
razón contra la razón. En las querellas de la religión con el
Estado defienden ambos poderes un derecho indiscutible; pero
el modo que tienen cada cual de concebir su misión respecti-
va recrudece la lucha , aumentando siempre la confusión.
Como el Estado no es más que representante de la justicia, no
puede dar á la humanidad la satisfacción suprema. Por otra
parte, la religión, que impone sus dogmas con una autoridad
externa, y que presenta á Dios como una autoridad exterior
también á la conciencia humana, no puede darnos plena con-
ciencia de nuestra libertad. «El espíritu, dice Hegel, no puede
someterse más que al espíritu»; pues entonces, sometiéndose á
sí mismo, reconoce que es libre. La filosofía se opone, por con-
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAlSíOL 107
siguiente, á sobrenaturalistas é incrédulos, enseñando que el
cristianismo debe pasar al estado de pietismo, «adquirir con-
ciencia de sí propio».
Mas no os asombréis aún, tradicionalistas. Como he reco-
nocido el Cristianismo, reconozco la imposibilidad de que
sean cristianos los espíritus mezquinos; como he dicho que la
religión es todavía un ideal, digo que puede no hallarse con-
forme con la dura realidad. A medida que se vigoriza el senti-
miento religioso, se debilitan los sentimientos materiales; á
medida que se debilitan los sentimientos materiales, se conso-
lidan lo sentimientos sociales. Así, es preciso, para que la hu-
manidad se eleve sobre sí misma, por encima de esta vida ras-
trera y de sus estrechos horizontes, que se guíe por los pre-
ceptos religiosos y por el espíritu cristiano en sus costumbres
públicas y privadas. Pero este espíritu y esos preceptos re-
quieren un alto grado de cultura y de civilización para ser
apreciados y seguidos en toda su verdad y en toda su grandeza.
Por eso no se han visto nunca practicados por los nómadas,
por los países orientales, por los individuos de razas débiles,
por cuantos se resienten del predominio de la vida afectiva en
su modo de concebir y realizar los ideales místicos y dogmá-
ticos. Ya lo dijo Chateaubriand con su sentido tan justo en
estas materias: «Para los verdaderos santos y hombres supe-
riores, la Religión es un avisador severo, que les enseña la
humildad y la verdadera virtud; para los hombres de pasiones
impetuosas y vulgares, sus lecciones sirven únicamente para
fomentar el orgullo, dándole apariencias de virtud. Piso la
cabeza de mis amigos y enemigos: ¿quién puede ^ no obstante^ su-
poner que carezco de humildad? ¿No me he puesto de rodillas?»
No puedo impedir que los hombres que se creen inteligen-
tes vean en mi opinión una paradoja, por figurarse que los
prestigios religiosos sólo son necesarios en razón del estado de
atraso y de incultura en que aún se hallan las muchedumbres.
Esta consideración, sin embargo, no obsta para que yo tenga
un modo de ver opuesto. Todo lo que, á mi juicio, cabe con-
108 LA ESPAÑA MODERNA
ceder en este punto, es lo que Hegel concedía: que la religión
es la conciencia de la verdad, en la forma que conviene á los
hombres, cualquiera que sea el grado de cultura intelectual en
que se encuentren. Pero la verdad en religión no ha de enten-
derse, segán lo hace notar muy bien Unamuno, como la adhe-
rencia con la razón á un dogma, sino con la voluntad á una con-
fianza en Dios. Esta observación está fundada en el principio
mismo de la libertad religiosa, á saber: en que la salvación es
posible para todos y en todas partes, y que depende del grado
de «ardor divino», del 6slx ^^ii.-t\ ^v 8p,ua:<; de Platón que lleva cada
uno en sí propio. Comprendiendo que este ardor divino es po-
tencialmente el mismo para todos los espíritus religiosos, tene-
mos derecho á emplear toda la autoridad que da el dogmatis-
mo sano para proclamar por principio de la fe absoluta la re-
latividad misma del humano conocimiento, sin manifestar por
eso un desprecio aristocrático hacia limitaciones dogmáticas
que dependan de determinadas creencias (1).
Problema digno de atención para el historiador y para el
psicólogo es el del carácter social de la religiosidad futura.
(1) Eenan advirtió ya, tocante á la propensión al desdén para con el
ocultamiento religioso: «Hay personas encarceladas en cierto modo en la
fe absoluta, como los hombres afiliados á órdenes sagradas ó revestidas
de un ministerio pastoral. -Sin embargo, aun entonces, un alma hermosa
sabe encontrar salidas. Uu digno cura de aldea liega á ver, mediante sus
estudios solitarios y la pureza de su vida, las imposibilidades del dogma-
tismo literal: ¿es preciso que contriste á aquellos á quienes ha consolado
hasta entonces y que les explique cambios que ellos no pueden compren-
der? ¡No lo quiera Dios! No hay dos hombres en el mundo que tengan ab-
solutamente los mismos deberes. Al escribir sus dudas tan pronto como se
le ocurrieron, el obispo Colenso llevó á cabo un acto de honradez como no
ha visto otro la Iglesia desde su origen. Pero el humilde sacerdote cató-
lico que habita un país dotado de un espíritu estrecho y tímido, debe ca-
llarse. ¡Oh! ¡cuántas tumbas discretas situadas eii torno de las iglesias de
las aldeas no ocultan poéticas reservas y angelicales silencios! Aquellos
cuyo deber ha sido hablar, ¿igualaron en grandeza de muerte á estos hé-
roes secretos conocidos únicamente de Dios?»
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÍÍOL 109
Ante la evolución posible de esta religiosidad, si no se reco-
noce el valor moral del pueblo que la efectúe, no hay más que
dos caminos: ó individualizarla ó socializarla. Pero la oposi-
ción entre ambos extremos quizá no es rigurosa, y cabe for-
mar una idea de la autonomía y de la diferenciación probables
de la fe que la haga compatible con su integración y su adap-
tación á lo colectivo de la sociedad.
Aclaremos. El individualismo religioso, como concepción
al menos, ha sido el nervio oculto de todos los debates ecle-
siásticos fundados en la unidad de la fe. Hasta cuando esta fe
ha negado la libertad, ha dejado existencia y significación á la
responsabilidad individual, es decir, ala personalidad, que es,
sin embargo, la esencia de la libertad. Tarde observa que si
un hereje hubiese alegado en favor de su herejía que no era
libre de creer ó no creer en el dogma, la defensa hubiese sido
completamente estéril; pero si Galileo hubiera dicho que si
había creído lo creído, íue puramente soñando, quizá los jue-
ces le hubieran absuelto, no porque no fuera libre de pensar
otra cosa, sino porque su espíritu, dormido y soñando, hubie-
ra sido juzgado no idéntico á su persona normal y social. Con
mayor razón, pues, debe admitirse que el fundamento de la
fe del porvenir ha de ser su individualización. Y se compren-
de que dentro de tan bizarra independencia quepa en nosotros
el asentimiento á la parte bella y esencial de las doctrinas
cristianas y aun de las específicamente católicas. Conozco
muchos individuos en quienes existe realizado tan en aparien-
cia extraño contraste. Al corresponder á una disminución en
la cantidad de creencias, el individualismo suele señalar un
aumento en la calidad de los dogmas, cumpliéndose aquello
de que «lo que se pierde en extensión se gana en intensidad».
Cuando los integristas hablan de los anticlericales, nos
atribuyen un odio rabioso contra la religión de nuestros ma-
yores; y poco falta si no nos acusan de tratar con nuestras
polémicas de quitar la fe á buenos católicos. Los integristas
serían más leales si apreciasen el sano fondo de religiosidad
lio LA espa:Sa moderna
que existe en nuestra alma. Me repugna citarme; pero por lo
que á mí toca, digo á los integristas que si mis escritos contra
el clericalismo hubiesen servido para descristianizar y aun
para descatolizar á alguien, rompería mi pluma, pues emplear-
la en labor tan cruel, es, á mis ojos, un delito de lesa religio-
sidad. Tal vez se asombrarán cuando sepan que tengo inédita
una Teología cristiana, donde defiendo con un entusiasmo que
no necesita distingos ni reservas, todos los dogmas de nuestra
religión, desde la creación del mundo hasta la Encarnación
del Yerbo. Aunque no haya sido en el seminario donde esta
mi fe se ha robustecido, de algo me lian servido sus enseñan-
zas, con las que se mezclan las de una madre venerada, único
ser capaz de mantener con su recuerdo y su sincera piedad la
poca que he conservado durante una vida llena de las más
tristes y contradictorias peripecias.
No se me podrá reprochar por el juicio que me inspiran las
creencias cristianas. Pero ¡ay! no todos hacen aprecio de esta
fe secularizada. Los que se atienen á la religión pura, que por
muy positiva que sea, no puede ser una secta, aumentan las
iras de los sectarios. Por eso, si nuestra Iglesia nos rechaza por
leves discrepancias en la doctrina, no recriminemos, sepamos
apreciar la dulzura de las costumbres modernas que han hecho
impotentes tales odios, y, como dice Renán, «consolémonos
pensando en esa Iglesia invisible que encierra á los santos ex-
comulgados, á las mejores almas de cada siglo. Los desterra-
dos de una Iglesia son siempre sus elegidos, y el hereje de hoy
es el ortodoxo del porvenir. Por otra parte, ¿qué es la exco-
munión de los hombres? El Padre celestial no excomulga más
que á los espíritus secos y á los corazones estrechos. Si el sa-
cerdote se niega á admitirnos en su cementerio, prohibamos á
nuestras familias que hagan reclamación alguna. Dios es el
que juzga, la tierra es una buena madre que no establece di-
ferencias, y el cadáver del hombre creyente que entra en el
hoyo no bendito, lleva la bendición consigo». Este es el lado
individualista de la religión, su unidad legítima y posible. Mas
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 111
el carácter humano de este elemento requiere y exige en su
aspecto social otra propiedad más amplia: la perpetuidad.
Para perpetuar la religión es preciso socializarla, y para
socializarla es preciso librarla de todos los lazos políticos que
detienen su desarrollo franco y verdadero (1). Puede discutir-
se si convendría realizar esta socialización de una manera
propiamente social, mediante las comuniones llamadas libres,
como en otros países sucede, ó de una manera impropiamente
social, mediante la enseñanza del hogar doméstico. Délos dos
métodos^ yo me quedo con el segundo, que encuentro más
adaptable á nuestra patria. No cabe negar el provechoso in-
flujo de las madres cristianas en la conciliación de la integri-
dad religiosa con la libertad de conciencia, así como su cam-
paña inconsciente contra el intelectualismo escolástico, padre
del clericalismo de cátedra. Mas para que aquí fuera ese influ-
jo poderoso á la vez que provechoso, convendría que la mujer
española recibiese una educación más amplia que la que recibe
en la actualidad, porque en este nuestro siglo en que todo
conspira á mejorar la condición del bello sexo, sería conve-
(1) No hay que confundir esta socialización religiosa y moral con la
socialización clerical y exclusivista; no es una socialización en los proce-
dimientos, sino en el espíritu, y no estorba en nada la secularización de
todos los elementos de la vida. Desde este punto de vista podremos apre-
ciar en su justo valor la opinión de Pesch, cuando dice: «La religión,
como consagración obligatoria de todo el hombre á Dios, debe compren-
der al hombre exterior^ al hombre social, pues no puede imaginarse una
verdadera religión, propia de hombres, que no busque y halle su expre-
sión correspondiente aun en los ejercicios del culto externo. Así como las
varias necesidades y disposiciones profanas del hombre conducen nece-
sariamente á una institución ó forma externa, que es el Estado, así con la
misma necesidad natural germina la religión en una forma externa social
en el seno de la Iglesia. Es, por otra parte, innegable que no sólo la con-
ducta externa de cada uno, sino también las instituciones sociales ejercen
poderosa influencia en la manera íntima de ser de los hombres. Este in-
flujo está dirigido en el orden natural á procurar al hombre un auxilio
suficiente para que viva de un modo ordenado. Lo propio se puede apli-
112 LA ESPAÑA MODERNA
ni ente que éste supiese identificarse con el carácter, las cos-
tumbres y las creencias de nuestro país, que tanto promete
aun con la base de su dosis de sangre africana, resultado de la
invasión sarracena, y sus elementos celtas y germánicos con-
servados en el Norte y en el Oeste. De este modo las mujeres
vendrían á constituir, religiosa y sccialmente, poderoso lazo
de ideales; promoverían en lo moral el patriotismo y darían
unidad, dentro de las variaciones provinciales, al carácter na-
cional. El conjunto de las influencias maternas produciría una
religión sentimental y prasológica, alejada de todo raciona-
lismo enervador.
Sin atribuir una importancia exagerada al método que
acabo de señalar, creo que el non tam vera quam pia dogmata
de Spinosa lo aplican inconscientemente todas las madres cris-
tianas en la educación religiosa de sus hijos, por lo cual ataco
con toda cortesía en otro libro (1) á Unamuno; y como quiera
que también en dicho libro agoto la cuestión y la explano con
arreglo á mis puntos de vista, no voy á recocer la misma ber-
za cien y mil veces. Pero considero de mi deber y de mi de-
car á la religión. La religión no puede encerrarse en la vida interior mar-
cando linderos con la vida social y externa, sin dar en un abismo de aflic-
ción. Una religión interior sin religión externa y social, es contra la Na-
turaleza y no puede subsistir mucho tiempo.» Hay en estas frases de
Pesch un fondo de verdad perfectamente aplicable al objeto de nuestro
trabajo; pero si se les diera un valor absoluto, habría que desterrarla
justicia del mundo, pues para discurrir y proceder así, maldita la falta
que nos haría. La diversidad de ritos, la libertad social y la lucha de cla-
ses y religiones, constituyen advertencias y enseñanzas fecundas, que se
desprenden de la experiencia histórica como otras tantas consecuencias
de alcance moral y aun dogmático, en el recto sentido de la palabra. Sólo
pueden equÜibr'arse públicamente las atribuciones de las sectas, redu-
ciendo sus derechos á las manifestaciones pr'iimdas, y esta idea nos con-
duce al postulado que he citado al frente de mi obra Deynocracia y cleri-
calismo (estudios de política aplicada): «Los templos, para la expansión
religiosa; las calles, para la expansión de la vida puramente civil.»
(1) Las iglesias del Estado (cuestiones de derecho social).
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPA:&OL 113
rec"'j.o sacar de aquí una conclusión. Los tres elementos capita-
les de nuestra religiosidad han sido la escolástica tomística,
]a especulación mística y la moral católica. Pues bien; por lo
que á la escolástica toca, hay que afirmar con energía que no
puede conservarse como elemento de futura religiosidad. La
religión es en sí una relación de voluntad; pero la escolástica
no se ha elevado nunca por encima del intelecto. A despecho
de su formalismo abstracto, la escolástica es en el fondo onto-
logista, como probaré en mi extensa obra sobre La filosofía de
Santo Tornas^ y en ella, como en Oersted, como en los libros
bramánicos, como en el panteísmo de Alejandría, Dios es la
unidad intuitiva del pensamiento, concebida por la razón que
se eleva sobre el discurso como intuición verdadera. Ese inte-
lectualismo tan árido y tan glacial de la escolástica tomista,
no satisface ni satisfará nunca las nobles necesidades de nues-
tro corazón, ni el íntimo sentimiento de dependencia de nues-
tra mente, y es que, como dijo Topffer: «A Dios puede subir
nuestra oración, pero no nuestra mirada.»
Más probabilidades de subsistencia tienen las partes esen-
ciales de nuestro misticismo clásico, mejor entendido que en
otros siglos. La adquirirá, por lo menos, si la damos base me-
tafísica y le limpiamos de sus impurezas y de su superstición,
en el perfecto acuerdo indicado por Víctor Hugo de «defender
el misterio contra el milagro». Nuestra fe debe convertirse,
como en el siglo xvi, en una vasta aspiración mística.
Pero el elemento por excelencia del Catolicismo y el que á
toda costa debe conservarse es el elemento moral. El valor de
la conciencia ha tenido en España una baja considerable. «Soy
honrado, no he robado ni matado á nadie», he aquí la única y
suprema ética de todos los españoles libres en estos momentos.
No conozco país en el mundo donde se abriguen ideas más
falsas sobre los deberes morales. La maj^oría de nuestros com-
patriotas llevan una existencia relajada y llena de vicios, y
á pesar de esto están muy convencidos de ser hombres de una
moralidad intachable, porque no son bandidos ni asesinos.
E. U— Agosto 1902. 8
114 LA ESPAÑA MODERNA
Este lamentable criterio ha nacido de la indiferencia religiosa
y coincide con la debilitación en España de la moral católica,
que no ha de confundirse con el casuismo jesuítico. El casuis-
mo exageró el papel del pecado, poniéndolo en evidencia; pero
la moral católica, tal como nos la lian inculcado nuestras ma-
dres, arguye horror al pecado en el sentido de su distinción
radical, y á la vez subjetiva y objetiva de la bondad (1). «La
ausencia del crimen, dice Lubbock, no constituye virtud, y la
simple inocencia sin tentación no es un mérito... Hacer una
cosa que es buena, no es, ni con mucho, lo mismo que hacerla
porque es buena.» Tal es también la doctrina de los católicos,
doctrina que á la vez que sirve para inducir al hombre á que
adquiera ciencia y conciencia del bien, favorece el individua-
lismo, convirtiendo el negocio de nuestra salvación en un ne-
gocio pura y exclusivamente personal. Semejantes sublimes
caracteres de la moral católica la harán siempre, no sólo com-
patible, sino insustituible en el seno de las sociedades mo-
dernas.
Lo que nos hace ver que una catedral tiene subsistencia y
derecho á subsistir, es que su masa está profundamente arrai-
gada en la materia de la tierra. ¡Nolle sua Statl Lo que nos
hace ver que una religión tiene subsistencia y derecho á sub-
sistir, es que su fe está profundamente arraigada en el espíritu
de la humanidad ó por lo menos en el espíritu de la nación (2).
Así mirado el problema del porvenir del Catolicismo en Espa-
(1) «Por grande que sea la Insensibilidad de un hombre, con frecuen-
cia debe conmoverse ante escenas de virtud ó de maldad; y por tenaces
que sean sus prejuicios, debe observar que otros son susceptibles de tales
impresiones... Los que niegan la realidad de las distinciones morales de-
ben ser clasificados entre los ergotistas sin convicción, porque no es con-
cebible que una criatura humana pueda seriamente creer que todos los
caracteres y todas las acciones tengan iguales títulos al afecto y estima
de cada uno.» (Hume: EssaySy t. II, p. 203.)
(2) En este sentido, dice Bain en su Logic que «los límites del Estado
respecto á la religión, deben ser determinados según ías circunstancias y
PSICOLOGÍA RELIGIOSA DEL PUEBLO ESPAÑOL 115
ña, resulta: que no podrá ni deberá quedar nada de su parte
escolástica; que se conservará con modificaciones lo esencial
de su parte mística, y que su parte moral persistirá como el
elemento permanente de su paso por la historia nacional. A
pesar de la indiferencia que hoy domina en la conciencia his-
pana con imperio casi despótico, es de esperar que el mismo
poder que trae consigo la secularización siempre en aumento
y la independencia y exención de todo vínculo, lejos de pro-
vocar el desorden social, haga volver á los españoles al gran
centro de atracción de la idea cristiana, mal comprendida por
cuantos la niegan sistemáticamente. Puede, pues, anunciarse
con seguridad que cuando la conciencia dogmática de nuestra
nación se ensanche y vigorice, entrará de lleno en la vida de
la fe, y con los restos esparcidos de las antiguas creencias for-
mará una religión nueva, semejante á la cristiana en todo lo
que toca al orden fundamental, pero diferente en lo que varía
con los tiempos, tal cual resultará de los elementos que entra-
rán en su composición. Y en ese día dichoso se pacificará el
mundo moral y nuestro país se pondrá, directa ó mediata-
mente, bajo una ley, un soberano y un culto: sub una lege^
suh uno rege, sub uno Deo.
Edmundo Gtonzález-Blanco.
ia época. Una religión del Estado puede convenir en un medio social y no
convenir en otro; por grandes que sean las ventajas que hay en desemba-
razar al gobierno de esta intervención, puede haber casos en que sea con-
veniente no abandonarla.» Procede esta observación de Bain del punto de
-vista utilitario y estrecho, propio de su sociología; pero no menos moti-
vada que este convencionalismo de cátedra es la ley empírica que formu-
la con palabras de Lewis, y según la cual «la unidad religiosa es contra-
ria á los intereses civiles».
DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y Vi
(de 1363 á 1412)
DGÑA LEONOR LÓPEZ DE CÓRDOBA
PAETE SEGUNDA
PROSECUCIÓN DE LA VIDA DE DOÑA LEONOR LÓPEZ
DE CÓRDOBA, POR EL EDITOR.
Las Memorias de Doña Leonor López de Córdoba que-
dan en el año de 1400. En la relación de sus desdichas, ¿al-
canzó prosperidades? Sí, y las mayores que pudiera anhelar;
pero todas fueron por breves días. ¿Cómo ocurrió ese cambio
de forma? Se ignora; mas hay medios de inferirlo. Cuando
ocupaba el trono Enrique III, ¿quién tenía per esposa? La
nieta de Don Pedro I de Doüa María de Padilla. Los odios de
partido se habían amortiguado, y los leales ó los descendien-
tes de los leales á la causa que recibió la muerte en Montiel,
alcanzaban cerca de los Soberanos benevolencia ó valimiento.
No hay que extrañar, pues, que Doña Leonor López y su es-
poso Don Juan Fernández de Henestrosa y sus parientes hu-
bieren logrado protección general en la Corte.
Doña Catalina, la Reina, era hija de Doña Constanza, ca-
sada en Inglaterra con el Duque de Lancaster. Por medio del
casamiento de Don Enrique, siendo niño, con aquella Señora,
aseguró Don Juan I en la dinastía la Corona de Castilla.
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 1Í7
El Rey Don Enrique III vino á Andalucía el año de 1402
para sosegar las inquietudes entre los parciales de las Casas de
Marcliena y de Niebla en Sevilla. A su paso por Córdoba,
quizás Doña Leonor tuvo ocasión de representar al E-ey, y
aun á la Reina, si acompañó á su esposo en la jornada, los
sufrimientos suyos y de los suyos, haciendo al par prevalecer
el parentesco que tenía con el uno y con la otra. Lo evidente
de todo esto que digo como verosímil, es que al morir Don
Enrique III en 1406, Doña Leonor López de Córdoba ejercía
el cargo de Camarera Mayor de la Reyna Doña Catalina, y su
hermano el beato Fra}^ Alvaro de Córdoba el de confesor, así
como más adelante lo fue del Rey Don Juan el II. Este reli-
gioso fundó extramuros de Córdoba el convento de Santo Do-
mingo de Scala Cosli (1).
Del poder de Doña Leonor para con la Reina, nos habla la
parte de la Crónica de Don Juan II que dejó escrita Alvar
Oarcía de Santa María y que corre impresa con las adultera-
ciones que introdujo Fernán Pérez de G-uzmán, adversario de
esta Señora, al par de la continuación y del fin de este libro
que se atribuyen inciertamente á varios autores.
El original ms. de la Crónica de Don Juan existe en la
Biblioteca Colombina (F. 4.^, 494-24), con una nota de mano
•del discretísimo Deán de la Santa y Patriarcal Iglesia de Se-
villa, Don Manuel López Cepero, en que se dice: «Este libro
procede del Monasterio de la Cartuja y era uno de los que
donó á ella el Marqués de Tarifa» (2).
En la hoja anterior se lee de letra antigua esta noticia:
«Esta Crónica del Rey Don Juan el II, que reinó en Castilla y
•en León, fue la que escribió Alvar Grómez de Santa María...
y que se halló en la Cámara de la Serenísima Reyna Doña
(1) Ms. Biblioteca Colombina: Genealogía de Zo.s Barradas. — Pelli-
<5br: Memorias de la gran casa de Priego.— Ksgot: Memorias de Don
Diego Fernández de Córdoba.
(2) Esta nota del Sr. Cepero tiene la fecha de 7 de Diciembre de 1845.
118 LA ESPAiÍA MODERNA
, Isabel, su hija, y esta es la más verdadera que todas las otras
que hay escritas ni imprimidas» (1).
Imprimióse por vez primera la Crónica, año de 1517, en
Logroño, corregida por el Doctor Lorenzo Galíndez de Car-
vajal, con las Generaciones y Semblanzas de Fernán Pérez de
Guzmán.
Sigo el texto de la Crónica ms. en cuanto habla de Doña
Leonor López de Córdoba, como se ve en el pasaje siguiente:
«E estaba y con ella una dueña que es natural de Córdoba,
que dicen Leonor López Carrillo, fija del Maestre Don Martín
López, Maestre que fué de Calatrava, en tiempo que reynara
en Castilla el Rey Don Pedro, la qual dueña era muy privada
de la Eeyna, en tal manera, que cosa del mundo no fazía sin
su consejo. E cuando venía á decir lo que había visto con los
del su consejo, si ella en él acordaba, eso se facía. Tanto era
el amor que con ella tenía> (2).
Refiérese la Crónica á lo que aconteció al morir Enri-
que III. Este dejó ordenado en su testamento que la Reyna y
su hermano el Infante Don Fernando gobernasen durante la-
minoridad de su hijo Don Juan, teniendo juntamente su tute-
la, y que la guarda y crianza del niño Rey quedaba confiada
á Diego López de Záñiga y á Juan de Velasco. No se avino la
Reina con esto iiltimo: oponíase á ello el amor maternal. Al
(1) El Sr. Cepero dice que en un trozo que falta en la hoja se veía este
pasaje:
«En ella leía la Reyna los fechos de su padre.»
Eli el índice de los libros que fueron del cronista Don Luis de Salazar
y Castro, índice que está firmado por Don Juan de Iriarto (Biblioteca
Colombina, B. 4.^, 450-13) hallo esta nota... «Historia de Don Juan el II
de Castilla, por Alvar García de Santa María, de mano y letra de Zurita,
de que en las márgenes de este libro hay muchas notas... Al fin hay esta
subscripción de mauo del dicho Zurita. Trasladóse de un libro que fue
de el Marqués de Tarifa viejo, que le dejó de su librería al Monasteriot
de las Cuevas de la Cartuja de la ciudad de Sevilla, que está en la ^sa-
cristía, año 1571,»
(2) En la Crónica impresa se lee esto con otras palabras: «Tenia una
dueña, natural de Córdoba, hija de Don Martín López, Maestre que fue de
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XTV Y XV 119
fin consiguióse por medio de la energía y de la astucia que ella
criase á su hijo y lo tuviese bajo su custodia.
Dividiéronse en parcialidades adulatorias los Cortesanos,
unos por la Reyna Doña Catalina, otros por el Infante. Sem-
bráronse recelos entre la una y el otro, como medios de alcan-
zar cada cual valimiento ó poderío. Estas desconfianzas mis-
mas y más de parte de la Reyna, llegaron á ser peligrosas, y
sólo merced á la condición prudente y caballeresca del Infante
no ensangrentaron á Castilla.
Atribuíanse á diferentes áulicos de la Heyna las desavenen-
cias que un día y otro se levantaban. Al fin, los del Consejo
del Rey, persuadidos del Infante, pidieron á éste que apartase
del lado de Doña Catalina los que la guiaban en sus determi-
naciones sospechosas. Por otra parte, la gobernación del
Reyno entre los dos fue concertada en esta forma: que la mi-
tad estuviese confiada enteramente á la Reina viuda, y la otra
mitad al Infante Don Fernando, el cual, siguiendo el parecer
de los que bien lo querían y deseaban el sosiego de la nación,
animosamente exigió que saliesen de la Corte los que llamaban
malos consejeros de la Reyna.
Entre ellos se contaba en primer término Doña Leonor
López de Córdoba, cuyo talento y fortaleza de alma fueron los
que alentaron á Doña Catalina á pedir y obtener la crianza y
guarda de su hijo Don Juan el II y no dejarse dominar por
muchos de los grandes y caballeros, los más poderosos, que se
proponían que el Infante Don Fernando fuese sin contradic-
Calatríiva eu tiempo del Rey Don Pedro, de la que fiuba tanto y la amaba
en tal manera, qne ninguna cosa hacía sin su consejo; y aunque algo
i^ese determinado en el consejo, donde estaba la Reyna y el Infante y
los Obispos de Sigüen^ía y Segovia y Falencia y Cuenca y Doctores Pero
Sánchez y Periañez y muchos como doctores y caballeros, si ella lo con-
tradecía, no se hacía otra cosa de lo que ella quería; de lo que se siguió
mucha turbación en estos Reynos y gran mengua de justicia; y lo que uu
día se determinaba otro día se contradecía, en tal manera, que el Infante
uo se sabía dar ordeu para fazer lo que según buena conciencia en el
cargo que tenía debía hacer.»
120 LA espaSa moderna
ción el único y verdadero Gobernador del Reino, si bien con-
servando la apariencia, y sola la apariencia, de Grobernadora
la madre de Don Enrique III.
Alcanzaron su designio, en parte, los que solicitaban el
alejamiento de Doña Leonor López de Córdoba, como princi-
pio de esta empresa, para que, falta de su consejo la Reina,
sin gran inteligencia por sí, fácilmente pudiese ceder á las am-
biciones.
Dice la Crónica ms. á este respecto:
«Ya avedes oido e la historia lo ha contado en como á Doña
Leonor López Carrillo, muy privada de la Reyna fizo echar
de la casa el Infante segund que avedes oido; ó se fue de la
casa de la Reyna para Córdoba; ó maguer que no estaba en la
corte é estaba en Córdoba Doña Leonor López, maravilla era
de la Reyna el amor que con ella tenía, e de las mercedes que
le fazía á ella, donde en ella ó á todos los sus deudos suyos,
tanto que todos lo auian á gran maravilla.»
A este tiempo debe pertenecer la carta amorosísima que la
Reina Doña Catalina escribió á Doña Leonor López, tratándo-
la de madre, y que, tomada de un códice (73 papeles varias
fóliOj Biblioteca Colombina), es del tenor siguiente:
Carta de la Reina Doña Catalina á Doña Leonor López de
Córdoba.
«Yo la sin ventura Reyna de Castilla é León, madre del
Rey ó Señor, tutora é regidora de los Regnos, envió mucha sa-
lud á vos la muy amada y deseada madre Doña Leonor López,
mi dueña, fija del Maestre Don Martin López, que Dios perdo-
ne, como aquella que mucho os (1) amo y precio y de quien mu-
cho fio^ fagovos saber como (2) el Rey, mi fijo, ó yo ó las Infan-
tas, mis fijas, somos sanos ó en buena disposición nuestras
personas, Dios loado (3). Enviovoslo á decir, porque soy cierta*
(1) ^sta palabra os es variante de otro códice.
(2) Qae eu vez do como está eii el códice que se cita.
(3) Eu otro códice Dios sea loado.
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 121
que vos plascerá dello, por que (1) vos ruego que lo mas con-
tiiiuamente que vos pudieredes me certifiquéis de vuestra sa-
lud ó vida é de Doña Leonor Gutiérrez, vuestra fija y mi sobri-
na, en lo qual ya sabedes quanto placer é consolación me fa-
gades. Obrosí, Sabed que Don Jiian^ nuestro fijo, edá bien sano.
Otrosí^ Sabed (2) que el pleito que él ha (3) con el conde. Su her-
mano, que está en buenos términos y tiene mu}^ buenos letrados
que le ayuden y sed (4) cierta que yo trabajaré para que su
derecho le sea bien guardado bien é ver dad e7* amenté (5). Dada
en Valladolid á nueve dias del mes de diciembre. — La Reyna,
VUESTRA LEAL FIJA.»
Con efecto, no puede ser mayor testimonio del afecto de la
E,eina hacia Doña Leonor López de Córdoba.
II
Sin embargo, todo esto desapareció, según resulta de la
Crónica ms.^ en estos términos:
«E con todo esto Doña Leonor López estaba tan quejosa ó
tan cobdiciosa de volver á su privanza é de venir á la E-eyna,
que todo cuanto avia la parescia nada. Enviaba cada dia mu-
cho á quejar al Infante sobre ello que le pluguiese é que le
atornase á la merced de la Eeyna. El Infante se lo alongaba
porque ahí no tornase, temiendo que seria ocasión por ella ó
por los que á ella llegasen de estorbo ó discordia entre la Rey-
na é él. Estando en Cuenca el Infante, seguiid a vedes oido,
Doña Leonor López le escuchó sobre ello é el Infante en su
cuita de su gran menester (6)... para su negocio, vio las cartas
(1) Parece que debe decir por lo que. Ea otro códice se escribe
para que.
(2) Lo subrayado no existe eu el códice que se sigue, sino en otro.
(3) El da. Así en el códice que sirve de origñtial.
(4) Estad. ídem.
(5) No existe lo subrayado eu el códice que se sigue.
(6) La eleccióu de Rey de Aragóu.
122 LA ESPAÑA MODERNA
de Doña Leonor López; é diz que ovo sus consejos sobre ello
é determinó que seria bien que viniese á él, porque se viese con
ella é la pusiese de su mano en la casa de la Reyna, entendien-
do librar bien sus fechos con ella; é por ende diz que mandó á
Diego Fernández de Vadillo, su escribano de Cámara, que le
escribiese sobre ello una carta, en que le enviase á decir que
se viniese á Cuenca; y el dicho Diego Fernández le escribió; y
Doña Leonor López, como vido la carta de Diego Fernández
plógole mucho, y con ella escribió á la Reyna como partia ó le
iba para el Infante. Envióle sus cartas con Juan Grutierrez de
Camargo, Jurado de Sevilla, á la Reyna. Antes que viese las
cartas que Doña Leonor López le enviaba, supo que por parte
del Infante era enviada á llamar y escribióla sus cartas que si
no era partida que no partiese, ó si era partida que se tor-
nase. E llegaron las cartas á Doña Leonor López en el cami-
no, é tan gran fiucia avia ella en la Reyna con el amor que le
mostraba, que no lo quiso facer teniendo que desque allí fuese,
lo faria todo en paz. Andobo por su camino fasta, que llegó á
Cuenca. Antes que llegase á Cuenca llegó Juan Gutiérrez á la
líeyna é la Reyna ansi como lo vido ansi lo comenzó á denos-
tar ó maltraello ó mandóle que fuese de delante della ó que se
fuese luego de la corte, si no que lo mandaría matar. E luego
Juan Gutiérrez se fue luego en punto para Tordesillas por ver
si podia librar de aquel fecho de su Señora, ó como non pudo
en ello librar cosa alguna, fuese dende para su casa á Sevilla.
E antes que Doña Leonor López llegase á Cuenca, siete dias
antes llegaron al Infante cartas de la Reyna en que le enviaba
á rogar que luego en punto le mandase tornar para Córdoba
si en el mundo la avia de facer placer, si no que fuese cierto
qne la mandaba quemar. En tal manera fue que como estaban
muchos en Cuenca para salir á recibirla non salieron... otros
non osaron por no facer desplacer á la Reyna. E como Doña
Leonor López entró en Cuenca ó sopo de las cartas ó del man-
damiento que la Reyna facia, tornóse como muerta. Fue al
palacio del Infante como mujer que era fuerte é de seso, ó el
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 123
Infante la conortó qnanto pudo é le dijo que no ficiese pesar
á la E»eyna, ó que se tornase ó Doña Leonor López se tornó.
Dejemos de contar esto ó contaremos lo que fizo la E,eyna des-
pués que sopo de su partida. Luego que la Reyna sopo como
Doña Leonor López del Infante echó de su
casa á su fijo, ó á su hermano, ó tiró á ella ó á ellos é á Don
Fadrique, su yerno, los oficios que del Rey ó della ó de su fijo
tenian é quantas mercedes de ella tenia ella é todos sus fijos...
Acaescióle tan gran desamor en el corazón contra ella que era
una gran maravilla, que hombre del mundo no quería que se
la nombrase (1).»
Se comprende, pues, que la Reyna, siempre desconfiada y
malqueriendo al Infante, seguía dando su mayor protección á
Doña Leonor López de Córdoba, á pesar de estar alejada de
(1) El texto en la Crónica impresa es como sigue: «Estando asi el In-
fante en Cuenca viniéronle cartas de Doña Leonor López, que estaba en
Córdoba, á la qual tenia seido mandado por todo el Consejo que se par-
tiese de la corte porque de su estado se seguia poco servicio al Rey é ala
Reyna. E como quiera que siempre favorescia mucho y fazia merced á ella
y á sus parientes, aunque estaba absenté, todo lo tenia en poco y traba-
jaba por todas las vías que podia á la tornar á la corte y por eso envió
suplicar al Infante que por fazer merced, le pluguiese tener manera como
ella tornase al continuo servicio de la Reyna, é al Infante pesaba desto,
porque ella hauia muchas veces dado ocasión á las discordias que acaes-
cieron entre la Reyna y el Infante, é acordó de escribir á Doña Leonor
López se viniese para él allí á la cibdad de Cuenca donde estaba, é la
Reyna sopo como Doña Leonor López partiera de Córdoba para ir á Cuen-
ca: escribió luego al Infante que si placer le había de hacer que luego
que Doña Leonor López ende llegase, la mandase luego tornar pjira Cór-
doba; y que en esto le rogaba mucho que no hubiese otra cosa, certificán-
dole que si Doña Leonor López á ella fuese, que la mandaría quemar. E
como Doña Leonor López llegó á Cuenca é supo de las cartas que la Rey-
na habla enviado al Infante, fue tan turbada que pensó morir y el Infan-
te la consoló quanto pudo y le rogó que luego se volviese á Córdoba y no
quisiese enojar á la Reyna, de quien muchas y grandes mercedes habla
recibido. E luego que la Reyna supo que Doña Leonor López era partida
del Infante é ida á Córdoba é tiró á ella é á él (.9¿c) y á Don Juan su yerno
los oficios que del Rey su hijo é della tenian; é echó asimesmo de su casa
todos los oficiales que por su mano eran puestos en sus oficios.»
124 LA ESPAÑA MODEIINA
la corte. Esto había acontecido, no por voluntad de Doña Ca-
talina, sino por exigencia de los del Consejo del Key, patro-
cinados por Don Fernando, exigencias á que, por la turbación
de los tiempos, por la flaqueza mujeril y por el deseo de no le-
vantar dificultades invencibles, tuvo que ceder la Reyna. To-
davía, pues, ausente en Córdoba Doña Leonor, era más amada
y más atendida de ésta, la cual miraba en ella lina víctima de
sus contrarios, un modelo de inquebrantable lealtad y una per-
sona cariñosa y de gran consejo, perseguida por la injusticia
y la malevolencia de los ambiciosos. Pero cuando Doña Cata-
lina vio que Doña Leonor había solicitado del Infante volver
al lado de la Seyna, encendióse en celos y ya creyó, porque
así se lo hicieron creer, que su antigua amiga trataba de en-
trar en palacio para ser cerca de su persona un agente de Don
Fernando, á quien ella había rendido enteramente su volun-
tad. Bajo esta sospecha injuriosa á Doña Leonor procedió la
]Beyna contra su consejera, contra la que llamaba madre.
III
En la Crónica impresa hallamos, después de la relación del
enojo de la Reina Doña Catalina contra Doña Leonor López,
las reflexiones siguientes:
«Lo que debe ser muy gran ejemplo a todos los que tienen
privanza de üeyes é Señores ó deben siempre mucho mirar
que siempre fagan lo que deuen é miren más al servicio de
sus Señores que á sus propios intereses, porque Nuestro Señor
da muchas veces logar cerca de los Reyes é grandes Señores
á los 771 al os 2)07' mal de ellos mismos^ de que muchos ejemplos
se podían mostrar, é la condición de los hombres es á tal, que
lo que un tiempo amaron en otro lo aborrescieron; é por ende
tanto quanto alguno en mayor lugar está, tanto más se deue
conocer é dar gracias á Dios del bien que reciue é ser á todos
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 125
humano é gracioso^ pues muy poco cuesta el hien hablar é mu-
cho aprovecha.^
Tal es el pasaje introducido en vituperio de Doña Leonor
en la Crónica de Alvar García de Santa María; pasaje que de-
muestra venir de mano quejosa, y así enemiga.
Ya esto se conoció por un anónimo de los tiempos de Car-
los Quinto, que anotó un ejemplar impreso de la Crónica (edi~
ción de Logroño de 1517), ejemplar que se halla en 1^ Biblio-
teca Colombina. Hállanse al margen del texto las observacio-
nas mss. de este curioso; el cual, al llegar á las que he tras-
ladado, y evidentemente sin haber tenido ala vista la Crónica
original, no pudo menos de advertir que la pasión hablaba en
el autor. Por eso escribió lo siguiente:
«En esto que el autor dice me parece qne va fuera de toda
razón, porque no vemos otra cosa sino esta en la casa de los
Keyes aver privados y de muy baja generación, á quien todos
los Príncipes del Reino obedecen por diversos respetos; y si
ansí no lo hiciesen, caerían en la ira de los Reyes, á quien con
toda razón son obligados á contentar, como al presente se
pueden poner exemplo bien palpable, que dejo de decir por
ser en todo el mundo notorio, pero creo que el autor no debía
estar bien con estos que aquí relata, y por eso escribió lo pre-
sente. y>
Compréndese desde luego quién ha sido el autor de aquel
párrafo introducido en la Cróiiica: el famoso Fernán Pérez de
Guzmán, corrector de ésta. Pruébase fácilmente con recordar
lo que luego escribió en el libro de Generaciones y Semblan-
zas, al hablar de Hernán Alonso de Robles, de Doña Leonor
López de Córdoba y Fernán López de Saldaña (cap. 30).
Tratando del primero dice que «su oficio fue escribano ó
después Leonor López de Córdoba fizóle secretario de la Rey-
na Doña Catalina, con quien él ovo gran lugar».
Seguidamente, refiriéndose á que los grandes prelados y ca-
balleros no solamente le honraban vergonzosamente, sino que-
je obedecían, escribe: «Aun por mayor reprehensión ó iucre-
126 LA ESPAÑA MODERNA
pación dellos digo que no sólo á este simple hombre, mas á
una liviana é pobre mujer, ansí como Leonor López, é á un pe-
queño ó raez hombre, Hernán López de Saldaña, ansí se so-
metían é inclinaban.»
Y como si esto no bastase, se lamenta de que estos tres
usasen maneras é palabras desdeñosas é aun injuriosas que los
susodichos dijeron á muchos grandes é buenos, y prosigue en
una serie de reflexiones sobre los males de las privanzas y la
falta de virtud de los privados.
Como se ve, Fernán Pérez de Guzmán acomodó á sus pa-
siones y rencores la parte de la Crónica que dejó escrita Alvar
Grarcía de Santa María. Borró las palabras de éste cuando
llama á Doña Leonor mujer que era fuerte é de seso. Y no po-
día hacer otra cosa el que la llamaba liviana é pobre mujer.
El que haya leído la vida de esta señora podrá ver el ex-
tremo á que lleva á los hombres el deseo de satisfacer alguna
personalísima venganza por algún disfavor recibido de manos
de quien se halla en la cumbre del poderío. A Doña Leonor
López de Córdoba, conocidas como son sus adversidades y en-
tereza de su alma, se contará siempre entre las mujeres fuer-
tes y de gran juicio, á pesar de Fernán Pérez de Guzmán. La
llama de sus rencores encendida en oprobio de aquella señora,
queda extinguida con la publicación de estos documentos.
IV
Pero todavía hay más: Fernán Pérez de Guzmán, que atri-
buye á castigo de la Providencia la caída de Doña Leonor,
habiéndola puesto en la privanza por aquello de que muchas
veces da estos lugares á los malos para mal de ellos mismos,
suprimió en la Crónica de Alvar García de Santa María las
causas que éste señala á la ruina de aquella señora y su fa-
milia y al desamor de la Reyna, que no fueron otras que la
MEMORIAS DE ÜNA DAMA DEL 8I«L0 XIV T XV 127
ingratitud de una joven, favorecida de la misma Doña Leo-
nor y llevada á palacio por ella, la cual, con olvido de los be-
neficios y con el ánimo dominado de la ambición, se convirtió
en enemiga de su protectora, apoderándose de la voluntad in-
constante y caprichosa de la Reina Doña Catalina y suscitan-
do sus celos con el Infante.
Véase el texto de la Crónica ms.
cEstabacon la noble líey na Doña Catalina una doncella que
llamaban Inés de Torres, la qual llevó al palacio ó puso en mer-
cedes Doña Leonor López, la que dijimos en las historias an-
tes desta que era muy privada de la Reyna. E quando la Rey-
na tomó enojo de Doña Leonor López é no quiso que viniese
á ella é quitó todas las mercedes que ella ó su fijo é los suyos
avían della, esta Inés de Torres fue causa dello, de la poner
en enojo con la Reyna, por quanto ella quedó en la privanza de
Doña López quando partió de la corte é fué echada della. E
ende desque se... igualaba con el Infante Don Fernando para
se ir para la Heyna, ella fiso de manera que la Heyna o viese
enojo de ella é que le enviase á mandar que no viniese á ella...
Esta Inés de Torres llegó á tan gran privanza, que todas sus
cosas deliberaba por ella la Reyna. En esta sazón... estaba
la guardia del Jtey Juan Alvarez de Osorio, un caballero bien
heredado en tierra de León, por guarda mayor del Rey, ó era
privado de la Reyna... D. Fernando de Robles, contador ma-
yor del Rey, mucho privado de la Reyna.»
Cuenta además la Crónica ms., que á los del Consejo «no
parecía bien la privanza de Inés de Torres, por quanto se de-
cía que Juan Alvarez Osorio faría su (un blanco en el origi-
nal)... por ende fablaron á la Reyna é dijóronla que no cum-
plía á su servicio que Inés de Torres estuviese ende, ni Joan
Alvarez; é porfiaron en ello de manera que á la Reyna plogo
que Inés de Torres fuese á Toledo; é porque era desposada con
un caballero de Córdoba que decía (otro blanco en el origi-
nal)... antes que ella fuese privada de la Reyna; ó después de
la privanza no lo quiso; ó mandó que la pusiesen monja en
128 LA ESPAÑA MODEUNA
Toledo en un Monasterio, ó á Joan Alvarez mandóle que se
fuese á su tierra».
Bien puede deducirse, sin recelo de engaño, que la Inés
de Torres acriminó la acción de Doña Leonor al solicitar del
Infante que pues él fue quien con la autoridad de su persona
consigviió de la Reyna su forzosa retirada de la corte, él mis-
mo pidiese su vuelta. Este hecho, sencillo en sí, pero descrito
como haberse pasado Doña Leonor López de Córdoba á la
parcialidad de Don Fernando, en ingratitud y deservicio de
Doña Catalina, bastó para encender su ánimo en tamaño en-
cono. Evidentemente, Doña Leonor quiso probar de esta suer-
te al Infante Don Fernando, que no era capaz de rencor ó
venganza su ánimo, y que estaba pronto á contribuir á que
saliesen victoriosas las armas con gran renombre del caudillo
sitiador de Antequera. Valióse de todo el poder que tenía so-
bre la voluntad de la Reyna, y consiguió el auxilio que el In-
fante solicitaba para el logro de su empresa.
El Infante es conocido por Don Fernando el de Antequera,
título glorioso que le ayudó á adquirir la misma señora á quien
él había alejado de la corte, y cuya intercesión él pretendió
como la decisiva en sus intentos.
Después de estos sucesos del año de 1412, nada de Doña
Leonor López de Córdoba he hallado en las historias y noti-
cias antiguas; solamente algo de su descendencia.
Cuando ocurrió la enemistad de Doña Catalina, era Alcal-
de Mayor en Córdoba, líui Fernández de Hinestrosa, el mari-
do de Doña Leonor. La Crónica ms. dice que echó de su casa
la üeyna á su hijo, y á su hermano y á Don Fadrique su yerno y
los oficios que del Bey é della é de su fijo tenían. La impresa
dice que cuando Doña Leonor fué á Córdoba, tiró á ella y á él
(aquí debe faltar la descripción de otra persona) y á Don Juan
su yerno j los oficios, etc.
Del hijo de que habla la Crónica ms.y nada sé: quizás qui-
siese decir su hija, que tuviese cargo en palacio, como nombra
luego á su yerno Don Juan,
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 129
En cuanto al hermano, pudo ser ó Fr. Alvaro de Córdoba
ó Rui Fernández de Córdoba.
En algún autor cordobés que trata de linajes y pueblos, se
niega que San Alvaro de Córdoba fuese hermano de Doña Leo-
nor; pero esto contradice el proceso canónico en que consta
que aquel bienaventurado tuvo por padre al poderoso y luego
malaventurado Maestre Don Martín López de Córdoba. La
Orden de Predicadores que promovió y sostuvo la causa de la
Beatificación, probó suficientemente el origen de San Alvaro,
según los documentos de su archivo y las tradiciones respeta-
bles y no contradichas de su religión y de los particulares lla-
mados como testigos á declarar en el proceso. Y estas autori-
dades, tratándose de un Santo moderno (de principios del si-
glo XV al xvi) en que existían archivos regularizados y me-
morias de hombres ilustres en las órdenes, obligan á que se
diga lo que tan solemnemente aparece demostrado.
El autor de la vida del Santo dice, que la madre de Doña
Catalina, al ajustarse el casamiento de Doña Catalina con En-
rique III, le recomendó con todo empeño á los hijos y parlen
tes del Maestre D. Martín López de Córdoba, que hallase en
Castilla por los grandes servicios que habíu prestado á ella y
sus hermanas aquel caballero, habiendo padecido aquéllos tra-
bajos grandes y miserias mayores.
Sin duda este fue el origen del valimiento de Doña Leonor
con la Reina.
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Doña Leonor de Guzmán tuvo una hija: Doña Leonor Gu-
tiérrez de Hinestrosa, la cual casó en Córdoba, el año de 1409,
con Don Juan de Guzmán, llamado el Postumo por haber na-
cido después del fallecimiento de su padre Don Juan de Guz-
mán, primer Conde de Niebla. Era su madre Doña Beatriz de
Castilla, hija de Don Enrique II, la cual, viuda, tomó el há-
E. U.— Agosto 1902. 9
130 LA ESPAÑA MODERNA
bito de religiosa y murió Abadesa en el convento de San Cle-
mente el Real de Sevilla (1).
El dote que llevó Doña Leonor de Hinestrosa al Monaste-
rio era de veinte mil doblas de oro; lo que prueba que sus pa-
dres recuperaron en gran parte los cuantiosos bienes que les
fueron confiscados por Don Enrique II. Don Juan de Guzmán
le dio en arras dos mil doblas, también de oro.
Délos dos hijos de este matrimonio, el uno. Donjuán Alon-
so de Guzmán, que unos dicen que fue el primogénito y otros
el segundo, murió sin sucesión en los años de su mocedad (2).
El otro, Don Pedro de Guzmán, conocido por el Bayo á causa
del color de sus cabellos, tomó por esposa á Doña Isabel Pon-
ce de León, hija legítima de los Condes de Arcos, Don Juan
Ponce y Doña Leonor Núñez. Seis hijos nacieron de estas bo-
das. El mayor fue Don Martín de Guzmán, el cual casó en Se-
villa con Doña María de Ayala y Cervantes, hija de Gonzalo
Gómez de Cervantes (3) y Doña Juana Melgarejo de las Rodas.
Doña Juana, hermana de Doña María, erigió en Sevilla el
Monasterio de Nuestra Señora del Socorro, de monjas francis-
cas; «donde la reciben sin dote ni gasto alguno las hijas y des-
(1) Fue enterrada en el coro en una sepultura llana. En un pequeño
azulejo se puso esta inscripción: «Aquí yace Doña Beatriz de Castilla, hija
del Rey Don Enrique el Segundo, mujer que fue de Don Juan de Guz-
mán, Primer Conde de Niebla, que después de viuda murió Abadesa des-
te Monasterio.» El autor del Aparato para la Historia de Sevilla^ Ms. (Bi-
blioteca Colombina, tomo f.** 122, de varios en folio) dice: «No sé si volun-
tad suya humilde, ó descuido de las monjas la tiene en tan humilde sepul-
tura.» Barrantes Maldonado, en sus Ilustraciones de la casa de Niehlay
dice que el Rey la llamaba sobrina y no hija, y le da el nombre de Juana
y no Doña Beatriz.
(2) Como se verá más adelante, en una lápida sepulcral se llama En-
rique á un hijo de Don Juan.
(3) «Fue el dicho Gonzalo hermano del Cardenal de Ostia Don Juan de
Cervantes, que fue Arzobispo de Sevilla y fundó allí el hospital que lla-
man del Cardenal.» Biblioteca Colombina, tomo 73 en folio de papeles
varios. En la Historia de la ciudad de Sevilla, por el Bachiller Luis db
Peraza (ms. de la misma Biblioteca, B. 4.% 442-11), se dice: «Las casas de
Gonzalo Gómez de Cervantes que es Monasterio agora de Nuestra Señora
del Socorro.»
MEMORIAS DE UNA DAMA DEL SIGLO XIV Y XV 131
cendientes de los dichos Don Martin de Guzmán y su mujer
Doña María de Ayala, como consta de la dicha fundación» (1).
El Don Juan de G-uzmán el Postumo^ había muerto en Se-
villa en Febrero del año de 1433. Fue sepultado en el Monas-
terio de San Isidro del Campo entre sus progenitores (2).
Don Pedro de Gruzmán el Bayo sirvió el cargo de veinte y
■cuatro de Sevilla, otorgó su testamento en Córdoba en 14 de
Agosto de 1479, y dispuso su entierro en San Pablo de Córdo-
ba, en la capilla que su abuela Doña Leonor López, hija del
Maestre Don Martín López, difunto, labró, en donde estaban
enterrados los dichos su abuela y madre, y los otros sus pa-
rientes en una sepultura suya, «que dejó dotada ó señalada ó
<íertificada en dicha capilla la nominada su abuela, que es pe-
gada al altar mayor de la dicha capilla, como se entra á mano
izquierda» (3). El Don Pedro el Bayo declaró por sucesor en su
casa y mayorazgo á Don Martín de G-uzmán, su hijo mayor,
en la forma que al otorgante se los dejó su abuela Doña Leo-
nor López, y se los dejó su madre Doña Leonor Henestrosa
por su testamento (4).
Existe aún esta capilla en la iglesia de San Pablo de Cór-
doba, si bien reedificada ó modificada, puesto que la arquitec-
tura es diferente de la del siglo xv. Doña Leonor mandó eri-
girla el año de 1409 para su enterramiento y el de los suyos
y dedicóla á Santo Tomás de Aquino. Hoy lo está á Nuestra
Señora en la advocación del Rosario. En esta capilla fue se-
pultada Doña Leonor López de Córdoba. En la parte interior,
sobre el arco y sustentada por las figuras de unos ángeles, se
ve un medallón que dice:
(1) Ms. eu folio, citado en la anterior nota.
(3) «Como parece de una información que se hizo en la ciudad de Cór-
doba para proveer de tutores á los dichos sus hijos Don Pedro y Don
Juan... puso la información en Córdoba á 18 de Marzo de 1433, ante Juan
Sánchez del Campo, Alcalde ordinario, por ante Juan Ruiz, escribano
del Rey y su notario.» Ms., Biblioteca Colombina.
(3) Biblioteca Colombina Ms., tomo 73, folio de Papeles varios^ p. 204.
(4) ídem id.
132 LA ESPAÑA MODERNA
«J. H. S. In Dei nomine. Amén. Esta capilla fiso Doña
Leonor López, fija del Maestre Don Martín López, qve Dios
dé Santo Paraíso, á honor y reuerencia de la Santíssima Tri-
nidad, día del muy alto ó poderoso señor Don Juan, qve Dios
ensalce, fijos de los mvi altos é esclarecidos Rey Don Enriqua
é üeyna Doña Catalina, qve Dios dé santo Paraíso, por el qval
de ella fve consolada en la muerte de dicho señor.»
En el centro de la capilla se halla en el suelo esta inscrip-
ción:
«Aquí yaze el Maestre Don Martín López, qve Dios de
santo Paraíso, criado del Señor Rey Don Pedro, el qval mvrid
como noble cauallero» (1).
Estas son las noticias que mi curiosidad ha encontrado
para complementar las Memorias de Doña Leonor^ de las que
resultan que, al morir Enrique III, servía de camarera mayor
en palacio, y gozaba de todo valimiento con la Reina Doña
Catalina; que en 1410 contribuyó por medio de él y cartas que
aquella señora, cuya avaricia consta de los historiadores, auxi-
liase con dinero al Infante Don Fernando para el asedio do
Antequera, que no se habría victoriosamente terminado sin
los haberes que les otorgó tan á tiempo la Regente.
¿Cuándo falleció Doña Leonor? Lo ignoro; mas debió ocu-
rrir su muerte después del año de 1412, en que se pierden sus
recuerdos. Doña Catalina falleció en 1418, j la inscripción de-
la capilla habla sólo de Don Enrique III como ya difunto.
Antes hemos juzgado á Doña Leonor López de Córdoba
más como escritora que como mujer. ¿Qué habremos de pen-
sar acerca de su espirita? Fortalecido en las desdichas, fijo es-
taba, en los tiempos de sus calamidades y las de su familia, en
medio de las sucesivas venturas. Cercábanla siempre tristes
celajes y lúgubres sombras. El refugio para su consuelo era el
(1) Al lado de esta inscripción se lee estotra:
«Aquí yaze Don Enriqve de Guzmán, Señor de la Torre de Falencia,
como descendiente de Doña Leonor López de Córdoua y de Don Jvan
Alonso de Gvzmán el Póstvmo, hijo del primer Conde de Niebla.»
MEMORIAS DE UfíA DAMA DEL SIGLO XIV T XV 133
tiempo pasado, que quería que hubiera .podido conservar en
presente para desagravio de los suyos.
Para juzgar el alma de esta insigne mujer, véase cuál pre-
ferente empleo dio á sus riquezas, cuando llegó á sus puertas
aquella fortuna sonada en vano durante una niñez infeliz y
horrenda y una juventud llorosa, incierta y solitaria.
La matrona tenía constantemente á su presencia la ensan-
grentada imagen del padre, tal como llegó á trazarla en su
alma el horror de su suplicio.
La que en la cumbre del poderío lo usó para dar honorífica
sepultura al padre, consideración muy respetuosa merece á los
ojos de los que llegan á contemplarla.
¿Qué respondió Don Martín López de Córdoba á Don Ber-
trán Duguesclín? «Más vale morir como leal, como yo lo he
hecho, que no vivir como vos.»
Doña Leonor López de Córdoba erigió, cual consta, una
capilla, y en medio de ella mandó colocar los restos de su pro-
genitor' ilustre, haciéndolo trasladar de la bóveda ignorada
donde la piedad de los religiosos de San Francisco de Sevilla
los guardó contra las iras del vengativo Don Enrique II.
Don Martín López de Córdoba, en una de sus postrimeras
palabras, habló de ínorir como leal. La hija excelente, cum-
pliéndolas cual si faeren el deseo de que su pensamiento se
perpetuase, mandó escribir en la losa de su sepultura que mu-
rió como noble caballero, el denostado, el herido reiterada-
mente por el verdugo y el escarnecido por sus adversarios.
¿Qué importa que nada más se sepa de Doña Leonor que
«este acto ejemplar de desagravio paterno antes de su muerte?
Es la voz del Maestre, que nos habla desde su tumba ante el
altar del Dios de la justicia.
Honrosamente pueden reposar las cenizas de su hija ea
íiquel recinto, porque el que murió como noble caballero, tuvo
«en el amor de ella una protestación elocuente contra las ven-
ganzas de los hombres.
Adolfo de Castbo.
LA DE? ASTACIÓN EN EL SÜR DE ÁERICA
(1)
Cuando en Noviembre de 1900 el venerable Pablo Krüger
arribaba á las hospitalarias tierras de Francia, Europa oyó
con asombro aquellas sus elocuentes frases pronunciadas en
Marsella, á presencia de la muchedumbre cosmopolita que
aclamaba en su personalidad augusta las virtudes de una raza
sin par.,. «La guerra que se nos hace es más atroz que la que
se hacía á los bárbaros... He asistido á campañas de cafres, y
jamás he visto realizar actos tan horribles como los que se co«
meten cada día con nosotros. Se queman nuestras granjas,,
creadas con tantos sacrificios; se persigue á las mujeres cuyos
maridos están en la guerra, y se las separa brutalmente de sus
hijos á los que se priva del pan y de lo necesario para vivir... >
La honrada palabra del patriarca boer, todavía halló in-
crédulos en los que no podían admitir de parte de Liglaterra
el rigor de aquellos azotes providenciales de las antiguas le-
yendas...; y sin embargo, para mengua del siglo del derecho y
de la civilización, cerraban sus días con una hecatombe bru-
tal, como meses después vinieron á comprobar relatos ingle-
ses, particulares y oficiales, unos referentes á la odiosa «re-
concentración» de ancianos, mujeres y niños burghers^ y otros
relativos á la devastación de propiedades rústicas, urbanas é
(1) Véase el número de La España Moderna correspondiente al mes
de Jalk).
DEVASTACIÓK EN EL SÜR DE ÁFRICA 135
industriales. Pasamos por alto cuanto tiene relación con los
campos de reconcentrados y con la horrible mortandad de ni-
ños boers, y para corroborar la política de que los caudillos
boers protestaban en su correspondencia con lord Roberts
primero, y con el Sirdar Kitchener después, ; traducimos el
texto del documento presentado á las Cámaras por el War
Office. Su lectura, singularmente viendo entre líneas en la úl-
tima casilla, ahorra todo comentario. Jamás lucha alguna en-
tre pueblos cristianos ofrecerá cuadro más desolador.
*
Para honor del pueblo inglés, no contaminado del pestífe-
ro jingoismOf hemos de recordar que, desde el leader del libe-
ralismo sensato, sir H. Campbell Bannerman, hasta los maes-
tros del saber y los representantes de la religión, protestaban
de aquellos cuadros de estrago y de ruina ejecutados por las
tropas inglesas, especialmente por las irregulares, contra las
personas y las propiedades de los hurghers. Mas nada bastó
para atajar la ola de fuego y de muerte. Especialmente en lo
que fue Estado de Orange, la desolación es absoluta, pues á
los datos que damos, rigurosamente oficiales, hay que agregar
las razzias sistemáticas de las columnas móviles, realizadas
por zonas y demarcaciones durante el último año de campaña ^
sin contar los vejámenes y atropellos individuales de la solda-
desca movilizada para la guerra. Comenzamos por exponer los
datos referentes á este Estado:
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LA ESPAÑA MODERNA
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Hostilizar á nuestras fuerzas.
Hostilizarnos. En las inmediaciones de la
casa se encontró el casco de un soldado
que habían asesinado.
Hostilizar á nuestras patrullas.
Asesinar á dos soldados de la caballería de
Kitchener.
ídem.
Hostilizarnos.
Esta casa só quemó sin orden para ello. No
obstante, el dueño es guerrillero de Maga-
liesberg.
El dueño está prisionero en Santa Elena; la
casa se quemó por accidente casual.
Hostilizarnos; se encontraron municiones,
ídem.
Complicados los dueños en un asesinato.
Este sujeto sustituyó á Vander Merwe en el
mando de la referida fuerza, y continuó
hostilizándonos. Su casa fue quemada tres
semanas después de avisarle.
Este sujeto fue Comandante del comando de
Krugersdorp en Septiembre de 1900: vivía
en Hekpoort Walley, y se internó en Ma-
galiesberg cuando se acercaron las tropas
inglesas; su partida nunca presentó una
resistencia organizada, pero nos hostiliza-
ba constantemente desde las alturas y co-
linas. Se le avisó de que si seguía hostili-
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D. J. Oosthuizen.
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F. Potgieter
J. Vander dferwe..
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Hartebeestfo n t e in
(tres estancias) . .
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164 LA ESPAiíA MODEENA
Burlábase con ironía sangrienta el feld-Mariscal Blücher,
délos políticos y diplomáticos á qnienes imputaba el desarre-
glo y la pérdida de lo que él con su espada vigorosa había en-
cauzado y ganado... Fuerza es convenir en que aquel espíritu
indomable padecía de un mal harto frecuente por acá entre
meridionales, es á saber: miopía intelectual agravada por el
interés de clase.
Ha sido, es y será la política y sus órganos el Parlamento,
la diplomacia, las instituciones de todo orden, la generadora
y la base de todos los conflictos guerreros. Allí donde ha exis-
tido armonía y la espada ha sido la fiel ejecutora del pen-
samiento y del plan del estadista, el triunfo ha sido es-
pléndido.
Desequilibrado el poder marcial de Gran Bretaña por la
ceguera de su dirección política y por el egoísmo de la burgue-
sía opulenta, enemiga del servicio militar general y obliga-
torio; avasallador el imperialismo como en los días de nuestro
auge guerrero ó cual en los más cercanos tiempos de Napo-
león; con una mala escuela para la Nación y para el espíritu
público en las fáciles empresas contra aschantis, matabeles y
bechuanos, se ha ido al desastre, porque desastre ha sido la
empresa militar del África del Sur, que no podrán aliviar la»
cláusulas del convenio negociado para atajarle, y que sola-
mente con una política prudente, amplia y generosa se ate-
nuará en el orden del tiempo. En .el Modder y en el Tugela
quedó hecho pedazos un Imperio guerrero, y en los agobios de
la Semana negra^ en las improvisaciones de unidades y de ofi-
cialidad, en la paladina confesión de estar agotados los solda-
dos por haber puesto en armas 300.000 á peso de oro y con el
auxilio de las colonias, patentizada la esterilidad de unas ins--
tituciones añejas y raquíticas.
Todo ello lo ha contemplado el mundo, que nunca conside-
ró tan flaco el poder terrestre del Reino Unido, comprometido-
por un puñado de míseros labradores abandonados á sus pro-
pios recursos, y cuyo número en armas jamás excedió de 80.000
DEVASTACIÓN Eíí EL SUR DE ÁFRICA 165
€iii el período de mayor auge, pues norraalinente osciló entro
16 y 22.000 burghers armados.
Obra de la torpeza política, de la falta de medida en tiem-
po y en elementos, de la imprevisión, en fin, del estadista,
aun habida cuenta que la población boer apenas si llegaba al
número de soldados que Gran Bretaña ha llevado para tritu-
rarla.
Sin política acertada, no puede irse á la guerra en condi-
ciones, ni los triunfos serán jamás proporcionales al esfuerzo
y de permanente beneficio. La epopeya napoleónica demues-
tra la ineficacia del genio militar, del esfuerzo bélico, de la
gloria guerrera, cuando no se asientan sobre bases constitui-
das por el talento del estadista.
La gloria de Blücher, de Bülow, de Yorck, con ser tan
grande, no supera la de los Stein, los Scharnhorst, los Grnei-
seneau... Ahí está el toque. Porque, sin la revolución política
y social del estadista, al que ayuda el maestro, el sabio, el filó-
sofo, la nación toda; sin los elementos acumulados, preparados
y adiestrados por el organizador; sin la fuerza generadora y
directriz, ¿cómo hubiera resurgido aquella Prusia amilanada
ante Isapoieón, triturada por el sable de Murat, y que en Ber-
lín ofrecía «afrancesados* eu sus clases directoras que, oual
ios nuestros, lamían las espuelas del Amof
Bismarck y Roon, heraldos del sentir público templado en
las Universidades y en la Escuela, y de la organización mili-
tar preparada lenta y pacienzudamente, son los pilares sobre
que se apoya la obra de Moltke y del ejército alemán. La
campaña de 1870-71 es el modelo para el estadista y para el
soldado.
La política exigió allí á las Armas un objetivo racional,
limitado, preparando de antemano los elementos y el herra-
mental. Y las Armas vencieron sin extremar los rigores ni sa-
lirse de los usos sancionados por las campañas modernas.
Pero si el estadista hubiese exigido á las Armas la con-
quista de Francia, empresa que constituye absurdo en poKticay
166 LA ESPAÑA MODERNA
las Armas alemanas hubiesen fracasado, aun cuando la cien-
cia de Moltke, la pericia de su Estado Mayor, el brío y la
dasireza de Generales, Oficiales y soldados y el rigor de los
méfeodo» d© dominación, hubiesen sobrepujado 4 cuanto se
hizo en la memorable campaña.
Joba Ibáüez Marín.
CKONICA LITERARIA
FlariUgio de poesías castellanas del siglo XIX, forma<lo por D. Juan
Yaiera (tomos I, II y III).
Tres tomos van publicados del Florilegio de poesías caste-
llanas del siglo XlXj con introducción y notas biográficas y
críticas de D. Juan Valora, y aunque todavía han de seguir-
les otros dos, por lo publicado puede ya formarse juicio de
esta interesante antología, sobro que de antemano era prenda
de acierto la autoridad literaria de su autor.
El primer volumen, tras una breve advertencia preliminar
acerca del plan de la obra, contiene el estudio sobre La poesía
Úrica y épica en la España del siglo XIKj que forma la intro-
ducción al Florilegio y fue publicado anteriormente en La
Ilustración Española y Americana, Completan el volumen
poesías de Meléndez Valdós, Jovellanos, D. José de Vargas
Ponce, D. Leandro Fernández de Moratín, D. Juan Bautista
Arriaza, D. Manuel José Quintana, D. Juan Nicasio Gallego,
D. Dionisio Solís, D. Bartolomé José Gallardo, JD. Juan Ma-
ría Maury, D. José So moza, D. Francisco Martínez de la
Kosa y D. Manuel María de Arjona.
Así como en el tomo primero la Introducción ocupa la ma-
168 LA ESPAÍiA MODERNA
yor parte y no más de la tercera el Florilegio j el segundo ©s
todo de antología, salvo algunas páginas finales, en que el co-
lector expone consideraciones acerca de ciertas causas de in-
ferioridad de nuestra poesía del pasado siglo y algunos defec-
tos que en nuestros poetas se notan, principalmente cierto
desfallecimiento del espíritu nacional. Comprende este volu-
men poesías de D. Félix José Reinoso, D. Alberto Lista,
D. Javier de Burgos, D. Manuel Bretón de los Herreros,
D. Serafín Estóbanez Calderón, D. Agustín Duran, D. Ven-
tura de la Vega, D. Manuel de Cabanyes, D. Nicomedes Pas-
tor Diez, D. Bernardino Fernández de Velasco, Duque d©
Frías; D. Juan Arólas, D. Pablo Piferrer, D. Juan Francisco
Carbó, D. Manuel Milá y Fontanals, el Conde de Cheste, don
Mariano José de Larra, D. E-amón de Mesonero E-omanos,
D. José Joaquín de Mora, D. Antonio Alcalá G-aliano, D. Án-
gel de Saavedra, Duque de Rivas; D. Juan Bautista Salazar,
D. José de Espronceda, D. Miguel de los Santos Alvarez, don
Antonio Eos de Glano, D. Julián Eomea, D. Aureliano Fer-
nández Guerra, el Marqués de Valmar, D. Pedro de Madrazo,
el Marqués de Molins, D. Jaime Balmes, D. José María Cua-
drado, D. Joaquín Eoca y Cornet, D. Tomás Aguiló, don
Francisco Eodríguez Zapata y D. Gabriel García Tassara.
También el tomo III lleva al final Advertencias en que
el colector se sincera por anticipado de algunos cargos que
pudieran formularse contra el Florilegio por la inclusión ó ex-
clusión de poetas, y expone el motivo de no haber incluido ©a
la colección á los poetas de la América española, á no ser por
rara y justificada excepción. Dicho tomo III contiene com-
posiciones de D. José Zorrilla, D. Juan Eugenio lEarzen-
busch, D. Juan Floran, Marqués de Tabuérniga; D. Baltasar
Lirola, D. Antonio María Segovia, D. Fermín de la Puente y
Apecechea, D. Enrique Gil, D. Fernando de la Vera ó Isla,
D. Antonio García Gutiérrez, D. Gregorio Eomero Larraña-
ga, D. José Amador de los Eíos, D. Antonio Trueba, D.* Ca-
rolina Coronado, D.* Gertrudis Gómez de Avellaneda, doa
CUÓNIOA LITERARÍA 169
Rafael M. Baralt, D. José Heriberfco García de Que vedo, dan
José de Salgas, T>. Antonio Arnao, D. Pedro A. de Alarcón,
D. Eulogio Florentino Sanz, D. Carlos Rubio, D. Antonio
Aparisi y Guijarro, D. Manuel de la Revilla, D. Ventura Ruiz
Aguilera, I). Antonio Hurtado, D. Joaquín García Cervino,
D. José García, D. Gumersindo La verde Ruiz, D. Enrique
R. Saavedra, Duque de Rivas; D. Luis A. Ramírez Martínez
Güertero (Larmig), D. Manuel Cañete, D. José Coll y Vehi,
D. José Martínez Monroy, D. Bernardo López García, don
Fernando Velarde, D. Casimiro del Coliado, D. Nicolás Zuri-
calday, D. José María Bartrina, D. Narciso Campillo, D. Ra-
món Rodríguez Correa, D. Augusto Ferrán y D. Gustavo
Adolfo Becquer. De muchos de estos poetas se inserta ana
sola composición, de otros dos ó tres, y del que más siete ú
ocho, y no todas las incluidas en la Golección lo están por
entero, pues figuran en el Florilegio fragmentos de algu-
nas muy extensas. Sólo así es posible comprender tan gran
número de poetas en menos de dos tomos y medio de alrede-
dor de 380 páginas en 8.^, cada uno.
Con el cuarto tomo terminará el Florilegio propiamente
dicho, puesto que el quinto ha de contener exclusivamente,
según anuncia el autor, las notas biográficas y críticas sobre
los poetas incluidos en esta antología y las composiciones oo~
leccionadas. Así pues, la parte publicada ya del Morilegto re-
presenta más de las dos terceras de su total extensión, supo-
niendo que no so diferencie en tamaño el tomo IV de los an-
teriores; puesto que falta un tomo de versos y van dos y al-
guna parte del primero.
La enumeración anterior de los autores incluidos en el
Florilegio puede verla cualquiera en los índices, y no la he he-
cho yo por afición excesiva á la minuciosidad, ni menos por
llenar espacio. Parto del supuesto de que el lector no ha com-
prado el libro, y en tal hipótesis, creo que indicación alguna
puede ser tan útil para formar idea de una obra de esta cla-
se como la lista de los autores que contiene, y hasta sería con^
170 LA espaSía moderna
veniente también, aunque resultaría demasiado pesada para,
un artículo, la de las composiciones coleccionadas.
*
* *
El plan seguido por D. Juan Valora para la formación del
Florilegio me parece, en general, acertado. Toma como punto
de partida aquel en que termina la Colección de poetas líricos
del siglo XVIII, formada por el Marqués de Yalmar, y que figu-
ra en la Biblioteca de Autores Españoles^ de Rivadeneira; y
como bastantes de estos poetas del siglo xviii llegaron al xix
y siguieron escribiendo en él, el Sr. Yalera omite por lo ge-
neral á los que en este caso se encuentran, incluyendo en su
Antología tan sólo á alguno que otro, como Meléadez Valdés,
á título de origen y precedente del movimiento literario que
á continuación se inicia y prosigue.
Aunque haya la natural diferencia de extensión entre un
Florilegio y una Colección extensa como la aludida del Mar-
iones de Yalmar, en cierto sentido puede decirse que la Anto-
logía de D. Juan Valera continúa, aunque sólo sea en sucinto
resumen, dicha Colección. Esto sólo bastaría para graduar de
importante la empresa. La Biblioteca de Autores JEspañoles.
de Hivadeneira, que á pesar de ser notoriamente incompleta
representa un gran esfuerzo de vulgarización literaria y ha
contribuido mucho á facilitar y extender el estudio de nues-
tra literatura, no llega más que hasta el siglo xviii inclusive
en los géneros en que más avanza, con alguna excepción como
por ejemplo, la del tomo que contiene la Historia del levanta-
miento j guerra y revolución de España del Conde de Toremo.
Queda, pues, tras aquélla un siglo entero de historia literaria,
y no decadente como algunos creen, siuo más bien floreciente
y rico, pues aunque en otras manifestaciones de la vida haya
sido el XIX, siglo en extremo infeliz para nosotros, en las le-
tras apenas hay género en que no se haya observado renaci-
miento, y aun alguno, como la novela, ha llegado á altura ape-
CRÓNICA LITERARIA 171
ñas superada nunca. Y aunque los derechos de los autores li-
mitan la posibilidad de estas colecciones, tratándose de escri-
tos recientes, todavía quedaba margen de tiempo suñciente y
producción literaria sobrada para haber aumentando y prose-
guido considerablemente la Biblioteca de Rivadeneira.
Preciso es confesar, sin embargo, que no se ha hecho mu-
cho para ello. Se han publicado varias Colecciones bibliográ-
ficas eruditas que la amplían y suplen algunas de sus omisio-
nes en lo referente á la literatura antigua. Pero la moderna
del siglo XIX, sólo han contribuido á difundirla algunas Bi-
bliotecas populares, como la Biblioteca universal y, sobre todo,
la importante Colección de Autores Castellanos^ dirigida por
el Sr. Catalina. Lástima es que esta Colección no haya alcan-
zado mayor desarrollo. Hasta en las Obras completas de algu-
nos ingenios empezadas á publicar en dicha Biblioteca, se
echan de menos escritos importantes. Entre las de D. Marceli-
no Menéndez Pelayo, por ejemplo, no figura aún su Historia de
tos Heterodoxos españoles^ no obstante hallarse agotada la edi-
ción primera y alcanzar alto precio los raros ejemplares que
circulan, todo lo cual parecía augurar buen éxito á la reim-
presión.
La empresa de continuar ó completar de algún modo la
Biblioteca de Rivadeneira es, pues, laudable en extremo y
hasta necesaria^ y hay que aplaudir á D. Juan Valera por ha-
ber empleado su buen gusto y su extensa erudición literaria.
en obra como el Florilegio^ que algo tiene de continuación tal,
ó por lo menos ha de facilitarla en lo porvenir.
En lo que me parece menos acertado el autor de esta An-
tología, es en no haber reunido en un sólo cuerpo todos sus
comentarios, noticias históricas y observaciones críticas, re-
fundiendo la Introducción sobre la poesía lírica y épica en la
España del siglo xix, con las notas biográficas y críticas que
formarán el tomo V y lo que es materia de las advertencias
contenidas al final de los tomos II y IIT. Incorporando todos
estos materiales habría formado sin duda el Sr. Valera una
172 LA KSPA^A MODKUNA
Historia de la poesía castellana en el siglo xix, de subido va-
lor, y habría podido también corregir algunos defectos de mé-
todo, en particular falta de unidad, que á mi parecer se ob-
servan en la Introducción, por otra parte tan amena y abun-
dante en acertados juicios, defectos que es probable se deban
á la forma en que fue escrita para publicarse en sucesivos ar-
tículos. Tal como aparece el comentario histórico crítico en el
MorilegiOj diseminado é intercala io en los diferentes volú-
menes, es muy difícil evitar las repeticiones, y alguna hay
ya entre las Advertencias y la Introducción, aunque la
disimule el encanto del estilo del Sr. Yalera y el seso y
sagacidad con que discurre. Todavía ha de ser más difícil
evitar estas repeticiones en las notas biográficas y críticas del
tomo y, en que el colector volverá á hablar de muchos de los
poetas de quienes ya trata en la Introducción. También habría
evitado la refundición las faltas parciales de concordancia
que se observan entre la Introducción y el cuerpo del Florile-
gio^ puesto que en aquélla se habla de poetas que no figuran
en éste, y en ésto se han incluido poetas no mencionados en
aquélla, pero que lo serán sin duda en las notas del último
tomo. Dado que el Sr. Valera no hubiese querido dar entrada
en el Florilegio á fcodos los poetas de quienes habla en su nota-
ble estudio sobre la poesía lírica y épica en el siglo xix, al me-
nos habría en éste noticia de todos los pjetas de la Antología.
Y por último, el lector no perdería el hilo del discurso viéndo-
se obligado á pasar del comentario á los versos y de éstos á un
nuevo comentario, ni á coordinar á su manera y como se le
alcance el principio y el fia de la obra, la Introducción y las
notas biográficas y críticas.
Como estas razones parecen atendibles, creo yo que el no
haberlas tenido en cuenta el Sr. Valera dependerá de haber
juzgado excesivo el trabajo que semejante refundición le ha-
bría impuesto. Y justo es reconocer que cuando un escritor
tiene redactado y publicado ha tiempo un trabajo literario de
mérito, como la Introducción al Florilegio^ ha de ser para
CRÓNICA LITERARIA 173
él tarea ingrata y pesada la de deshacerlo para volverlo á
edificar de nueva planta con mayor acopio de materiales y
mejoras en el plan, y en cambio ha de parecerle más cómodo
y fácil completarle por medio de adiciones independientes que
no obliguen á poner mano en lo ya escrito.
* *
Las dimenbiones que ha dado el Sr. Valera á su Florilegio
son, en mi opinión, prudentes, y más peca de brevedad que
por exceso de extensión, que es por cierto el más discreto pe-
cado que puede cometerse en la materia, pues vale mucho
más que un libro sepa á poco al lector que no que le deje ahito
y empachado. «Mi Florilegio será como un muestrario», dice
ol Sr. Valera, y sin duda llena cumplidamente, y aun con ex-
ceso, este fin, y debemos esperar que contribuya á fomentar
ia afición á nuestra poesía lírica del siglo xix, y el estudio do
ella, bastante decaídos por cierto, circunstancia que también
era de considerar al fijar las dimensiones del Florilegio.
Con indudable acierto ha preferido D. Juan Valera incluir
en su Antología gran número de poetas, publicando sólo muy
corto número de composiciones de cada uno, á aumentar éstas
á costa de la cifra de aquéllos. Así ofrece la colección más va-
riedad y resulta más completa, en aquel sentido en que, dada
su índole, es más útil que lo sea, con lo cual cumple mejor su
fin de estimular al público, para que con más extensas lectu-
ras llegue á conocer á nuestros poetas modernos, 3^a que le
ofrece más donde escoger según sus gustos, al par que pre-
senta un más fiel y exacto reflejo de la historia de la poesía en
el sifflo xix.
o
Cuanto á la elección de los poetas y de las poesías coleccio-
nadas, no es empresa fácil, sino que supone mucha crítica tá--
cita y conocimiento anterior profundo del género y del perío-
do literario que dan materia á la Antología. Al vulgo, poco
enterado de las tareas literarias, suelen parecerle muy fá-
174 LA ESPAÑA MODEKííA
ciles estos trabajos de compilación, y no faltará quien se
ilgure que todo se reduce á coger unas cuartillas de pí^el ó ir
negando allí ordenadamentente con obleas trozos de anterio-
res ediciones, ó bien á dárselos á copiar á un amanuense que
venga buena lefcra y enviarlos en seguida á la imprenta. Pero
lejos de esto, requieren los trabajos de tal índole mucha com~
i)etencia, erudición copiosa y lecturas anteriores de las que
no se improvisan, hasta el punto de que sin exageración pue-
de decirse que no habrá en España muchos escritores capaces
Aq formar con acierto un Florilegio como el que viene dando
á las prensas el Sr. Valera.
Tiene completa razón éste al decir que en la elección sólo
pueden seguirse dos criterios: el de la fama, que no deja de
ser falible tratándose de escritores recientes, y el del gusto
particnlar del colector, y aun podría añadirse que éste será el
que por lo general prepondere, como es justo y natural que
ocurra. Confío yo en que ambos han de armonizarse en el
Florilegio^ y en que cuando éste quede terminado no ha de
faltar en él ningún poeta lírico verdaderamente importante
ílel siglo XIX, como no esté justificada su exclusión por alguna
;e las razones que invoca el ihistre autor de la Antología.
Verdad es que en ésta figuran muchos á quienes no puede
e-onsiderarse en justicia grandes poetas, aunque no carez-
can de mérito; pero por lo mismo que son poco conocidos,
Y algunos tal vez desconocidos para la generación actual, se
justifica su inclusión en el Florilegio, Si en coleociones seme-
jantes se hubiese de reunir sólo lo excepcional, la obra del
genio, se reduciría en extremo su volumen, y hasta en largos
espacios de tiempo no se hallaría materia con que formarlas.
ISTo hay que olvidar tampoco que en este género de elec-
ción no puede menos de influir mucho el gusto individual,
pues el mérito literario no es cosa sujeta á peso y medida,
como nada de lo que á la belleza atañe. Por casualidad ó abe-
rración pueden gustar las mujeres feas; pero entre las guapas,
éste preferirá á la»s rubias, aquél á las morenas, uno á los tipo»
CRÓNICA LITERARIA 175
orientales, otro á los septentrionales, sin hablar de ios ecléc-
ticos, que á ninguna desprecien. Algo semejante ocurre con
los poetas, sin que de las preferencias individuales pueda de-
ducirse conclusión cerrada respecto del mérito intrínseco de
cada uno, tratándose de aquellos entre los cuales no hay muy
visibles diferencias de categoría. Podrá ocurrir, y ocurrirá
probablemente, que alguno de los lectores del Florilegio , ter-
sado en la lectura de nuestros poetas, eche de menos alguno y
considere que debía ocupar allí un lugar, con tantos títulos
como los que figuran, ó bien entienda que D. Juan Valora ha
dado más ó menos importancia de la debida á éste ó á aquél
de los comprendidos en la Antología. Pero á esto contesta el
ilustre autor de Pepita Jiménez, negando que la exclusión
lleve consigo presunción de demérito, y tales discrepancias
posibles nada dicen en contra del Florilegio^ por tratarse de
negocio no sujeto á infalibilidad ni regla siquiera, sino que
cae en gran parte bajo la variable y caprichosa jurisdicción
del gusto.
Es de esperar que el Florilegio alcance el favor del público
aficionado á las letras. Aparte de los ligeros reparos de que
antes se hace mención, la introducción sobre la Poesía lírica
3' épica en el siglo xix es un excelente trabajo literario, y
aunque poco sistemática y en algunos puntos no muy profun-
da, es muy amena y abunda en exactos y perspicaces juicios,
como el de la influencia que lo chico del escenario en que vi-
vieron ejerció sobre nuestros poetas, para que, con facultades
■iicaso iguales, no pudiesen alcanzar la altura de otros más
universales y famosos de extranjeras tierras. Hábilmente mez-
cla D. Juan Valera la historia política y la general de las
ideas en España durante la pasada centuria con la literaria,
para sacar de aquéllas interpretaciones y luces de que la últi-
ma se aproveche. Como el colector de estas poesías goza do
merecida fama y tiene su público personal, la introducción
fiervirá de cebo al Florilegio^ que tal vez no conseguiría llamar
mucho la atención, por lo decaída que anda la afición á los
176 LA ESPAÑA MODERNA
Tersos, y más á los pretéritos, si lo presentara al público un
escritor poco conocido, en vez de contar con tan ingenioso é
ilustre padrino, y digo padrino, porque al cabo la paternidad
en las colecciones de escritos ajenos es muy relativa.
Si se difande efectivamente el Florilegio y estimula á la
lectura de los poetas españoles del siglo xix, prestará esta
obra un buen servicio á las letras y representará una justa
reparación, sacando del olvido, no ya á aquellos poetas menos
notables á quienes ha incluido en su Antología el Sr. Valera
j que nunca gozaron de extraordinario renombre, sino á aque-
llos otros, muy celebrados en su tiempo, de quienes apenas se
acuerda la generación actual.
Si quitamos á Gampoamor y á Núñez de Arce, apenas tie-
nen lectores en la actualidad nuestros mejores poetas del siglo
anterior. Hasta poetas tan populares y que tan notoria influen-
cia ejercieron como Becquer y Zorrilla, apenas son hoy mas que
un nombre y un recuerdo. Sus obras no se reimprimen, y si al-
guna vez son reimpresas, como ha ocurrido recientemente con
las Leyendas del autor de Don Juan Tenorio, lo son en esos enor-
mes libros de lujo, considerados como objetos de adorno, cuyo
tamaño los hace incómodos para la lectura y que suelen com-
prar las gentes por las láminas ó para ponerlos, bien encua-
dernados, encima de un velador. La maj^or parte de los poe-
tas incluidos en la colección de D. Juan Valera, si no todos,
están en aquel punto difícil de la historia en que se está de-
masiado cerca para ser tradición y demasiado lejos para ser
actualidad. Y no será exageración decir que algunos de ellos
«on menos conocidos del público contemporáneo que los clá-
sicos del siglo XVI, á quienes al menos leen y estudian los eru-
ditos y los amantes del casticismo.
Este injusto olvido, que injusto es, aunque acaso no sea
raro y aunque no crea yo como D. Juan Valera que la poesía
lírica es lo mejor que han dado de sí las letras castellanas en
el siglo XIX (lo mejor, á mi parecer, es la novela), se nota en lo
poco que influyen aquellos poetas en la mayoría de los actúa-
CRÓNICA UTiaiARlA 177
les, aficionados por lo general á buscar modelos fuera de Es-
paña. Poetas muy afamadosy notables, cual Becquery Campo-
amor, tuvieron sin duda considerable séquito de imitadores,
frecuentemente medianos y malos; pero ya ha desaparecido
por completo esta especie. Tal vez en el ambiente apaci-
ble y conservador de la vida provinciana es donde no se ob-
ierva tanto la indicada laguna déla tradición poética, y á ve-
ces vieue de estos lagares algún libro de versos que denota co-
municación ó vínculo espiritual con aquellos poetas y cierta
semejanza con ellos en el sentir; pero en Madrid y en Barce-
lona, los poetas nuevos siguen evidentemente otras sendas.
Como observación final, consignaré que leyendo el Florile-
gio se atenúa algo la impresión de la decadencia de la poesía
lírica entre nosotros, en el período en que nos hallamos. Ver-
dad es que no vemos al presente figuras poéticas de la talla de
Quintana, de Zorrilla, de Becquer, ni un nuevo Campoamor,
ni otro Núñez de Arce, que es el único gran poeta supervi-
viente; pero si se hace abstracción de estas grandes figuras,
que al cabo tienen algo de excepcional, muchos de los poetas
de hoy resisten sin desventaja suya la comparación con los in-
cluidos en el Florilegio hasta donde su publicación alcanza, de
lo cual debemos deducir que en esto, como en tantas otras
cosas, hay cierta ilusión óptica de lejanía, efecto del tiempo,
que embellece con su pátina lo pasado y nos lo hace ver más
deleitoso y poético que lo que tenemos al alcance de la mano
y vemos muy de cerca.
E. Gómez db Baquebo.
E. M.—Agosto J902. 12
ÜEYISTA DE REVISTAS
SUMARIO.— Feminismo: El movimiento feminista. =FiLoeoFfA socukf.:
La filosofía del aDarquisnio.=CuBSTiONBS sociales: El trabajo de las
mujeres en Franc!a.=Psico-FísiCA: Psicología de la mentira.=LiTB-
ratura: La Asociación de los críticos literarios.=lMPRESioNKS y ko-
TAS: Las enfermedades en los Rejes.— Influencia de la educación ca
los grandes hombre^,— Los libros que no se leen.— Las reputaciones
literarias.
F^EMIISISMO
El movimiento feminista. — En la antigua Bevue des Re-
vueSy que ha consagrado al feminismo tan interesantes traba-
jos, inserta la Sra. Schirmacher, agregada de Universidad, un
capítulo más de la historia del desarrollo de las ideas y reivin-
dicaciones feministas en los diversos países de Europa y Amé-
rica.
En Zurich, el Consejo cantonal se ha declarado en contra
del sufragio femenino en'materia eclesiástica.
En Bélgica continúa sobre el tapete el sufragio municipal
y político de las mujeres. Gracias á la iniciativa de Vander-
velde, el Parlamento tendrá que resolver sobre la admisión de
las mujeres al servicio de la abogacía.
Italia ha votado una ley sobre el trabajo de las mujeres.
El Estado ha creado Institutos de segunda enseñanza para las
jóvenes, pudiendo, por otra parte, seguir los de los Institu-
tos de varones las que quieran hacer estudios clásicos. En
RKVI8TA DE REVISTAS 179
Eoma y en Florencia se han establecido instituciones para
preparar á las jóvenes para el bachillerato. En cuanto á las
Universidades, están abiertas á las mujeres, habiendo 132 en-
tre 21.813 estudiantes de las diversas Facultades; 18 han he-
cho el Doctorado y 58 la Licenciatura. En Italia, donde la mu-
jer no puede ejercer la abogacía, hay una Profesora de Derd-
oho, Teresa Labriola, en la Universidad de Bolonia.
Rusia avanza siempre en el camino de la emancipación in-
telectual de la mujer. Allí hay 650 medicas entre unos 15.030
médicos, y una mujer, la Dra. Wiber-Schuraow, hu sido nom-
brada Profesora de Química de la Universidad de San Pe-
tersburgo. Los sueldos son iguales en ambos sexos, pero el ra-
tiro es de 900 rublos para el hombre y de 600 para la mujer.
El Ministerio de Agricultura ha decidido emplear á las muje-
res en los servicios de seguros de incendios: en San Pefcers-
burgo se ha abierto la primera escuela de relojería para mu-
jeres, haciéndose los estudios en tres años y debiendo poseer
las aspirantes á ingreso los conocimientos de ios cuatro pri-
meros años de los liceos de jóvenes; en Finlandia ha sido nom-
brada una mujer arquitecta de los edificios públicos de Hel-
singfors.
Servia — ¿quién había de esperarlo? — ha puesto sobre el ta-
pete la cuestión del voto político de la mujer; el Senado ha re-
chazado la proposición, y el metropolitano y los obispos han
votado en pro.
En Noruega las mujeres han tomado parte por primera
vez en las elecciones municipales; allí son electoras todas las
casadas cuyos maridos paguen 300 coronas de contribución.
Las elecciones de Cristianía han sido un verdadero aconteci-
miento, y dos mujeres han sido elegidas concejales; la mayo-
ría del Ayuntamiento, que era liberal, se ha convertido en
conservadora por la intervención de las mujeres.
El feminismo inglés permanece estacionario. El último
Qongreso de las Irade-Unions ha votado por la concesión del
sufragio á las mujeres, y GO.OOO obreras han pedido lo mismo,
180 LA ESPAÍÍA MODERNA
pero sin resultado. La educación inglesa está en manos de la
mujer, habiendo 36.435 maestras contra 23.439 maestros y
22.671 adjuntas contra 4.165 adjuntos. Lo mismo ocurre en
los Estados Unidos, donde el 95 por 100 del total de educado-
res públicos es de mujeres. Inglaterra cuenta ya con su pri-
mera doctora, en Derecho, miss Temple Orm, alumna de la
Universidad de Londres.
En los Estados Unidos se sigue trabajando en favor del
sufragio; en 1901, la Sociedad constituida al efecto ha con-
quistado muchos prosélitos, y no ha perdonado gasto de acti-
YÍdad ni de dinero para hacer su propaganda.
En Austria, las empleadas de Correos y Telégrafos han ce-
lebrado el 30.° aniversario do su entrada al servicio del Esta-
do: en 1872 eran 40 con 40 francos mensuales; hoy son 3.000, y
la paga ha sido aumentada en un tercio y con derecho al retiro.
En Bada Pest tiene la Universidad dos mujeres: una como Au-
xiliar de clínica y otra como Ayudante del Instituto ñsiológico.
Francia sigue figurando á la cabeza del movimiento, aun-
que sin gran resultado por lo que hace á las concesiones de
orden político. En el Consejo de Administración de una Com-
pañía de tranvías figuran dos mujeres, y en la diplomacia ha
tenido entrada otra.
En Alemania, en fin, la agitación en favor del sufragio fe-
menino y de la enseñanza de la mujer continúa con ardor;
pero las alemanas tropiezan con las convicciones del Ministro
de Instrucción pública Studt, para quien el ideal de la mujer
os siempre la dulce Gretchen, manejando la aguja y espu-
mando el puchero.
p^ir_.OSOFIA SOOIAL.
La FILOSOFÍA DEL ANARQUISMO. — A ,toda doctriua social —
dice Sauz y Escartín en La Lectura — corresponde determinado
concepto del hombre y de su fin en la vida. Toda organización
REVISTA DE REVISTAS 181
política rasbriotiva se fiíiida ea un coiicspto posimisba; todo
régimen de libertad ea uaa apreoiacióa opbiaiisfca. El anar-
quisaio contemporáneo obedece á la misma ley; pero en él hay
dos direcciones fandameataies, que sólo tienen de comúa el
odio á la pre.íonbe organización política y social.
La primera de estas airecciones constituye lo que pudiera
llamarse anarquismo egoísta ó antisocial^ considerando al in-
dividuo como la única realidad; su representante mis genuino
es Max Stirner con su obra EL único z/ su propiedal. Para
Stirncr, el hombre no tiene cíeberes ni misión ninguna que
cumplir; su fuerza e::> su deber; debe hacer lo que pueda, siu
más norma de sus actos. Tiene derecho á hacerlo todo, si pue-
de; el fuerte está por encima de toda ley. Esto es la renova-
ción de la doctrina de Protágoras: homo mensura rerum; sólo
que Protágoras hablaba teóricamente, y Srirner y su discípulo
Nietzsehe pretenden llevar á la realidad las falacias del sofista.
Stirner se declara enemigo del Estado porque su existeucia
implica la mutilación del individuo, y como él dice, «puedQ.
suceder que el bien público y el Estado estén radiantes de sa-
tisfacción y yo tenga hambre». El egoísmo es la única ver-
dad. La propiedad de cada cual llega iiasta donde alcance su
brazo; «reivindicaré como mío todo lo que pueda conquistar y
no estimaré como verdaderos límites de mi propiedad más que
mi fuerza, única fuente de mi derecho, sin detenerme ante
ninguna acción, sea la que quiera; el derecho de vida y muer-
te que se reservan la Iglesia y el EjtaJo, me pertenece». Gomo
se ve, esta doctrina os fruto de una aberración.
Tucker y Nietzsehe nos muestran las consecuencias de la
doctrina de Stirner. Tucker legitima el régimen de la fuerza
y justifica la trama. «Todo individuo— dice, — llámese Syckies
ó Alejandro Romanoff, y todo conjunto de individuos, lláme-
se liga de chinos ó Congreso Norteamericano, tiene el derecho
de matar ó esclavizar á otros individuos y de sujetar al Uni-
verso, si. tiene poder para ello.»
Lo mismo afirma Nietzsehe, verdadero anarquista en el
182 LA ESPAÑA MODERNA
sentido puramente negativo de la palabra, al declarar que el
hombre es un ser insociable, que la sociedad es contra natura-
leza, y que el hombre que ama la sociedad es un animal de-
pravado. Adversario de toda democracia, proclama que nin-
guno de los pueblos que han figurado en la historia se ha en-
grandecido por instituciones liberales. Para él no hay más que
fuertes y débiles: para los fuertes, libertad ilimitada sin tra-
bas legales ni morales; para los débiles, la obediencia y la es-
clavitud. El llamado hombre bueno es un síntoma de decaden-
cia, un veneno, un narcótico; la moral es el peligro por exce-
lencia; les mayores peligros para el porvenir están en los
biienos y los justos. ¡Destruidme los buenos y los justos!
El procedimiento constante de Nietzsche, según Fouiilóe^
consiste en deformar progresivamente las verdades más sen-
cillas, y gran parte de su éxito se debe á este procedimiento
^e paradojas sistemáticas, que viene á ser como una especie
de locura de buena fe. Por eso ha producido efecto en nuestra
juventud, ávida de novedades, pero sin suficiente vigor de dis-
cernimiento.
El anarquismo de Stirner, Tucker y Nietzsche no puede
considerarse como doctrina social de carácter positivo. La
doctrina del egoísmo y de la fuerza haría retroceder á la hu-
manidad á los tiempos prehistóricos; claro es que este es el
verdadero anarquismo, en el sentido de carencia de toda nor-
ma, sólo concebible en los tiempos primitivos, en que el hom-
bre vivía como una fiera en su guarida. Contra este concepto
se levanta Bakunine atacando toda posición privilegiada, y
Aspirando á la justicia y al bien para todos. León Tolstoi, por
sn parte, flagela sin piedad á los egoístas, calificando á quienes
profesan las ideas de Nietzsche, no de hombres extraviados,
sino de hombres pervertidos, que es lo más exacto. Afortuna-
damente, frente al anarquismo de Stirner y de Nietzsche se le-
vanta otro anarquismo, cuyos más genuinos representantes,
Tolstoi, Bakunine y Kropotkine, revelan á la humanidad otra
«lase de horizontes.
REVISTA DB RUTISTAS 183
OUESTIOlSm^S SOOIALES
El trabajo db las mujeres en Francia.— No tiene 'desper-
^üio el artículo consagrado por la Rassegna internazionale á
este interesante asunto .
Según el último censo de población, hay en Francia
28.329.988 adultos, de los cuales son varones 13.947.626, y
hembras 14.382.462, constituyendo la población activa ó que
ejecuta un trabajo personal 6.382.658 mujeres y 12.061.121
hombres; en estas últimas cifras no figuran las mujeres que se
ocupan en los quehaceres de su casa, pues entonces habría que
agregar 7.728.8o4 mujeres casadas, de las cuales 2,685.796
trabajan además fuera de casa.
Atendiendo á las profesiones, las mujeres pueden clasifi-
carse del modo siguiente:
Araas de casa. , , c . . . 7.728.854
Dedicadas á la agricultura ...... ....,.......*. 2.754.593
A la industria . .• . 1.888.947
Al servicio doméstico . . 737.941
Al comercio . . . . ; . . 571 .079
A la mauutencióii y transportes. . . 160.760
A las profesionOvS liberales . 138.460
Religiosas 120.000
Al «ervicio del E-stado, de las prorinc'as y Municipios . . 104.648
A los espectáculos y agencias. 12.645
A la prestación personal,. , 6.418
A la pesca ; . , 5,236
A las minas. . , : . . . . 4.759
La profesión de mujer casada ó de su casa es la más nume-
rosa: pero mientras las ricas trabajan poco y gozan de todas
las consideraciones sociales, las pobres tienen que hacerlo todo
y contentarse con la propia estimación; la carrera del matri-
monio se ha hecho muy difícil para las muchachas sin dote.
De las 2.754.693 mujeres dedicadas á la agricultura, son
184
LA ESPAÑA MODERNA
directoras de explotaciones agrícolas ó forestales 1.250.738, no
llegando de ellas más que 3.720 á tomar parte en los Sindica-
tos agrícolas, que cuentan con 572.794 miembros; como de-
pendientes, trabajan en el cultivo de la tierra 1.073.650 muje-
res, á las que hay que añadir 412.824, que no tienen trabajo
constante. El salario agrícola de la mujer varía desde noven-
ta céntimos en Morbihan á dos francos en el Sena; el salario
del hombre es un tercio más que el de la mujer. La pesca pro-
piamente dicha, la ostricultura, ocupa á 5.236 mujeres y 66.388
hombres, siendo un trabajo fatigoso que á veces requiere vein-
te horas de labor para obtener cuatro francos de salario.
En las diversas industrias, englobando patrones y obreros
(las patronas son 193.905, de las cuales 117.115 pertenecen á
las industrias de vestuario), he aquí los números que arrroj*
la estadística:
INDUSTRIAS
Mujeres.
Hombres.
Vestuario
Textiles
1.135.553
463.217
81.460
46.453
37.273
51.774
15.898
24.287
15.749
12.260
9.143
8.198
3.446
2.518
1.773
1.717
1.313
794
168.096
438.082
Aliuieutücióii .................
363.113
Cueros y pieles . .
Maderas c ......... .
Hierros y aceros
Tierras y piedras de fuego
Papel
288.249
640.320
575.921
129.842
34.054
Libros
60.786
Plumas y crines
Industrias químicas
Metales finos
21.948
74.;) 18
18.317
Minas . , . . ■
151.180
Movimiento de tierras . . ..
Labrado de la piedra
Piedras preciosas. . , « .
Canteras .. . ...■• •
550.060
53.721
2.607
59.558 *
Metalurgia .
55.116
Los salarios industriales son muj variados: las que traba-
REVISTA DE REVISTAS 185
jau en piedras preciosas ganan 5,25 francos en provincias
y 9,25 en París; las que se dedican á vestidos y á las indas-
trias textiles, ganan de 1,93 á 2,10; en metalurgia, canteras y
construcciones, de 1 á 1,55; el promedio en los demás trabajos
es de 2 francos, lo cual no llega ni á la mitad del salario del
hombre, cuyo promedio varía de 3,20 á T,50. Y como los gas-
tos apenas pueden cubrirse con tan escaso estipendio, las
829.057 mujeres que se dedican á la industria no pueden casi
nunca equilibrar su presupuesto, á pesar de sus nueve ú once
horas diarias de trabajo. Los salarios se resienten del exceso
de la demanda, y de ahí que la mujer necesite alguien que la
ayude, marido ó no.
El servicio doméstico es una de las mejores salidas para la
mujer, pues se encuentran generalmente alimentadas, vesti-
das y alojadas, y ganan además de 30 á 50 francos de salario.
Esto, sin embargo, es en teoría, pues en la práctica el aloja-
miento y la comida dejan mucho que desear, y la vida de do-
mesticidad es penosísima.
De las dedicadas al comercio, 165.574 son patr o ñas, 157.370
son empleadas, y el resto son vendedoras, alimentadas por el
patrón y ganando además de 50 á 100 francos mensuales, sin
contar la participación en las ganancias, novedad introducida
por los grandes almacenes y que ha dado excelentes resulta-
dos, lo mismo para los patronos que para los obreros ó em-
pleados.
En los servicios de manutención y transportes se compren-
den los relativos al embalaje, distribución, expedición de mer-
cancías, etc.; las mujeres dedicadas á los mismos no ganan
más de 1,50 francos, excepto las encargadas de los despachos
de billetes, que ganan unos tres francos.
La categoría de las profesiones liberales comprende 138.400
mujeres (por 199.546 hombres) y casi todos se reducen al per-
sonal dedicado á la enseñanza; hay dos mujeres abogadas, 82
módicas, 18 dentistas, una oculista, tres boticarias, 9.000 per-
tenecientes al teatro, 4.000 compositoras de música ó ejecu-
186 LA ESPAÑA MODERNA
tantes, 2.188 pintoras ó dibujantes, 87 escnltoras, un centena-
de periodistas y otro centenar de escritoras de todas clases?,
especialmente novelistas.
De las 120.000 religiosas, 58.836 pertenecen á órdenes an-
torizadas y el resto á las no autorizadas, correspondiendo las
primeras á 3.247 congregaciones, de las cuales 15 son contem-
plativ^as, 33 arrepentidas, 49 enfermeras, 300 hospitalarias,
587 de instrucción y 2.661 de instrucción y hospitalarias jun-
tamente.
El servicio del Estado y de los Municipios da ocupación á
90.330 mujeres, de las cuales 14.825 corresponden á Correos y
Telégrafos, y la mayor parte á la enseñanza. En la enseñanza
primaria figuran 50.538 con sueldos que varían de 1.000 á
1.500 francos, teniendo además una indemnización en los pue*
blos de más de 1.000 habitantes de 75 á 400 francos anuales,
y existiendo además tres inspectoras. En la enseñanza secun-
daria figuran solamente 1.172, de las cuales 901 son solteras
y 271 casadas; los sueldos llegan desde 1.000 francos, que tie-
nen las vigilantes, hasta 7.000, que tienen las directoras de
Liceos. En la enseñanza superior no hay más que 211 asisten-
tas, sin que ninguna mujer ocupe cátedra alguna oficial. Apar-
te de esto, el Ministerio de Comercio emplea 17 mujeres como
Inspectoras del Trabajo, con sueldos de 2.000 á 5.000 francos.
J^SIOO-F'ISIOA
Psicología de la mrjntisa. — La mayor parte de las cues-
tiones políticas, sociales, jurídicas y domésticas — dice en La
R&Due Camilo Melinand — son inextricables por la mentira uni-
versal, que todo lo invade, y cuyo estudio, siempre de actua-
lidad, es eterno.
¿Cómo nos hacemos embusteros? El niño no miente ni sabe
disimular en sus primeros años; para llegar á mentir pasa por
varias etapas. La primera es el descubrimiento de la mentira
REVISTA DE REVISTAS 187
en el juego; una niña que juega con su muñeca afirma qué
tiene una hija, que crece, que habla, que se pone mala, etc.; de
ahí á la mentira no hay más que un paso. Un niño viene gi-
miendo á decirnos que un compañero la ha pegado; nosotros
le creemos, nos indignamos, y entonces declara riendo que ha
dicho aquello «por jugar». Moralmente, allí no hay mentira,
porque falta la mala intención; pero psicológicamente, ape*
ñas puede notarse el matiz.
Descubierto por el niño que hay un medio de engañar alas
gentes, aparece la segunda etapa, que es la enseñanza de la
mentira por el ejemplo. Hasta en las familias más honradas,
el niño coge á sus padres en flagrante delito de embuste, como
cuando se hace responder á la criada que no estamos en casa,
cuando cumplimentamos á alguien, y luego que se va, le cri-
ticamos, etc.
El tercer momento es el encuentro del niño en la sociedad:
lo dice todo, lo cuenta todo tal como es, y sus padres le re-
prenden; claro es que no le dicen que mienta, pero sí que no
debe decir todo lo que siente: es la revelación de la mentira
obligatoria, cuyas ventajas no tarda en comprender en sus re-
laciones con los demás niños. Y es que no se puede vivir so-
cialmente sin mentir. Nadie se muestra tal como es. La corte-
sía nos prohibe la sinceridad absoluta; la modestia nos impone
el disimulo inconsciente; el pudor nos prohibe descubrir cier-
tos sentimientos. El niño percibe todo esto y se hace embus-
tero, como todo el mundo, y gracias si se detiene en la dosiíi
obligatoria.
Y así llegamos al cuarto momento de la evolución: el niño
sabe que la mentira le aprovecha, y la emplea; y al nsar de ella
uno y otro día, por unas ú otras causas, llega á convertirse en
mentiroso, pues siendo tan fácil el mentir, y habiendo tantos
pretextos para hacerlo, á la menor tentación que se sienta, se
miente, creándose así el hábito de la mentira. La verdadera
causa de todo está en la irregularidad de la vida. La mentira
es un esfuerzo para aparentar una conducta regular; es la
188 LA ESI'AtA MODHIiNA
máscara que se lleva desde el día ea que no gusfca verse tal
como se es. Basta, pues, saber que uu hombre es embustero,
para sospechar que no es honrado.
Ya sabemos cómo el hombre se ha hecho mentiroso; vea-
mos ahora los procedimientos que emplea y los móviles que
le guían.
Mentir es sustituir á la realidad, tal como es, una ficción
que nos parece preferible. E.^ta sustitiioión puede operarse do
diferentes modos. En primer término está la mentira por
creación total; esta especie no es la más frecuente, porque su
empleo es peligroso; por eso la mentira suele bordarse sobro
trama de verdad. Hay tres modos de alterar la realidad: la
sustracción j la exageración y el bordado. El primero consiste
en suprimir, en una serie de sucesos, el que nos molesta; esta
especie de mentira es sumamente frecuente: como no se inven-
ta nada, no parece que se miente; como no todo es confesa-
ble, se disculpa perfectamente cualquier omisión, aunque lle-
gue á descubrirse. También es muy frecuente la mentira por
exageración; la tendencia á la amplificación es natural, y has-
ta liaj^ regiones — Andalucía y Gascuña — que tienen fama en
la materia. Ninguna de estas clases de mentira es, sin embar-
go, tan corriente como la mentira por embellecimiento; sobre
el tema dado por la realidad se ejecuta una obra de arte, y
todo el mundo, en más ó menos grado, es artista de este
género.
En cuanto á los móviles, es indudable que en general no so
miente por mentir. La pasión es la que ordinariamente sugie-
re la mentira. ¡Qué poder de- invención tiene el odio para re-
bajar al aborrecido! ¿Y el amor? ¿Cuántos embustes no inven-
ta el que ama? Se miente para hacerse valer más; se miente
para despreciar á sus rivales; se miente para excitar los celos;
se miente para despistarlos. Y lo mismo que con el odio y el
amor, ocurre con el espíritu de partido, con la pasión del po-
der, con el afán de ganar, fuentes inagotables del mentir,
aunque ninguna iguala en este punto á la vanidad y á la co-
REVISTA DE REVISTAS 189
bardía, que sou los dos móviles más poderosos del embuste.
Hay tam.bien tentaciones de mentir procedentes de la bondad,
de la caridad, de la abnegación; pero son casos raros, y no
pueden considerarse como elementos integrantes del estudio
del hombre mentiroso.
Aunque se conozca que se ha mentido, gusta probarse á si
mismo que se tiene razón para mentir; estos sofismas de justi-
ficación son numerosos. Uno de los más frecuentes puede for-
mularse así: «Con esto no hago daño á nadie», añadiéndose
aparte: «y á mí me conviene». Es decir, cuando una mentira
puede aprovecharme sin perjuicio de otro, tengo derecho de
mentir. El sofisma es evidente, pues si miento, engaño á quien
me oye y falto á mi deber; lejos, pues, da no hacer daño á na-
die, daño al prójimo y me daño á mí mismo. Otro sofisma más
seductor es este: «Miento á esta persona, pero es por su bien.»
El hecho es frecuentísimo y altamente inmoral. ¿No es mejor
tratar de convencer á esa persona en lugar de engañarla?
Otra justificación sofística consiste en decir: «Miento á esta
persona, pero es para no disgustarla»; un autor, por ejemplo,
nos pregunta sobre su obra; nos parece mala, pero le decimos
que es buena por evitarle un disgusto.
Hay que reconocer, sin embargo, que á veces hay conflic-
to entre la delicadeza y la sinceridad; pero realmente no hay
más que una excusa valedera de la mentira: la de impedir una
injusticia. Es evidente que si, á costa de una mentira, puedo
yo salvar á un hombre de los malhechores que le buscan, yo
debo mentir. Hay además m.entiras hermosas, generosas, he-
roicas: una madre que se acusa falsamente por salvar á su hijo,
merece con justicia nuestra admiración. Pero .estas mentiras
no son mentiras de mentirosos.
¿Cómc disminuir la mentira? Los padres y los pedagogos
deben procurarlo, castigando la mentira más que otra falta
cualquiera, inculcando en el espíritu del niño el horror al
jnentir y recompensando con elogios la sinceridad.
¿Cómo reconocer al embustero? No hay medio ninguno,
190 LA ESPAÍfA MODERNA
absolutamente seguro; pero la sinceridad se reconoce en do»
cosas: el valor de dar un disgusto y el valor de confesar sus
faltas. Por lo demás, al que miente se le puede reconocer en la
falsía de la dicción; las gentes demasiado francas y las dema-
siado políticas dan también respetable contingente de em-
busteros.
LITJUlRA'ríJ.Í^A
La AsociAciÓN^ DB LOS ceíticos literarios. — iQué finura de
sátira la que desplega en la Revue Bleue Ernesto Carlos para
criticar á los críticos que han pensado en asociarse para formar
un sindicato!... El artículo en cuestión aparece en forma de
carta dirigida á Eugenio Ledrain.
¡Cómo! ¿Con que formamos una Asociación de críticos lite-
rarios— dice — y no forma usted parte de ella?... Hay que for-
mar parte de todas las asociaciones, y particularmente de todas
las asociaciones sindicales, pues el sindicato, como es sabido,
no es sólo el presente, es el porvenir. El porvenir es de Dios,
decía Víctor Hugo; pero desde que Dios ha resignado algunos
de sus poderes, el porvenir es del sindicato.
Los críticos se han sindicado, y eso sólo es ya un bien.
¿Creéis que el sindicato sea inútil? Fijaos en que algunos de
los primeros que firmaron la convocatoria anuncian ya su re-
tirada; esto prueba que la creación del sindicato les ha hecho
reflexionar, y por lo visto antes no tenían costumbre de ha-
cerlo. Otros, que sin asistir á las sesiones habían dado encar-
go especial á sus colegas de hacerlos elegir miembros del Co-
mité— pues toda asociación tiene, naturalmente, unComité — se
han retirado incomodados porque han sido desconocidas sus
aptitudes. Y he ahí cómo la formación de un sindicato nos
hace conocer á fondo á los hombres y á los críticos penetran-
do en su alma, como pudieran hacerlo los verdaderos psicólo-
gos y Pablo Bourget.
Y luego — no os riáis — la Asociación de los críticos tiene un
REVISTA DE REVISTA» 191
programa, pues es conveniente que los asociados sepan exacta-
mente cuáles son los puntos en que no pueden entenderse.
¿Se obligará á todos los editores á «hacer el servicio» regular de
los libros que publican á los críticos literarios? ¿Cómo obligar
á un editor á mandar sus obras á un crítico que lo es sin serlo
por no tener sitio donde criticar? Hay que hacer un promedio,
se dice, y los editores están dispuestos á ello. ¡Magnífico!
Pero hay más. Es preciso forzar á todos los directores de
revistas y periódicos á tomar críticos literarios, así como
suena, verdaderos críticos, y no críticos de pega. La cosa no
es vulgar, y mucho más viniendo de los mismos críticos lite-
rarios: todos los sindicatos fundados hasta el presente, se fun-
dan para disminuir los efectos de la concurrencia; pero los crí-
ticos literarios fundan un sindicato para desarrollar la concu-
rrencia. ¡Ese es el sindicato del siglo xx!
No hay que decir que los editores, cediendo á nuestras ins-
tancias, no pagarán derechos de publicidad más que á los pe-
riódicos que tengan un crítico literario. Y no es esto todo:
estos críticos sindicados han acordado descubrir, revelar algu-
nos jóvenes; para el invierno próximo tendremos esa revela-
ción. ¿Quiénes serán los descubiertos?... No tardaremos en sa-
berlo, y no se dirá que la Asociación de los críticos no sirve
para nada útil.
Y tal vez llegaremos — ¡son hoy tan poderosos los sindica-
tos!— á resucitar la crítica literaria independiente. ¡Un sueño,
-un verdadero sueño! Gustavo Planche decía que «un talento
serio ó independiente no cuenta con el apoyo de la mayor parte
de los críticos, que saben sólo alentar á los espíritus vulgares,
lisonjear el orgullo unido á la opulencia y allanar el camino á
los que no temen ver llegar, y que no tienen sino desdén para
los que pueden ser sus émulos». Si la crítica está hoy tan reba-
jada, no es porque la aplasten las exigencias de los editores y
directores de periódicos, ni porque la industria literaria lo
haya invadido todo, sino porque hay lepóridos de la crítica
que con las orejas ai aire recogiendo todos los ruidos, andan
192 LA ESPAÍÍrA MODERNA
siempre buscando á quién podrán adular ventajosamente.
En verdad que la asociación está ahora sólo en sas comien-
230S; Brunetiére, Doumic, Lemaitre, Rod, Fagaet, France y
tantos otros, no se han inscribo todavía en ella; pero ¡ya
vendrán! Y perded cuidado, que sus títulos serán examinados
escrupulosamente. La Asociación sólo exige dos padrinos, una
pequeña cuota y mucho ardor para operar el saneamiento de
la crítica. ¡Entremos en ella, aanque sólo sea por el inrifable
placer de ser presididos por Gastón Deschamps, con cuyo
nombre está dicho todo!
IMr*R,Ti:SI01VES Y ivo-rAs
Las enfermedades kn los Reyes. — El que fue Ministro de
Napoleón III, Emilio OUivier, viene publicando en la Eevue
des Deux Mondes una serie de artículos que constituyen una
verdadera historia del segundo Imperio, avalorada por las ob-
servaciones personales del autor, que tan importante papel
desempeñó en los sucesos mismos que relata. Al trazar el cua-
dro de los últimos años del Gobierno de Napoleón III, dice:
«En adelante, en la historia del Emperador va á interve-
nir un elemento invisible, pero siempre activo, y del que no
puede prescindirse si se ha de ser justo: la enfermedad. El
Emperador estaba minado sordamente. Su voluntad desapa-
reció, y en los momentos de crisis,* desapareció hasta el punto
de ponerse á disposición de sus consejeros. Según Michelet, ha
habido dos Luis XIV: el de antes y el de después de la fístula.
También ha habido dos Napoleón III: el de antes y el de des-
pués de la piedra. El segundo período comienza definitivamen-
te en el año 1865. Cada vez más, lo que era prudencia se con-
vierte en incertidumbre; lo que era reflexión, en marcha á
tientas; la audacia se detiene en las veleidades; el que antes
«onducía á sus Ministros va á ser ahora guiado por ellos. Y
«so, en el momento en que la muerte acababa de arrebatarle á
REVIRTA DE REVISTAS 193
Iforny, el único hombre que hubiera podido suplir su volun-
tad desfallecida en medio de complicaciones cada vez mayores,
que exigían más que nunca la prontitud del golpe de vista y
la firmeza de la resolución. »
Influencia de la educación en los grandes hombres. —
La Revue Blanche se ha dirigido á varios escritores pregun-
tándoles cuál ha sido la influencia que en ellos ha ejercido la
educación recibida. Entre las respuestas recibidas recogemos
las siguientes, no tanto por el valor que pueda dárseles, pues
harto se ve el espíritu de parcialidad que á veces las anima,
cuanto por la notoriedad de los nombres, y á título de docu-
mentos curiosos:
«La educación de la familia — dice Berenger — ha sido para
mí el principal agente del desarrollo intelectual y moral.» De
aquí que Berenger se declare resueltamente en favor del ex-
ternado.
Anatolio France, que ha sido alumno del colegio Stanislas,
«que ha fabricado tantos clericales», salió del mismo hecho un
librepensador. Por eso no cree gran cosa en la influencia de la
educación, cuando se opera sobre espíritus independientes.
Mauricio Maeterlinck, educado por los jesuítas, se revuelve
-eontra ellos, declarando que ha necesitado diez años para res-
tablecer su salud intelectual y moral. «No hay — dice — más
-que una sola enseñanza libre: la que no reconoce ninguna re-
ligión positiva.»
Octavio Mirbeau, educado también por los jesuítas, es to-
davía más explícito: «De esta educación — dice — que no des-
cansa sino sobre la mentira y el miedo, he conservado mucho
tiempo todos los terrores de la moral católica, y sólo tras lar-
gas luchas y á costa de dolorosos esfuerzos he logrado librar-
me de esas supersticiones abominables con las que se encade-
»a el espíritu del niño para mejor dominar al hombre más
E. M.— Agosto 1902. 13
194 LA B8PA&A MODBKITA
tarde. No tengo más que un odio en el corazón, pero profundo
y vivaz: el odio á la educación religiosa. Por eso, siendo par-
tidario de todas las libertades, me sublevo con indignación
contra la libertad de enseñanza, que es la negación misma de
la libertad. ¿Es que so pretexto de libertad se permite á lajs
gentes envenenar los manantiales?»
No es menos enérgico Emilio Zola: «Como hombre social —
dice — estimo que es preciso suprimir absolutamente la ense-
ñanza religiosa.» Este, sin embargo, va todavía más allá, afir-
mando que «el Cristianismo es una doctrina antisocial, anti-
humana, una doctrina de muerte que suprime la vida, la tie-
rra, en provecho de una existencia supraterrestre, cebo falaz
con cuya ayuda se persigue un fin de dominación demasiado
real y demasiado tangible. Socialmente, no se tiene derecho
para hacer mal; es preciso, por consiguiente, quitar á todo
trance á esta secta malsana su nocivo poder». No estaría demás
que Zola se pusiera al habla con Tolstoi para recibir alguna»
de las hermosas lecciones del novelista ruso, tan diametral-
mente opuestas á las sostenidas por el novelista francés.
*
* *
Los LIBROS QUE NO SE LEEN. — Tal OS el título de un artícu-
lo publicado por Fernando Laban en la Deustche Rundschau,
Laban se sorprende de que sus compatriotas los alemanes
permanezcan indeferentes ante las obras del italiano Leopardi
y el poeta de Oriente Ornar Khaijam, dos genios que á él le
parecen los más notables de nuestra época.
Y no es porque ni uno ni otro poeta sean desconocidos en
Alemania, pues Heyse ha traducido á Leopardi, y Schack y
Bodensteck á Omar Khaijam; pero á pesar del meritorio es-
fuerzo de estos traductores, Alemania ha seguido sin hacer
caso de sus obras, siendo así que nO hay ningún país eñ donde
se hayan hecho más traducciones del italiano y del oriental que
en Alemania/ y algunas llegando al éxito más grande, pues el
REVISTA DE REVISTAS 195
mismo Rodensteck ha tradncido las poesías de Mirza-Scliaffj,
habiendo llegado nada menos que á 145 ediciones. ¿Por qué,
al lado de este entusiasmo por un poeta, existe tal frialdad
respecto de otros que, como Leopardi, es el ídolo de los italia-
nos, y como Khaijam, es admirado y celebrado tanto en Ingla-
terra y en América? Laban no se lo explica, ni la cosa es fáoil
de explicar.
Las keput aciones literarias. — Con este título ha publica-
do Pablo Stapfer un libro interesante. ¿Pasaré yo á la poste-
ridad? Tal es la pregunta que se hace el autor, contestándola
negativamente, y dedicando dos volúmenes al examen de las
causas de esta «incapacidad para la gloria literaria».
La argumentación de Stapfer es la siguiente: «Yo he es-
crito algunos volúmenes de crítica bastante buenos que, sin
darmeja gloria, podían darme la notoriedad que esperan todos
los que escriben. Hay que distinguir la inmortalidad del nom-
bre de la inmortalidad de la obra, y ver el trabajo ciego del
tiempo que ñunde una y otra en el olvido, y el trabajo no me-
nos ciego de los hombres dirigido á limitar inexorablemente
la inmortalidad, discutiendo la legitimidad del éxito y la ini-
quidad del olvido. ¿Y cuál es la conclusión que se desprende
de esas nobles, tenaces y sublimes tentativas del alma hacia
un sueño de ideal inmortalidad? La misma que se lee en los
l)lancos túmulos de la humilde aldea y de los fastuosos mau-
soleos de los grandes cementerios: «¡Hermanos!... ¡Hay que
morir!»
Desoladora es la conclusión; pero el autor ofrece cuatro
consuelos á los que quieren Ser consolados: 1.** El del buen
sentido vulgar que opone la vida presente, como único bien y
realidad única, al enigma obscuro de la muerte. 2.® El pensa-
miento de que no es el hombre, sino la humanidad, lo que
existe real y perennemente. 3.** La persuasión de que el pro-
196 LA ESPAÑA MODEEKA
dncir, el crear en las artes y en las letras es un mérito que no
necesita recompensa, un deleite al que nada aumenta la parti-
cipación de la multitud ni de la posteridad. 4.** El convenci-
miento de que es bastante satisfacción el ejercicio mismo de
la inteligencia, con el logro del saber y comprender el por
qué de las cosas mediante la serena actividad del espíritu diri-
gida á la libre investigación de la verdad.
Feenando Araüjo.
NOTA BIBLIOGRÁFICA
II socialismo e la sua tattica, per Giovauai Lerda. —Geaova, Librería
moderna, 1902.— Folleto de 62 páginas, 0,50 liras.
L'individualisino económico ei 11 socialismo contemporáneo, per Niccol¿
Pinsero.— Milano, Societá editrice libraría, 1901.— Un volumen de cer-
ca de 200 pág-inas, 2 liras.
Socialismo contro socialismo, per Giuseppe Zoppola. — Milano, Tipog^rafia
editrice, 1901.— Un volumen de 407 pág-inas, 3 liras.
Pertenecen estas tres obras á la abundantísima — demasia-
do abundante quizá — literatura contemporánea relativa al so-
cialismo, doctrinas que sostiene, posible actuación práctica
del mismo, vías para lograrla, etc.; y están escritas por tres
hombres que se hallan, respecto de él, en una muy diferente
actitud, pues mientras Lerda es un socialista militante, Pin-
sero no cree en el advenimiento del socialismo, aunque tam-
poco defiende el statu quo económico, ni tiene por buenas la
mayor parte de las afirmaciones optimistas de los individualis-
tas antiguos, y Zoppola es un adversario resuelto del ideal so-
cialista, al que contrapone el ideal cristiano.
El breve opúsculo de Lerda es la reproducción — con algu-
nas adiciones y un prefacio — de otro que publico el año 1897
el propio autor, tocante al problema, tan debatido en los úl-
timos años por los socialistas, de la táctica que éstos deben
«mplear para hacerse dueños del poder, una vez que en gran
198 LA ESPAÑA MODERNA
número de Estados constituyen ya un partido fuerte: v. gr., si
han de luchar siempre solos en las elecciones, ó coligados al-
guna vez, y cuándo, con partidos burgueses, sobre todo con
los más liberales; si han de entrar socialistas á formar parte
de gobiernos burgueses; valor que, según la teoría del mate-
rialismo histórico, ha de darse al elemento intelectivo, direc-
tor, como medio de lucha socialista; conducta del socialismo
con los pequeños propietarios rurales; etc.
Pinsero, como se infiere de lo dicho, al discutir las dos di-
recciones económicas extremas del individualismo á ultranza y
del socialismo, huye por igual délas dos, y de las dos también
acepta algo; colocándose, por lo tanto, en la posición interme-
dia, tan común en nuestros días, y á la vez tan cómoda, que
suele denominarse de la reforma social. El autor no dice en su
libro nada nuevo, ni apenas tampoco nada interesante; pero,
•orno resumen de doctrinas esparcidas aquí y allá, puede ser
átil á los principiantes, á los profanos que quieran tomar un
barniz de cultura en cuestiones económicas, y á los holgazanes
á quienes guste encontrarse las cosas sencillamente expuestas
y reunidas en poco volumen.
Finalmente, la obra de Zoppola, espíritu religioso y cre-
yente, aun cuando también anticlerical, es una de esas obras
que al presente abundan bastante, sobre todo fuera de España,
cuyos autores son más que nada literatos, y los cuales tratan
literariamente, con amenidad y soltura de dicción, sin la se-
quedad que impone casi siempre el verdadero rigor científico,
múltiples cuestiones filosóficas, sociales, políticas. El lector,
por poco versado que esté en el conocimiento de los problemas
sociales que hoy agitan las cabezas, no aprenderá cosa alguna
en el libro del Sr. Zoppola; sin embargo, es probable que pase
á veces buenos ratos leyéndolo. En él se tocan multitud de
asuntos. Pero el teorema que el autor sienta al principio del
mismo, y á cuya demostración está encaminado todo el razo-
namiento, es el siguiente: «El socialismo colectivista ó de Es-
tado, hacia el cual nos impulsa la tendencia demagógica mo-
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 199
tierna, es contrario á la naturaleza del hombre, y en el supues-
to de que se pudiera actuar — cosa sumamente difícil, — con-
duciría ala sociedad, de regresión en regresión, al punto de
donde la misma ha partido, ó sea á la primitiva barbarie.»
«Llegaremos, por el contrario, al verdadero socialismo,
digno de la raza que con razón pretende estar algo por encima
de los brutos; es decir, que los hombres podrán hallarse algún
día constituyendo una sola familia, á satisfacción de todos
ellos, si, respetando la ley natural de la desigualdad, y me-
diante una orgánica constitución político-social y con un alto
ideal religioso, conseguimos realizar una justa armonía — hoy
<3ompletamente rota — entre los distintos intereses de las diver-
sas clases, la moral de todos y el progreso general.»
P. DOBADO.
índice
PAg».
El filón del Vado del Diablo (uovela), por Brefc Harte 5
Poetas americanos: Marché á estudiar. .., por Juan Francisco Ibarra. 77
Psicología religiosa del pueblo español, por Edmundo González-
Blanco , 78
Memorias de una dama del siglo XIV y XV {de 1363 á 14Í2):
Doña Leonor López de Córdoba (parte segunda), por Adolfo de
Castro IIG
La devastación en el Sur de África^ por José Ibáñez Marín . 134
Crónica literaria, por E. Gómez de Raquero 167
Revista de Revistas, por Fernando Araujo 178
Nota bibliográfica, por P. Dorado. . . ; 197
CATALO&O
por orden alfabético de míiterias, de las obras que se rendeu en la
Mmmistracióii de LA^ ESPAÑA MODERNA, Calle de Foineuto,
nAmero 7, bajo, Msidrid.
ANTROPOLOGÍA
Ferri. — Antropolog-ía criminal, 3
pesetas. — Nuevos estudios de an-
tropología criminal, 3 pesetas.
Lombroso. — Antroi)ología y psi-
quiatría, 3 pesetas. —El hipnotis-
mo, 3 pesetas.— Aplicaciones judi-
ciales y médicas de la antropología
eriminal, 3 pesetas. — Últimos pro-
gresos de la Antropología crimi-
nal, 3 pesetas.— En colaboración
con Ferry, G-arofalo y Eioretti:
La Escuela criminológica positi-
vista, 7 pesetas.
Lemcke. — Estética, 8 pesetas. — G-a-
rofalo y Fioretti: La escuela cri-
minológica positivista, 7 pesetas.
Westermarck. — El matrimonio en
la especie humana, 12 pesetas.
ARTE
Lemcke.— Estética, 8 pesetas.
Taine.— Filosofía del Arte, 3 pese-
tas.— La pintura en los Países Ba-
jos, 3 pesetas. — El ideal en el Ar-
te, 3 pesetas. — El Arte en Grecia,
3 pesetas. — Ñapóles, 3 pesetas. —
Roma, 2 tomos, 6 pesetas. — Flo-
rencia, 3 pesetas. — Venecia, 3 pe-
setas .—Milán, 3 pesetas.
BIOGRAFÍA
Araujo. — Goya, 3 pesetas.
Asensio.— Pinzón, 3 pesetas.
nán Caballero, 1 peseta.
Fer
Barbey. — El Dandismo j Jorge
Brummel, 3 pesetas.
Becerro de Bengoa. — Trueba, 1
peseta.
Bergeret. — Mouton (Merinos) 1 pe-
seta.
Boissier. — Cicerón y sus amig-os,
Estudio de la sociedad romana dol
tiempo de César, 8 pesetas.
Bourget.— Taine, 0,50 pesetas.
Campo amor. — Cánovas, 1 peseta.
Dorado. — Concepción Arenal, 1 pe-
seta.
Fernández Guerra. — Hartzen-
busch, 1 j)eseta.
Fernán-Flor. — Zorrilla, 1 peseta. —
Tamayo, 1 peseta.
Gautier. — Nerval y Baudelaire, 3
pesetas.— Madama de Girardin y
Balzac, 3 pesetas. — Heine, 1 pta.
Goncourt— María Antonieta, 7 pe-
setas.— La Pompadour, 6 pesetas.
Las favoritas de Luis XV, 6 ptas.
— La Du-Barry, 4 pesetas.
Gladstonne. — Los Grandes Nom-
bres, 5 pesetas. — Lord Macanlay, 1
peseta.
Go3the.— Memorias, 5 pesetas.
Haussonville. — La Juventud de
Lord Byron, 5 pesetas.
Heine.— Memorias, 3 pesetas.
Lange.— Luis Vi ver, 2,50 pesetas.
Macaulay.— Vida, Memorias j Car-
tas, 2 tomos, 14 pesetas. —La Edu-
cación de Lord Macaulay, 7 pesetas-
Maupassant. — Zola, 1 peseta.
202
LA ESPAÑA MODEUNA
Menéndez y Pelayo. — lí^úñez de
Arce, 1 peseta. — Martínez de la
Rosa, 1 peseta.
Meneval. — María Stuardo , 6 ptas.
Molins. — Bretón de los Herreros, 1
peseta.
Fardo Bazán.— El P. Coloma, 2
pesetas.— Alarcón,! peseta. — Gam-
poamor, 1 i>eseta.
Passarge.— Ibsen, 1 peseta.
Picón. — Ayala, 1 peseta.
Henao.— Mi infancia y mi juventud,
(agotada). — Memorias íntimas, 2
tomos, 6 pesetas.
Sainte-Beuve— Tres mujeres, 3 pe-
setas.— Retratos de mujeres, 3 pe-
setas.
Stuart-Mill. — Mis Memorias, 3 ptas.
Tolstoy, — Mi infancia, 3 pesetas. —
Mi Juventud, 3 pesetas. — Mi con-
fesión, 3 pesetas.
Valera. —Ventura de la Vega, 1 pta.
Wagner. — Recuerdos de mi vida, 3
pesetas.
Zola.— Jorge tíand, 1 peseta.— Víctor
Hugo, 1 peseta.— Balzac, 1 peseta.
l>audet, 1 peseta. — Sardou, 1 pe-
seta.— Dumas,l peseta.— Flaubert,
1 peseta. —Chateaubriand, 1 pese-
ta.— GoncourtJL peseta. — Mousset,
1 peseta,— Gautier, 1 peseta. —
Stendhal, 1 peseta,— Sainte-Beu-
T«, 1 peseta .
CRÍTICA LITERARIA
Caro. — Nuestras costumbres litera-
ria», 3 pesetas. — La crítica en la
actualidad, 3 pesetas ,
Zola. — Estudios literarios, 3 pesetas.
Mis «dios, 3 pesetas. — Nuevos es-
tadios literarios, 3 pesetas. — Estu-
dios críticos, 3 pesetas.— El natu-
ralismo en el teatro, 2 tomos. 6 pe-
«etou. — Lo« novelistas naturalistas,
2 tomos, 6 pesetas. — La novela ex-
perimental, 3 pesetas.
DERECHO
Aguanno. — La Génesis y la evolu-
ción del Derecho civil, 15 pesetas.
— La Reforma integral de la legis-
lación civil, (2.'* parte de La Géne-
sis), 4 pesetas.
Arenal.— El Derecho de Gracia, 3
pesetas.— El Visitador del preso, 3
pesetas.— El Delito colectivo, 1,60
Arnó. — Las servidumbres rústicas y
urbanas, 7 pesetas.
Asser. — Derecho internacional pri-
vado, 6 pesetas.
Burgess. — Ciencia política y Dere-
cho constitucional comparado, 2
tomos, 14 pesetas.
Carne vale. — Filosofía jurídica, 5 pe-
setas.— La Cuestión de la pena de
muerte, 3 pesetas.
Dorado Montero. — Problemas ju-
rídicos contemporáneos, 3 pesetas.
— El Reformatorio de Elmira {De-
recho penal), 3 pesetas.
Fouillée. — Novísimo concepto del
Derecho en. Alemania, Inglaterra
y Francia, 7 pesetas.
Framarino.— Lógica de las pruebas
(en Derecho penal), 2 tomos, 15 ptas.
Gabba. — Derecho civil moderno, 2
tomos, 15 pesetas.
Garofalo. — La criminología, 10 pe-
setas.— Indemnizaciones á las víc-
timas del delito (2.* parte de La
criminología), 4 pesetas.
Giariati.— Los errores judiciales, 7
Gronzáiez. — Derecho usual, 5 pta».
GrOodnoAW.— Derecho administrativo
comparado, 2 tomos, 14 pesetas.
Gposs.— Manual de Juez, 12 ptas.
OBllAS EN VENTA
2on
Gumplo-wicz. — Dereclio político
filosófico, 10 pesetas.
Haater. — Sumario de Derecho ro-
mano, 4 pesetas.
Ihering. — Cuestiones jurídicas, 5
pesetas .
Krüger. — Historia, fuentes y litera-
tura del Derecho romano, 7 ptas.
L»ombroso, Ferry, y Garofa'o,
Fioretti. — La escuela criminológi-
co-positivista, 7 pesetas.
Macaulay. — Estudios jurídicos, 2
tomos, 6 pesetas.
MaQduca.~Ei i)rocedimiento penal
y su desarrollo científico, 5 pesetas-
Martens. — Derecho Internaciona.
(público y jH'ivado), 3 ts., 22 ptas.
Meyer.- -Laadministración y la orga-
nización administrativa en Ingla-
terra, Francia, Alemania y Aus-
tria.—Introducción y exposición
de la organización administrativa
en España, por A. Posada, 5 ptas.
Miraglia.— Filosofía del Derecho-
2 tomos, 15 pesetas.
Mommsen. — Derecho público romal
no, 12 pesetas.
Neumann.— Derecho Internaciona
público moderno, 6 pesetas.
Posada.— La Administración políti-
ca y la Administración social, 5 ptas.
Rice i.— Tratado de las pruebas en
Derecho civil, 2 tomos, 20 pesetas.
Saviguy.— De la vocación de nues-
tro siglo para la legislacin y para-
la ciencia del Derecho, 3 pesetas.
Sighcle.— El delito de dos, 4 pese-
tas.— La muchedumbre delincueno
te, 4 pesetas. -La teoría positiva
de la complicidad, 5 pesetas.
Sohm. — Historia é Instituciones del
I>orecho Privado E.omano, un gran
▼olumen, 14 pesetas.
Spancer.— La Justicia, 7 peseta». —
Bxceso de legislación, 7 peeetae. —
De las leyes en general, 8 pesetas.
— Ética de las prisiones, 10 pesetasl
Stahl. — Historia de la filosofía del
Derecho, 12 pesetas.
Sumner-alaine. — El antigmo Dere-
cho y la costumbre primitiva, 7 pe-
setas.— La guerra según el derecho
internacional, 4 pesetas. — Historia
del Derecho, 8 pesetas. — Las insti-
tuciones primitivas, 7 pesetas.
Supino. — Derecho mercantil, 12 pe-
setas.
Tarde.- Las transformaciones del
Derecho, G pesetas.— El duelo y el
delito político, 3 pesetas. — La cri-
minalidad comparada, 3 pesetas. —
Estudios penales y sociales, 3 ptas.
Todd.— El Gobierno parlamentario
en Inglaterra, 8 pesetas.
Varios autores.— (Aguanno, Alta-
mira, Aramburu, Arenal, Buylla»
Carne vale, Dorado, Fioretti, Ferri,
Lombroso, Pérez Oliva , Posada,
Salillas, Sana y Escartín, Silió,
Tarde, Torres-Campos y Vida). —
La Nueva Ciencia Jurídica, 2 to-
mos, 15 pesetas.
ídem.— (Aguanno, Alas, Azcárate,.
Bances, Benito, Bustamante, Buy-
Ua, Costa, Dorado, F. Pello, F. Pri-
da, García Lastra, Gide, Giner de
los Ríos, González Serrano, Gum-
plowicz, López Selva, Menger, Pe-
dregal, Pella y Forgas, Posada^
Rico, Richard, Sela, Uña y Sarthou,
etcétera).— El Derecho y la Socio-
logía contemporáneos, 12 pesetas.
Vivaate. — Derecho mercantil, 10
ECONOMÍA
Antolne.— Curso de Economía so-
cial, 2 tomos 16 pesetas.
Buylla, Neumann, KleinAvhac-
204
LA. BSPAÍÍA. MODEUJÍA
ter, Nasse, 'Wagner, Mithof y
Lexis. — Eüonomía, 12 pesetas.
Goschen.— Teoría sobre los cambios
extranjeros, 7 pesetas.
Kells lagram. — Historia de la Eco-
nomía política, 7 pesetas.
Kropotkin. — Campos, fábricas j
talleres, 6 pesetas.
Xiaveleye.— Economía política, 7 p9
setas.
Leroy-Beaulieu. — Economía polí-
tica, 8 pesetas.
Rogers.— Sentido económico de la
Historia, 10 pesetas.
Virgilii.-=-Manual de Estadística, 4
pesetas
FILOSOFÍA
Amiel.— Diario íntimo, 9 pesetas.
tlaro. — El pesimismo enelsiglo XIX,
3 pesetas. — ^El suicidio y la civili-
zación, 3 pesetas.— Littre y el po-
sitivismo, 3 pesetas. — El derecho y
la fuerza, 3 pesetas.
Collins. — liosumen do la filosofía de
Spencer, 2 tomos, 15 pesetas.
ISmerson. — La ley de la vida, 5 pts.
— Hombres simbólicos, 4 pesetas.
Fichte. — Discursos á la nación ale-
mana, sobre regeneración y edu-
cación de la Alemania moderna, 5
pesetas.
Fouillée. — Historia de la Filosofíaj
2 tomos, 12 pesetas.
Gayau. — La moral inglesa contem-
poránea, ó Moral de la utilidad y
de la evolución, 12 pesetas.
Heine. — Alemania, 6 pesetas.
L,ubbock. — El Empleo de la vida, 3
pesetas. — La vida dichosa, 3 ptas
Nietzsche. — Así hablaba Zaratus-
tra, 7 pesetas.— Más halla del bien
y del mal, 5 pesetas. — Genealogía
de la moral, 3 pesetas.
Scliopeahaüer. — Fundamento d© la
moral, 5 pesetas. — El Mundo como
voluntad y como representación,
12 pesetas. — Estudios escogidos,
3 pesetas.
Spencer.— Los datos de la Socio-
logía, 2 tomos, 12 pesetas,— Las
inducciones de la Sociología y Las
instituciones domésticas, 9 pese-
tas. — Las instituciones sociales,
7 pesetas. — Las instituciones polí-
ticas, 2 tomos, 12 pesetas.— Las
instituciones eclesiásticas, 6 ptas.
Las Instituciones profesionales é
industriales (en prensa).
— Comprenden: La moral de los di-
versos pueblos y La moral perso-
nal, 7 pesetas. — La justicia, 7 pese-
tas.— La beneficencia, 6 pesetas.
—El Organismo social, 7 pesetas. —
El Progreso, 7 pesetas. — Exceso de
legislación, 7 pesetas.— De las le-
yes en general , 8 pesetas. — Etica
de las prisiones, 10 pesetas.
Stahl. — Historia de la Filosofía del
Derecho, 12 pesetas.
Taine.— Filosofía del Arte, 3 ptas.
— Los orígenes de la Francia con-
temporánea, 10 pesetas.
HIGIENE
Kirsch, Stokvis, Kochs, "Würz-
burg. — Estudios de higiene gene-
ral, 3 pesetas. Comprende las si-
guientes monografías: Desarrollo
histórico de la higiene pública, por
Hirsch, profesor en Berlín. — Pa-
tología comparada de las razas,
por Stokvis, profesor en Amster-
dam. — Las infecciones, por Kochs
profesor en Berlín, y Cómo decaen
las naciones. Causas y remedios^,
por Würzburg, jefe de estadístic*
de Berlín.
OBRAS EN VENTA
205
HISTORIA
Boissier.— Cicerón y sus amigos. —
Estudio de la sociedad romana del
tiempo del César, 8 pesetas.
Campe. - Historia de América, 2
tomos, f) pesetas.
Carlyle. — La Revolución francesa,
8 pesetas.
Dow^den. — Historia de la Literatu-
ra francesa, 9 pesetas.
Fouillée,— Historia de la Filosofía,
2 tomos, 12 pesetas.
Fournier. — El Ingenio en la Histo-
ria, 3 pesetas.
Garnet.— Historia de la Literatura
Italiana, 9 pesetas.
Gonce urt.— Historia de María An-
tonieta, 7 pesetas.— Historia de la
Pompadour, 6 pesetas. — La^ favori-
tas de Luis XY, 6 pesetas.
Heine. — Alemania, 6 pesetas.
Mu'- ray. — Historia de la Literatura
clásica griega, 10 pesetas.
Renán. — Estudio de Historia reli-
giosa. 6 pesetas. — Las Yidas de los
santos, 6 pesetas.
Stahl.— Historia de la Filosofía del
Derecho, 12 pesetas.
Taine. — Historia de la Literatura
Inglesa: Los contemporáneos, 7
pesetas. — Los Orígenes, 7 pese-
tas.—El Renacimiento, 7 pesetas.
— ^^La Edad Clásica, 6 pesetas. —
— Los orígenes de la Francia con-
temporánea, 10 pesetas.
Tolstoy. — El sitio de Sebastopol,
3 pesetas.
üriel. — Historia de Chile, 8 pesetas.
Walísze^wsky. — Historia de la
Literatura Rusa, 9 pesetas.
Westerinarck. — El matrimonio en
la especie humana, 12 pesetas.
"Wolf.— Historia de las Literaturas
Castellana y portuguesa, con no-
tas de M. Menéndez y Pelayo,.
2 volúmenes, 15 pesetas.
MISCELÁNEA
Alcofurado. — Cartas amatorias de
la Monja Mariana Alcofurado
3 pesetas.
Baudelaire. — Los paraísos artificia-
les, 3 pesetas.
Castro. — El libro de los galicismos,.
3 pesetas.
Gautier. — Bajo las bombas prusia-
nas, 3 pesetas.
Gay.— Salones célebres, 3 pesetas.
Hamiiton. — Lógica parlamentaria,.
2 pesetas.
Lemonnier. — La Carnicería (Sedan)
3 pesetas.
Stead. — El Gobierno de New York,
3 pesetas.
Stendhal.— El Amor, 3 pesetas. —
Curiosidades amatorias, 3 pesetas.
Tolstoy.— Fisiología de la guerra, S
pesetas. — Placeres viciosos, 3 ptas.
Varios autores.— (Thebussem, Ma-
nuel del Palacio, Picón, Campoa-
mor, Pardo Bazán, Zorrilla, Pala-
cio Yaldés, Ferrari, 011er, Selles^
Yalbuena, etc.) — Novelas y capri-
chos, 3 pesetas.
NOVELA
Balzac. — Eugenio Graudet, 3 pese-
tas.—Papá Goriot, 3 pesetas.— Úr-
sula Mironet, 3 pesetas. — César
Birotteau, 3 pesetas.— La quiebra
de César Birotteau, 3 pesetas-
Barbey d'Aurevilly.- El Cabeci-
lla, 3 pesetas. — Venganza de un^
mujer, 3 pesetas.— Las Diabólicas,
3 pesetas.— Una historia sin nom-
bre, 3 pesetas.— La Hechizada, 5
pesetas.
206
LA ESPAÑA MODElíNA
Cherbuliez. — Misa E-ovel, 3 pesetas.
La tema de Juan Tozudo, 3 pese-
tas.—Amores frágiles, 3 pesetas.
Paula Mere, 3 pesetas. — Meta Hol-
denis, 3 pesetas.
Coppée.— Un idilio, 3 pesetas.
Daudet. — Jack, 2 tv>moa, 6 pesetas.
— La Evangelista, 3 pesetas.— El
sitio de París, 3 pesetas. — Novelas
del lunes, 3 péselas. — Cartas do
mi molino, 3 pesetas. — Tartarín en
los Alpes, 3 pesetas.— Cuentos j
fantasías, 3 pesetas.
Dostoyuski. — La Casa de los muer-
tos, 3 pesetas. — La novela del pre-
sidio, 3 pesetas.
Ferrán. — Obras completas, 3 pe-
setas.
Flaubert. — Un corazón sencillo, 3
pesetas.
Goncourt. — Querida, 3 pesetas. —
Renata Mauperin, 3 pesetas.— Ger-
minia Lacerteux, 3 pesetas. — La
Elisa, 3 pesetas.— La Faustin, 3
pesetas. — La señora Gervaisais, 3
pesetas.
Heiberg. — Novelas danesas, 3 ptas.
K!orolenko. — El Desertor de Saja-
lín, 2,50 pesetas.
Lemonnier. — La Carnicería (Se-
dán), 3 ])esetas.
Merimée.- Colomba, 3 pesetas. —
Mis perlas, 3 pesetas.
Neera.— Teresa, 3 pesetas.
Red.— El Silencio, 3 pesetas.
Sardo u.— La PerlaNegra, 3 pesetas.
Sudermann. — El Deseo, 3,50 ptas.
Tolstoy.— La sonata á Kreutzer, 3
pesetas.— Marido y mujer, 3 pese-
tas,— Dos generaciones, 3 pesetas.
El Akorcado, 3 pesetas. — El prín-
cipe Nekhli, 3 pesetas. — En el
Caucase, 3 pesetas.— La Muerte, 3
pesetas.— El sitio de Sebastopol, 3
pesetas.— Los Cosacos, 3 pesetas.
— Ivan el Imbécil, 3 pesetas. — El
canto del cisne , 3 pesetas.— El ca-
mino de la vida, 3 pesetas.— Mi
confesión, 3 pesetas. — Los Ham-
brientos, 3 pesetas.
Turguenef. — Humo, 3 pesetas.— Ni-
do de hidalgos, 3 pesetas.— El Ja-
dío, 3 pesetas.— El rey Lear de la
Estepa, 3 pesetas.— Un desespera-
do, 3 pesetas. —Primer amor 3 pe-
setas,— Aguas primaverales, 3 pe-
setas.— Demetrio Rudin, 3 pesetas.
El Reloj, 3 pesetas.— Padres é hi-
jos, 3 pesetas.— La Guillotina, 3
pesetas. — Tierras vírgenes, 5 pe-
setas.
Varios autores. — Ramillete de
cuentos, 3 pesetas. — Tesoro de
Cuentos, 3 pesetas. — Cuentos es-
cogidos, 3 pesetas.
Zola. — Las veladas de Medan, 3
pesetas. — La novela experimental,
3 pesetas . —Los novelistas natura-
lietas, 2 tomos, 6 ptas. — El Doctor
Pascual, 2 tomos, 6 pesetas.— Los
hombros de la Marquesa, 3 pesetas.
PEDAGOGÍA
Buisson. — La educación popular de
los adultos en Inglaterra, 6 pe-
setas,
Fichte.— Discursos á la nación ale-
, mana, sobre regeneración y educa-
ción de la Alemania moderna, 5 pts.
Huxley.— La educación y la heren-
cia, 8 pesetas.
Guyau. — La educación y la heren-
cia, 8 pesetas.
Macaulay. — La educación, 7 ptas.
Tolstoy. — La escuela de Yasnaya
PoHana, 3 pesetas.
POESÍAS
Campoamor. — Ternezas y flor«i,
Ayes del alma. Fábulas; todo en
OBRAS EN VENTA
207
un tomo, 3 pesetas.— Doloras, Can-
tares, Humoradas; todo en nn tomo,
3 pesetas.
Ferrán , — Obras completas, 3 ptas ,
SOCIOLOGÍA
Antoine.— Curso de Economía so-
cial, 2 vols., 16 pesetas.
Caro. — El suicidio y la civilización,
3 pesetas. — El derecho y la fuerza,
3 pesetas.
Engels.— Origen de la familia, déla
propiedad privada y del Estado, 6
pesetas,
Fouillée. — La ciencia social contem-
poránea, 8 pesetas. — Novísimo con-
cepto del Dereclio en Alemania,
Inglaterra y Francia, 7 pesetas.
Garofalo. — La superstición socia-
lista, 5 pesetas.
GiddÍDgs. — Principios de Sociolo-
gía, 10 pesetas.
Grave. — La sociedad futura, 8 ptas.
Gumplowicz.— Lucha de razas, 8
ptas.— Compendio de Sociología,
9 ptas.
Guyau.— La educación y la heren-
cia, 8 pesetas. — La moral inglesa
contemporánea, ó sea. Moral de
la utilidad y de la evolución, 12
pesetas.
Janet. — La familia, 5 pesetas,
Kid.— La Evolución social, 7 pesetas-
Kropotkin. — Campos, fábricas y
talleres, 6 pesetas.
Max-MuUer.— Origen y desarrollo
de la religión, 7 pesetas.
Spencer. — Principios de Sociología,
Comprenden: Los datos de la Socio-
logía, 2 tomos, 12 pesetas.— Las
inducciones de la Sociología y Las
instituciones domésticas, 9 pesetas.
— Las instituciones sociales, 7 pe-
setas,— La.s instituciones políticas,
2 tomos, 12 pesetas.— Las institu-
ciones eclesiásticas, 6 pesetas.— Las
Instituciones profesionales é in-
dustriales (en prensa).
Spencer.— Principios de moral. Com-
prenden: La moral de los diversos
pueblos y La moral personal, 7ptae.
—La justicia, 7 ptas.— La benefi-
cencia, 6 pesetas.
— El organismo social, 7 pesetas— El
progreso, 7 pesetas. — Exceso de
legislación, 7 pesetas.— De las lejea
en general, 8 pesetas.— Etica de las
prisiones, 10 pesetas.
Sumner-Maine. — Las institucio-
nes primitivas, 7 pesetas.
Tarde.— Las transformaciones del
Derecho, 6 pesetas.— Estudios pe-
nales y sociales, 3 pesetas.
Tolstoy. — Placeres viciosos, 3 pese-
tas.— El dinero y el trabajo, 3 pe-
setas.— El Trabajo, 3 pesetas. —
Los Hambrientos, 3 pesetas. —
¿Qué hacer? 3 pesetas. — Lo que
debe hacerse, 3 pesetas.
Varios autores.— (Aguanno, Alas,
Azcárate, Bancos, Benito, Busta-
mante, Buylla, Costa, Dorado, Po-
llo, Prida, García Lastra, Gide,
Giner de los Ríos, González Serra-
no, Gumplowicz, López Selva,
Menger, Pedregal, Pella y Forgas,
Posada, Hico, Richard, Sela, Una y
Sarthou, etc.)— El Derecho y la So-
ciología contemporáneos, 12 pt-as.
TEATRO
Ibsen. — Casado muñeca, 3 pesetas.
— Los Aparecidos y Edda Gabler,
2 dramas, 3 pesetas.— La dama del
mar y Un enemigo del Pueblo,
2 dramas, 3 pesetas.
Zola. — El Naturalismo en el teafero,
2 tomos, 6 pesetas.
208
LA ESPAÑA MODERNA
VIAJES
Darvirin.— Yiaje de un naturalista al-
rededor del mundo, 2 tomos, 15 ptas.
Heine.— Alemania, 6 pesetas.
Nansen. — Hacia el Polo, 6 pesetas.
Taine. — La Inglaterra, 7 pesetas. —
2íotas sobre París, 6 pesetas. — Via-
je á Italia, 6 tomos, 18 pesetas.
Tcheng-Ki-Tong.— La China con-
temporánea, 3 pesetas.
LOS GRANDES AUTORES
CONTEMPOB AN BOS
Neera.— Teresa, 3 pesetas.
Rod. — El Silencio, 3 pesetas.
Lemonnier. — La Carnicería ( Se-
dan); 3 pesetas.
Sudermann.— El deseo, 3,50 ptas.
Korolenko.— El desertor de Saja-
lín, 2,50 pesetas.
Turguenef— Tierrasvírgenes, 5 pts.
Heiberg.— Novelas danesas, 3 ptas.
LA ESPAÑA MODERNA
AÑO 14. . -NUM. 165.
LA
ESPAÑA MODERNA
Olreotoi*: JOSÉ r>E LAZAFiO
SEPTIEMBRE, 1902
MADRID
CSTABLKCIlálBNTO TIPOGRÁFICO DE IOAMOR MORSNO
MUue* dt G»ray, núm, 9.—TtU/0H0 #.•«•.
Para la repi^oducción de los artícu-
los comprendidos en el presente tomo^
es indispensable el permiso del Direc-^
tor de La España Moderna.
LA NOVELA
DE UN
HOMBRE SENSATO
Estábamos sentados frente á frente Olenina y yo, en un
■departamento del tren tranvía. La joven debía apearse dentro
de dos minutos, en la primera estación. Ella estaba triste, pá-
lida, hablaba poco, y su mirada no se apartaba de la mía. Su
aspecto, hasta cuando se encontraba alegre, me impresionaba
profundamente. Sabía yo que apenas le quedaban uno ó dos
años de vida. Estaba tísica.
— Venga usted á vernos, Andrei Nicoíaevitch — me dijo
ella cuando el tren se detuvo. ^ '
Aquel á «vernos» quería, decir á «verme», porque vivía
sola, á menos que no se tenga en cuenta á su anciana tía, pa-
ralítica y casi ciega. Hube de prometer el ir, aunque precisa-
mente hubiera deseado evitar semejante visita. Desde hacía
-algunos meses había notado que Olenina me distinguía. Alta-
nera con los demás, me trataba con excepcional favor. Estaba
enamorada de mí, lo sabía y me contristaba.
x^l bajar del coche reiteró su invitación.
— Vendrá usted, lo exijo terminantemente, ¿lo oye us-
ted?...— dijo ella sonriendo á través de un velo de tristeza.
LA ESPAÑA MODERNA
Su rostro pálido y demacrado se animó, sus mejillas toma-
ron un tinte sonrosado, sus grandes ojos negros, de profunda
mirada, relampaguearon. Abrió su sombrilla, y echó á andar
saludándome graciosamente con la cabeza. Alta y esbelta, su
talle se cimbreaba al andar como flexible junco.
Había en aquella muchacha algo enigmático; pero no me
sentía llamado á descifrar semejante enigma.
Arrancó el tren, y la perdí de vista. Algunos minutos des-
j)ués ya no pensaba ella.
La tarde estaba hermosa, un poco fresca. El sol declinaba,,
y sus rayos iluminaban con reflejos rojos los cristales de las
casas de campo diseminadas por las cercanías. Al subir una
colina de escasa altura, vi de lejos la casita azul hacia la que
me dirigía, con su jardín, en donde las flores predominan
sobre lo verde. Una mujer con traje gris iba y venía por el te-
rrado, alrededor de una mesa redonda. Reconocí á Ana Ga-
vrilovna Turtchaninof, la señora en cuya casa habitaba yo:
estaba preparando el té.
A los pocos pasos, pasé ante la espléndida morada de Mas-
lovity, el vecino de las señoras de Turtchaninof. El edificio,
de arquitectura pretenciosa y construido en medio de un par-
que magnífico, no pertenecía á ningún estilo, es cierto, pero
en cambio, cada uno de sus detalles habla en voz alta de los
millones que posee el Sr. Maslovity, y el conjunto no deja, en
general, de provocar la admiración.
¡Cuánto mejor estarían este parque y este castillo en ma-
Bos... de las Turtchaninof! pensé yo, con un sentimiento bas-
tante próximo á la envidia, sentimiento que me apresuré de
desechar, porque odio todos los pensamientos ruines y sé ven-
cerlos. Por lo demás, lo que me hacía en aquella ocasión fácil
la victoria, era probablemente la convicción de que no depen-
día sino de mí el hacer que pasara á las Turtchaninof la vi-
vienda de Maslovity. Sí, la cosa estaba en mi poder...
Cuando llegué á la puerta de la casita azul, el té hervía ya
en la tetera colocada sobre la mesa, cubierta de un blanco
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO
mantel, y Ana Gavrilovna servía la bebida. A dos pasos, Na-
denka, inclinada sobre un macizo, regaba sus flores, y cerca de
ella estaba el afortunado propietario del palacio.
— Presentía su llegada — ^me dijo Ana Gavrilovna. — Vea
usted: ya le he servido el té.
— Me parece admirablemente, porque me muero de sed —
respondí cerrando la verja del jardín.
Mi aparición no pareció ser particularmente agradable á
Maslovity.
— No sabía yo que también usted pasaría este verano en
el campo — declaró guiñando sus ojuelos de una manera que él
hubiese querido que fuera desdeñosa.
Semejante mímica estaba encaminada á demostrar el poco
caso que hacía de mi persona. Pero le salió bastante mal. Mas-
lovity no tenía el arte de mandar en su fisonomía y le era di-
fícil hacer que su caraza bovina expresase otra cosa que una
especie de satisfacción bonachona. Era, por lo demás, la ex-
presión que sentaba mejor á aquel rostro ordinario con pati-
llas grises. Hasta el verdadero despecho que experimentaba
con mi presencia no se manifestó sino como una sombra fugi-
tiva, reemplazada en seguida por el aspecto de plácido con-
tento que le era hubitual.
Maslovity era bajo y muy obeso. Vestía un ligero traje de
franela y demostraba que el calor le hacía sufrir horriblemen-
te, aunque no estuviésemos más que á 12 de Mayo.
En cuanto me vio, corrió Nadenka á mi encuentro y se co-
gió afectuosamente de mi brazo. Noté que lo estrechaba de
uaa manera significativa, como si tuviera algo que decirme.
En la mesa hablamos de^pesca, no sé por qué, pues, por lo
%ue á mí toca, detesto ese pasatiempo. Es verdad que Maslo-
vity lo adoraba, y, á no ser por la necesidad de gastar sus
trescientos mil rublos de renta, se hubiera pasado toda la vida
eon la caña ©n la mano.
Ana Gavrilovna se mostró aquella tarde particularmente
obsequiosa conmigo. Cierto que éramos íntimos amigos (¿no
LA ESPAÑA MODERNA
me consideraba como el futuro sostén de la familia?), pero eu
aquella ocasión, los testimonios de amistad que me prodiga-
ba me parecieron más solícitos que nunca*. No tardó en vis-
lumbrar alguna turbación en su solicitud: se hubiera dicho
que se sentía en falta conmigo.
Yo no tomaba casi ninguna parte en la conversación y ob-
servaba á las tres personas, esforzándome por comprender,
antes de que me lo dijeran, lo que había ocurrido en mi au-
sencia. Maslovity describía con minuciosos detalles un com-
plicado aparejo destinado á la pesca del lenguado.
— Por lo demás, podemos probarle en seguida, si ustedes
quieren — añadió. — Vamos á mi casa...
Nadenka me miró como para preguntar mi parecer.
— ¿Vendrá usted, Andrei Nicolaevitch? — ^dijo ella.
— Espero qvLQ Andrei Nicolaevitch me dispensará ese ho-
nor— dijo Maslovity con tono ceremonioso.
Yo me inclinó y prometí unirme á ellos un poco más tarde.
— ¡Oh! no... vamos todos juntos, Andrei Nicolaevitch... —
exclamó Nadenka con tono de tierna súplica.
— Espero que nos dará usted ese gusto — añadió Maslovity.
Repetí que iría en cuanto hubiese acabado de arreglar mis
libros y mis papeles en mi cuarto.
— No tardaremos nada apenas en estar con ustedes, Ana
Gavrilovna y yo — añadí — dando así á entender á la excelente
señora que me alegraría de que se quedase ella tambión.
Nadenka frunció las cejas y se levantó.
— Marchemos, pues — dijo á Maslovity, dirigióndose con
paso resuelto hacia la puerta de la verja.
^ A pesar de su obesidad, Maslovity saltó como una pelota
de goma y siguió al objeto de sus sueños.
Después que salieron, Ana Gravrilovna continuó guardan-
do silencio, con los ojos fijos obstinadamente en su taza, en la
que no quedaban sino dos ó tres sorbos de té. Pero bebía tan
lentamente, que se podía temer que no llegara nunca al fondo.
Además, su respiración se hacía penosa y oprimida. En una
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO
palabra, era evidente que tenía algo sobre la conciencia.
Pero yo había comprendido ya lo que significaba todo
aquello. Según mi costumbre, en toda circunstancia grave,
deliberé en el acto sobre la mejor línea de conducta que había
que seguir, y no tardé en tomar mi partido. Desde este mo-
mento me sentí capaz de hablar con calma de un asunto que,
al parecer, hubiera debixlo^conmo verme en alto grado.
— Hoy le han hecho á usted una proposición de boda, ¿no
es verdad? — pregunté con voz en la que no se traslucía la
sombra de censura ó de despecho.
La taza que tenía en la mano Ana Gavrilovna descansó
bruscamente sobre la mesa y no sobre el platillo. La buena
señora no se esperaba en manera alguna una pregunta tan di-
recta, y, toda azorada, no sabiendo qué responder, dijo ton-
tamente:
— ¿Para quién?...
Yo sonreí, sin mala intención, sin embargo, y respondí
con tono de broma amistosa:
' — Pues para Nadenka... á menos que la cosa no vaya con
usted...
Ella me miró de reojo, queriendo sin duda leer en mi ros-
tro la verdadera disposición de mi espíritu. Pero mi fisonomía,
estoy seguro de ello, no expresaba sino la curiosidad más na-
tural. Entonces la pobre mujer cerró los ojos, lo que debía
probablemente facilitarla la confesión que iba á hacer, y
dijo:
— Ha hedióla petición...
Un suspiro profundo se escapó de su pecho.
— Pero, como nos es imposible aceptar semejante proposi-
ción, vale más no pensar en ella — añadió comenzando á en-
juagar las tazas.
— Entonces, ¿la ha rechazado usted? — pregunté con el mis-
mo tono afectado.
— ¡Qué pregunta, Andrei Nicolaevitch! ¿Qué podíamos
hacer?
10 LA ESPAÑA MODERNA
Evidentemente, Ana Gavrilovna no tenia valor para decir
todo su pensamiento. Yo no traté de ayudarla.
— ¿Vamos?... — dije ofreciéndola mi brazo.
Ella dejó la servilleta con la que se disponía á secar las
tazas, y toda aturdida, me siguió sin decir palabra. Visible-
mente, mi silencio le pesaba. Esperaba, estoy seguro de ello,
censuras, quejas por parte mía. Como yo continuaba callado,
no pudo más, y en el momento en que penetrábamos en el do-
minio de Maslovity, dijo:
— Ya ve usted, Andrei Nicolaevitch, desde hace mucho
tiempo hacía alusiones... Pero hoy se ha expresado con toda
claridad: «Soy solo en el mundo, ha dicho, y á mi muerte,
todo mi haber caerá en manos de parientes lejanos, á los que
ni siquiera he visto nunca. Yo quisiera dejar cuanto poseo á
las personas á quienes amo, y como estoy locamente enamo-
rado de su JSTadenka...» Así me habló á mí. En cuanto á Na-
denka, la dijo sin rodeos: «¡Déme usted algunos días de feli-
cidad! Sea usted mi mujer. Comprendo que sea poco tentado^'
casarse con un viejo... pero garantizo á usted que no viviré
mucho tiempo. Los médicos me le han dicho.»
Y Ana G-avrilovna, después de haber pronunciado esta re-
lación, respiró con más libertad, descargada así del peso que
la oprimía.
A los últimos rayos del sol poniente, la posesión de Mas-
lovity tenía verdaderamente un aspecto fantástico. Soberbios
geráneos alineados todo á lo largo del gran terrado en her-
mosos tiestos de porcelana, semejaban una encendida hogue-
ra. Una inmensa vidriera de forma redondeada, con cristales
de color, evocaba el recuerdo de algún templo antiguo. De
las umbrosas profundidades del verde parque se escapaba el
murmurio de claras fuentes, y á lo lejos se escuchaba el ruido
de la cascada, cuyas aguas caían con estrépito en el mar.
Entramos en el famoso paseo de acacias, en donde jamás
penetraban los rayos del sol. Oscurecía ya, y cuanto más
avanzábamos, más densas se hacían las tinieblas. Se hubiera
LA KOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 11
dicho que aquel camino conducía á algún antro. Un brusco
recodo nos llevó de nuevo bajo el cielo azul, y ante nosotros
apareció de repente el infinito espacio de la mar. Anchos es-
calones de granito descendían hasta la playa. A la derecha
resonaba la cascada, esparciendo por ^1 aire impalpables go-
tas; ala izquierda, una rampa recubierta de un musgo ater-
ciopelado, conducía á una caseta débanos, tan espaciosa como
coqueta. Frente á nosotros, más allá de la franja de arena
amarilla, un yate anclado balanceaba su elegante silueta, ro-
deado de una docena de canoas ligeras.
— ¡Sabe usted, Ana Gavrilovna, que no sería desagradable
poseer todo esto! — exclamó. '
Mi compañera hizo un vago ademán, ya por aprobar lo que
yo decía, ya porque quisiera demostrar la inutilidad de la pro-
posición. Aquella tarde mi futura suegra ofrecía una actitud
bastante equívoca. Pero debo reconocerlo, daba pruebas de
mayor fuerza de alma de la que muchas otras hubieran mos-
trado en su lugar. Su deseo de entrar en posesión del palacio
Maslovity estaba para mí fuera de duda; sin embargo, se es-
forzaba en disimular sus sentimientos. Hubiera preferido cier-
tamente que no insistiese yo en aquel asunto delicado, porque
todo ser sensible sufre al encontrarse en la necesidad de men-
tir. Pero yo tenía un objetivo definido, no era hombre que me
dejase desviar, y resolví formular una pregunta directa, sa-
zonada, es verdad, con una sonrisa que podía hacer que se
trataba de una broma.
— Dígame usted, Ana Gravrilovna, si Nadenka fuese... En
fin, si Nadenka no me amara y no me hubiese dado su palabra
de casamiento..., ¿la hubiera usted casado con Maslovity? — le
preguntó netamente.
— Hubiera reflexionado... — respondió ella, sin demostrar
la menor sorpresa, — lo que me probó que pensaba en lo mismo
cuando yo le dirigí mi pregunta.
— Y después de haber reflexionado..., ¿la hubiera usted
casado?
12 LA ESPAÑA MODERNA
Ana Gravrilovna cerró un momento los ojos como para re-
coger sus ideas.
— Pues bien, sí, probablemente... — contestó. — Ivan Evse-
vitch es un hombre bueno..., tranquilo.
Ivan Evsevitcli era el nombre de pila de Maslovity.
Precisamente en aquel momento divisamos su gorra blan-
ca, en compañía del gran sombrero de paja de Nadenka. Gro-
rra y sombrero parecían seguir un camino tortuoso sobre la
verde rampa y venían á nuestro encuentro.
Llegábamos demasiado tarde; la demostración del famoso
aparejo de pesca se había ya realizado.
— ¿Por qué no han venido ustedes antes? — nos gritó de le-
jos Maslovity, cuando nos vio en los escalones.
— Le creemos á usted bajo palabra — exclamé yo á mi vez.
Bajamos una veintena de escalones y nos reunimos con
ellos en un vasto terrado al pie de la escalera. Miré á Maslo-
vity. Estaba rojo como un cangrejo cocido, y su calva relucía
de sudor. Tal vez reflexionaba en aquel momento que no es
fácil para un viejo desempeñar el papel de galán de una joven
rozagante. Nadenka me dirigió una mirada, después apartó
los ojos. No me perdonaba todavía el haberme negado á acom-
pañarles j haber proporcionado á Maslovity la ocasión de ha-
cerla la corte.
Cuando llegamos á la casa el sol había desaparecido, y se
habían apagado los fuegos del terrado. Maslovity ordenó en
seguida á sus criados que iluminasen los salones.
— Espero — dijo él dirigiéndose á las señoras, — que me ha-
rán ustedes el honor de entrar un momento...
Pero como ni una ni otra respondía, como si esperaran mi
parecer, añadió:
— Así como Andrei Nicolaevitch, por supuesto...
El bueno de Maslovity creía de buena fe que yo iba á apre-
surarme á aceptar la invitación.
— Imposible — respondí. — Tengo que trabajar. Me preparo
para mis exámenes, ya lo sabe usted.
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 13
— ¡Cuánto lo siento...! Entonces tendré el placer de llevar
á estas señoras...
¡Pobre hombre! Ño supo disimular su alegría. Al hablar
de sentimiento, lo dijo como quien dice: «¡Cuánto me alegro!»
Yo me despedí, disponiéndome á marchar. Como esperaba,
Nadenka y su madre se excusaron también, diciendo que te-
nían que hacer en su casa. Maslovity se quitó la gorra y se en-
jugó la frente, visiblemente contrariado, sin acertar qué decir.
Había esperado sin duda que una conferencia íntima con aque-
llas señoras adelantaría su asunto. Porque no admitía eviden-
temente que el compromiso de Nadenka conmigo se pudiese
mantener en serio ante una proposición como la suya. Los mi-
llones constituían, según él, un argumento sin réplica, ante el
cual debía ceder el amor más ardiente.
¡Y, después de todo, quizás habría tenido más de una vez
ocasión para comprobar cuántas cosas santas se venden en
este mundo por una buena suma de dinero!...
Cuando nos retiramos, la mirada de Maslovity, al darme
éste las buenas noches, expresó todo el odio que permitía su
bonachonería de hombre gordo. El ridículo de la situación
aumentó cuando en el momento en que nos dirigíamos hacia
la salida, dejándole solo en medio de las magnificencias de su
parque, se iluminó de repente la casa brillantemente, según
sus órdenes, como para una fiesta.
II
Yo tomó la delantera con Nadenka. Ana Gavrilovna nos
seguía á una distancia prudencial. Mi novia seguía enfadada
j no quiso cogerse de mi brazo. Se disponía sin duda á darme
una escena. Pero yo afectaba no reparar en nada: con el ros-
tro impasible, la voz tranquila, hablaba de cosas indiferentes
mientras me formulaba esta pregunta: «¿Sospecha ella que yo
ló comprendo todof...»
14 LA ESPAÍ^A MODERNA
La indecisa luz que aún quedaba en el cielo me permitía
ver bien á Nadenka. Estaba particularmente encantadora en
aquella tarde. Delgada, esbelta, airosa, andaba con ligero
paso, sin movimientos bruscos ni balanceos de poca gracia.
Su bonita cabeza de cabellos naturalmente rizado's (se había
quitado el sombrero y lo llevaba en la mano), la blancura de
su adorable cuello, la expresión ingenua de su delicioso rostro,
todo me atraía poderosamente. Lo que sobre todo me encan-
taba era aquella expresión de ingenuidad infantil; tanto más
■cuanto que en ello había, por decirlo así, un divertido juego
de la naturaleza, porque la candidez de Nadenka no era más
que aparente: sus grandes ojos de un azul oscuro, en los que
se leía una pregunta eterna y misteriosa, habían visto muchas
X30sas y habían adivinado más aún. Fisonomías de ese género,
-enigmáticas, difíciles de descifrar, son una rareza. Yo aprecia-
ba esa rareza.
Nadenka llevaba un sencillo traje de percal lila, falda rec-
ta, cuerpo bien ajustado; un ancho cinturón ceñía su elegante
talle; su seno, moderadamente desarrollado, ondulaba con un
^movimiento rítmico y ligero.
Al cabo de algunos instantes me fijé en que Ana Gravrilov-
na había desaparecido. Esto era muy delicado por su parte^
pero yo no estaba muy seguro: la excelente señora era muy
capaz de haberse puesto en acecho detrás de algún árbol. Por
lo demás, me era indiferente por el momento que nos espiase
ó no, y si me interesaba el caso era por pura curiosidad.
— ¡Nadenka!— dije de repente — desahogue usted su cora-
zón. Estoy dispuesto á escuchar todas sus censuras, y cuanto
antes mejor, porque tengo que hablar á usted seriamente.
El tono que yo di á mis palabras era de chanza, y el «usted»
que le dirigía (nos tuteábamos siempre cuando estábamos
solos) acentuaba la broma.
— ¡Déjeme usted en paz! — respondió Nadenka con enojo.
Aquel «déjeme usted» no se parecía ya á una broma. Mi
novia estaba realmente enojada conmigo, y,^i yo no era muy
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 15
hábil, tal vez no lograría llevarla á una conversación seria.
— Examinemos mis culpas, Nadejda Alexsevna — repliqué
en el mismo tono. — Son estas. No acepté su reiterada invita-
ción, no la acompañó á usted. De esta manera la he condena-
do á escuchar las declaraciones de Maslovity. Pero, dígame
usted, ¿por qué habíamos de prohibir á ese hombre que hable
de su pasión? ¿Puede uno impedir á las gentes que amen?...
Yo, por ejemplo, la quiero á íisted porque es usted bonita,
porque tiene usted ojos encantadores, una cabecita inteligen-
te y un corazón no demasiado malo. ¿Por qué no permitir que
ese desdichado de Maslovity la quiera á usted también por
todos esos buenos motivos? Pero, ya lo adivino, ese millonario
no se ha contentado con expresar sus sentimientos. Se ha es-
forzado sin duda en demostrar que su deber de usted es ca-
sarse con él. Esto es lo que la ha molestado á usted, ¿no es
verdad?
Habíamos pasado la casita azul, y torciendo maquinalmen-
te hacia la izquierda, tomamos un ancho camino bordeado de
muros, tras los cuales se resguardaban las villas. Abajo, man-
sas olas se extendían perezosamente por la playa. En torno
nuestro reinaba el silencio. En el cielo se encendían miles de
es'trellas. La luna acababa de levantarse; su dulce luz impri-
mía ai mar, á las rocas, á la playa, á las lilas que se alzaban
por encima de los muros, un tinte extraño y melancólico.
Nos habíamos detenido en lo alto de un acantilado de poca
elevación; á nuestros pies, un sendero tortuoso conducía á la
arena. Nadenka se volvió de repente hacia mí, y poniendo sus
manos en mis hombros, fijó en los míos sus ojos brillantes de
lágrimas.
— ¡Andrei!... ¿por qué me atormentas? — exclamó.
Un sufrimiento real vibraba en su voz.
Me estremecí, y sentí que repentinamente me invadía una
ternura inmensa; mi corazón comenzó á palpitar con fuerza;
mi respiración se hizo anhelante. ¡Estaba Nadenka tan her-
mosa en aquel momento, brillaba un fuego tal en su mirada,
16 LA ESPAÑA MODERNA
temblaban sus finos labios de una manera tan' expresiva!...
Me sentí desfallecer por un momento, me creí incapaz de rea-
lizar el plan del que estaba tan seguro un instante antes... La
pasión me atenazaba... ¿Me sería posible renunciar á aquella
mujer?...
La cogí entre mis brazos.
— ¡Te atormento porque te adoro, hermosa mía!... — mur-
muré con ardor.
Ella, palpitante, se apretó contra mí. Yo la estrechó con
mayor fuerza, y, perdida la cabeza, levantándola en mis bra
zos, descendí por el sendero. Un minuto después estábamos en
la playa; la coloqué como á un niño en la blanda arena; uní
mis labios á los suyos. Sus mejillas ardían; rodeaba mi cuello
con sus brazos flexibles; balbuceaba palabras tiernas é inco-
herentes. Estaba dispuesta á entregarse á mí...
Una brisa del mar llegó á inundarme con su frescura.
Aquel socorro de fuera llegaba muy oportunamente. Volví á
tiempo en mí. Suavemente desenlacé los brazos de mi novia,
y haciendo un esfuerzo para recobrar mis sentidos:
— ¡Nadia! — dije con ternura, — jseamos razonables!
Ella se incorporó lentamente, y se apoyó en un codo.
— ¿Sabes tú, Andrei?... — respondió ella sonriendo — me pa-
rece... ¡me parece que eres demasiado noble!
— E-azonable, querrás decir — repliqué sonriendo .'también
y sintiendo que lo volvía á ser, en efecto. — ¡Pero no puedes
imaginarte lo que me cuesta!... ¡Ser razonable en una noche
semejante, al lado de una encantadora como tú!... ¡Verda-
deramente, jamás había experimentado tan bien el encanto
que emana de tu persona!... ¡Quisiera verte menos hermosa!
Me sería más fácil renunciar á ti...
— ¿Pensarías en renunciar á mí?...
Permanecimos largo rato sin hablar.
— A propósito — dije de repente, — todavía no me has co-
municado tu resolución respecto de la petición que te han
hecho...
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 17
— ¿Puedes creerme capaz de casarme con Maslovity?
— ¿Qué habría en eso de imposible?
— ¡Tú me lo preguntas!...
— Si es imposible, explícame por qué no has contestado
con un ¡no! bien categórico á la proposición de ese señor, qui-
tándole de una vez toda esperanza y prohibiéndole continuar
sus visitas...
Nadenka se callaba, pero yo no tenía necesidad de oir su
respuesta: la conocía de antemano. ¿Cómo, en efecto, respon-
der «¡No!» á tantos millones?
Las Turtchaninof llevaban una existencia bastante estre-
cha. Tenían lo necesario. Pero en nuestro siglo, únicamente
el salvaje se contenta con lo necesario; antes bien, entre gen-
tes civilizadas, lo necesario está relegado á segundo término:
todo el encanto de la vida reside en lo superfino. El padre de
Nadia fue un modesto funcionario que al morir no dejó á su
mujer sino la casita á orillas del mar y una escasa viudedad.
Era bien poca cosa. Nadia se vio obligada á renunciar á sus
sueños de educación superior, y de cuando en cuando á dar
lecciones. Sin embargo, era una naturaleza de aspiraciones,
de vastas exigencias; se rebelaba en el fondo contra la modes-
ta suerte que le parecía destinada; yo lo había comprendido
desde hacía mucho tiempo. Así, pues, me fue fácil adivinar
que, cuando se abrieron de repente ante ella perspectivas des-
lumbradoras, le faltaba valor para desecharlas bruscamente.
Por lo demás, ¿por qué apresurarse en rechazar? ¿No hay
siempre tiempo para hacerlo?
Por de contado, Nadenka no se explicaba así la cosa. Pen-
saba probablemente que era inútil ofender á un pretendiente
(¡y un pretendiente varias veces millonario!) con una brusca
negativa...
Esto, por lo menos, es lo que me respondió. Se creyó, ade-
más, en el deber de mostrarse herida y decirme con tono
enojado:
— Parece que tienes muchos deseos de desembarazarte de
E. U.— Septiembre 1902, 2
18 LA ESPAÑA MODERNA
mi persona... ¡Pues no lo dejes por tan poco!... Si tanto te
agrada, estoy dispuesta á casarme con Maslovity...
— jAh! ¡qué bromista! Pero hablemos seriamente: si, por
ejemplo, yo te hubiera ofendido gravemente... si tú quisieras
vengarte de mí... ¿serías capaz de casarte con el?
— En ese caso... ¡sí!... ¡me casaría con el primero que pa-
sase!... tengo mucho amor propio.
— ¡De verdad!... Pero mira qué hermoso está el mar... ¡ja-
más se le puede admirar bastante!...
Cambió de conversación, comprendiendo que sería inútil,
cuando no peligroso, continuar en aquel terreno resbaladizo.
Al subir la escalera, Nadia parecía fatigada; se apoyaba
con todo su peso en mi brazo y guardaba silencio. Yo hablé
del último examen que iba á sufrir y de mi proyecto de ir á
establecerme en la ciudad, para mayor comodidad, durante
los últimos quince días; añadí que pararía en casa de mi ami-
go Kr emt chato f.
— ¿No se ha casado todavía? — preguntó Nadia distraída-
mente.
No quería á Kremtchatof y se extrañaba de que yo man-
tuviese relaciones con él.
— Se casará dentro de un mes... si es que no miente.
— ¿Y continúa mintiendo?
— ¡Siempre! Es en él un vicio orgánico.
¡He aquí el prosaico diálogo con que terminó nuestro pa-
seo, tan poético al principio! Pero de intento había yo dado
aquel giro á nuestra conversación, porque necesitaba toda mi
sangre fría para examinar la situación.
Ana Gavrilovna me esperaba con impaciencia. Contaba
evidentemente conmigo para saber qué género de explicacio-
nes habíamos tenido, sabiendo muy bien que no sacaría á Na-
denka ni una palabra. Así fue que se mostró muy complacida
cuando su hija, después de haber bostezado varias veces, de-
claró que tenía sueño, y se retiró.
— Y bien... ¿han hablado ustedes?... — me preguntó en se-
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 19
guida la señora con aire de misterio, acercando su silla á
la mía.
— ¡Hemos hablado, Ana Gavrilovna!... — respondí con el
tono semiburlón que tomaba á menudo con ella.
—¿Y qué?
— ¿Cómo qué, Ana Gavrilovna? ¿De qué quiere usted hablar?
Ciertamente, ella no podía contestar de un modo categóri-
<ío á la pregunta, y se quedó muy confusa. Se había vendido
sin quererlo. Ya no lo podía negar. Esperaba que la negativa
de su hija no era defiüitiva, que aún no se había perdido todo,
que todavía se podía contar con aquellos millones. Por lo de-
más, yo no pretendo insinuar aquí una censura: no hago sino
sentar un hecho.
— Pues... de nada de particular— dijo ella con embarazo.
— Únicamente, como ustedes han debido hablar de eso... que-
ría saber.
— Creo que se inquieta usted sin motivo, Ana Gavrilovna
— dije hipócritamente. — Nadenka me quiere á mí sólo, y Mas-
lovity no tiene ninguna probabilidad de suplantarme. Todo
•está como antes, para dicha de todos.
Me complacía en extremo turbar así á la respetable dama.
Ana Gavrilovna no tenía nada de tonta, pero no sabía hacer-
se dueña desde luego del asunto: todo lo imprevisto la trastor-
' naba, y únicamente, al cabo de algún tiempo, reaccionaba y
hacía frente á la situación. Estas escenas me divertían mucho.
— ¡Pues bien, alabado ^ea Dios!... — dijo piadosamente tras
un breve silencio. — Era seguro que las cosas no podían suce-
<ler de otra manera...
¡Pobre mujer! ¡qué difícil le era ajustarse á su papel! ¡Ver
desvanecerse unos millones en perspectiva y poner buena ca-
ra!... A la pálida luz de la luna vi contraerse su frente. Un
instante después, la noche le pareció húmeda y experimentó
la necesidad de retirarse. Le di las buenas noches, respetuosa-
mente, hasta con ternura, como conviene á un futuro yerno,
y me fui á mi habitación.
20 LA ESPAÑA MODERNA
III
El cTiartito que me estaba asignado daba al jardín. Las ra-
mas de un árbol lleno de lilas llegaban hasta mi ventana y pa-
recían mirarme.
Tengo la costumbre, cuando reflexiono sobre un asunto
importante, de pasearme de un lado á otro. Pero, en a']|uella
ocasión, me acostó en cuanto entró en mi cuarto. Las paredes
eran muy delgadas, temía que las señoras oyesen mis pasos,
cada uno de los. cuales hubiera hecho vibrar el corazón de
Ana G-avrilovna: como conocía muy bien mis costumbres, no
hubiera dejado de hacer conjeturas y tal vez de adivinar...
Ahora bien, yo no puedo sufrir que adivinen mis planes. Soy
capaz, en semejante caso, de detenerme en mi camino y has-
ta de tomar el opuesto.
No apaguó la luz. Las ideas sanas tienen necesidad para
desarrollarse, de la influencia de la luz; la oscuridad no es
propicia sino para crear quimeras.
Cuando se trata de pesar un objeto de importancia, lo pri-
mero que uno examina es la bondad de la balanza. Precisa-
mente, mi balanza se encontraba aquella noche en estado poco-
satisfactorio. Cuando me encontró solo en el silencio de la no-
che, la escena de la orilla del mar, los brazos que enlazaban
mi cuello, los ardientes besos que se apresuraban sobre mis la-
bios, el dulce contacto de aquella joven encantadora que se me
ofrecía con la conmovedora confianza, y al mismo tiempo con
el ardor del primer amor, todas estas cosas aparecieron invo-
luntariamente en mi imaginación. De nuevo ardía mi sangre.
En vano trataba de rechazar tal recuerdo: permanecía siem-
pre presente perturbando mis pensamientos, paralizando mi
voluntad, haciéndome incapaz de formular la menor idea.
Me levantó, metí la cabeza en agua fría, hice algunos mi-
nutos de gimnasia, despuós me sentó ante mi mesa con la firme
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 21
Toluntad de estudiar la «Colección de casaciones del Senado» .
Al principio no hice nada de provecho: leía diez veces la mis-
ma frase, la misma palabra, sin comprender. Pero poco á poco
me tranquilicé; mi corazón recobró su ritmo normal, y dejó el
libro. De esta manera me probó una vez más, que uno puede
dominarse, si se quiere.
A decir verdad, no necesitaba quebrármela cabeza. Desde
antes de mi pequeña explicación con Nadenka, á orillas del
mar, sabía poco más ó menos lo que tenía que hacer. Pero me
gusta precisar las cosas y no dejar nada á la casualidad. La
claridad: ésta es la principal cualidad de mi espíritu. No sabría
yo mismo decir cómo la he adquirido; tal vez, gracias á la
costumbre que tomó desde muy joven de analizar todas las co -
sas. También Nadenka poseía hasta cierto punto ese don pre-
<íioso. Quizás es esto lo que nos aproximó.
Sin embargo, en cuanto mis pensamientos se dirigían hacia
•ella, los recuerdos de la reciente escena se apoderaban de mí
con nueva fuerza. Volvía á ver aquellos labios palpitantes,
aquel seno henchido de suspiros, aquellas mejillas abrasado-
ras... Y de nuevo perdía el hilo de mis ideas.
Decidí, por fin, recurrir al último medio, el más eficaz de
todos. Tomé un pliego de papel y una pluma, resuelto á ex-
poner mis reflexiones por escrito. El papel tiene el poder de
calmarme y volverme á mi estado normal. Me imaginó, pues,
que escribía á Víctor el hermano mayor de Nadia y mi com-
pañero de colegio, estudiante, á la sazón, de medicina en Kief.
Ciertamente, yo no quería enviar aquella carta; pero esto no
alteraba en nada la eficacia del remedio. Escribí:
«Querido compañero Víctor Alexevitch:
»Me he decidido á comunicarte cosas graves; pero te lo pre-
vengo, es preciso que domines tu fogoso carácter. En mi con-
ducta hallarás más razón que nobleza...»
(Escribí esta última frase para ponerme á su nivel. En cuan-
to á mí, no reconozco nobleza sin razón.) Continuó:
«Tú ignoras que el millonario Maslovity hacía la corte á
22 LA ESPAÍÍA MODERNA
Nadenka. Ayer ha pedido su mano, prometiendo dejarle toda^
su fortuna. Comprenderás (yo sabía perfectamente que no lo
comprendería) que esta circunstancia cambia la situación. Ha
reflexionado mucho sobre lo que me incumbía hacer, y he aquí
el resultado de mis reflexiones...»
Pero comprendí que no necesitaba continuar. El papel
había ya producido su saludable efecto. Mi espíritu volvió á
ser lúcido como de costumbre. Al mismo tiempo cruzó por mi
cerebro una especie de relámpago, y me mostró el camino que
había de seguir para realizar mi plan: resolví obrar el mismo
día siguiente. Sin más tardar volví á acostarme, y como mis-
nervios ya no podían estar más en calma, me dormí en seguida.
IV
Dormí profundamente y sin soñar. Los pájaros me desper-
taron muy temprano, como había previsto: dejé abierta la ven-
tana toda la noche, á fin de que el canto de aquéllos me des-
pertase muy de ijiañana. La mañana era admirable; gorrio-
nes y golondrinas piaban en competencia en mi ventana; lo&
rayos del sol doraban el follaje de las lilas; gruesas gotas de
rocío brillaban en la hierba; el aire era puro, vivificante. Eran
las cinco y media.
Salí sin hacer ruido de mi habitación, y pasando de punti-
llas ante las ventanas de las señoras para que no crujiera la
arena, me deslicé como un ladrón fuera de la verja del jardín.
Un instante después llegaba á la morada de Maslovity.
Todo estaba ya en movimiento en el parque; los jardineros,
con delantal azul, regaban y limpiaban los paseos. Entré sin
llamar.
— ¿Duerme todavía el señor? — pregunté al primer hombre
con delantal que encontró. ^
Sabía de antemano lo que iban á contestarme. Maslovity^
yo no lo ignoraba, se levantaba muy temprano para entre-
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 23
garse á ejercicios gimnásticos violentos , por orden de su
módico.
— ¡Oh! no... ni siquiera se ha acostado — respondió el jardi-
nero sonriendo. — Ha estado dando vueltas toda la noche, como
un diablo, según dicen los criados...
Parece que está realmente enamorado, pensó, tomando nota
de aquel hecho.
Me dirigí hacia el paseo de las acacias, en donde, según el
jardinero, debía encontrar á su amo. En efecto, en cuanto en-
tró le vi de lejos. Me volvía la espalda. Vestido de una manera
extraña, con pantalón de seda muy amplio, chaquetón de ra-
yas, zapatillas, minúscula gorra blanca, andaba dando gran-
des zancadas, balanceando los brazos, como le había aconse-
jado e} módico. Le seguí á pasos lentos, queriendo dejarle re-
correr todo el paseo antes de acercarme, á fin de tener tiempo
de estudiar su fisonomía, cuando se volviese hacia mí. Al lle-
gar á un recodo, me detuve y esperé. Al cabo de un instante
se oyeron los pasos de Maslovity, volvía y apareció de repen-
te entre los árboles. Me bastó una ojeada para ver que la no-
che no le había traído ningún consuelo ; su rostro expresaba
el más profundo desaliento. Esto era una nueva ventaja para
mí. Andaba con la cabeza baja, con la mirada fija en la pun-
ta de sus zapatillas bordadas, y me hubiera tropezado si yo no
hubiese tomado la precaución de apartarme. Levantó los ojos,
me vio y retrocedió como si viera una serpiente.
— ¡Usted!... — exclamó con voz apagada.
Su fisonomía era tan cómica, que á duras penas pude con-
tener una carcajada.
— ¿No me invitó usted ayer?... — dije con tono estudiado. —
Pues bien... vengo hoy...
Ivan Evsevitch, habiendo tenido tiempo de recobrar algo
su sangre fría, tomó la actitud de un hombre obligado á ser
amable con arreglo á las circunstancias.
— Sin duda... sin duda... sea usted bienvenido — dijo con es-
fuerzo.— En el primer momento me sorprendió usted un poco...
24 LA ESPAÑA MODERNA
—Se comprende... Cuando no se ha dormido en toda la
noche...
— ¡Cómo! ¿Usted sabe?...
— Juzgo por mí mismo. Tampoco yo he dormido. Usted y
yo giramos en torno de la misma estrella... ¿no es verdad,
Ivan Evsevitch?
El millonario lanzó una exclamación que se parecía mucho
á un juramento. Pero se repuso enseguida y, con voz casi
tranquila, dijo :
— Dispensará ueted mi costumbre, ¿no es cierto? Yo hago
gimnasia todos los días: por esto me he vestido como un sal-
timbanqui.
— Sí, la vida es una cosa rara: á menudo cambia en saltim-
banquis á las gentes más respetables... — dije con aire pen-
sativo .
— ¿Y por qué no ha dormido usted en toda la noche? — in-
terrumpió bruscamente Maslovity.
— ¡Me gusta la pregunta! . . . Me quita la novia, y encima me
pregunta por qué no he dormido.
Maslovity tomó esta observación como una burla; quiso
responderme algo mordaz, no encontró nada y se contentó
con lanzar un nuevo gruñido.
— Usted se imagina, por lo que veo, que yo he venido ex-
presamente á pasearme con usted — repliqué yo.
— ¿Por qué no?
— Yo no puedo soportar el pasearme en el parque de otros.
Vengo á hablar á usted de negocios, y es de desear que nadie
pueda oírnos.
.Al escuchar estas últimas palabras, Maslovity levantó la
cabeza y su mirada interrogó vivamente la mía. No me costó
gran trabajo adivinar lo que pasaba ea el cerebro del millona-
rio. Las gentes de su especie, habituadas á comprarlo todo, se
imaginan fácilmente que todos están dispuestos á vender. Sin
duda pensaba que su oro, en aquella ocasión como en otras mil,
iba á acudir en su ayuda y que yo le cedería mi novia por una
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 25
bonita suma... ¿Qué era yo, después de todo, á sus ojos? ¡Un
pobre diablo condenado á ganarse penosamente el pan coti-
diano y á privarse de todas las venturas! El, por el contrario,
había tenido siempre por ley á su capricho. Había nacido rico.
Sus millones procedían de su padre^ que los había amontona-
do en el comercio de granos. Dueño desde que abrió los ojos
de una fortuna considerable, se había entregado de lleno á los
placeres, y después de una larga carrera de disipación, le ha-
bía acometido repentinamente el deseo de conocer los goces
domésticos.
Este deseo, cuando se experimenta á los sesenta años, es
irresistible. Yo no sabría decir si la idea de casarse se le ocu-
rrió á Maslovity por el hecho de conocer á Nadia, ó si bien
este encuentro coincidió con la disposición de su espíritu. En
todo caso, Nadia, desde la primera entrevista, produjo en él
una impresión vivísima; los ojazos de mi novia, la expresión
ingenua de su rostro, le conquistaron desde luego. La belleza
de la muchacha realizaba bajo todos conceptos, á lo que pare-
ce, el sueño senil del ricacho. •
Comprendió, pues, que lo qae yo tenía que decirle era cosa
de importancia, y, sin comentarios, me invitó á seguirle.
Cinco minutos después subíamos la escalinata del terrado.
Dos lacayos galoneados se lanzaron sobre mí como para apre-
sarme; pero viendo que no llevaba gabán, se contentaron con
tomar de mis manos el sombrero y el bastón. Atravesamos
una serie de habitaciones ricamente amuebladas y notables,
sobre todo por la cantidad de relojes que allí había. Maslovi-
ty tenía por los relojes una pasión desordenada. Compraba
indistintamente todos los que le presentaban, con tal de que
diferenciasen de los que ya poseía.
— ¿Quiere usted pasar al balcón? — me dijo. — Se goza de
una espléndida vista de mar.
— Es preciso que estemos completamente solos — res-
pondí.
— En ese caso, sírvase entrar en mi despacho.
LA ESPAÑA MODERNA
— Confieso que no esperaba en modo alguno su visita de
usted — añadió Maslovity cuando nos sentamos.
En el fondo, comprendí lo que quería decir: «Su visita no
me es precisamente agradable.» Como acostumbro siempre á
pagar mis deudas — repliqué en el acto.
— Confieso que, por mi parte, no esperaba tener nunca que
tratar de nada con usted.
En aquel momento, una docena de relojes dieron á un
tiempo las seis y media. Como mis señoras se levantaban por
lo general á eso de las ocho y yo no quería que tuviesen tiem-
po de notar mi ausencia, resolví abordar sin dilaciones el ob-
jeto de mi visita.
— Ayer, Ivan Evsevitch, ha dirigido usted una proposición
á Nadejda Alexsevna — dije sin preámbulos.
Maslovity volvió la cabeza y se puso á teclear en la mesa.
— Debía usted saber, sin embargo, que nos queríamos; que-
desde hace ya mucho tiempo es mi novia.
Inclinó la cabeza con un signo afirmativo y continuó te-
cleando. Proponíase evidentemente conservar aquella actitud
olímpica que tan mal sentaba á su rostro vulgar y á su calva
cabeza. «Tendría curiosidad de saber cuánto tiempo va á per-
manecer impasible» — pensó — divertido ó interesado. Continué:
— Nadejda Alexsevna tiene veintiún años, yo tengo vein-
tiséis. Usted, Ivan Evsevitch, sesenta cumplidos...
Aquí el millonario se sobresaltó y se encogió vivamente de
hombroSi
— No veo el objeto de esa cuenta — dijo con voz irritada.
Después tuvo un violento acceso de tos.
Su aparente sangre fría la abandonaba, estaba claro.
— Hela aquí; quisiera saber con qué probabilidades de éxi-
to se ha lanzado usted á semejante aventura. ¿Puede usted de-
círmelo? Si es que usted mismo lo sabe...
Evidentemente hubiera podido responderme: «¡Caballero,
métase usted donde le llamen! No tiene usted ningún derecho
para hacerme tal pregunta. Le ruego que se retire.» Pero yo
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 27
tenía su suerte en mis manos; no se atrevió á recurrir á las
medidas extremas. Se limitó á ponerse colorado, y levantan^
dose con vacilante paso, fué á apoyarse en la ventana.
— ¿Qué probabilidades? — murmuró volviéndome la espal-
da.— En verdad que me hace usted una extraña pregunta...
¡Yo amo á Nadejda Alexsevna!
— ¿Y es eso todo? La única probabilidad que yo veo en
ello para usted es la de perder la razón — respondí con calma. —
Pero no malgastemos el tiempo. Esas señoras no tardarán en
levantarse, y como no deben sospechar la visita que hago á
usted, es preciso que esté de vuelta antes de que se despierten.
Hablemos sin rodeos. Usted dice que ama á Nadejda Alex-
sevna. ¿Cree usted de buena fe que á los sesenta años basta
amar para ser correspondido?... Pero yo veo en usted un au-
xiliar más poderoso que su amor... Se volvió vivamente hacia
mí; toda su persona parecía preguntarme: «¿Qué auxiliar?
¿Hablarás tú del verdugo?»
— Su fortuna de usted — respondí categóricamente á la
pregunta muda.
Se puso como la grana.
— ¿Acaso piensa usted que se pueda comprar á Nadejda
Alexsevna? — exclamó con acento de noble indignación.
¡Un millonario idealista! La cosa era curiosa y merecía la
pena de ser notada.
— Sí. Se puede comprármela á mi — respondí, gozando de
antemano con el efecto de mi respuesta.
¡Oh! ¡Qué divertida, qué indecible expresión tomó la cara
de Ivan Evsevitch! Se volvió hacia mí, se dejó caer en el al-
féizar de la ventana, hundió ambas manos en los bolsillos de
su pantalón y me miró de pies á cabeza. Toda su actitud pa-
recía decir: «¡Su presencia mancha mi casa!»
— ¿Qué suma pide usted? — articuló por fin desdeñosamente
y con el tono de un hombre que pide la cuenta al mozo de un
restaurant.
— ¡Oh! ¡Muy caro!
28 LA ESPAÑA MODERNA
— ¡Diga, diga! Se regateará — dijo entre dientes, conser-
vando su aire de desprecio.
— No, no se regatea. ¿Debo decir la cifra?
— Se lo ruego.
Le observé. Le sentaba, en verdad, muy bien su papel de
ricacho, despreciando al mundo. Con la frente alta, la mirada
arrogante, estaba casi majestuoso. Hasta parecía ser más alto,
menos gordo, más joven... ¡Qué lástima que no estuviera allí
JSÍadia para ver á su pretendiente! En presencia de ella, él
siempre sería esclavo.
Sin embargo, era preciso hablar y sentía que, á pesar de
todo, yo no podía dominar cierta agitación. El momento era
solemne: iba á decidir de mi suerte. Renunciaba á Naden-
ka, y Nadenka me era muy querida. Mi emoción se aumen-
taba por el deseo de llamar al orden á aquel millonario
cuya dignidad descansaba, en suma, sobre un saco de es-
cudos.
Me erguí en toda mi estatura y miré cara á cara. La fiso-
nomía de Maslovity perdió al punto su aplomo.
— Antes de decir á usted esa cifra — dije con voz clara y
enérgica, — es necesario que le someta algunas consideracio-
nes. Excúseme usted si mi franqueza le parece brutal. Y, por
de pronto, no hay motivo para creer que su vida de usted se
prolongue mucho. ¿No es verdad, Sr. Maslovity? Desearía,
créalo usted, que no fuese así; pero, en fin, la prudencia exige
que no nos hagamos ilusiones sobre ese asunto. Pudiera suce-
der, por consiguiente, que sucumbiese usted de pronto. Se-
gundo punto: usted cuenta, no lo dudo, con dotar generosa-
mente á su mujer; pero estoy muy lejos de estar persuadido de
la estabilidad de sus intenciones. Su vida de usted — la vida de
un hombre rico — no ha sido más que un continuado capricho.
El sentimiento que experimenta usted hoy, es tal vez un ca-
pricho... Sus afecciones presentes ¡pueden cambiar de obje-
to... ¿Quién me dice, por ejemplo, que al cabo de un año no
vaya usted á apasionarse por alguno de sus sobrinos, á legarle
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 29
toda su fortuna, dejando á su mujer de usted algunos miles
de rublos únicamente?
Maslovity hizo un movimiento de protesta; yo le contuve
con un ademán.
— Ahora bien; si yo le cedo á usted á Nadejda Alexsevna^
es porque la amo. Quiero que sea feliz; estoy convencido de
que para su felicidad es indispensable la fortuna, y trabajo
para asegurársela. Supongo que no puede menos de serle á
usted bastante indiferente saber á quién ha de pasar su dinero
cuando usted muera. He aquí, pues, mis condiciones: será us-
ted el único dueño de sus millones hasta el último día de su
vida; pero exijo que haga usted hoy mismo donación de todos
sus bienes á favor de Nadejda Alexsevna, con la cláusula de
que no gozará de ellos sino hasta después del fallecimiento de
usted. Realizará usted ese acto hoy mismo, ¿entiende usted?
¡Hoy! El convenio queda secreto entre nosotros. En cuanto á
mí, me retiro, y usted se casa con Nadenka. Tales son mis de-
cisiones, Sr. Maslovity.
Pero el Maslovity de hacía un momento había desapareci-
do. Yo no tenía delante sino un hombre abrumado, hasta el
punto de que ni siquiera encontraba palabras para expresar
la admiración que le inspiraba la nobleza de mi conducta.
Comprendí que se moría de ganas de arrojarse en mis brazos.
Semejante perspectiva me sonreía poco.
— ¡Ah...! — balbuceó. — ¡Usted... usted..., y yo que me atre-
vía á pensar...!
Se acercó á mí, todo confuso, y me estrechó las manos
como si fuera á aplastarlas.
— Cada cual es libre de pensar loque le agrade— con-
testé.
— ¡Andrei Nicolaevitch! ¡Es usted el más noble de los hom-
bres! ¡Jamás olvidaré tan hermosa conducta, jamás...! ¡Un
sacrificio semejante! ¡Inaudito...! ¡Es inaudito...! Permítame
usted que le abrace...
El medio más seguro de conmover á un hombre rico es
30 LA ESPAÑA MODERNA
prestarle un servicio gratis. Me fue preciso sufrir los abrazos
del enternecido millonario.
Sin embargo, eran las siete: cogí mi sombrero.
— Pero... — dijo Maslovity, deteniéndome: — ¿cómo vamos
á proceder? ¿Sin duda tiene usted un plan?
— Seguramente. Ante todo, es preciso que esas señoras no
sospechen nada.
— Indudablemente... ¿Qué hombre es usted?... ¡Está usted
«n todo!
El pobre hombre había pensado muy poco en su vida; la
menor prueba de previsión le asombraba.
— Usted va á hacer el acto de donación en casa del notario
Balutzky, calle de la Iglesia, con orden de que me lo enseñe y
me dé una copia. La cosa me interesa, ya comprende usted...
— ¡Cierto!... ¡cierto!... No hay más que hablar. Así, pues,
«sas señoras no deben saber nada... ¿Para qué enterarlas, en
afecto? Realizo con ello una simple formalidad. Créalo usted,
hasta sin su intervención, le hubiera dado todo lo que poseo,
4 todo!... ¡Ah! no puede usted imaginarse hasta qué punto
adoro á Nadejda Alexsevna...
y de nuevo se puso á estrecharme las manos con efusión.
— ¡Hombre noble!... ¡el más noble de todos los hombres!...
— repetía casi llorando.
— ¡Qué diablo! me debía algunas alabanzas, y lo menos que
podía hacer era no regateármelas...
De regreso á casa experimenté un sentimiento de satisfac-
<íión intensa: estaba orgulloso de mí mismo, orgulloso hasta el
punto de olvidar momentáneamente que perdía á la mujer
íimada. Lo que sobre todo me seducía era la firmeza, la san-
gre fría, la recta conducta de que había dado pruebas al pro-
ceder en la realización de mi plan.
Media hora después, como Ana Gravrilovna me pregunta-
se, al servirme el té, cómo había dormido, respondí con acen-
to de inefable satisfacción:
— ¡En mi vida he dormido mejor!...
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 31
En aquel instante experimentaba un sentimiento al pensar
que en lo futuro me vería privado del excelente tó que nadie
en el mundo sabía hacer como Ana Gavrilovna. Decididamen-
te, la nobleza de mi conducta estaba fuera de duda.
El tren que debía tomar salía á las cinco. Me despedí de
las señoras con el aire más natural. Pero cuando hube fran-
queado la puerta de la verja y me volví para dirigir una últi-
ma mirada á Nadenka, mi corazón se oprimió dolorosamente
y sentí un nudo en la garganta. ¡Aquella niña, de pie junto
á la verja del jardín, era tan fresca, tan bonita!... Volví sobre
mis pasos... jNo, era imposible!... Pero recobró la posesión de
mí mismo merced á un violento esfuerzo, y, con voz un poco
más firme de lo que se necesitaba, dije:
— ¡Adiós, Nadine!...
Cogí sus dos manos, las besó con avidez. Nadenka, un
tanto sorprendida por aquella demostración, me besó en la
frente.
Ana G-avrilovna, desde el balcón, nos devoraba con los
ojos. La buena señora, en su fuero interno, esperaba siempre
una ruptura.
Me alejó con paso resuelto, sin volverme, oprimido el co-
razón. Pero apenas montó en el tren, me sentí más aliviado.
El cambio de lugar produce siempre en mí un efecto saludable.
El tren se puso en marcha; distraídamente me formulaba
esta pregunta: «¿A dónde voy?» La ciudad no me tentaba
nada. No esperaba en ella nada de nuevo. Siempre el mismo
Kremtchatof, con sus aventuras imaginarias y sus proyectos
de dramas, de cuadros, de composiciones musicales. ¡Siempre
el mismo círculo, con sus conversaciones insípidas y sus inefi-
caces resoluciones de perfeccionamiento individual! Todo esto
me divertía antes, y de cuando en cuando me complacía pasar
32 LA ESPAÑA MODERNA
una velada con aquellos jóvenes, los cuales bebían todos mis
palabras con respeto. Pero en aquella ocasión me sentía inca-
paz de soportar fisonomías tan conocidas. A toda costa nece-
sitaba alguna nueva impresión.
De repente me acordó de la invitación de Olenina. Resolví
en seguida ir á pasar la tarde con ella. Mi visita la procuraría
una sorpresa agradable. Además, aquella joven me inte-^
resaba.
¡Se parecía tampoco Olenina á las otras! Sabiendo perfec-
tamente que estaba condenada (había heredado la enfermedad
de su madre, muerta tísica precisamente en aquella edad), mi-
raba al mundo con disgusto y llevaba una existencia solitaria,
metida entre libros, entregándose al estudio con inconcebible
ardor. Muy asidua en otro tiempo de la escuela superior de
muchachas en San Petersburgo, hubo, por prescripción de los
médicos, de buscar un clima más suave y vino á vivir á nues-
tra ciudad.
La casa habitada por Olga Mikailovna estaba situada en
medio de un vasto jardín en el que se encontraban dispuestas
sin plan ninguno varias casitas parecidas, adornadas todas
con terraditos y alquiladas á precios muy económicos.
Cerca de una de aquellas casitas, que se parecían más bien
á cofres de madera, vi á la anciana tía de Olenina descansan-
do en un gran sillón. Con las manos puestas sobre las rodillas,
cerrados los ojos, inmóvil, dormitaba^ calentada por los obli-
cuos rayos del sol poniente. Blanca como el yeso, con la na-
riz afilada, contraídos los labios, saliente la barbilla, su rostro
se parecía al de una muerta. Pasó á su lado sin despertarla.
Olga Mikailovna estaba sentada á poca distancia en el terra-
do; también ella parecía dormitar. El libro que tenía se había
caído en sus rodillas, y permanecía inmóvil como su tía, con
los ojos cerrados también. Al mirarlas alternativamente, me
estremecí: había entre ambas no sé qué parecido, y no era so-
lamente un aire de familia. Aquellas dos mujeres, d© las cua-
les la una concluía casi la segunda mitad de un siglo, mien-
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 33
tras la otra apenas había pasado del cuarto, llevaban igual-
mente el sello de la muerte.
Me detuve á algunos pasos de Olga Mikailovna y la con-
templé silenciosamente. Jamás olvidaré aquellos párpados
surcados de venas azules, ornados con largas pestañas negras;
aquellos labios finos, cerrados apretadamente, aquella boquita
enérgica, aquella cabeza ligeramente inclinada, como bajo el
peso de su abundante cabellera, todo aquel rostro envuelto en
una indefinible sombra misteriosa...
La llamé dulcemente:
— ¡Olga Mikailovna!
A mi voz se estremeció, y despertándose sobresaltada, lan-
zó un grito de espanto. Trató de levantarse, volvió á caer en
su asiento, se cubrió el rostro con las manos y la oí estallar
en sollozos.
Acudí á ella.
— ¡Olga Mikailovna! ¿Qué tiene usted?... ¿Qué he hecho
yo?... ¿Qué es esto?...
Hubiera necesitado un frasco de sales , agua fresca por lo
menos; pero no vi más que el agua hirviendo de la tetera que
humeaba cerca del terrado. Me vi obligado á contentarme con
palabras.
— ¡Qué nerviosa es usted!. . ¡La he asustado!... jLa ruego
que me perdone!...
Ella trató de sonreír, me tendió la mano y, con gran alivio
mío, se puso á burlarse de su propio susto:
— Debe usted creerme loca... Pero no puede imaginarse lo
que soñaba cuando usted me ha llamado... Le he tomado por
un fantasma, ni más ni menos — dijo. — Y ahora siéntese usted.
¡Qué amable es usted por haber venido!... ¿Va usted á tomar el
té con nosotras, no es verdad?
— A condición de que me permita usted ayudarla á ser-
virle.
Puse la mesa; coloqué las tazas y la tetera; después I0 ofrecí
servir el té. Ella me dejaba hacer, sonriendo.
E. VL,— Septiembre 1902. 3
34 L.A ESPAÑA MODERNA
— ¡Está bien!... Mímeme usted un poco... ¡Qué amable es
usted!
Olenina llevaba aquella tarde un traje negro, cuyo cuerpo
ceñía bien el delgado talle; la falda caía al suelo en anchos
pliegues. Sus cabellos, muy abundantes, formaban en la nuca
un abultado moño, anudado sin ninguna pretensión ó coque-
tería. Estaba encantadora con su gracia natural, y una vez
pasada su turbación, se puso á hablar y sonreír: una sonrisa
muy fina, un poco irónica é infinitamente seductora. Nuestra
conversación fue animada y franca.
Le dije, entre otras cosas, que su casa no me agradaba, que
se parecía á un cajón.
— ¡Querrá usted decir á un féretro! — replicó ella, — y, en
contra de lo que me esperaba, ninguna sombra de tristeza se
vislumbró en su rostro.
¡Puede uno habituarse á todo, hasta á la idea de una
muerte próxima! pensó yo.
— Pero me encuentro aquí bien — añadió ella; — mi soledad
es absoluta. Ningún vecino se ocupa de mí, y no me quejo. En
cuanto á mi tía, no hay que contar; la absorbe una idea fija,
la de saber cómo le será más cómodo morir, en su cama ó en
su sillón... ¿No es extraño el llegar á no prsocuparse sino
de eso?
En seguida volvió á su alegría de verme.
— La verdad que es usted demasiado bueno en haber veni-
do... ¿Ve usted qué alegre estoy?... Es gracias á usted. ¡Y qué
bien sirve usted el té!... Deseo otra taza, hágame el favor...
Y ella me sonreía, charlaba, bebía el tó que yo la daba,
pretendía no haberlo encontrado nunca tan bueno.
El sol se había ocultado y el crepúsculo invadía lentamen-
te los contornos. La tía levantó la cabeza y pidió tó: se lo hi-
cimos tomar como á un niño. Después de lo cual ayudé á Olga
Mikailovna á llevarla rodando en su sillón hasta su cuarto, en
donde pudo meditar á sus anchas sobre la manera más cómo-
da de morir.
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 35
De nuevo nos sentamos frente á frente en el terrado. La
noclie se presentaba fresca. El mar, oculto por los árboles, nos
«enviaba ligeros soplos de aire húmedo; mi amiga tosió dos ó
tres veces, y vi que se estremecía. Propuse el entrar; pero ella
se negó, rogándome únicamente que la diera su taima.
La humedad del anochecer había cambiado su humor. Mi-
rábame aún con dulzura; pero su fina sonrisa había desapare-
cido: tenía un aspecto triste j abatido. De cuando encuando
la sacudían ligeros estremecimientos y se apretaba la taima.
Queriendo reanimarla y distraerla, trató de contarle el úl-
timo embuste de Kremtchatof; pero ella meneó la ca beza.
— Deje usted en paz á ese Kremtchatof — dijo con voz dé-
bil;— no es divertido.
Comprendí que nada la interesaba en aquel momento. La
humedad había reavivado su dolencia.
— ¿Por qué está usted tan triste, Olga Mikailovna? — le
preguntó por un impulso repentino. — Dígamelo, y su corazón
se aliviará en seguida. ¿No ha ensayado usted nunca ese re-
medio?
No contestó inmediatamente; su mirada permanecía fija en
las tinieblas, como si hubiera entrevisto alguna visión íatal.
Después, lentamente, como hablándose á sí misma, murmuró:
— ¿No sería justo que todo ser humano pudiera decirse an-
tes de morir: «He vivido»?
Mi corazón se oprimió. Aquella joven trataba la cuestión
de la muerte como otros tratan la cuestión de su carrera. Y
tenía razón, ¡porque su carrera era la muerte! La compadecía
■con toda mi alma. ¡Pobre criatura! ¡Tan simpática, tan inte-
ligente, dotada de un encanto tan penetrante, lo tenía todo
para ser dichosa, y estaba condenada!... Pensé en la amarga
estupidez de las cosas...
— Tiene usted razón, Olga Mikailovna — dije con tono
tranquilo, esforzándome en dar á la conversación el giro de
una discusión abstracta.
— ¿Qué es la vida — añadió ella — sino el alimento de la
36 LA ESPAÑA MODERNA
muerte?... Y sin embargo, cada cual quiere vivir... Pero pa-
rece que una felicidad semejante no está al alcance de todo el
mundo.
Sonreía amargamente.
— ¡No! Eso no es verdad — exclamé con calor. — Todo ser
dotado de razón y de sentimiento puede vivir. La vida no debe
medirse solamente por el número de años, Olga Mikailovna...
Uno puede experimentar en un mes mayor número de sensa-
ciones que otro en cincuenta años...
El entorpecimiento de Olenina desapareció como por en-
canto. Un relámpago brilló en sus ojos.
— ¡Enséñeme usted el arte de vivir! — exclamó enderezán-
dose.— Escuche usted, Andrei Nicolaevitch: que le convenga ó
no, le considero como á mi mejor amigo... Pues bien, déjeme
usted confesárselo... ¡Yo quiero vivir!... ¡Lo quiero terrible-
mente, apasionadamente!...
Se dejó caer en el respaldo de su sillón. Aquel grito se le
había escapado como á su pesar. En aquella confesión se sen-
tía una desesperación tan desgarradora, que me sentí conmo-
vido hasta en el fondo de mi alma. A toda costa era preciso
encontrar palabras de consuelo. Me apoderé de sus manos y
las besó con sincera compasión.
— ¡Se lo enseñaré á usted, querida amiga, lo mejor que yo
pueda! — le dije con voz conmovida.
Sonrió sin contestar y vi que sus ojos se llenaban de lágri-
mas. Mi simpatía le causaba una profunda alegría. Me apre-
suró á despedirme para no echar á perder aquel efecto saluda-
ble, pretextando que iba á faltar al tren. El último, en efecto,
pasaba á las diez.
— Espere: voy á acompañarle á la estación. Es usted tan
bueno, tan encantador hoy, que quiero disfrutar de su compa-
ñía hasta el último momento — dijo .
Se cogió de mi brazo. El contacto de sü manecita, de toda
su frágil persona, me llenaba de una ternura compasiva. En
aquel momento, deseaba con extraño fervor que aquella en-
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 37
cantadora joven, cuya vida debía ser tan corta, conociera un
poco de felicidad...
Atravesamos en silencio la corta distancia que nos separa-
ba de la estación. El tren entraba en la estación cuando nos-
otros llegábamos. Subí á un coche descubierto, y por encima
de la baranda estreché la mano de Olenina.
— A propósito — dijo ella de repente mirándome con sus
ojos turbados, — no me ha dado usted noticias de Nadejda
Alexsevna.
— Se casa — respondí del modo más natural del mundo.
Olga Mikailovna apartó la vista; después, con voz débil:
— ¿Qué día es el señalado para su boda de usted?
— He dicho que Nadejda Alexsevna se casa; ¿he dicho que
me casaba yo también?
Olenina me dirigió una mirada ansiosa.
— Si es una broma... hace usted mal en bromearse de esa
manera — murmuró con voz entrecortada.
— Es la verdad, la pura verdad; se lo juro.
Sonó el silbato. Por segunda vez la tendí la mano. Ella la
tomó con visible vacilación.
— Entonces... ¿me explicará usted?... — dijo ella ya el tren
en marcha.
— Pasado mañana... le contaré á usted todo — gritó.
Ya no distinguía sus rasgos, y su silueta se borró en la
oscuridad.
VI
Al día siguiente, á las once, pasé á casa del notario Ba-
lutzky. Era un viejo muy respetable, alto, delgado, un poco
inclinado hacia adelante, que tenía una marcada debilidad
por todo lo que era inglés. Sus inclinaciones anglomanas ie
obligaban á llevar afeitado el labio superior y á rodearse el
rostro con una especie de franja de barba; era muy reservado
38 LA ESPAÑA MODERNA
en su actitud, hablaba lentamente, sobriamente, y no se per-
mitía jamás ningún ademán al hablar. Estábamos hacía tiem-
po en relaciones amistosas. Hasta hubo una época en que hice
la corte á su hija; pero un rico comerciante de origen griego
honró á la señorita pidiendo su mano, y ella aceptó, no sin
suspirar muy fuerte. Yo encontró la cosa muy razonable, y no
la guardó ningún rencor. Precisamente á este hecho debía el
respeto del notario, que admiraba mi precoz buen sentido.
El respetable notario no dejó de extrañarse al recibir la
orden de Maslovity en lo referente á la copia, no viendo bien
lo que podía haber de común entre el millonario y yo. Hube
de inventar una explicación.
— La cosa es muy sencilla — le dije. — Me han recomendado
á Maslovity como un joven jurisconsulto de porvenir — recibi-
ré el título uno de estos días; — debo sustituir á su abogado,
del que está descontento, y quiero acostumbrarme á los nego-
cios. Maslovity va á casarse con una joven pobre, y para con-
quistar la ternura de su prometida, ha resuelto hacer en su
favor ese acto de donación. Maslovity piensa que sería enojo-
so para él ofrecer sus millones á su futura, y me ha elegido á
mí para llevarle ese bonito regalo...
La explicación pareció satisfactori aal notario. Por lo me-
nos no manifestó asombro, y me dijo que el documento en
cuestión sería firmado por Maslovity á las dos, y que yo reci-
biría la copia á eso do las cuatro.
No me quedaba más que hacer sino esperar pacientemente.
Maslovity no cambiaría de idea, estaba seguro de ello; pero,
á pesar de todo, no podía menos de encontrarme algo inquie-
to. El mismo Kremtchatof reparó en mi aire preocupado.
— ¿Qué le ocurre á usted? — me preguntó muy perplejo, al
ver que no podía estarme quieto en un sitio.
Como hombre de buen corazón, quiso á toda costa dis-
traerme. Para hacerle justicia, es preciso confesar que puso en
ello el mayor celo. Fue inagotable, jamás me había contado
ayenturas tan singulares. Las de su vida, según él, eran ex-
LA NÓTELA DE UN HOMBRE SENSATO 39
traordinarias: recordaba sin quererlo toda anécdota que hu-
biera leído ó escuchado, y al referirla, sustituía sencillamente
su persona á la del protagonista.
Viendo que sus narraciones más selectas no producían nin-
gún efecto en mí, tomó el partido de comunicarme una noti-
cia, que, en efecto, me llenó de sorpresa.
— Me olvidaba comunicarle un ligero cambio introducido
en mi vida — dijo con tono negligente.
— ¿Un cambio?
— ¡Oh! |una sencilla bagatela!... Tal vez no merece la pena
de contarse... En suma, nadaba cambiado. Soy lo que era:
tan insignificante, tan poca cosa como antes...
Todo esto era dicho con el solo fin de producir mayor efec-
to. Kremtchatof se detuvo esperando una pregunta. Pero
como yo callaba, continuó, como si quisiera responder á la
curiosidad que yo no expresaba:
— ¡Nada de particular, se lo aseguro!...
Sencillamente que ayer, al ir á ver á mi novia, la encontró
sola, y de pronto me vino la idea de casarme en el acto. Y
aquí me tiene usted casado.
— ¿Qué dice usted?... Casado... ¿en qué sentido?
— ¡Oh! en el sentido más vulgar. Fuimos á la iglesia, el
sacerdote nos bendijo... En una palabra: todo sucedió en bue-
na forma. Puede usted felicitarme.
Lo que me contaba era inaudito; pero, por otra parte, me
era harto fácil comprobar su historia en el acto; bien lo sa-
bía él.
— ¿Quiénes han sido sus padrinos? — preguntó.
— ¿Los padrinos?... Pues los primeros que encontré. Usted
no los conoce. Tal vez le extrañe á usted no ver á mi mujer...
Es que hemos decidido que cada uno se quede en su casa. T
así continuaremos siempre... ¿Por qué hacer como todo el
mundo?
Pero yo no tenía tiempo para escuchar más. Era ya cerca
de las cuatro, y tenía que ir á casa de Balutzky. Me sentí de
40 LA ESPAÑA MODERNA
nuevo violentamente agitado, y mis manos temblaban cuando
cogí el sombrero. ¿Por qué las manos, me pregunté?... Cruzó
por mi mente una idea desagradable: la de extorsión... Sin
embargo, nada era para mí. Todo cuanto hacía era para los
otros...
A medida que me acercaba al estudio del notario sentía
aumentar mi agitación, y mé asaltó el temor de no poder des-
empeñar cenvenientemente mi papel de intermediario presun-
to. Me vi obligado á dar cuatro vueltas al barrio antes de en-
trar en casa de Balutzky. ¡Oh! ¡mis nervios malditos!... Creía
no tenerlos...
— ¿Está usted malo? — me preguntó el notario cuando entró .
— No, pero he recibido una mala noticia: mi prima está
enferma.
Esta mentira me pareció indispensable.
— jAh!... ¿tiene usted una prima?...
— Sí, una prima á la que quiero mucho.
— En fin, es de esperar que no será nada grave... ¿Quiere
usted leer el documento? — propuso el notario.
Tomé el papel que me tendía y le recorrí con la vista. Ba-
lutzky creyó sin duda ver en mí un joven jurisconsulto más
interesado en la forma que en fondo del asunto. ¿Cómo no ha-
bía de ser así? Tengo la certeza de que mi fisonomía no expre-
saba sino la atención más desinteresada.
— ¡Sí! Todo estaba en debida forma. Todos los millones pa-
saban á las Turtchaninof . . . ¡Y aquello era obra mía!...
— Muchas gracias — dije cortésmente al notario doblando
cuidadosamente mi copia y guardándola en mi bolsillo.
Salí del estudio con paso firme y seguro. Mi febril agita-
ción había desaparecido. Experimentaba ahora, por el contra-
rio, una sensación de calma, de fuerza, de confianza en mí
mismo. Estaba lleno de fe.
— A mi vez, le traigo á usted una noticia — dije á Kremfc-
chatof al entrar en su casa. — No me caso con la señorita de
Turtchaninof.
LA NOVELA DE UN HOMBRE SENSATO 41
— jAh!... ¿Han reñido ustedes?
— De ninguna manera. No hemos reñido. Pero quiero se-
guir su ejemplo de usted y no hacer como todo el mundo.
M© echó á reir. Kremtchatof, asombrado, me miraba con
la boca abierta.
VII
Kremtchatof no quería creer en nuestra ruptura. Afirmaba
que todos mis amigos serían tan incrédulos como él. Nadie
querría dar fe. ¿No estábamos creados uno para el otro, Na-
denka y yo? Nuestra unión sería, seguramente, de las más
felices.
Viendo que mi resolución era inquebrantable, Kremtcha-
tof, muy agitado por mi firmeza, resolvió marchar al campo
á fin de hablar él mismo á las Turtchaninof. No solamente no
tenía j'-o nada que objetar contra tal visita, sino que recibí el
anuncio con placer. Las señoras debían estar en la mayor con-
fusión; era preciso sacarlas de ella ó indicarles el camino que
para ellas había trazado.
Kremtchatof marchó y yo me quedó solo. En seguida me
puse á trabajar. Sucediera lo que sucediese, estaba resuelto á
salir airoso de mi último examen.
A las diez estaba de vuelta mi amigo y me daba cuenta de
su visita. No había podido hablar confidencialmente con las
señoras, en atención á que un señor gordo que se encontraba
allí y que parecía gozar cerca de ellas de cierta consideración,
permaneció sin moverse de su puesto hasta que Kremtchatof
se marchó.
— Se llama Maslovity. ¿Es pariente acaso del millonario
de ese nombre? — añadió mi amigo.
— Es el millonario mismo — contestó.
El artista hizo un gesto de desprecio y manifestó que sen-
tía no haberlo sabido, afirmando que no se hubiera mostrado
42 LA ESPAÑA MODERNA
tan cortés si hubiese sabido que se encontraba enfrente de un
ricacho. Detestaba á esos gordos nababs. Nadenka le había
preguntado si yo paraba en su casa. Él había respondido afir-
mativamente. En suma, había encontrado bastante fría la aco-
gida de aquellas señoras, y le había parecido que todos se
preguntaban por qué había ido. Él, por su parte, enviaba á
Maslovity á todos los diablos. Pero éste, cómodamente arre-
llenado en su butaca, no manifestaba intención de moverse, y
Kremtchatof había concluido por cederle el puesto.
Sin embargo, consiguió, al marcharse, murmurar al oído
de Ana Gavrilovna que deseaba decirla dos palabras. La dama
le acompañó hasta la puerta del jardín.
— ¿Es posible, Ana Gavrilovna, que todo haya concluido
entre Andrai Nicolaevitch y su señorita hija? — preguntó
Kremtchatof.
— ¿Es él quien se lo ha dicho á usted? — preguntó á su vez
vivamente la señora.
Y sus ojos brillaron de una manera singular; mi amigo lo
notó bien.
— El mismo — respondió él. — Así, pues, ¿es verdad?
— Debe serlo cuando se lo ha dicho á usted. No es hombre
que hable á la ligera... — contestó Ana Gavrilovna.
Y ella le estrechó la mano con fuerza, como para darle gra-
cias por una buena noticia — decía él. Kremtchatof estaba
atónito. En cuanto á Nadenka, apenas abrió la boca durante
su visita; le había parecido pálida y triste.
Kremchatof continuaba sin comprender la situación. Pero
su viaje no había sido inútil. Yo veía claramente lo que hubo
de ocurrir en casa de las Turtchaninof después de salir mi ami-
go: Maslovity permanecía en su butaca sin hablar palabra — el
pobre hombre no era elocuente, — pero devorando á Nadenka
con los ojos. Tal vez hablaba más que de costumbre, sintién-
dose molesto desde que había pagado el derecho de hacer la
corte. Pero Ana Gavrilovna ardía en deseos de alejarle, á fin
de comunicar á Nadenka lo que acababa de saber por Kremt-
LA NOVELA DE ÜN HOMBRE SENSATO 43
chatof. Me la representaba bostezando sin cesar para llamar la
atención de Maslovity, diciendo que Nadenka no debía per-
manecer mucho tiempo en el terrado, que estaba fatigada, et-
cétera. I van Evsevitch comprendía al fin sus insinuaciones, se
retiraba.
— ¿Sabes lo que me ba dicho Kremtchatof? — exclamaría, sin
duda alguna, Ana Gavrilovna en cuanto se hubiese cerrado
la puerta. — Andrei Nicolaevitch le ha declarado que todo ha
concluido entre vosotros... ¡que no se casa contigo!...
Nadenka so arrebataría ciertamente. Al principio decla-
raría que un hombre como yo no se atrevería á hacer una cosa
semejante, que todo aquello era una de las acostumbradas in-
venciones de Kremtchatof. Pero Ana Gavrilovna afirma-
ría que, en su concepto, Kremtchatof decía la verdad en
aquella ocasión. Entonces Nakenda se enfadaría más. Creía
oiría.
— ¡La comprendo á usted, mamá! En el fondo, usted desea
esa ruptura.
La veía rabiando, llorando, diciendo que, aun cuando yo
cometiese semejante indignidad — es decir, que renunciase á
ella, — por nada del mundo se casaría con Maslovity. Ana Ga-
vrilovna, con gran diplomacia, se callaría, dejando que la in-
dignación y el dolor de su hija estallasen en palabras y se ex-
tinguieran por sí mismos.
He aquí la escena tal como yo me la representaba y como
debió desarrollarse sin duda alguna.
Contaba con recibir en seguida la imperiosa demanda de
una explicación, tal vez de una entrevista; pero, en cuanto á
la entrevista, estaba absolutamente decidido á no prestarme á
ella por ningún motivo.
Al día siguiente, por la mañana, alquilé dos habitaciones
amuebladas, y estaba preparándome á marchar cuando Kremt-
ehatof se despertó. Me preguntó por qué estaba en pie tan
temprano. Por toda respuesta le invité á venir á tomar el té
en mi nuevo domicilio. Como hombre hospitalario, Kremt-
44 LA ESPAÑA MODERNA
chatof se ofendió. ¿A. qué obedecía la mudanza? ¿Iba á faltar
el aire para los dos en su casa?
— Pero, puesto que se ha casado usted — respondí, — su
mujer podría venir á verle...
— ¿Mi mujer? — preguntó sinceramente sorprendido.
¡El pobre muchacho se había ya olvidado de su mentira de
la víspera! No quise confundirle y me contenté con responderle:
— ¿Para cuando la boda?
— Pensamos que será para la semana próxima. ¿Y usted?...
Vamos, no es posible, usted no ha roto con su novia... Eso no
es definitivo...
— Todo cuanto hay de más definitivo, se lo aseguro.
— ¡Increíble!... ¡Usted que amaba tanto á Nadejda Axsev-
na!... ¿Y no siente usted ningún dolor?
— Yo no siento dolor sino cuando me corto un dedo ó me
arrancan una muela.
Con seguridad, Kremtchatof sintió en el fondo de su cora-
zón no haber inventado aquella respuesta. Hubo de parecerle
muy curiosa, y tuve desde entonces la certeza de que con el
tiempo me la repetiría como de su cosecha.
— Salgo con usted — me dijo después de un silencio. — Iré á
ver á las Turtchaninof. Necesito hablar con ellas... No puedo
hacerme á esa idea...
Quería evidentemente apropiarse el papel de mediador,
creyendo que no se trataba más que de una riña de enamora-
dos. Le supliqué que abandonase aquel proyecto.
Después de haber pasado un rato en la Universidad, volví
á mi nueva morada y me puse á estudiar. Al principio me
costó mucho trabajo fijar mi atención. No era extraño. Tenía
en mi mano la suerte de personas que me eran queridas. Pero,
como ya se ha visto, había llegado á ser maestro en el arte de
vencerme á mí mismo, y, en aquella ocasión también, después
de unos momentos de lucha, logré absorberme en mislibracos.
POTAPENKO.
[Se continuará)
POETAS AMERICANOS
A FEDERICO BALART
¡Oh Balar fc, sufres y lloras!
Con 9I alma de un creyente
Das al mundo tus estancias
De quejosas vibraciones;
Te retuerces angustiado
Y en el polvo hundes la frente
Que no abrasan, que no azotan
Con su látigo candente
Las altivas, las inmensas
Formidables rebeliones!
En tus límpidas estrofas,
Tan galanas cual sencillas,
Es un mártir resignado
Tu dolor hondo é inmenso;
Y figuróme al leerlas
Y al sentir cómo te humillas,
Que creaste tu Dolores
Ante un Cristo, de rodillas
En la nave de un santuario
Y entre el humo del incienso!..
¡Dulce bardo de la pena,
Si tus cánticos inspira
El espíritu celeste
46 LA ESPAlS^A MODERNA
De tu esposa noble y santa,
Bien comprendo por qué lloras
y no truenan en tu lira,
Los rugidos del rebelde,
Las centellas de la ira,
La protesta pavorosa
Que hasta el Cielo se levanta!
, ¡Oh poeta! En este mundo
No estás solo y sin consuelo.
Hay perfumes, hay fulgores
En tu senda tenebrosa...
¡Tú lo has dicho... Tus estrofas, —
Expresión de amargo duelo,
De ternuras nunca muertas
Que se van buscando el Cielo, —
Te las dicta el alma pura
De tu noble y santa esposa!
Y por esto no blasfemas
Aunque hay nubes en tu frente,
Y sufriendo resignado
Das al mundo tus canciones...
;Que si solo te sintieras.
Tu santuario de creyente
En pavesas cambiarían
Con su látigo candente
Las altivas, las inmensas
Formidables rebeliones!...
E. González Lorca,
RIMA
Cuando dejo mi lóbrego retiro,
Mancebos del placer, y me encadeno
A vuestra fiesta, acongojado giro
POETAS AMERICANOS 47
Entre el vaivén; y á vuestro canto ajeno,
De honda, tristeza y de nostalgias lleno
Desde el rincón en que me oculto os miro.
Con amorosa fe llenáis la copa
Pensando sólo en la gentil doncella
A quien buscáis en la festiva tropa
Para agotar el ánfora con ella.
¡Ah! Ni la triste vibración del estro
Os dirá lo que yo amo y lo que ansio.
Ni lo que escondo en mi retiro es vuestro,
Ni lo que dais en el festín es mío.
Y tú, botón de candida camelia,
Que en el manso raudal de tus amores
Vas como Ofelia, derramando flores,
Pero no delirando como Ofelia;
Que por radiante nimbo circuida
De vigorosa juventud, cantando
Aspiras el perfume de la vida
Sin sospechar y sin temer el dolo,
¿No ves?... La copa se me está acabando,
;Y tú me dejas agotarla solo!
Eduaedo Obtega.
Junio 1890.
LO INVISIBLE
Amo al ser racional, al ave, al bruto
Y á los árboles todos. Mi abolengo
Virgilio lo ha cantado; y me entretengo
En revivir y sazonar el fruto.
48 LA ESPANTA MODERNA
Do quiera mi poder es absoluto,
Del labrador la bendición obtengo,
Y, como germen soy fecundo, tengo
Con que rendir á todos mi tributo.
La tierra estéril, á mi influjo siente
Que tiemblan como el feto en las entrañas;
El átomo, el insecto y la simiente.
Y en forma de moléculas extrañas ,
Vida le infundo con mi soplo ardiente
Al mineral oculto en las montañas.
II
Soy color en la piedra, en el torrente
Bronco rumor, aroma en la violeta;
Imagen en los sueños del poeta
Y microbio en el agua transparente.
Soy un venero inagotable, fuente
De animación, y en ráfaga secreta
Se verifica mi labor completa
En todo cuanto existe y cuanto siente.
Todo alienta por mí, de raro modo:
Desde el hombre basta el átomo sensible,
Que reside en los aires ó en el lodo.
Y, siendo como el oro, incorruptible.
Me agito y prevalezco sobre todo
Y soy como el espíritu: invisible.
Juan Düzan.
Caracas, 1901.
LA GüIA OFICIAL DE ESPAM
(1)
EESUMEN HISTÓRICO (2)
A la casa de los señores Marqueses de la Torrecilla perte-
nece un ejemplar del Kalend ario particular y Guia de Foraste-
ros en Madrid, primer nombre que tuvo en su origen la Guía
Oficial de España, correspondiente al año 1722, según testi-
monio ocular que me ha dado el señor Conde de las Navas,
Bibliotecario Mayor de S. M. La colección de Guias que posee
la E-eal Academia de la Historia, comienza por la del año si-
guiente de 1723; la de la Biblioteca de S. M. por la de 1729;
la del Ministerio de Estado por la de 1742; la de la Biblioteca
Nacional por la de 1749, y la de la Biblioteca de San Isidro por
(1) Los nombres que sucesivamente ha tenido esta publicación oficial
son los siguientes: 1.**, Kalendaino particular y Guia del forastero en
Madrid, desde su origen hasta 1734; 2.**, Kalendario y Calendario ma-
nual y Guia del forastero en Madrid, desde 1735 hasta 1838; 3.°, Guia
patriótica de España para el año 1811, impresa en 1810 en la isla de
León; 4.^, Guia política de las Españas, impresa en Cádiz en los años
1811 y 1812 para los de 1812 y 1813; 5.°, Guia de forasteros en Madrid,
de 1838 á 1872; y 6.** y último, Guia oficial de España, desde el año 1873-
74 hasta la actualidad.
Desde su origen no han dejado de publicarse más que las correspon-
dientes á los años 1809, 1810, 1814 y 1824.
(2) Las noticias que incluye este Resumen histórico son documenta-
rias y están adquiridas en el Archivo Histórico Nacional, en el General
Central (Alcalá de Henares) y en el del Ministerio de la Gobernación. En
la parte artística, los datos proceden de los mismos Archivos del Estado,
de las mismas Guias y de la Sección de Bellas Artes de la Biblioteca Na-
cional.
E. U.— Septiembre 1902, 4
50 LA ESPAÑA MODERNA
la de 1767. Ninguna colección está completa y en algunas son
muy numerosos los especies de continuidad. No obstante, con
el examen de todas y con los documentos de archivo, puede
formarse completo el concepto histórico de esta publicación
oficial (1).
El Sr. Balbín de Unquera, jefe de la Biblioteca y Archivo
del Consejo de Estado, dice que él posee una Guia del año
1716. He tratado de verla, y su poseedor no la ha encontrado
escondida entre el fárrago de sus libros mal disciplinados. Ni
pongo en duda su existencia, ni puedo certificar la exactitud.
La probabilidad ó no probabilidad de que su publicación pue-
da remontarse á esa fecha, se colige de los datos históricos do-
cumentales que aquí voy á recapitular. Confesaré, no obstan-
te, que me parece verosímil la publicación de la Guía en el
año á que el Sr. Balbín de Unquera refiere el del raro ejem-
plar que posee (2).
(1) La colección de Guias de Madrid más completa que existe en Es-
paña es la perteneciente á la Real Academia de la Historia, que empieza
en 1723 y continúa hasta el día, sin faltar en el curso de estos ciento se-
tenta y ocho años más que las que corresponden á 1726 y 1727. La colec-
ción de la Biblioteca de S. M. empieza en 1729; pero le faltan los Kalen-
darios y Guias de los años 1730, 31, 32, 33, 35, 37, 38, 45, 46, 48, 49, 52,
53, 54, 55, 69 y 80 y 1811. La de la Biblioteca Nacio7ial desde 1749, en que
comienza, es completa. La de la Biblioteca del Instituto de San Isidro,
que fue antes de los Padres de la Compañía de Jesús, fempieza en 1757;
pero le faltan las de los años 1759 á 1764, 1766 á 1768, 1772, 1774, 1775,
1777, 1811, 1812 y 1813. La de la Biblioteca del Congreso de los Diputa-
dos principia en 1760 y sólo le faltan las de los años 1766, 1801 y 1811.
Por último, la Biblioteca Municipal de Madrid solamente contiene las
de los años 1777, 1781, 1798, 1801, 1802, 1805, 1806, 1808, 1813, 1815 á
1823 y 1825 á 1901.
Los Kaleiidarios primitivos se imprimieron en 16. '^ hasta 1846; de 1847
á 1862 en 8.'' y de 1863 á 1901 en 4.«
(2) El Bibliotecario de la Real Academia de la Historia é individuo de
número de la misma, Sr. D. Antonio Rodríguez Villa, después de escrito
este Bosquejo me asegura que en los Inventarios de la Biblioteca parti-
cular que formó el Exmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, donde
existe otra preciosa colección de Guías de Madrid, las hay correspon-
dientes al año 1714. No las he visto.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 51
El fundador del Kalendario 'particular y Guía de Foraste-
ros en Madrid fue D. Luis Félix de Mira val y Spínola, á quien
el Rey Felipe V concedió título de Marqués de Mira val en 31
de Octubre de 1722, según textifica el Rey de Armas, cronis-
ta de S. M., D. José Rújula. Grarma, en el Theatro Universal
de la Monarquía de España, le llama Colegial mayor de Cuen-
ca, del Consejo de Estado y Grobernador del de Castilla, de
cuyo último cargo tomó posesión en 27 de Febrero de 1716,
sucediendo al Obispo de Osma, Arzobispo de Sevilla D. Felipe
Antonio Gil de Taboada, y siendo reemplazado en Octubre
de 1724, en que Miraval cesó en su cargo, para pasar á su Pre-
sidencia, por el Obispo de Sigüenza, D. Juan de Herrera y
Soba. Rújula completa sus datos, diciendo que antes de ocu-
par estos cargos había sido Embajador en los Estados Gene-
rales, que era natural de Jerez de la Frontera, hijo de don
Francisco de Miraval y Pavón, caballero veinticuatro de di-
cha ciudad y hermano de D. Juan Francisco, primer Conde de
Yillafuerte Bermeja y caballero de la Orden de Calatrava (1).
(1) Lpv importancia político-social del Consejero Gobernador y Presi-
dente del Supremo de Castilla D. Luis de Miraval, se deduce de su co-
rrespondencia particular y oficial con el Cardenal Belluga durante los
años 1722 á 1726. Cuando el Rey Don Felipe V le otorgó el título de Mar-
qués de Miraval, desde Roma el Cardenal Belluga le escribía en 12 de Di-
ciembre de 1722:— «Habiendo sabido la Memoria que S. M. ha hecho de
los méritos de V. E. y de su casa con el título de Castilla que con decreto
tan honorífico ha sobrecondecorado la persona y casa de V. E., le doy mil
enhorabuenas, no tanto por el título, cuanto por las circunstancias del
decreto, todo muy condigno á los méritos de V. E.»— Más adelante Be-
lluga, encontrándose en el Real Sitio de San Lorenzo á la renuncia de su
obispado de Oviedo, volvía á escribirle el 28 de Agosto de 1723, interesán-
dole en el asunto, y su carta comienza así:— «Mucho siento molestar
á V. E. y añadirle nuevo trabajo al infinito que tiene sobre sí de todos los
negocios de la Monarquía...»— Por último, muerto tempranamente el Rey
Don Luis I, de cuyo Consejo privado Miraval ocupó la Presidencia y res-
tituido de nuevo Felipe V al trono que había renunciado, Belluga volvía
á escribirle de la siguffente manera: «¡Viva Jesús!»— jEJcccmo. Sr.— Muy
señor mío: No podré significar á V. E. el dolor que me ha causado la
52 LA ES1>AÑA MODERNA
Hasta el año de 1757 se ignoró enteramente en las depen-
dencias del Estado, cómo había nacido y se había desarrollado
la publicación del Kalendario antes particular^ después ma-
nual y Guia de Forasteros; de dónde provenía su subordina-
ción á la primera Secretaría del Despacho y Estado, la excep-
ción de licencias y el uso del privilegio que se atribuía el im-
presor Antonio Sanz que por tradición inmemorial y continua
lo editaba. Nadie había hasta entonces mostrado interés en
conocer estas cosas, de las que en el archivo de aquel Minis-
terio no constaba el menor antecedente. En el año referido
otro impresor rival, Manuel Martín, ofreció por medio de
instancia hacer una mejora en el precio de los Kalendarios-
Almanaques y Papeles de fiestas de corte, de que Sanz se atri-
buía y disfrutaba de hecho el privilegio, mejora que redunda-
ra en beneficio del público. Sanz fundó su monopolio en los
derechos de inventor y autor de la Guia, que alegó; y de los
incidentes de este pleito, en que el Ministerio de Estado y el
Juzgado de Imprentas tomaron parte, vino á descubrirse toda
la verdad.
Extrajudicialmente, y en connivencia con el Juez de Im-
prentas^ D. Juan Curiel, uno de los Consejeros de Castilla, los
émulos de Sanz, después de varias tentativas para desbara-
muerte de nuestro angelical Rey Luis Primero, á quien Dios verdadera-
mente ha querido mejorar de Reino, y por este medio de su incomprensi-
ble providencia hacer ver al Rey Ntro. Sr. Phelipe quinto que su majes-
tad le quiere en el trono y no en el retiro de San Yldcfonso; y es cierto
que sólo estos motivos de querer Dios premiar al nuevo Rey, llevándoselo
para sí, y traer al antiguo á su solio, puede templar el justo dolor, como-
el que á mí me ha causado esta muerte, en el que acompaño á V. E.: que
en el ampr que tenia á S. M. y con el que S. M. juntamente le correspon-
día, no dudo habrá sido cual corresponde á su temprana muerte; y yo por
mi parte doy á V. E. las gracias de lo que ha cooperado á que S. M. se
restituya á la propiedad de su Gobierno. Roma 23 de Septiembre de 1724,
— Excmo. Sr.—B. L. M. de V. E. su mayor servidor.— L. Cardenal Be-
LijVGA.—Excmo. Sr. Marqués de Miraval, Presidente de Castilla. —
Aroh. Hist. NAC.—Estado: Leg. 2.794».
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑ^A 53
tarle, abrieron ante escribano público una información de tes-
tigos acerca del origen del Kalendario Ma7iual y Guía de Foras-
teros^ precisamente en los momentos en que, por consecuen-
cia de un Memorial elevado por Sanz á los pies del Rey Car-
los III, se extendía en el Palacio del Buen Eetiro, á 6 de
Enero de 1760, una Real Cédula de que en la misma fecha el
Ministro D. Ricardo Wall daba conocimiento, para que sus
disposiciones se cumplieran, al Grobernador del Consejo de
Castilla, Obispo de Cartagena, «concediendo privilegio exclu-
sivo, por el tiempo que la Real voluntad de S. M. quisiere, á
Antonio Sanz, para que continúe en la impresión anual del
Kalendario y Guía de Forasteros, que inventó j empezó á
componer años ha y va perfeccionando bajo las órdenes de
«sta primera secretaría de Estado y del Despacho». En la in-
formación referida prestaron declaraciones de gran importan-
cia D. Isidro Gutiérrez, criado mayor que había sido del Mar-
qués de Miraval y el ciego Gregorio Alvarez, decano de la
Hermandad de pobres ciegos de Ntra. Sra. de la Visitación^ sita
en el convento del Carmen Calzado, que tenía el privilegio
por S. M. para vender las Gacetas^ Guías de Forasteros y otros
papeles.
La declaración del criado mayor Gutiérrez, dice así: — «Que
con motivo de haber servido al Marqués de Miraval por el
tiempo y espacio de treinta años, en calidad de agente de su
casa y estados, sabe y le consta por cierto, por haberlo visto,
que algunos años se dispuso por D, Gaspar de Ezpeleta y Ma-
llón, ya difunto, secretario y contador que fue del dicho Mar-
qués de Miraval, el librito titulado Guia de Forasteros^ que
hoy corre, con acuerdo y disposición del citado Marqués de
Miraval, su amo, y que de vida de S. E. se imprimió y á su
costa en esta corte, y se hizo así de cuenta de dicho Sr. Mar-
qués por algunos años, hasta que á instancias del Conde de
Torrehermosa, Juez que era de Imprentas, en aquellos tiem-
pos, le persuadió á S. E., por sus muchas ocupaciones, el que
se dejara de este quebradero de cabeza y se lo cediera á los
54 LA ESPAÑA MODERNA
Porteros del Real Consejo de Castilla; á lo que condescendió,
con tal de que le entregasen una porción de dichas Guias para
regalarlas. No habiendo cumplido los Porteros con la buena
armonía que correspondía, se enfadó mucho el Marqués de Mi-
ra val, y, como autor y dueño propio ^ se las quitó y las mandó
imprimir en la ciudad de Murcia; mas que después, por instan-
cias que volvió á hacerle el dicho Sr. Conde de Torrehermosa,
volvieron á correr los dichos Porteros del Eeal Consejo con el
citado libro titulado Guia de Forasteros^ con el pacto expreso
de pagar á S. E. una porción de dichas Guias, y que los ex-
presados Porteros se compusieron para imprimirla con el im-
presor Juan Sanz, ya difunto, el cual imprimió dicha Guía.
En los términos que fué y con qué interés, lo ignora el que
depone; pero sabe por cierto y constante que el referido libro
Guia de Forasteros tuvo su principio y origen en la forma que
llevo referida y que fueron sus autores el Marqués de Miraval
y Don GrASPAR de Ezpeleta.»
El decano de la Hermandad de los ciegos declaró, por su
parte: — «Que sí\be y le consta que el año de 1724, Juan Sanz,
ya difunto, solicitó á los pobres ciegos de la dicha Hermandad
para la venta y despacho del librito titulado Guia de Forasteros,
dándosela cada uno á los precios de 12 cuartos, y siendo por
docenas, aun con maj^or equidad; que en 1724 conoció á Anto-
nio y Vicente Sanz, sobrinos de Juan Sanz, quien los trajo de
su lugar con el fin de protegerlos y ampararlos, siendo enton-
ces muchachos de poca edad; y también sabe que en el año de
1728, poco más ó menos, murió el referido Juan Sanz y los
dejó por únicos herederos de su imprenta y bienes que tenía,
corriendo el mismo Antonio Sanz con las mismas impresiones
que corrió su tío; y que tenía entendido, por haberlo oído de-
cir de mucho tiempo, que el autor de las Guias fue el Conde
DE Miraval» (1).
(1) Con las declaraciones anotadas concuerdaa en gran parte los datos
qne suministran las portadas mismas de las Gulas que se han podido re-
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 55
Con estas y las demás declaraciones de los tres testigos que
fueron llamados para hacer la información, el Superintenden-
te de Imprentas D. Juan Curiel, en 9 de Noviembre de 1760,
emitió nuevo informe dirigido al Marqués de Squilache, en el
que se reseñan los hechos que resultaron probados en los datos
siguientes: — «Que Antonio Sanz, no podía ser, como había ale-
gado, autor del librito, pues el primero había aparecido antes
de 1724 y entonces él era un muchacho recién llegado de su
pueblo y sin experiencia ni aptitud para componerlo; que de
una manera pública y testificada se sabía que el primero que
lo dio á luz fue el Marqués de Mira val, que lo compuso con el
auxilio de su secretario D. Gaspar de Ezpeleta; que por algu-
nos años corrió el Marqués con su impresión, repartiéndolo
sin interés entre sus conocidos; que, después, fatigado de los
muchos que se lo pedían y para que el público gozase de su
beneficio, permitió su impresión á Juan Sanz, impresor que
era en esta corte, tío de Antonio Sanz, sacando por partido
algunos ejemplares que debía darle; que después de la muerte
de Juan Sanz por el año de 1728, continuaron en la impresión
los herederos, y que, sin otro privilegio ni apelación á las li-
conocer. Las de 1723 y 1724 fueron impresas «con privilegio que tiene
Manuel Román, para poder imprimirla, de los Sres. del Consejo Real de
Castilla». La de 1725 lo fue «con privilegio que tiene Juan Sanz». La de
1728 «con privilegio que tienen los horederos de Juan Sanz», en cuya si-
tuación continuó, aunque desde la de 1730 hallábase venal «en la Impren-
ta de Antonio Sanz, en la calle de la Paz». En 1V35 ya el privilegio perte-
necía sólo á Antonio Sanz, en cuya imprenta estaba de venta, y desde 1737
ostentó en la portada el Escudo de Armas Reales, determinante del carác-
ter oficial que desde entonces tomó, sometiéndose á la dependencia de la
primera Secretaría de Estado y del Despacho. En la de 1740 Antonio Sanz
tomó el título honorífico de Impresor del Consejo, y desde la de 1742 el de
Impresor del Rey, nuestro señor, y del Consejo. Estos datos corroboran
las declaraciones contenidas en el expediente del Juez de Imprentas don
Juan Curiel, y patentizan la superchería que en sus instancias cometió
Antonio Sanz, atribuyéndose el derecho exclusivo de la impresión de las
Guias á título de fundador v autor de ellas.
56 LA ESPAÑA MODERNA
eencias del Consejo, había continuado publicándose, siendo de
todo punto falso que Antonio Sanz hubiese sido el inventor ni
autor de la Guia, ni que tuviese la exclusiva legal para su im-
presión. »
Con esto queda suficientemente testificado cuál fue el ori-
gen y el primer confeccionador del Kalendario particular y
Guía de Forasteros en Madrid, de que, por una sucesión no
interrumpida de dos siglos, procede la actual Guía Oficial
DE España.
Al primer — Kalendario \ particular \ y Guia \ de Foraste-
ros I en la Corte de Madrid \ — que hemos examinado, el pu-
blicado I — para el año de 1723 \ que contiene algunas curiosi-
da I deSj y advertencias, dignas ^^^^ de saberse. "^X \ — acom-
paña un breve prefacio al lector, en que dice: — «Un aficionado
á lo más curioso te da algo que advertir en estas pocas hojas
que leer: ellas te participarán el primer régimen del Kalendario
con parte de las correcciones que ha tenido; te declararán él cóm-
puto de las Edades; te explicaráii lo que es año, mes, semana y
días; te señalarán los lyieses con las fiestas de precepto y movi-
bles para este año de 1723; te advertirán para siempre la altu-
ra de polo de Madrid y de otras ciudades de España; te darán
regla para saber la diferencia de hora que será en ellas; te in-
formarán de las horas á que sale y se pone el sol todo el año,
según la altura de polo de Madrid, y finalmente te explicarán
otras curiosidades que el descuido hace ignorar. Perdona la cor-
tedad, pues mucho más se pudiera decir; pero recibe el deseo de
no cansar y quédate con Dios.» Como se ve, esta breve intro-
ducción nada anuncia de lo correspondiente á las noticias que
después inserta, para que sirvan de Guía de forasteros en la
corte de Madrid; sólo se remite á las partes puramente técni-
cas del calendario, siendo de notar que en el gran número de
Pronósticos, Almanaques, Gottardos y Piscatores, que desde
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 57
fines del siglo xvi, y por todo el siglo xvii, anualmente com-
ponían y publicaban astrónomos y astrólogos, matemáticos y
cosmógrafos, filósofos y hasta alarifes, hay varios en que se
registran advertencias como las siguientes: — «Otra cosa se ha
introducido en los Flscatores, y es adornarlos de varias curio-
sidades y noticias, lo que no es censurable; antes me parece
útil, si se hiciese buena elección y no se llenasen de broza,
como en algunos sucede» {Píscator complutense: 1715). — «Pó-
nense los títulos de las casas que gozan la Grandeza, los Ape-
llidos y donde residen» {El Gran Gottardo Espafiolr 1723). —
«También se ha hecho lugar á algunas selectas noticias ecle-
siásticas de España y otras curiosidades» {EL Pronóstico entre-
tenido: 1725).
Dedúcese de todo esto que la costumbre de introducir no-
ticias de utilidad en los Almanaques y Calendarios que se pu-
blicaban cada año, estaba arraigada en el uso de estas impre-
siones, en el primer tercio del siglo xviii, y que había entera
libertad para elegirlas, depurarlas y enriquecer con ellas estos
efímeros librejos que todo el mundo compraba, y cuya efica-
cia se circunscribía al año á que se aplicaban sus pronósticos
del tiempo y sus indicaciones para las prácticas cristianas.
Por lo tanto, el Kalendario particular y Guia de Forasteros
formó por iniciativa particular también, pero dirigida á un
objeto más estricto en la esfera de su utilidad, al de informar
al público de los detalles de la organización política, de las
dependencias superiores del Gro bienio y administración del
Estado, dando á conocer las nóminas de las primeras jerar-
quías de todos sus institutos, con las señas de la habitación de
cada funcionario. La Guia de Forasteros se fundó para com-
prender en un librillo de faltriquera, ó de chupa ^ como vul-
garmente se denominó después, el inventario abreviado de la
Monarquía y de sus instituciones administrativas.
La del año 1723, primera que posee nuestra Real Acade-
mia de la Historia^ es un cuadernillo de 92 páginas foliadas y
cuatro sin foliar de notas y anuncios, cuya diminuta caja
58 LA ESPAÑA MODERNA
mide 9 X 5,50 centímetros. Se publicó con privilegio, que tie-
ne Manuel Román^ para poder imprimirla, de los Señores del
Consejo de Castilla; se imprimió en la imprenta de la calle
de la Gorgnera, y se puso de venta en la puerta de los Reales
Consejos, en la casa-imprenta de Román, y en la librería de
Juan Antonio Pimentel, en las Gradas de San Felipe. Por úl-
timo, la Guia, para su venta, fue tasada por los señores del
Consejo Real en 12 mrs. cada pliego. Los artículos de la ver-
dadera Guia de Forasteros, después del santoral, fiestas y no-
ciones astronómicas, empiezan en la página 62 con los Nom-
bres de los sefiores Ministros que componen los Consejos y Tri-
hunales de S. M., y comprende este capítulo los Consejos de
Estado, Supremo de Castilla, con su Sala de Gobierno, cuyo
Gobernador era el Excmo. Sr. D. Luis de Miraval, Marqués
de Miraval, que vivía en sus casas de la calle de las Rejas, y
el Supremo de Guerra, Liquisición, Lidias, Ordenes, Hacien-
da y Cruzada; á los que seguía la Lista nuevamente corregida
de los nacimientos de muclios Reyes y Principes que al presen-
te viven este año de 1723 (pág. 82). Lo demás son anuncios de
libros nuevos.
La Guia de 1724, cuya portada es idéntica á la del año an-
terior, ofrece curiosas variantes: — Primera: á la cabeza de la
nómina de los Ministros que componen los Consejos Supremos,
el primer capítulo decía así:
SEÑORES DEL GABINETE
Excmo. Sr. D. Luis de Miraval.
Excmo. Sr. Arzobispo de Toledo.
Excmo. Sr. D. Juan de Camargo, Obispo de Pamplona ó
Inquisidor General.
Excmo. Sr. D. Miguel Francisco Guerra.
Excmo. Sr. Marqués de Valero.
Excmo. Sr. Conde de Santisteban.
Exorno. Sr. Marqués de Lede.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 59
Hay que observar que ni antes ni después vuelve á figurar
en la Guia este Gabinete íntimo que Felipe V, al renunciar
la Corona, puso al lado del Rey Don Luis I, y que, como se
advierte, por el orden en que están colocados, el Marqués de
Miraval, autor y propietario de la Guia de Forasteros^ parece
ser el jefe, Gobernador ó Presidente de una institución de
que no hallamos rastro en las historias de aquel tiempo. Tam-
bién después de la nómina de los Ministros que componían el
Consejo de Estado, por vez primera se introdujo la de los Mi-
nistros ó Secretarios de Estado y del Despacho Universal,
que entonces comprendían, por el orden con que en la Guía
están significadas las Secretarías de Gracia y Justicia, Ha-
cienda, Guerra, Estado, Indias, Marina y otras que no llevan
nombre especial. Después del Consejo E,eal, no sólo en la
Guía de 1724 se particularizó la sala primera de Gobierno, de
que D. Luis de Miraval era Gobernador, sino la segunda con
sus negociados, llamadas también salas de Mil y quinien-
tas, Justicia, Provincia, Jueces de competencias y de comi-
siones, señores Alcaldes de casa y corte y Secretarios de la
Cámara. En lo demás, la Guía de 1724 era igual á la an-
terior.
En el Kalend ario particular y Guía de 1725, ya el privile-
gio no lo tiene Manuel Román, ni el librito se imprime en la
calle de la Gorgnera, de donde habían salido el año anterior
las Relaciones de la proclamación del Rey Don Luis I. El privi-
legio lo tiene Juan Sanz, el tío de Antonio Sanz, que poste-
riormente reclamaba los derechos de autor de la Guía para
sostener inviolable su derecho al privilegio. Le imprimen en
su imprenta de la calle de la Paz y se vende en la librería de
Lorenzo de Castro, frente de San Felipe el Real. En la nómi-
na del Consejo Real se sustituye el nombre del Gobernador de
su primera Sala, Marqués de Miraval, por el Obispo de Sigüen-
za, limo. Sr. D. Juan de Herrera, que vivía frente de San
Martín, en casas del Marqués de Mejorada; pero no por esto
se ha de entender que Miraval había muerto, pues su nombre
60 LA ESPAÑA MODERNA
figura en la lista del Consejo de Estado hasta la Guía del año
1729, en que falleció.
En la Guía de 1725, que ya había aumentado á 143 pági-
nas las 92 de la primitiva, aunque no de tamaño, se introduje-
ron las noticias referentes al servicio de Correos, arregladas
«según el repartimiento de las cajas del Correo de Castilla de
esta corte», y las derechuras por donde se habían de enviar
las cartas los martes á Andalucía, los miércoles á Castilla, los
viernes á Extremadura y los sábados alas provincias del Nor-
te y Noroeste.
La Guía de 1728, de la que ya habían desaparecido las no-
ciones astronómicas, tablas de longitudes, ortos y ocasos, et-
cétera, ofrece la particularidad de que, habiendo fallecido el
año anterior el impresor Juan Sanz, se establece en sus here-
deros el orden de sucesión que llevó en adelante el privilegio
que tenían. Las de los años 1730 á 1734, muerto también el
Marqués de Mira val, continúa el privilegio en los Herederos
de Juan Sanz^ aunque se imprimen en la hnprenta de Antonio
SanZj el mayor de sus sobrinos, en la misma casa de la calle
de la Paz, como antes se ha dicho, y hasta la de 1735 no reza
en su portada que «Antonio Sanz tiene el privilegio y que se
hallarán en su imprenta de la calle de la Paz».
Desde la del año 1733 se introduce la distribución diaria de
las Quarenta Horas en las Iglesias de Madrid^ y en la de 1735
se restablecieron las labias astronómicas del orto y ocaso del
sol y otra de equivalencia de números romanos por arábigos.
Por último, desde el año 1736 corrige en la portada el Kalen-
dario particular por el nombre de Kalendario manual que con-
servó la Guía de Madrid hasta después del primer tercio del
siglo XIX, habiendo transmitido el mismo nombre así corregido
á las que desde 1776 se publicaron á su semejanza en la Penín-
sula, en Valencia y Barcelona; á la de Manila, en Filipinas,
desde el año 1839, y á la del Perú desde 1807 hasta 1849; si bien
con otras denominaciones, se publicaron Guias políticas, ecle-
siásticas y militares en Lima desde 1792, en Méjico desde 1788,
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 61
en la isla de Cuba desde 1791 y en Guatemala desde 1807^
todas emanadas de la de Madrid, que les sirvió de pauta.
*
* *
Se lia indicado antes que la Guia de Forasteros más antigua
que encabeza la colección de nuestra Biblioteca Nacional es la
de 1749, en cuya portada campea el Escudo Real de España,
introducido desde 1737; en la que Antonio Sanz, poseedor del
privilegio, se titula Impresor del Rey^ nuestro seflor, y de su
Consejo, y en la que no sólo se había aumentado el tamaño del
libro en 18.°, siendo las medidas de la caja 10 X 5 centímetros
exactos, sino se habían eliminado algunos de los antiguos ori-
ginales, de puro almanaque, que aún le quedaran, y se habían
aportado nuevos elementos de indicación oficial. Mas en los
documentos de archivo se observa que hasta este año no se en-
cuentran documentos de oficio con aplicación á la Guia, cons-
tituida ya en dependencia del Ministerio de Estado y exenta,
como publicación gubernativa, de las aprobaciones, censuras y
licencias á que estaban sometidas todas las demás impresiones.
Del Marqués de la Ensenada es una Real orden de 1749
«para que á Antonio Sanz, impresor de la Guía de Forasteros,
se den en los Hospitales de Madrid las noticias conducentes
para poner en la Guia». Aunque desde 1739 D. Bernardo de
Saavedra Ñero, Arzobispo de Larisa, coadministrador del Ar-
zobispado de Toledo, había suministrado para la Guíala, indi-
cación de las fiestas y vigilias del año y la distribución del Ju-
bileo de las Cuarenta Horas, por Real orden de 22 de Junio
del mismo año de 1749 se mandó á D. Manuel Quintana Boni-
faz, Arzobispo de Pharsalia y del Consejo de S. M., como Ad-
ministrador espiritual del de Toledo, Primado de las Españas^
por el Serenísimo Sr. Infante Cardenal D. Luis, «que á Anto-
nio Sanz se le den para la Guía del Forastero del año 1750»
estos mismos datos. Todo lo concerniente a esta publicación
fue acentuando cada vez más su carácter oficial, del mismo
62 LA ESPAÑA MODERNA
modo que su dependencia inmediata de los poderes públicos,
desde mediados del siglo xviii, y existe otra Eeal orden expe-
dida en el Buen Eetiro á 6 de Diciembre de 1752 y dirigida
también al Arzobispo de Pharsalia mencionado, que á la sazón
era Gobernador del Consejo de Castilla, en que se le decía:
«El E-ey quiere que la Guia de Forasteros que se imprime to-
dos los años se publique para el primer día de cada uno, y que
para esto se den con anticipación á Antonio Sanz, impresor
de ella, las noticias y las listas que necesita de los tribunales
y oficinas de la corte.»
Por medio del Ministerio de Estado, todas las dudas que
ocurrían en las alteraciones de unos años con otros se eleva-
ban á la consulta del Eey. Una de estas consultas del año 1753,
para la redacción de la Guia del año siguiente, empieza por
los capítulos que van á continuación, cuyas respuestas margi-
nales son de la Eeal mano:
Príncipe de Asturias.
En ninguno - .
Como antes
Está bien .
Si se ha de poner al Príncipe, de Asturias ó Prin-
cipe Don Carlos.
En qué lugar 3'' en qué capítulo se ha de poner
al Príncipe Don Felipe.
Si el capítulo de Ñápeles ha de seguir al de Es-
paña ó después del de Francia, como antes.
Si el lugar en. que está puesta la Reina Madre es
el que conviene.
Conforme la Guia de Forasteros ensanchaba su esfera de
acción y reflejaba sobre mayor número de intereses políticos y
sociales, solicitaban en ella la notificación de la publicidad las
instituciones que vivían del concurso común y que necesita-
ban ante él la justificación de sus operaciones y actos. En 1754
la Eeal Hermandad del Eefugio pretendió y obtuvo de Eeal
orden que en la Guia de Forasteros se incluyera cada año el
resumen del empleo de sus rentas y limosnas y la estadística
de los actos de su benemérita y benéfica eficacia. Este mismo
año de 1754 el editor Antonio Sanz, fundándose en que «de
treinta años á esta parte está á su cargo la composición é im-
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 63
presión del librito Kalendario manual y Guia de Forasteros en
la corte», que anualmente publica, proponía que, «aunque des-
de su principio comprendía solamente los Ministerios de los
Consejos de Y. M. y días de los nacimientos de los Príncipes
de Europa, deseando que se verificase su título, que es el de
guiar á los forasteros, le adicionó los Tribunales, que tiene
V. M. fuera de la corte, los Corregidores é Intendentes de sus
provincias, las Juntas permanentes y otras útiles y curiosas
noticias»; no satisfecho su celo, á vista de las muchas que po-
nían en sus Kalendarios otras cortes extranjeras, solicitaba in-
cluir las Juntas permanentes que faltaban, de Hospitales,
Descargos, Fuentes, etc., más los capítulos siguientes:
Ayuntamiento de Madrid y Juzgados de los tenientes de Co-
rregidor;
Tribunales eclesiásticos, Nunciatura, Vicaria, Visita y Jue-
ces in curia;
Los Jueces de comisiones particulares, quiebras, lanzas,
penas de Cámara, etc.;
Las Superintendencias de Correos, Juros, Sisas, etc.;
Los Agentes Fiscales y subalternos de los Consejos, por tener
que tratar los litigantes con ellos;
El Colegio de Abogados y número de procuradores y recep-
tores;
Los Oficios de Número y Provincia y qué Escribanos los han
ejercido desde su creación;
Las provisiones eclesiásticas que hace V. M. por su Beal
Patronato;
Las Encomiendas de las Ordenes Militares;
Las Universidades de España, mayores y menores:
El valor de las monedas, peso y medidas del marco de Cas-
tilla y correspondencia con el extranjero;
Las fábricas establecidas de paños, cristales, lona, papel, et-
cétera;
Las Reales Compañias establecidas para el Comercio, Cara-
cas, la Habana, etc.;
64 LA ESPAÑA MODERNA
Las Gasas de Moneda, Hospicio, Hospitales y demás parti-
cularidades de la Corte;
Los Embajadores de las Cortes extranjeras y los que hay de
España en ellas;
Los Jefes de la Casa Real y sus Asesores;
Las tropas y nombres de los regimientos;
La Marina y número de bajeles con los cañones que ínontan;
Los Vireinatos, Audiencias y Gobiernos de las Indias;
La Cronología de los Reyes de España y sucesos memorables^
Y otras muclias cosas «que omite por no molestar áV. M.»
Antonio Sanz suplicaba que de estos capítulos S.M. eligie-
ra los que fuesen de su Real agrado que se pusiesen en IsiGuia
que se estaba disponiendo para el año 1755, haciendo á la vez
presente que «si no conviniese aumentar su volumen, se po-
drían quitar los días en que se escribe para el correo, median-
te estar tan repetidos en los años antecedentes», y en su lugar
añadir las que el Rey tuviera por conveniente alternar en los
sucesivos.
Todavía se alargaba Sanz á solicitar que si lo que propo*
nía no conviniera, se le autorizase á publicar «otro libro que
lo contenga concediendo al suplicante la facultad perpetua de
poderlo imprimir, precediendo la aprobación anual, que se ha
observado hasta aqui con la Guía de Forasteros por la Subse^
cretaría de Estado»; cuyas prerrogativas ya defendió el año
anterior de 1753, cuando el Vicario Eclesiástico le conminó á
que no diese más Guias á la prensa sin que antes precediera
su licencia.
No todo lo que pretendió incluir en su Guia le fue consen-
tido á Sanz, ni aun siquiera todas aquellas materias de que
obtuvo datos hasta de las oficinas del bureo de S. M. Por
ejemplo, sobre materia de etiquetas y ceremonias de Palacio
se le facilitó una recapitulación de las disposiciones Reales de
21 de Mayo y 29 de Junio de 1622, decreto de 31 de Mayo de
1626, órdenes Reales de 16 de Julio y 27 de Agosto de 1633^
10 de Marzo y 30 de Mayo de 1634, 20 de Julio de 1640, 27 de
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 65
Febrero y 18 de Marzo de 1647 y 20 de Julio de 1648 que re-
gían para la Junta de Obras y Bosques, etiquetas de los Gran-
des, Consejeros de Estado, Presidentes y Gobernadores pro-
pietarios de los Consejos y los cuatro oficios mayores de Pa-
lacio; pero después le fue recogido, prohibiéndole su inser-
ción.
Las reformas que por aquel tiempo se le permitieron llevar
á ejecución y las adiciones nuevas, fueron de escasa importan-
cia. Entonces Antonio Sanz se aplicó á ilustrar la Guia con
otros documentos que tanto hacían á su adorno, como á su
utilidad. Ya en 1749 había hecho grabar el primoroso Mapa
abreviado de España, dedicado al Rey^ nuestro señor, Don Fer-
nando VI por el grabador Joseph González. También en el
mismo año añadió el retrato de Don Fernando VI, Rey de Es-
paña^ dibujado por Palomino y grabado por Antonio Gonzá-
lez, padre, ó hermano, ó hijo del anterior.
El año de 1756, habiendo sabido que en la Casa del Apo-
sento se había construido un hermoso Plano de Madrid^ no
sólo lo solicitó de S. M. para hacer de él la reducción conve-
niente y mandarlo grabar, sino que obtuvo una Real orden
para el Conde de Valdés, expedida el 19 dé Noviembre en San
Lorenzo, para que los Ministros de la Regalía se lo facilita-
sen A pesar de esto tocó con inconvenientes insuperables
por entonces, y el proj^ecto de Sanz no pudo realizarse
hasta el año de 1758 para la Guia de 1759^ cuando ya era
del dominio de S. M., con el primer Mapa de España reducido
por D. Ventura Rodríguez, y grabado y adornado por López.
En la de 1773 apareció otro aún más precioso Plano de Ma-
drid ^ que grabó Barrenechea, y que en óvalo florido y con des-
cripción numérica, de las principales plazas, calles y edificios
de la villa, á dos tintas, negra y sepia, acompañó como una
verdadera joya del grabado español, que sólo hemos visto en
el ejemplar de la Guia de 1773 que posee la Biblioteca de San
Isidro, á los mapas que trazaba López 3^ al plano panorámico
de Madrid y sus alrededores que contiene la de 1765.
E. M.—Septiembre 1902. 5
QQ LA ESPAÑA MODERNA
Desde el año de 1757, á x^ntonio Sanz no se le dejó dormir
sobre los monopolios que en forma de privilegios disfrutaba
la imprenta qu.e heredó de su tío Juan Sanz, y cuyas publi-
caciones todas, principalmente la Guía, mejoró sin descanso
con su celo y diligencia. La imprenta de Sanz gozaba las ex-
clusivas para la impresión de las Pragmáticas, Cédulas y de-
más documentos Reales y del Consejo de Castilla, de la Guia
de Forasteros que dependía del Ministerio de Estado, y de los
Calendarios^ Lunarios^ Fiestas del Consejo y otros papeles que
excitaban la rivalidad de muckos, aun fuera del círculo de su
profesión. El testaferro para plantear las proposiciones que
habían de levantarse en gravosa concurrencia contra los intere-
ses que de día en día aumentaban la prosperidad de Sanz, fue
otro impresor llamado Manuel Martín, á quien había esta-
blecido José Terroba Tejada, del comercio de esta corte, con
el propósito de hacer esta competencia, y detrás de estos dos
últimos se movían, oculta la mano instigadora, el Obispo de
Cartagena, Gobernador del Consejo, y el Superintendente ó
Juez de Imprentas D. Juan Curiel.
Aunque por la Real orden de 15 de Diciembi*e de 1760 se
comanicó al Obispo de Cartagena que el Rey quería «que An-
tonio Sanz prosiga, como hasta aquí, imprimiendo los Calen-
darios y papeles del Consejo, etc., con arreglo á lo que se tie-
ne mandado y tasado, sin que en ello puedan poner embarazo
alguno el Superintendente de Imprentas, ni otro cualquier
tribunal ni justicia del Reino», — Manuel Martín volvió á re-
presentar «que dándosele privilegio por diez años para la im-
presión de Calendarios, Lunarios^ Guia-, Fiestas del Consejo^ et-
cétera, se obligaba con suficiente fianza á dar el pliego que se
Yendía á 4 mrs., á los ciegos por manos ó resmas á 3 mrs. á
fe de que pudieran venderlos á 4 en vez de 6, que era su pre-
cio ordinario en Madrid, y para provincias á 5 por mayor y 6
por menor, obligándose además á dar al Portero de Estrados
del Consejo, á quien pertenece el privilegio, cien ducados anua-
les de arrendamiento», — y el Consejo providenció, «que la ce-
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÍÍA 67
«ion del Privilegio concedido al Portero de Estrados^ se enten-
diese y corriese como hecha á favor de Manuel Martín, á re-
serva de que Sanz se allanase á las mismas obligaciones».
Sanz se allanó; pero esto no obstó para que inopinadamente,
y en ausencia suya de su casa, la Justicia entrase en ella, se-
<juestrando las ediciones que estaban en prensa, suspendiendo
la impresión de los pliegos que se estaban tirando y apoderán-
dose de los libros de cuenta y razón que llevaba, dañando coa
semejante acto así sus intereses garantidos por las Cédulas
Heales que presentó, como su opinión y buena fama, «al verse
tratado y su casa como un criminal».
Entonces se formó el proceso de que antes se hizo referen-
cia para acusarle de usurpador del privilegio que había dis-
frutado, y atribuyendo la invención de la Guía al Marqués de
Miraval y el privilegio, por cesión verbal de éste, al Portero
de Estrados del Consejo.. Aunque aquella intriga, bien que
revestida de formas legales, no pudo prosperar, fatigado de
trece años de inquietudes, al fin allanóse también á transferir
por venta su propiedad y sus derechos á la Corona, á cambio
de una pensión vitalicia, que Ossorio y Bernard, encargado
que ha sido por muchos años de los Archivos de la Imprenta
Nacional y de la Gaceta y Guia de Madrid^ consigna que fue
de 6.000 reales anuales.
En la Información extrajudicial (][ue se había hecho para
agregarla después á este proceso y en que declararon el anti-
guo agente del Marqués de Miraval y el decano de la Herman-
dad de los Ciegos, se encuentra otra declaración del afamado
impresor D. Antonio de Sancha, cuñado de Antonio Sanz, en
la que testifica que en cada uno de los años 1750, 1751 y 1752,
Sanz había dado á encuadernar 12.000 ejemplares de GuiaSj y
el Superintendente de Imprentas D. Juan Curiel averiguó que
de estas Guias de Forasteros^ las encuadernadas en tafilete con
dos mapas, el de España y el de Madrid, las vendía Sanz
á 13 rs. ejemplar; las de baldés blanco á 15 rs.; las en pasta
á 8 rs., y sin mapas á 5; á 2 y medio en pergamino y á 2 rea-
LA ESPAÑA MODERNA
les las en rústica ó papel. Sólo en la encnadernación declaró
Sancha que su cuñado se ganaba de 3 á 4 rs. en las de lujo y
real y medio en las de pasta.
Realmente estos datos nada tiene que acrimine ningún acto
de los del afortunado industrial que explotaba honradamente
el fruto de su trabajo y lo hacía prosperar introduciendo en
su obra constantes mejoras. Los que arrojan el examen délas
primeras ediciones de la Guia confirman, sin duda alguna, los
trámites por que pasó desde su primer redacción por el Mar-
qués de Mira val, su impresión por Manuel E-omán y tal vez
antes por otros impresores, la localización definitiva en casa
de Juan Sanz y el paso por sus herederos, antes de que Anto-
nio adquiriera para sí el monopolio exclusivo. Es evidente
que al anunciar en las Gacetas de Diciembre de 1756 la apari-
ción próxima de la Guia de 1757 no dijo verdad al erigirse en
inventor y autor de ella, y que esta misma falsedad la había
cometido en algunos de los Memoriales que circuló impresos.
Pero esto no obsta para que á su diligencia y cuidado por la
mejora progresiva de la Guia se le reconozca que en él se ci-
fraron todas las muchas de que la dotó. En 1757 enriqueció
sus nóminas con los de los Virreyes, Presidentes y Ministros
de los Tribunales de las Indias; en 1760 añadió á las Juntas
de Montepíos Militares las de los empleados de las Oficinas ci-
viles, y en 1768 dio á la estampa, juntamente con la Guia, el
Estado Militar de España, consignando en cada Cuerpo é Ins-
tituto del Ejército y de la Armada el año de su creación (1).
(1) A Antonio Sanz fueron debidos todos los elementos de ilustración
que hicieron más preciosas las Guías de Madrid: en la de 1749 introdujo
el mapa de las provincias en que los geógrafos dividían á España y el pri-
mer retrato del Rey Don Fernando VI; en la de 1759 añadió el Plano de
Madrid reducido por D. Ventura Rodríguez j grabado y adornado por
López. De estos planos son notables el de la Guia de 1773, del ejemplar de
la Biblioteca de San Isidro, y *él de la Guia de 1765, á tres tintas, del ejem-
plar de la Real Academia de la Historia. En este mismo de 1765 introdujo
también una vista panorámica de Madrid, que después se sustituyó por
el plano geográfico de las cercanías de la capital, por D. Tomás López.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 69
El Kálendario manual y Guía de los Forasteros del año 1769,
último que compuso y publicó en su imprenta de la calle de la
Paz, era ya una obra capaz de competir en perfección con The
Boyal Kalender, de Londres, con el Almanaque de Gotha^ que
en sus dos ediciones, una en alemán y otra en francés, se pu-
blicó por vez primera en 1864, y con el Almanah royal de
France^ que se supone se publicaba desde 1679. Nuestra Guia
de Forasteros contenía ya, en su sección política y por el or-
den que se designa aquí: Caballeros del Toisón. — Cardenales
del Sacro Colegio. — Episcopado de España é Indias que pre-
senta el Rey Nuestro Señor. — Consejo de Estado. — Secretaria
de Estado y del Despacho Ministerial. — Embajadores y Minis-
tros del y al Rey. — Cónsules en Europa y África. — Consejo
Real. — Los demás Consejos, Juntas y Tribunales con todas sus
dependencias. — Academias. — Tribunales en Indias. — Goberna-
dores de plazas y puertos. — Familias Reinantes. — Días de ga-
las mayores de uniforme y besamanos y galas sin uniforme en
la corte de España. — Estadística del movimiento de la población
por parroquias. — Estadística y movimiento de los Hospitales. —
Operaciones del Monte de Piedad.
* *
La Guia de Forasteros de Madrid, después que fue incorpo-
rada á la Corona en 1770, no tuvo más importancia sino la de
que en lo sucesivo, hasta 1808, fue redactada por los Oficiales
mayores de la primera Secretaría de Estado, á cuyo negocia-
do se daba el nombre burocrático de primera mesa. Sus noti-
cias, por lo tanto, en adelante tuvieron la garantía oficial, y
las ampliaciones que fue admitiendo, no habiendo comprendi-
do todas las del plan que en 1754 propuso su antiguo editor
Antonio Sanz, dio ocasión á que se solicitase la publicación
de otras muchas Guías de objetos determinados, siendo auto-
rizadas unas y otras no.
Las primeras para cuya publicación se solicitó y se otorgó
70 LA ESPAÑA MODERNA
licencia por los tribunales competentes fueron: el Kalendario
manual y Guia de Forasteros de Valencia, que se publicó desde-
el año 1776 á 1831, y el Kalendario manual y Guia de Foraste-
teros de Barcelona, que comenzó á aparecer algunos años an-
tes y de la que nuestra Biblioteca Nacional no posee más que
la correspondiente al año 1806. El Kalendario manual y Guia
de Forasteros de Méjico comenzó á publicarse en 1778 y ha du-
rado su publicación hasta 1854.
El año 1782, D. Francisco Antonio Escartín solicitó del
Consejo y Cámara de Castilla licencia para dar á las prensas,
anualmente un Kalendario manual y Guia del Estado Eclesiás-
tico de España que había compuesto y se proponía imprimir..
Era en Madrid el primer particular que venía á hacer compe-
tencia á la Guia de Forasteros, y la Cámara sometió la cuestión
al informe de los Consejeros D. Pedro José Valiente, D. An-
tonio Beyán, D. Juan Acedo y Ruiz y el Conde de Balazote,.
siendo Secretario D. Juan Francisco de Lastiri. La cuestión,
se debatió mucho; pero habiendo prevalecido el criterio de
que «todo lo que contribuye á la pública instrucción debe
promoverse», se concedió al cabo la licencia solicitada bajo
las condiciones siguientes: 1.*, que se suprimiera el nombre
del autor; 2.*, que no disonasen las fiestas de las que contenía
el Añalejo; 3.*, que precediera el clero secular, que es el que
forma la Jerarquía; 4.*, que se pusiese lo relativo á las órde-
nes regulares en cada diócesis; 5.*, que se omitiese lo perte-
neciente á la Eeal Capilla, Vicariato general Castrense, Tri-
bunales Eclesiásticos é Inquisiciones, para evitar las grandes
rivalidades de las precedencias en la etiqueta; y 6.*, que se
suprimiera el catálogo de todos los párrocos y sus nombres y
todo lo que correspondiese al clero inferior. En 1802, la Guia
Eclesiástica de Escartín, yerno de Nifo, tiró y vendió 4.625
ejemplares, j, deducidos gastos, un año con otro producía á
su autor 20.000 reales de utilidad. Aunque la licencia se expi-
dió en 1782, no comenzó á publicarse hasta 1788, habiendo
subsistido hasta 1868, sin más interrupciones que la de los.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 71
años 1809 á 1813, 1836 á 1847, 1851 y 1852, 1855 á 1857, 1859
á 1861 y 1863 á 1867, en los que no se publicó.
El Mayordomo del Marqués de Sales, D. Ignacio Grutió-
rrez, indudablemente testaferro de su amo, se reconoció ante
el Consejo de Castilla en 8 de Noviembre de 1786, autor de
un Plan de los principales empleos de P alacio ^ que con la li-
cencia del Juez de Imprentas había mandado imprimir, en
número de 100 ejemplares, en la imprenta de Benito Cano.
Habiéndose mandado recoger á la Sala de Gobierno del Con-
sejo Real, entregó el autor 76 ejemplares que aún conservaba
en su poder, porque los demás los babía regalado. Se le hizo
declarar qué personas lo habían recibido en el E-eal Sitio de
San Lorenzo, donde la corte se hallaba, y denunció al Duque
de Medinaceli, Mayordomo Mayor de S. M.; al Marqués de
Villena, Caballerizo Mayor y Sumiller de Corps; al Marqués
de Cogolludo, Gentilhombre de la Cámara; al Duque de Alba,
Gentilhombre de la Cámara de los Príncipes de Asturias (Car-
los IV y María Luisa); á la Marquesa de San Juan, Camarera
Mayor de la Princesa; á la Duquesa de Sotomaj^or, su dama,
y á la Condesa de Ballencourt, aya de los Infantes. Esto no
obstó para que en 1793 se publicase una Guia de Palacio, Se
la encontraron muchos defectos en la Cámara de SS. MM. y
se mandó otra vez que se suspendiera su publicación, y cuan-
do en 1806 la solicitó de nuevo D. Juan Bosmeniel, le fue de-
negada su instancia. Mas lo que no pudo perpetuarse con la
Gida de Palacio^ logró hacerlo permanente D. Jerónimo de
Zúñiga y Bracamente con la Guia de la Grandeza para el cum-
plimiento de los dias y años de los excelentísimos señolees Gran-
des de España asi residentes en esta corte como fuera de ella.
Esta publicación tuvo tanto éxito, que apareció anual y conti-
nuadamente desde 1788 hasta 1824. En realidad, su existencia
revelaba la seria organización de una sociedad culta y bien
constituida.
En 1786 apareció la Guia histórica de las Universidades,
Colegios^ Academias y demás cuerpos literarios de España y
72 LA ESPAÑA MODERNA
Amérirca, en que se da noticia de sus fundaciones y estado ac-
tual^ en la misma forma que Antonio Sanz, en 1754, había pro-
puesto que de esta materia se hiciera un capítulo interesante
para la Guía de Forasteros^ y desde 1790 hasta 1841 se publicó
también, bajo la iniciativa particular, la Gula de litigantes y
pretendientes^ cuya enjundia Sanz había pretendido, en el año
mencionado, intercalar del mismo modo entre los capítulos
del Kalendario manual. Por último, en 7 de Septiembre de 1791
se presentó al Conde de Floridablanca, en el Real Sitio de San
Ildefonso, el General de la Real Armada D. Antonio Valdós,
no sólo á comunicarle que en el Ministerio de Marina se había
formado rái Almanaque Náutico y Guia de la Real Armada Es-
pañola para 1792, con propósito de renovarlo cada año, sino
para que se le otorgara la licencia necesaria para que fuera
impreso en la Imprenta de S. M.
Mientras de este modo se iban sucesivamente cubriendo
por la iniciativa particular las deficiencias que en la Guía de
Forasteros el público encontraba, la introducción de capítulos
nuevos en ésta se hacía con pausada lentitud. El primer año
(1770) en que en su portada apareció la cifra de — Por el Bey^
Nuestro Señor. — En la Real imprenta de la Gazeta. — Se halla-
rá donde se vende ésta; — no se introdujeron en el Kalendario
manual más novedades que, después del capítulo de las Aca-
demias, el de la Biblioteca Real; después del de los Tribuna-
les de España é Indias, el del Estado Mayor Militar^ y después
de la estadística de los Hospitales y los días de llegada y par-
tida de los correos, una Regulación del valor que tiene el doblón
de oro de España en Europa, y el valor de las monedas efectivas
é imaginarias de España en Castilla^ Aragón, Valencia^ Mallor-
ca y Cataluña con la Policía del giro de letras. En la Guía del
año 1773, una de las más preciosas de la colección, por el Mapa
de España^ de D. Tomás López, el retrato del Rey grabado
por Francisco Assensio, y el bellísimo Plano de Madrid debido
al buril de Barrenechea, detrás de los Caballeros de la insigne
Orden del Toisón, figuran por vez primera los do la Orden de
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÍÍA 73
Carlos III, fundada por este Monarca el 19 de Septiembre
de 1771; y en la de 1776, después de las Familias reinantes y
antes de los Días de gala, se introduce la Cronología de los Re-
yes de España, redactada por la Real Academia de la Historia.
En la Guía de 1783 se observan bastantes innovaciones.
La Cronología de los Reyes de España por vez primera figura
ya, definitivamente para lo sucesivo, a la cabeza del Kalenda-
rio manual. Al Calendario se añaden las Ferias que se cele-
bran en muchos pueblos de España, y á las Cuarenta horas sus
Indulgencias. A la Orden de Carlos III se le añade la Junta de
la Concepción, y al capítulo délos purpurados del Sacro Cole-
gio, la Nunciatura y el Tribunal de la Rota. Después de las
Academias se abre capítulo á la Sociedad Económica Matriten-
se j á las Academias de Derecho Español, Medicina y Lengua
latina. Tras el de la Biblioteca Real vienen los Estudios Rea-
les de San Isidro, el Real Gabinete de Historia Natural y el
Jardín Botánico. A las operaciones benéficas y económicas de
la Hermandad del Refugio, se juntan las de la Esperanza y las
de la Real Casa de las Recogidas. Por último, á la expedición
de los correos en la península se* añade el cuadro de servicio
de ios nuevos Correos marítimos con Nueva España, Isla Es-
pañola, Filipinas, provincias de Buenos Aires, Islas Canarias
y provincias- del Perú.
* Ya desde el año anterior, de 1782, la Guia había conquis-
tado otra mejora importante: la de sus propios índices que
tanto facilitan su manejo.
Conforme se creaban instituciones nuevas de Instrucción,
de Economía, de Beneficencia, iban sucesivamente aparecien-
do en las páginas siempre crecientes de la Guía de Forasteros:
en la de 1788, el Real Seminario de Nobles; el Colegio de Ciru-
gía, creado el año anterior de 1787, y el Banco Nacional de
San Carlos; en la de 1792, la Junta de Gobierno y Dirección de
Mo7itepio de las viudas y pupilos de los Corregidores y Alcal-
des Mayores; en la de 1793, las Damas Nobles de María Luisa.
Acerca de estas últimas Señoras Condecoradas, hay en los
74 LA ESPAÑA MODERNA
Archivos de la Guía una nota muy curiosa. El Oficial Mayor
de la primera Secretaría de Estado había pedido al Canciller
de la Orden, D. Miguel Bañuelos, que en las listas que le en-
viase, las Damas se colocaran por orden de edad. Bañuelos
contestó el 1.° de Diciembre de 1794:
«Venerado favorecedor Sr. Peñuelas: Creo que esto es lo
que usted me pide y lo que me parece que basta para el nue-
vo Guia de Forasteros (1). Como en la creación no me hallaba
aquí, no supe las edades de las primeras Damas, ni me pareció
oportuno preguntárselas. El influjo de nuestro valedor el se-
ñor Duque (de la Alcudia), movido por usted, pudiera ocurrir
que fuese la primera mi mujer ^ pues la sentaría bien una de
las dos insignias que están en mi depósito. Mi mujer y yo re-
cordamos á la bondad y protección de usted la primera plaza
de paje para mi hijo Santiago., que me tiene ofrecida S. E., y
si no se pasa el aviso á donde toca para que se cumpla, se pue-
de olvidar y pretenderla otro.»
Cevallos, en 1804, mandó por un volante á la redacción de
las Guias que las Damas tituladas de la Orden de María Luisa
se citaran por sus nombres, con el título, con motivo de la
exoneración que se hizo de este honor en la Marquesa de Cas-
tel-Moncayo, Doña María de Carvajal. Pero la orden de Ceva-
llos todavía, después de un siglo, no ha podido ser cumplida
enteramente en las nóminas de la Guía Oficial de España,
* *
Las relaciones internacionales de España con el Imperio
del primer Bonaparte, nuestro funesto aliado hasta 1808, y
las perturbaciones que su política y su espada producían á la
continua en la geografía del continente, crearon á los princi-
pios del siglo XIX repetidas dificultades que orillar en la redac-
ción de algunos capítulos del Guía de Forasteros. Es interesan-
(1) Durante el siglo xviii, al Kalendario manual se llamó El Guia y
lio La Guia.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA
75
tísima la siguiente consulta que se elevó para la de 1806, por
mano del Ministro de Estado, D. Pedro de Cevallos, al Rey
Carlos IV, con motivo del cambio que Napoleón propuso de
cierto número de Toisones por otros tantos Grandes Cordones
de la Legión de Honor, que acababa de fundar:
«Señor: Para imprimir el Guia de Foraste-
ros del año 1806, ocurren algunas dudas, que
si V. M. fuese servido, se dignará resolver,
según sea más de su Real agrado.
Primera: Si los nuevos Caballeros del Toi-
són de Oro se han de poner en lista por la fe-
cha del día de la gracia ó con la de los días
Se ha de poner ^^ ^^^^ recibieron los Collares; pues aun cuan-
m la fecha del( ^^ e>sto último es lo que se practica, en el or-
dia de la gracia.
den resultará de ello que el Príncipe Borghe-
se se hallará en la lista antes que el Príncipe
Luis, hermano del Emperador, que recibió el
Collar tarde.
Segunda: Si no sería conveniente poner al
fin de la lista de la Orden del Toisón, la si-
guiente nota: «Estos seis últimos Toisones han
sido enviados por S. M. á la corte de Francia,
en cambio de seis grandes Bandas de la Le-
gión de Honor que el Emperador de los fran-
ceses ha enviado á España, expresando que
estas seis insignias no están comprendidas en
el número de sesenta, prefijado por los Esta-
tutos de aquella Orden; por cuya razón ha te-
No se ponga la
nota; pero tampo-
co se pondrán es- .-,,,. rN Tir 1 1 , ' /-i
. - , „ , nido a bien b. M. declarar que estos seis Co-
re ano los collares ^
vacantes.
llares se entienden también sin perjuicio del
número de cincuenta y uno prefijado en los
Estatutos de la Orden del Toisón.» Esto es
conforme á lo que V. M. tiene mandado en su
Real decreto comunicado al Canciller de la
Orden, y si no se advierte así al fin de la lista,
no podrá decirse, según es costumbre, el nú-
mero de Toisones vacantes, que son siete en
el día.»
76 LA ESPAÑA MODERNA
La Guia de Forasteros de este mismo año de 1806, que, como
la de los dos siguientes de 1807 y 1808, fue redactada por el
Oficial mayor D. Eusebio de Bardaxi y Azara, tuvo que sufrir,
además, algún entorpecimiento de tiempo en su salida, aun
provocando las quejas del Administrador general de la Im-
prenta Real D. José María Enríquez, pues, con motivo del Tra-
tado sobre la Confederación del Rhin y la renuncia de los So-
beranos que la constituían á todas sus relaciones con el Impe-
rio Germánico, cuya Constitución fue declarada abolida por
Napoleón, dio mucho trabajo el arreglo de esta ;parte tan in-
teresante áoi'Kalendario manual.
La Guia de 1808, última del reinado de Carlos IV, es un li-
bro precioso, porque forma el inventario oficial de la organi-
zación de aquella Monarquía que lia sido tan injustamente ul-
trajada por la Historia, y en el que se demuestra que no ne-
cesitó España del influjo de Francia para caminar por sí y
abiertamente por los anchos senderos de las ideas y de los
progresos que han caracterizado la fisonomía del siglo xix.
Con la Guia de 1808 en la mano se adquiere la persuasión más
profunda de que la intervención violenta de las influencias ex-
tranjeras en nuestra patria interrumpió la gloriosa marcha
que nuestro país llevaba hacia las conquistas civilizadoras de
la humanidad, y que, lejos de habernos servido aquella in-
:fluencia de palanca ni acierto, lo que hizo fue perturbarnos
odiosamente ó inmergirnos en el caos que nos ha envuelto du-
rante casi toda esta aciaga centuria de luchas intestinas en
que hemos perdido, de infortunio en infortunio, todos los opu-
lentos vestigios de nuestro antiguo poderío, sin dejarnos mar-
cado el rumbo cierto de nuestra indispensable reparación.
Apoderado de España un poder extranjero y erigido en
Madrid el solio efímero del E-ey José Napoleón Bonaparte, el
Ministerio qne formó aquel G-obierno intruso pensó en Octu-
bre de 1809 proseguir la publicación del Kalendario manual y
Guia de Forasteros en Madrid, dándose en 9 de dicho mes por
el Ministerio de la Gobernación, que desempeñaba D. Manuel
LA GUÍA OFICIAL BF. ESPAÑA 77
Romero, y al que se había incorporado la publicación de la
Gaceta y de la Guía^ las órdenes necesarias para reunir los da-
tos oficiales con que redactar esta líltima para el año 1810. En
la Real orden referida, el Ministro Romero pidió, principal-
mente á todos los centros académicos, científicos ó idustriales,
«noticias sobre su fundación, organización y demás circuns-
tancias interesantes, con los nombres de los empleados ó indi-
viduos que componían sus Establecimientos y las rentas ó ar-
bitrios con que se sustentaban». En los expedientes de la ex-
tinguida Imprenta Real constan los documentos originales
acumulados para este objeto, ordinariamente redactados por
los mismos jefes de los Establecimientos que los suscriben y
los remitieron. De su lectura resulta que aquellos poderes que
se prometían regenerar á España, debían sentirse ruboriza-
dos al confrontar las fechas recientes del mayor número de
los Institutos que describían y al considerar el impulso de cul-
tura ó instrucción general que habían venido á interrumpir.
Solamente el Real Albeytarato se remontaba á la época de
los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel. La Secreta-
ría de la Interpretación de lenguas era de los tiempos en que
el Emperador Carlos V creó los Consejos Supremos de Italia y
Flandes. Los Estudios Reales de San Isidro se remontaban al
año 1625, reinado de Felipe lY. Todos los demás elementos
de nuestra cultura científica y de nuestras artes respondían á
un movimiento de progreso asiduo que, iniciado por Feli-
pe V, había tomado pasmoso incremento desde Carlos III y
mucho mayor aún bajo Carlos I Y y su ilustre Ministro el Prín-
cipe de la Paz. Esta testificación se aconsejaba elocuentemen-
te en cada una de aquellas memonias abreviadas que para en-
cabezar los artículos correspondientes de la Guía de Foraste-
ros llegaron al Ministerio de la Gobernación suscritas: la de
la Real Academia de la Historia, por D. Casimiro Gómez Or-
tega; la de la Academia de Derecho Español, por D. Antonio
de Siles; la del Estudio de Mineralogía, por Christiano Herr-
gen; la del Jardín Botánico, por D. Claudio Boutelou; la de
78 LA ESPAÑA MODERNA
la Biblioteca Eeal, por D. Juan Crisósfcomo Ramírez de Ala-
manzon; la de la Sociedad Económica Matritense, por D. José
Ignacio de Acevedo; la de la Junta de Damas de Honor y
Mérito, por D.* María del Rosario Cepeda de Grorostiza, su
Secretaria; la de la Interpretación de Lenguas, por D. Lean-
dro Fernández de Moratín; la de la Eeal Fábrica de Telas de
Seda de Talayera de la Reina, por D, Diego Gallard; la de la
Real Fábrica de Tapices, por D. Livinio Stuyck, y así las
demás. Del reinado de Carlos IV, el Rey destronado en Aran-
juez por las intrigas en que llevó la mano oculta el Marqués
de Beauharnais, cuñado de Napoleón, y cuya memoria ha sido
tan calumniada, era el Estudio de Mineralogía creado en 1798,
la Junta Consultiva de Cirugía de 1795, la Gubernativa de
Farmacia de 1800, el Real Estudio de Medicina Práctica de
1795, el Real Colegio de Medicina del mismo año, el Real Ob-
servatorio Astronómico de 1791, la Escuela Superior de Vete-
rinaria del mismo año, el Colegio de Sordo-mudos de 1805 y
otra multitud de instituciones análogas.
El poder nacional, que fugitivo del continente se refugió,
bajo la espada heroica del Duque de Alburquerque, á la Isla
de León, segunda Covadonga de España, y constituyó la Re-
gencia del Reino en 1810, redactó una Guía Patriótica de Es-
paña para el año 1811^ que comprendía los principales artícu-
los de la de Forasteros de Madrid, sobre Guerra, Marina, Ha-
cienda y Comercio, y que en 8.° y con 120 páginas se impri-
mió en la misma Isla en la imprenta de D. Miguel Segovia,
impresor de la Real Marina, en vista de que «ante el trastor-
no general que nos ha originado la injusta y destructora gue-
rra que á principios del año 1808 suscitó á la Nación Española
el tirano», se habían cumplido dos años que no publicaba
Guía ninguna y se hacía necesario empezar á reconstruir el
inventario oficial de lo que quedaba de patria. Intervino en su
redacción Fray Jaime de Villanueva, director que era de la
redacción del Periódico de las Cortes; pero fácil es colegir las
omisiones que hubo que hacer deliberadamente en ella, cuan-
LA GUÍA OFICtAL DE ESPAÑA 79
do tan incierto era el pedazo de territorio que aún podían do-
minar nuestros espíritus y sostener los lazos de la administra-
ción y tan incierto el nombre de los que quedaron fieles á la fe
de la Patria.
En 1812 salió en Cádiz, en la Oficina tipográfica de la Viu-
da de Cornel, otra Guia Política de las Españas^ y otra tercera
se publicó el año 1813 en la Imprenta Nacional de Cádiz, de
la que se hicieron dos tiradas, una con dos hojas de Apéndice
y otra con 54. Estas Guias se incluyen por los que tienen la
fortuna de poseer sus raros ejemplares en la Colección de las
Guias de Madrid.
En la de la Isla de León, de 1811, se hace interesante la
coordinación en que aparecen las instituciones políticas de la
Nación: primeramente, el principio monárquico representado
■en la Cronologia de los Beyes de España; en segundo lugar, el
derecho representativo en la nómina de las Cortes; después
el poder ejecutivo por el Consejo de E,egencia; á continuación
«e interpone el Periódico de Cortes^ y luego se inserta el Con-
sejo de Estado, las Secretarías de G-racia y Justicia, C-uerra,
Marina, Hacienda de España, Hacienda de Indias y de la Es-
tampilla. Seguían los Embajadores y el cuerpo consular; des-
pués, suprimido el Toisón, los Caballeros de Carlos III y las
Damas Nobles de María Luisa, descartados los nombres de los
que, habiendo obtenido estas condecoraciones, habían seguido
al G-obierno Intruso; la nómina de los gentileshombres y otros
funcionarios de la Heal Casa; los altos Tribunales Supremos
Real, de Indias, de Guerra y Marina y de Ordenes, y por úl-
timo las Audiencias y la judicatura.
Las Guias de Cádiz de 1812 y de 1813 establecían otra no-
vedad. Después de las fiestas de la Iglesia, se consignaba la
nacional y civil del Dos de Mayo. A continuación se publica-
ban dos nóminas esclarecidas: la de los héroes, cuyos nombres
se habían esculpido con letras de oro en el salón donde las
Cortes celebraban sus sesiones: Daoiz, Velarde y Alvaeez,
el defensor de Gerona; y la de los beneméritos de la patria, á.
80 LA ESPAÑA MODERNA
quienes las Cortes habían decretado este honor. Estos eran:
el Duque de Alburquerque, el General Ballesteros, Don
Arias Antonio Mon y Velarde, D. Gaspar Melchor de Jo-
VELLANOS y los iiidíviduos de la Junta de Burgos, que habían
sido asesinados por los franceses en las funciones de su cargo,
D. Pedro Gordo, D. Eulogio José Muro, D. José Ortiz de
CovARRUBiAS y D. Pedro Yelasco. Como Épocas célebres se
consignaban en la Guia política de 1813 la Insurrección Espa-
ñola (año vi); la Instalación de las Cortes (año iv); la Promul-
gación de la Constitución de la Monarquía Espafiola (año ii), y
la Consagración de la Fiesta Nacional del Dos de Mayo (año iii)^
El orden con que se consignaban en la Guia las dependen-
dencias admip.istrativas de cada institución política era el si--
guíente: 1.^, el Poder legislativo; 2.°, el Poder ejecutivo; 3.^,
el Poder judiciario; 4.°, idea de la Constitución; 5.^, Casa.
E,eai de España y Soberanos E-einantes en España; 6,°, Esta-
do Mayor General Militar; 7.°, Armada Nacional.
Indudablemente bajo esta misma pauta, al restituirse á
Madrid la Regencia del Reino y las Cortes ordinarias, se trató
de apresurar la redacción de un Kalendario, Manual y Guia
de Forasteros en esta corte para el año de 1814, á fin de que
la encontrase impresa el Rey Fernando Vil al reintegrarse á
España, después de rescatado del cautiverio de Valencey.
Para ello se expidieron órdenes apremiantes el 15 de Enero
por el Ministerio de Estado, que volvía á recabar para sí la^
construcción del libro oficial de nuestro inventario adminis-
trativo, á los demás Ministerios. El Oficial ma^^or de la pri-
mera Secretaría, D. José de Luyando, recibió, con efecto,
el 26 de Enero la nómina de los Diputados á Cortes, suscrita
por los Diputados Secretarios D. Pedro Alcántara de Acosta
y D. José María Gutiérrez de Terán. Pero en las demás ofici-
nas no se procedió, ni era posible, con la misma diligencia,
puesto que antes necesitaban ser reorganizadas, y los sucesos
de Mayo hicieron abortar la tentativa.
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 81
Puede considerarse como un verdadero retroceso la confec-
ción de la Guia de Forasteros desde 1815, hasta que, encarga-
do de la dirección de la Gaceta de Madrid D. Alberto Lista, y
de la redacción de la Guia de Forasteros la del periódico ofi-
cial, éste llevó á sus páginas el primer conato de metódica re-
gularización. En el Ministerio de Estado se habían perdido
las tradiciones que habían hecho tan lucidos estos trabajos en
la Guia de 180S, y el Ministro D. Tomás Moyano no pudo res-
tablecerlas al formarse la de 1815. Todos los servicios públicos
se hallaban sometidos á arreglos impuestos ó por el afán de
depurar la filiación política de los funcionarios, ó por las exi-
gencias imperiosas de las economías que reclamaba la angus-
tiosa situación del Tesoro público.
Este estado de cosas no había llegado á superarse entera-
mente cuando en 1820 ocurrieron las insurrecciones de las Ca-
bezas de San Juan y los trastornos nuevos que originaron. En
la Guia de 1821 volvieron á ocupar las Cortes el primer lugar
después de la Cronología histórica de los Reyes de España.
Fuera de esta novedad, no ofrecen otra ésta y las de 1822 y
1823, que el de haberse aumentado su tamaño del 16.^ en que
se tiraba, al 8.*^ que tuvieron las que se imprimieron en la Isla
de León y en Cádiz en 1811, 1812 y 1813.
Para el año 1824 no se publicó Guia de Forasteros. La de
1825 se imprimió sin otra particularidad digna de anotarse,
sino la de que por la Administración de la Imprenta Real, á
cargo de D. Ramón Calvo Valenzuela, se reclamó que habien-
do aparecido el año antecedente un AlmanaJc enciclopédico
que contenía la mayor parte de los artículos de la Guia oficial,
ésta, que se hallaba en una decadencia ruinosa, no podría ni
cubrir sus gastos en competencia con la otra publicación. Con
esta queja, el 11 de Mayo de 1824 se expidió una Real orden
prohibiendo la circulación del referido Almanalc.
Confiada por Fernando VII á D. Alberto Lista en el últi-
mo año de su vida y reinado la direcoión de la Gaceta y de la
Guia, con aquella brillante redacción que formó, compuesta
E. M.— Septiembre 1902. 6
82 LA ESPAÑA MODERNA
de D. Miguel Salva, D. Eugenio de Ochoa, Rementería y
Fica, Pérez de Anaya, Hartzeribusch, D. Francisco de Paula
Madrazo, D. Juan Antonio Rascón y D. E-amón de Navarrefce,
proyectó un plan metódico para la distribución más ordenada
délos capítulos que la Guía comprendía, según el orden y la
jerarquía jurídica y racional de las Instituciones.
El material de que la Guia se formaba la dividió en doce
Capítulos, y algunos de éstos en varias secciones. El Capitulo
primero abarcaba: La Cronología E-eal de España, los Sobe-
ranos Reinantes, con sus augustas familias, y los días de gala
en la corte española; el Capitulo segundo^ las Instituciones de
Gracia y Honor: Toisón, Orden de Carlos III, de Damas No-
bles y de Isabel la Católica; el Capitulo tercero^ el Sacro Cole-
gio, el Tribunal de la Rota, la Nunciatura y el episcopado es-
pañol; el Capitulo cuarto, las Cortes del Reino en sus dos Es-
tamentos de Proceres y Procuradores, y el Consejo de Estado
como Cámara del Rey; el Capítulo quinto tenía dos secciones:
á ia primera correspondía el Ministerio de Estado, con la Di-
putación permanente de la G-randeza, el Cuerpo colegiado de
Hijosdalgo de Madrid y la Secretaría de la Interpretación de
Lenguas; y á la segunda, el Cuerpo diplomático nacional y
extranjero y el Cuerpo consular; el Capitulo sexto consagrá-
base al Ministerio de Gracia y Justicia, con sus altos Tribuna-
les, Consejo de las Ordenes, Juntas de competencia, apostólica
y de gobierno del Montepío, sus Reales Audiencias y Juzga-
dos inferiores, sus Corregidores, Alcaldes mayores. Goberna-
dores ó Intendentes y sus Tribunales de Indias; el Capitulo
séptimo y el Capitulo octavo se remitían á los Estados Militar
y de la Real Armada; el Capitulo noveno comprendía todas las
dependencias del Ministerio de Hacienda; el Capitulo décimo^
dividido en cuatro secciones de Fomento, Artes y Comercio,
Estudios y Sanidad, abarcaba los variados y múltiples servi-
cios que se liabían acumulado en el Ministerio de lo Interior;
el Capitulo onceno detaUp,ba exclusivamente las dependencias
de la Mayordomía Mayor de la Real Casa, con su Junta de
LA GUÍA OFÍCLAL DE EBPA^A 83
Patrimonio y su Biblioteca Heal, y el Capitulo duodécimo y
último se consagraba á las Variedades de estadísticas benéfi-
cas, de movimiento de población, de comunicaciones por tie-
rra y por mar, de ferias y mercados, etc.
La reforma de D. Alberto Lista en la Guía de Forasteros ,
científicamente considerada en su metódica coordinación, era
una obra maestra; pero sólo duró dos años, hasta que sustitui-
do en la dirección de las publicaciones oficiales por D. Pablo
Montesinos, éste volvió á las determinaciones con que se ha-
bían formado las de 1811, 1812, 1813, 1821, 1822 y 1823.
La Guia de Forasteros corrió suerte común con la Gaceta
de Madrid^ mientras estas publicaciones estuvieron sometidas
al sistema de contratas que emanó de las reformas en 1837.
Cuando se restableció la dirección de las publicaciones oficia-
les, unida á la Administración de la Imprenta Nacional, vol-
vió á su natural cauce y se prestó á nuevas reformas. Desde
entonces el método para su redacción, ó mejor dicho, para la
distribución de los trabajos que la componen, se ajustó con
acertado sentido á la división por Centros Superiores Políti-
co-administrativos ó Ministerios, y dentro de cada uno de és-
tos á las Direcciones generales en que se comparten, y á los
negociados particulares en que éstas se subdividen. De esta
manera se ha hecho prevalecer un sistema distributivo unifor-
me para la confección de la Guia Oficial de España^ en cuyo
nombre se subrogó, en 1873-74, el que traía desde su remoto
origen, y la confección y distribución de los Presupuestos ge-
nerales del Estado.
En 1874, siendo Director de las publicaciones oficiales
{Gaceta y Guia) D. Felipe Picatoste, trató de convertir la
Guia en una especie de Anuario ilustrado de la Administración
y de su estadística. Restaurando las ideas con que en 1899 el
Ministro del E-ey José Napoleón, D. Manuel Romero, proyec-
tó la Guia de Madrid para 1810, pidió los datos con que á al-
gunos institutos admiaistrativos y establecimientos déla eco-
nomía pública, aderezó de buenas notas históricas sobre su
84 LA ESPAÍÍA MODERNA
origen y desenvolvimiento. También enriqueció la Guia con
apéndices estadísticos. No hay que negar Jo laudable del pro-
pósito. Ya bajo la dirección de D. Joaquín Baeza, dos años-
antes, la Guia había admitido otra reforma, que aún prevale-
ce: la del índice de nombres y opellidos. Indudablemente otras
modificaciones está llamada á experimentar esta publicación
tan útil.
Puede aseverarse que, desde 1874, la Guia Oficial de Ma-
drid permanece estacionaria. En la actualidad, y desdólas
reformas de 1886 que suprimieron la Imprenta Nacional y so-
metieron la redacción, así de la Gaceta como de la Guia, á un
negociado especial de la Subsecretaría del Ministerio de la
Gobernación, á este centro y á este negociado confluyen las-
noticias de los demás departamentos de la administración pú-
blica que contribuyen á formarla.
i}:
* *
Tiene la Guia de Forasteros ^ actualmente Oficial de Espa-
ña, una parte de mera ilustración artística, sobre la cual no
es posible omitir algunas noticias interesantes. La parte artís-
tica de la Guia se compone de los retratos de los Monarcas,
del Mapa abreviado de España, del Plano topográfico de Ma-
drid y de algunas portadas grabadas que han enrequecido en
el siglo xviii y parte del xix los ejemplares de Kijo, y después
de la mitad del siglo xix, toda la edición de la Guia Oficial de
Madrid, que las ha comportado. Hay, además, en la encua-
demación délas Guias del siglo xviii muchas j-a en tafilete^
ya en baldés, ya en cabritilla blanca, cuya ornamentación en
dorados al fuego con hierros sueltos, las constituye en verda-
der asjoyas de arte.
De las encuademaciones artísticas de que D. Manuel líico
y Sinobas, para su preciosa colección de pellejitas, recogió
muy lucidos ejemplares, no es este el lugar donde hay que
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 85
ocuparse (1). Tampoco se prestará aquí demasiada atención,
ni á las portadas, aunque las hay de Meugs y de Groya, y de
que es excepcionalmente bella la que dibujó D. José Vallejo
para las Guias de los años 1874 á 1877. Ni aun siquiera se ha
de hacer capítulo especial de los Mapas en que alternan los
nombres de los dos López, padre ó hijo, D. Tomás y D. Juan,
con los de Antillón y Coello, ni de los Planos de Madrid, de
los que ya se han mencionado los de D. Ventura Rodríguez y
Barrenechea, que no admiten competencia dentro ni fuera de
España. Mas de los retratos, hay que formar capítulo distin-
guido.
Por un memorial presentado al Conde de Floridablanca el
año de 1790 por nuestro insigne grabador D. Manuel Salvador
Carmena, se sabe que «desde el año de 1762 grabó para la
Guia de Forasteros el retrato de S. M. (Carlos III); que todos
ios años con anticipación entregaba en el despacho público de
la administración de la Real Imprenta 2.500 ejemplares, para
que porción de ellos acompañasen á las Guias que se encua-
dernan en fino por disposición de dicha Administración y se
reparten á la primera Secretaría de Estado, pagándolos á real
y medio cada uno y quedando los demás para vender al pú-
blico al mismo precio, y que el año de 1788 se vendieron 2.458,
que al citado precio le produjeron 3.687 rs. vn., con lo que,
pagada la comisión de 4 por 100, le quedaban líquidos 3.540
reales y 17 mrs» .
Con todo, no fue sólo Carmona quien desde 1762 grabó re-
tratos del Hey para las Guías; pero se hace muy difícil de-
terminar á qué lápiz y á qué buril se debieron año por año
los que acompañaron con el Mapa y Plano los ejemplares en-
cuadernados en fino del Kalejidario manual^ pues además de no
hallarse en ninguna parte una colección completa de Guias^
ni aun en la de la Biblioteca de S. M., los ejemplares que la
(1) Adquiridos por el Estado, forman parte de la Sección de Bellas Ar-
tes de la Biblioteca Nacional.
86 LA ESPAÑA MODERNA
f(W*inan no tienen siempre todas sus ilustraciones, por haber
sido muchos ejemplares adquiridos de lance en estos últimos
años por el Sr. Zarco del Valle y por el Sr. Conde de las Navas,
y el despojo que la mayor parte de éstos han sufrido de aque-
llos objetos de curiosidad artística, hace que sea imposible
proyectar siquiera su "enumeración cronológica. En la colección
de la Biblioteca de San Isidro, la Guía del año 1773 tiene un
retrato de Carlos III, grabado por Francisco Assensio, y la
de 1783, otro grabado por B. Alviztu.
En la Sección de Estampas de la Biblioteca Nacional, su
jefe, el Sr. Barcia, tan entendido en estas materias, ha colec-
cionado en un volumen encuadernado todos los retratos de
esta procedencia y de este mismo Monarca, en los que ha en-
contrado verdaderas variedades; pero es difícil atinar con el
año en que fue grabado cada uno, si el mismo grabado no lo
expresa. En esta condición de absoluta incertidumbre se en-
cuentra uno sin nombre de dibujante, ni grabador, cuya car-
tela dice: Carolus 111 Dei gratia Hispaniarum et Indiarum
BeXj que parece anterior á los que Carmena confiesa grabó
desde 1762; del mismo D. Manuel Salvador hay otro, sin nom-
bre de dibujante, en que el artista so firma con su primer ape-
llido en esta forma: — Salvador sctdp. — Su leyenda dice: —
Carlos 111 / Rey de España y de las Indias. Hay, sin año tam-
bién, cinco grabados distintos de distinta fisonomía, traje y
accesorios de adornos, ya alegóricos, ya platerescos, en que se
lee: Mengs delin. en un lado, y al otro, Carmona sculp. En
cambio, el primero sin duda á que ésto se refiere en su Memo-
rial al Conde de Ploridablanca, hecho el año 1761 para la
Guía de 1762, es indudablemente el que en el libro recolecta-
do por el Sr. Barcia lleva esta firma: S. 1761. El ejemplar de
la Guia de 1763, que posee la Real Academia de la Historia,
también lo contiene.
De las Guias del reinado de Carlos III se sabe además que
en la de 1775, con el retrato del Rey, se publicó una lámina
con los bustos en óvalos del Rey, del Príncipe Carlos IV y de
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAKA 87
la Princesa María Luisa, cuya plancha recogió Barsanti al
formarse en la Imprenta Real el taller de Real Calcografía
que él dirigió, y en otra Guia de 1774 aparece otra lámina con
otro grupo con cuatro óvalos entre adornos alegóricos, en que
se hallan representados los mismos augustos personajes, mas
uno de los Príncipes gemelos D. Carlos y D. Felipe, que tuvo
María Luisa y se desgraciaron en la infancia. No obstante,
este grupo lleva la firma siguiente: Bart. Vázq. inv. y grabó.
Del mismo modo en la Guia anterior del año 1782 de la Bi-
hlioteca de San Isidro se ostenta nn retrato de Carlos III, en
cuyo pie se dice: Vázquez inventó y grabó, M. 1782. Acaso es-
tos retratos fuesen de los que el Juez Conservador de la Im-
prenta Real, D. José Antonio Fita, decía, en 27 de Agosto de
1790, al Conde deFloridablanca, «que los libreros y encuader-
nadores, al revender las Guias, habían introducido un fraude,
que consistía en ponerles retratos y portadas contrahechas^
exigiendo precios inmoderados y arbitrarios, sobre lo que se
quejó yarias veces Carmena cuando los retratos corrían de su
cuenta, por lo que era de opinión que se grabasen en lo suce-
sivo por cuenta de la Imprenta Real y que no se vendiese nin-
guna Guía sin ellos, siendo así que entonces se vendían al año
de 5 á 6.000 con retratos de las 20.000, poco más ó menos, que
se tiraban y despachaban».
Los retratos para las Guias, antes de ser admitidos para
su expendición, se remitían en pruebas al Conde de Florida-
blanca, el cual los pasaba á informe de D. Nicolás Barsanti,
Director de la Calcografía Real. El informe sobre el que gra-
bó Carmena para la Guia del año 1788 decía así: «Excelentísi-
mo Señor: Sírvase V. E. de ver el retrato del Rey que propo-
ne Carmena para la Guia y las portadas para ésta y el Estado
Militar. Las que llevan la leyenda en vista son nuevas; las
otras dos son de este año, restablecidas. El retrato es dibuja-
do por Estove; pero hace á S. M. de más edad y las carnes
ñacas y caídas. En lo demás tiene á mis ojos bastante seme-
janza.» Al margen de este informe, Ploridablanca escribió d©
88 LA ESPAÑA MODERNA
SU puño: «Las dos primeras y el retrato es bueno, llenándole
un poco la mejilla izquierda.»
Para el año de 1789 entregó Carmena estampados, como
acostumbraba, sus 2.500 ejemplares del retrato del Rey, á
mediados de Diciembre de 1788; mas como á los pocos días
falleció S. M. y no había medio ni tiempo para abrir nuevo
retrato del E,ey Carlos IV que acababa de proclamarse, Car-
mona elevó instancia para que se le diera alguna remunera-
ción. Fita se aprovechó de esta circunstancia para obtener
que se le autorizase á celebrar con Carmena un contrato, por
medio del cual éste se obligase á dar cada año para la Guía
de Forasteros cuatro laminitas para las portadas y una del re-
trato de S. M. Propúsosele el arreglo, dándole á elegir entre
uno de estos dos partidos: ó una indemnización de 300 duca-
dos vitalicios para él, comenzando á pagársele desde 1.** de
Enero de 1789, porque en dicho año no se le dio premio algu-
no, ó una pensión regulada para su hijo Juan Antonio, que
por hallarse de muy corta edad, temía dejarlo desamparado.
Carmena prefirió la indemnización vitalicia, y el Conde de
Floridablanca, por Eeal orden de 18 de Noviembre de 1790,
.mandó que, ó del fondo de la Calcografía Eeal, ó del de
la Gaceta y Guia, se le diesen los 300 ducados anuales que
se habían estipulado, y que si además hacía algún otro
grabado que se le mandase, se le abonara por él otros 20
doblones.
La profusión con que desde 1790 se dieron en las Guias los
retratos de los Reyes, puesto que ya se ilustraron con ellos
todos los ejemplares, no ha sido bastante para librar estos pe-
queños libros, que hasta hace pocos años, en que se les devol-
vió la estimación que merecen, estaban despreciados como
inútiles en todas las bibliotecas, del despojo de sus estampas.
Como Mengs y Car mona representan el dibujo y el graba-
do en la época de Carlos III, en lo que concierne á la ilustra-
ción de las Guias, durante el reinado de Carlos IV el dibujan-
te por excelencia fue Goya y el grabador, por excelencia
LA GUIA OKIOIAL DE ESPAÑA 89
también, Esteve. Esto no obsta para qtie algunos otros dibu-
jantes y algunos otros grabadores abrieran alguna vez las
planchas para las Guías. Además de los retratos de Garlos IV
y María Luisa, que siendo Príncipes de Asturias adornaron
las Guías de 1775 y 1778, grabados por Vázquez, hay una lá-
mina en medallón, con las figuras de perfil y mirándose, que
lleva la firma: Salvador sculp. 1764, y que se ignora á qué
Guia pertenece. Lo mismo sucede con otro medallón, con las
mismas figuras de frente, firmado, sin año: Laur entino Sán-
chez de Mansilla delineavit et sculpsit.
De — Francisco Goya lo pintó y M. S. Car mona lo grabó ^ —
sin año, — ofrece la Sección de estampas en la Biblioteca Na-
cional cuatro variedades en todo distintas, con señales eviden-
tes de haber pertenecido y haber estado encuadernadas en
Guías de Forasteros, comprendiendo cada uno de éstos, graba-
dos en láminas separadas, los retratos de Carlos IV, Rey de
España, y María Luisa, su esposa. Estos, sin mencionar el so-
berbio de 1799, grabado para la Guía de 1800, quo suscriben:
Francisco Goya lo pintó — Agustín Esteve lo dibujó — Rafael
Esteve lo grabó, que es el E.ey de los retratos del tiempo de
Carlos IV, y casi puede decirse del antiguo Kalendario ma-
nual. Este grabado fue sometido á Esteve por mandato expre-
so y verbal de la Reina María Luisa, porque Carmona estaba
ya muy viejo y había perdido algo de la firmeza y elegancia
de su buril. Aquel año no sólo se pagó religiosamente á Car-
mona su pensión, así como en los siguientes hasta su muerte (1),
sino que á D. Rafael Esteve se le premió su trabajo con 8.000
reales, y á su hermano D. Agustín, por los dibujos, se le re-
compensó con otros 1.500.
El año 1801 Esteve volvió á abrir la plancha del retrato
del Eey, por el que se le dieron 3.000 reales, y en 1802 el gra-
(1) D. Manuel Salvador Carmona no murió hasta el 16 de Octubre
de 1820. Su elogio artístico se halla inserto en las Gacetas de Madrid de
Marzo de 1821.
90 LA ESPAÑA MODERNA
bador fue Fernando de Selma, aunque también se aprovechó
otra plancha que había ejecutado en Barcelona, por encargo
de Barsanti, José de Coromina.
Selma no grabó sólo los retratos de 1802. Antes, el año 1798,
había ejecutado otros dos retratos de Carlos IV y Maria Luisa,
Sil esposa j Reyes de España, á cuyo pie se lee: Juan Bauzll,
pintor de Cámara, lo dibujó, — Fernando de Selma lo grabó. —
Madrid, 1798; — y del lápiz del mismo Juan Guillermo Santia-
go Bauzil fueron los dibujos, menos graciosos y gallardos que
los de Goya, de los retratos que se grabaron los años 1801,
1803, 1805 y 1807 para las Guias de los subsiguientes.
Esteve, que vino á Madrid condecorado con el título de
Académico de mérito de la Real Academia de Nobles Artes de
Yaleacia, después que ejecutó su soberbia plancha de 1801 ^
fue premiado por SS. MM. con el de grabador de Cámara.
Desde 1802 á 1804 tuvo que abrir dos láminas cada aí\o, y aun
retocar las de los anteriores, por lo mucho que el tórculo las
deterioraba, habiendo que practicar un tiraje de 18.000 ejem-
plares y aun más, según el número de Guias que se expendían.
J?idió pensión con que se remunerara su trabajo, y el Juez Con-
servador de la Imprenta E-eal, 33. Juan Facundo Caballero,
informó á D. Pedro Cevallos que se le podían dar, en vez de
los 3.000 reales de cadíi lámina y los 1.500 per los retoques,
los 300 ducados anuales, como se daban á Carmona. Pero Es-
teve era á la vez utilizado por Barsanti en la reproducción de
los cuadros de la Galería E,eal que la Calcografía publicaba,
y habiéndole la Reina manifestado verbalmente que para la
Guia de 1808 se arreglase con los retratos que había pintado
Pacca, tuvo que recurrir á Barsanti y éste á Cevallos, excu-
sándose de los grabados para la Guia, «porque teniendo muy
adelantada la lámina de Jacob de Guarchino, ha de causarme
una intermisión de tres meses». — «La Comisión de los retratos
para la Guia — añadía — es un encargo particular de la Reina,
ISTaestra Señora, á que no puedo ñiltar estando en la corte, y
en la terminación del Jacob veo interesados los altos respetos
LA GUÍA OFICIAL DE ESPAÑA 91
del Sr. Cevallos, mi opinión en el público y la expedición con
que S, M. me ha honrado para fuera de España.»
A fin de que este trabajo no se interrumpiera, Cevallos en-
cargó á Barsanti designara quien sustituyera á Este ve en los
grabados para la Guia, y Barsanti propuso á D. Manuel Al-
buarne, «cuya habilidad de estilo es bien conocida». Albuarne,
á pesar de todo, marcaba la decadencia del arte que tanto
elevó Carmena.
Después de los trastornos de la guerra de la Independencia,
Esteva continuó siendo el grabador favorito de Fernando VII
páralos retratos del Kalendario manual. J. Gálvez dibujó los
de las Guias de 1815 á 1817, y D. Vicente López casi todos los
demás de este reinado desde 1818. Algunos de estos dibujos se
debieron á Lacoma, tanto para el retrato del üey como para
el de la Reina María Josefa Amalia de Sajonia durante la épo-
ca constitucional; pero Este ve siguió grabando siempre hasta
su muerte, si bien alternó alguna vez con B. Atmatller.
Fueron dibujantes de los retratos de Fernando VII, ade-
más de D. Vicente López, Juan Bauzil, J. Gálvez, B. Gugliel-
mi, Lacoma, N. García y Bellay; de la Reina María Josefa
Amalia, L. de la Cruz y López; de la Reina María Isabel Fran-
cisca, J. Gálvez, Vicente Peleguer y Lacoma; y de la Reina
María Cristina, N. García, D. Vicente López y Bellay. Por
Atmetiler sólo fueron grabados el del Rey, de López, y el de
la Reina María Josefa Amalia de 1823, y otro del Rey y otro
de la Reina María Isabel Francisca, de D. Vicente López; los
demás lo fueron por Este ve.
Son de notar entre esta colección de retratos para las Guias
los del Rey y la Reina María Cristina, grabados al humo por
Bellay, de una belleza extraordinaria.
De la menor edad de la Reina Doña Isabel II la lámina
más notable es su retrato de niña, dibujado por D. José de
Madrazo y litografiado por F. Branchar para la Guia de 1834.
Desde 1835 García fue el dibujante de los retratos de las
dos Reinas, y M. Esquivel el grabador. Pero desde 1845 Fe-
92 LA ESPAÑA MODERNA
derrco Madrazo fue el retratista perenne de la Reina Doña
Isabel II hasta 1868, ora los grabados se ejecutaran por L. Ca-
lamatta en París, retocándolos en Madrid P. Hortigosa, ora
fuera su grabador en nuestra corte Diego Martínez.
De Don Amadeo de Saboya y de la Reina María Victoria,
el dibujante fue José Vallejo y el grabador Pascual Serra.
Un solo retrato dibujó Madrazo y grabó Serra del Rey Al-
fonso XII para la Guía de 1876.
Desde entonces el dibujante del Rey Alfonso XII, de la
Reina María Cristina y del Rey Alfonso XIII, lia sido la luz
por medio de la cámara obscura de los gabinetes fotográficos,
y el grabador Bartolomé Maura.
Los retratos que acompañan la Guia Oficial de España du-
rante los años de 1900 á 1902, son obra que compite con los
más geniales de Carmena. El de la Reina María Cristina es
una maravilla.
Juan Pérez de Guzmán.
lESTRAS MENTIRAS COHESIÓNALES
LA MENTIfiA ECONÓMICA (1)
Es la más funesta, la más arraigada y la más desconocida
de todas. Se habla de la religiosa en todas partes, pero prin
cipalmente de sobremesa; se discute sobre la política en las
tertulias y en el café. Nadie se hace cargo de nuestros estúpi-
dos convencionalismos en materia positiva. El español es,
como buen holgazán, el europeo que posee en menor escala
eso que hoy se ha dado en llamar espíritu económico. Cuando
ahorra dinero, gasta miserablemente su organismo, vegeta en
la miseria. Cuando lo derrocha sin finalidad utilitaria, es por-
qne no lo ha ganado. Cuando forzosamente tiene que vivir al
día, su presupuesto semanal oscila éntrela abundancia del sá-
bado y la miseria del lunes.
Comenzamos nuestra educación con un prejuicio funestí-
simo: al muchacho travieso se le pone generalmente mala cara,
se le mira de ojeriza, ignorando que el niño juguetón se con-
vierte en hombre laborioso. La expansión ingenua é inocente
de una personalidad que se hace, procuramos ahogarla con la
cohesión brutal de un automatismo personal prematuramente
hecho. Queremos chicos formales; y la seriedad en un niño es
(1) A este estudio seguirán otros dos: uno sobre la mentira religiosa
y otro sobre la política.
94 LA. ESPAÑA MODERNA
sin duda alguna la mayor hipocresía. Educados así nuestros
jóvenes en el sedentarismo, se habitúan á la inacción. Su alma
económica la formamos al revés de las demás almas europeas.
La acostumbramos á un vivir negativo, en el ahorro do ener-
gías mentales ó musculares, sin tener en cuenta que la nutri-
ción de un joven se estimula gradualmente con el juego. Yo
recuerdo haber visto en Bruselas muchachos de diez y doce
años con una resistencia para él enorme. Nuestros jóvenes se
cansan pronto. Este cansancio, haciéndose habitual, engendra
las almas perezosas que prefieren vivir en la indiferencia, á
gozar y padecer en el esfuerzo y la lucha. Nuestra juventud
es inactiva. La voluntad carece de imperio sobre los músculos
y sobre la mente. El mundo de nuestra raza es excesivamente
interior ó remotamente ulterior. Mirad á un español y le ve-
réis habitualmente grave. Los músculos de su rostro se acos-
tumbraron ya á esa tiesura habitual ó heredada, y mientras
por él de un hombre medio de nuestros grandes centros mo-
dernos pasa un mundo de emociones, en la cara de nuestro hi-
dalgo queda esa serenidad de estatua que hiela todas las ale-
grías del vivir.
Las razas expansivas y sanguíneas, las habituadas á la ac-
ción, son las que hoy rigen el mundo. Este marcha por la fa-
talidad de los hechos, y la voluntad triunfa si se coordina á
ellos. La raza melancólica española viviendo ensimismada, es
una perpetua disonancia con el mundo de su mente, que es
irreal, y con el mundo de la vida demasiado real. La primera
forma de la mentira económica en el orden individual es el
ahorro egoísta y habitual de la acción. Las imperiosas ne-
cesidades del vivir moderno nos arrastran. Vamos, á pesar
nuestro, hacia ellas, pero con lento paso de tortuga. Abando-
namos las cosas de ayer. A las presentes no llega nuestra
mano.
Los pueblos perezosos como el español tienen para la ac-
ción una desventaja. Para obrar sin esfuerzo doloroso, gastan
en rodeos triple energía que la que debieran emplear siendo
NUESTRAS MENTIRAS CONVENCIONALES 95
verdaderamente diligentes. La pereza, madre ó hermana de la
incultura, si es una remora para el esfuerzo, es un estimulante
para el placer hedonista. He observado en las conversaciones
el predominio que tiene la parte afectiva sobre la parte mental
de mis conciudadanos. Gesticulan, gritan, charlan, riñen, ba-
tallan, pero TLO conversan. Cualquiera creería que nos hallába-
mos en plena vida de tribu bosquimana al estudiar nuestro
modo de hablar. Se charla de sí mismo más que de nada. Y
de los gustos de uno, mucho más aún que de los defectos y
virtudes. He aquí, pues, otra fase de la mentira económica en
su aspecto individual: el español tiene un alma para gozar y
padecer como cualquiera, pero prefiere vivir indiferente á ga^s-
tar un átomo de voluntad en el goce. Posee un cerebro bien
organizado, una inteligencia clara, sutil, traviesa, ingeniosa;
pero quiere mejor gastarla en estériles disputas á someterla á
rígida y cotidiana disciplina. Si con el cerebro y la voluntad
trabajase tanto como los demás, sería más que ellos; pero pre-
fiere ser inferior y no hacer nada. A pesar de estos raciocinios,
^\ instinto hedonista se le impone, y esa mentira convencional
se olvida, para adquirir, con intermediario, de mano extraña,
el artículo que con la propia hubiese hecho más bien, más
pronto y más barato.
Nace de aquí un déficit creciente en el presupuesto de emo-
ciones y representaciones del individuo. Los goces satisfechos
son siempre menores que los que pide el instinto y proporcio-
na la civilización. Los artículos de Londres y París son en Es-
paña como las cuentas de vidrio en el -Kameroun. Cotízanse
seguramente los sombreros de señora en Madrid un 303 por 103
más caros que en París. Hay una inhibición de lo necesario
para obtener lo superfino que determina la carestía de aquél
hasta tal punto, que la inadaptación conscientemente querida
á este medio rudimentario, el pretender vivir aquí como el in-
glés ó el americano del Norte, cuesta un sentido... La mayoría
de las veces el español europeizado deja los nuevos usos. Sobre-
vive casi siempre en él el alma tenaz de la raza. Siendo la ci-
96 LA ESPAÑA MODERNA
vilización epitelial, se desvanece con la humedad y el secano
de Castilla.
Otra de las formas de la mentira económica es la sobrie-
dad. El español acostumbra á alimentarse mal y escasamente.
Prefiere tener una vida social decorativa á una vida familiar
robusta y holgada. Entre una necesidad elemental y una ne-
cesidad subordinada, se escoge la última siempre que en ella
encuentre un motivo para llamar la atención de los demás.
Sobriedad en comer, en vestir...; hasta en la habitación se
nota la falta de comodidades que en otro país de Europa
puede satisfacer cualquier obrero con mediano salario. Parece
mentira que desprecie esta gente lo más intimo, aquello que
es el primer ambiente de nuestros actos, y pretenda haceu de
la vida un espectáculo, una parada de egoísmos brutales, de
insensatas prodigalidades. Ese hidalgo, alimentándose sólo con
leguminosas ó gazpacho, no titubea en dar por una flor la úl-
tima peseta de su bolsillo. Para esa vida económica anormal,
de movimientos peristálticos en su intensidad, hace falta una
palabra que sirva de tapadillo. Para correrse una juerga, para
echar la casa por la ventana en un día, se necesita pasarlo mal
lo restante del año. De ahí otro tópico funesto que traduce
también perfectamente la mentira económica de nuestra civi-
lización española en su fase individual: el ahorro. Yo com-
prendo perfectamente el ahorro como capital de reserva indi-
vidual, pero no como capital pasivo, sin utilidad social al-
guna. Me parece una enormidad ahogar individualmente el
proceso social, paralelo de las utilidades y los productos, por
un conato instintivo de economía mal entendida. Eso es, ni
más ni menos, herir de muerte el capital con ansias viciosas
de capitalización. En el ahorro como los españoles lo entien-
den, veo yo también una inhibición forzosa de la felicidad
presente, por el temor de la desgracia futura á cuya evacua-
ción quiere responderse por sí solo, ignorando las ventajas
de la mutualidad y de la cooperación. El que no quiere gastar
se convierte por ese hecho en enemigo de la producción, porque
KUE8TBA8 MENTIRAS CONTENCIÓN ALES 97
restringe el consumo. Restringe además la misma producción,
porque no satisfaciendo ni aun las necesidades elementales,
si es asalariado, la jornada ha de ser más escasa; y si es
patrono, el asalaramiento, por ser insignificante, recluta una
mano de obra detestable.
Este pueblo tan amante de la sobriedad y del ahorro es el
menos previsor. La previsión individual, que adopta en otros
países la forma de seguro, de mutualidad y de cooperación, en
España se desconoce. Son más amantes estos señores de vivir
al día, y por eso prefieren la pensión pasiva, sostenida por el
Estado. Si bien se piensa sobre esto, el retiro en la vejez
es- una enormidad: 1.®, porque impide en el individuo los
hábitos de previsión económica, haciéndole delegar en el
Estado una función esencialmente privada; 2.°, porque el Es-
tado, que tampoco es previsor, súplelas deficiencias de la pre-
visión con el impuesto, cuya difusión social leflejándose en la
elevación de los precios, en los artículos mismos que consume
el pensionista j restringe su potencia económica asimiladora.
He aquí, pues, otra forma mixta de la mentira económica que
aquí examinamos.
Son incalculables los funestos resultados de este modo de
vivir. Eso estimula el instinto parasitario del español, harto
desarrollado por una selección secular favorable; eso nos lleva
al funcionarismo, á la hiperbiosis de los más astutos y no de
de los más aptos en un ambiente artificial; eso, en vez de fa-
vorecer la renovación natural de las clases cuando éstas están
gastadas y degeneran, fomenta un espíritu de cuerpo brutal,
intolerable... digo intolerable para los espíritus cultos y las
voluntades varoniles.
Para vivir al día, para correr aventuras cotidianas, hacen
falta estas condiciones: 1.*, no tener nada que hacer, ser un
verdadero vagabundo; 2.*, tener mucho que derrochar; 3.*,
ignorar la relación que existe entre la utilidad individual ó
social posible de lo que se malgasta, y la cantidad de goce que
por ello se obtiene.
E. M.— Septiembre 1902. 1
98 LA ESPAÑA MODERNA
Yoy notando en este examen que nuestra mentira econó-
mica en su fase individual, se manifiesta en formas, al parecer,
antagónicas: se nos aparece unas veces como negación de ac-
ción; se muestra otras como superfluidad de acción. En unos
casos es inhibitoria; en otros, impulsiva. Se revela con carac-
teres de codicia y sobriedad en ciertas circunstancias; en otras
aparece como prodigalidad insensata.
Los orígenes de estos hechos son múltiples. La educación
y la herencia, sobre todo, moldean nuestros hábitos y tenden-
cias económicas de tal modo, que hacen imposible, ó por lo
menos poco fácil, la adaptación al régimen económico moder-
no. Es una candidez creer que con un ambiente intelectual
solo, favorable, han de ahogarse en la voluntad impulsos de
muchos siglos, disociar representaciones, enderezar emocio-
nes, reformar, en una palabra, todos los factores de nuestra
personalidad y de nuestra subconciencia. El error está en
pensar que bastan las ideas para reformar los individuos. La
idea en sí, como hecho psíquico, vive ó debe vivir coordenada
á otros hechos psíquicos distintos. Cuando se descoyunta del
organismo psico-sociológico para hacerle crecer en medio dis-
tinto, su fuerza propulsiva es mínima. Su acción, J)OCO fecun-
da ya por sí, resulta estéril en contacto con mentes rutina-
rias. Crear un medio económico individual perfecto, sólo es po-
sible, cuando se conocen por comparación las semejanzas y di-
ferencias con los extraños. No es la mejor receta la imitación
de exóticos procedimientos, tratándose de un individuo exce-
sivamente rutinario y terco como es el español. La educación
se va haciendo, á mi ver, forzosamente, de fuera á dentro.
Vamos entrando sin quererlo, y lo que es más grave, sin sa-
berlo, en las nuevas formas de vida. El hidalgo de antaño va
hipotecando sus pergaminos y cotizando sus antiguallas en
las tiendas de la calle del Prado. Se va asalariando imper-
ceptiblemente, hoy como ingeniero, mañana como Director de
Consejo de Administración en una empresa, en el militarismo
burocrático ó en la burocracia oficial, en todo aquello que
NUESTRAS MENTIRAS CONVEXCIONALES 99
puede responder mejor, con el menor esfuerzo, á sus crecien-
tes necesidades. Así, á fuerza de presión, abrumados por las
ansias nuevas y desfallecidos por el cansancio histórico, mar-
chamos contra corriente.
* *
Obstáculo no pequeño á la aceleración de esta marcha es el
romanticismo económico. Para el español, los anglosajones, y
en general todos los hombres del Norte, son gente sin corazón.
«Nadando en riqueza no saben gozar de ella.» «Lo esencial
— dicen ellos — no es tener mucho dinero, sino saberlo gastar.»
Pero, ¿cómo gastar lo que no se tiene? Así empiezan por en-
gañarse á sí mismos los que en la emulación del vivir ajeno no
encuentran un estímulo para el propio. Confunden la emula-
ción con la envidia y quieren justificarse, negtt'ndo á los de-
más corazón. ¿Qué es el corazón? Si por esa palabra se entien-
den los impulsos y arrebatos poco meditados de esta rancia
hidalguía, eso es mentira. Acostumbraban á ser desprendidos
consigo mismos ó con los demás los que forzosamente sobre-
llevan una existencia miserable.
Los arranques generosos del pordiosero son generalmente
reivindicaciones del propio placer cohibido ó de la megaloma-
nía económica no revelada ante otros. Si por corazón se en-
tiende el desprecio de las riquezas, eso es mentira. Es ley eco-
nómica que, á medida que la pasividad mental ó muscular cre-
ce, cuando la probabilidad de satisfacer una necesidad ó un
goce es menor, el apego al dinero es más firme y tenaz. El
codicioso, privado forzosamente de los medios elementales de
vida, siente más afección á la moneda que atesora, cuanto
más alejado de aquéllos vive. Si por corazón se entiende la in-
hibición consciente y voluntaria de una necesidad elemental,
para satisfacer superiores necesidades del espíritu, esamanera
de pensar es un absurdo. Merecería el nombre de tonto el hor-
telano que, necesitando su tierra para cultivar alubias para
100 LA ESPAÑA MODERNA
comer, la convirtiese en jardín de plantas odoríferas. Es un
error muy grave .pensar que los más delicados sentimientos
del corazón humano pueden hiperestesiarse en él sin haber
antes desarrollado los más elementales. El altruismo, como tal
altruismo, no se revela sin las tendencias primitivas del egoís-
mo personal.
¿Pero no es una antinomia querer vivir como los demás y
criticar sus medios de vida, cuando económicamente se nos
presenta el dilema de vivir así ó dejar de vivir? ¿Cabe pensar
en contemporizaciones con el pasado, cuando el presente, este
terrible presente, se nos viene encima? ¿Qué ganamos con mi-
rar tanto hacia atrás? Esta miopía intelectual que destroza^
nuestra mente.
Después de todo, puestos en el terreno del engaño, más nos
valiera emplearlo con los demás que con nosotros mismos. El
que consciente y voluntariamente miente, tan culpable es si lo-
liace para sí como si lo hace para otros. Sin embargo, el re-
saltado inmediato varía.
Contrasta con este romanticismo económico la falta de mo-
ralidad del individuo en sus relaciones particulares con otro.
Aquí es donde en verdad se nota la perversión de un corazón
falsamente educado. La ótica individual en este país es sola-
mente el barniz de la hipocresía; y esta cascara frágil salta ó-
se derrite al primer impulso del ilegítimo deseo. Hay una tole-
rancia, una laxitud enorme para las propias faltas, cuando por
ellas se perjudica gravemente el bienestar ó la propiedad aje-
na. La cólera, la severidad catoniana, la indignación sin lími-
te, estallan cuando á nuestra propiedad ó personalidad se ata-
ca directa ó indirectamente. Esta manera de mirar las cosas,
este criterio de justicia con dos caras, dificulta en grado sumo
las tendencias de sociabilidad económica. El mecanismo eco-
nómico de España será fragmentario hasta tanto que la vida
moral del español en esta esfera no se purifique. Contra el robo
sin sentimiento de responsabilidad quedará siempre el espíritu
de desconfianza, que es una remora para la asociación. El eré-
NUESTRAS MENTIRAS C01ÍVENCÍONALE8 101
•dito, que es el capital más esfcimable del vivir moderno, por lo
mismo que es el más probado en su garantía, sube en este país
-con lentitud tal que se hace imperceptible, Ea el proceso vital
de este organismo viciado será muy difícil, me atrevería á de-
cir imposible, extirpar la inmensa legión de parásitos sociales.
Su fuerza prolífica es infinita, mientras que la del hombre da
buena voluntad es infinitésima.
La forma general de la conciencia moral espaü-ola en su
aspecto individual es detestable. La mente se adapta á toda,
renovación de ideas, al estado más progresivo. La voluntad es
indomable: ó resiste con la intolerancia ó contemporiza con la
indiferencia; pero en uno y otro caso prosigue tenazmente su
ruta. No hay persuasión posible para ella; es de granito.
Víctima del impulsivismo emocional, ni aun por la tendencia
mental más perfecta puede ser dominada. Las rutinas hereda-
das pueden más que las aptitudes adquiridas. El medio natu-
ral y social favorable á ellas anula todo esfuerzo personal para
educarlas.
No es posible que«un agregado social sin cohesión volun-
taria fuerte y poderosa sobreviva en la lucha económica con-
temporánea cada vez más encarnizada y tenaz, si su fuerza de
acometividad y resistencia no crece paralelamente á aque'lla.
Querer ser grandes como agrupación económica siendo indi-
vidualmente miserables en el orden moral, es otra mentira de
este pueblo. Fisiológica, psicológica y moralmente, el español,
como entidad económica elemental, deja mucho que desear.
Hasta que por la educación y adaptación no destruyamos to-
dos y cada uno de estos convencionalismos analizados, la
agrupación española persistirá en su decadencia.
Réstanos ahora examinar las mentiras económicas de ca-
rácter colectivo y social, para lo cual estudiaremos primero
las que se refieren al capital, después las que se refieren al tra-
bajo, y por último, las del Estado en relación con los facto-
res de la producción.
*
* «
102 LA ESPAÑA MODERNA
El capitalismo: Eu general, puede afirmarse que en Espa-
ña no se presenta el capitalismo como una agrupación clara-
mente definible, con caracteres precisos. Hay dos grupos de
capitalistas: los grandes y los pequeños, los que están perfec-
tamente adaptados al régimen moderno de la producción y de
la especulación, y los inactivos y retraídos. Careciendo de es-
tadísticas precisas, no podemos determinar ni la calidad é im-
portancia de estos dos grupos, ni mucho menos su esfera de
acción. La relación que forzosamente se establece entre los
grandes y los pequeños es en perjuicio de estos últimos, los
cuales son inconscientemente absorbidos y esclavizados por el
gran capital. Este, que debería ser el director y regulador de
las empresas económicas de carácter nacional, se subordina á
su vez al gran capital internacional. En la interdependencia
necesaria que en los grupos del capital existe, los menos
densos van entrando en la órbita de atracción de los de mayor
cohesión. Por este gran proceso de asimilación ó integración
del capital, se inicia la expropiación del pequeño capitalismo
español. A ello contribuyen, no sólo loa capitalistas temero-
sos del espíritu de empresa, excesivamente codiciosos y llenos
de desconfianza, sino también la intensidad, la fiebre en
la especulación, iniciada y mantenida en los grandes mer-
cados del dinero. Así, una fuerza qu.e deja de obrar y otra que
obra felizmente por no encontrar resistencia ni coacción, ace-
leran la decadencia económica de nuestro pequeño capitalis-
mo. El grande sirve primero de intermediario y de víctima
después. Una de sus antinomias más grandes es esta: no quie-
re reconocer patria alguna para el negocio seguro, de irrepro-
chable garantía; se escuda en la palabra patria para mono-
polizar un negocio y evitar la concurrencia.
La interpretación económica áoi patriotismo por los capi-
talistas españoles, no puede ser más nefanda. Como las nece-
sidades de nuestro gran capital, por la calidad de nuestro me-
dio económico y social, son muy escasas aún, siendo la mayo-
ría de ellas secundarias, ha de haber siempre un remanentey
NUESTRAS MENTIRAS CONVENCIONALES 103
un superávit sin empleo efectivo. La especulación internacio-
nal exige un esfuerzo continuo de atencióu, que un individuo
perezoso como el español es incapaz de hacer. La compra de
valores extranjeros reclama im especial cuidado acerca d© su
depreciación ó alza en el mercado. La iniciativa para empre-
s as nacionales de renta variable, aun siendo halagadora, no
arrastra. Sólo se aventuran nuestros capitalistas con lo ajeno.
Cuando manejan el capital propio, son siempre temerosos.
Tal idiosincrasia en nuestro gran capital, afirma dos órdenes
de funciones en su vida económica: parasitismo en el Estado,
tendencia á la renta fija y empresas con monopolio, garanti-
das de toda eventualidad por ventajosos contratos con la Ha-
cienda piíblica. Así, viviendo los capitales en reducido círculo
de vida económica, intensifican en él la especulación y el
agio, determinan el suicidio de millares de infelices de buena
fe, aunque codiciosos y avaros, y producen indirectamente el
alza del dinero, la especulación usuraria en los centros rura-
les donde quede el capital inadaptado, sin competencia algu-
na, monopolizando despiadadamente el préstamo á los peque-
ños agricultores, acrecentando de un modo inverosímil prime-
ro los créditos hipotecarios, y después la forzosa expropiación
del hombre de nuestros campos. Vemos, por lo tanto, que la
concentración capitalista se está verificando en España, como
en todas partes, de un modo fatal y automático: la propiedad
inmueble en el pequeño capital que se estanca en el crédito
usurario; la riqueza mobiliaria en el gran capital, que mono-
poliza la vida económica del Estado y las empresas más segu-
ras de la nación.
El capital español, oscilando entre la rutina excesiva y la
especulación aventurera, es eminentemente conservador en lo
que respecta á sí propio. Su conservantismo es más bien ins-
tintivo que racional. Tiene la irritabilidad general de la subs-
tancia organizada; carece de la fuerza nerviosa y muscular de
un organismo consciente. Por eso, pensando en sí mismo so-
lamente, en vez de hacerse reproductivo, es estéril. Aferrado
104 'LA ESPAÑA MODERNA
exL el monopolio, aislándose cada vez más de la mano de obra
y del capital internacional, se habrá de encontrar muy pronto
como el combatiente indefenso entre dos faegos. No le quedará
otro remedio que adaptarse ó morir. ¡Y qué adaptación tan
dolorosa para él, rendirse á discreción ante el cúmulo de exi-
gencias enormes del adversario triunfador!
La codicia, la cristalización prematura en un estado eco-
nómico convencional y artificioso, la especulación inmoral y
sin límites, la rutina, la falta de especulación en ios negocios,
la mutua desconfianza, la falta de acometividad, el aislamien-
to voluntario y la inadaptación á las condiciones racionales
del capital internacional, la pereza y la mala fe, son caracte-
res comunes á nuestros dos grupos de capitalistas. Nuestro
pequeño capital desaparecerá irremisiblemente si un esfuer-
zo supremo no se transforma en cooperativismo defensivo y
ofensivo en sus relaciones con el gran capital. El capital gran-
de desaparecerá también si perdura en el monopolio y en el
privilegio. Ese estado de inacción enervando todas sus ener-
gías, embriagándole con el lucro, hará más fácil y segura su
bancarrota por sorpresa.
Hay que vivir obrando y luchando: es ley de medio y de
momento. Nadie puede librarse de su acción. La concepción
estática y pacífica de la vida, ó es ideal ultraterreno, ó un re-
cuerdo de cosas que fueron .
* *
La mano de obra: Sería curioso y útilísimo un estudio
comparativo de nuestra mano de obra, para poder determinar
la calidad y el coste de la producción en su aspecto internacio-
nal. La mano de obra española, en general, es más cara y
más mala que otra cualquiera. A pesar de tener generalmen-
te cerca de mil horas de trabajo al año más que la de Ingla-
terra, su salario medio es mucho menor. Y si se atiende al
NUESTRAS MENTIRAS CONVENCIONALES 105
salario real, por el que se puede apreciar mejor el standard
oflife de nuestros obreros, la desproporción es eoorme.
A esta antinomia económica contribuyen causas muy di-
versas: en primer lugar, la falta de aprendizaje técnico en las
escuelas, que hace imposible una pronta y racional especiali-
zación en nuestra población económica. G-eneralmente, los
obreros industriales hacen su aprendizaje tarde. Nuestra po-
blación industrial reclátase generalmente entre los campesinos
sin trabajo, los cuales, cansados y aburridos, optan por cual-
quier oficio y retribución; ó lo que es más grave aún, los ofi-
cios se transmiten por herencia, habiendo ciertas pequeñas
industrias explotadas míseramente y con métodos rutinarios,
las cuales son una remora para la gran producción y el empleo
de procedimientos más modernos. Cataluña y Castilla, sobre
todo, adolecen de este defecto.
La proletarización de la vida rural, determinada por las
condiciones de nuestro grande y pequeño capitalismo, produ-
ce irremisiblemente ese éxodo tan bien estudiado en Bélgica
por Vandervelde, y que yo podría establecer con precisión
aquí si en España tuviésemos estadística reciente y segura
de nuestra intermigr ación y emigración. Este éxodo hacia las;
grandes aglomeraciones urbanas, alimentando en ellas una
gran congestión de reservas de población asalariada, determi-
na al fin las grandes crisis demográficas por el surmenage de
una raza miserablemente alimentada y forzosamente activa.
Todos sabemos cómo en Madrid y Barcelona viven millares de
obreros con un salario medio de dos pesetas, obligados la ma-
yor parte del año al paro involuntario por falta de empleo. El
éxodo transoceánico es más terrible aún. Haciéndose en Espa-
ña la emigración espontáneamente, el instinto de imitación
lleva á nuestros obreros á aquellos puntos donde más terrible
y penosa es la concurrencia, donde hay una mano de obra in-
ternacional, y donde forzosamente se establece la selección de
los más aptos y los más fuertes. Q-eneralmente, el fenómeno
de la emigración en España obedece al malestar y no al exce-
106 LA ESPAÑA MODERNA
SO de población, como en Alemania ó Italia acontece. Pero
este mismo malestar de los peores, que al establecerse en un
nuevo país más fecundo en prosperidad económica que el
nuestro, mejoran su condición social, obrando de rechazo sobre
ios que en el suelo patrio quedan, determina también el éxodo
de nuestra mano de obra más escogida. Y la razón es clara;
de la misma manera que el capital, en el régimen económico
contemporáneo, busca el ambiente más próspero y seguro para
vivir, y emigra cuando le conviene, así también la mano de
obra persigue las mejores condiciones de asalaramiento. Estos
son dos hechos económicos que han determinado la prosperi-
dad de una gran República, de Norte- América, que ha crecido
con el capital y con la sangre europea. Esta nación, llamando
á su seno los mejores brazos del viejo mundo, regenera su con-
dición física y social y crece con su esfuerzo; establece una
barrera infranqueable contra los productos manufacturados de
Europa; hiere de muerte su agricultura con una terrible con-
currencia en el mercado de cereales, y la vence ya en muchos
productos industriales; mientras que está á la defensiva soste-
niendo la codicia y egoísmo de una burguesía ignorante, de una
burocracia aduladora y de un militarismo opresor, va sintien-
do poco á poco el desfallecimiento producido por una resta in-
consciente de las energías más tenaces en la vida del Estado.
Un fenómeno general que se observa hoy en toda Europa ^
revela mayor algidez en España, vencida mercantilmente en
sus transacciones de medio siglo con el resto del mundo; con
el crédito deteriorado; sin ideal alguno propulsor de sus ener-
gías económicas; sin fe en sí mismo y sin voluntad para
rehabilitarse.
Cuando nuestra mano de obra, buena ó mala, vaya abrien-
do sus ojos á la verdadera vida moderna, acelerará la salida
de un país donde la existencia le será insufrible. Entonces
quedarán en él los inútiles y degenerados protegidos por ba-
rreras imaginarias, pero privados, en realidad, de ia satisfac-
ción de necesidades semejantes á los de cualquier otro ásala-
NUESTRAS MENTIRAS CONVENCIONALES 107
riado y de la libertad ante la ley, mantenedora de privilegios
supervivientes en el orden político y en el orden económico.
Ese patriotismo farisiaco de nna legión imbécil de políticos y
de emprendedores débiles, pero codiciosos, ¿en qué se conver-
tirá entonces? ¿Qué será de esta nación, mantenida sólo por el
aliento de una tradición moribunda y despiadadamente des-
trozada y oprimida por un parasitismo sin límites?
Yo no quiero entonar elegías para lamentar sucesos que
preveo; pero mi alma estalla de indignación al ver lágrimas de
cocodrilo sobre el cadáver de una nación indefensa á quien
hemos bárbaramente asesinado.
El mecanismo de nuestra producción: Con capital parasi-
tario y codicioso y mano de obra mala y costosa, ¿en qué con-
diciones podrá hacerse la explotación económica de España?
Concentración capitalista y proletarización rural crecen para-
lelamente en intensidad semejante. Pero mientras nuestro ca-
pital actúa en el orden financiero, rehuyendo todo interés de
renta variable ó expatriándose por un interés más seguro, la
mano de obra se condensa en nuestros centros industriales
para hacerse competencia horrorosa ó emigra para ser venci-
da en la concurrencia con otras más aptas. El ritmo en la in-
tensidad productiva de España se va haciendo- cada vez más
lento. El capital abandona toda empresa industrial. El tra-
bajo se abarata excesivamente determinando la calidad pési-
ma del producto que elabora, y privando nuestro mercado de
acometividad internacional. Limitado á su propia área de ex-
pansión, el mismo mercado interior se va restringiendo cada
Tez más, porque el coeficiente individual de consumo disminu-
ye ó se estanca. La falta de crecimiento prolífico en la produc-
ción española, engendra en el capital la tendencia al mono-
polio, á obtener en la empresa industrial la misma renta fija
que en los valores del Estado; y en la mano de obra un pesi-
IOS LA ESPAÑA MODERNA
mismo terrible, ua desconsolador espíritu de revuelta y una
gran indisciplina, causas eñcaces por sí sólo para impedir
toda reivindicación en nuestra clase asalariada. A dismi-
nuir la producción contribuyen también el excesivo número
de pequeños intermediarios para la colocación y venta del
producto. El industrial y el comerciante en España, domina-
dos por esa ley universal de codicia y de pereza que todo lo
regula en este medio social, prefieren obtener una ganancia
inverosímil en pocas transacciones á una utilidad mínima en
un máximun de cambios. Fíjanse más en la masa que en su
velocidad. Resulta de esto, que el coeficiente de expansión in-
dustrial y mercantil es siempre el mismo, ó crece proporoio-
nalmente mucho menos que en otros países. El público res-
tringe voluntaria ó forzosamente su consumo. Exento de toda
previsión para regular sus adquisiciones por sus recursos, pe-
rezoso, falto de estímulo para acrecentar su poder de adquisi-
ción, incapaz de discernir entre lo necesario y lo útil ó sun-
tuario, prefiriendo muchas veces lo último á lo primero, es
causa de la inseguridad y temor de las transacciones y, por lo
tanto, de un mayor coeficiente en las ganancias.
Una producción replegada en sí misma, lentamente pro-
gresiva ó prematuramente cristalizada, con mano de obra de-
ficiente, agentes de producción y de cambio codiciosos y pú-
blico miserable, en lucha fatal y necesaria con la producción
universal, ha de llevar una vida lánguida y trabajosa, no para
salir de su ambiente y luchar, sino para mantenerse con pru-
dencia á la defensiva, evitando todo choque eventual con otra
fuerza económica extraña.
Dos caracteres se notan desde luego en su mecanismo: 1.**,
la falta de adaptación á las condiciones de la producción in-
ternacional; 2.°, la falta de cohesión y solidaridad interna.
Por el primero se hace imposible el crecimiento de la misma;
se dificulta ó anula el proceso natural de especialización que
tiende á establecerse en el organismo industrial moderno; se
anula la posibilidad de difusión de nuestros productos en el
NUESTRAS MENTIRAS CONVENCIONALES 109
mercado universal, cuyas condiciones y exigencias ignoramos,
y se consolida una política económica de aislamiento, de pe-
ligrosa despreocupación de toda política comercial basada en
la reciprocidad, etapa necesaria en el proceso de evolución
Lacia el librecambio.
La falta de cobesión y solidaridad interna, manteniendo
un particularismo económico medioevalesco, sostiene ese gran
convencionalismo del mutuo engaño. Hace ya mucho tiempo
que la economía clásica había demostrado la conveniencia de
la baratura de los precios en un medio social determinado. Pues
en este país preferimos comprar todo tres veces más caro á
condición de vender en semejantes condiciones lo nuestro.
Esta miopía en la consideración de las verdades económicas
elementales impide el régimen de la gran producción en Es-
paña. Preferimos perdurar en lo rudimentario, en esta pobre
forma de trabajar, á integrar nuestras fuerzas con fuerzas
semejantes para hacerlas más fácilmente progresivas. Es pro-
bable que todo el algodón que se teje en Cataluña llegue á
hilarse y tejerse en cualquier casa norte- americana. El trust
del acero produce hoy más en cantidad que Alemania y Francia
unidas. Cuando la gran llanura del Centro de Sud-América se
dedique á la producción de cereales, cualquier farmer reco-
gerá más cosecha que todos los propietarios de las dos Casti-
llas. Nuestra crisis vinícola podría resolverse en parte con un
buen sistema de producción de carácter colectivo. En Portu-
gal se han organizado desde hace algunos años bodegas so-
ciales, que tienen la ventaja de proporcionar una calidad uni-
forme y un precio más ventajoso que los de cualquier produc-
tor en pequeño. Explótanse en el Oeste de España 1.300 kiló-
metros de ferrocarriles por seis ó siete Compañías distintas,
cada una con un Consejo de Administración fabulosamente
dotado, mientras en Francia hay una red que pasa de 9.00O
kilómetros, y en Alemania, un mismo Consejo de Dirección
administra los de cuatro naciones que constituyen una red de
más de 60.000 kilómetros. Este gran particularismo, unido á
lio LA i:si>a>Ja moderxa
un gran exceso de codicia y de ignorancia y rutina, es cau-
sa déla imitación, de esa estúpida imitación en cualquier em-
presa industrial, cuando se liuele una ganancia segura. Echan-
se como perros hambrientos sobre un pedazo de pan nuestros
capitalistas advenedizos para saciar su hambre de riquezas.
Así, faltos de iniciativa, sin poder satisfacer un mísero deseo
después de haber originado una crisis por exceso, después de
haber congestionado el mercado con sus productos, lloran
'como niños por no haber sabido pensar como hombres. Si me
piden un ejemplo- palpable, haré meditar á mis lectores sobre
el estado actual y origen de nuestras azucareras.
El Estado y su acción en nuestra vida económica. — Es el
Estado español una serie antagónica de grupos elementales,
de entidades oligárquicas sin ninguna cohesión entre sí, que
vive bajo una infraestructura de alma popular aletargada por
la ignorancia. Estas múltiples constelaciones, formadas, no
por una solidaridad poderosa, sino por un convencionalismo
ridículo, son el producto de un largo apostolado de democra-
cia teórica. En su proceso de formación, nuestra improvisada
burguesía, llevada por ansias imprudentes de mimetismo par-
lamentario, se polarizó, disociando el orden político del or-
den económico. En aquél se han refugiado los postreros des-
cendientes de los meneurs, de principios y mediados del siglo
pasado. Su sentido jurídico, cada vez más estrecho, bloqueado
incesantemente por las nuevas formas de vida, les va cediendo
terreno. De concesión en concesión, servilizan las propias con-
vicciones, la misma dignidad, tan exaltada para satisfacer las
ajenas. La oligarquía económica es más evidente; es la palpa-
ble comprobación de la inanidad de fórmu.las imitadas por la
vida democrática española, cuando se predican de mala fe ó
sin fe.
Es curioso observar cómo á medida que este pueblo ha ga-
NÜ3STRA8 MENTIRAS CONVENCIOíTALES 111
nado en libertad teórica, se ha visto cada vez más acosado por
las miserables intenciones de sus ídolos políticos; cómo, á me-
dida que la democracia ha querido universalizarse, debió y
debe vivir en un ambiente de incultura ó ineducación política,
á sabiendas sostenido por los políticos demócratas; cómo una
legiferación igualitaria se ha convertido de restricción en res-
tricción, en fórmula del privilegio; cómo con el proceso de
democratización de este país ha coincidido el de nuestro va-
sallaje económico. Y es que aquí hemos comprendido mal el
sentido de la Revolución. Hemos entrado á vivir la nueva
vida con pulmón tuberculoso. La vecina E.epública, con una
democracia nominalmente secular, es hoy el refugio de todas
las aristocracias destronadas, del capitalismo triunfante y de
la burguesía sin ideales. Esa democracia, que es la que priva
también en España, jo. no nos sirve para nada. Es necesaria
una ultrarrevolución de cerebros y voluntades, en el sentido ^
de la democracia industrial, espontánea flor de la vida del
trabajo y no arma criminalmente manejada por minorías de
vividores astutos. Viendo la acción del Estado español ea
nuestra vida económica, se advierte la larga carrera que hay
que hacer para educar nuevamente este pueblo, engañado por
espacio de un siglo con una pseudodemocracia. ¡Lástima e
indignación á la vez! Lástima para estas multitudes incultas
é indisciplinadas, con un salvajismo en el fondo del alma cada
vez más arraigado, con una miseria fisiológica cada vez más
grande, con una falsa idea del Estado omnipotente. Panem
et circenses es el lema de nuestras turbas. Indignación para
todos aquellos que arrogándose el derecho de una orientación,
han vendido la idea que defendieron y la dignidad que el espí-
ritu público les suponía; indignación para todos esos perpe-
tradores del robo legal con garantía del Estado.
Este gran fantasma de nuestra vida política fomenta y
alienta á los débiles, los alimenta en el acerbo común á condi-
ción de que le adulen; y todos, todos como miserable rebaño,
mirándole como un Dios, le adoramos... por el pan de cada
112 LA ESPAÑA MODERNA
dia. Nadie tiene fuerzas para derrocar ese ídolo. A sus oídos
no llegan las quejas de una multitud enferma por 01 dolor y
la miseria. El coro de fariseos, mascullando incesantemente el
hirano eterno de la adulación, ahoga los lamentos y las pro-
testas de abajo.
El Estado español, órgano servil de los intereses del gran
capitalismo nacional ó internacional, expropiando los más
débiles, se suicida sin saberlo. Por sí no puede vivir. Cuando
no pague los intereses de su enorme deuda, el crédito será
igual á cero. ¿Y los intereses de dónde salen? En todos los Es-
tados, aun los más esclavizados por la burguesía, se nota un
conato de defensa reflejado en la instintiva protección á la
agricultura ó la industria. Se adivina que el Estado no podrá
vivir nunca del capital, sino que el capital necesita imprescin-
diblemente del Estado. Por eso, para mantener perenne la
fuente del interés, para multiplicar indefinidamente los crédi-
tos y deudas, con alguna garantía, bay que fomentar los ele-
mentos naturales de riqueza, boy hipotecados á la mobiliaria
de nuestra burguesía. Este Estado no sólo restringe la garan-
tía de sus deudos inhibiéndose estúpidamente de toda protec-
ción á la Agricultura, la Industria y el Comercio, sino que
siembra discordias entre los tres órdenes de la producción,
olvida su función reguladora en esta esfera, protege y sostie-
ne el monopolio de emprendedores sin iniciativa ni vitalidad
para la lucha en el mercado universal. El mismo capital, en
sus relaciones con el Estado, ó la abandona en sus demandas
de dinero para afluir á otros puntos donde la garantía es más
segura, ó le exige un crecidísimo interés para compensación
de sus ganancias no obtenidas por no haberse desplazado de
nuestro mercado.
El Estado, formado por el grupo de una burocracia adula-
dora y por el de un insaciable capitalismo, gravita acerba-
mente sobre la nación. No hay en él fuerza de voluntad para
emanciparse del primero. Carece de vitalidad propia para im-
poner condicionas al segundo. Cuarteado el edificio, podrá sos-
MUESTRAS MENTIRAS CONVENCIÓN ALBS 113
tenerse con oonvencionalismos de unos y transigencias de
otros. Cuando la voluntad de las mayorías despierte la más
pequeña conmoción en su base, liará de él una pirámide de es-
combros ó una casa ruinosa y solitaria, imagen de la muerte
y documento de la Historia,
Elot L. Andeé.
TL ^.—Septiembre 1902.
ü SüPMSi i LIS iDElS
(1813-1837)
«Las Cortes, en el examen y discusión de este asunto, se
hallan en una situación muy particular, y á veces también
muy embarazosa, porque no tratan, como sucede comúnmen-
te, de examinar un proyecto sobre cosas que entre tanto con-
tinúan en su estado anterior, y en que, por consiguiente, tie-
nen entera libertad para aprobar ó desaprobar lo propuesto,
sino que, por el contrario, se ocupan de medidas sumamente
interesantes que en la parte principal están ya completamen-
te ejecutadas, y ejecutadas de un modo que apenas hay poder
en la tierra para deshacer lo hecho.»
Estas palabras, pronunciadas por el Diputado Sr. Taran-
cón, al impugnar, el 16 de Julio de 1837, el art. 33 del pro-
yecto que fue luego ley de 29 de dichos mes y año, dan idea
bastante aproximada de las condiciones en que el asunto fue
sometido á la deliberación del Congreso, y del alcance limita-
do que, á consecuencia de eso, hubo de revestir forzosamente
el debate, ó indican que ni el problema llegó en toda su inte-
gridad al Parlamento, ni éste tuvo, cuando se le planteó, toda
la libertad necesaria para resolver.
Una serie de violencias, de atropellos y de crímenes que se
podrán explicar, pero que sólo condenación merecen, y otra se-
SUPPwESlÓN DE LAS ÓRDEXES liELlCllOSAS EN ESPAÍ^A 115
ríe de disposiciones, más ó menos legales y más ó menos acer-
tadas, pero disposiciones, eu fin, que llevadas á la práctica,
si no en su totalidad, al menos en gran parte, en aquella par-
te, sobre todo, que más hería las imaginaciones populares, ha-
bían cambiado por modo tan radical la situación de las cosas,
que realmente el Congreso no podía pronunciarse de igual
suerte en pro ó en contra de la existencia de las Ordenes reli-
giosas.
De aquí que la ley de 29 de Julio de 1837 no tenga la im-
portancia que generalmente se le atribuye, puesto que, en. el
fondo, no fue más que un MU de indemnidad otorgado por una
mayoría complaciente á D. Juan Alvarez de Mendizábal; y de
aquí también que no sea posible limitarse al estudio de esa
ley para exponer la solución del problema monacal en Espa-
iia en la primera mitad del siglo xix, sino que resulte indis-
pensable analizar con algún detenimiento los antecedentes y
el origen de aquélla.
II
El crecimiento de las Órdenes monásticas, el número exce-
sivo de religiosos, la acumulación de la propiedad en pocas
manos y los inconvenientes que para el desarrollo de la rique-
za pública entrañaba esto, fueron preocupación constante,
desde muy remotos tiempos, de las Cortes y de los Monarcas.
Tarea muy larga, y sobre larga extraña por completo al
objeto de estas páginas, sería la de enumerar, siquiera fuese
en brevísimo índice, las múltiples representaciones que acerca
de esta materia hubieron de dirigir á los Reyes los procura-
dores de los pueblos y las varias medidas que se dictaron para
poner remedio á tan grave mal. Baste decir que ya en los co-
mienzos del siglo XVII elDr. Sancho de Moneada se lamenta-
ba, en su Restauración política de España, del excesivo núme-
ro de religiosos y de clérigos, manifestando que «aunque los
116 LA ESPAÑA MODERNA
religiosos sean muy necesarios, como lo son, parece á mnchos
qne el Reino no puede sustentar tantos pobres como podía
antes, porque la mayor parte de los que solían dar limosna la?
piden»; y que á mediados del siglo xviii hallábase tan pro-
nunciada la opinión en el sentido de poner coto á ese mal, sobre
todo en lo relativo á la condición de la propiedad, que Maca-
naz en su famoso Memorial de los cincuenta y cinco párrafos^
Campomanes en su Tratado de la regalía de amortización ;.
Floridablanca en sus dictámenes, Jovellanos en su Informe
sobre la ley agraria, y como éstos Gardoqui, Carrasco, Saave-
dra, Flores Estrada y utros, defendieron la urgencia de liber-
tar á la propiedad de las trabas que la impedían entrar en el
torrente de la circulación de la riqueza. Por esto, desde el rei-
nado de Carlos III se dictan frecuentes disposiciones, sinteti-
radas en las leyes 16 á 24 del tít. V, libro 1.*^ de la Novísima
liecopilación, poniendo trabas al derecho de adquirir de las<
manos muertas; y tanto dicho Rey como Carlos IV y Fernan-
do VII disponen una y otra vez do la propiedad colectiva, si-
quiera lo hiciesen de acuerdo con la Santa Sede, como lo de-
muestran los Breves de Pío VII, de 14 de Junio de 1805 y 12 d&
Diciembre de 1806, aplicándola á las necesidades del Estado.
Realmente, la violabilidad de los modos de la propiedad^
estimada por algunos como una conquista de la democracia
moderna, resulta, al menos en uno de sus aspectos, en el do la
intervención del Estado en obsequio de la utilidad pública,,
como obra iniciada por los Monarcas absolutos; pero en su
fase político-religiosa, en lo relativo á la existencia corporati-
va, como clase, de los religiosos, el problema no se plantea
iiasta los comienzos del siglo xix, hasta los tormentosos días
en que España luchaba por su independencia, si bien las ini-
ciativas de las Cortes en 1813, fracasadas por la actitud de
la Regencia y sobre todo por la violenta é inmotivada reac-
ción del siguiente año, no lograron encarnar en la realidad
hasta 1820.
Partiendo de la base de que antes de 1808 existían 3.126<
SUPRKSIÓX DE L\S ÓÍIDPJNES RELKHOSAS EX ESPAÑA 117
<3onvenfco3 y 92.727 religiosos, aprobaron las Cortes, en Junio
<le 1813,* un decreto incorporando al Estado los bienes de esta-
blecimientos públicos, cuerpos seculares y eclesiásticos, ó re-
ligiosos de ambos sexos, disueltos, extinguidos ó reformador
por resultas de la invasión enemiga ó por providencias del go-
bierno intruso, aunque reintegrándoles, caso de llegar á esta-
blecerse, en la posesión de las fincas y capitales que se les ocu-
pasen, y si no asignándoles los alimentos precisos, con tal que
^6 hubiesen refugiado en las provincias libres, profesasen en
ellas su instituto y no tuviesen ningún otro medio de subsis-
tencia; resistieron los Regentes, especialmente D. Juan Pérez
Villamil, el cumplimiento de este decreto, y las Cortes dicta-
ron uno nuevo, el de 18 de Febrero de 1814, sancionando la
reunión de las comunidades consentidas por la Regencia, siem-
pre que no estuviesen arruinados sus conventos ni se pidie-
se limosna para reedificarlos; prohibiendo la permanencia ó
restablecimiento de los que no tuviesen doce individuos pro-
fesos; mandando que no hubiese en cada pueblo más de un
convento del mismo instituto, y disponiendo que no se resta-
bleciesen más conventos y que no se diesen nuevos hábitos
hasta nueva resolución. M esto, ni la abolición del Tribunal
de la Inquisición, tuvo completo cumplimiento, pues pocos
meses después, restablecida la Monarquía absoluta, no sólo se
derogó todo lo hecho durante el periodo constitucional, sino
que llegó á dictarse la Real cédula de 31 de Agosto de 1814,
despojando á los compradores de bienes nacionales de las fin-
cas y efectos que en ese concepto hubiesen adquirido; disposi-
ción cuya justicia no discutimos, pero que fue en la práctica
íiltamente perturbadora, iniciando la serie de preceptos lega-
les que mantuvieron durante largos años á la propiedad en un
estado de funestísima incertidumbre.
Dos circulares de Gracia y Justicia, ordenando la devolu-
ción de sus conventos á los regulares y á las religiosas, j el
restablecimiento de la Inquisición, completaron la obra del ab-
solutismo.
118 LA ESPAÑA MODERNA
III
El movimiento iniciado por Eíego en las Cabezas de San
Juan y secundado poco á poco en distintos puntos de la Pe-
nínsula, incluso en la misma capital de la Monarquía, merced
á la incesante propaganda masónica, según confiesa Alcalá
Galiano en sus Memorias, obligaron á Fernando VII á jurar
la Constitución de 1812 y á convocar las Cortes.
La tendencia y el espíritu de la nueva revolución y la pre-
sencia en el Gobierno de los doceañistas, eran indicios segu-
ros de la política que había de prevalecer en lo relativo á las-
Ordenes religiosas y, en general, á los asuntos eclesiásticos;
por esto no puede sorprender á nadie que el 9 de Marzo de 1820
se publicase un decreto aboliendo el Tribunal de la Inquisi-
ción, y que una vez reunidas las Cortes en Julio del citado año,
se presentase un proyecto de ley suprimiendo las Órdenes re-
ligiosas.
Dada la composición de aquellas Cortes, era natural que el
proyecto, aun tratándose de un asunto de tan capital impor-
tancia para los dos bandos en que se bailaba dividido el país^
no encontrase gran oposición, y en efecto, no la tuvo.
El 21 de Septiembre comenzó la discusión, interviniendo
en el debate acerca del artículo 1 .°, que era el que contenía el
precepto suprimiendo todos los Monasterios de Ordenes mo-
nacales, los de canónigos seglares de San Benito, de la Con-
gregación claustral Tarraconense y Cesaraugustana, los de
San Agustín y los Premostratenses, etc., los Sros. Obispo Cas-
trillo, Cortés, Fraile, Vitórica, Cuesta, Villanueva, Dolarea.
Navas, Conde de Toreno, y los Ministros de Gracia y Justicia
y Ultramar, todos identificados con la esencia del pro^^ecto,
todos, incluso el Prelado, afirmando el derecho de la nación á
legislar sobre los regulares. Sólo un diputado, el Sr. Gisbert,
aunque conforme con la mayoría, expresó el deseo de que se
SUPRESIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN ESPAÑA 119
procediese de acuerdo con la Santa Sede; y sólo otro, el señor
Casaseca, se opuso francamente á la supresión de las Ordenes
religiosas.
Martínez de la Rosa, contestando á observaciones del señor
Dolarea, quien por último votó en contra, expuso el verdade-
ro sentido y alcance del artículo y la finalidad que se perse-
guía con el proyecto, apuntando además algunas ideas que no
fueron, por cierto, las que prevalecieron, ni en las leyes des-
amortizadoras de aquella época, ni en las reformas del perío-
do de 1835 á 1837; pues sostuvo que el celibato, aunque causa
de despoblación, era muy pequeña, y no obstáculo compara-
ble al que resultaba de la acumulación de las riquezas y pro-
piedades en manos de los monjes, y que los Monasterios se
oponían á la población porque se oponían á la riqueza públi-
ca, porque aglomeraban en manos de pocos inmensas propie-
dades, y porque impedían se distribuyesen los bienes entre
muchos pequeños propietarios. Idea esta última que de haber
prevalecido, habría dado muy distinto alcance á las leyes des-
vinculadoras y desamortizadoras, completando su obra y
agrandando su eficacia; pero que no prevaleció, por lo cual,'
aunque esas leyes tendieron no sólo á libertar, sino á indivi-
dualizar la propiedad, no impidieron su acumulación en otras
manos, no hicieron surgir la clase de pequeños propietarios, y
dejaron á medio resolver el problema.
Aprobado el artículo 1.° en la sesión del 22 de Septiembre
por 107 votos contra 23, el debate perdió todo interés, desli-
zándose tranquilamente la discusión, que quedó terminada
el 1.® de Octubre, siendo sancionada la ley por Fernando YII
el 25 de dicho mes, y publicándose en la Gaceta del 29.
Los excesos de los revolucionarios, que concluyeron por di-
vidirse, luchando entre sí las dos fracciones con verdadero en-
carnizamiento; la guerra civil encendida por los absolutistas,
que constituyeron la Regencia de Urgel; la anarquía que rei-
naba en todo el país, y sobretodo el hecho de, haber repercu-
tido en Ñapóles y el Piamonte la revolución española, deter-
120 LA. ESPAÑA MODERNA
minaron la intervenoión decretada por las Potencias en el
Congreso de Verona y llevada á cabo por Francia, poniendo
fin al segundo período constitucional ó inaugurando una vio-
lentísima reacción que no bastaron á atenuar los repetidos
consejos de los Gabinetes europeos.
Innecesario es añadir que la obra de las Cortes de 1820 fue
inmediatamente destruida; pero no huelga consignar que 8Í
algo se salvó, fue aquello que far crecía los derechos del Esta-
do. Así, por ejemplo, Fernando VII no sólo resistió tenaz-
mente el restablecer el Tribunal de la Inquisición, sino qu©
habiendo organizado los Prelados en sus respectivas diócesis
unas Juntas llamadas de fe encargadas de conocer en los deli-
tos que aquél perseguía y de hacerlo en la misma forma en
que procedían los Tribunales inquisitoriales, ordenó en 182B,
á consulta del Consejo de Castilla, que cesasen inmediatamen-
te esas Juntas, y otorgó el pase al Breve de Pío VIII, de 6 d©
Octubre de 1829, inserto en Real cédula de 6 de Febrero del
siguiente año, por el que se mandó admitir las apelaciones en
las mencionadas causas de fe hasta que hubiese tres sentencias
conformes.
IV
Después de la brutal reacción de 1814 y de la gran ver-
güenza de 1823, la presencia de Zea Bermúdez en el poder sig-
nificaba, á la muerte de Fernando VII, algo así como un alto
en el camino emprendido, acaso la vuelta á la Monarquía limi-
tada de hecho por nuestras antiguas Juntas y nuestros histó-
ricos Consejos, la resurrección délo verdaderamente tradicio-
nal, eclipsado por el absolutismo á la francesa del ex prisione-
ro en Valen9ay. Zea, hábil diplomático, más conocedor del es-
tado de las demás naciones que de la situación de su propia
patria, pudo ser un buen gobernante sin la cuestión dinástica;
pero planteada ésta, su sistema de despotismo ilustrado era
SUPRESIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS KN ESPAÑA 121
una calamidad, porque, como dice un historiador contempo-
ráneo, los absolutistas no podían ver lo de ilustrado, y los li-
berales odiaban el despotismo.
Martínez de la Rosa, sustituyendo á Zea, constituyó una
esperanza que se desvaneció bien pronto. El cambio fue el
primer triunfo de los liberales, pero no satisfizo á éstos. Rea-
lizada por Zea, á raíz de la muerte de Fernando VII, la obra
que llevó á cabo Martínez de la Rosa, acaso habría logrado
prevalecer; pero cuando la ideó el segundo, con la colaboración
de Burgos, era demasiado tarde y forzosamente tenía que
fracasar.
Primer síntoma de ese fracaso y de la debilidad del Go-
bierno, fueren las terribles escenas que presenció Madrid el
17 de Julio de 1834. La existencia del cólera sirvió á algunos
agitadores para lanzar la necia calumnia de que los frailes ha-
bían envenenado las aguas, y las autoridades no supieron im-
pedir el que las turbas penetraran en los conventos y asesina-
ran á varios religiosos.
Reunidas las Cortes pocos días después, el 24 de Julio,
aparecieron animadas de un espíritu tan reformista, que aun
no teniendo como no tenían con arreglo al Estatuto el derecho
de iniciativa, consiguieron hacer prevalecer proposiciones tan
significativas como la referente á la abolición del voto de San-
tiago, otras sobre desamortización civil y eclesiástica y supre-
sión del diezmo, y una famosísima de D. Joaquín María López,
especie de Constitución en 12 artículos, en los que se garanti-
zaban la libertad individual, la de imprenta, la inviolabilidad
del domicilio y la igualdad ante la ley; se abolía la confisca-
ción, se establecía la responsabilidad de los Ministros y fun-
cionarios, y se creaba la guardia nacional.
Iniciada esta tendencia, resueltamente favorable á la resu-
rrección de la obra de las Cortes de 1820, ó irritados los espí-
ritus por la ayuda que prestaban á Don Carlos, no ya gran
parte del clero regular, sino algunos Obispos, era lógico que
no resultase Martínez de la Rosa el hombre que se necesitaba
122 hx p:spaña moderna
para desarrollar esa política. El estado de la guerra y el ha-
berse decidido el Gobierno á solicitar la intervención extran-
jera contra el voto de su Presidente, hicieron lo demás, y
Martínez de la Rosa fue sustituido por el Conde de Toreno.
Tres meses nada más pudo éste sostenerse en el Gobierno;
pero en tan breve plazo hizo no poco en el camino de afirmar
la supremacía del poder civil, ora aboliendo las Juntas de fe,
ora suprimiendo la Compañía de Jesús, ya reduciendo el nú-
mero de los conventos.
Su primera disposición en tal sentido fue la Real orden
de 1.^ de Julio de 1835, por la cual se mandó cesar las Juntas
llamadas de fe, que sorda y abusivamente habían reaparecido
después de la reacción de 1823, y se dispuso que los Prelados
y sus Vicarios, abandonando el método de sustanciar seguido
por la extinguida Inquisición, se ajustasen en las causas cuyo
conocimiento les estaba reservado, á lo dispuesto en la ley 2.*,
título 26, Partida vii, á los Sagrados Cánones y al Derecho
común. A ésta siguió pocos días después, el 4 de Julio, un
Real decreto suprimiendo perpetuamente la Compañía de Je-
sús, que se había mandado restablecer por otro Real decreto
de 29 de Mayo de 1815, quedando éste revocado y anulado,
como lo había sido ya por las Cortes en 1820; se mandaba
ocupar sin pérdida de momento las temporalidades; se dispo-
nía que los bienes, rentas y efectos de la Compañía se aplica-
sen á la extinción de la deuda ó pago de sus réditos, y se conce-
dían á los sacerdotes y legos españoles de aquella Orden pen-
íiiones de cinco y tres reales respectivamente. Por cierto que
la Santa Sede, que ya en 10 de Abril anterior había protesta-
do de la aplicación de los bienes de las Corporaciones eclesiás-
ticas al pago de la Deuda, no sólo protestó también de la pu-
blicación de ese decreto, sino que mandó que se retirase el
Nuncio en Madrid.
Complemento en cierto modo de las dos disposiciones an-
teriores, fue el Real decreto de 25 de Julio suprimiendo con-
centos.
SUPRESIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN ESPAi^A 123
«El aumento inconsiderado y progresivo de monasterios y
conventos — se decía én la exposición de motivos de dicho de-
creto,— el excesivo número de los unos y la cortedad de los
otros, la relajación que era consiguiente de la disciplina re-
gular y los males que de aquí se seguían á la Religión y al
Estado, excitaron más de una vez para su corrección el celo
d© los Reyes de España, el del Reino junto en Cortes, y aun
el de la Santa Sede. Así es que por una de las condiciones de
millones se previno que no se concediesen licencias para nue-
vas fundaciones de monasterios, aunque fuese con título de
hospederías, misiones, residencias ú otra cualquiera; y que la
Silla Apostólica ha expedido varios Breves cometidos á Prela-
dos de estos Reinos para la reforma en ellos de los regulares,
la que sin embargo no llegó á tener el efecto deseado por cir-
cunstancias imprevistas. De aquí procede que existan hoy en
España más de 900 conventos, que por el corto número de sus
individuos no pueden mantener la disciplina religiosa ni ser
útiles á la Iglesia.» Teniendo además presente que, conforme
á varias Constituciones Apostólicas de diferentes Pontífices,
se requería en todo convento, á lo menos, el número de doce
religiosos profesos, cuyas dos terceras partes fuesen de coro,
se disponía que quedasen suprimidos los conventos que no tu-
viesen dichos doce religiosos, debiendo ser, cuando menos,
ocho de coro; que lo mismo se hiciese en adelante con los que
se redujesen á menos de dicho número; que se exceptuasen de
esta disposición á las casas de clérigos regulares de las Escue-
las Pías y los Colegios de misioneros para las provincias de
Asia; y que los bienes, rentas, etc., de los conventos suprimi-
midos se aplicasen á la extinción de la Deuda ó pago de sus
intereses.
No logró con esto el Conde de Toreno desarmar á la opo-
sición. El mismo día en que se firmó el anterior decreto, las
turbas prendieron fuego á los conventos en Barcelona; y como
al propio tiempo hubo motines y asonadas en todas partes,
corrió la sangre hasta en la misma corte, Mendizábal, nom-
124 LA esi'aS^a moderna
brado Ministro de Hacienda, se declaró de oposición al Go-
bierno, ei representante inglés contribuyó á su descrédito, y
el Capitán General de Madrid, el infortunado Quesada, decla-
ró que no podía garantizar la seguridad personal del Presi-
dente, dimitió Toreno, y la Seina confió la jefatura del nuevo
Gobierno al General Álava, quien no aceptó, quedando como
Presidente interino D. Juan Alvarez de Mendizábal.
Pocos hombres lian llegado al Poder rodeados de tan gran-
des prestigios é infundiendo tantas esperanzas como Mendizá-
bal. Si sus antecedentes liberales, sus servicios á la causa cons-
titucional y las persecuciones que por ésta había sufrido le
hacían sumamente simpático á la opinión avanzada, las dotes
que había demostrado contribuyendo poderosamente al triun-
fo de Doña María de la Gloria, en Portugal, eran causa de qa©
las personas competentes en cuestiones de Hacienda fiaraa
mucho en su talento y en su iniciativa.
El mismo día de su advenimiento al Poder (14 de Septiem-
bre de 1835) puso Mendizábal en manos de la Seina Gober-
nadora una especie de programa, documento notable por la
sencillez con que está escrito y por la franqueza con que abor-
daba las cuestiones, y en el cual anunciaba el propósito del
nuevo Gobierno de poner fin á la guerra sin otros recursos que
los nacionales; fijar de una vez la suerte futura de las corpo-
raciones religiosas; consignar en leyes tjdos los derechos que
emanan y son, por decirlo así, el único y sólido sostén del ré-
gimen representativo; reanimar y vigorizar el crédito públi-
co, y en fin, «procurar afianzar con las prerrogativas del Tro-
no los derechos y los deberes del pueblo, porque sin este equi-
librio es ilusiva toda esperanza de pública felicidad».
Grandes eran los compromisos que en este documento con-
traía Mendizábal. ¿Cómo era posible terminar la guerra sia.
SUPJRESIÓN DE LAS ÓRDEKES RELIfílOBAS EN ESPAÑA 125
Otros recursos qne los nacionales? ¿Dónele tenía el país la suma
de millones que era necesaria para tal empresa? ¿Era sincero
en este punto el nuevo Ministro, ó constituía semejante pro-
mesa un habilísimo recurso para interesar á todas las clases
sociales que ansiaban la paz, en la ejecución de sus proyectos?
¡Quién sabe! Lo único cierto y positivo es que bien pronto
pudo comprenderse que Mendizábal fiaba el éxito de su plan
á la desamortización, y que era antecedente obligado de ésta
la supresión de las Ordenes religiosas. Por aquí comenzó.
El decreto de Toreno de 25 de Jalio reduciendo el número
de los conventos, había sido cumplido con exceso por las Jun-
tas revolucionarias, pues éstas hubieron de cerrar casas de re-
ligiosos cuya existencia no tenía impedimento legal. La ex-
claustración era un hecho cuando subió Mendizábal al Poder,
pero un. hecho ilegal, porque se había llevado á cabo sin con-
tar con la Santa Sede y sin el concurso del Parlamento. No lo
rectificó ni en el fondo ni en la forma. Lejos de hacerlo así. el
Keal decreto de 11 de Octubre del mismo año sancionó la obra
de las Juntas.
«Aunque por mi Real decreto de 25 de Julio de este año —
se decía en el preámbulo — apliqué el remedio que me pareció
exigían entonces más de pronto los graves males que causaba
á la Religión y al Estado la subsistencia de tantos monaste-
rios y conventos faltos del número canónico de individuos que
se necesita para la observancia de la disciplina religiosa, to-
davía ]as representaciones que se me han dirigido de varias
nartes de la Monarquía me hacen estimar indispensable y muy
urgente una reforma más extensa, considerando cuan despro-
porcionado es á los medios actuales de la Nación el número de
casas monásticas que queda, cuan inútiles ó innecesarias son
la mayor parte de ellas para la asistencia espiritual de los
fieles, cuan grande el perjuicio que al Reino se le sigue de la
amortización de las fincas que poseen, y cuánta la convenien-
cia pública de poner éstas en circulación para aumentar los
recursos del Estado y abrir nuevas fuentes de riqueza.» Por
126 LA ESI'ASA. MODEÍÍNA
castas consideraciones se decretaba la supresión de todos los
monasterios de Ordenes monacales, ios de canónigos reglares
de San Benito de la coní^regación claustral Tarraconense y
Cesarangustana, los de San Agustín y los Premostratenses,
cualquiera que fuese el número de religiosos de que constaran.
De la supresión quedaban exceptuad oí^j, si se hallaban abiertos,
los monasterios de la Orden de San Benito, el de Montserrat
en Cataluña, San Juan de la Peña y San Benito, de Vallado-
lid; de la de San Jerónimo, los de El Escorial y Guadalupe;
de la de San Bernardo, el de Poulet; de la de Cartujos, el del
Paular, y de la de San Basilio, la casa que tenía en Sevilla;
pero todos éstos con la cláusula de por ahora, con absoluta
prohibición de dar hábitos y admitir á profesión á los novi-
cios, y con calidad de que los bienes y rentas quedasen tam-
bién aplicados al crédito público como los do las casas supri-
midas.
No se detuvo aquí Mendizábal. Revestido por las Cortes
del amplísimo voto de confianza, de la verdadera dictadura
que entrañaba la le}'' de 16 de Enero de 1836, dio un paso más,
el definitivo, en el camino que había emprendido. Por el ar-
tículo 3.^ de dicha ley se autorizaba al Gobierno para propor-
cionarse los recursos necesarios á fin de terminar la guerra,
pero consignando que no podría buscarlos «en nuevos emprés-
titos ni en la distracción de los bienes del Estado destinados,
ó que en adelante se destinaren, á la consolidación ó amortiza-
ción de la Deuda pública, cuya mejora procurará asegurando
la suerte de todos sus acreedores». ¿De dónde habían de salir
esos recursos, no recurriendo á la emisión de nuevos emprés-
titos, sino de la venta de bienes nacionales? Mas para ello era
preciso continuar la obra de la exclaustración, y Mendizábal,
sin recurrir á las Cámaras, hizo cerrar los conventos. En Ma-
drid fae el Gobernador civil, Olózaga, el que en la noche del 17
al 18 de Enero se presentó en los conventos é hizo salir de
ellos á los frailes, abandonándolos á «una caridad, dice Bur-
gos, que la miseria pública iba cada día reduciendo á más es-
SUPRESIÓN DIO LAS ÓRDENES RELIGIOSAS KN ESPAÑA 127
trecha esfera». El 25 nombró una Comisión para convertir los
edificios evacuados en cuarteles y plazas, y el 8 de Marzo,
cuando en realidad era un hecho la supresión, decretó la do
todas las Ordenes religiosas. Semejante conducta era algo más
que ilegal, era una sangrienta burla.
«Considerando — hizo decir á la Reina — que la supresión do
las casas de los Institutos regulares es una necesidad reclama-
da por razones de alta conveniencia para el Estado 3^ para los
individuos que han formado ó forman las Comunidades de los
Monasterios y Conventos; que en la mejora da la suerte de los
acreedores á la nación se libra el bienestar de inmenso núme-
ro de familias, y en mucha parte el fomento de la riqueza pú-
blica; que la cuantía de la Deuda exige medios grandes y efi-
caces que es forzoso buscar sin gravamen de los pueblos y sin
menoscabo do los recursos requeridos por la guerra interior;
y en fai, que al disponer de los bienes, rentas y derechos do
ios E-egülares de uno y otro sexo es de rigurosa justicia y (1,3
suma predilección en mi Real y piadoso ánimo el asegurar á
todos una existencia honesta y decorosa, propia de íoh senti-
mientos religiosos de esta nación católica, «decretaba la su-
presión de todos los Monasterios, Conventos, Colegios, Con-
gregaciones y demás casas de Comunidad ó de Instituto reli-
gioso de varones, incluso las de clérigos regulares; las de bis
cuatro Ordenes militares y San Juan de Jerusalem, y todos
los Beateríos cuyo Instituto no fuese la hospitalidad ó la en.se-
ñanza primaria, exceptuando de esta disposición los Colegios
de Misioneros para las provincias de Asia, de Valladolid, Oca-
fía y Mouteagudo; las casas de clérigos de las Escuelas Pías y
los Conventos de Hospitalarios de San Juan de Dios que se ha-
llaban entonces abiertos. En el mismo decreto se creaban Jun-
tas en todas las cabezas de diócesis, encargadas de reducir el
número de Conventos de monjas al absolutamente indispensa-
ble para contener con comodidad á las que quisieran continuar
en ellos, distribuyendo las de los suprimidos entre las demás
de la misma Orden que subsistieran, debiendo ajustarse la su-
128 LA ESPAÑA MODERNA
presión á estas dos bases: que no se conservase abierto ningún
Convento que tuviese menos de veinte religiosas profesas, y
que no se permitieran en una misma población dos ó más Con-
ventos de una misma Orden. Además se prohibía la admisión
de novicios, y se autorizaba á los religiosos de ambos sexos
para pedir su exclaustración.
Un mes después, el 18 de Abril, tomando en cuenta «la re-
presentación de algunas religiosas que, con la sumisión y hu-
mildad correspondientes á su estado, manifestaron el vivo de-
seo de acabar sus días en los Conventos en que se hallaban, y
el dolor que les causaría su salida de ellos*, se autorizó á las
Juntas diocesanas para proponer, cuando ocurriesen circuns-
tancias especiales, que quedasen abiertos algunos Conventos
con menos de veinte religiosas para que subsistieran en algu-
nas capitales dos de una misma regla, ó para reunir religiosas
de reglas diversas en un mismo edificio.
Antes de esto habíanse disuelto las Cortes y convocado las
nuevas para el 22 de Marzo. Las elecciones dieron al Gobier-
no uno de esos triunfos peligrosos por su misma magnitud,
pues en tanto que Mendizábal reunió los sufragios de siete
provincias, los liberales moderados, como Toreno y Martínez
de la E-osa, quedaron excluidos del Parlamento, lo cual no fue
obstáculo para que bien pronto se formase tan fuerte núcleo
oposicionista, que los Proceres acordaron se suspendiese la eje-
cución de los decretos de 19 de Febrero y 1.° de Marzo sobre
bienes nacionales. Esto y la resistencia de la Reina á firmar
el relevo de Córdova y otros Generales, determinó la caída de
Mendizábal.
El nuevo Ministerio, presidido por Istúriz, tuvo efímera
vida, del 15 de Mayo al 13 de Agosto de 1836, pues habiéndose
visto obligado á disolver las Cortes, los exaltados se lanzaron
por el camino de la violencia, sucedióndose los motines hasta
que la insurrección de los sargentos en la Granja obligó á la
Reina Gobernadora á jurar el Código de 1812 y á confiar la
jefatura del Gobierno á Calatrava, que distribuyó las carteras
SUPRESIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN ESPAÑA 129
entre Mendizabal, Gil de la Cuadra, D. Joaquín María López
y otros liberales caracterizados, convocando Cortes Constitu-
yentes para el 24 de Octubre.
Obra de esas Cortes fueron la Constitución de 1837, y las
leyes de supresión de los diezmos y de las Ordenes religiosas.
VI
Aunque en realidad las Cortes habían cumplido su man-
dato al votar la nueva Constitución, hubieron de continuar
por su propia voluntad, ocupándose, entre otros asuntos, del
l^oyecto relativo á las Ordenes religiosas, acerca del cual ha-
bían dado dictamen el 16 de Febrero las Comisiones eclesiás-
tica y de legislación, firmándolo los Sres. Grómez Becerra,
Bartolomé Venegas, Ramón Salvato, Pedro Clemente Ligues,
José de la Fuente Herrero, Pascual Fernández Baeza, Anto-
nio Martínez Velasco, Antonio González, Diego González
Alonso, Miguel Joven de Salas, Ángel Fernández de los Ríos,
Fermín Caballero, Jaime Gil Orduña, Juan Bautista Osea y
José Vázquez de Parga.
. Las Comisiones, razonando su dictamen, después de afir-
mar que no creían que era ya necesaria la existencia de los
institutos monásticos, añadían lo siguiente, que fija el alcance
de aquél:
«Razones, no obstante, de conveniencia pública no permi-
ten que desde luego desaparezcan totalmente estas institucio-
nes religiosas. Por una parte, los grandes servicios que aún
prestan á la religión y al Estado los misioneros de Filipinas,
extendiendo la doctrina evangélica por aquellos remotos paí-
ses y robusteciendo en sus pueblos la fidelidad á la Metrópoli,
han movido á las Comisiones á que exceptúen de la medida
general las casas de misioneros de Valladolid, Ocaña y Mon-
teagudo, conservando estos seminarios de los que se ocupan
de trabajos tan útiles á la patria, no ya como Conventos, sino
E. M.—Septiembre 1902. 9
130 LA espaS^a moderna
como Colegios dependientes y regidos por reglamentos del Gro-
bierno. Yen, por otra parte, que la instrucción pública y la
hospitalidad se hallan en algunos pueblos á cargo de Comuni-
dades religiosas; y como estos importantes objetos no pueden
quedar desatendidos, ni es fácil en el momento reemplazar por
otros medios el servicio que estas Comunidades prestan, pro-
ponen las Comisiones que se autorice al Gobierno para conser-
var interinamente en algunos puntos las casas que están dedi-
cadas á la hospitalidad y á la enseñanza pública; y si bien hu-
bieran querido fijar un término dentro del cual el Gobierno
proveyese por otros medios á estos interesantes objetos, el es-
tado de guerra en que por desgracia se encuentra la nación no
permite que pueda calcularse, ni aun aproximadamente, el
tiempo que se necesita para esta obra.» En el fondo, el dicta-
men no era más que el desenvolvimiento del Real decreto de 8
de Marzo de 1836.
La discusión no comenzó hasta el 28 de Mayo, y el mismo
día se aprobaron sin debate la totalidad y el artículo 1.®, en
que se decretaba la supresión de las Ordenes. No puede sor-
prender esto, porque si en realidad ese precepto estaba ya
cumplido, ¿á qué conducía, no siendo posible entonces el res-
tablecimiento de los Institutos suprimidos, discurrir sobre la
conveniencia de aquella medida? «Aquí — dijo luego un sacer-
dote, el Sr. García Blanco, pintando gráficamente la situa-
ción de las cosas, — aquí ya la voluntad general está declara-
da, la opinión pública está explícitamente pronunciada; ya no
hay monacales^ ni regulares^ ni conventos. y>
No había regulares ni conventos, y sin embargo, esa opi-
nión á que aludía el Sr. García Blanco, no se dio por satisfe-
cha y los arts. 2.^, 3.** y 4.°, en los que se exceptuaban de
la supresión, aunque con carácter provisional y con múltiples
cortapisas, á los Colegios de Misioneros para Filipinas, á los
Escolapios y á algunas casas de hospitalarios, fueron objeto
de viva impugnación.
El mismo orador citado, el Sr. García Blanco, sostuvo que
SUPRESIÓÍÍ DK LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN ESPAÑA 131
no había diferencia esencial entre los misioneros y los demás
regulares, atribuyendo á unos y otros idénticos defectos y
abogando por la creación de otras casas donde se educasen mi-
sioneros de una nueva clase. «Los misioneros — dijo — que de
hoy en adelante salgan á convertir infieles y á ilustrar á los in-
dividuos de una nación libre é ilustrada, deben diferenciarse
de una manera notable de los que salían de un reino sujeto al
despotismo y aherrojado con las cadenas de la Inquisición.
Conozcan ya en adelante hasta los salvajes del Asia que la
España es libre y que los misioneros de hoy día no van ya ar-
mados del látigo y el crucifijo como iban en otro tiempo, sino
del amor y de la filantropía más exquisita y de cuantos cono-
cimientos pueden desearse de política, de urbanidad, de cien-
cias y artes.»
Otro orador, el Sr. Urquinaona, se expresó en estos tér-
minos:
«Las Cortes saben que antes de publicarse la ley de 25 de
Octubre de 1820 había en la Península 1.982 conventos, de los
cuales fueron suprimidos 836 en virtud de esta ley. Saben que
á su fecha había 20.757 frailes ordenados in sacris, sin contar
los monacales. Saben que, á pesar de la resistencia del Nuncio
y de los Obispos, se habían secularizado 4.447, y que en 1.^ de
Marzo de 1822 quedaban 16.310, inclusos los que tenían ins-
tancias pendientes, de las que algunas se despacharían y otros
morirían en más de año y medio que corrió hasta 1.** de Octu-
bre de 1823, en que ya no habría tal vez ni 12.000 frailes en
los claustros.
»Pues estos señuelos — añadió — bastaron para reunir los
61.727 que en el año de 1830 presentó el Correo Literario de
esta corte y el Diario de Sevilla de 9 de Febrero de 1831; por
manera que en siete años tuvo la población monacal un au-
mento de cerca de 50.000 frailes. ¿Y todavía pensamos dejar
un solo grano de semilla tan fecunda y perjudicial?»
Combatiendo la conservación de los misioneros, dijo:
«Yo los veo pasar doscientos años en pugna con los Ordi-
132 LA liSPAÑA MODERNA
narios para sostener los privilegios y exenciones que obtuvie-
ron de Roma para administrar las parroquias y dispensar por
sí y ante sí en impedimentos matrimoniales. Los veo formar
ligas y bandos en favor de sus respectivas comunidades. Los
veo tomar parte en las discordias civiles. Veo un Arzobispo-
clérigo y un Obispo fraile delegado del Papa que mutuamente
se excomulgan y fijan el uno sus cedulones en las puertas de
Ja ciudad y el otro en las de los conventos, armando con ga-
rrotes á los legos que corrían por las calles apaleando clérigos.
Y veo cundir esos escándalos y disensiones en el vecindario,,
sin creer que este sea el modo de propagar el evangelio y con-
servar la paz y sosiego de las islas.»
Hubo, en fin, otro diputado, el Sr. Huelves, que exageran-
do las cosas no vaciló en afirmar lo siguiente:
«Yo conozco perfectamente á los frailes dominicos que hay
en mi pueblo, la villa de Ocaña; están animados de los peores
sentimientos, sus ideas son malísimas, y puedo asegurar á las
Cortes que habiéndoseles mandado que dejen el hábito de
frailes, no han querido hacerlo y se han constituido en prisión
perpetua y hace tres ó cuatro meses que no salen del con-
vento.»
Defendieron el artículo los Sres. Gómez Becerra, que esti-
mó indispensables los misioneros para conservar las islas Fili-
pinas; Martínez de Velasco, Ferrer, que hizo cumplido elogia
de la acción de los religiosos en el Archipiélago, y el Ministro
de Grracia y Justicia, Landero, que sostuvo que el Gobierno
no tenía otro medio de atender á las necesidades espirituales
de las islas, pero que se reservaba el organizar los Colegios de
Misioneros «á fin de que desaparezca de ellos, en cuanto sea
posible, hasta la idea de frailes».
Aprobado el art. 2.°, impugnó el S.*" el Sr. Madoz, pero no
para combatir la conservación de las Escuelas Pías, sino pre-
cisamente para hacer un elogio de sus enseñanzas, advertir
que el pueblo, enfurecido contra los frailes, tuvo para los es-
colapios testimonios de gratitud; decir que el país no podía.
SUPRKSKkí DE LAS ÓKDEXES RELIGIOS^^S EN" ESPAÑ V 133
mirar con indiferencia que se condenase á la ignorancia á más
<le 25.000 jóvenes, generalmente de la clase menesterosa, que
^ran educados en aquéllas, y expresar el temor de que el celo
y esmero de los escolapios desaparecieran cuando viesen que,
con arreglo á dicho artículo, sólo se conservaban algunas de
sus casas y éstas con carácter provisional. Inconvenientes que
«alvo fácilmente el Sr. García Blanco, quien, después de afir-
mar que los escolapios habían proíesado siempre ideas abso-
lutistas, dijo que con poner ocho maestros en la escuela de
San Antón y ocho en la de Avapiés, quedaba el servicio públi-
<ío desempeñado.
El artículo fue también impugnado por los Sres. Grómez
Acebo y Cabrera de Nevares, pidiendo éste el aumento de los
escolapios, 3^ defendido por los Sres. Martínez de Velasco, Gron-
zález (D. Antonio) y Alcón, quedando aprobado, como asi-
mismo el 4.^, que autorizaba la conservación de algunas casas
«de hospitalarios de San Juan de Dios, siendo esto combatido
por los Sres. Alcón, Miranda y Arguniosa, y defendido por
los Sres. Fernández de los Ríos, Fernández Baeza, Martínez
de Velasco y Gómez Becerra.
La conservación, que autorizaba el art. 5.®, de algunas ca-
sas de Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul con
la condición de «por ahora», y debiendo quedar bajo la de-
pendencia del Gobierno como simples establecimientos civiles
hospitalarios, no fue impugnada por nadie. El único Diputado
que sobre esto usó de la palabra, el Sr. Tarancón, lo hizo para
impugnar las limitaciones que consignaba el artículo y para
elogiar á las Hermanas de la Caridad, que desde que en 1792
se introdujeron en España para el cuidado del Hospital gene-
ral de Lérida, se habían extendido por toda la Península «con
no menos aplauso que beneficio de la humanidad».
Sin debate fueron aprobados los arts. 6.** y 7.^, que auto-
rizaban al Gobierno para conservar algunas casas de beatas
■dedicadas á la hospitalidad y enseñanza, y para conservar y
arreglar los conventos y colegios de los Santos Lugares, y en
134 LA ESPANTA MODERNA
igual forma lo fue el 8.^, que obligaba al Gobierno á dar
cuenta á las Cortes del uso que hiciere de las autorizaciones
contenidas en los cinco artículos anteriores.
El art. 9.^ era una excepción á lo prevenido en el 1.°, pues
en éste se suprimían todos los conventos, monasterios, etcéte-
ra, de religiosos de ambos sexos, y en aquél se decía que las
religiosas profesas que quisieran perseverar en el género de
vida que habían abrazado, podrían continuar en ella bajo el
régimen de las preladas que eligiesen y sujetas á los ordina-
rios diocesanos. Claro es que por esto, y dado el criterio do-
minante en la Cámara, el artículo había de ser impugnado.
Lo fue, en efecto, por el Sr. Sorosarri, cuyo discurso puede
sintetizarse en esta frase con que concluyó: libertad nuestras
vestales, y por el Sr. Sancho, el cual dijo que las monjas de-
seaban salir, pero que no querían que apareciese voluntaria
su salida, sino que eran echadas, por lo cual «las mismas mon-
jas que lo desean, chillan cuando se trata de adoptar esta me-
dida: tal es su hipocresía».
Aprobado este artículo, el debate perdió todo interés, por-
que el resto del dictamen se refería á puntos reglamentarios^
ó preceptuaba lo que de hecho estaba ya establecido, como la
aplicación á las atenciones de la Deuda de todos los bienes
raíces, rentas, derechos y acciones de todas las casas do Comu-
nidad de ambos sexos, inclusas las que quedasen abiertas (ar-
tículo 20). Así es que, sin discusión muchos de ellos y con li-
geras observaciones otros, quedaron aprobados los artículos
siguientes, habiéndose suspendido el debate el 4 de Junio y
no reanudándose hasta el 15 de Julio. El 22 se votó definitiva-
mente, y el 29 fue sancionada la ley por la Reina Gobernadora.
VII
Fácil es advertir, porque aparece perfectamente señalado ^
el dualismo que existe en el fondo de la obra realizada acerca
de las Ordenes religiosas, de 1813 á 1837.
SUPRESIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN ESPAJ&A 135
En una parte de la opinión, sobre todo en las masas de de-
terminadas capitales, domina en esa campaña nn interés po-
lítico. «El haber servido al principio de la guerra algunos
conventos — dice un historiador contemporáneo — para la fa-
bricación de municiones y de asilo á los carlistas; el haber
promovido tan directa y eficazmente, como el de Capuchinos
de Bilbao y otros, la lucha civil, y los auxilios que muchos
prestaban á los rebeldes, previnieron en contra de todos al
partido liberal, al que eran evidentemente desafectos. Veía el
país que multitud de frailes habían, más que en otro tiempo,
abandonado aquellos asilos de paz por el campamento, y tro-
cado el sayal del religioso por el uniforme, la cruz por el fusil,
y esparcían por doquier, en nombre de un Dios de paz y de
amor, á quien ofendían, la desolación y el espanto.» Unido
^sto al carácter de la propaganda realizada por ciertas socie-
dades, dio á la agitación de las masas un tinte anticlerical.
En otras esferas, especialmente entre los gobernantes, pre-
valece el aspecto económico, la tendencia á la desamortiza-
ción, el propósito de dar á la propiedad los caracteres de libre
ó individual; y si es verdad que no se desatiende el aspecto
político, se sirve á la causa constitucional mediante la reali-
zación de aquella empresa.
De aquí que si bien no faltan en las Cortes de 1820 ni en
las de 1836 enemigos declarados de las Ordenes religiosas,
predominan los que atienden con preferencia al aspecto social
de aquella campaña; y en todas las leyes y Reales decretos que
sobre la -materia se dictan, se nota la preocupación que causa
el problema de la propiedad. ¡Lástima grande que intereses
políticos de momento impidieran atender las oportunas adver-
tencias de Flores Estrada sobre la finalidad de la desamorti-
zación!
Jerónimo Becker.
EL AMO SOCIOLÓGICO (1901)
A la vista tengo el tomo VIII de los Aúnales de Vlnstittit
international de Sociologie (1) y el V de VArmée sociologi-
que (2), publicación la primera, como es sabido, dirigida por
M. Worms, y la segunda por M. Durkli«im, y que son las que
venimos tomando como base principal para hacer estos resú-
menes anuales del movimiento científico de la Sociología (3).
Contienen ambas publicaciones los trabajos que es costum-
bre que cada uno contenga: á saber, las dos, monografías más
<5 menos largas j especiales y el A fio; además, las numerosas,
numerosísimas notas, análisis y críticas délas obras sociológi-
cas publicadas en todo el mundo durante el período á que sus
indicaciones se refieren: esta vez de 1900 á 1901.
Las monografías no ofrecen la misma variedad que en
otras ocasiones. En VAnnée de M. Durkheim figuran dos de
indudable interés, una de M. Simiand, que es un Estudio acer-
ca del precio del carbón en Francia y en el siglo Z/X, y otra
(1) París, Giard y Briere, editores.
(2) París, F. Alean, editor.
(3) Los resúmenes de los cuatro años anteriores los ha reunido, con
otros trabajos análogos, eu mi libro Literatura y problemas de la Socio-
logia.
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 137
del propio Profesor Diirkheim sobre El totemismo. En los
Anales no figuran como en los volúmenes anteriores, trabajos
relativos á diferentes temas sociológicos, sino que se contienen
en éste varias memorias y resúmenes de discursos acerca de
un solo tema, de importancia capital, es verdad: del Materia-
lismo histórico ó económico^ tema que implica, entre otras co-
sas, una de las fórmulas más interesantes y de superior influjo
científico del «marxismo». Estas memorias y discursos cons-
tituyeron en su día, en su mayoría, los debates habidos en
parte de las sesiones del Congreso del Instituto de sociología
celebrado en 1900 en París, y no incluidos en el tomo VII por
su relativa extensión. Las varias memorias escritas en el año
1901 por algunos de los miembros del Instituto que no habían
asistido al Congreso (los Sres. Eouillée, Tarde, Sanz y Escar-
tín y Winiarsky), forman el contenido de este volumen VIII
de que doy cuenta.
Para ordenar los materiales á que en el presente artículo
necesito referirme, haré, ante todo, ligeras indicaciones res-
pecto de las memorias ó monografías de ambas publicaciones,
dejando para luego la indicación y apreciación del movimien-
to sociológico, tal cual resulta éste reflejado en la segunda
parte de Análisis de los trabajos publicados desde 1.° de Ju-
lio de 1900 á 30 de Junio de 1901, en el Año de M. Dur-
kheim.
II
El ensayo sobre el precio del carbón, de M. Simiand, tiene,
á mi modo de ver, un especial interés desde dos puntos de
vista; en cuanto mediante él se han ordenado y relacionado
datos y noticias, apreciaciones y consideraciones acerca del
complejo fenómeno económico que estudia, y porque es un
ejemplo de la aplicación que puede hacerse de un método y de
una doctrina social, al análisis real de aquel fenómeno, el pre-
138 LA ESPAÑA MODERNA
CÍO del carbón, determinado por las condiciones positivas de
espacio (Francia) y de tiempo (en el siglo xix).
Aunque, como acabo de decir, ambos puntos de vista tie-
nen interés, para el objeto presente, sólo importa el segundo,
esto es, importa señalar el criterio verdaderamente sociológico
con que el autor procede á la investigación de la evolución del
precio de una mercancía dada, el carbón.
La idea capital de que M. Simiand parte es la de que el
precio es un fenómeno en el cual hay un elemento esencial, que
es independiente hasta de aquellos mismos individuos que en
la venta y compra de las cosas siguen la acción de las exigen-
cias del régimen económico, y parece que lo fijan y determi-
nan. Ahora bien, escribe M. S., «ese elemento esencial del
precio es el hecho objetivo de que debe partirse en un estudio
científico positivo», estudio de observación de los precios rea-
les. Por otra parte, y ésta es quizá la indicación más intere-
sante, «la predeterminación del precio que á nosotros se nos
impone, tiene los caracteres de un fenómeno social. Porque sea
objetiva, no deja de ser de naturaleza psicológica; es estima-
ción, es opinión. La misma observación superficial advierte
que varía según los medios sociales, según los momentos de
una evolución humana, según los grupos humanos considera-
dos». El estudio positivo lo que debe hacer es ahondar en el
fenómeno social mismo del precio, buscar sus causas, deter-
minarlas, que no son, en el fondo, sino fenómenos socioló-
gicos.
Y esto es lo que hace M. Simiand en su monografía, por
vía de experiencia ejemplar, y con el preciso objeto de hacer
ver «la naturaleza social de los fenómenos económicos que son
susceptibles de un conocimiento científico».
M. Durkheim, en su excelente trabajo, estudia el totemismo,
que tan alta importancia tiene desde el punto de vista de la
explicación de las instituciones primitivas; por ejemplo, las
cuestiones referentes á los orígenes del parentesco, del matri-
monio, de la moralidad sexual; en suma, cuanto tiene alguna
EL AÍ^O SOCIOLÓGICO (1901) 139
relación con la familia, y en ciertos respectos con la misma
organización social. Pero hasta aquí, aun cuando el totemis-
mo se había considerado en las obras de sociología, y me"
diante él se han querido interpretar importantes fenómenos
sociales, «todo lo que sabíamos acerca del mismo reducíase á
noticias fragmentarias, tomadas de sociedades muy diferentes
y que no se relacionaban entre sí. Jamás se había observado di-
rectamente un sistema totémico en su unidad ó integridad.
Esta grave laguna ha sido colmada gracias al libro de los se-
ñores Spencer y Gillen, acerca de las tribus australianas».
El libro á que M. Durkheim se refiere es The native Tríbes of
central Australia^ de que yo mismo he hablado en uno de mis
Años sociológicos anteriores (1). Los autores citados han «visto
funcionar en Australia una verdadera religión del tótem», y
han expuesto los resultados de sus investigaciones, resultados
de tal importancia, que han venido á confirmar la idea expues-
ta ya por el sabio Frazer, de que era preciso reformar total-
mente la noción tradicional de la religión totómica.
En efecto, hasta ahora se admitían dos reglas, considera-
das por lo común como esenciales en el totemismo: primera,
la prohibición de matar y de comer el animal ó la planta to-
tómica, y segunda, la exogamia ó prohibición del matrimonia
entre los individuos que llevasen el mismo tótem — diríamos
mote. — Pues bien, M. Frazer, en vista de los nuevos hechos
conocidos, cree que es preciso desconocer hoy el carácter ori-
ginal y la importancia fundamental que á esas dos reglas se
atribuía, y M. Durkheim, á partir de esta indicación de M. Fra-
zer, examina las condiciones del totemismo para ver el alcan-
ce de los caracteres que antes se reputaban como esenciales,
en el grupo de los Aruntas, con el auxilio, principalmente, de
los trabajos de Spencer y Gillen.
No me es posible seguir á M. Durkheim en su interesante es-
tudio. Sólo diré que se trata de un trabajo de valor positivo, en
(1) V. en mi libro citado, pág. 12.3.
140 LA rCSl\'vÑA MODERNA
el cual se contienen indicaciones y rectificaciones que es nece-
sario tener muy en cuenta en el estudio de la organización so-
cial primitiva, especialmeute en la sociología religiosa y jurí-
dica. La importancia que M. Durklieim atribuye al libro de
Spencer y Grillen, y el interés que según él alcanza para la in-
terpretación de ciertos momentos de la evolución social de los
Aruntas, me parecen perfectamente justificados. El paso de la
religión del clan á ser religión de tribu, es de la más alta sig-
nificación, siendo también de interés capital y de gran impor-
tancia científica la condición particular de los xlruntas, en
cuanto en ellos «una transformación que de ordinario no se pro-
duce sino en una época bastante tardía, se ha verificado allí en
el momento mismo en que las instituciones totémicas estaban
aún fuertemente organizadas».
III
Del Materialismo histórico^ ó bien de la interpretación
económica de la historia^ como con más exactitud quiere que se
diga Seligman (1), ó bien todavía de la interpretación rea-
lista de la historia, como escriben otros, decíamos que se tra-
ta en todo el volumen YIII de los Anales de M. Worms. Hay
en éste, además de las monografías ya citadas, trabajos de
Kelles-Krauz^ ¿Qm es el materialismo económico?] de Loria,
Los fundamentos racionales del materialismo histórico; de De
Greef, El Materialismo histórico; de G-roppali, Del lugar que
el materialismo histórico ocupa en la filosofía y en la sociología
contemporáneas, y de F. Puglia, Sobre el materialismo históri-
co^ con observaciones más ó menos detenidas de los señores
Novicovv, Kovalewsky, Gi-rasserio, x4.briko3áof , Toennies ,
Ward, Limousin, Hoberty y Worms.
(1) Economíc Interpretation of Historij, artíc'alo.> publicados ea la Po-
litical Science Q;i,aterly {Dic'iQmhvQ 1901, Marzo y Junio 1902).
EL AÍÍO SOCIOLÓGICO (1901) 141
Independientemente del valor intrínseco de cadanna de las
memorias ó discursos que el volumen de los Anales comprende,
es evidente que mediante ellos puede formarse una idea de las
varias significaciones que aun dentro de los partidarios del
materialismo histórico ó concepción económica de la historia
tiene ésta, de los argumentos con que se la rectifica, así como
de no pocos puntos de vista de negación parcial, al propio
tiempo que de la manera según la cual la concepción marxis-
ta se incorpora á la evolución científica de la sociología. Sin
duda, aún no se reflejan en las discusiones del Instituto y en
las monografías posteriores todos los matices de la doctrina,
pero sí quizá los principales. Desde el punto de vista tradi-
cional que quiere provenir directamente de las indicaciones
nn tanto fragmentarias de Marx y los desarrollos ulteriores
de Engels, hasta los que fundan la teoría de lo que llaman,
como hace Loria, «economismo histórico», en la observación de
que el hecho social elemental es el económico, y los que propen-
den á ver en el factor económico un factor condicionado y co-
rrelativo, de todos, puede verse alguna manifestación en los
Anales.
La exposición de la doctrina como concepción monoeconó-
mica de la sociología, y según una genealogía marxista que
se estima pura, puede verse en el trabajo de M. Kelles-Krauz.
La vida social, la organización social se refiere al modo de
producción: este es el que determina toda la vida social, «por-
que en el origen toda la actividad intelectual voluntaria del
hombre en la sociedad — arte, filosofía, religión... — tiene por
linico objeto y fin la conservación de la vida y la satisfacción
de las necesidades materiales esenciales...» O en otros térmi-
nos: «la categoría económica de los fenómenos sociales, forma
la base de toda la superestructura, el contenido de toda la for-
ma social».
Si la índole de este resumen lo permitiera, sería un tra-
bajo curioso y por extremo interesante hacer un paralelo
entre la monografía de M. Kelles-Krauz y la de MM. Loria,
Í42 I- A ESPAKA MODKItNA
De Greef, Groi^pali y Puglia; pero no puede ser, como tara-
poco podemos recoger aquí los reparos opuestos por algunos
de los sabios sociólogos citados á la doctrina discutida. Por
ser esta doctrina compleja en sí misma, de interpretación di-
fícil, de valor sociológico apreciado de muy diversa manera,
no cabe tratar de ella en los términos brevísimos que esta rese-
ña nos impone. Baste, pues, lo dicho como indicación suficien-
te para dar noticia del volumen YIII de los A^ialeSy y para po-
ner de relieve la importancia científica de la concepción his-
tórica que culmina en el marxismo.
IV
La parte destinada en el Año Sociológico de M. Durkheim
á analizar y criticar, ó simplemente á señalar los trabajos de
sociología científica, ó aquellos otros que pueden tener un es-
pecial interés para considerar sociológicamente las distintas
manifestaciones de la actividad humana — manifestaciones
ideales ó históricas, — no cede en importancia á la parte aná-
loga de los Afios anteriores. Más de cuatrocientos libros y ar-
tículos se examinan por el profesor Durkheim y los Sres. Mei-
ilet, E/ichard, Bougló, Hubert, Mauss, Lapie, Levy, Aubin,
Bourgin, Fauconnet, Hourtieg, Maitre, Parodi y Simiand,
figurando entre ellos algunos de autores españoles, como La
teoría básica de Salillas, La criminalidad en Asturias de Jime-
no Azcárate. La mala vida en Madrid de Quirósy Llanas, Es-
tudios de derecho penal preventivo de T>OY3i.áo, y Ciencia políti-
ca y Las Instituciones políticas de los pueblos hispanoamerica-
nos de Posada.
Los análisis aparecen, como siempre, distribuidos en sec-
ciones, cada una de las cuales comprende los indispensables
capítulos; he aquí los títulos de aquéllas: La primera, que es
la que abarca las obras que más directamente tratan de la so-
ciología, considerada ésta como ciencia aparte, se titula Socio-
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 143
logia general; las demás, casi todas, se refieren á un aspecto
sociológico particular de la vida humana: el religioso, el mo-
ral y jurídico, el criminal ó el económico. Otra sección (la sex-
ta) comprende un capítulo especial de la sociología científica,
la morfología social, y la última varios trabajos no clasifica-
dos en las secciones anteriores.
Pero veamos, aunque rápidamente, con algún detalle las
obras principales analizadas en cada una de las secciones in-
dicadas, comenzando, claro es, por la Sociología general.
Escritos por los Sres. Bougló, Durklieim, Parodi, Aubin^
Fauconnet, Richard y Huber, agrúpanse en esta sección pri-
mera los análisis y simples notas acerca de los trabajos rela-
tivos al objeto y método de la sociología, filosofía social, men-
talidad de los grupos, civilización, etnología colectiva y el
medio social y la raza.
Sobre el método, no de una manera general, sino como
Método histórico aplicado á las ciencias sociales, conviene citar
el libro de M. Seigiiobos, en el cual, á más de justificar la ne-
cesidad del método histórico, entre otras razones por la natu-
raleza de los materiales que las ciencias sociales emplean, se
restringe el concepto de estas ciencias de una manera arbitra-
ria, á mi ver, á las ciencias estadísticas, las ciencias de la vida
económica y la historia de las doctrinas económicas.
Acerca del objeto de la sociología se resumen en primer
lugar trabajos de Novicow {Las castas y la sociologie hiologi-
que)j y Espinas («Etre ou ne pas etre» ou du postulat de la so-
ciologie), destinados á discutir un artículo de M. Bouglé pu-
blicado en la Revue pMlosopliique acerca de La sociologie biolo-
gique et le regime des castes, y en que el autor combate la doc-
trina orgánica. Se da cuenta además de un libro de Loria {Le
Sociologie), para quien ésta debe «unificar y coordinar los re-
144 LA ESPAÑA MODERNA
sultados de las diversas ciencias sociales reduciéndolas á un
común denominador y mostrando su filiación necesaria á par-
tir de un solo grupo de causas ó fenómenos generadores».
A. Loria examina y critica desde su punto de vista las doctri-
nas sociológicas, que reduce á tres: la que explica la evolución
social por la evolución intelectual (Comte); la doctrina bioló-
gica (Spencer, Kidd, Ammon), y la sociología de base econó-
mica (el propio Loria, y las derivaciones del materialismo his-
tórico).
Tienen también interés para la delimitación, aún bien con-
fusa de la sociología, dos estudios: de Small el uno, y relativo
al objeto de la sociología {The scope of sociology); y de Fau-
connet y Maus el otro, titulado Sociología. La concepción de
M. Small es esencialmente psicológica; el trabajo de los otros
dos escritores, inspirado sobre todo en las ideas que imperan
en el Año, tiende á hacer ver el carácter distinto de la vida
social; siempre más compleja que la vida individual.
Son varias y de cierto muy interesantes las obras analiza-
das que pueden considerarse como de filosofía social; real-
mente son casi todas verdaderos ensayos de construcción ge-
neral de la sociología, aun cuando algunas de ellas, como la
de J. Simmel {Philosophle des Geldes, Filosofía del dmero),
parezca ser un trabajo sobre sociología económica. Como ad-
vierte con razón M. Durkheim, «apenas hay problema socio-
lógico que no se aborde con ella; así puede allí verse una teo-
ría de la esclavitud, de la servidumbre, de la compra de mu-
jeres, de la pena, de la composición, de la libertad», etc., etc.
«Es — añade M. D. — un tratado de filosofía social» el libro de
Simmel..., aunque todo el objeto de la ciencia sea considerado
por el autor desde el punto de vista del dinero. De todos mo-
dos, lo esencial es que estamos ante una obra de verdadera
importancia, de espíritu científico certero; una obra, en suma,
filosófica en alto grado, de las que ponen de relieve el campo
amplísimo de acción que á la especulación analítica y cons-
tructiva ofrece la sociología.
EL AÑO SOCIOLÓOICO (1901) 145
Entre las otras obras deben citarse las de Marinis, Sistema
di Sociologie; De Greef, Le transformlsme social (2.^ edición);
Salillas, La teoría básica; Palante, Precis de Sociologie (un re-
sumen muy interesante del estado presente de la ciencia), etc.
El propósito de Marinis es «establecer entre la filosofía teoló-
gica y la filosofía metafísica de la historia una concepción ex-
perimental del mundo social que sea una parte integrante de
la concepción positiva, experimental, del mundo». No conozco
el libro de Marinis, pero el juicio que el crítico del^ño for-
mula acerca del mismo hace presumir que no se trata de una
obra de superior importancia.
Un trabajo de P. Rossi, Psicologie colettiva morhosa; otro
de Sighele, La foule criminelle (del que hay traducción espa-
ñola) (1), y la interesante obra de M. Tarde, DOpinion et le
foule j con otras de menor importancia, constituyen la biblio-
grafía registrada en la mentalidad de los grupos.
Al frente del capítulo titulado Civilización en general y tipos
de civilización, al que sigue otro con el título Etnología colec-
tiva, pone M. Durkheim algunas observaciones de las que poco
á poco van precisando el razonamiento lógico del sistema que
desarrolla el Año en la distribución de las materias que abar-
ca. Estima M. D. que pueden comprenderse bajo el epígrafe
de Sociología general las obras que estudian los tipos diferen-
tes de civilización, así como aquellas otras que se refieren al
carácter de los pueblos, ya que «en la sociedad, al igual que
en el individuo, el carácter es el nudo central y permanente
que une unos con otros los diversos momentos de la existencia
y que constituye la continuidad de la vida».
Y son varios los trabajos sobre civilización y cultura de
las Sociedades recogidas en el Año. Figura en primer lugar el
Manual de historia de la civilización, de O. Henne am Rhj^n, y
luego el libro de Schurtz, Urgeschichte der Kultur, y paraquien
(1) La muchedumbre delincuente, publicada por La España Mo-
derna.
E. yi.— Septiembre 1902. 10
146 LA ESPAÑA MODERNA
la civilización no es un conjunto de productos, sino de fuer-
zas, esto es, un concepto dinámico, y no de fuerzas individua-
les, sino sociales. Se analiza también en el Año el estudio de
Boutmy sobre Una psicología política del pueblo inglés en el
siglo XIX.
Dos libros de etnografía se citan más adelante: el de Ri-
pley, The Races of Europe, que procura mostrar de que suerte
reobran los fenómenos sociales sobro los caracteres físicos; y
el de Sergi, Ihe Mediterranean Race.
VI
Como en años anteriores, la sección de Sociología religiosa
es la que ocupa más páginas de VAnnée, y aquella en la cual
se analiza detenidamente mayor número de trabajos. En
efecto, á 131 páginas se eleva esta vez el espacio destinado á
dicha sección, estudiándose en ella 44 obras, sin contar las
numerosísimas revisadas más brevemente ó simplemente indi-
cadas. La sección que sigue en importancia á ésta es la titu-
lada Sociología jurídica y moral, que llena 114 páginas, com-
prendiendo el análisis detenido de 36 obras más ó menos im-
portantes. Todo lo cual revela que los fenómenos y los proble-
mas que hoy por hoy parecen interesar más á los hombres de
estudio, son en primer término los religiosos, y luego quizá
los jurídicos y morales (de organización social, políticos, do-
mésticos, jurídicos en sentido estricto, etc.).
Por otra parte, y debido quizá á la misma abundancia de
materiales y á una correspendiente diversidad de puntos de
vista, MM. Hubert y Maus, que tienen á su cargo la sec-
ción religiosa del Año^ se ven precisados á razonar y á com-
pletar las bases de su clasificación, por grupos, de las distin-
tas obras examinadas.
Esta vez procuran los indicados autores exponer la clasifi-
cación ideal, y lo hacen en estos términos: «El plan de esta
sección — escriben — ha variado hasta aquí con el progreso do
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 147
nuestros estudios. Sin renunciar á modificaciones ulteriores,
creemos haber llegado á una fórmula más estable, que vamos
á justificar.» Una clasificación ideal, según ellos, debería dis-
tribuir el conjunto de los fenómenos religiosos, bajo estos cua-
tro epígrafes: 1.°, representaciones religiosas; 2.**, prácticas
religiosas; 3.°, organización religiosa, y 4.°, sistemas religio-
sos. Pero conviene advertir que ni los hechos ni los libros se
acomodan todavía á tan sencilla clasificación, por lo que no la
siguen con absoluta fidelidad, como á continuación podrá ob-
servarse.
Son, en efecto, ocho los capítulos (algunos de ellos subdi-
vididos en artículos) en que aparecen agrupadas aún las obras
examinadas en el Ario. En el primero, bajo el título de Concep-
ciones generales^ Metodología, examínase el estudio de L. Ma-
rillier sobre Religión en la Grande Encyclopedie, admirable
resumen de los resultados generales de las ciencias de las re-
ligiones, y el de E. Murisier, Les maladies des sentiments re-
ligieux. En el segundo. Formas elementales de la vida reli-
giosa, aparte las indicaciones relativas á los trabajos sobre
Animismo, de Boschert y de Koch, otras sobre los estudios
acerca del Totemismo, de Reinach y Thomas, y otrasmás sobre
los libros deRhys y Campbell (referentes á creencias y prácticas
populares), etc., etc., se inserta un largo ó interesante análisis
sobre el importante libro del insigne Frazer, The Golden BougJi
(estudio sobre magia y religión), libro que ha ejercido un in-
flujo poderoso en los estudios de los fenómenos religiosos, y del
que ahora se acaba de publicar una segunda edición corregida y
aumentada. «Este amplio estudio, dice M. M., que trata de tan-
tas cuestiones capitales, tiene por punto de partida la «rama
de oro» que el futuro sacerdote de Nemi debía separar antes
de matar al sacerdote en funciones, cuyo sucesor había de ser
después de la muerte del mismo.» Frazer es uno de los escri-
tores que han ahondado más en la interpretación de los cultos
de la vegetación, en el rito sanguinario, en el totemismo, et-
cétera, etc.
148 LA ESPAÑA MODERNA
En el capítulo de la Magia se señalan, entre otros, el tra-
bajo de W. Caland, Ritual mágico de la India antigua^ y en el
de Creencias y ritos sobre los muertos^ los de Soderblom, La vie
future d^aprés le Mazdeisme, y Koch, Die Vampyrsagen und
iJire Vericertuiig in der deutschen Literatur. 9
M frente del capítulo destinado al Ritual ponen los auto-
res que escriben esta sección en el Año algunas indicaciones.
para explicar el contenido del mismo. Según éstos, se ba esti-
mado conveniente cambiar el orden con el cual se estudiaban
antes el ritual y las fiestas. Son tres las divisiones comprendi-
das en el Ritual: la una, el calendario, el año litúrgico; la otra.
Ceremonias completas y ritos manuales, y la tercera. Lugares^
de culto.
El capítulo de Representaciones religiosas se subdivide en
varios artículos: en el primero, representaciones religiosas de^
seres ó fenómenos naturales, se da noticia del folleto de Ne-
grioli sobre Los genios entre los romanos; en el segundo, re-
presentaciones de los seres religiosos, se resumen trabajos so-
bre espíritus, dioses, santos y demonios; en el tercero, los mi-
tos, se analiza la obra de Gunkel sobre Génesis, un comen-
tario del génesis, liecbo por un hombre que trata de en-
lazar entre sí los hilos de la mitología semítica; en el cuarto,.
los cuentos se agrupan, los propiamente dichos, en los cua-
les el elemento creencia ha desaparecido á medida que su
carácter se ha determinado; naturalmente, se trata de aque-
llos cuentos que conservan un sabor religioso, místico, cuen-
tos que á veces contienen leyendas explicativas de religiones:
entre otras obras se analizan aquí las de Dottin, Contes ir-
landais^ y de Sebillot, Contes des ¿andes et des gréves; por úl-
timo, en el quinto, los dogmas, se da noticia por extenso del
libro de Kattenbusch, Das Apostolisches Symbol, queM. Maus
estima debe considerarse por mucho tiempo como definitivo,.
por contener casi todo cuanto se sabe acerca del símbolo apos-
tólico.
Eestan aún dos capítulos en esta Sección: el uno, que resii-
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1001) 149
me las publicaciones sobre Sociedad religiosa, y el otro, Es-
tudios de conjunto sobre las grandes religiones, de Selliii y de
Nikel, sobre la judía, de Dussaud, sobre Histoire et religión
4Íes Nosairis, etc., etc.
VII ,¿
Como la anterior, la sección de Sociología jurídica y moral
abarca las numerosas obras analizadas en varios capítulos, se-
gún vamos á ver.
Figuran en primer lugar y bajo el epígrafe de Considera-
ciones generales, entre otros, el libro de Dumont, La moral
fundada en la demografía, quien, considerando la moral como
cosa social, estima que toda práctica debe ser juzgada según
su valor social; y el de Roberty, Constitución de la Etica, el
<íual sostiene de un lado la concepción del hombre como un pro-
ducto bio-social; de otro, que la moral ó ética se define como
idéntica á la sociología, y por fin, unalej^ universal é irrever-
sible que entraña «una escala de los factores» y correlativa
mente la escala de los valores superorgánicos, ó en otros tér-
minos, la sucesión necesaria de los fenómenos sociales: la
ciencia, fenómeno inicial, que precede y determina una filo-
sofía de la religión, que á su vez determina el arte, y éste, por
fin, la acción práctica. %
A continuación se analizan muy interesantes trabajos so-
bre Crganización social en general; los unos, como los del sabio
Kohler, sobre el derecho de los herreros de los papús y de los
bantones, y otros, acerca de la organización feudal (obras de
Heck, Doniol y Sée), y por último, otros acerca de ciertas
formas complejas de vida social.
En el capítulo de la Organización política se hace una dis-
tribución natural de las obras analizadas bajo dos epígrafes,
á saber: Teoría general del Estado, y Formas particulares de
organización política. Como obras generales, se analizan por
extenso, entre otras, dos: la de Jellinek (gran autoridad en de-
150 LA ESPAÑA MODERNA
recho político hoy en Alemania), El derecho del Estado moder-
no, y la de Dugnit, VEtat. Le droit ohjectif et la loi positice.
La de Jellinek, incompleta aún, es un excelente tratado de de-
recho político, en el cual se estudian los problemas capitales-
del Estado y se hace la crítica (constructiva) de las principa-
les teorías políticas, aprovechando en parte los influjos de la
sociología, pero manteniendo viva y sustantiva la acción de
la filosofía política. La idea del Estado tiene en Jellinek un
carácter dinámico: el Estado, según él, existe sobre todo como
función. «Toda sociedad es una colectividad de voluntades in-
dividuales que se proponen fines comunes, y el Estado es la.
unidad de una colectividad de ese género» con expresión terri-
torial, con poder propio para el derecho. Tiene también cierta
interés el libro de M. Dugnit, especialmente para la determi-
nación de la naturaleza real del Estado.
Como libros relativos á formas de organización política, se
habla del de Milioukov, sobre la Civilización rusa] de uno mío
sobre los Pueblos hispanoamericanos; del de No vico w. La fe-
deration de VEurope, etc., etc.
La organización doméstica contiene bastantes trabajos,
sobre todo trabajos de investigación histórica y etnográfica
acerca de la constitución de la familia, del matrimonio, la so-
ciedad conyugal y la moralidad sexual. Bien se advierte con
sólo pasar la vista por las obras aquí examinadas, de qué manera
tiene que ir transformándose el criterio constructivo de la»
instituciones civiles, consideradas en la evolución y en el cua-
dro general de sus diversas formas. Lo que se ha llamado et-
nología jurídica, va alcanzando un campo de acción amplísi-
mo y está llamada, sin duda, á influir poderosa y eficazmente
en el estudio del derecho civil, que en manera alguna deberá
circunscribirse á la historia europea y á la tradición romana,
germana y canónica. En el Afio^ analízanse con más ó menos
extensión los estudios de Sumner sobre los Yacutas] de Kohler,
sobre los Papús y sobre los Lndigenas de las islas Marshall;
de Darinsky, sobre los Pueblos del Cáucaso, aparte de otros
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 161
trabajos de carácter más general de Plessis y Grenedan, Dupró
de la Tour (Investigación de la paternidad)^ Grasserie (La fa-
milia artificial) j etc., etc. Las indicaciones hechas acerca de la
familia, tienen su aplicación lógica al derecho de propiedad y
al derecho contractual.
Salvo el estudio del sabio Westermarck sobre el Origen de
la pena, los demás, analizados por extenso bajo el título del
Derecho criminal en los diferentes tipos sociales, son de carácter
histórico: refiérese el uno, el de Foerster, al derecho penal mo-
saico; otro, el de His, al derecho penal de los frisones en la
Edad Media, y al derecho de venganza en el siglo xiii, el de
P. Dubois; en materia de Teorías generales sobre la pena y la
responsabilidad, conviene citar la obra de E. Mayer, acerca de
La acción culpable y sus diferentes especies en derecho penal;
la de Grasserie, Principes sociologiques de la criminalidad, y
la de Dorado, Estudios de derecho penal preventivo.
Aún quedan otros dos capítulos en esta sección, sobre el
procedimiento el uno y de varios el otro, en los cuales se com-
prende escaso número de publicaciones.
VIII
La cuarta sección de Sociología criminal y estadística mo-
ral, ó bien, estudios de las reglas jurídicas y morales conside-
radas en su funcionamiento, comprende seis capítulos que pro-
curaré indicar brevísimamente.
De Estadística de la vida doméstica trata el primero, ana-
lizándose en él un trabajo de M. Bertillon relativo al Número
de hijos por familia, y destinado á rectificar ciertas proposi-
ciones hasta poco ha consideradas como ciertas respecto de la
relación entre la esterilidad relativa y los factores orgánicos,
y entro el número de hijos y el grado de bienestar. También
se analiza otro trabajo de Prinzing acerca de La fecundidad
ilegitima en Alemania, en el cual se pone de relieve el influjo
152 LA ESPAÑA MODERNA
preponderante que es preciso atribuir en materia de natalidad
á las causas del orden moral, al temperamento colectivo del
grupo considerado. Una cosa se advierte, y es que la fecundi-
dad legítima es superior en las comarcas rurales á la de los me-
dios urbanos, lo cual entraña dos constituciones morales di-
ferentes. En las ciudades alemanas la natalidad disminuye
bastante, pudiendo señalarse una tendencia muy acentuada á
reducir á dos el número de hijos en cada familia.
Varias son las obras que nuestro insigne amigo, M. Ri-
chard, analiza y estudia sobre Criminalidad en los diferentes
países: entre ellas, merecen especial mención la del Sr. Gue-
rrero, Génesis del crimen en Méjico, que M. E,. califica de no-
table; la del Sr. Jimeno, La criminalidad en Asturias^ y el ar-
tículo de Tarnowski acerca de La distribución geográfica de la
criminalidad en Rusia. El propio M. Richard es quien resume
y critica las publicaciones acerca de los Diversos factores de la
criminalidad, á saber: el factor económico, las condiciones so-
ciales, la edad, el sexo, examinando al efecto trabajos de
O-. Tarde {La criminalidad y los factores económicos) , de Tar-
novv^ski {La delincuencia de la nobleza rusa), de Perriani
(Delincuencia precoz y senil), etc., etc. Con el título de Formas
especiales de la criminalidad y la inmoralidad, M. Richard
examina á continuación, entre otros, un libro muy interesan-
te, el de M. Proal, El crimen y el suicidio pasionales, ó sea
iin estudio sobre el amor sexual como factor del crimen y del
suicidio; y bajo el de Medios criminógenos, sociedades de mal
hechores y sus costumbres, resume ampliamente el excelente
trabajo de los jóvenes escritores españoles Bernaldo de Quirós
y Llanas A guilaniedo, sobre La mala vida en Madrid.
M. Richard termina la sección de que hablamos resumien-
do el estudio de Ferrier, Travail et inspection genérale en
prison.
EL A]ÍO SOCIOLÓGICO (1901) 153
IX
Sigue en extensión á las Secciones de sociología religiosa
y jurídica, la destinada á reflejar el movimiento «literario»
de la Sociología económica. Comprende ésta sus diez capítulos,
pero sólo nos referiremos, para abreviar, á aquellos en que se
registran publicaciones de alguna importancia. Uno de éstos es
el de Metodología y problemas generales^ en el cual M. Si-
miand analiza los interesantes Elements of Statistics de Bow-
ley, y la notable obra de W. Carlile, The evolution of modern
money ^ en la cual se aborda el examen de la moneda desde un
punto de vista histórico, punto de vista este que además tie-
ne su- alcance seguramente sociológico. Se trata, á lo que pa-
rece, de un trabajo de reconstrucción crítica, de cuestiones
que la tradición daba ya como resueltas. Obro de los capítulos
de esta sección es el de Sistemas económicos^ recordando M. Si-
niiand que aplica el término sistema «para significar el con-
junto de las relaciones ó instituciones que caracterizan* una
sociedad», v. gr., los tipos distinguidos por Schmoller de eco-
nomía familiar, urbana, nacional, ó los que señala Bücher
como de economía sin cambio, del cambio inmediato, del cam-
bio indirecto, etc. Aunque, acaso provisionalmente, M. Si-
miand coloca en este capítulo la (7Hs¿s como fenómeno que ca-
racteriza el desenvolvimiento del sistema económico occiden-
tal en nuestro siglo.
El primer libro examinado por M. S. en el capítulo á que
nos referimos es el de Francotte, U industrie dans la Greee an-
cienne^ estudio acerca de la organización de la industria pri-
vada y de las obras públicas en este país desde los puntos de
vista jurídico, económico y social. A Grecia (antigua) se cir-
cunscribe también el trabajo de P. Giraud sobre Le main-
d^oevre industrielle, examinado luego. El libro sobre la crisis
(Economic crises)^ analizado en este capítulo, es el interesante
de M. .Jones.
154 LA ESPAÍiA MODEBNA
Otro de los capítulos importantes es el titulado Régimen de
la producción, obra de M. Simiand y de M. Bourgin, el cual
tiene su verdadero complemento en el siguiente, relativo á las
Formas de producción: en el primero de estos dos capítulos se
distinguen cuatro clases de regímenes de producción: el de
esclavitud, el corporativo, el cooperativo y el de los trusts.
Respecto de todos estos cuatro regímenes se señala en el Año
alguna obra interesante: así, respecto del primero, puede ci-
tarse la obra de Nieboer, Slavery as an industrial System^ tra-
bajo de carácter etnográfico, empleándose en él un método
inductivo y comparativo de indagación de causas y determi-
nación de formas: respecto del segundo, sólo se registran los
Estudios sobre la historia económica de Florencia, de Doren.
Acerca del tercero, la obra, entre otras, de Bonjansky, sobre
Las cooperativas industriales en Bélgica, y por último, respec-
to del tema palpitante de los trusts, señálase, en primer térmi-
no, el libro de Jenks, The trust problem.
El capítulo más nutrido sin duda de esta sección, es el
relativo á las Formas de producción. En él se habla nueva-
mente de la obra antes citada de Doren, la cual, aparte
su valor histórico, debe estimarse como investigación intere-
sante de los orígenes del capitalismo moderno en las ciudades
italianas de la Edad Media, y además del libro de Maas sobre
El influjo de la máquina en la industria de la carpintería en
Alemania, etc. Bajo el epígrafe especial de Formas del co-
mercio señálase el trabajo de Pohie acerca del Desenvolvi-
miento del comercio al detalle.
Todavía hay otros dos capítulos que contienen algunas
obras recomendables: uno que se titula Elementos de la dis-
tribución, y otro titulado Clases económicas.
Los trabajos relativos á los dos elementos que concurren á
la constitución formal de las sociedades, lo que pudiéramos
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 155
llamar medio geográfico, y la población, bien sea ésta como
factor general, bien en su determinación particular bajo la
acción del medio geográfico, los reúne M. Durkheim bajo el
epígrafe general de Morfología social^ distribuidos lógicamen-
te en tres capítulos: 1.°, La base geográfica de las sociedades,
donde se da cuenta del libro de Demolins Les grandes routes
des peuples;2.^y La población en general, que comprende, entre
otros, el examen del libro de Goldstein, Los problemas de la
población en sus relaciones con el desenvolvimiento respectivo de
las diferentes profesiones en Francia, y 3.^, Los grupos urbanos
y rurales, en el cual M. D. nos da amplia noticia del libro de
Pirenne Histoire de la Belgique, y áe otros varios.
XI
La séptima y última sección del Año, titulada Varios, con-
tiene algunos trabajos de verdadera importancia. De una par-
te, en el capítulo de Sociología estética, esto es, considera-
ción de las actividades sociales que se manifiestan en el arte,
y de las leyes sociológicas que en él se revelan, figuran anali-
zadas, entre otras, la obra de Hirn, The origins of Art, y la de
Loewy , Die Naturwiedergabe in der aelteren griecMschen
Kunts. La de Hirn es, sin duda, un trabajo de real interés;
nn esfuerzo notable, dice M. Maitre, para fundar la estética
sobre los datos puramente psicológicos y sociológicos. «La te-
sis esencial puede reducirse á una profunda distinción entre
dos problemas: el del impulso artístico, que es de orden psico-
lógico, y el de los medios que este impulso emplee para actua-
lizarse, que es de orden sociológico.» En opinión de Hirn, los
orígenes concretos del arte son cuatro: la información, la se-
lección sexual, el estímulo para el trabajo, y, en especial, la
guerra y las prácticas mágicas.
Por otra parte, en el capítulo destinado al Lenguaje se da
cuenta de las dos partes publicadas del gran libro de Wundt,
156 LA ESI'AÑA MODERNA
'\^ ólherpsychologie , volumen primero (El Lenguaje). M. Wundt
define, ante todo, la Wólkevpsychologie como el estudio de «los
procesos psíquicos sobre los cuales descansan el desenvolvi-
miento general de las sociedades humanas y la creación de las
producciones intelectuales comunes de valor universal». Este
primer volumen, destinado, como se indica, al lenguaje, com-
prende nueve capítulos que tratan, sucesivamente, de los mo-
vimientos expresivos, el lenguaje de los gestos, los fonemas,
el cambio fonético, la formación de las palabras, las formas,
el arreglo de las frases, el cambio de sentido y el origen del
lenguaje.
XII
Y hecho este rápido, aunque quizá nada ligaro resumen del
movimiento sociológico, réstame tan sólo, para terminar, for-
mular algunas apreciaciones sobre el interés que las cuestiones
de la Sociología despiertan, sobre la elaboración científica de
la Sociología misma como disciplina intelectual, y acerca de
las tendencias que parecen dominar en esta elaboración.
No hace falta esforzarse demasiado para señalar cuál es la
cuestión que con más especial interés se ha investigado, ó más
bien, aparece investigada en las publicaciones que nos sirven
de base para estos resúmenes anuales: es la del materialismo
histórico. Todo el volumen de los Anales está, como hemos
visto, destinado á estudiar este punto, y en los libros analiza-
dos en el tomo de V Année, de M. Durkheim, se advierten mu-
chas referencias á la cuestión, pudiendo señalarse algunos que
están concebidas y escritas bajo la preocupación que el mate-
rialismo histórico supone: la preocupación económica.
Pero ¿puede decirse que la preferencia dada por los Ana-
les al problema del materialismo histórico, responda de una
manera exacta á una posición general del pensamiento socio-
lógico? O en otros términos: ¿es de tanta y tan adecuada opor-
tunidad el examen de esta doctrina, que merezca los honores
EL AÑO SOCIOLÓGICO (1901) 157
de nn volumen entero de una publicación como la de mon-
sieur Worms? Sin vacilación alguna me atrevo á contestar
afirmativamente.
El materialismo ó realismo histórico, ó interpretación eco-
nómica de la historia, es de un lado una gran fórmula social
que se difunde con extraordinaria rapidez hasta por los me-
dios políticos, merced al socialismo científico^ que la ha recibi-
do de su gran teorizador Marx; por otro lado, apenas hay una
concepción sociológica hoy que no se conceptúe obligada á
definir su posición ante el econo mismo histórico, y de un modo
más general que no crea indispensable determinar la natura-
leza, el valor, la trascendencia sociológica del fenómeno y del
factor económicos. Y por fin, no cabe duda que entre las ten-
dencias imperantes en la construcción doctrinal de la Sociolo-
gía, hay una que ve el cimiento de la vida social, el hecho so-
cial elemental en la relación económica, entendida ya de un
modo sencillamente biológico, ya elevándose á una explicación
psicológica de la misma.
En cuanto al valor que pueda darse á los trabajos de So-
ciología general analizados en VAnnée con respecto á la ela-
boración científica de la Sociología, pocas palabras he de de-
cir. No puede estimarse, en rigor, ninguno de ellos como de
superior importancia. Si prescindimos de la obra de Simmel,
que construye la Sociología desde el punto de vista parcial
que más arriba indicábamos, perO que es una obra al fin y al
cabo fundamental, los demás trabajos no son verdaderas obraí^
sistemáticas, fuera la de Marinisi. Esto no obstante, sería in-
justo no apreciar como «contribuciones» de relativa impor-
tancia para determinar y definir el objeto de la Sociología,,
los estudios de Novicow, Espinas, Loria, Small y Fauconnet
y Mauss: mediante ellos, la sustantividad doctrinal de la So-
ciología se acentúa más y más.
Por iiltimo, respecto de las tendencias imperantes en las
nuevas investigaciones, no sólo en las que directamente se
proponen los problemas de filosofía social, sino en las que exa-
158 LA ESPAÑA MODERNA
minan sociológicamente las diferentes actividades humanas,
los fenómenos sociales, las instituciones históricas, si por un
lado se advierte, como antes indicamos, un gran imperio del
«economismo», aun en éstas domina el sentido psicológico, no
puramente abstracto, sino en composición con los elementos
aprovechables del biologismo.
Adolfo Posada.
LECTURAS AMERICANAS
SUMARIO: La Revista Nacional (Buenos Aires). — La etimolo-gía de
Copacabana. — Unidad de la civilización sud-americana. — Los primitivos
americanos.— Explotaciones prehistóricas de minas. — ¿Cuál fue la raza
primitiva?— Influencia de la pluralidad étnica en la formación de las
nacionalidades. — Psicología de los simuladores. — Los «característicos»
y los «indiferentes». — Clasificación de los simuladores. — Los astutos. —
Los serviles. — Los «fumistas». — El «fumismo» literario. — Los disiden-
tes.—Los psicópatas.— Los sugestionables.— Ejemplos de cada uno de
estos tipos. =Revista jui'ídica y de ciencias sociales. — Proyecto de un
Congreso universitario hispanoamericano. — Su utilidad. =La Revista
nueva. —Un mapa inglés de Chile y la cuestión de límites con la Ar-
gentina.—Un libro sobre el helenismo y la literatura latina.
La Revista Nacional (Buenos Aires) publica en su número
de Junio, 1901, un estudio sobre el origen y significación de
la palabra Copacabana, firmado por el escritor brasileño Go-
mes E-ibeiro. Dase el nombre de Copacabana «auna playa, en-
senada y península próxima á la entrada de la bahía de líío
Janeiro». El autor, partiendo del hecho de que esa palabra
es india, usada por los indígenas tamoyos de la localidad para
designarla referida playa, pregunta: «¿Cuál es su etimología?
¿Es genuinamente tupi ó fue trasplantada de otra lengua? En
este último caso, ¿coincide su significado en las dos lenguas...?
En el aymará existe la misma palabra Copacabana, aplicada
en el Perú también á una península en el lago de Titicaca.»
Según la interpretación del autor, la voz en cuestión (que
primitivamente debió decirse Capacabana), descompuesta en
sus vocablos componentes, significa en ambos idiomas, poco
160 LA ESPAÑA MODERKA
más ó menos, lo mismo: «Monte donde la gente de trajes de
variados colores apareció», y «lugar donde el Señor apare-
ció* y «de hecho es en el lago de Titicaca donde la primitiva
leyenda coloca la cima del imperio incásico, haciendo surgir
de allí el primer inca, Manco-Capac, esto es, rey ó señor».
Las conclusiones á que llega el Sr. Gómez Ribeiro, y en
las que estriba el interés de su artículo, son:
1.* Identidad del vocablo en el Brasil y en el Perú.
2.^ Identidad del sitio, aquí y allá; península y playa, con
islas próximas.
3.* Identidad, en ambos lugares, del culto fervoroso de
N. S. de Copacabana, en la capilla, meta de romerías an-
tiguas.
4.^ Coincidencia verosímil de antecedentes históricos ó le-
gendarios, en los dos lugares; en el Perú, el advenimiento de
Manco-Capac, opuesto á los invasores toltekas ó nabuas; en el
Brasil, el desembarco, en la playa, de los primeros expedicio-
narios portugueses ó franceses.
5.* La ascendencia próxima de los tamoyos (los abuelos)
del tronco andino-peruano, conforme á la tendencia que se
acentúa hoy entre los sabios, de considerar la altiplanicie
oriental de Bolivia como el foco de irradiación de los tupís y
guaranís, ó su habitat^ en fin.
6.* La extensión del imperio incásico (y por lo tanto, la
diseminación de tradiciones, costumbres y lenguas de los
aimarás y quechuas, como ya lo demostramos, con B. Caetana
y Martins), hasta la República Argentina y el Paraguay
(guaranís), y las fronteras del Brasil, por el Marañón y el
Ucayali.
7.* Las facilidades relativas de las migraciones en una ó
en otra de esas direcciones, por los ríos Pilcomayo y Para-
guay, y por tierra mismo, como lo probó la expedición del le-
gendario expedicionario Alejo García, que fué hasta el Perú
con una fuerza de 2.000 indios tupís y guaranís; por los ríos
Yoruáj Purús y Madeira y por los afluentes del Amazonas
LECTURAS AMERICANAS 161
{coincidiendo con la línea geográfica de la introducción de la
nephrite y de \a> jadeite, tan prolijamente descrita por el sabio
Dr. Barbosa Rodríguez), como pasando por el lago de Ti-
ticaca.
8.* Finalmente, la no existencia de un vocablo que — sea
en la lengua portuguesa, en la francesa y en la española, sea
en las lenguas tupí ó guaraní — tenga una aplicación diversa
de la de referirse á la península, sea la próxima á la bahía
de Río Janeiro ó la del lago Titicaca; siendo así que la única
lengua en la cual se encuentran palabras con ese doble signi-
ficado y de analogía fonética ú ortográfica, es el aimará.
El autor, con gran discreción, no da como definitivas es-
tas conclusiones. Se limita á llamar la atención de los erudi-
tos filólogos, y refiriéndose á ellos, termina con estas palabras:
Sub judice lis est.
El Marqués de Nadaillac, cuyos estudios de prehistoria son
muy conocidos en España, vuelve, en un artículo que la mis-
ma Revista Nacional inserta (Nov.-Dic. 1901) y que está fe-
chado en 29 de Agosto, á tratar la cuestión de Los primeros
americanos. Su tendencia general, muy discutible, consiste en
rebajar extraordinariamente la fecha de la aparición del hom-
bre, que los descubrimientos arqueológicos de Egipto y Asiría
alejan cada vez más.
«El continente americano — dice el autor — ha sido proba-
blemente poblado posteriormente al Asia y á la Europa, y los
descubrimientos recientes tienden á rechazar la gran antigüe-
dad del hombre en América. Las fabulosas cifras dadas por
Xiyell, Vogt y otros más, son evidentemente exageradas. Es-
tamos muy lejos de los 150.000 años del hombre de Claymont
ó de los 57.600 atribuidos al esqueleto de la Nueva Orleans.
Citaré los dos Congresos Americano y Británico de 1897, el
uno en Detroit y el otro en Toronto; los descubrimientos de
Crenton han sido objeto de profundas discusiones, y los sabios
presentes se han pronunciado casi unánimemente en contra
de la fecha que se pretendía darles. El célebre cráneo de Cala-
E. M.—&'eptíembre 1902. H
162 LA ESPAÑA MODERNA
veras es reconocido hoy como el de un indio moderno. El mis-
mo Profesor Putnam, después de un viajé á California y de
ana seria investigación, ha permanecido vacilante en sus afir-
maciones.
»Se ha recogido en la ribera de la bahía de Saratosa un es-
queleto humano cuyos huesos se habían convertido en limoni-
ta, pero ningún fósil les da una fecha cierta.
»En fin, el curioso estudio de las transformaciones qu© ha
sufrido la región de los grandes lagos en la época moderna y
el de la retrograd ación de las caídas del Niágara, de San An-
tonio y otras más, hacen admitir á M. M. Winchell, Andrevrs,
Gilbert, que la disminución de los ventisqueros no puede ser
fijada más allá de siete á diez mil años antes de nuestro tiem-
po. Wright cree que siete mil años habrían sido suficientes
para la excavación de las gargantas del Niágara, y Winchell
da 7803 años para la formación del valle del Mississipí.
»¿Existen siquiera, pregunta Mr. Holmes, pruebas serias
de la existencia del hombre en América durante estos fenó-
menos, durante la época de la extensión de los ventisqueros,
por ejemplo?
5» La América del Sur no permite conclusiones más posi-
tivas.»
En cuanto á la civilización de los primitivos americano-?,
nótase una gran analogía con la de las razas prehistóricas de
Europa. Lo ^ominante en ella es la piedra tallada ó pulimen-
tada. El fuego era obtenido por iguales procedimientos que
en el Viejo Mundo, y lo mismo puede decirse en punto á la
cerámica, la domesticación de animales, etc. En cambio, los
yacimientos de metales son escasos: el hierro, el estaño, eran
«desconocidos, ó más bien dicho, no eran explotados en Amé-
rica antes de la llegada de los europeos, y el cobre, muy abun-
dante en ciertos puntos, llenaba él solo las necesidades de los
habitantes. Formaba una segunda etapa en su civilización.
»Los materiales empleados eran numerosos y diversos: el
silex, el cuarzo, el cuarcito, la pizarra, el argilito, el esquisto,
LECTURAS AMERICANAS 163
la piedra arenisca, la galaxia, la novaculista, el jaspe, la mica,
la lava, el basalto y otras. El cobre parece haber sido siempre
un objeto de lujo, y á menudo se unían á su posesión ideas su-
persticiosas.
»Las canteras y las minas de donde se extraían los materia-
les, se extendían en considerables superficies, variando entre
algunos acres á varias millas cuadradas. Los útiles eran de los
más primitivos: martillos de piedra, picos y rodillos de made-
ra. El fuego se empleaba á menudo.»
Entre las minas más notables que se han descubierto, figu-
ran: las de mercurio, de California; una de oro, en San Juan
de los Morros; pozos de petróleo en Ohío, Pensylvania y otros
sitios: todo ello muy anterior al siglo xv, en que Colón arribó
á América. El cobre se explotaba en diversos puntos del actual
territorio de los Estados Unidos, en Cuba, Méjico y la Colom.-
bia inglesa.
«La explotacixDn del cobre y del petróleo databan verosí-
milmente de la misma época (1).
»En general, los obreros que trabajaban el cobre operaban
por medio del martillaje y obtenían así hojas muy delgadas,
que cortaban y grababan con ayuda de tijeras y de punzones
de cobre ó de piedra. Parece también que conocían los hornos
de fusión, en donde fundían los fragmentos demasiado peque-
ños ó el metal demasiado impuro para ser utilizados. Mr. Ha-
milton Cusbing ha reconocido uno de estos hornos en el valle
del Vvio Salado, y ha conseguido, al cabo de varias horas de
trabajo, obtener la fusión del cobre en un horno semejante (2).
(1) Los pozos de petróleo han sido reconocidos en Oíd Creck, cerca de
«Titus ville» (Pensylvfuiifi), en Mecca (Ohío), en Emiskilen (Canadá). Se
ha preguntado si los nntig-uos americanos se servían del petróleo para el
alumbrado, como los chinos ó los antiguos habitantes de la Persia. Esto
es posible, es aún probable, pero nada permite afirmarlo. Ncwberry. An-
cient M'niing in North A^nérica.
(2) Frimitive Copper Workiuff Ainérica Anth. Enero, 1834. Ag^reg"ue-
mos que Squier ha visto cerca de China hornillos, y al lado de éstos esco-
rias que indicaban claramente su destino.
164 LA ESPAÑA MODERNA
Atm ha obtenido un éxito más considerable, y con los instru-
mentos primitivos que usaban los obreros ha llegado á repro-
ducir las imágenes tan variadas que nos han dejado.
»¿Quiénes eran estos mineros?
«¿Pertenecían á una raza hoy día desconocida, ó bien de-
bemos mirarlos como los antepasados de los indios qu3 los;
primeros exploradores americanos encontraron en posesión de
las inmensas regiones de la América del Norte? Es esta una
cuestión muy controvertida, ün sabio miembro del Instituto^
Mr. du Chatelier, adopta la primera opinión (1).»
Otros autores pretenden datar estas minas de una época^
reciente, atribuyendo su explotación á los indios históricos^
Nadaillac dice, por su cuenta, que no es posible afirmar
nada concreto, porque, de un lado, hay un abismo enorme
entre la civilización que denotan los primitivos restos de Nor-
te América y el estado de barbarie de los indios que hallaron
los conquistadores europeos; de otro, y según las conclusiones
(iel Dr. Brinton (The American Race), «todos los americanos
presentan el mismo tipo y pertenecen á una raza única». —
«¿Cómo explicar entonces — pregunta Nadaillac — las diferen-
cias tan marcadas en su civilización?»
«La América del Norte comprendía tres zonas de civiliza-
ción bien distintas. La que se extendía sobre la mayor parte-
de los Estados Unidos actuales; la de Centro América, donde-
el Yucatán ofrece curiosos monumentos, y la de Méjico», más-
curiosa é importante aún.
D. Belisario García estudia, en el número de Febrero de-
1902, una de las muchas cuestiones americanas palpitantes.
Su artículo, que se titula Influencia de la pluralidad étnica en
la formación de las nacionalidades, defiende el cruzamiento de-
razas, base, á su juicio y al de otros autores, de la prosperi-
dad de los Estados Unidos.
Aplicando sus observaciones y razonamientos á la Améri-
(1) Mat. pour Vhistoire de Vhomme.
LECTURAS AMERICANAS 165
•ca latina, dice que ésta presenta un espectáculo completa-
mente opuesto:
«Los problemas que sacuden el organismo de estos pueblos
aiada tienen de parecido á las cuestiones que suelen conmover
la opinión anglo-sajona
»La época actual es, sin género de duda, una época crítica
para Sud- América. La suspicacia ha sustituido á la buena fe; el
recelo lia ocupado el lugar de la tradicional confianza en que han
descansado hasta hoy estas nacionalidades; el espíritu delucha,
en fin, ha reemplazado los viejos hábitos de serenidad y de
<íordura que fueron un tiempo eslabones de una misma ca-
dena de aspiraciones en el natural desenvolvimiento de las
ideas.
»¿Qué queda hoy de todo aquello? Un recuerdo vago en la
historia y nada más. ¿Cuál es la razón, sin embargo, que mo-
tiva todos estos recelos, todas estas desconfianzas, todo este
■enorme enredo en que viven los pueblos sud-americanos?
»Yamos á decirla. En Sud-América los pueblos no se co-
nocen: existe un aislamiento completo y las vías de comuni-
cación han sido miradas hasta hoy como cosas secundarias,
sin trascendencia política internacional ninguna. Países que
viven así, es natural que carezcan de todas aquellas aspiracio-
nes de unión y de derecho que han labrado en otras partes la
grandeza de los pueblos. ¿Cuántos años ha costado de predi-
cación para que la Argentina y Chile comprendan la inmensa
importancia continental de los ferrocarriles trasandinos?
»Yolvamos ahora á la cuestión capital, para precisar las
ideas y deducir las consecuencias que derivan de la transfor-
mación que en este momento se opera en América, en virtud
del cruzamiento de las razas y del empuje inevitable de las
necesidades é intereses del tiempo. Leyes ineludibles de la
historia nos indican que los países sud-americanos que han
adoptado abiertamente la mezcla étnica de elementos latinos
y anglo -sajones, preponderantes hoy en Europa, tienen for-
zosamente que desenvolverse con la misma intensidad social
166 LA ESPAÑA MODERNA
con que se desarrollan las posesiones inglesas de Ultramar y
los Estados Unidos del Norte.
» ¿Quiénes quedan entonces en la orilla opuesta en este sa-
cudimiento fisiológico universal? Las naciones atrasadas, Ios-
pueblos apegados á la tradición y al quietismo, las razas que
se consumen en el aislamiento y que vegetan entontecidas en
el pudridero de las ideas muertas. Para Sud-América este
problema es el problema vital por excelencia. Quien desco-
nozca ó ignore la gravedad que él envuelve, sin cuestión al-
guna, demuestra que desconoce ó ignora los complejos meca-
nismos de que está organizada la sociedad política actual y
no alcanza á medir con exactitud las tendencias que forman
en este momento la aspiración del tiempo.»
El Sr. D. José lugegnieros, conocido ya por otras publi-
caciones de importancia, adelanta en el número de Marzo un
fragmento de su libro Simulazione delta Pazzia, que están im-
primiendo los editores Bocea (Torino). El fragmento es cu-
rioso é interesante y se refiere á la Psicología de los simulado^
res. Son simuladores «los sujetos que, por tendencia y por há-
bito, suelen valerse de la simulación como medio astuto de
adaptación en la lucha por la vida». Para caracterizar mejor
este tipo, el autor recuerda y explana la división, ya corrien-
te, de los hombres en característicos é indiferentes. Los pri-
meros son «todos aquellos que tienen fisonomía propia, pre-
sentando cualidades diversificadas, tendencias originales y
capacidad fecunda para iniciativas distintas de las habitua-
les...; son los actores en el drama humano, en la evolución so-
cial». Indiferentes son los que presentan cualidades contra-
rias, «la masa anodina, el número abstracto». Claro es que el
concepto de característico tiene gran relatividad.
«En último análisis no existe un solo individuo, por muy
indiferente que sea, que no tenga una molécula de caracteres
propios y personales, que no ejerza su acción — tan infinitesi-
mal como se quiera — sobre el medio en que vive. Todos los
individnos, desde el m-ás grande hasta el más pequeño, nacen
LECTURAS AMERICANAS 167
Ó se moldean con más ó menos rasgos personales, y contribu-
yen necesariamente, según su poca ó mucha capacidad y me-
dida, á la vida del conjunto social. El concepto del «indife-
rente» y del «característico» no aparece de una manera clara
á nuestro espíritu sino cuando se mira al individuo con rela-
ción al movimiento del grupo social, con sus choques y sus
variaciones.»
Por ser los característicos los que se mueven y luchan en
primer término, debe darse en ellos con frecuencia é intensi-
dad la simulación necesaria para adaptarse al medio.
«Y los hechos son probantes. Es entre esos «luchadores
por la vida por excelencia» donde la simulación está más des-
arrollada y donde asume formas originales; en la masa amor-
fa, la simulación no existe sino como simple reflejo de las
simulaciones comunes á todos los que se anastomosan con las
mentiras convencionales.»
«Hemos establecido (añade el autor) que simular es adop-
tar los caracteres exteriores y visibles de lo que se simula, de
manera que pueda haber confusión con lo simulado. — La
mentira, la hipocresía, la astucia, pueden revestir formas que
constituyen el fenómeno especial de la simulación, pero no
son siempre y necesariamente simulaciones.
» Debe notarse, sin embargo, que no siendo la psique hu-
mana un aparato simple, de efecto único, sino una compleja
red de acciones y reacciones psicológicas, jamás podrá apare-
cer un individuo — por muy «característico» que sea — que ten-
ga una sola manifestación de su personalidad psíquica. Lo
frecuente es que, junto con la facultad característica, coexistan
las afines, ó bien otras que, siendo de índole diversa, puedan
no ser afines. Es frecuentísimo encontrar el tipo mixto del
envidioso-calumniador, del mentiroso-simulador, del ambicio-
so-genial; es también posible ver pródigos-mentirosos, ladro-
nes-altruistas, ambiciosos-serviles, caracteres que no se exclu-
yen, aunque sean el uno útil y el otro perjudicial para la
sociedad.
168 LA ESPAÑA MODERNA
» Falsearía, pues, nuestro pensamiento quien entendiera que
la función característica es única y excluyente; ella no implica
más que su intensificación, hasta el punto de ser predominante
sobre las demás que con ella coexisten.»
La clasificación provisional que propone el autor, es como
sigue:
Utilitarios.
Astutos.
Serviles.
o ) ^ . . Fumistas.
SIMULADORES. . ( Orqanicos. . . . ( t^, . ,
Patológicos . • • !
Psicópatas.
Sufrestiouables.
La determinación de los caracteres de cada uno de estos
grupos es altamente curiosa y notable.
«El simulador astuto es el individuo que, mediante la si-
mulación, sabe adaptarse más hábilmente á las condiciones
del medio en que lucha por la vida. Es la encarnación de
nuestro «vividor», del viveur de los franceses, del pagnottista
de los italianos y del struggleforlifer de los ingleses.
»Aquí debe insistirse en que todos los hombres dotados de
alguna astucia suelen simular; porque siendo alguna vez el
fraude condición de éxito en la lucha por la vida, fuera inepti-
tud desdeñarlo sistemáticamente.
»En el simulador astuto, la fisonomía está siempre prepa-
rada para la simulación; en ella no se cumple el principio ge-
neral de que la fisonomía denuncia el estado interior del suje-
to. Y aquí resultan pueriles aquellas sentencias de Sohopen-
HAUEu en La Vida, donde pretende que «todo rostro humano
»es un jeroglífico que puede ser descifrado, y del cual lleva-
»mos el alfabeto en nosotros mismos. La fisonomía dice más
•sobre un hombre que sus palabras: es el compendio de todo
»lo que los labios pronuncian, la letra inicial de todo lo que
• seguirá en los pensamientos ó en las acciones del hombre.»
En esta forma de la simulación la mujer suele ser superior
LECTURAS AMERICANAS 169
al hombre. La causa de esto es que, «desprovista la mujer en
la lucha por la vida de muchos medios violentos que el hombre
posee y usa como recurso de superioridad, ella ha tenido que
refinarse en los fraudulentos, alcanzando superioridades que
bien equilibran las propias del hombre» ,
El autor cita varios casos de simuladores astutos — que á
veces se mezclan con el servil, — y entre ellos el siguiente:
«En la época en que el profesor Mejía era estudiante, un
enfermo ingresó al viejo hospital de Buenos Aires, situado en
la calle de Independencia, con úlcera varicosa en una pierna.
La curación se prolongó, y el individuo fuese adaptando muy
bien á la holgazanería de la vida hospitalaria. Cuando sanó
de su úlcera, comenzaron á notarse en él los síntomas de un
tabes dorsal, que fueron acentuándose hasta completar el cua-
dro semeiológico. Ese enfermo sirvió durante varios cursos
para la enseñanza del tabes dorsal á los alumnos. Sólo después
de algunos años de haber sido utilizado para la enseñanza clí-
nica, se constató que el sujeto no era tabético, sino que había
simulado serlo, imitando los síntomas de un vecino de eama,
para no perder los privilegios y comodidades gratuitas que el
hospital le proporcionaba.»
En la vida intelectual las simulaciones se llaman plagios,
y las disimulaciones psewí¿ówimo¿í.
«En la genealogía de los simuladores serviles encontramos
dos ramas perfectamente diferenciadas. Algunas veces se trata
de individuos que, después de haber sido espontáneos y since-
ros en extremo, sucumben en la lucha por la vida, viéndose
obligados á amainar sus pabellones para caer en la dolorosa
necesidad de disimular su verdadero carácter y de simular el
requerido para recuperar posiciones perdidas en la lucha por
la vida; este simulador es, en realidad, un sincero derrotado,
que se resigna á fingir. Otras veces se trata de sujetos débiles
é inferiores que tienen flexibilidad y plasmabilidad sufioientea
para seguir sistemáticamente en la vida el camino de las me-
nores resistencias; éstos viven sin personalidad propia, ocul-
170 ^ LA ESPAÑA MODERNA
tando todo aquello que pudiera levantar una traba ó una ba-
rrera en su sendero, y fingiendo todo lo que puede ser fuente
de beneficios, de simpatías, de benevolencias. Es natural que
este tipo es sumamente perjudicial á la sociedad, por cuanto,
además de ser misoneísta, es reaccionario y se opone á todas
las obras ó iniciativas de los filoneístas.
«Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja. En
la del primero se fusionan el ambicioso, el cobarde y el pru-
dente; en la del segundo, el apático, el tímido y el impotente.»
Refiriéndose á los fumistas, dice el autor:
«El fumista (la palabra es francesa, equivaldría á sujeto
que «toma el pelo» á los demás) no incurre en la simulación
para adaptarse á las condiciones en que lucha por la vida,
sino por tendencia orgánica. El objetivo del fumista- simulador
está en la simulación misma y en el placer intelectual que le
reporta la realización de su propósito. Es, á menudo, el artis-
ta de la simulación y trabaja con pasión por amor á su arfcé.
La base fisiológica ele este tipo es una exuberante salud física,
moral é intelectual; sin ella, el organismo no tiene ese exceso
de energías que el fumista gasta sin un propósito útil.»
Tipo clásico del fumista es el célebre Leo Taxil, ó sea Ga-
briel Jogand Pagés.
«Francia (añade el Dr. Ingegnieros) parece abundar en
grandes simuladores fumistas. Entre sus literatos contempo-
ráneos son numerosísimos los que, aparte de sus méritos lite-
rarios, poseen el talento de la simulación fumista. Hallarme
tiene en sus libros páginas llenas de puntos suspensivos, que
el lector debe interpretar subjetivamente. Peladan simula ser
gran sacerdote de ritos que no existen y profesar el culto del
androginismo. D'Annunzio (italiano que ha sufrido muchos
contagios psicológicos de los franceses) ha simulado ser parti-
dario del amor sororal y del homosexualismo — puesto que no
cabe creer que realmente incurriese en tales «refinamientos»
del instinto sexual. — Se comprende que el primero no ha
creído que significaran algo sus puntos suspensivos, ni el se-
LECTURAS AMERICANAS 17i
gundo aspiró á convertirse en andrógino, ni el tercero copuló
con sus hermanas ó con otros hombres: son simplemente los
estetas de la fumistería. Y aquí debemos decir que Nordau ha
cometido un serio error de observación al interpretar como
signos de degeneración muchos hechos simulados, que sola-
mente son producto de la fumistería mezclada con el este-
tismo.
»Entre los latinos americanos, hay algunos espíritus sutiles
que se deleitan en semejantes expansiones intelectuales; fuera
indiscreción recordarlos en estas páginas, pues con ello peli-
grarían sus éxitos futuros.»
Simuladores disidentes son los «sujetos inadaptados ó in-
adaptables al ambiente en que viven» y de los cuales, algunos
reaccionan y se convierten en simuladores. «Lo que les lleva
á simular es un objetivo de disonancia con su ambiente, de
disgregación de las ideas de los individuos entre quienes viven
y luchan; sujetos cuya finalidad es negativa y cuya simulación
suele serles sumamente perjudicial.» Tienen dos ramificacio-
nes con fisonomía propia: el poseur j el épáteur. «El primero
es un disidente combinado con un vanidoso y un esteta; el se-
gundo, resulta de la anestomosis del disidente con el exhibi-
cionista y al paradojal.»
El caso más notable que presenta el autor es el siguiente:
Un joven estudiante de ingeniería, hijo de distinguida familia,
de inteligencia clara y de ilustración estimable, aunque bas-
tante neurópata. El medio familiar y el ambiente social en
que vivía no eran de su agrado; los frenos paternos y las con-
veniencias sociales le torturaban de una manera insufrible. En
esas condiciones de estática psicológica, tuvo entre sus manos
libros anarquistas y socialistas. En ellos encontró exacta la
parte negativa, referente á la crítica de las presentes institu-
ciones sociales; pero no llegó á convencerse nunca de la eficaicia
de la violencia para reformar la sociedad, como los libros anar-
quistas pretendían. Sin embargo de no comulgar con las ideas
del anarquismo, simuló pertenecer á esa secta, y, especialmen-
172 LA ESPAÑA MODERNA
te, á SU grupo más exaltado: el de los individualistas dinami-
teros. Su objetivo esencial era ponerse en las mejores condi-
ciones para evidenciar á todos los individuos del medio en que
vivía cuan absurdas eran sus mentiras convencionales. Sobre
esta simulación fundamental del anarquismo instaló otras se-
cundarias, pero no menos curiosas. Así, por ejemplo, on pre-
sencia de la indiferencia de los demás ante su simulación anar-
quista, orientó su conducta por un sendero de simulación
habitual. Todos sus actos, uno por uno, eran la inversa de lo
que en igualdad de circunstancias hubiera liecho otro indivi-
duo. Vestía pésimamente, en riña con la estética más elemen-
tal, pudiendo engalanarse con ricos paramentos indumenta-
rios; ha vivido, por muchos meses y años, en los más plebeyos
conventillos; simplificó sus comidas hasta desbordar los lími-
tes fisiológicos de la nutrición mínima; en el orden moral,
simuló adoptar las doctrinas de resistencia pasiva predicadas
por el genial alienado ruso Tolstoy, con el fin de evidenciar
cuan despreciables son los temperamentos violentos.
«Entre sus simulaciones secundarias fue quizás la más in-
teresante la de su propia temibilidad. Era, y es aún, el sujeto
más inofensivo que imaginarse pueda, pero simulaba ser peli-
groso con el fin de que las autoridades se preocupasen de las
doctrinas que fingía profesar. Una vez se hizo arrestar en un
meeting obrero, con el único propósito de que al ser revisado
©n la policía, se le encontrase un enorme cuchillo, capaz de
rivalizar, sin desventaja, con el del más terrible carnicero;
suponía que, de esa manera, las autoridades y la burguesía co-
brarían temor al anarquismo, tratando de corregir los males
que minan á la sociedad contemporánea.»
«Otro caso de neurópata simulador merece ser recordado bre-
vemente. M. de Gr. y M. — que hemos podido estudiar muy cui-
dadosamente— padece de neurastenia de tipo cerebral, con im-
pulsiones ambulatorias conscientes pero irresistibles; un caso
de aquellos que frecuentemente llegaban á la clínica de Chas-
cot: judíos cerebrasténicos que viajan al azar, sin objetivos y
LECTURAS AMERICANAS 173
sin rumbo, repitiendo en la realidad de la vida la leyenda de
Ashavero. Este enfermo es el «característico» más múltiple que
hemos conocido; es decir, posee en grado sobresaliente varios
caracteres psicológicos. Sobre un fondo enteramente psicopáti-
co es genialoide, simulador, mentiroso y generoso: todo ello
en grado característico. Ha simulado los hechos más inverosí-
miles, sin que tuviera en ello la menor utilidad, ni siquiera el
deseo de ser creído. En un caso le vimos convertido on cerebro
y brazo de una imaginaria y terrible asociación secreta, cuyo
nombre daría envidia á cualquier delirante sistematizado:
«Liga Americana de la Democracia Pura»; consiguió que va-
rios jóvenes se dejaran iniciar por él en los secretos de la fin-
gida sociedad, aceptando su consagración; sabiendo, como sa-
be, por instrucción módica, que sus viajes son resaltado de im-
pulsiones irresistibles de duración variable, llegó hasta simu-
lar que ellos respondían al propósito de ejecutar misiones que
le confiaba la asociación secreta, que sólo existió en su fan-
tasía.»
El simulador sugestionado recibe su impulso de otros indi-
viduos, y es tipo frecuente en la juventud literaria.
«Entre los literatos novicios es frecuente encontrar sujetos
que simulan poseer malas cualidades, que creen reales en los
fumistas por quienes están sugestionados; el snob literario suele
ser un tipo de simulador sugestionado que finge lo que cree
verdadero en los tipos que se prefija como modelos.
»Hemos conocido un joven literato decadente, sugestionado
por los fumistas de Francia, que se creyó obligado á simular
los refinamientos y vicios fingidos por éstos, conceptuándo-
los verdaderos. Simulaba ser pederasta pasivo, haschichista^
morfinómano y alcoholista; vestía trajes averiados y bizarros;
trasnochaba en los cafés, simulando estar ebrio, aunque sentía
repulsión orgánica por las bebidas algohólicas. Simuló estar
enamorado de una joven que era víctima de la lujuria infa-
mante de su propio padre; de esta simulación le nació la ocu-
rrencia de simular un suicidio, después de haber simulado que
174 LA ESPAÑA MODERNA
pretendió envenenar su supuesto suegro y que estaba arre-
pentido. Todo era producto de sus pueriles sugestiones, fruto
de las fumisterías délos estetas y superhombres cuj-as obras
leía de preferencia: Peladán, Osear Wilde, MaHarmó, d'Annun-
zio, bajo cuya influencia vivía, tratando de ajustar sus actos y
sus ideas al «Manual del perfecto literato decadente.»
El Dr. Ingegnieros termina su interesan,te estudio exami-
nando los conocidos casos de simulación de enfermedades sin
fin utilitario, en los que llama simuladores patológicos.
La Revista jurídica y de ciencias sociales que se publica en
Buenos Aires, habla en sus números de Noviembre y Diciem-
bre de 1901 del proyecto de un Congreso universitario sud-
americano. Lo defiende el Sr. D. J. B. T., crej^endo que ser-
viría en gran manera para consolidar la intimidad interame-
ricana:
«Un Congreso en tales condiciones — dice, — si tiene finali-
dades que alcanzar, es porque no sería un mero artificio, pues
tiene también antecedentes que lo favorecen y lo explican: los
intereses propios y comunes de los pueblos que forman nuestra
América, en el derecho público y privado, respecto de cuyos
caracteres y fundamento puede decirse que hay la teoría ame-
ricana. Y conviene desenvolver y escl arecer el sentido de esos
intereses propios que el extravío de métodos, la vana teoriza-
ción imitativa, llevó al Congreso de Lima del 78 á desconocer-
los y contradecirlos (1).
»Tal vez íuera también para los universitarios de Buenos
Aires — cuyo grueso llega á 3.000 alumnos matriculados — el
comienzo de una mayor cohesión, de espíritu de asociación, de
que carece por completo la juventud de altos estudios, que no
alcanza á formar entre sus miembros^ como en la vida europea,
el sentimiento de la amistad y del compañerismo que acom-
paña com(> una gran fuerza durante la vida entera y que se
(1) Que el argentino Calvo en sus libros, y los chilenos Prats y Matta
en el Congreso de Montevideo, olvidaron igualmente.
LECTURAS AMERICANAS 175
adquiere solamente, por un beneficio de los años, en los muy
generosos de la plena adolescencia de la inteligencia y del co-
razón.
»A ese objeto tendía, fuera de otros superiores, la iniciati-
va de establecer como una tradición la fiesta conmemorativa
de la fundación de nuestra Universidad y cuya decisión ha
postergado para el año próximo la falta de ambiente propicio
dentro y fuera de ella.
»¿Estos diarios documentos de atonía, de ausencia total de
vida, no nos estarán indicando la carencia igualmente absolu-
ta de condiciones de viabilidad para la institución universita-
ria? ¿No autorizan á pensar que Buenos Aires es una ciudad
que llamaríamos anbi-universitaria?
»Zeballos, J. R. Fernández, Lobos, han hablado de tiem-
pos mejores en el pasado de la Universidad y han formulado
amargas reflexiones sobre su presente.
»De todos modos, á levantar el espíritu de la institución
contribuiría indirectamente la reunión de un Congreso Inter-
nacional, pues ella obligaría á la aproximación de sus miem-
bros, intervenidos en sus intereses comunes.»
En La Revista Nueva (Chile), D. Santiago Marín Vicuña
habla de Un mapa de Chile publicado por Mr. A. H. Keane,
en su reciente obra Central and South America (London, 1901),
editada por el presidente de la Real Sociedad G-eográfica de
Londres, Sir. C. Markham. La importancia de ese mapa es-
triba, según el autor, en que traza el límite entre Chile y la
Argentina de «conformidad con el principio chileno del divor-
tium aquarum continental^ lo que significa un triunfo de nues-
tra doctrina, pues, como decía, esas cartas han sido editadas
por el centro geográfico de más autoridad en el mundo, la
Heal Sociedad Geográfica de Londres. Y no se crea que el au-
tor La tenido á la vista sólo documentos chilenos; muy al
contrario. Por las informaciones que da, por las repetidas ci-
tas que hace de los escritos delDr. Moreno y por las planchas
fotográficas que acompaña, que no son sino reproducciones de
176 LA ESPAÑA MODERNA
las que corren insertas en el folleto que contiene la conferen-
cia del perito argentino en la E,eal Sociedad Geográfica de
Londres, se ve que ha tenido á su disposición toda la biblio-
teca de propaganda argentina.
»E1 plano á que liat3emos referencia es, en conjunto, el más
completo que hasta ahora se ha publicado sobre Chile, y mani-
fiesta que para su confección se han tenido á la vista los pla-
nos parciales levantados por las comisiones de límites chile-
nas y argentinas. Nada diremos sobre su impresión, que es de
una nitidez y riqueza en detalles dignas de llamar la atención.
»La región comprendida entre los grados 45 y 60, que apa-
recía en los mapas antiguos tan recargada de errores y de sec-
ciones inexploradas, es casi en un todo nueva y es ahí preci-
samente donde más se hace notar el trazado de la línea limí-
trofe, que deja al lado de Chile los hermosos lagos cordillera-
nos Buenos Aires, Resumidero, Cochrane, Manuel Rodríguez,
Nansen y San Martín, que aparecen en su verdadera forma y
extensión.
^Llamamos también la atención á un punto que ha hala-
gado nuestro espíritu patriótico y de ex-explorador de esas re-
giones.
»Sabido es que los ingenieros chilenos y argentinos que
por primera vez hemos reconocido y planificado esa zona, no
siempre hemos dispuesto de nombres indígenas para bautizar
los ríos, lagos y cordilleras que encontrábamos, ya que nidios
habitantes ni la tradición existen , y como hemos operado
sin acuerdo ni comunicación alguna con los argentinos, suce-
de que hasta ahora son muy raros los nombres comunes que
existen en los respectivos planos.
»Con la publicación de este mapa se puede decir que que-
dan ya como definitivos los nombres adoptados por Chile,
como hemos tenido el agrado de verlo, al leer lago Cochrane,
lago Manuel Rodríguez^ río Chacabuco^ río Baker ^ etc., en vez
de Puyrredonj Belgrano^* Tamango y Las Heras^ que consig-
nan las cartas argentinas.»
LECTURAS AMERICANAS 177
Dejando para otra revista algunos libros recibidos, haré
excepción, para terminar, de uno, interesante por más de un
concepto, que acabo de leer. Titúlase El helenismo en la lite-
ratura latina^ y ha sido presentado como tesis doctoral en la
Universidad de Buenos Aires por D. Juan Francisco Ibarra,
uno de los jóvenes argentinos en que mayores esperanzas
puede fundar el porvenir de la cultura hispanoamericana.
En primer lugar, llama la atención la importancia del tra-
bajo, que choca con la habitual y desdichada insignificancia
de las tesis en América... y en España. Téngase en cuenta que
las cien páginas en 4.^ que comprende el discurso del Sr. Iba-
rra son resumen de un estudio más amplio, fruto de largas
vigilias, que en otra ocasión ha de publicar su autor. Por
otro lado, el tema mismo señala, en las aficiones de la juven-
tud de la América española (cuyos gustos y lecturas señorea
hoy por hoy con exceso el modernismo literario do algunas
naciones europeas), un retorno al clasicismo, que si no tiene
todas las excelencias que suelen hallarle los defensores de la
segunda enseñanza humanista^ es y será siempre un elemento
de cultura insustituible para ciertas direcciones del espíritu,
como el mismo Goethe reconocía. En este sentido, la dirección
que marca el trabajo del Sr. Ibarra — acordada con la defendi-
da por Rodó en . su Ariel — no puede menos de ser plausible
para los que sin abandonar la defensa de los ideales modernos,
creen necesario salvar el fondo ideal que constituye la fuerza
mayor de la civilización latina.
Además de esto, el discurso del Sr. Ibarra está escrito en
verdadero castellano. No le afean los neologismos con que, in-
necesariamente á menudo, mezclan el idioma muchos escrito-
res de América. Apenas si en todo el libro se hallarán cuatro
ó cinco, fácilmente corregibles; y sin duda, este es un nuevo
efecto del clasicismo del autor.
En cuanto al tema mismo, no es nuevo en verdad, pues se
halla tratado por todos los historiadores modernos de Grecia
y de Roma; pero el Sr. Ibarra resume, de un lado, todo el sa-
E. U,— Septiembre J902. 12
178 LA ESPAÑA MODERNA
ber actual referente á su asunto, bebiendo en las mejores fuen-
tes alemanas y francesas, y de otro, ha añadido á los frutos
ajenos los de propia y directa investigación sobre los restos
mismos de la literatura latina. Vivamente deseamos que el
autor termine el libro extenso que anuncia, para saborear con
mayor detalle su obra personal. Entonces también podrá co-
rregir algunos errores de historia general que se notan en los
primeros capítulos, y reforzar el aspecto artístico — singular-
mente interesante en la arquitectura — de la influencia heléni-
ca y de la originalidad latino-etrusca.
HlSPANUS.
cjrojNica literaria
Entudios españoles del siglo XVIII.— Luisa Isabel de Orleans y Luis I,
por D. Alfonso Danvila.
Interesante por la época, por los personajes y por la eje-
cución literaria, es el estudio histórico de D. Alfonso Danvi-
la: Luisa Isabel de Orleans y Luis i, principio acaso de una
serie de escritos semejantes, como hace sospechar su antetítu-
io: Estudios españoles del siglo XVIII.
Interesante es la época. No iguala ciertamente nuestro si-
glo XVIII el interés dramático de aquel período capital de
nuestra Historia que arranca de fines del siglo xv y acaba con
el XVII, enterrando una dinastía y un imperio, después de ha-
ber mostrado su nacimiento, su fugaz apogeo y su larga de-
cadencia. No es tampoco tan interesante como el período de
la formación de la nacionalidad española, como la época de
la Reconquista, en que se elabora lentamente, al par que la
lengua, el alma nacional, época que la poesía y la Historia^
que explica cómodamente los sucesos á posteriori, por sus
consecuencias, desconocidas casi siempre de los que elabora-
ron las causas, nos han representado como un esfuerzo cons-
ciente y deliberado para llegar desde Covadonga á Granada,
cuando tan visible es que la idea de la reconquista como mi-
sión y como empresa tarda mucho tiempo en cristalizarse.
A pesar de la influencia que han ejercido en favor del si-
glo XVIII español, por una parte, los aduladores de la nueva
dinastía, por otra los historiadores tendenciosos que por pre-
180 LA ESPAÑA MODERNA
Tenciones políticas ó religiosas han procurado rebajar el pa-
pel de la Casa de Austria y ennegrecer aquel período de núes*
tra historia con vulgares tópicos de reacción y de fanatismo-
que para un español del siglo xvi ó del siglo xvii no tenían?
sentido, ó más bien le tenían contrario, de fe y buen gobier-
no, ello es que el siglo xviii en sí es en nuestra historia un
período secundario y de decadencia, y hasta un período pro-
saico y hurgues, muy distante ya espiritualmente del anterior
período épico de los Austria, épico en sus grandezas como en
sus caídas. En los reinados relativamente florecientes de los*
primeros Borbones, en los buenos tiempos del de Felipe V, ert
el de Fernando VI, en el de Carlos III, ídolo de nuestros pro-
gresistas antiguos y modernos por haber expulsado á los jesuí-
tas, sin duda la prosperidad pública es mucho mayor que en
los últimos trágicos años del reinado de Carlos II, pero la re-
presentación histórica es diferente é inferior. España no vol-
vió á ser lo que había sido, desde el punto y hora en que-
Luis XIV sentó en el trono español á su nieto. La hegemoníar
española es cosa definitivamente enterrada, ha cumplido su
tiempo, es un recuerdo histórico. La belleza artística del es-
pectáculo histórico es también menor. Todavía en aquel agita-
do ocaso del reinado de Carlos II, con el Eey hechizado, la-
nación empobrecida y caduca, los Estados amenazados de un
reparto que anticipara en España la suerte de Polonia, hay la^
tristeza trágica de un funeral, de una gran caída, de un colo-
sal desquiciamiento. El siglo xviii abre una vida nueva, más
tranquila, más próspera materialmente, pero más reducida^
más resignada, es la capitis diminutio consentida: no se piensa^
ya, como no sea por alucinados, en que España sea la Alonar-
quía, sino una de las grandes Monarquías de Europa, y así^
poco á poco, por pasos insensibles, se va bajando por la cuesta^
de la inevitable resignación á los destinos históricos, hasta^
perder esa grandeza, resto de otra mayor, no sólo en la esfera
de las realidades, pero aun en la misma de las ilusiones y es-
peranzas.
CRÓNICA LITERARIA 18t
Con todo, es interesante ese período del establecimiento
y consolidación de la nueva dinastía que abarca el siglo xviii.
Y por su relación más inmediata con los sucesos actuales y
por los varios aspectos de la transformación que durante él se
opera en la sociedad española, puede decirse que, desde algu-
no de esos puntos de vista parciales, es más curioso dicho
período que otros más memorables y gloriosos de nuestra his-
toria. Ahora que tanto se habla de europeizarnos, podemos
iiallar en el siglo xviii un precedente, que acaso no carece de
enseñanza. En el siglo xviii se plantea en términos muy pa-
recidos á los que ahora se usan, el problema de la regeneración.
Se quiere europeizar á España, aprovechar las luces de los ex-
tranjeros, buscar en la cultura el remedio de los males pábli-
<303. En realidad, entonces fue cuando se planteó por primera
vez esta cuestión en la esfera de la política práctica, pues
aunque la historia ofrezca precedentes de todo, y sacando de
•ella opiniones y testimonios aislados pueda demostrarse cual-
quier tesis, en realidad hasta el siglo xviii no se generaliza y
toma cuerpo la idea de europeizarnos ni llega hasta entonces
á traducirse en medidas de Gobierno. Y es curioso observar lo
«fímero de esa regeneración intentada con ayuda de elementos
-extraños y cómo tras los adelantos de los reinados de Fernan-
do VI y Carlos III viene el de Carlos IV, la nueva decadencia,
ya no interrumpida más que por breves reacciones de mejora
que nunca reconquistan sino una parte del terreno perdido.
Dice, pues, con razón el Sr. Danvila en su prólogo, que el si-
glo XVIII español es muy digno de estudio, y es de aplaudir
que los que como él tienen vocación, facultades y medios para
^stos estudios, pongan manos á la obra.
Si de la época pasamos á los personajes, hallaremos que
son interesantes también y que lo son al modo que lo es su
tiempo. No lo es este por grandeza intrínseca, sino por esa
tentativa de transformación del pueblo español y por la lucha
■entre los elementos rancios, residuos de nuestra historia cas-
tiza que acaba con el siglo xvii y los elementos innovadores,
182 LA ESPAÑA MODERNA
más Ó menos afrancesados y europeizantes. Por modo semejan-
te los regios personajes del libro del Sr. Danvila no se distin-
guen por excelsas virtudes ni por monstruosos vicios de esos-
que dan una como grandeza negativa al sujeto en quien resi-
den. Son en realidad ñguras mediocres, y el interés vivo que-
inspiran depende, en unos de las circunstancias de su destino,
en otros del contraste entre su modo de ser y el papel que les^
tocó desempeñar en el mundo.
Los principales de estos personajes, por ser su vida íntima
el inmediato objeto del libro, son el E.ey Don Luis I de Espa-
ña y su esposa Luisa Isabel, hija del célebre Eegente de Fran-
cia Felipe de Orleans. A Don Luis, muerto en la flor de la mo-
cedad, tras un reinado de ocho meses, apenas le puede juzgar
con equidad la historia. No vivió lo bastante para que se for-
mase su carácter; pero descartando por inútil la cuestión de
lo que hubiera podido ser de prolongarse más su existencia y
ateniéndonos á lo que fué, se nos presenta como un Príncipe
vulgar, borroso ó incoloro, y aun todavía al lector que no ten-
ga en cuenta lo que era entonces en España la educación de
los Príncipes, podrá parecerle ridículo en alguna de las oca-
siones y momentos en que nos lo presenta el libro del señor
Danvila, como cuando su candor é ignorancia le impiden lle-
var á cabo la anhelada consumación del matrimonio. Y sin
embargo, ¡qué encai;ybo, qué melancólica aureola de destina
adverso rodea la figura de aquel joven Príncipe, idolatrado
por los españoles desde su nacimiento, esperanza de un par-
tido genuinamente nacional, que veía en él un Príncipe suyo,
el primer Príncipe español de la nueva dinastía borbónica^
llamado prematuramente al trono por la abdicación miste-
riosa de su padre; infeliz en su vida doméstica y á quien la
muerte sólo dejó gustar por tan breve tiempo las dulzuras del
solio!
Tampoco es Luisa Isabel de Orleans una figura de verda-
dero relieve. Su hermana, la feconde Berry de la cancioncilla
mordaz y libertina, aunque verídica, que copia el Sr. Danvila»
CRÓNICA LITERARIA 183
es un documento humano más interesante y novelesco. Pero
con todo, esta Reina de España, olvidada de la etiqueta, y tan
aficionada á mostrarse ligera de ropa, tan incontinente en la
mesa, tan familiar con camaristas y criadas, que obliga con
sus desarreglos y travesuras á su esposo á arrestarla, debió de
causar un extraño efecto en la corte de España, no habituada
á tales extravagancias y libertades, y ofrece un caso singular
y raro, muy propio para tentar la curiosidad del historiador y
del psicólogo.
Aunque no constituyan, como las anteriores, el asunto in-
mediato del estudio histórico del Sr. Danvila, resaltan mucho
en él las figuras de Felipe V y de Isabel de Farnesio. La in-
fluencia que conservaron los Reyes Padres durante el breve
reinado de Luis I, la parte natural y decisiva que habían to-
mado en el matrimonio de éste con la hija del Regente, la in-
tervención que ejercieron aconsejando á Don Luis en los dis-
gustos domésticos del joven Monarca, y después de la muerte
de éste la tutela moral que pretendieron ejercer sobre su nue-
ra, velando por el decoro de la corona que había ceñido Luisa
Isabel, son circunstancias que hacen que no pueda escribirse la
biografía de Luis I y de su esposa la antigua Mademoiselle de
Montpensier, sin que al punto aparezcan traídas por la traba-
zón natural de personajes y sucesos aquellas otras dos figuras:
la de la ambiciosa y enérgica Farnesio , en quien vemos una
inteligencia y una voluntad que la hacen sobresalir de entre
los que la rodean, y la de Felipe V, tan distinto ya física y
moralmente del animoso capitán de los días de Santa Victo-
ria, Luzara y Villaviciosa, atacado de aquella extraña y sin-
gular melancolía lindante con la locura que en él y en Fernan-
do VI hace pensar en una degeneración hereditaria ó en ia
expiación moral de una usurpación; figura en verdad enigmá-
tica en este período de su vida en que la renuncia á la corona
y los votos de dejar el cetro constituyen un misterio histórico
cuya interpretación se disputan ya la ambición del solio fran-
cés, ya obscuros casos de conciencia, ya aquel desíallecimien-
184 LA ESPAÑA MODERNA
to moral que llena de tedio y de tristeza los días postreros del
primer Borbón.
*
La labor histórica y literaria del Sr. Danvila es digna de
elogio, pues ha logrado poner de relieve ese interés de la épo-
ca y de los personajes de que acaba de hacerse mérito, real-
zándole con la amenidad de la narración. La historia moderna
es principalmente documental, como corresponde á la abun-
dancia de fuentes escritas y á la conservación en los archivos
de papeles públicos y privados en número cada vez creciente,
que llegará acaso algún día á constituir una dificultad para el
investigador por su misma abundancia, obligando á reducir
mucho el campo de las especialidades. Documental es la base
del libro del Sr. Danvila, que ha aprovechado muy discreta-
mente papeles escritos sin intención histórica, que son, por lo
general, los que mayor fe merecen, y eran, por otra parte, los
que correspondían á la índole de su asunto, que más que de
sucesos públicos se compone de incidentes íntimos y domésti-
cos. La correspondencia cambiada entre las personas de la
Real familia y la de sus familiares y allegados , las memorias
y referencias de los embajadores, los papeles satíricos de la
época, han ofrecido al Sr. Danvila copioso caudal de datos,
siendo de admirar en escritor de tan pocos años, no sólo la
cultura histórica y la preparación erudita que esta clase de in-
vestigaciones requiere, sino la sagacidad y el instinto en la
selección. Al investigador de curiosidades históricas, como al
repórter que persigue las curiosidades del día, le hace falta
cierto instinto policíaco y judicial (más refinado é intelectual
sin duda), instinto que es tal vez una remota transformación
del instinto de caza, aplicado ahora á menesteres y cosas inte-
Jectuales.
En cuanto á la composición y ordenamiento literario del
libro, viene á las mientes un elogio vulgar, pero expresivo;
de seguro se ha dicho ó se dirá de este estudio histórico que
CRÓNICA LITERARIA 185
tiene el encanto de una novela. Estas frases hechas, que por
lo repetidas y vulgares nos sentimos tentados á desechar
cuando se nos vienen á la boca, tienen, sin embargo, su razón
de ser y su filosofía, y la muestran cuando nos paramos á con-
siderarlas un poco. Frases hechas son porque á muchos pare-
cieron^acertadas y definitivas, gastadas porque esa aceptación
hizo frecuente y común su uso, cumpliéndose en ellas la ley
que va tornando instintiva toda función que se perfecciona,
pero de esto mismo viene su ruina; pues como lo habitual ¿
instintivo se ejecuta sin sentir y la literatura aspira á pro-
ducir impresiones vivas, estas frases hechas, á que están acos-
tumbrados el oído y la mente, pasan sin dejar huella, se con-
vierten en materia inerte, y para descubrir el sentido primi-
tivo que las dio valor hay que parar en ellas la atención más
que en .cualquier fórmula extravagante ó nueva, que por lo
desusada choca y convida desde luego al examen.
En este caso, interesar la historia como la novela dice tan-
to como dar vida á la historia, hacer lo que se llama una re-
surrección histórica, una evocación de lo pasado. Y el secreto
de que la historia emule en interés á la novela está tal vez en
cosa á primera vista tan material como el detalle, la abun-
dancia de pormenores. La novela, por lo mismo que es más
reducido su campo, acumula pacientemente los nimios porme-
nores, que son los elementos infinitamente pequeños de la
vida; la historia por su mayor extensión y por no ser crea-
ción, sino reflejo (aunque no todo es creación en la novela y
en ella hay también algo de reflejo); generaliza hasta en lo
concreto, traza por lo común las líneas generales de los he-
chos. La una se acerca á la intuición sensible, la otra á la no-
ción, y la intuición es lo que artísticamente nos impresiona.
El detalle es lo que transforma el concepto en simulacro de in-
tuición, volviéndole á este su primitivo origen; lo que nos
hace ver las cosas con los ojos de la imaginación, ya que cou
los del cuerpo no podamos contemplarlas. Visión, descripción,
relato, fórmula, señalan una gradación de representaciones
186 LA ESPAÑA MODERNA
que, á medida que se generalizan, van haciéndose más vagas
y tenues. De ahí viene el prestigio del teatro, en que vive la
acción, y el de la oratoria, en que vive de la palabra.
Mas el detalle en la historia es difícil, no sólo porque tra-
tándose de personajes y hechos reales es necesaria una prolija
iavestigación para hallarle, sino porque una vez hallado su
abundancia excesiva, impone una no menos ardua tarea de
selección y de recomposición orgánica. Los pormenores por
sí solos no bastan; sería prolija y enojosa su acumulación, si
la mano del arte no acudiese á cribarlos y ordenarlos, dispo-
niéndolos en forma que se reconstruya la vida y salga de ellos
la unidad del carácter personal ó del acontecimiento. En la
novela cabe inventar este orden, guiándose, más que por la
lógica, por la psicología, cuya labor es inconsciente á veces
en las inspiraciones ó adivinaciones artísticas; pero eA el arte
histórico, en que la primera materia está dada, la forma tiene
que ser una restauración, análoga, aunque más difícil, á la de
los monumentos y reliquias materiales de otras edades.
-Restauración llena de vida de la Corte de Felipe V y Luis I
es , en efecto, el ameno estudio del Sr. Danvila, que ha acer-
tado á combinar la minuciosidad de los pormenores, necesaria
para determinar bien las imágenes de los personajes con la
unidad de la narración, huyendo así de los dos peligros de
prolijidad enojosa y de pálida vaguedad. Aunque el carácter de
su libro es biográfico y su principal asunto la historia domés-
tica de la regia pareja que formaron Don Luis y la hija del
E.egente, en el fondo del cuadro en que aparecen estos retra-
tos históricos hallan cabida los acontecimientos públicos y
generales de la época. De las esperanzas políticas que desper-
tó Don Luis desde su nacimiento formándose en su torno como
un partido genuinamente español; de los motivos de la renun-
cia de Felipe V, de aquella especial situación que dura todo el
breve reinado de Luis I, con dos Soberanos y dos Cortes, unos
en Madrid y otros en San Ildefonso; del juicio que merece
Isabel de Farnesio, trata incidentalmente el Sr. Danvila, y
CRÓNICA LITERARIA 187
acerca de todos estos puntos diserta con mucho juicio y muy
claro sentido histórico.
Aunque es fiel y detallado el retrato histórico de Luis I, el
principal objeto de estudio del Sr. Danvila ha sido, sin duda,
la Reina Luisa Isabel de Orleans, y se explica la preferencia
por la novedad que ofrecía el empeño de poner en claro y sa-
car á luz esta figura secundaria, pero curiosa. De las extra-
vagancias y defectos de la joven Reina hablan más ó menos
detalladamente todos los historiadores; pero estas referencias
anteriores eran bastante incompletas y confusas, mientras
que el Sr. Danvila ha agotado la materia, en cuanto cabe ha-
cerlo en este linaje de estudios, y nos presenta la figura de la
que fue Mademoiselle de Montpensier, antes de que viniese á
España á ser Princesa de Asturias y luego Reina, con tal re-
lieve y colorido que parece que tenemos delante un personaje
de nuestros días.
Como el asunto es algo escabroso, el Sr. Danvila se defien-
de en la discreta y bien escrita carta-próloco dirigida al se-
ñor Yalera, con que comienza el libro, del cargo que pudieran
dirigirle algunos espíritus demasiado asustadizos, calificando
de sobrado licenciosa la historia que nos cuenta y reivindica
con razón para la Historia su independencia objetiva de es-
pejo de hombres y sucesos, que no está obligado á tapar ni á
dejar de reproducir lo que no se ajuste á la moral. Es evi-
dente lo que dice el Sr. Danvila, de que en la Historia no hay
moralidad ni inmoralidad, sino que éstas residen en los perso-
najes de que la historia nos da cuenta. La circunstancia de
haber aparecido primeramente en el periódico La Época el es-
tudio del diligente y ameno historiador, es lo único que puede
explicar, en mi concepto, que discuta siquiera el autor cosa
tan notoria. Como los periódicos pasan por todas las manos,
su independencia en este punto es menor que la del libro, en
que la intención científica todo lo autoriza.
A pesar de su barato precio (3,50 pesetas), la edición de
esta obra es esmerada y elegante. La adornan cinco retratos:
188 LA ESPAÑA MODERNA
el de Luisa Isabel de Orleans, el de Isabel de Farnesio, dos de
Luis I y uno de la Infanta María Ana Victoria, prometida de
Luis XV, la Mariannina de que liabla €;1 libro y que da una
nota simpática y tierna de candor y gracia infantil en este
cuadro de tristezas y desvarios.
E. Gómez de Baqueso.
REYISTA DE REVISTAS
SUMARIO: Etnología: La pretendida superioridad de los anglosajo-
nes.=Literatüra: La escuela parnasiana.— Los límites de la poe-
6Ía.= Ocultismo: Mecanismo del profetismo y de la mediumnidad.=
. Costumbres é historia: Los círculos burlescos en la corte de
Carlos IL=Impresiones y notas: España y las Revistas extranjeras,
— ¿Era epiléptico Napoleón?— ¿Es la luna un planeta?— Los cafés-con-
ciertos y los Music-Hall.
ETIVOLOOIA
La pretendida superioridad de los anglosajones. — La
hipnotización anglosajona ha concluido en Europa con la
guerra del Transvaal. Se declaraba que había razas nobles y
razas viles, las primeras susceptibles del mayor desarrollo in-
telectupJ y moral, y por consiguiente destinadas á mandar, y
las segundas incapaces de desenvolvimiento y condenadas por
lo mismo á obedecer. Toda esa teoría ha venido á tierra, como-
dice con muchísima razón en La Revue J. Novicow.
Dos hechos han colocado á la raza anglosajona sobre su
elevado pedestal, desde donde ha hipnotizado á los demás pue-
blos: la libertad inglesa y la inmensidad del imperio británi-
co. Ni en filosofía, ni en religión, ni en la ciencia, ni en el
arte había ocupado Inglaterra ninguna posición excepcional,
con lo que queremos decir, no que Inglaterra nada haya sig-
nificado en el orden mental, sino que era una de tantas nació-
190 LA ESPAÑA MODERNA
nes á la par de Francia, Italia y Alemania, sin contar la an-
tigua Grecia. La libertad y el imperio del mundo: he ahí lo
que pone á Inglaterra fuera de toda paridad, y lo que importa
saber es si ambos hechos son producidos por alguna superiori-
dad fisiológica ó psicológica de raza, ó si son consecuencia de
algún feliz concurso de circunstancias.
Por lo que hace á la libertad, la segunda explicación es
indiscutible. La constitución actual de Inglaterra proviene de
una serie de sucesos políticos y de condiciones naturales. En
primer término, la situación insular, que traza límites preci-
sos, dando á la nobleza sentimientos de solidaridad contra el
poder real; luego las condiciones personales de los Reyes, es-
pecialmente de la E.eina Victoria, que han producido el verda-
dero régimen parlamentario; después, que la colonización se
ha llevado á cabo en su mayor parte cuando ya se poseían
medios tan poderpsos como el vapor, los ferrocarriles y los
telégrafos, etc. La prueba de que la raza es un factor casi
despreciable está en que ni los alemanes en Alemania, ni los
irlandeses en Irlanda, ni los italianos en Italia, han desplega-
do tanta actividad en su propio suelo como en los Estados
Unidos. Esto por lo que hace á la raza en América.
En cuanto á las otras colonias, pueden dividirse en dos ca-
tegorías: países de repoblación y posesiones políticas. Las pri-
meras han prosperado rápidamente cuando han encontrado
condiciones favorables y lentamente en otro caso; la Nueva
Zelanda, país favorecido por la naturaleza, se ha desarrollado
prontamente, y la Australia Occidental con mucha lentitud;
en el Cabo, los ingleses forman el 39 por 100 de la población
y los holandeses el 61. En el segundo grupo la India es real-
mente una obra maravillosa, pero hay que contar con que se
trata de un país dividido entre multitud de pueblos rivales
acostumbrados al gobierno absoluto, que aceptan la domina-
ción británica como hubieran aceptado otra cualquiera.
Es indudable que los ingleses han sabido imponerse á pue-
blos inferiores; pero su ineptitud para acomodarse con otras
REVISTA DE REVISTAS 191
naciones de raza blanca es manifiesta: no han sabido asimilar-
se ni á los celtas de Irlanda ni á los holandeses del Cabo.
Siendo, pues, en gran parte cuestión de suerte la inmensidad
del imperio británico y la prosperidad de los Estados Unidos,
¿es verdad que la raza anglosajona es superior á las demás?
Porque Beethoven fuese mejor músico que Laplace, no se pue-
de deducir que fuese de raza superior; de que los americanos
hayan desplegado un genio prodigioso en las invenciones me-
cánicas y en las organizaciones industriales, no puede despren-
derse que sean de raza supe rior á la francesa ó alemana.
Si hay jerarquía antre las aptitudes y las facultades, y la
primacía corresponde á las que nos producen los goces supre-
mos, que son los que proceden del pensamiento (la filosofía y
la ciencia) y del sentimiento (el amor, la religión y el arte),
civilización superior y alta cultura intelectual son términos
sinónimos. Examinando en este sentido la situación, la supe-
rioridad anglosajona se desvanece en el acto. En el orden in-
telectual, Inglaterra no ha entrado en juego hasta Bacon y
Shakespeare, y si ha hecho con Spencer y Darwin algún papel
en filosofía, no hay que olvidar que la idea capital de estos
pensadores pertenece á Comte y que el mismo Darwin ha sido
más conocido fuera de su patria que dentro de ella. En cuan-
to al arte, la inferioridad de los anglosajones es notoria; el
inglés carece de sentido estético, y no hay más que comparar
á Londres con París para notarlo.
Y todavía es más patente la inferioridad de los anglosa-
jones en la política internacional. Podían llenarse volúmenes
enteros con las violaciones de derecho y las crueldades come-
tidas por los ingleses, demostrando con esto que no son supe-
riores á las demás naciones por sus sentimientos humanitarios.
Se dirá que Inglaterra ha difundido por el mundo la idea de
la libertad, pero no debe olvidarse que los ingleses no han he-
cho nunca de la libertad artículo de exportación, y si había
creado sus libertades, era para su uso personal. A pesar de sus
franquicias seculares, Inglaterra no ha reconocido nunca el
192 LA ESPAÑA MODERNA
príncipio de las nacionalidades, que es la forma más impor-
tante de la libertad.
Se dice que Inglaterra desconoce los principios fundamen-
tales del derecho internacional por egoísmo, y esto no es
exacto; los desconoce por una especie de miopía intelectual.
El egoísmo es ley de la naturaleza; todo se reduce á saber
cómo debe comprender cada cual sus intereses; si no se consi-
deran los fenómenos sociales en su conjunto, puede llegarse á
obrar mal, aun queriendo practicar el bien, y eso precisamen-
te es lo que pasa constantemente con Inglaterra.
En resumen: ni en la ciencia, ni en el arte, ni en política
internacional tiene nada Inglaterra que la coloque por enci-
ma de las demás naciones europeas. Y si hay algo en que la
inferioridad de Inglaterra haya quedado plenamente demos-
trada, es la guerra. La mala organización de las tropas, la in-
capacidad, la ligereza y la ignorancia de los oficiales han que-
dado descubiertas á los ojos del mundo entero, y esta clara
noción de la impotencia militar de la Gran Bretaña producirá
inmensos beneficios al mundo civilizado. Si la ilusión del po-
der británico no hubiera existido en 1878, los rusos hubieran
entrado en Constantinopla y millones de hombres habrían co-
menzado á respirar libremente, y países magníficos, que se
pudren en la miseria, estarían en plena prosperidad; si surgiera
un nuevo incidente como el de Fashoda, Francia no sería de
tan buena compostura. La pérdida del prestigio militar inglés
es un feliz acontecimiento, y abolido el dogma de la superio-
ridad fisiológica y psicológica de Inglaterra, los ingleses po-
drán vivir en armonía completa con los países que les rodean^
conservando todos sus méritos reales y positivos, y despoja-
dos de una ilusión que era un peligro constante para la paz y
la prosperidad del mundo.
La escuela paenasiana. — En 1866, la aparición de la es-
cuela llamada parnasiana — dice en la Eevue Bleue Manuel des
REVISTA DE REVISTAS 193
JEssarts — era tan necesaria como la aparición en su tiempo
de la Pléyade ó del romanticismo. El más noble de los modos
de pensar, el verso, estaba comprometido; ninguna tradición
subsistía; los ritmos flotaban al azar, y la rima había perdido
todo su valor, convirtiéndose en una prosa asonantada.
A la confusión de los sistemas respondía la dispersión de
los individuos, y el arte de escribir en verso se perdía absolu-
tamente, aunque siempre hubiera buenos poetas, desgraciada-
mente separados, sin enlace entre sí y sin acción alguna sobre
el público. Así se destacaban tres hombres superiores, poetas
soberanos: Leconte de Lisie, el soberbio intérprete de las reli-
giones del pasado; Teodoro de Banville, el mago de múltiples
encantamentos, y Carlos Baudelaire, el misterioso analista de
la vida espiritual; otros poetas de más edad y mayor fama,
como Víctor Laprade y Teófilo Gautier, no ejercían ya in-
fluencia efectiva á pesar de su genio y de su gloria.
Para volver al público á la poesía se requería un movi-
miento de conjunto por un grupo compacto. Este movimiento
se preparó al principio en la Revista Fantástica, fundada por
Catulo Mendes, adolescente entonces, y en el salón de los Mar-
queses de Ricard. Allí se juntaban con Luis Javier, el hijo de
la casa, poeta de alto vuelo, sus amigos León Dierx, Pablo
Verlaine, Catulo Mendes, Edmundo Lepelletier, Adolfo Racot,
á los que no tardaron en agregarse otros muchos, como Jorge
Lafenestre, Sully Prudhomme, Alberto Glatigny, León Vala-
de, Alberto Merad, Armando Renaud, Enrique Cazalis, Ar-
mando Silvestre, Esteban Mallarmóe, Francisco Coppée, Er-
nesto de Hervilly y otros. De aquel salón brotó el grupo ini-
ciador, al que más tarde se adhirieron Andrés Lemoyne»
Andrés Theuriet, Anatolio Franco y Emilio Blemont.
Entretanto, Luis Javier de Ricard y Catulo Mendes se pu-
sieron en relaciones con un joven librero del pasaje Choiseul,
Alfonso Lemerre, hombre emprendedor, acordando la publi-
cación de una colección periódica en verso. El Parnaso Con-
temporáneo, que apareció semanalmente en el verano de 1866,
E. M.— Septiembre 1902, 13
194 LA ESPAÑA MODERNA
siendo acogido con sorpresa por unos y con aplauso por otros.
Y así nacieron los parnasianos, aunque luego lograran adhe-
siones de todas procedencias.
En 1869 y 1876 volvió á publicarse El Parnaso, comple-
tando estas dos nuevas colecciones el movimiento inicial.
¿Cuál es la doctrina por la que se luchaba y que ha logrado
penetrar en la Academia con Coppóe, Sully Prudhomme y He-
redia? La restauración de la poesía tradicional, la recogida de
Ja herencia que los antiguos transmitieron á Joaquín del Be-
Uay, y éste á E/Ognier y Malherbe, y éstos á Boileau, y Boi-
leau á Chenier, y Chenier á Sainte-Beuve y Víctor Hugo. No
hay buena poesía sin la armonía de la tradición y la novedad,
sin el acuerdo de la forma con el fondo. Es la teoría de An-
drés Chenier: «hacer versos antiguos sobre asuntos nuevos».
Conocida la doctrina, su valor lo demuestra la perfección
á que llegaron desde el primer momento los parnasianos, lo
mismo en las Niñas locas de Glatigny, que en la Filomela de
Mondes, en las Pruebas de Sully Prudhomme, en las Intimi-
dades de Coppée, en los Labios cerrados de Dierx, ó en las
Fiestas galantes de Verlaine. La última palabra en materia de
orden, invención y perfección rítmica, ha sido pronunciada
por esta escuela.
Y no tienen razón los que acusan de monotonía á los par-
nasianos. ¿En qué se parece Andrés Theuriet á Andrés Le-
moyne? ¿Qué hay de común entre la melancolía grandiosa de
León Dierx y el amplio lirismo de Armando Silvestre? ¿Qaé
analogía de inspiración ni de forma puede sorprenderse entre
Sully Prudhomme y Coppée, entre Heredia y Mendos, entre
Lafenestre y Hervilly, entre Blemont y Valade? Y no sólo en-
tre unos y otros, sino en un mismo poeta, se observa esta di-
versidad; Armando Renaud fue sucesivamente el evocador
histórico del amor, el colorista oriental y el idealista de lo
real; Verlaine ha pasado por veinte transformaciones, y en
Coppée se juntan veinte poetas, un cincelador, un elegiaco
psicólogo, un lírico patriota y religioso, un narrador épico,
REVISTA DE REVISTAS 195
-etcétera, etc. Ninguna escuela ha reunido talentos y aptitudes
más diferentes.
Los simbolistas han tomado, como era su derecho, distinto
rumbo, rompiendo sin reserva con todo el encanto de la poesía
francesa. No pueden negarse ni sus dones poéticos ni su in-
vención de detalles, y hasta hay que estimar su prosodia erró-
nea y aun hostil al genio de la lengua. Sus versos, magníficos
á veces aisladamente, parecen en conjunto prosa cadenciosa;
pero algo dice el hecho de que el más eminente del grupo,
Enrique de Regnier, vuelve á la métrica tradicional.
La ortodoxia poética reside en la doctrina y en los ejem-
plos del Parnaso de 1866. El Parnaso, con sus fundadores, re-
presenta la perfección de la poesía francesa en el último tercio
del pasado siglo: su labor histórica consiste en haber devuelto
al público el gusto por los hermosos y buenos versos; su labor
literaria significa la vuelta á la tradición, manifestada en ad-
mirables poemas é irreprochables colecciones.
*
* *
Los LÍMITES DE LA POESÍA. — Todo arte — dice en la Nuova
Antología Miguel Scherillo — tiene límites definidos. Las nue-
ve divinas hermanas se dan la mano y se colocan en círculo,
y así la Poesía se junta por un lado con la Pintura y por el
otro con la Música. La tentación de rebasar el límite es gran-
de, y el poeta, por ejemplo, que se halla en el si de la gama
poética, esfuerza la nota con un sostenido, sin notar que el sí
sostenido de la Poesía, ó no existe, ó es el do de la gama mu-
sical.
Imaginemos tener ante nosotros una pequeña Academia de
artistas y asígnemeles por tema, para que cada cual lo expre-
se por sus medios propios, el beso amoroso. No es fácil decir
cómo saldrían del paso los arquitectos; pero el pintor y el es-
cultor tratarán de sorprender á los dos enamorados en la pos-
tura más sugestiva y más conforme á la representación plás-
196 LA ESPAÑA MODERNA
tica; Antonio Cánova creará El Amor y Psíquis, y Hayez el
Fausto 7j Margarita.
El músico, por su parte, buscará aquellos acordes que sus-
citan y secundan la impresión producida por el beso, que la>
solicitan, la fortalecen y la intensifican, creando como una at-
mósfera armoniosa y contentándose con una vaga é inefable^
sugestión. El poeta á su vez, disponiendo de un medio de ex-
presión que determina y circunscribe, no puede dejar nada en
la vaguedad, sin pretender por eso rivalizar con el pintor ó el
escultor; y así crea los besos de la Aminta, del Wertherj del
GonzalOy y sobre todo el de Francisca de Rímini. Aquel mági-
co verso — la bocea mi hadó tutto tremante — es de un efecto-
plástico grandioso, obtenido por la sola Poesía.
Horacio enseñaba que no basta que los atavíos poéticos
sean bellos, siendo necesario además que sean gustosos — non
satis est pulchra esse poemata, dulcia sunto. — La musicalidad
de la expresión da irresistible encanto á la creación poética;:
pero ¡ay del poeta que no sepa contener el freno! Ya Horacia
se lamentaba de que los músicos de su tiempo, modestísimo»
al principio, elevasen tanto sus sonidos que ahogaban á veces^
la voz de los cómicos. De pretensión en pretensión, y paso á
paso, la hermana menor ha proclamado su independencia y
hasta quiere imponerse por sí sola.
Las formas puras e independientes de la música no puedea
todavía ser percibidas por la multitud; en las salas de con-
ciertos no se puede aventurar una sinfonía de Beethoven sin
aplicarse un título que anticipe y fije su concepto, profanando»
así la obra de arte. El maestro no llamó heroicas ni pastora-
les sus sinfonías, sino que las distinguió con un número de or-
den; el que necesita para admirarle que le digan que tales
modulaciones de las flautas significan el canto del pastor á
orillas del arroyo ó que tales notas de violoncello reproducen
el canto de la pastora, se parece á los visitantes de Museos-
que regulan la temperatura de sus emociones por el termóme-
tro del Boedeker.
REVISTA DE REVISTAS 197
La palabra musical responde realmente á una necesidad
<iel espíritu humano, y el melodrama, con todos sus pecados
-de inverosimilitud, es quizá una forma de arte que siempre
recreará al hombre; pero el artista, para que su obra sea per-
fecta, debe amar por igual á las dos hermanas, evitando, so-
bre todo, que la Cenicienta de ayer se sobreponga á su rival.
Para transformar en melodrama una tragedia, el poeta debe
necesariamente descuartizar y disecar la obra maestra del
poeta, sustituyendo la pulpa poética con pulpa musical. Pero,
.¿quién puede olvidar la vigorosa musculatura de la obra poé-
tica? Aunque los magos transformistas se llamen E-ossini, Be-
ilini, Verdi, Gounod ó Thomas, Hamlet, Macheth^ Ótelo y Ju-
lieta vivirán siempre en la memoria bajo su expresión peéti-
ca, como vivirán en cambio bajo su expresión musical Nor-
ma, Don Juan^ El Barbero de Sevilla j Guillermo Tell.
Exiguo es el número de los artistas perfectamente natura-
les; en Italia sólo pueden citarse Rafael y Canova en la plás-
tica, Pergolese y Bellini en la música, y sólo Leopardi en la
poesía; y no es que sean los únicos ni los mejores, es que sólo
-«líos han sabido abstenerse de las temeridades y audacias de
Miguel Ángel, del Dante y de Yerdi. En Leopardi no hay una
línea ni un pliegue que revele veleidades pictóricas, ni una
frase que descubra ambiciones musicales; allí cada arte ocupa
-SU puesto y la poesía no invade el terreno de la música ni el
-de la pintura. Los límites de la poesía están trazados admira-
blemente en la obra leopardiana, y de desear es que el papel
de la música se limite á su vez al papel que Algarofci la traza-
ba: «á disponer el ánimo para recibir las impresiones de los
versos, dando al lenguaje de las musas mayor vigor y energía».
OOULTISMO
Mecanismo del peofetismo y de la mediümnidad. — Tal es
•el título de un trabajo interesante que Julio Bois publica en
la Revue Bleue.
198 LA ESPAÑA MODERNA
¿Qué pasa en el cerebro de un hipnotizado dormido? ¿Qué
pasa en el profeta durante el momento de la inspiración, y en
el médium en el momento de los fenómenos psíquicos ó físicos-
que muestra? ¡Quién lo sabe! Se han hecho muchas suposicio-
nes, insinuándose que esas facultades anormales ó supranor-
males tienen como substratum el lóbulo derecho del cerebro^
que permanece dormido durante la vida ordinaria. Durand de
Gros establece la teoría del dinamismo vital por la acumula-
ción de fuerza nerviosa en determinado distrito del cerebro ►
[Rumpft supone que hay modificación refleja de la circulación
cerebral, y Despine que la corteza cerebral está más ó meno&
paralizada. Brown Sequard cree que la influencia de una ex-
citación periférica ó interna produciría la disminución ó au-
mento de poder en ciertos puntos del encéfalo, de la médula.
espinal ó de otros centros, exaltándose por este desequilibrio-
unas facultades y anulándose otras. Como instrumentos dé-
los poderes psíquicos, los ocultistas occidentales dan gran
importancia al cuerpo pituitario que afecta al olfato y á la
-vista y á la glándula pineal, donde Descartes colocaba el
alma.
La fatiga que siente el médium es generalmente compara-
ble, no al cansancio que sigue al trabajo mental, sino al que
signe á los excesos de la labor erótica. El cerebro parece no-
haber tomado parte alguna, pero sus prolongaciones quedan
agotadas. Y es de notar que la médula de los médiums es ba-
rométrica, como si hubiera algo de común entre su fuerza,
nerviosa y la fuerza cósmica. Por otra parte, la sensibilidad
consciente de estos centros inconscientes se despierta en ellos
de un modo notable.
Los indios tienen medios especiales y prácticos para crear
en el hombre la clarividencia. Según ellos, existen dos co-
rrientes nerviosas, eferente motora una, y aferente sensitiva
otra, en la espina dorsal, con un canal en el centro; un 8 ho-
rizontal ( 00 ) es la imagen grosera de que se sirven para re-
presentarlo, diciendo que una pila de estos oo es la figura de
REVISTA DE REVISTAS 199
la espina dorsal. Por medio de ciertas prácticas que pertene-
cen al esoterismo, una fuerza que ellos llaman Kundaliui,
origen á la vez del amor, del genio y del milagro, se despier-
ta, se insinúa por el canal central y sube lentamente hasta el
cerebro; cuando llega á Sahasrara (el nervio vital de Flou-
rens), la iluminación mística inunda con sus rayos al adepto,
que ve entonces el mundo invisible y el porvenir.
Los poderes milagrosos residen, pues, según los indios,
donde el adagio medioeval coloca la fuerza diabólica: Virtus
diaholis in lumbis. Cuando el Yoghi nos afirma, sin embargo,
que la castidad y la meditación son indispensables para que
esta energía, encerrada en las partes inferiores, llegue hasta
el cerebro y le ilumine, no está muy distante de nuestra
mística.
¿Qué sucede durante el sueño hipnótico, que es hoy un fe-
nómeno incontestable? El hipnotizado es susceptible de auto-
matismo, es decir, de actos corporales ó psíquicos indepen-
dientes de su voluntad, queridos ó dirigidos por el hipnotiza-
dor. La personalidad se reduce á una cadena de sucesos ligados
por la memoria; por eso el período de la primera infancia no
forma parte de la personalidad, como tampoco el período
hipnótico. La sugestión posthipnótica, comprobada por la es-
cuela de Nancy y la de París, sería absurda si no admitiéra-
mos los misterios de la segunda personalidad.
Se dirá que todo eso pertenece á la esfera de la patología;
es posible, aunque los ingleses protestan, y algunos alemanes,
como Kraft Ebing, sostienen que los sanos pueden también
sufrir el sueño provocado. Pero la cuestión no es esa; la cues-
tión es la realidad del fenómeno y la casi imposibilidad de
explicarlo sin la intervención de una segunda personalidad,
pues la sugestión posthipnótica tiene que registrarse en algu-
na parte, y fielmente, para que, en el momento señalado, el
sujeto despierto ejecute una orden cuyo origen ignora. Los
experimentos hechos con histéricos se repiten aminorados en
los sanos, y la histeria, como dice Binet, debe ser considerada
200 LA ESPAÑA MODERNA
como un reactivo que permite hacer raás visibles ciertos fenó-
menos delicados de la inteligencia humana. La escritura au-
tomática, fenómeno del que existen tantos y tan sorprenden-
tes y autorizados ejemplos, es también una prueba decisiva
de la doble personalidad, siendo de notar que sólo la escritura
automática de las personas sanas y razonables encierra reve-
laciones interesantes y presentimientos.
Estos estudios, desdeñados por la psicología clásica, son
humanitarios por excelencia, siendo de lamentar que los sa-
bios que los dirigen los limiten á los casos morbosos. Nuestra
subconciencia es tanto más preciosa, cuanto más sanos y equi-
librados estamos y cuanto más sutil es nuestra trama ner-
viosa.
Los CÍRCULOS BURLESCOS EN LA CORTE DE CarLOS.II. — En
Inglaterra, y especialmente en Londres, basta una imperfec-
ción física ó moral, una extravagancia cualquiera en los ac-
tos ó en los dichos de un individuo, con tal de que sean co-
munes á media docena de personas, para que se funde un Cír-
culo; manía que dura hace siglos en aquel país, en que tan
gran culto se rinde á todas las tradiciones. No hace mucho
que, según el Tit-Bits, se han fundado el Club de los hombres
de seis dedos {Sixfinger's Club) y el Club de la Chusma negra,
asociación de viejos ciegos que de día piden limosna, y de no-
che banquetean y se emborrachan con lo recogido.
En los tiempos pasados — dice Tanfani en la Rivista Mo-
derna— se cogía al vuelo la ocasión de fundar un Círculo
burlesco. Salía un día de su casa un individuo con el pelo
aplastado, y se fundó el «Círculo de los cabellos aplastados».
El honorable lord Finch, disfrazado de cochero, guió en Hyde
Park una diligencia^ de cuatro caballos, y sus admiradores
fundaron el «Club del tiro de cuatro», four in hand; 39 genti-
REVISTA DE REVISTAS 201
leshombres, entusiasmados con un pastel al que había dado el
cocinero el misterioso nombre de kit-kat, aprovecharon la
ocasión para instituir el Kit-kat Club. A otro gentilhombre, el
Sr. Stillingfleet, se le antojó vestirse un día con un par de cal-
zones azules, y se creó sobre la marcha el Blue Stocking Cluhf
del que fue miembro Horacio Walpole.
Daniel, en su libro La alegre Inglaterra de los buenos tiem-
poSj da la lista de numerosos Clubs, existentes en 1790, cuyos
nombres son todo un programa: el Círculo de los Charlatanes,
de los Sansones, de los Cornudos, de los Amigos de los gatos
y de los tulipanes, de los Bebedores de cerveza drogada, etcé-
tera. Pero el período de mayor florecimiento de los Círculos
grotescos en Londres, fue el reinado de Carlos II. Este mo-
narca disoluto, que había heredado la doblez de su padre y la
sensualidad de Jacobo I, está perfectamente retratado en este
epitafio que le puso el Duque de Rochester:
Aquí yace nuestro amado soberano,
En cuya palabra nadie puede fiar;
Nunca dice cosa necia,
Pero tampoco hace nada sabio.
— ¡Certísimo! — replicó Carlos II cuando oyó estos versos —
porque yo soy dueño de mis palabras, pero de mis actos res-
ponden mis Ministros.
Entre las asociaciones del tiempo, se llevaba la palma el
Círculo del Vellocino de oro. Los socios se reunían en una ta-
berna cerca del santuario de Montagne Cióse, donde los hono-
rables socios, que tenían más deudas que pelos, podían refu-
giarse si los acreedores les acometían. Por entonces había en
Londres varios santuarios que gozaban de ese privilegio, y la
policía no podía molestarles en aquel asilo. Al inscribirse ©I
aspirante á socio pagaba 15 peniques; luego se le bautizaba
con un nombre ridículo y con el título de «Caballero de la no-
bilísima Orden del Vellocino de oro», inscribiéndosele en el
registro del Club. Tal fue el número de socios, que hubo qu©
202 LA ESPAÑA MODERNA
limitar las admisiones. El saludo convencional de los socios
era: «¿Cuántos cuarteles de nobleza tienes, hermano?» «¿Quién
fue el tronco de tu familia?» Y se ponían á decir los títulos
imaginarios que se adjudicaban con la seriedad de un héroe
de tragedia.
Obro Círculo era el de los comerciantes quebrados, Bróken.
Shopheepers Clubj cuyos socios tenían que haber quebrado dos
veces por lo menos para ser admitidos; si las quiebras habían
sido fraudulentas, su crédito era mayor, y podían pertenecer á
la Junta directiva del Club.
A corta distancia de este Círculo, estaba la obscura taber-
na de Queen^s Head. JJna, vez por semana celebraban allí su con-
ciliábulo un montón de usureros, cuya principal conversación
era la economía que, dada la carestía de los víveres, podía
hacerse comprando el pan asentado, la cerveza sosa, y no gas-
tando más que dos sueldos en cada comida. Si un socio pedía
prestado tabaco á otro, éste se lo daba, pero con la condición
de que al día siguiente le devolviera doble. Para el banquete
aniversario del Círculo, los socios suplicaban á algún señor
rico que les enviase lacticinios y legumbres, y concluida la co-
mida, los socios se lamentaban amargamente de los cuatro
sueldos que habían gastado en darse aquel festín. Su guarda-
rropa era el del trapero, pero llevaban espada al costado que
parecía salida de la tienda de un anticuario, y se pavoneaban
con sus trajes remendados y descoloridos y con sus zapatos
agujereados, «que habían estado más veces en casa del re-
mendón que su propietario en la Iglesia». Si en la cuenta del
tabernero había que pagar un sueldo de más, indivisible entre
los socios, cada uno pagaba un céntimo, y el céntimo sobrante
iba á la caja social.
Tales eran, sin contar otros muchos, los Círculos burlescos
de Londres, que eran, como se ve, tan extravagantes, tan so-
sos y tan poco divertidos como corresponde á la ciudad de las
nieblas y á la nación de los hombres positivos.
REVISTA DE REVISTAS 203
IM:r>JEVESIOIVDES Y IVOTAS
España en las revistas extranjeras. — Gran número de
revistas extranjeras consagran á España con motivo de la
coronación de Alfonso XIII sendos artículos examinando su
situación y aventurando juicios más ó menos acertados sobre
su presente y su porvenir.
Para Javier de Ricard, en la Nouvélle Revue^ el nuevo
reinado será la agonía de la Monarquía. El pueblo y los inte-
lectuales son, según él, casi universalmente republicanos ó
están para republicanizarse. Habiendo sido incapaz la Regen-
cia de resolver ninguna de las cuestiones de que depende la
salvación ó la ruina del país, de temer es que el nuevo reinado
gaste en una lucha ficticia á los conservadores contra los libe-
rales y que esta política de báscula dé por resultado la caída
del trono.
Para Sydney Brooks, en la North American Eeview, el ver-
dadero peligro que amenaza á la dinastía es menos político que
económico. No hay que perder de vista — dice — que Europa no
acaba en los Pirineos; España, que tiene posesiones en Ma-
rruecos y en otros puntos de la costa africana, que tiene por
defensas naturales sus cordilleras y que puede apoyarse en su
neutralidad como en un cuerpo de ejército, tiene que represen-
tar un papel en el concierto europeo en cuanto despierte del
letargo en que se halla sumida. Entonces no la quedan más
que dos salidas: el estancamiento ó la revolución.
La señorita Vacaresco, por su parte, asegura en la Review
ofReviewSj que Europano tardará enreconocer en Alfonso XIII
un verdadero soberano, cuyos actos y resoluciones producirán
un cambio decisivo en las ideas y corrientes de la vida políti-
ca española. Aunque el poder real esté limitado por la Consti-
tución, Alfonso XIII, tanto por sus condiciones personales
cuanto por las condiciones mismas de sus subditos y por la
204 LA ESPAÑA MODERNA
actual situación de los partidos, puede ejercer y ejercerá gran-
de y beneficiosa influencia en los acontecimientos y en los
hombres. El trabajo de la Vacaresco no puede ser más lison-
jero para el E-ey.
¿Eba epiléptico Napoleón? — Según las teorías lombrosia-
nas, á priori podía afirmarse que Napoleón I, por su condición
de hombre de genio, era un desequilibrado; pero ¿llegaba el
desequilibrio hasta la epilepsia? Ese esel estudio que ha hecho
Luis Proal en los Archives d* Anthropologie criminelle^ tenien-
do en cuenta los testimonios de Bourrienue, Constant, Talley-
rand, Duquesa de Abrantes, Napoleón, etc. Su conclusión,
bien pesados todos los hechos recogidos, es la de que Napoleón
era un epiléptico. Los testimonios que parecen dar mayor
fuerza á esta afirmación son el pasaje de las Memorias de
Talleyrand en donde dice que vio caer en tierra á Napoleón:
«No vomitaba, gemía y babeaba; tenía convulsiones que ce-
saron al cabo de un cuarto de hora»; en las Memorias de San-
ta Elena se encuentra también otro hecho, aunque no tan
típico, que confirma el anterior. De todos modos, no son los
datos recogidos bastantes para afirmar con seguridad que Na-
poleón fuera epiléptico, pues no es preciso serlo para que se
produzcan fenómenos semejantes.
* «
¿Es LA LUNA UN PLANETA? — Esa es la pregunta que se hace
el profesor Pickering en el Century Magazine^ inclinándose por
la afirmativa. Se funda para ello en que habiendo hecho re-
cientemente un viaje á Jamaica, ha podido observar desde allí
la luna con un poderoso telescopio, comprobando que varios
de los cráteres visibles en la superficie lunar están bordeados
de una substancia blanquecina que resplandece cuando está
REVISTA DE REVISTAS 205
iluminada por el sol; esta substancia, por todas las apariencias,
no puede ser más que nieve. Es también de notar que son vi-
sibles veinticuatro horas lunares después de la salida del sol,
que se hacen cada vez más aparentes y que se van borrando
gradualmente para desaparecer por último al ponerse el sol.
Estos hechos podrán servir de fundamento para asegurar
que en la luna hay nieve, y por lo tanto agua, y por consi-
guiente aire, y por último vida vegetal y animal (y ya es
mucho deducir); pero nos parecen insuficientes para poder
decir que la luna es un planeta.
* *
Los CAFÉS- CONCIERTOS Y LOS Music-Halls. — En la Eevue
des Deux Mondes dedica Mauricio Talmeyr un curioso artícu-
lo al estudio de estas instituciones del placer sensual en París,
donde existen nada menos que 300, incluyendo en el número
las llamadas «tabernas artísticas».
Desde el punto de vista de la moralidad, estos salones
constituyen un foco de corrupción y de embrutecimiento de
los más eficaces y perniciosos; la juventud que los frecuenta
sale de allí pervertida y estragada, y los viejos verdes que
asisten á ellos son vergonzosa muestra del rebajamiento de la
dignidad humana, y su ejemplo es eficacísimo para la relaja-
ción de costumbres.
Lo asombroso son las ganancias que en tales lugares obtie-
nen los artistas en boga. Los sueldos más crecidos de los más
famosos cantores de óperas no se acercan á lo que cobran cier-
tos números sensacionales de los cafés conciertos. Un gran tenor
ó una gran tiple de la Ópera ganan 60.000, 80.000, 90.000,
125.000 y hasta 150.000 francos al año. ¡Un número sensacio-
nal de café-concierto gana dos veces, tres veces, seis veces,
diez veces otro tanto! La señorita Iveta Guilbert cobraba en
París 25.000 francos mensuales, la Bella Otero 30.000, la se-
ñorita Gallois 22.500, la señoritaCleo de Merode 40.000. ¿Y
206 LA ESPAÑA' MODERNA
sabéis lo que Frégoli percibía en el Olimpia? Pues sus benefi-
cios, entre lo fijo y lo variable, llegaban á la enorme suma
de ¡100.000 francos mensuales!
¡No ganan tanto, trabajando dieciocho horas diarias y pa-
sando por bien retribuidas, doce mil costureras ó diez mil mi-
neros! ¡Y necesitan toda una vida de gloria para reunir otro
tanto de lo que ganan en un mes esos distinguidos detritus
de la vida social, un Campoamor ó un Núñez de Arce!... Y así
va el mundo...
Fernando Araüjo.
NOTA BIBLIOGRÁFICA
Historia de las religiones, por Max Müller, traducción de Luis de Terán.
Madrid; un vol. de 408 páginas. — La España Moderna.— Su precio,
8 pesetns.
Los libros del insigne sabio Max Müller tienen siempre un
encanto particular. No obstante lo difícil ó intrincado de los
asuntos que suele tratar, asuntos por otro lado de superior
interés, se leen aquéllos con agrado sumo; deleitan en verdad,
no siendo preciso ser un especialista en la materia estudiada
por el autor para poder gozar leyéndolos.
El misterio de esto tiene su perfecta explicación en una
mu}'" atinada observación que el propio Max Müller pone en
el prólogo de la Historia de las Religiones. «Varias de las ma-
terias, dice, de que se trata en estos ensayos, son seguramen-
te obscuras y difíciles; pero no creo que en toda la esfera de
los conocimientos humanos, haya un solo asunto que no pue-
da ser expuesto de una manera clara ó inteligible, si se ha
comenzado por hacerse uno perfectamente dueño de él.» Que
es lo que ha hecho en toda ocasión Max Müller, ayudado para
ello por las facultades más exquisitas del investigador y del
crítico de historia.
La Historia de las Religiones^ escrita aprovechando el autor
los trabajos que hiciera con ocasión de preparar la edición del
texto y de los comentarios de los • Himnos sagrados de los
Brahmanes^ contiene una hermosa colección de ensaj^os acer-
ca de las ideas primitivas de la humanidad, ya religiosas, ya
mitológicas, y de las tradiciones y costumbres más remotas.
Habla en ellas Max Müller de los Vedas, de Cristo y los demás
Maestros, del Zend-Avesta, del Budhismo, del Nirvana búdhi-
co, de la obra de Confucio, del monoteísmo semita, etc., etc.
A. Posada.
índice
Págs.
Z« novela de un hombre sensato (novela), por Potapenko 5
Poetas americanos: Á Federico Balarte por Eduardo Ortega; Lo in-
visible, por E. González Lorca; Rima, por Juan Dnzan 45
La Guia oficial de España, por Juan Pérez de Guzmán 49
Hfuestras mentiras convencionales. La mentira económica, por Eloy
L. André 95
La supresión de las Ordenes religiosas en España (1813-1837), por
Jerónimo Becker 114
El año sociológico (1901), por Adolfo Posada 136
Lecturas americanas, por Hispanus 159
Crónica literaria, por E. Gómez de Saquero 179
Revista de Revistas, por Fernando Araujo 189
JVbfa bibliográfica, por A. Posada 207
AP La España moderna
60
afio l;
no. 163-65
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